FERIACORTADORJAMONHay una buena cantidad de fiestas alrededor del mundo, pero sobre todo en Occidente, donde el vino, el pan (trigo) y el queso son los protagonistas. Por lo regular marca un ciclo anual ya que en muchos casos corresponde con la vendimia.

El fin de semana pasado viajé al estado de Querétaro, concretamente visité la Feria Nacional del Queso y el Vino que se realiza en Tequisquiapan, pueblo catalogado como mágico. Mucha gente lo visita cada fin de semana, los días de asueto y cuando pueden escapar del caos y la locura de la Ciudad de México para sumergirse  en uno de tantos lugares turísticos alrededor de la gran urbe. Tenía mucho tiempo de no visitarla y como es costumbre atrae a mucha gente, en muchos casos no muy entendida ni del queso ni del vino, sino que ven la oportunidad de emborracharse probando de aquí y de allá las muestras servidas en vasitos, mejor dicho, dedales de plástico. Recipientes que distan mucho de ser los ideales para catar un vino, además de que contaminan el ambiente. Dicho sea al entrar en uno de los primeros puestos vendían copas de cristal, por desgracia no se me ocurrió comprar una. Instrumento indispensable en la tarea de degustar los diferentes vinos que ofrecían en cada estante.

En realidad nada que destacar, algunos vendedores del otro lado del mostrador no cumplían con los mínimos requisitos para esta tarea. Estaban mal informados y con prisa. Después de un recorrido de menos de 45 minutos y con dos botellas de vino en la bolsa; un blanco y un tinto, decidí que era hora de retirarme para pasar a Viñedos La Redonda. Puedo destacar de la feria la gran cantidad de nuevas bodegas, un fenómeno que me impresiona cada vez que asisto a estos lugares.

Nótese la diferencia entre el grosor de uno y otro tallo...

Nótese la diferencia de grosor entre uno y otro tallo…

La Redonda, bodega que en poco tiempo se ha convertido en una de las favoritas de los mexicanos, pujante y esmerada. In situ podemos ver cierta rusticidad además de los remolinos de polvo que venían de los viñedos al comedor con olor a estiércol, algo que no acabo de entender pero que tampoco pregunté. La vid es una planta que le gusta la mala vida, terrenos pedregosos que en el caso de otros cultivos no sobreviven ni una semana. Gracias a sus raíces que van directo al fondo, es que obtienen la ORLANDIhumedad necesaria. Luego entonces para que fertilizarlos. En el caso que ese desagradable olor sea lo que me imagino, o será que tienen vacas lecheras… Me gustaría que alguien me lo explicara. Probamos con la comida el Orlandi cabernet tempranillo, bastante resultón, frutal y con un leve amargor del tanino aún muy presente. Además abrimos un espumoso rosado refrescante y vivaracho para que las mujeres disfrutaran una copa y refrescarse un poco la garganta en medio de un calor sahariano y un sol inclemente.

Ya en la noche de regreso a la ciudad de Querétaro, cenamos por segunda vez en Il Duomo, un restaurante italiano cuya decoración nos recuerda algún castillo perdido en la Toscana, guardadas las proporciones. Aunque para mi gusto bastante oscuro en la noche; tendrían que reconsiderar la iluminación. Lo mejor sin duda alguna es el esmerado servicio y  su cocina. La primera noche pedí merluza en una sutil salsa que me recuerda a la sidra y los espárragos, algo espesa, y digo que me recuerda porque no tenía ninguno de estos dos condimentos.

¡Vinazo...!

¡Vinazo…!

Uno de los mejores platillos de pescado que he probado, además con su cuchillo especial, que raras ocasiones suelen agregar a los cubiertos, tan bueno que repetí al día siguiente. El mejor vino del viaje también lo bebí en este lugar, un soberbio  Valpolicella Brigaldara 2016, y quiero destacar la hechura de este tinto, color rubí de capa baja, fluido y brillante. Aromas a trufa, fruta negra de la mejor calidad y notas mentoladas. En boca es limpio, sutil, profundo enamora a cada trago, como para comprar una cajita. Cada vez que pruebo vinos de este calibre me devuelven el ánimo para seguir buscando nuevos vinos en medio de un mar de mediocridades.

Así termino está reseña de un fin de semana largo e intenso. Abur.

Haciendo un recuento para no perderme en el camino, después de la cata 213 en casa de Alfonso, miembro del grupo y además anfitrión, nos invitó una paella. Se me ocurrió averiguar qué vino maridaba mejor. Hay que recordar que aquí en México es raro que las paellas tengan conejo dentro de sus ingredientes, y que son combinadas. Lo que vendría a ser un «Mar y Tierra» en España. Compré un blanquito, un rosado (Marqués de Riscal) y dos tintos que han pasado al olvido. La mayoría coincidimos de que fue el rosado el que mejor maridó. Sin otro propósito más que pasarla bien, disfrutar la paella y saber qué vino se llevaba mejor con el platillo. Yo mismo hice la paella,  por desgracia me he  pasado de sal, y en una paella es un pecado mortal 😦

De la 214 ya he reseñado lo suficiente, y la posterior la 215. Se trató de vinos mexicanos comprados por internet por Paco, y que en honor a la verdad no levantaron suspiros, a mí en lo personal me gustó un syrah de la bodega Campo Real Vinícola: Tierra Adentro 2011.  Me pareció no sólo bebible sino repetible.

