Vid casera, del patio trasero de casa

Ayer por la mañana un amigo me envío un artículo por un medio electrónico de uno de los últimos descubrimientos sobre el origen del vino. Debo aclarar que las uvas en el sentido estricto no necesitan de la intervención del hombre para fermentar. Basta recordar que hace 500 millones de años cuando los continentes estaban unidos (Pangea) ya había plantas trepadoras que producían uvas, dentro de ellas fermentaba el azúcar y las gotas que caían al suelo fueron las primeras gotas de vino.

Restos fósiles de semillas y hojas de la familia de las vitáceas incluidas los grupos de América, Eurasia y Asia compartían más características hace 50 millones de años que en tiempos recientes. La vid salvaje euroasiática vitis vinífera L. Sylvestris crece hoy en día en toda la cuenca del Mediterráneo, desde España hasta el Líbano, por la ribera de los ríos como el Danubio y el Rin, a orillas del Mar Negro y el Caspio. Y fue la que dio origen al 99% de las variedades de uva que hoy se vinifican. Esta planta incluso remonta su ascendencia mucho antes: la Ampeleosis vid trepadora de hace 500 millones de años, que como dije más arriba vivía en Pangea, al separarse gradualmente los continentes entre sí, surgieron diferentes grupos con marcadas diferencias que nos han llevado aproximadamente a 100 especies modernas hasta ahora.

Lo anterior lo leí hace 16 años en el monumental libro sobre el origen del vino: Ancient Wine de Patrick E. Mcgovern.

Lo novedoso para mi es que nuevos y extensos estudios muestran un panorama más claro sobre la prehistoria acerca del vino, cuando el hombre empezó a cultivar la vid. Un numeroso grupo de investigadores recolectaron y analizaron 2,503 vides de uva de mesa y vitis vinífera así como 1022 uvas salvajes. Extrayendo el ADN y analizándolo se llevaron varias sorpresas. Los datos genéticos indican que hace 400,000 y 300,000 años las uvas crecían de forma natural a través del oeste y centro de Eurasia. Hace apenas 200,000 años un clima frío y seco dividió el hábitat de la vitis vinífera en dos áreas separadas, una al oeste que abarca los actuales territorios de España, Portugal y Francia, y otro al este en Israel, Siria, Turquía y Georgia. Hace 56,000 años la región Este se volvió a dividir en pequeñas áreas aisladas: El Cáucaso (Georgia, Armenia y Azerbaiyán) y al oeste: Israel, Irak y Jordania.

La domesticación de la vid hace 8000 años cuando la agricultura empezaba a diseminarse (dato erróneo en el artículo, si tomamos en cuenta que la agricultura comenzó entre 9000 y 8500 a.C. después de la última glaciación). Algunos expertos dicen que se cultivó en la Península Ibérica por vez primera (Portugal y España) hace 3000 años.

Estudios recientes abrieron un nuevo debate: Los humanos en el oeste de Asia domesticaron uvas de mesa hace 11,000 años. Se pensaba que el origen había sido en las faldas del Cáucaso (Georgia). Para complicar aún más las cosas hay desacuerdos entre los estudiosos sobre si esas uvas fueron para comer o para vinificar. Los primeros agricultores procedentes del oeste de Asia que llevaron la vid a la Península Ibérica, por el camino las cruzaron con algunas vides nativas. El primer cruce entre vides ocurrió posiblemente en Israel y Turquía cuyo resultado fue la uva moscatel con altas concentraciones de azúcar ideales para comer. Con el tiempo la uva de mesa se fue transformando en las variedades propias para vinificar en territorio de Los Balcanes, Italia, Francia y España. No sabemos por qué la gente del Cáucaso teniendo ya en ese tiempo vides, no las llevó a Europa. Análisis genéticos muestran que las uvas de esta región tienen muy poca influencia con las que crecieron en Europa.

En resumidas cuentas, y sacando mis propias conclusiones: parece que los romanos no llevaron la vid por vez primera a regiones de Europa que se supone lo habían hecho al conquistar las costas del Mediterráneo. Lectura que he registrado en varios libros. Basta leer la historia del vino en países como Francia, Italia y España para caer en la cuenta. Habrá que esperar resultados más sustanciosos en publicaciones más reconocidas, sin demeritar los resultados ofrecidos en este artículo.

