Cata 140, Navidad, Navidad!!!

Como cada año por esta fecha nuestra peña Vino Por Placer saca los manteles blancos, los sombreros de copa y deja que corra el vino. La razón es que celebramos nuestro aniversario, que en este año es el décimo segundo, la Navidad y la víspera de Año Nuevo. Así que los vinos tenían que estar a la altura del acontecimiento.

Los precios altos, cada vez menos en comparación con los de nuestro vecino del norte (EE.UU), y sobre todo la limitada oferta de diferentes añadas para poder hacer una vertical, me llevaron a dos de los pocos vinos que encontré con estas características: Chateau Duhart-Milon 2001 y 2004, y Chateau La Mission Haut Brion 1988, 1995 y 1997.

Empezamos la noche con algo de refrescantes burbujas: Drappier ya estaba dignamente representada en estas tierras por la excelente Zero Dossage de Pinot Noir pero no había visto todavía por los anaqueles la Carte D´Or, un champán ampliamente recomendado. Sin pensarlo mucho me hice de tres botellitas que además son de precio bastante comedido. Carte D´Or es para mi gusto una de las mejores de esta casa y de las más complejas en champanes sin añada. Color amarillo oro, brillante con extraordinaria burbuja fina que sube rápida formando la corona. Aromas intensos a frutos secos que se perciben apenas se sirve en la copa: mazapán, notas de moras, boca cítrica, muy bien amalgamada, de final largo.

Empezamos con los tintos con un buen ejemplar de Pauillac: Chateau Duhart-Milo 2001, cuya etiqueta afirma su semejanza con Domaines Barons de Rothschild. Nueve años dan sedimento y aromas terciarios ganados en botella… Parece un vino más viejo. Caza, cuero y notas ahumadas que después de media hora en copa aparece algo de fruta de manera tímida: cerezas en licor y mina de lápiz. En boca se nota la madera, y buena acidez. Chateau Duhart-Milo 2004 aromas marcados a tofe. Mi poca paciencia hizo que acabará el vino sin saber su evolución. De una de las mejores regiones de Burdeos descorchamos el primer Pessac-Leognan; Chateau La Mission Haut Brion 1988. Térreo y con notas ahumadas, trufa, tierra mojada y fruta roja, cálido y poco definido en boca. Chateau La Mission Haut Brion 1995 una de las añadas más cacareadas en Burdeos, un vino que muestra su juventud con un tanino bastante áspero todavía, y una excelente acidez como para guardarlo otros cinco años. El último fue un  Chateau La Mission Haut Brion 1997, me pareció sin duda el más redondo de los tres; muy frutal en nariz y mineral en boca, una mineralidad acentuada con una excelente acidez. El Vino de la noche junto con el champán.

Durante la noche hubo comentarios no muy favorables para los tintos. Una vez más compruebo que los vinos maduros distan mucho del concepto de bomba frutal de los vinos modernos que mucha gente tiene muy presente a la hora de emitir su juicio. La frontera entre lo sutil y lo plano, lo etéreo y diluido es apenas perceptible para pocos. La guarda del vino tal como se concibe hasta ahora puede estar en peligro de extinción. Y se trata nada menos que de una de las mejores recompensas para la gente con la suficiente paciencia para esperar que se dé la magia de los susurros de la madurez de un gran vino.

Quiero agradecer a Sergio por su entusiasmo para juntar todos los corchos de las catas y hacer dos magníficos cuadros conmemorativos del Grupo. Así como un porta-botellas de las mejores doce del año, un ingenioso adorno para recordar lo mejor que hemos bebido. Se ha rifado entre los miembros del grupo junto con botellas y regalos. ¡Felicidades a todos en esta gran fiesta!

Descorchados del 2009…

Cata 139, Riberas…

Hay días en los que mis sentidos son todavía más limitados que de costumbre, hoy es uno de ellos. Así que de antemano les digo que los seis tintos de Ribera del Duero de la cata me parecieron muy similares unos a otros, con algunas minúsculas diferencias. Sé que para los que distinguen de un matorral mediterráneo a uno de la montaña deben de pensar que mi ejercicio tiene un valor nulo, y puede ser que tengan razón, lo único que justifica mis anotaciones sobre cada vino es que son de un aficionado de nariz chata y papilas gustativas escasas y poco sensibles.

Sergio me había ofrecido llevar a un amigo a la cata para que nos mostrara los vinos que acaba de importar. Pero tratándose de México y su «simplificación administrativa» los mentados vinos siguen esperando turno en la aduana; quien sabe en qué condiciones y hasta cuando. Se ha podido rescatar una sola botella del embarque como muestra, las demás llevan algún tiempo en México en diferentes tiendas.