De Líbano a Coonwarra...

De Líbano a Coonwarra…

En esta cata cuyas expectativas no eran ni altas ni bajas, simplemente un total desconocimiento de los vinos. Al final resultó uno que otro muy interesante. Empezamos con un blanco australiano muy refrescante. Founder´s Block 2014 vinificado con savignon blanc. Amarillo pajizo brillante y fluido, aromas intensos a piña madura y durazno. En boca es fresco, abocado al principio, de excelente acidez, quizás más de lo que esperaba pero que daba al conjunto una buena armonía, resaltando su vivacidad, nada mejor para el calor junto a la alberca con algunas viandas.

Altitudes IXSIR Blanc 2015. Un segundo blanco de otra hechura. Huele a té de limón, té negro, mandarina. En boca es amplio y amargo en el paso de boca, una característica que siempre me ha gustado en los vinos blancos. Para media cajita.

Sileni Cellar Selection 2012. Austero, sin muchas concesiones, no muy aromático, después de unos minutos asoma un leve aroma a ciruela pasa y pastel de fruta. En boca es redondo sin destacar nada, equilibrado. Me gustó para repetir.

Altitudes IXSIR Rouge 2015. Este pinot desconcertó a muchos que pensaban en un vino evolucionado, aunque estaban equivocados, se trata de un pinot noir. Huele a fruta roja en sazón, tierra mojada y algo de especias; mejorana. En boca se nota algo de CO2; al entrar algo de cosquilleo, frutal y de acidez moderada, tanino mullido. Para una cajita.

Founder´s Block Shiraz 2013. Aromas intensos a grosella nota lejana a ciruela madura. En boca es austero y de final corto. Repetible.

Founder´s Block Cabernet Sauvignon 2015. Nariz corta, fruta negra indefinida. En boca es de tanino y acidez mesurada, sin enamorar. Inmemorable con causa.

CATA 213Ahora fue de sobaquillo. El primero de la noche: One Les Jolies Filles (Rare Rosé) anunciaba la etiqueta, buscando en internet no encontré la manera de cambiar el idioma de su página web al castellano y como mi franchute es muy pobre… paupérrimo, sólo pude saber que está vinificado con tres uvas tintas: 85% cinsault, 10% syrah y el resto mourvèdre. Este rosadito tenía un color evolucionado a piel de cebolla y tonos ámbar. Lo primero que llega a la nariz es mango, entrada un poco amarga recordando el té negro, un rosado diferente, quizás por su evolución. Repetible…

El segundo un Federico Paternina Reserva 2011, un vino maduro, sutil. Huele a paja mojada, barro, piel de rusia. En boca tiene una excelente acidez, tanino pulido y final larguísimo. Para media caja. Quien lo trajo asegura que es una de las mejores añadas en Rioja.

Bosconia 1998. Pura elegancia, huele a especias: mejorana, bosque bajo, ahumados redondo y profundo. ¡Una caja por favor…!

Después llegaron las burbujas, Moët Chandon Néctar Imperial, aunque no sea muy ortodoxo; ni la copa ni el orden de aparición y además se trate de un champán de producción en serie, lo disfrutamos todos. Burbuja rápida y de mediano tamaño, amarillo verdoso, abocado y fondo cítrico… al final, toronja blanca, muy ad hoc  para un viernes por la noche.

Montes Selección Limitada 2015. Vinificado con un 70% de cabernet sauvignon y 30% carmenere. Un vino que recuerda la miel de maple, sobre madurado, barroco, con alcoholes altos (14.5) que además se perciben.

RA Roganto 2014. Este vino mexicano lo he seguido por algún tiempo desde que lo encontré en los anaqueles de una tienda, hace ya algunas primaveras. Me parece sin lugar a dudas uno de los mejores vinos mexicanos, y si a esto le agregamos que podemos comprarlo por menos de 300 pesos se convierte en una opción no sólo para consumirlo de vez en vez, sino para comprar una caja. Un vino sin excesos, sin máscaras, directo, fruta de la mejor calidad, redondo, con un equilibrio excepcional, me recuerda los buenos merlot por aquello del pastel de frutas, fruta negra y especias.. Ahora mismo está para beberse y disfrutarse.

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The Sutton Place Wine Merchant, en el 855 de la calle Burrard.

