Archivos para marzo, 2026

Cata 280, algunos clásicos y un cava de Costers del Segre

Volver a los clásicos siempre reconforta. Ante la avalancha de madera nueva y alcohol, los clásicos guardan un lugar muy especial en mi corazón, como un oasis en medio del desierto. Confieso que los precios no me parecieron tan descabellados como podría pensar antes de comprarlos. Ayer mencionaba un amigo que Rioja siempre estará del lado de la mesura en sus precios. Claro, si los comparamos con Burdeos y Borgoña.

Empezamos con un espumoso. Se trata de un cava de Costers del Segre, Flocs Brut Reserva 2022. Un vino muy vivaracho, con mucho nervio, de burbuja grande y escasa, color amarillo pajizo. De nariz a tiza, me recordó aquellos pizarrones donde escribía la maestra y tenía un olor particular cuando se desprendía el polvo blanco del gis. Huele también a durazno y alguna nota cítrica indefinida. En boca es amplio de buen paso y peso, acidez amplia y con un final largo. Viene muy bien para beber una copita en el calor de la primavera, precio comedido. 350 pesos que vendrían a ser €17.

Llegamos a un rosado muy interesante, que podríamos ponerlo en un pedestal, es de una categoría aparte. Se trata de una Viña Tondonia Rosado 1995. Habrá quienes digan que un rosado con treinta y un años a sus espaldas es un cadáver. Pues nada más lejos de la realidad, y es que no se trata de un rosado con sabor a goma de mascar sabor fresa, este vinazo tiene cuatro años en madera, como la saben aplicar en López Heredia. Madera para madurar, no para darle sabores y astringencia desbordada. Una joya que con el paso del tiempo se convierte en un vino maduro. Huele a orejones, paja, bosque bajo, y notas especiadas de fondo. Una acidez exquisita con una complejidad que a ojos cerrados podría confundirse con un tinto. Vinificado con: 60 % garnacha, 30% tempranillo y 10% viura. Una obra maestra de la enología clásica.

El primer tinto es de Bodegas CUNE. Imperial Cune Reserva 2017. Un vino con mucha potencia para evolucionar unos años más en vidrio. Huele a piel de Rusia, tierra, trufa, fruta negra. En boca tiene una acidez extraordinaria y un tanino que todavía no lima lo suficiente. Largo y de astringencia notable. Ahora se disfruta, pero me gustaría probarlo en cinco años más. Para tener un par de cajas en la bodega.

Después descorchamos un Imperial Cune de la misma añada, pero este un gran reserva. Fruta negra, pastelería, se nota más redondo, una acidez comedida y final astringente. Noté poca diferencia con el anterior, aunque éste, por la legislación riojana debe tener más madera y vidrio.

Por último un Bosconia 2014, uno de mis consentidos de toda la vida. Clarificado con clara de huevo, con una crianza de cinco años en madera usada. En esencia un clásico que espero nunca desparezca. Ciruela en sazón, nota especiada de tomillo, bosque bajo. Con un paso en boca sedoso pero firme, elegante y un final eterno. Para tener dos cajas y esperar que pase el tiempo. Así cerramos una cata de clásicos con toda la barba, quizás faltó uno de Bodegas La Rioja Alta S.A.

Se han roto dos copas, una en la batalla y otra en el fregadero. Hay días como estos donde mueren dos soldados.¡Abur!

Embruix de Val Llach

Un Embrujo que viene desde Porrera, ese hermoso pueblo del Priorato donde el tiempo parece detenerse en esas laderas de tierras pizarrosas de licorella, que aportan a los vinos esos aromas y sabores tan particular. Cómo no acordarme de Dominic y su pago: La Tena, en esa ladera empinada con garnachas de más de 25 años. Sin duda una región cuyos vinos son un hechizo. Ayer descorché un vino que compré en Barcelona en 2024. Guardado en la cava por un par de años, y descorchado con mi amigo que disfruta como yo de estos vinos. Sinceramente ha superado mis expectativas, se trata de un Embruix 2021. En la etiqueta pone: «embotellat I´any 2022 a Porrera» un detalle que no se ve muy a menudo, me recordó la fecha de degüelle que suelen poner en las botellas de champán. Este vino presenta un color carmín profundo y brillante, huele a ciruela, bosque bajo, trufa y algo de grosella, tiene una nota especiada de fondo. Un vino que enamora desde el primer trago. Todo en su lugar y asentado con el tiempo, estos dos añitos en la penumbra le han sentado de maravilla, estoy seguro de que está mejor que recién traído de tierras catalanas. Son de las ocasiones en que me arrepiento de no haber comprado otro par de botellas para comprobar lo que acabo de apuntar. De una cosa estoy seguro, y es que los prioratos son de mis vinos favoritos de España.

Después descorchamos un Toro, que no cumplía con la tipicidad de la uva ni de la región. Un vino de bodegas Matsu, en la etiqueta viene impreso el retrato de un joven cuya figura me recuerda a la juventud de principios del siglo pasado. Rostro cincelado y gorra inglesa. Hasta ese día me enteré de que el retrato tiene que ver con la crianza del vino, éste es joven, hay otro de una persona en sus sesentas y por último una persona octogenaria, cuyo vino tiene más crianza. El que probamos fue Pícaro, así es como bautizaron a su vino joven. Los otros dos son: Recio y Viejo. El Pícaro al igual que los otros están vinificados con tinta del país. Con 14 grados, nada que llame la atención en un Toro. Lo que suele pasar en las comidas largas, mi paladar ya estaba saturado, aunque de primera instancia me pareció un vino sin la contundencia del tanino de otros toros. La entrada unas croquetas de jamón serrano y unos boquerones en aceite de oliva. Para plato fuerte un solomillo, carne muy suave que se deshacía en la boca. Así transcurrió otra tarde disfrutando de la comida, el vino y la todavía mejor compañía. ¡Abur!