Hace unos días leía un hilo en verema.com sobre la cultura del vino en España. Es un tema recurrente entre propios y extraños. Mucha gente piensa que por el hecho de que un país sea productor y consumidor de vino a gran escala, ello implica que sus habitantes tengan cultura del vino. Qué debemos entender por cultura según la RAE:
cultura.
(Del lat. cultūra).
1. f. cultivo.
2. f. Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.
3. f. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.
4. f. ant. Culto religioso.
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Sin tomar en cuenta otras tantas acepciones, que no vienen al caso, ya que están fuera de contexto.
La segunda acepción ¿A qué conjunto de conocimientos se refiere? Hay muchos prejuicios alrededor del vino, los conocimientos de la gente muchas veces nacen de la desinformación. Cuántas veces nos paramos en un restaurante a pedir que refresquen el tinto, y el mesero pone cara de asombro, rebuznando; el tinto va al tiempo, o no saben que es un decantador, o luchan con la botella al descorcharla…
Si tomamos como válida la tercera acepción, podemos estar parcialmente de acuerdo. «Modo de vida y costumbres» nadie puede negar que España, Francia, Italia, Portugal y Alemania entre otros países europeos, tienen una gran tradición vitivinícola, así como también Argentina, Chile y EE.UU en América. El vino ha sido parte cotidiana de sus vidas, sobre todo en Europa, acompañando los alimentos y también como elemento esencial de convivencia, lo que llama Manuel Camblor: «lubricante social».* Pero que hay del conocimiento, es aquí donde empiezan mis dudas.
El tequila y el mezcal son las bebidas nacionales, o por lo menos es lo que nos hacen creer. Pero esto no implica de ninguna manera que yo tenga conocimientos del tequila, apenas si sé que proviene de una plantita de hojas largas y puntiagudas, y el jugo que sale de la piña, corazón de esta planta, se destila.
Bebo café todas las mañanas, y eso tampoco me hace un experto en café. Pienso que es una cuestión cultural y no siempre va de la mano del consumo consuetudinario. Estoy convencido de que no hace falta nacer en un país tradicionalmente vitivinícola para entrar de lleno a este apasionante mundo. Somos un puñado de bichos raros quienes gozamos el vino en su máxima expresión. Aquí y allá.

Pocos son los países con arraigo vitivinícola que se ocupan de los vinos extranjeros. Lo he visto en Chile, Argentina, Portugal poco menos en España.
EE.UU. como he podido comprobar en mis visitas, tiene uno de los mercados más importantes del mundo junto con el mercado inglés. Si bien es cierto que existe una inmensa oferta de vinos californianos, hay puntos de venta donde la oferta de vinos extranjeros es un sueño para cualquier enófilo. En primer lugar está la ciudad de Nueva York, seguida de otras como Chicago y Los Ángeles.
En Argentina la gran mayoría de los vinos que encontré en las tiendas de Buenos Aires, eran argentinos, y por desgracia pocos vinificados con Torrontés; uva blanca con la que identifico a Argentina.
Pero siguiendo con el hilo de la dichosa cultura del vino, no he encontrado gran diferencia entre unos y otros países. Como dije antes; en cada país existe ese grupo grande o pequeño de gente que disfruta y conoce el vino, sin importar que tanto produce o que tanto se consume el vino en su país.
* Este término aparece en la obra «Ancient Wine» del autor Patrick Mc Govern, en la solapa del libro, al final: «As medicine, social lubricant, mind-altering substance, and highly valued commodity, wine became the focus of religious cults,» (…)
Mis primeros recuerdos del vino me remontan a una alacena que tenía mi madre en casa. Allí guardaba mi padre algunas botellas de vino que pronto se convertían en vinagre ya que las guardaba paradas y con la mitad del corcho de fuera. Un desastre. Ni que decir de la temperatura y la humedad. Él no fue un enófilo ni mucho menos, sus encuentros con el vino eran muy casuales y rara era la ocasión que lo bebía sin combinarlo con alguna otra cosa. A pesar de todo, mi memoria olfativa me lleva a mis primeros encuentros con los riojas, que con alguna certeza, pudieron haber sido: Tondonia, Federico Paternina, Marqués de Riscal y Marqués de Cáceres, vinos que llevan mucho tiempo en México, y que han sido de la preferencia de los mexicanos y españoles residentes en este país.
El tapón de corcho, ese trozo de corteza cilíndrico extraído del querqus suber, mejor conocido como alcornoque. Posee características que lo hacen único: es elástico, es impermeable a los líquidos, es ecológico. Aunque aún no está muy claro su impermeabilidad a los gases.