Casi seis horas en el aire desde Ciudad de México para llegar a la principal ciudad del oeste canadiense, también dicen por ahí que es la más cara de América, y donde más asiáticos se dejan ver por todos lados, tanto visitantes como locales. Una ciudad cuyo crepúsculo llega después de las cuatro de la tarde en esta época del año, y cuyo clima lluvioso invita a estar cerca de la hoguera con una buena copa de amontillado.

Se percibe un cierto dejo europeo que por momentos parece uno estar caminando en  Barcelona, sin dejar por otro lado la sensación americana de sentirse empequeñecido por los grandes rascacielos. Al observar por las calles del centro una buena dotación de tiendas de vino, pensé que la oferta sería variada. Debo aclarar que sólo entré a una de ellas que estaba a unas cuadras del hotel. Se trata de The Sutton Place Wine Merchant, una tienda muy elegante que a pesar de sus grandes aparadores, apenas si dejan ver algunas cositas. Pero contaré lo que compré después de referirme a Whistler, mi primera escala. Fuera de mucha nieve acumulada en los puntiagudos techos y laderas de montaña convertidos en paisajes navideños, con sus amplias instalaciones para quienes aman el esquí, no ofrece mucho más a quienes no vamos precisamente a practicar este deporte. Con el espléndido paisaje por la ventana y un pint de Guiness en la mano, al calor de la chimenea las cortas tardes se vuelven inolvidables.

Restaurantes: nos habían recomendado Araxi Restaurant & Oyster Bar pero el día que nos enfilamos hacia allá, alrededor de las 8:30, nos advirtieron en la entrada que la cocina estaba por cerrar. Además de que sólo estábamos dispuestos a satisfacer el hambre con algo que valiera la pena, sin rebuscamientos, es decir no abundaba el espíritu aventurero de conocer nuevos establecimientos caminando a -9 C° sumado a los precios altos en las cartas. Nos enfilamos a otro lugar  dentro del mismo complejo de pequeñas tiendas y restaurantes frente al hotel Aave, donde nos hospedamos. Un lugar acogedor que más que un hotel parece un refugio de invierno; pequeño y confortable de techos inclinados y eternas chimeneas encendidas.  Pues decía que frente al hotel cruzando la calle fuimos a parar a The Old Spaghetti Factory un lugar comercial pero que no NOVASdecepciona a nadie, excepto por el servicio, aún tomando en cuenta lo abarrotado que estaba esa noche y que nuestra mesa era de diez personas. Una versión del Italianni’s en México. Cenamos pasta y ensalada con un Novas Gran Reserva de la bodega Santa Emiliana, que por ningún lado apareció la añada. Este chilenito orgánico de carmenere y cabernet sauvignon se portó a la altura e hizo su trabajo al maridar con la pasta. Bastante frutal y de buena acidez, creo que no hay mucho que agregar además de que su precio de 25 dólares canadienses en restaurante es bastante comedido. Un detalle que me llamó la atención fue que en las diferentes cartas de vinos que pasaron por mis manos en distintos establecimientos, no encontré una oferta decente de Icewine. Apenas si asomaba por un rincón el nombre de vidal: esa uva blanca híbrida que surge del cruce de la ugni blanc o trebiano italiana. Uva utilizada principalmente para la elaboración de brandy.  Pues dicho sea en esta ocasión no probé ninguno.

En la única tienda de vinos de los alrededores que en realidad era una vulgar liquor store, con anaqueles de vino californiano, australiano  y uno que otro europeo de medio pelo, encontré un Moselland Piesporter Michelsberg Riesling Kabinett 2016. Color amarillo verdoso, aroma a pera y durazno, boca sutil con un gusto cítrico y de final largo. Muy sabroso para beber una copita por las tardes en la habitación leyendo al  inglés católico Chesterton. También compré un Chenas Quartz 2014 de Domaine Piron un tinto que desde que lo descorché hizo alarde de su carácter animal: caza con pelo, almizcle, ahumados… con el tiempo fue moderando sus instintos animales, pero nunca perdió su carácter. Una noche visitamos un bistro que me pareció bastante cutre, aunque debo reconocer que la disposición del mesero y la comida eran sobresalientes, a tal grado que el vino pasó al anonimato, aunque me parece que fue  un malbec correcto, muy frutal que bañó un rico salmón en una salsa que nunca pude descifrar y que casi nunca pregunto de qué va, para no obtener respuestas confusas, como si me fuera a robar la receta… ¿Yo?

Ya de regreso a Vancouver debo enfatizar que el paisaje que se puede y debe  admirar durante las dos horas de camino, es precioso, con unos acantilados y agua a punto de la congelación y también nieve por doquier, ya sea en ríos, riachuelos y  lagos que nos remite a los recuerdos que llevamos muy hondo en la memoria de  cuentos navideños leídos antes de  la hora de dormir. Sobre todo para quienes vivimos en climas cálidos más cercanos al Ecuador.