Comenzamos con la presentación de la bodega que aparece en el portal de su página. El primer vino fue el Carmelo Rodero cosecha 2008. Vino color rubí de capa media, brillante y con una nariz a zarzamoras y tierra muy amalgamada, discreto y de boca frutal de tanino rugoso. Seguimos con la misma bodega Carmelo Rodero crianza 2006 más complejo que el anterior y con notas tostadas y fruta roja madura, de buen peso y final largo. El último de esta bodega es un Carmelo Rodero Tinto Roble 2008 cuya añada me ha costado averiguar ya que no aparece en la etiqueta. Fruta negra, chocolate amargo y una nota floral a lavanda. El cuarto fue un Valdubón crianza 2007 más redondo que los anteriores; ciruela madura con notas térreas, pero de final diluido. Seguimos con el Valdubón Reserva 2006 bastante cerrado al principio, para después mostrar algo de fruta negra y notas especiadas a pimienta blanca, en boca es cremoso y de final amargo, puede sacar provecho de un par de años en botella. El último fue el vino rescatado de la aduana. Pinna Fidelis Reserva 2004 aromas a vainilla con un fondo frutal a moras y ciruela, aceituna verde además de una nota herbácea no muy definida, tanino firme y final amargo. Sin carácter, otro vino más de 40 dólares.

Resultado de la mercadotecnia pura…

Un paseo por la tienda local de vinos, para hacer tiempo más que para abastecerme de botellas, me ha dejado sorprendido. No precisamente por alguna oferta novedosa de las que me gustan, sino porque todavía no entiendo quién paga más de $100.00 por un Beaujolais Nouveau. En este caso piden el doble, y en otros lugares se atreven a pedir más.

Georges Duboeuf es el promotor de esta fiebre por comprar el beaujolais en el mes de noviembre y consumirse lo antes posible, ha creado el mecanismo perfecto para que la gente consuma un vino de manera irreflexiva, expedita y sin importar su precio.
¿Qué es un Beaujolais Nouveau? El término original fue Primeur (producto joven) cuyo auge aumentó poco después de la Segunda Guerra Mundial cuando se necesitaba de vino sin tener que pasar por procesos de crianza largos. Hoy ha quedado la costumbre de sacarlo a la venta después del tercer jueves de noviembre.

La palabra beaujolais procede del pueblo llamado Beaujeu en el siglo X. De manera común esta región es considerada dentro de la prestigiosa región de Borgoña, aunque la variedad utilizada sea la gammay. Para mucha gente se trata de una uva poco tánica cuyos vinos se beben jóvenes. Sería injusto clasificar los vinos de esta región bajo un mismo parámetro, sólo hay que recordar que los diez Crus son vinos que pueden evolucionar y ser más complejos, algo de lo que no nos tienen acostumbrados aquí en México, con la mayoría de ofertas de los beaujolais básicos.

Los Cru de Beaujolais son diez: St-Amour, Juliénas, Chénas, Moulin-Á-Vent, Fleurie, Chiroubles, Morgón, Regnié, Brouilly y Cote de Brouilly. Hace unos años probé un Moulin-Á-Vent, Remoissenet Pere & Fils 1966 un vino que me dejó gratamente sorprendido, y pude entender que la gammay tiene materia de sobra, no sólo para los Beaujolais Nouveau y los Village, sino para guardar por algún tiempo algunos Crus con excelentes resultados.

Foto extraída de la página de Georges Duboeuf

Nunca me he preocupado mucho por el maridaje, la mayor parte de las comidas con vino lo escojo primero para después pasar al menú. Ayer por la noche salí a cenar con la familia y un amigo a un restaurante donde me acordé que me habían aconsejado pedir la pizza de anchoas. Dentro de la carta en la lista de pizzas no aparecía. Así que hablé por teléfono a quien me recomendó la pizza. «No, esa pizza no aparece en el menú, pero pide que te la preparen». Así que sin perder más tiempo pedí que la prepararan y la metieran al horno. Nunca me detuve a pensar que las anchoas no habían sido nunca de mi agrado, desde que tengo uso de razón… ¿Por qué me iban a gustar ahora en una pizza? Tal vez la elocuencia de mi amigo a la hora de referirse a la pizza de anchoas me hizo perder de vista ese «pequeño detalle». Para completar la penosa escena había llevado en mi bolsita de neopreno un Prado Enea Gran Reserva 1995. No sin antes pedir una copita de blanco, un chardonnay de Ramirana, si no mal recuerdo. Alcohólico y amargo, además de caro.

