
Mission Hill 2007
Un fin de semana largo, como los que acostumbramos a inventar aquí en México. Primero la cata del viernes y después unos cuantos descorches afortunados y otros no tanto.
Ya había comentado sobre un Shiraz muy septentrional, y es que Canadá me sigue pareciendo poco propicio para la maduración de esta uva, sobre todo en su parte fenólica. Por si fuera poco, Manuel me volvió a regalar otro Shiraz, en este caso se trata de un Mission Hill, Reserve 2007, de Okanagan Valley, en la costa del Pacífico Norte, muy cerca de Vancouver. Un vino cuya fruta esta completamente ahogada en el roble, sopa de roble con una arista alcohólica. Nada que ver con aquel primer Shiraz canadiense (Jackson-Triggs) que probé hace algunas semanas. Su color es picota de capa alta, aromas a tostados, cedro y notas especiadas de pimienta negra y clavo. En boca es escandalosamente alcohólico y amaderado. Sin duda me quedo con el primero.
Ayer por la tarde, fin del largo puente de los festejos de muertos, descorché un Bosconia Reserva 1996, un vinito que afortunadamente tengo unas cuantas botellas más de una caja que compré hace unos años. Una verdadera inversión, que iré descorchando sin prisa para observar su evolución. Ahora mismo no hay mucha diferencia con la última botella que descorché hace unos meses, quizá un año.

Bosconia Reserva 1996
Un vino que podríamos poner como ejemplo de una filosofía opuesta a la del shiraz canadiense… Sobrio, elegante, sin excesos, con mucha estructura que promete ir desarrollándose para llegar a la grandeza de los Bosconias de más de veinticinco años. Llegar a la vejez con mucha casta.
Hablando de blancos en días pasados también descorché un vino verde, Tres Marías sin añada, sencillo, limpio, pero con poca garra, le falta acidez, huele a manzana madura, mineral y con algo de burbuja, su fragilidad hace que estos vinos deban consumirse in situ, como aquella garrafa que compartí con Antoliano en Alentejo.
Ayer se acabó muy rápido un Macon-Village 2008. Sencillo sin muchas pretensiones, comprado en el super y que a cada trago se volvía más mineral, algo de fruta amarilla, manzana y pera, con notas calizas.
Cada vez que tengo la oportunidad de viajar fuera de México aprovecho para hacerme de algunas botellitas de vino, tomando siempre en cuenta lo más atractivo del país que visito en cuestión. EE.UU. tanto por su cercanía como por su enorme oferta de vinos es uno de mis preferidos para llenar una cajita de seis y a veces hasta ocho botellas, depende de lo cargado que venga, mi presupuesto y la cantidad de botellas permitidas en la aduana. Para empacar las botellas siempre utilizo cajas, ya sea reforzadas, con poliuretano o envuelvo cada botella con las famosas burbujas de aire, ideales también para romper una por una en una tarde de ocio. Así que directamente documento la caja en el mostrador de la aerolínea y la recojo en la banda giratoria de mi destino final. Algo que me ha resultado muy práctico y que para muchos representa lo contrario, ya que siempre las quieren llevar cargando arriba del avión.
Para quienes disfrutamos del vino, tenemos la costumbre de encontrar un sinfín de aromas en la copa. Los dividimos, los clasificamos y comentamos, frutales: zarzamora, ciruela, grosella, casis, cereza. Especiados: pimienta negra, pimienta blanca, clavo, tomillo, albahaca, nuez moscada… ya sé que parece una una lista de compras de supermercado, pero qué hay de aquellos aromas ajenos al vino, que ya vienen impregnados a la copa. Yo me pregunto cuántos aromas más percibimos fuera de los originales del vino. Como: el olor a trapo, jabón, pintura… que no son nada agradables. En alguna ocasión el olor a trapo mojado rayando en cartón pudo hacerme pensar que el vino tenía algo de «corcho». En otra el olor a cebolla era tan intenso que pensé que se trataba de algún defecto relacionado con los verdores de la fruta mal despalillada, pero en realidad las copas habían estado en la cocina durante la preparación de un platillo con mucha cebolla.
Desde que empecé a interesarme en el mundo del vino, leyendo y probando, ha habido mucha gente que me pide consejo sobre alguna supuesta grandiosa colección de botellas heredada o dada en pago por alguna razón. No es raro que entre alguna de ellas sean rescatables verdaderas joyas. Recuerdo aquel mítico Marqués de Riscal 1947 perdido entre botellas de champán comerciales y con el nivel a la mitad. En esa misma colección un Viña Tondonia cuya añada no quedó muy clara (1913-1914) a cambio de eso apuntaba en la etiqueta que se trataba del «sexto año de plantación». Ya he mandado un correo a Ma. José López Heredia, para saber de que se trata. Estoy seguro de que habrá una historia detrás que pueda contar en este espacio.