MoutonniereLlegando al hotel mi estómago había dado ya varios conciertos de viento y percusiones… Así que sin perder tiempo nos lanzamos al único restaurante que había dentro del mismo: YEW (sea food & bar). Minimalista y de techos muy altos… Salmón en una cama parecido al cuscús fue lo primero que vi en la carta y un borgoñita que me guiñó el ojo. Dentro de la sección de «Sparkling» había cuatro: un prosecco, Luna Argenta, un rosé Summerhill Pyramid Winery de Okanagan Valley, después me enteré de que era canadiense (British Columbia), un Gruet Brut de Albuquerque y por último un vino con pedigrí: Pol Roger Cuvee de Reserve. Éste quizás sea el único pendiente que quedó en la lista. Me fui directo a los tintos y pedí un Roux Pére & Fils, La Moutonniére 2015, un borgoña de medio pelo, pero que no deja de ser un borgoña.  Muy juvenil, firme, frutal, dejando algo de fondo a tierra mojada, de excelente acidez, tanino mullido y de final  largo.

Hubo varias visitas a  museos, un día lluvioso me escapé a pie a la galería de arte que ostenta el quinto lugar en extensión de todo Canadá, fundada en 1931. Pude admirar varios retratos, muchos a lápiz otros carboncillo y la mayoría propiedad de la colección real del Reino Unido, entre muchas otras obras como retratos al oleo muy expresivos y con un manejo de la luz impresionante. Recomiendo también el acuario, y un jardín iluminado con millones de foquitos navideños, pero que sólo exhiben en diciembre y principios de enero. Siguiendo con nuestro recorrido vínico-culinario esa noche del jardín iluminado cenamos en Cáctus Café. Un lugar para jóvenes. A media luz pero con mucho ruido, apretado, la comida es buena y los precios un poco inflados. Pedí un salmón con salsa de Dijón que llevaba también alcaparras y cebolla caramelizada, muy bueno pero no tanto como el de YEW en el hotel Four Seasons. No dejé pasar una sola oportunidad para probar salmón en todos los restaurantes que lo incluían en la carta, cuando llegué con los análisis clínicos en mano y se los presente a mi cardiólogo, estuvo a punto de darme un aplauso. Parece mentira pero ese salmón subió el colesterol de alta densidad a 40 puntitos, que para quienes luchamos con mantenerlo alto es toda una proeza.

linguini de mariscos

Bocatto di cardinale

Una noche salimos del estacionamiento caminando de regreso al hotel y fuimos a dar milagrosamente a un restaurante muy concurrido y con muy buena pinta: Italian Kitchen. La carta es amplia y lo que pedí fue exquisito; un Seafood Linguini, que llevaba escalopas, langosta, langostinos, vino blanco, tomates asados, alcaparras y aceitunas sicilianas. Simplemente la mejor pasta de mariscos que he probado desde que tengo memoria, aunque yo sugeriría  una ración más generosa.

Otra de tantas frías mañanas, pero sin llover, me fui caminando hasta la tienda de vinos que estaba a un par de cuadras. The Sutton Place Wine Merchant. Cuando llegué a la puerta estaba cerrado y tuve que esperar unos minutos mientras daban las once. Momento para conversar con una vancouverita de mediana edad que me dijo en tono muy amable que se trataba de una tienda con buena selección y los encargados de la misma muy dispuestos. Ni una ni otra. Vinos alemanes sólo cuatro, borgoñas y algo más. Pero haciendo un minucioso recorrido por los estantes, sin la ayuda de las asistentes ya que sus respuestas eran frías y cortantes: ¿Do you carry Morgon from Marcell Lapierre…?  ¡No! Además de su rostro esculpido en  piedra… Raro en Vancouver donde nos recibieron casi siempre con una sonrisa. Al final, después de poco más media hora de búsqueda, compré cuatro botellitas interesantes que no encuentro ni de broma en México, con excepción del Gigondas. La lista es corta: empecé con otro Morgon que nunca he probado: Piron Morgon Cote du Py 2015, un Gigondas Chapoutier 2015, un Granit 30 Cornas 2015, un Côte-Rôtie 2014 y por último de cuatro filas de vino alemán, escogí un Dr Lossen spätlese riesling también de la misma añada. Al salir de la tienda ya estaba lloviendo. En un futuro habrá ocasión de ir comentando lo descorchado, después de un largo reposo en la cava.

Floración Tardía

Publicado: 10 enero, 2018 en El clima, Vino
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racimo tardío

Foto tomada el 8 de enero, antes del envero

La vendimia, ese acontecimiento festivo que da lugar a bailes, comilonas y excesos, y que en el hemisferio norte se realiza entre agosto y septiembre, y en el sur seis meses después, fuera de los casos en que se dejen los racimos madurar más de la cuenta para obtener una mayor concentración de azúcar residual (cosecha tardía) que puede resultar una vendimia hasta noviembre o diciembre.