Recuerdo que desde hace ya algunos años leía comentarios aduladores de un vino, que por aquella época estaba de moda, quizás este hablando de principios del año 2000. Se trata del PSI un ribera vinificado con la conocida variedad tinta del país en esa zona, conocida como tempranillo en casi toda la geografía española; tinta roriz como la identifican en el vecino Portugal. Un vino de la bodega Dominio de Pingus, fundada en 1995 en Quintanilla de Onésimo, y cuyo enólogo es el cotizado danés Peter Sisseck. 18 meses de crianza: un 40% en barricas nuevas de roble Allier y el resto en barricas usadas. No sé por qué no se me había ocurrido probarlo hasta el día de ayer. Quizás sea esa repulsión natural a la moda y a los vinos de culto que me dan urticaria. Pero llegó la oportunidad. Ayer acompañé a un amigo de compras por los pasillos de una de las tiendas con mejores precios que se pueden encontrar en mi aldea. Había escogido un Contino Reserva, mi memoria cariada hace difícil que recuerde la añada, pero me picó la curiosidad por el PSI 2019, por casi el mismo precio. Más tarde nos dirigimos a un restaurante donde nos dispusimos a refrescarlo y darle cristiana sepultura. Pedí decantarlo pensando que nos enfrentábamos a un vino muy cerrado: veinte minutos bastaron para limar asperezas: Color picota, brillante y fruido, mucha fruta negra sin llegar a extremos mermeladescos. Firme, mostrando su armazón, con acidez comedida y tanino bastante limado. No creo que pueda guardarse por más tiempo, pero puedo estar equivocado, en esto de las predicciones no soy ni de lejos el más apto, aunque tampoco conozco a nadie que lo sea. Maridó bien con un cochinillo al horno en cama de patatas. No tan crujiente por fuera ¿Volvería a comprar el PSI…? Creo que hay mejores opciones por ese precio, aunque también debo reconocer que no estuvo mal.

Comtats de Barcelona

Hace poco me decía un amigo que la denominación de origen Cava había cambiado de nombre. No es precisamente que cambie para todas las cavas, hay que recordar que esta denominación de origen no ocupa una zona delimitada en una provincia en particular, sino que aparece como la viruela en varias zonas. Así en Cataluña se identifican como Comtats de Barcelona, mientras que el elaborado en otras zonas del país mantendrá el nombre de cava con el añadido de «Valle del Ebro» para el de Aragón, «Viñedos de Almendralejo» en el caso de cava extremeño y «Altos de Levante» en el caso del valenciano. Como ha ocurrido en otras ocasiones, es probable que la gente siga pidiéndolo como cava, y haría muy bien. El ser humano se complica la vida sin necesidad, como si la vida no fuera ya de por sí complicada.

Actual zona de producción del cava

Foto: Consejo regulador

Todos los vinos cuentan historias, unas más interesantes que otras. Ayer por la tarde descorchamos uno de esos vinos que por sus orígenes y tradición cuenta la propia. En la contraetiqueta se puede leer:

En la década de 1980, un impulso innovador recorrió el camino entre Segovia y Peñafiel para ir a encontrar, en el corazón de la Ribera del Duero, el vino destinado a acompañar los placeres de la mesa en el Restaurante José María. El lugar elegido acabó convirtiéndose en una de las ubicaciones míticas de la viticultura contemporánea española: las laderas de Carreovejas . En aquel momento nació Autor, que hoy sigue su trayectoria de elegancia y expresión territorial en paralelo con su bodega de origen

En el marco de un restaurante que frecuento, y que siempre me deja muy satisfecho en cada visita. Se trata de un lugar pequeño, de unas 15 mesas, con un menú muy cuidado, materia prima de primera y un esmero en todos los detalles de parte del chef y propietario. Invitado por uno de sus socios y pariente de mi esposa, Carlos. Me había advertido que llevaría algo especial, así que tuve que echar mano de algún blanco que mereciera la pena. Abrimos boca con un riesling alsaciano; Hugel 2021. Bodega que destaca por la estructura de sus vinos: firme, con una acidez exquisita, frutal y al final una elegante nota de queroseno que nos recuerda a la riesling cuando empieza a madurar y mostrar su magia.