La tecnología moderna me está rebasando, el siglo XXI ha llegado con una oleada de inventos que hasta hace poco sería imposible de concebir para nuestros padres. A mis ya bien entrados cuarenta y tantos, me siento a veces fuera de lugar. No tengo ipod, ni celular con cámara integrada, de no sé cuántos megapixeles, ni tampoco tengo lap top.


aceptar otro sistema de cierre para los vinos como; el plástico, vidrio y acero. Usar el sacarcorcho es parte del rito del vino, cualquier otra maniobra en la boca de una botella va en contra de las prácticas ortodoxas de este ritual. Hay quienes se resisten a comprar botellas con «corchos» sintéticos o tapones metálicos, algunos aluden que estos últimos causan cáncer. Lo cierto es que todavía son mayoría los vinos con corchos naturales. Dejando de lado las consideraciones estéticas y románticas, el corcho es un excelente material, impermeable a líquidos y a gases. Para mucha gente la micro-oxigenación es algo indiscutible, tan real que no admite ningún tipo de juicio. Para mí ésto ha sido motivo de búsqueda durante algunos años. No hay pruebas concluyentes que aseguren tal intercambio de gases. Las presiones que se necesitan para que un gas traspase un corcho no se dan en condiciones normales dentro de una bodega. Pero dejaré el tema para otra entrega.
de grasa sino de agua. Una infección estomacal me tuvo fuera de combate estos tres últimos días. Parece mentira que el estómago en mal estado pueda tenerlo a uno en jaque tanto tiempo. Sin tener la certeza, todo parece que se originó el jueves pasado, al asistir a un restaurante italiano con unos amigos. Yo sabía de sobra que la especialidad eran las excelentes pizzas recién salidas del horno, un horno muy grande y campirano con leña. Pero tenía antojo de risotto, y pedí el único que había en la carta. Risotto con mariscos. Desde que lo pusieron frente a mis narices se me quitó el apetito, tenía más pinta de arroz con leche con parmesano que de risotto. Mis espectativas iban más bien enfocadas a algo con azafrán, chícharos, mejillones, camarones y lo que se le pudiera ocurrir en un chispazo de virtuosismo al chef.
Las mentiras producto de la mercadotecnia son de todos muy conocidas, aunque algunas pasan sin la menor advertencia, ni crítica, están tan bien hechas que muy poca gente se da cuenta de la tomadura de pelo. Pero hay otras que rayan en lo elemental y ridículo. Pasaba por la calle cuando me encontré con el letrerito de la primera foto. Lo primero que surgió de mi cabecita fue la siguiente pregunta: ¿los franceses hacen barbacoa? quizá peque de ignorante, pero hasta el momento me es imposible relacionar la barbacoa con la cocina francesa, y si nos vamos a la tradicional barbacoa de chivo o de cabra envuelto en hojas de maguey, es todavía menos probable. Si pienso en la cocina gala me viene a la memoria la sopa de cebolla, el suflé, las crepas y uno que otro platillo delicado. Así que por muy buena que sea esa barbacoa creo que está fuera de contexto. Pero las incoherencias no sólo son externas, hay otras que salen solitas de mis adentros. Saqué un vino de la cava, algo que había comprado hace un par de semanas. Se trata de un 
decirme que había que cancelar las tarjetas de crédito de su hermana, porque acababan de asaltarla junto con mi cuñado. Una hora después habíamos terminado con nuestra apresurada y tensa tarea. Pero ya no teníamos ganas de descorchar nada. Por desgracia son historias que se repiten de manera cotidiana, y no me refiero a la cancelación de la velada. A veces me siento fuera de lugar al escribir sobre vino en un país con tantas carencias, entre otras las de seguridad pública, tarea primordial del Estado. Pero como no escribiré de cosas tristes, volteo y miro el gran placer que me llena poder beber, disfrutar y escribir. Así que después de este penoso preámbulo, triste porque vivo aquí, y porque no veo que mejore a corto plazo, repiro profundo y sigo adelante.
Recuerdo con cierta nostalgia aquella etiqueta anaranjada de cabernet franc Monte Xanic, para quienes lo conocieron, lo bebieron y lo disfrutaron sabrán de que estoy hablando. Un vino rústico, con aromas y sabores térreos que ganaba con unos grados de temperatura más abajo de lo «normal». Yo lo metía media hora antes de servirlo, en el refrigerador. Creo que éste ha sido mi encuentro más placentero con la cabernet franc. Lástima que haya desaparecido del mercado y que desde hace algunos años 