La vendimia ha marcado un ciclo en la vida del hombre, que ha sabido observar y que ha de guiarse para desarrollar otras tantas actividades, sobre todo en países cuyas estaciones son más marcadas; con calor en los largos días de verano y nieve en invierno.

Todo hasta aquí suena lógico, hasta que descubrí que la parra que tengo plantada en  el jardín de mi casa ha dado frutos a finales del año pasado. Sí, por ahí de junio apenas dio unos racimos enfermizos que me obligaron a podarla dejando sólo el tronco y algunas ramas. Cuál sería mi sorpresa que poco después florecería en todo su esplendor, para más tarde asomarse unos cuantos racimos.

Si alguien sabe qué sucedió, por favor que me lo explique, porque sospecho que no seré el único intrigado. Yo definitivamente no sé la razón de este florecimiento tan tardío.

Viernes 8 del último mes del año, noche fría. Después de atender una importante cita propia de un padre que está al pendiente de las actividades escolares decembrinas de sus hijos, y de haber escuchado tocar el piano magistralmente, y de ver bailar en escena a mi hija, me dispuse a llegar a tiempo a la cena de Vino Por Placer, grupo al que orgullosamente pertenezco y donde nos reunimos puntualmente el último viernes  de cada mes. Ahora en diciembre como muchos de quienes siguen el blog saben, sacamos los manteles largos. Festejamos en primer lugar estar vivos, con achaques propios de la gente entrada en años, pero eso sí, con buen humor aunque a veces sea un poquito negro… ¡Mejor! También festejamos estas fechas que ablandan los corazones y que en algunos casos afloran los mejores sentimientos, aunque en otros, sigan en las mismas todo el año. Y por último festejamos el decimonoveno aniversario del Grupo.

Partiendo el lechón con el plato, a la vieja usanza...

Partiendo el lechón con el plato, a la vieja usanza…

Debo hacer énfasis en el esmero y tiempo invertido por parte de nuestro anfitrión que este año ha sido René. No sólo abrió las puertas de su casa sino también las del asador, que en su interior  doraba dos tiernos lechones. Suaves por dentro y crujientes por fuera, como mandan los cánones de los buenos asados segovianos. Mi única observación fue que si rociaba la sal (gruesa) en el lomo de los cerditos, quizás la sal hubiera sido poco menos contundente, que sumergirlos en salmuera por tantas horas… ¿Veinte habías dicho? Fuera de eso exquisitos, así como también el tradicional bacalao de Carlos, receta de su abuela.

Los vinos no podían desmerecer, así que nos decantamos unánimemente por una vertical de Valbuena 5° de la añada 2006 a la 2011. Seis vinos de una bodega que lleva más de 125 años en pie y con mucho futuro por delante, todo se debe a la Vega (1000 Ha), como llaman familiarmente a la propiedad. Pertenece al grupo Tempos de Vega Sicilia que agrupa nada más y nada menos que Valbuena de Duero con los Vega Sicilia Único, Reserva Especial y Valbuena 5°. Por otro lado Alión también en Ribera del Duero, Pintia en Toro, Macán en Rioja y Oremus en Tokaji Hungría. Su enólogo estrella después del legendario Mariano García fue Xavier Auxás, responsable del resultado de estos vinos… Y el último cambio en 2015 Gonzalo Iturriaga, cuya firma no aparece en esta vertical.

La edad promedio de las viñas es de 35 años,  plantadas  en 140 Ha. La fermentación se lleva a cabo en depósitos de acero inoxidable con levadura autóctona, quiero pensar que viene del mismo hollejo. Tras la fermentación pasan a tinas de madera de 20,000 litros cada una, entre cuatro y siete meses. Su crianza comienza en barricas nuevas de 225 litros entre 15 y 18 meses combinando roble francés y americano, y 3 meses en barrica usada. Así como los buenos riojas, este Ribera del Duero sale al mercado como un vino ya hecho, listo para beber. Entiéndase que su evolución es lenta pero para quienes desean las satisfacciones inmediatas, lo pueden descorchar, no es así el caso de los burdeos. Por lo que pasarán 2 años más en botella antes de salir al mercado. En resumen tiene una crianza entre madera y vidrio de cinco años, de ahí el nombre de Valbuena 5°. Por último, antes de pasar a la cata en particular, está vinificado en su mayoría con tinto fino, lo que llaman en casi toda España tempranillo y una ligera proporción de merlot, dependiendo la añada.

Notas de las añadas en particular y sus condiciones climatológicas:

Valbuena 2006 al 2011

Valbuena 2006 al 2011

El primero, 2006. Se vendimió entre el 9 y 27 de septiembre. Invierno frío y lluvioso y primavera con temperaturas altas. Un vino que no parece haber salido de esas condiciones de clima, por su acidez, muy vivaracho, con evidente juventud que al probar los dos siguientes dudé en pensar que fuera el «más viejo». Fruta negra de primerísima, notas de tomillo y pimienta. En boca excelente acidez, y un tanino aún poco limado; rugoso. Como para esperar unos cinco añitos más a ver qué pasa.