Autor José María 2020

Maridó de maravilla con una trucha salmonada y unos espárragos asados. Con respecto al tinto, fue traído de España hace poco, no ha tenido tiempo de reposar, se trata de un vino de baja producción: Autor José María 2020, un riberita vinificado con 93% de tinto fino (tempranillo), 5% merlot y sólo un 2% de cabernet sauvignon. Color picota, denso, sobre-extraído, alcohol bastante integrado, aunque en la medida que sube la temperatura aparece una arista alcohólica. Huele a jalea de fruta negra, con una nota a pimienta. Boca abigarrada, acidez comedida. Tiene una entrada barroca con mucho de todo, quizás le falte vidrio, o por lo menos algún tiempo en reposo. Carraeovejas un pago de vinos que tiran a la modernidad, y que en México han tenido una buena acogida. Después de tanta charla el petit filet a la mostaza está un poco frío. Una espléndida tarde donde hubo mucho que contar, bañada por buenos vinos. Vuelvo a pensar que mi antaño tinto-centrismo está cambiando al polo de los blancos de calidad, sobre todo en latitudes cercanas al Ecuador. ¡Abur!

Como para comprar una caja de cada uno, gran selección de Galicia a Rioja

Es difícil preparar una degustación de vinos asegurando que será un éxito. Muchas veces bodegas y marcas reconocidas no cumplen con nuestras expectativas. Otro factor son las variantes que pueden existir de una botella a otra, inclusive dentro de una misma caja. La cata de anoche resultó un éxito: cinco vinos de buena hechura que conquistaron paladares. Se trata de la bodega El Coto de Rioja. Mi acercamiento a esta bodega es de mucho tiempo atrás. Recuerdo la sorpresa que me llevé (2013) en un banquete celebrando un bautizo, cuando me pusieron en la mesa un Coto de Imaz 2005. Ya para esas fechas tenía marcadas predilecciones por esa bodega riojana. Lo que no sabía es que la bodega cuenta con una gama de seis vinos y que ostenta, o por lo menos eso dicen, el título de mayor viticultor de Rioja, con 800 Ha.

Esta noche empezamos con dos blanquitos muy interesantes de la bodega Virgen del Gadir, dos gallegos de Valdeorras; uno vinificado con godello y otro con palomino. De inmediato me saltó la duda, ya que la palomino la tengo clasificada en mi cariado cerebro, en Jerez, como si hubiera exclusividad. Así que me fui directo al consejo regulador de Valdeorras a buscar las variedades autorizadas, y son las siguientes:

Variedades autorizadas blancas preferentes: godello, loureira, treixadura, dona branca (moza fresca), albariño, torrontés e lado. Variedades tintas preferentes: mencía, tempranillo (araúxa), brancellao, merenzao (maría ardoña ou bastardo), sousón, caíño tinto, espadeiro e ferrón.

Como pueden ver aparece en la lista la torrontés, la famosa uva que ha dado tan buenos vinos en Argentina. También aumenté a la lista de nombres que se dan a la tempranillo en las distintas regiones de España y Portugal. Allí en Valdeorras: araúxa

El primer blanco es Maruxa 2021. Vinificada con godello, con sus discretos 12.5 grados de alcohol, como antaño, y 3 meses sobre sus lías en depósitos de acero inoxidable. Se trata de un vino frutal, huele a piña madura, con notas florales. En boca tiene buen ataque, buena acidez, abocado y con un final a agua quina. Para media caja.

Sede e Fame 2019. Este blanco es de la misma bodega vinificado con palomino. Tiene una crianza de 24 meses en ánfora de barro; como hacían los vinos los romanos en la Antigüedad. También cuenta con 12.5 grados como el anterior. Color amarillo pajizo, brillante y fluido. No sé si me sugestioné; huele a barro, níspero y alguna notita herbácea de fondo. En boca es austero, sin muchas concesiones pero con un final mineral, casi salino, que lo hace muy agradable. Para encargar unas cuantas botellas.

Coto mayor 2018 crianza, el más joven de los tres tintos que probamos. De inmediato se siente la textura rugosa en la lengua, no se trata de vulgar tanicidad de esa que lastima la lengua, simplemente se siente pasar por las papilas. Excelente acidez, fruta de la mejor calidad, tanto en nariz como en boca: ciruela roja en sazón, moras, con algunos recuerdos de menta. Yo recomendaría decantarlo unos minutos antes del servicio, y comprar media caja.

Coto de Imaz reserva 2017. Huele a especias; tomillo, pastel de frutas, y fruta negra. En boca es redondo, un vino bien amalgamado, el tiempo ha hecho su trabajo. Otra caja por favor.