Llegó mi amigo y compartimos la pizza. Al primer bocado le pregunté que si quería más, pero ya no pude evitar una sonrisa sarcástica. Moviendo la cabeza me respondió que estaba muy salada para su gusto… rematando con un: «es toda tuya».

El vino se mostró con muchas notas ahumadas y animales para que después saliera la fruta roja. Un vino que fue abriendo, pero que con la pizza hizo corto circuito, plano y con un fuerte sabor metálico… Inconfundible resultado del fosfato de algunos pescados como las sardinas, y los taninos. A esto le llamo un maridaje explosivo. Un blanquito de buena acidez y cuerpo pudo haber salvado el maridaje, pero no lo salado de la pizza. Ya sé que de las anchoas no puedo esperar otra cosa, tal vez con algunos pimientos, espárragos y unos pequeños pequeñísimos trozos de anchoas la cosa podría haber sido todo un éxito. Pero también hay que reconocer que de los errores se aprende más que de los aciertos. Desde hoy en adelante procuraré poner un poco más de atención al maridaje, por lo menos para que no resulte explosivo.

Mission Hill 2007

Un fin de semana largo, como los que acostumbramos a inventar aquí en México. Primero la cata del viernes y después unos cuantos descorches afortunados y otros no tanto.
Ya había comentado sobre un Shiraz muy septentrional, y es que Canadá me sigue pareciendo poco propicio para la maduración de esta uva, sobre todo en su parte fenólica. Por si fuera poco, Manuel me volvió a regalar otro Shiraz, en este caso se trata de un Mission Hill, Reserve 2007, de Okanagan Valley, en la costa del Pacífico Norte, muy cerca de Vancouver. Un vino cuya fruta esta completamente ahogada en el roble, sopa de roble con una arista alcohólica. Nada que ver con aquel primer Shiraz canadiense (Jackson-Triggs) que probé hace algunas semanas. Su color es picota de capa alta, aromas a tostados, cedro y notas especiadas de pimienta negra y clavo. En boca es escandalosamente alcohólico y amaderado. Sin duda me quedo con el primero.

Ayer por la tarde, fin del largo puente de los festejos de muertos, descorché un Bosconia Reserva 1996, un vinito que afortunadamente tengo unas cuantas botellas más de una caja que compré hace unos años. Una verdadera inversión, que iré descorchando sin prisa para observar su evolución. Ahora mismo no hay mucha diferencia con la última botella que descorché hace unos meses, quizá un año.

Bosconia Reserva 1996

Un vino que podríamos poner como ejemplo de una filosofía opuesta a la del shiraz canadiense… Sobrio, elegante, sin excesos, con mucha estructura que promete ir desarrollándose para llegar a la grandeza de los Bosconias de más de veinticinco años. Llegar a la vejez con mucha casta.
Hablando de blancos en días pasados también descorché un vino verde, Tres Marías sin añada, sencillo, limpio, pero con poca garra, le falta acidez, huele a manzana madura, mineral y con algo de burbuja, su fragilidad hace que estos vinos deban consumirse in situ, como aquella garrafa que compartí con Antoliano en Alentejo.
Ayer se acabó muy rápido un Macon-Village 2008. Sencillo sin muchas pretensiones, comprado en el super y que a cada trago se volvía más mineral, algo de fruta amarilla, manzana y pera, con notas calizas.

Cada vez que tengo la oportunidad de viajar fuera de México aprovecho para hacerme de algunas botellitas de vino, tomando siempre en cuenta lo más atractivo del país que visito en cuestión. EE.UU. tanto por su cercanía como por su enorme oferta de vinos es uno de mis preferidos para llenar una cajita de seis y a veces hasta ocho botellas, depende de lo cargado que venga, mi presupuesto y la cantidad de botellas permitidas en la aduana. Para empacar las botellas siempre utilizo cajas, ya sea reforzadas, con poliuretano o envuelvo cada botella con las famosas burbujas de aire, ideales también para romper una por una en una tarde de ocio. Así que directamente documento la caja en el mostrador de la aerolínea y la recojo en la banda giratoria de mi destino final. Algo que me ha resultado muy práctico y que para muchos representa lo contrario, ya que siempre las quieren llevar cargando arriba del avión.
Después del 11 de septiembre de 2001; fecha que cambió por completo la concepción moderna de los viajes por avión. Las botellas de vidrio deben de meterse a la maleta, envueltas en ropa sucia o hacer las compras en el aeropuerto y cargar la bolsita del Duty Free para posarla a un lado de los pies o en el compartimiento de arriba, antes de que nuestro vecino ocupe ese lugar guardando un abrigo o un oso de peluche gigante o cualquier otra ocurrencia.