2007. Buena brotación en primavera, que fue calurosa y algo de granizo. Verano algo más frío. Este vino me ha desconcertado desde el principio, al igual que a todos los presentes. Huele a granos de café tostado como cuando se deja en la copa por varios minutos, fruta negra lejana, casi ausente, en boca es planito entra y sale sin advertirlo demasiado. Falta armazón y contundencia. Según la bodega: «una añada límite y austera».

2008. Invierno seco, primavera fría y lluviosa, brotaciones tardías. Se registra tan solo 1 °C el 29 de septiembre que activa las torres anti-helada.  El primer golpe en nariz es de madera quizás no tan nuevecita como la que acostumbran las bodegas de hoy. En boca su tanino está presente y su acidez muy comedida, le falta garra. Por eso he dicho que el primero resultó más jovial que sus predecesores. Bodega: «Añada de corte Atlántico, sombría, pura elegancia».

notas20122009. Invierno frío y con heladas habituales en torno al Duero. Poca lluvia en primavera. Verano caluroso. La vendimia comenzó el 24 de septiembre y finalizó el 3 de octubre. Regaliz, chocolate amargo y notas de fruta roja; ciruela en sazón. Redondo, todo en su lugar, acidez, alcohol y tanicidad ¡Media cajita por favor.!

2010. Destaco que según la bodega: Gracias a las reservas hídricas en el suelo y las buenas condiciones del verano, el ciclo de la vid se recuperó. La vendimia comenzó el 1 de octubre y finalizó el 15.

Se ha roto el corcho, curioso que haya sido en un vino más reciente y tomando en cuenta los casi 5cm de largo de los estándares de la bodega, se halla pulverizado de tal forma. Seguro una guarda distinta a los demás; menos humedad. Pero bueno ya lo apunté en «incidentes menores»

2011. Invierno típico, primavera con temperaturas más altas de lo habitual que forzaron a adelantar el ciclo de la planta. Verano cálido con un final escaso en lluvias y buenas temperaturas que permitieron esperar el punto óptimo de maduración.  Otro corcho roto al abrir la botella. Huele a zarzamora, algo de tomillo y nuez moscada, fruta negra; arándanos. En boca es de tanino presente y falta un poco de acidez. Bebible. Así concluye este festín que por cierto se abrió al último un CUNE reserva, que parecía venido a menos junto a los dos últimos vinos de la cata. Curioso, será que ya el paladar no daba para más… Pero había que bajar la grasita del pellejo del lechón.

Por estas fechas en el estado de Puebla encontramos en algunos restaurantes de comida típica el mole de caderas. Así como sucedió en un principio con los pantalones de mezclilla que eran usados por albañiles y gente de trabajo rudo, y que hoy no sólo  se han puesto de moda entre mujeres y hombres, sino que podemos encontrar jeans o vaqueros arriba de los 500 dólares, el mole de caderas exclusivo de gente del campo, hoy se ha elevado a un platillo gourmet. Pero qué es y cómo empieza el ritual de este platillo. Copio textual un papelito que llegó a mis  manos:

El mole de caderas

El mole de caderas o huaxmole es un platillo tradicional de carne de chivo de la región de Tehuacán, Puebla.

Es considerado como uno de los platillos más importantes en los estados de Puebla y Oaxaca, debido a la prolongada crianza y cuidados en la preparación del animal – del cual se aprovecha la totalidad de la carne- y de la celebración del festival de la matanza, que acompaña y da inicio al sacrificio de animales de crianza para la preparación de los alimentos y para la posterior conservación y curado de la carne.

En la preparación del mole de caderas se emplea la carne y hueso de la cadera, condimentos a base de sal, chile y  un baño de limón para darle un toque especial, con un caldo de color rojo hervido en la carne de las caderas, y ejotes silvestres.

El sabor del platillo es característico de la carne de los chivos, que son llevados durante un trayecto que dura un año, pastando a través de las regiones del Sur del estado de Puebla, y del Norte de Oaxaca, alimentado al ganado sólo con abundantes cantidades de sal, se mantienen hidratados sólo por agua. De la práctica de este tipo de crianza se obtiene carne de un sabor fuerte y característico.

El 20 de octubre se lleva a cabo el festival de la matanza, en la que hay bailes y danzas, como la denominada Danza de la Matanza, donde literalmente se baila con un cabro macho, para sacrificarlo al final con un tiro en la frente.

Con esta celebración da inicio la matanza, no sin antes ofrecer una ceremonia por parte de los matanceros en un altar, donde se pide para que la matanza sea abundante; igual o mejor que la del año pasado. Los matanceros dan paso a los chiteros, y éstos a su vez a los fritangueros de vísceras.