Coto Real 2012, con 24 meses en barrica y 18 en vidrio, un vino muy hecho, listo para beber; todavía muestra juventud y vigor, que unos añitos más en vidrio le podrían dar la magia de los grandes vinos de guarda sin ninguna duda. Huele a dátil, capuchino, fruta negra y un fondo de trufa, algo de carácter térreo. En boca es sedoso, redondo, todo en su lugar con tanino y acidez suficientes para seguir evolucionando. Un vino que vale los casi mil pesos (60 dólares) que piden por él. ¡Abur!

Es común pensar que el regordete monje Dom Perignon descubrió el champán. Para empezar debo recomendar la lectura de Champagne de Donald & Peter Klastrup. Excelente libro que ilustra en detalle la historia del champán. No es mi intención hacer un resumen del libro, así que mejor resaltaré lo más importante.

En primer lugar hay que decir que en esta región se produce vino desde el 57 a.C. Los romanos se encargaron de llevar la vid a donde no la había en su vasto imperio, en este caso las Galias. Región donde hubo una encarnizada batalla contra los Hunos, con un saldo de más de 200 mil muertos. La región es a la que se le da el genero femenino, la bebida es le Champagne, masculino.

Trasladándonos mucho tiempo después; Luis XIV y Dom Perignon nacieron en el año de 1638. Dom Perignon ingresó a la orden de los benedictinos a la edad de 13, después de transcurridos cinco años quiso ser monje, y fue el encargado de la bodega de vinos durante nada menos que 47años. Cuentan que tenía un espléndido paladar y escribió varios lineamientos para mejorar la producción de vino. Entre ellos: prescindir de las malas uvas, vendimiar por las mañanas, además de ser un genio para hacer las mezclas de distintas variedades. Preocupado por acabar con los problemas que acarreaban las burbujas de la segunda fermentación. Problema que se presentaba al morir las levaduras durante el invierno y volver a fermentar en primavera. Fueron los primeros en utilizar tapones de corcho en esta región. Dicho sea, en la región de Champán no había espumosos, sino un vino tinto pálido de baja calidad que comercializaban con los viajeros que pasaban por esa ruta. Hubo un debate que duró más de 130 años de ¿Cuál era el mejor vino: el de Borgoña o el de Champán? Hasta que esta última región aprovechó, por así decirlo, las burbujas. Los ingleses con su mejora en los hornos para la fabricación de vidrio, hicieron posible que más botellas se salvaran de explotar en las bodegas. La idea romántica del descubrimiento del monje de la abadía de Hauvillers al norte de Epernay ha quedado plasmada durante generaciones, sin demeritar su gran labor entusiasta a favor de las mejoras en la producción de vino. A los historiadores más sensatos les surge la duda de si los romanos no serían los primeros en encontrar esas burbujas en sus vinos. La producción en serie de este vino espumoso tiene más que ver con la mejora de los hornos de vidrio que con el simple hecho de percatarse de este fenómeno químico. Según los autores de este libro, fue en Inglaterra, la calidad de las botellas era indispensable para su producción.

El cuadro de «Las ostras» pintado por François de Trois fue la primera representación del champán, en el salón de cenas de la corte francesa. Para 1730 ya era ampliamente conocido en las cortes europeas: Londres, Bruselas, Madrid y Viena.

Claude Moët comerció únicamente champán, proveedor de Luis XV. Quien al final junto con su esposa María Antonieta acompañaron sus últimos alimentos con esta bebida espumosa. Marat murió en su bañera esperando un cargamento de champán.

El negocio del Champán no tuvo un verdadero auge comercial, como hoy lo conocemos, si no hasta los primeros 40 años del siglo XIX.

Jaquesson & Fils fue el primero en colocar el bozal de alambre para sostener el tapón al pico de la botella. Y William Deutz desarrolló la cápsula para proteger el corcho.

Nicole Barbe en 1806 a la edad de 27 años y con una hija de 3 enviudó. Nicole se hizo cargo de la compañía de su difunto esposo junto con su suegro, y después de algunos años se hizo cargo ella sola con el nombre de Vieuve Clicquot. Uno de sus empleados fue quien ingeniosamente inventó los pupitres de madera para colocar las botellas en cierta posición para la segunda fermentación.

Este es una pequeña probada con lo más interesante de este libro.