En mi último viaje hice algunas compras de vino de último momento en el aeropuerto. A la hora de pagar el par de botellas que escogí las metieron en una bolsa de plástico y la sellaron, de manera de que no pudiera abrirla… Ahora me pregunto: ¿Qué tan difícil es romper una bolsa de plástico…?  ¿Las botellas del duty free no son inastillables? ¿No podrían convertirse en una arma blanca…?
¿Alguien podría explicarme cuál es la diferencia entre las botellas que se compran fuera del aeropuerto en una tienda especializada de vinos y las que se compran en la tienda libre de impuestos…? Para que el tratamiento sea diferente.

Foto extraída de http://www.wn.com

Entre tannats…

El turno fue para Jorge y sus seis vinos uruguayos. Un país tan pequeño como interesante, con apenas 3 millones y medio de habitantes, colocado entre los primeros cincuenta países con mejor calidad de vida. Más de la mitad de su PIB proviene del sector de servicios.
Con 8,550 ha de viñedos produce poco más de 90 millones de litros al año. Su consumo per cápita es de 30 litros y tan solo el 3% de la producción se exporta. Los pocos vinos que exporta llevan como destino principal Brasil y Argentina, y son en su mayoría varietales de tannat, así como la malbec en Argentina o la carmenére en Chile, la tannat identifica a Uruguay.
Esta uva es oscura y tánica, aunque francamente no pude durante la cata encontrar su sello propio.
El hallazgo de la noche para mí fue el primer blanquito, se trata de un varietal de arriloba resultado del cruce de raffiat moncada y savignon blanc en el año de 1954, y comercializada en 1960. Bodega La Cruz de Florida y la marca del mismo nombre: Arriloba Vino Ecológico 2002 con algo de roble francés y sus ocho añitos presenta un bello color oro viejo, brillante y fluido. Sus aromas me recuerdan el níspero, cera, con alguna nota de queroseno para que al último huela a chicle de menta, en boca es cítrico y con algo de madera que le da un final amargo. Interesante y repetible. El segundo y todos los que siguieron fueron tannat. Castel Pujol 2005 acetona, cedro y alcohol, desequilibrado y amargo, desagradable. De la misma bodega que el blanco, un Cuna de Piedra, Oak Reserve 2007 fruta negra con notas de lavanda haciendo una sabrosa amalgama, alguna nota de pimiento en el fondo, frutal y largo. Muy bueno. El cuarto, de Bodegas Carrau es un Juan Carrau Reserva 2007. Cerrado, madera y alcohol lo que resalta, en boca es áspero, de final amargo: tosco. El Arerunguá 2007  pasa de los $400.00 (30 dólares) un precio difícil para competir. Aromas a piedra de río, fruta negra confitada, zarzamora buen tanino y acidez. El sexto y último: Amat Reserva 2004 sus $429.00 son difícil de justificar, me pareció un vino mucho más complejo y redondo, frutal y de tanino vivo y largo, pero nada que emocione. Me quedo con el tercero de la noche.

Aromas en la copa

Publicado: 22 octubre, 2010 en Cristalería
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Para quienes disfrutamos del vino, tenemos la costumbre de encontrar un sinfín de aromas en la copa. Los dividimos, los clasificamos y comentamos, frutales: zarzamora, ciruela, grosella, casis, cereza. Especiados: pimienta negra, pimienta blanca, clavo, tomillo, albahaca, nuez moscada… ya sé que parece una una lista de compras de supermercado, pero qué hay de aquellos aromas ajenos al vino, que ya vienen impregnados a la copa. Yo me pregunto cuántos aromas más percibimos fuera de los originales del vino. Como: el olor a trapo, jabón, pintura… que no son nada agradables. En alguna ocasión el olor a trapo mojado rayando en cartón pudo hacerme pensar que el vino tenía algo de «corcho». En otra el olor a cebolla era tan intenso que pensé que se trataba de algún defecto relacionado con los verdores de la fruta mal despalillada, pero en realidad las copas habían estado en la cocina durante la preparación de un platillo con mucha cebolla.

Hace unos años descubrí que muchos de los aromas a madera fina de caoba, que percibía en casi todos los vinos no provenían del vino, sino de una vitrina de este mismo tipo de madera, donde guardo mis copas y algunos de mis decantadores. La vitrina es muy vieja, tiene más de ochenta años, pero sigue impregnando las cosas que se meten en su interior. Debo confesar que son aromas muy agradables, pero que definitivamente no emanan del vino. Para quienes son partidarios del roble, ya tienen otra opción.