Las referencias históricas señalan como fecha probable los inicios del siglo XIX, época en la que hubo un aumento  sin precedentes en la cantidad de cabezas de ganado caprino.

al mojo de ajo

Con su Guacamole y totopos al lado…

Algunos, no todos quienes formamos el grupo de catadores Vino Por Placer llegamos a El Burladero en el boulevard Atlixco. Un restaurante que sin destacar por su decorado, hay que admitir que se respira en un ambiente limpio y muy ad hoc a la fiesta taurina. Nada mejor que empezar con un par de mezcales, uno ya conocido por su servidor 400 Conejos reposado. Ese olor y sabor ahumados van muy bien con las salsas picantes y la carne de chivito, seguido de otro mezcal artesanal que no había probado: Amores reposado, algo más suave y cremoso que el anterior. Había llegado a la mesa un platillo al mojo de ajo, que como es lógico pensar, no hay caderas suficientes como para la gran demanda en esta temporada, así que deben echar mano del espinazo que no está nada mal.

Un platillo no apto para quienes padezcan de colesterol y triglicéridos altos, así como tampoco los de espíritu vegetariano.

Huaxmole

Huaxmole o mole de caderas… ¡Mmmm!

El segundo plato que fue puesto en mitad de la mesa, lo vi pasar de mano en mano sin poder hincarle el diente, y es que ir con seis personas adultas de buen apetito,  algunos de ellos sin haber desayunado, es casi temerario.  Lo bueno vendría después, ya que cada uno tendría su propio plato de Huaxmole. Un platillo caldoso que quienes saben, desmenuzan la carne en otro plato aparte, para deshacerse de los huesos y así volver a remojarlo en el caldo.

Los vinos fueron los que dieron de qué hablar, no precisamente por la selección, sino que los precios estaban completamente fuera de lugar. Arriba de 700 pesos (40 dólares) Cune crianza y cosas por el estilo, sin sumiller y con un mesero que derramada las últimas gotas en el mantel a la hora de servirlo. Nos vimos obligados a pagar algo así como 40 verdes por un par de botellas de Santa Emiliana Carmenere. Hay restauranteros que todavía no entienden que el vino debe ser un complemento y no un artículo de lujo. Por lo demás todo muy bien, como para repetir la experiencia el año que entra y volver al molito de caderas.

Los vinos más baratos de la carta

Publicado: 20 noviembre, 2017 en Restaurantes, Vino
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Vino de La Tierra de Castilla

Vino de La Tierra de Castilla

Cuántas veces por cuestiones del destino hemos parado en un restaurante por primera vez, y dado el mobiliario, la decoración y todo lo que le rodea, pensamos que la carta debiera ser breve y de precios comedidos. Es decir no hay sumiller, ni siquiera un mesero medianamente enterado en el servicio del vino, no hay cristalería decente, y en la mayoría de las ocasiones se ve algo cutre. Pensamos que se pueda traducir en precios bajos. Pues ayer no fue así, si bien desde la entrada se veía la esmerada preparación de una paella para algo más de cien tragones, y el ambiente olía a tocino ahumado, olor que tengo en lo más fresco de mis recuerdos cuando entro a un restaurante español. Y de hecho se trataba de un restaurante inspirado en comida de la Madre Patria.  La parte de arriba del restaurante distaba mucho del buen ambiente de la planta baja, a un grado de la depresión. Otro factor que se repite en muchos sitios como si arriba hicieran algún descuento extraordinario. La carta no era precisamente corta pero tampoco era la selección mejor escogida. Viendo vinos caros por doquier, encontré uno muy escondido en un rincón a un precio razonable, rondando los 300 pesos, algo así como 16 dólares. Y como no soy muy exigente en los restaurantes la mayoría de las ocasiones escojo el más barato, y por fortuna en más de una  salgo satisfecho con la elección, salvo cuando conozco de sobra ese vino barato y sé de antemano que no es santo de mi devoción. Siempre he pensado que pedir vinos dignos de celebración en restaurantes es de antemano arriesgarse a pagar un sobreprecio que puede llegar a más del 300%. Y que también habrá una que otra ocasión que lo amerite ¡Por supuesto! Pero no siempre.

Ayer corrí con suerte, el vino en cuestión fue un Crin Roja 2015,  un vinito sin pedigrí (Vino de la Tierra) que cumplió con creces  la amable tarea de aligerar la digestión y refrescar la garganta mientras pasaba la suculenta grasa de un lechón crujiente por fuera y suave por dentro. Mucho mejor que haber roto el cochinito o hipotecar la casa para darnos cuenta al final de que el vino no cumplía con las altas expectativas que nacen de las cartas infladas y se traducen en grandes decepciones.

Color rubí, frutal y redondo, sin ninguna otra pretensión que ser bebido. Así que los invito a probar los vinos más baratos de la carta, a veces resulta.