Scarpetta pinot grigio 2021. DOC Friuli. Aunque quien sirvió el vino haya tapado la etiqueta, pueden imaginar un cerdo enseñando la carrillera y la papada, de los que sacan las trufas en la Toscana. Observen el color en la copa, o mejor dicho lo incoloro del vino

Nuevamente asistí por la tarde-noche a una cata en City Market anunciada con tres vinos italianos, fui en compañía de Alfonso y su esposa. Se trató de un blanco, un prosecco y un tinto de la Toscana. Vinos, sobre todo el prosecco, que no sé por qué razón; quizá mi falta de hábito con estos vinos, pero no me ha gustado nada. A pesar de los halagadores comentarios de muchos de los asistentes. Burbuja grande, escasa y poco persistente, que se fue en pocos minutos. A la pregunta del sumiller de ¿por qué se llamaba prosecco…? Una de las asientes levantó la mano y respondió que porque antes se conocía la variedad como prosecco y ahora se conoce como glera. Llegando a casa busqué en mi multicitado y viejo libro (tercera edición) de The Oxford Companion of Wine; y dice muy claro que la uva aún se conoce como prosecco, sin mencionar la glera; debe ser porque los datos no han sido depurados, momento para pensar en comprar la última edición. Aunque lo más interesante es que también se vinifican vinos tranquilos. De las 28 millones de botellas producidas al año en esta región: un millón son de vinos tranquilos, 7 millones de frizzante y 20 millones de espumoso (método charmat). Pienso en algunos espumosos chilenos con método tradicional muchísimo más interesantes, por el mismo precio.

El primer blanco: Scarpetta pinot gris 2021 ¡sorprende es casi incoloro!; los ingleses reconocen esta característica como pale lemon green. Es quizás el vino más «pálido» que he catado en mi vida. Por lo demás, nada que me invite a comprar una botella. Aromas intensos a pera, manzana verde con una nota floral a jazmín. Los tres vinos son de la misma bodega: Scarpetta. El último un vino tinto vinificado con 60% sangiovese y el resto de uvas autóctonas: canialolo, ciliegiolo, y colorino. Rubí capa media, brillante y con aromas a barro, y una nota que al principio no había notado hasta que alguien comentó que olía a jamaica, la flor rojiza que aquí en México hierven, cuelan y agregan azúcar para disfrutarse en las comidas.

Los viernes han sido destinados para catar cervezas o destilados en esa misma mesa, estamos apuntados y mañana toca tequila que me dispondré a reseñar.

Viernes por la tarde ha tocado el turno al tequila, de Tequila Jalisco. Porque no todo el tequila se hace por aquellas tierras, aunque parezca mentira hay tequila en cinco estados de la Republica Mexicana: Jalisco, Tamaulipas, Michoacán, Guanajuato y Nayarit. Al parecer sin el amparo de algún consejo regulador, sino de la Secretaria de Hacienda que son quienes distribuyen los marbetes para su legal comercialización. Tierra Noble tiene ocho años de vida, produce 50 mil botellas al año, para contrastar: Tequila Sauza produce Un millón de cajas de 12 botellas cada una. Tierra Noble destila y embotella en Jalisco, en su propiedad de Mazamitla a 7200 pies de altura, siendo una de las destilerías a mayor altura sobre el nivel del mar; donde recolectan las piñas del agave azul (agave tequilana). Por otro lado cada agave debe tener entre 8 y 10 años para poder producir el destilado. Se necesitan 7 piñas para obtener 1 litro de tequila. Nos explicaba que el ajuste en el volumen de alcohol se hacía agregando agua limpia, ya que según la norma debe estar entre 38 y 40 grados. Con todos estos datos me ha dado por ir a la librería a comprar el Larousse del Tequila para adentrarme a este mundillo de los destilados, sobre todo el tequila, que se ha convertido en la bebida nacional.

El primero que catamos fue un blanco, que no pasa por madera: Tierra Noble Blanco. Incoloro, de lágrima perceptible, aunque a la persona que dirigía la cata le pareció que las «piernas» que colgaban eran abundantes. En cuestión de nariz, a mi me costó un poco, además de que no soy el mejor dotado para estos menesteres, sumado al alcohol que enmascara mucho los aromas más sutiles. Miel, anís, vainilla y canela. En boca, aunque no sé si se utilicen los mismos términos que para el vino, tiene buen ataque, untuoso y buen paso.