Dos de 90 por menos de 10…

La idea de que los vinos de alta puntuación en la escala de Robert Parker son muy caros, es bastante generalizada para quienes siguen los consejos del abogado de Maryland y su brazo derecho Jay Miller. De que lo valgan o no, es otro asunto. Menos de diez dólares parecería una ganga. Para mí nunca ha sido referencia mr. Parker y sus puntos, al contrario, pero tratándose de dos vinos económicos y atacado por un instante de curiosidad y aburrimiento, decidí llevarlos a la comida dominical. Caminando por los pasillos de Superama me encuentro con un Trio Reserva 2008, de la famosísima bodega Concha y Toro, un blanco de tres variedades y $120.00. Por otro lado un vino de la D.O. Cariñena de la bodega Grandes Vinos y Viñedos, vinificado con syrah de $100.00. Menos de 10 dólares cada uno.

El primero es un blanco del valle de Casa Blanca, al norte de Santiago, cuya fama definitivamente se la ha ganado con los blancos. chardonnay + pinot grigio + pinot blanc, que al final huele y sabe a savignon blanc. Sus 13,9% de alcohol no se notan, un vino herbáceo, mucha hierba recién cortada, heno, y una nota de fruta amarilla de durazno. En boca es agradable, sencillo, abocado, de buena acidez y con un ligero toque amargo al final. Un vino perdido en el anonimato. Tal vez. Sin personalidad. También, pero que tampoco molesta beberse un par de copas. Lo prefiero a muchos otros chilenos con precios del mismo rango.

El tinto es un cariñena vinificado con syrah; Beso de Vino, Selección 2009 con apenas 13,5 de alcohol nada grave para un syrah parkerizado. Aromas de baja intensidad a tostados y fruta negra, tanino suave, y acidez justa. Nada que raspe la lengua ni caliente la garganta… ¿Tiene madera? ¿Es de Parker…? Dos vinos que jamás hubiera imaginado que sus puntos se elevaran por arriba de los 75, con los criterios del propio Parker y sus secuaces. ¿Estará cambiando su paladar?

Desde que empecé a interesarme en el mundo del vino, leyendo y probando, ha habido mucha gente que me pide consejo sobre alguna supuesta grandiosa colección de botellas heredada o dada en pago por alguna razón. No es raro que entre alguna de ellas sean rescatables verdaderas joyas. Recuerdo aquel mítico Marqués de Riscal 1947 perdido entre botellas de champán comerciales y con el nivel a la mitad. En esa misma colección un Viña Tondonia cuya añada no quedó muy clara (1913-1914) a cambio de eso apuntaba en la etiqueta que se trataba del «sexto año de plantación». Ya he mandado un correo a Ma. José López Heredia, para saber de que se trata. Estoy seguro de que habrá una historia detrás que pueda contar en este espacio.
De otra tanda de vinos conservo recuerdos de aquel Martínez Lacuesta Reserva Especial 1922. De esta colección todavía hay algunas botellas en mi bodega a pesar de mis amigos y de varias «operaciones escoba» para ir gastando algo de lo que sobra o de las botellas que pienso que van en plena picada. Hace poco menos de una semana me invitó un amigo a que echara el ojo a una tanda de vinos de un restaurante. Su hermano quería vender algunas de esas botellas y él no tenía idea del precio. Se trata de una colección de vinos mexicanos en su mayoría, con algunas excepciones, como tres o cuatro botellas de Cabo de Hornos de distintas añadas entre otras botellas riojanas.

Difícil interpretar el valor de algunos lotes, en primer lugar porque soy un aficionado. En su mayoría las botellas de este lote tenían buen nivel, todas arriba del hombro, aunque las etiquetas estaban bastante deterioradas. No es que yo en lo personal me fije mucho en eso pero definitivamente puede repercutir en el precio. Pero hagamos un paréntesis… ¿Qué valor se puede dar a una botella teniendo sólo en cuenta el precio de la misma, pero de una añada más reciente en tienda? ¿Cuánta gente estará dispuesta a comprar una botella con la etiqueta deteriorada, sin factura? Son preguntas difíciles de responder. No es lo mismo llevar a Christie´s una caja de Haut Brion 1964 en perfectas condiciones de guarda, que unas botellas casi olvidadas en el sótano de la abuela. La mayoría de la gente piensa que tiene un gran tesoro, y se decepciona al saber la realidad, aunque también hay gente que no tiene ningún interés en el vino y cuenta por alguna extraña razón con una colección interesante. Mi legado podrá ser modesto, pero esmeradamente escogido y cuidado. ¡Ojalá que mis hijos sepan apreciarlo!