El pasado 8 de octubre se desató en los condados de Napa, Sonoma y Mendocino, uno de los incendios más destructivos. Nadie sabe cómo comenzó, aunque no sería difícil apostar a las altas temperaturas y los fuertes vientos; dos de las principales causas que en el pasado han arrasado miles de hectáreas en esta zona de California.

Pero qué hay de las bodegas, la mayoría de los centenares que se han establecido, no sufrieron daños, según The Mercury News; son alrededor de 23 bodegas las que han sufrido daños materiales. Una de las más afectadas fue Paradise Ridge Winery, cuyos dueños, como en otros casos, tuvieron que huir de sus instalaciones para salvar la vida. Prácticamente se incendiaron todos los edificios, con excepción del viñedo.

Bodegas tan famosas como Stag´s Leap Winery cuya primera añada data de  1893, sufrieron daños en sus edificios secundarios. Mayacamas Vineyards fundada en 1889, sufrió pérdidas en su sala de degustaciones. Pérdidas menores como en la mayoría de las bodegas, pero que de algún modo repercutirán en la presente añada.

El panorama de los vinos de esta zona en nuestro país no es muy alentador, si bien nunca ha habido un gran flujo de importaciones de vino de California, los precios seguramente se incrementaran a los ya de por sí altos precios por tipo de cambio. Habrá menos vinos californianos que de costumbre en los anaqueles de exhibición.

Ayer fue viernes, y además de celebrar la cata 212, porque precisamente es una celebración al vino, a la camaradería y  al hecho de seguir vivos en este caótico mundo, también repuse el equipo de refrigeración de la vetusta cava que ya pronto cumplirá 22 añitos. No sé si entre en la categoría de cavas viejas, como las viñas después de los 25. En Europa hay muchas en castillos con algunos siglos a cuestas, aunque tampoco sé si abunden las particulares con estas características. Hay mucho qué contar en los dos años y algunas semanas que estuvo fuera de servicio, bien podría resumirse en mucho moho, etiquetas dañadas por humedad excesiva y temperaturas variantes entre los 19 y los 25°C,  además claro está cierta dosis de apatía para comprar vino. Adopté muy pronto esa costumbre de comprar lo que se bebe pronto, como máximo un mes de consumo. Me preguntaba para qué comprar más vino si no tenía la cava en condiciones para guardarlo por mucho tiempo. Pues bien, hoy volví a entrar y escuché ese ruido del difusor que sonaba a una melodía angelical,  sintiendo en el rostro la suave brisa del aire fresco,  aunque ya no bajaré el termostato a los 16°C acostumbrados, sino a unos comedidos 18 más que suficientes para que duerman y reposen en calma todas las botellas, además de que mi cartera no resienta el pago de la factura de la electricidad. Es pues para mi muy grato volver a cuidar de las botellas y comprar algo más para la guarda. Dicho lo anterior la cata tuvo algunos vinos para comentar:

IMG_0661 (2)Don Leo 2012 Sauvignon Blanc. Un vinito fácil, color pajizo, brillante y fluido, con una espléndida nariz a kiwi y una sutil nota de durazno maduro. En boca es firme, abocado, fresco y de final largo y mineral. Para comprar media caja, aunque los calores se han ido, vale la pena de aperitivo o con un queso no muy maduro.

Coloso 2015. Este vino sé que a mucha gente le daría pena comprarlo, o no podría quitar el estigma del equipo de futbol América, sobre todo quienes le vayan  a las Chivas, pero como yo no soy aficionado, y además me llamó la atención lo que estaba dentro de la botella, lo compré. Huele a regaliz y cerezas, tiene buen paso, algo mineral y de acidez alta. No está mal pero no volvería a comprarlo, me parece que por los 375 pesos (20 dólares) que piden hay ofertas mucho más atractivas.

Don Leo  Pinot Noir 2015. De la misma bodega del primer vino, huele a mermelada de zarzamora y notas de ciruela madura. En boca es muy frutal, buena acidez y notas minerales. Un pinot de 13,9 grados aunque parece que empieza a ser la norma en lugar de la excepción. Bueno si me dijeran que es otra cosa y no un pinot noir, asociado, por lo menos por un servidor, a cosas más sutiles.

Megacero Premium Blend 2014. Un nombre raro para un vino, se antoja para el nombre de esos ridículos robots «Transformers» y no para un vino. Fruta madura a raudales con algunos toques ahumados (tocino). En boca es tosco y muy astringente. Inmemorable con causa.

Tierra Adentro Merlot 2011. Este vino zacatecano huele a piedra de río, para quien no entienda muy bien de qué va, es que nunca ha dado un paseo por las márgenes de un río después de las doce del día, cuando las piedras desprenden ese vaporcito una vez que han ganado calor por los rayos de sol. Es mineral  y tiene notas de ciruela pasa, un toque dulzón y en boca astringencia y poco más. Bebible.

Tierra Adentro Syrah 2011. Chocolate, mermelada de ciruela y arándano. En boca va de más a menos, desenfocado.