El segundo Tierra Noble ya tiene madera, se trata de un reposado con una crianza en barrica de roble americano de entre 9 y 11 meses. Apuntaba que las barricas después de 2 años de uso se destruyen. Huele a maple, canela y notas de barro. En boca tiene notas dulces y el alcohol se percibe menos.

El Cristalino fue el último; tequila que pasa por un proceso de filtrado con carbón activado para quitar esas notas amargas, agrias o amaderadas; lo que en el mundo del vino podríamos calificar como defectos. Botella de bonito color gris. Al final me he animado a llevar una botella a casa. El precio es de 799 pesos, unos 45 dólares. Nos mostraron, sólo a la vista, el tequila de más alta gama de Tierra Noble. Se trata de Tierra Noble 4 Cuarto Cristalino con un precio de 5 mil pesos (295 dólares). Hasta aquí la reseña, voy por el libro. Abur.

Las Pudendas y Huno 2019

Después de una tarde atropellada, con prisas y contratiempos, nos reunimos por la noche para la tradicional cata de fin de mes. Tuvimos nuevamente de invitado a la mesa a Eduardo Narro, orgulloso dueño de Las Pudencianas. Una familia con tradición vitivinícola de raíces profundas en aquellas tierras norteñas. La bodega en el pueblo era conocida como el Jardín Botánico de Parras. Desde hace 13 años que se plantaron las primeras vides ha ido evolucionando su proyecto hacía producciones artesanales, buscando la satisfacción del cliente con ideas muy innovadoras. Una de ellas que me llamó la atención se trata de una cata de tres vinos; y que al final el anfitrión invita a que surja el espíritu enológico que pudiera estar dormido en lo más profundo de nuestra alma: Los catadores tienen la libertad de mezclar los vinos como a ellos les plazca, tomando notas de la mezcla; posteriormente se embotella y se imprime una etiqueta personalizada. Si en el futuro quieren repetir la mezcla, ya hay un registro, y es cuestión de pedir un lote. Más allá del resultado de la mezcla, que por obvias razones puede resultar o no, me parece un ejercicio que convierte a los invitados en parte del proceso. Echando a volar la imaginación podemos pensar que somos parte de esa bodega. Me parece una brillante idea que podremos poner en práctica muy pronto, ya que casi todos los integrantes del grupo estamos planeando ir en un par de meses, ya les contaré. Eduardo no llegó con las manos vacías; trajo una pierna de carnero estofada con verduras y dos botellas: una de su bodega y otra de un familiar que también produce vino por aquellas tierras.

La primera Las Pudencias cabernet sauvignon, no encontré la añada y teniendo a la mano la respuesta con Eduardo presente, se me ha pasado de largo. Aunque mi ortodoxia ha ido a la baja, no se debe pasar por alto que ambos vinos han viajado desde Coahuila sin ningún reposo previo a la cata, detalle que tiene mucho que ver con las sensaciones organolépticas, como diría un sumiller. Se trata de un vino joven huele a fruta roja; ciruela con algún dejo a humo. Acidez alta y final astringente, ya habrá tiempo de catarlo in situ próximamente.

Huno 2019, vinificado con merlot del mismo valle de Parras de la bodega Hacienda del Marques de Parras. Se le nota la madera, huele también a hollejos, fruta negra indefinida y una nota especiada a pimienta blanca. En boca tiene buena acidez aunque a la mitad del recorrido hay una nota cansina como si hubiera estado abierta mucho tiempo. Después de unos minutos aparece una nota mentolada en la copa quieta.

La última botella antes del estofado la trajo Alfonso, un carmenere: Carmen 2020. No tomé nota pero se trata de un vino frutal repetible.

El delicioso estofado con verduras estuvo bañado por una magnum de Luigi Bosca de Sangre 2014. Maridó muy bien con la grasa del cordero.

Estaremos a mediados de septiembre por aquellas tierras degustando los ya famosos vinos de Parras.

En esta ocasión no tenía idea de qué ofrecer para la cata, pero hurgando por los pasillos se me ocurrió comprar cinco vinos que tuvieran los nombres más raros. Lo que me sorprendió fue que hoy en día muchos productores buscan impresionar con diferentes nombres y etiquetas que suenan fuera de contexto, con el fin de vender sus vinos. Yo sabía de antemano que al escogerlos por ese motivo las posibilidades de probar algo que mereciera la pena era escaso, o algo fortuito. Y aquí empezamos con la lista:

La Maldita 2020. Nacido en la noble tierra de Briones en Rioja, y vinificado con garnacha blanca. Color evolucionado: oro, brillante y espeso. Huele a talco, toronja blanca. Buena acidez en boca, de final corto. Con la copa en reposo, al final de la cata huele a mango. Bebible.

La Casa de Las Locas 2020. Amarillo pajizo ribete transparente. Huele a lo que rara vez huele el vino: a uva; cuando pelas una uva y queda la pulpa al descubierto, y melón verde. Boca cítrica a lima, buena acidez y final medio. En reposo al final huele a membrillo. Repetible.

Knock Knock sin añada, taparrosca, eso sí: metálico. Primer aroma volátil, algunos aromas químicos, después abre un poco a fruta roja indefinida. En boca es planito, fugaz… Nada que mueva a comprarlo al menos que sea el único vino a la venta en cien kilómetros a la redonda.

Mr No Sulfite 2019. Un beaujolais villages, sin sulfitos. Huele a ciruela roja madura, algo raro pero también a madera vieja y poco más. Planito en boca, falto de acidez y tanino. Inmemorable con causa.

Pituco 2020. De Jumilla, y el que sin duda más nos ha gustado o mejor dicho: el que menos nos ha desagradado de los tintos. Vinificado con garnacha tintoreta: esa que también es negra por dentro, monastrell y syrah 14 grados de alcohol y crianza no especificada. Huele a hollejos y zarzamora con especias; notas de clavo. En boca sobre-madurado, falto de acidez y pasificados. No sé si repetiría.

No dejó de ser un buen ejercicio, en ocasiones cuando voy dispuesto a traer lo mejor que encuentre, me he topado con muchas sorpresas, en está ocasión mis expectativas eran muy bajas.

Dentro del amplio mundo del vino se habla de la evolución como algo cuantificable pero sobre todo controlable. Déjenme decirles que al tiempo le gusta juguetear con nosotros, a veces evolucionando de más, y otras cuando pensamos que ya el vino se convirtió vinagre; resulta que no sólo está bebible sino que se puede disfrutar de los matices de un vino en plena madurez; deleitándonos como nunca lo haríamos con los vinos más jóvenes. Hace casi cuatro meses catamos un blanquito: Cuna de Tierra 2020, que ya había olvidado en el refrigerador, y es que había sobrado poco más de una copa. Para mi sorpresa lejos de ser un vino cansino, presentaba un color amarillo dorado, opaco, con una nariz tropical a mango, níspero con notas de piña madura y barro. En boca amarga un poco a la entrada, de acidez comedida y un punto dulce. Había perdido aquella frescura de cítricos de la primera vez cuando se descorchó: Nada que se tuviera que echar al fregadero. En contraste descorché después un Chablis de Louis Jadot 2021, amarillo pajizo brillante con una nariz frutal a piña, notas florales a jazmín, y también notas anisadas. En boca de buena acidez, un vino joven correcto. A veces la vida nos da sorpresas, y es que olvidamos la segunda parte en algunos vinos: que después de descorchados, quizás no días, pero si una horita o poco más hace que aparezca la magia. Pondré en un futuro más atención a la evolución en copa.

El imbebible

Ese mismo día había sacado de no sé dónde una botellita de tinto, sin grandes expectativas lo probé. Debo decir antes que nada, que no me gustan las descripciones poco halagadoras de vinos que no sean de mi agrado, pero este rozaba lo infame. Un vino diluido, que si me hubieran dicho que le habían agregado un vaso de agua, lo habría creído. No había por donde cogerlo, como decía un buen amigo español. Le faltaba de todo, un juguito de uva con algo de alcohol, completamente desintegrado. Además tuvieron el atrevimiento de imprimir en la etiqueta el calificativo de «Gran Vino» nada más lejos de la realidad. Pongo la foto para el valiente que quiera desengañarse.

Hace unas semanas asistí a una de esas catas comerciales que organizan ciertas tiendas de autoservicio, lo que conocen en España como grandes superficies. Dije comercial, porque finalmente su objetivo es vender una que otra botellita, y si al cliente le gustan todos los vinos, pues… ¿Quién le impide que se los lleve a casa? Alfonso, asiduo asistente a estas catas, me comentaba que las más interesantes, en cuanto a información y contenido, eran las organizadas con algún miembro de la bodega en cuestión. Ya que generalmente están muy bien enterados de todo lo que respecta a la bodega y sus vinos. En esa ocasión cambiaron el itinerario, debían ser prioratos y acabaron en Ribera del Duero.

El primero de tres tintos; Sembro 2021 de bodega Jaros, Tres meses de crianza y 14.5 grados de alcohol. Huele a mermelada de zarzamora, unas vueltas a la copa y aparecen lácteos. En boca: de taninos moderados, buen paso y acidez. Todo en su lugar sin enamorar.

El segundo de la tarde un Jaros 2018, con 18 meses en barrica además de que se le notan. Huele a pastel de frutas, pimienta negra y una notita lejana de cuero y madera nueva. En boca tiene un tanino rugoso y una acidez que destacan, le falta vidrio, quizás unos añitos integren lo que hay dentro.

El último fue un Pago la Corva 2015. Mudo al principio, va abriendo a fruta negra sobre madurada y barro. De alcoholes altos, sin integrar, aunque el conjunto da un vino correcto, hasta que me enteré del precio: 1500 pesos, algo así como 85 dólares.

Dentro de las audacias del sumiller encargado de dirigir la cata, respondió a una pregunta a la ligera, diciendo que las piernas en la copa no tenían nada que ver con el alcohol. En mi experiencia la evaporación del alcohol, por ser tan volátil, hace que la tensión superficial del agua que queda en las paredes escurra, y dependerá en gran medida de la porosidad del vidrio del que esté fabricada la copa; que escurran en diferentes grados o que no se perciba. Así las cosas me retiré de la cata sin llevar vino a casa.

Doscientas cincuenta veces reunidos, se dice fácil. Empezamos en 1998, muchos de los que conformamos el grupo ya no están y otros han arribado más tarde, como todo en la vida es dinámico y cambia con el paso del tiempo. Como diría Heráclito «Nadie se puede bañar dos veces en el mismo río».

Haciendo cuentas en 2011 nos enfocamos en los malbec y sumaron alrededor de 50 vinos. Ayer por la noche degustamos otros 4. Aunque debo decir que el resultado no fue del todo bueno, podríamos resumirlo como vinos astringentes, sobre madurados y con alcoholes altos. El primero fue un torrontés ágil y grácil como una gacela. Aromas intensos y muy refrescante. Se trata de Terrazas de los Andes 2020, un torrontés de color amarillo pajizo, fluido y brillante. Huele a mandarina, lichi y notas de durazno. En boca es mineral con algo de aguja, cítrico y muy vivaracho. Un vino para comprar media cajita.

El primer tinto de la noche fue un Pure 2021. 100% malbec de la región de Mendoza, específicamente del Valle de Uco. Bodega Trapiche sin madera, difícil de creer en estos días. Huele a cerezas en licor, ciruela madura y notas lácteas a yogurt, astringente y con una nota mineral al final.

Kaiken 2018. Vinificado con malbec, bonarda y petit verdot. Fruta roja, ciruela negra y notas de cuero. En boca tiene buena acidez y tanino domado. Pero nada que mueva a comprar otra botella.

Aromo 2020. Había escogido los vinos por la variedad y no había puesto atención en el país de origen. Resultó un malbec chileno. Notas verdes: herbáceas, pimienta blanca y algo de fruta indefinida. Desbocado con un alcohol sin integrar. Inmemorable con causa.

Por último un viejo conocido: Luigi Bosca 2019. 100% malbec, 12 meses en barrica 6 en vidrio. Nota que detonó hablar de Rioja y de lo que el consejo regulador impone para la crianza de sus vinos. En un lapsus dije que regulaba la crianza en madera y la de vidrio estaba abierta a la decisión del enólogo: mea culpa: error, también indican los mínimos de crianza o pulimiento en vidrio. Dicho esto, este ultimo tinto huele a hollejos, a humo y es muy astringente en boca. ¿Falta vidrio…? seguramente ayudaría pero en general me parecieron vinos desequilibrados. Primera vez que entre los tintos me costaría la decisión de decantarme por alguno, tal vez el Kaiken sea el más bebible de los cuatro. Pero en definitiva me quedo con el torrontés, aunque me parece subidito de precio; algo así como 23 dólares americanos. Abur.