
Mouton Rothschild 1999
Con motivo de un festejo importante para mí, a pesar del exceso de comida y bebida en recientes fechas pasadas, por fin he descorchado una botellita que llevaba guardada desde enero de 2006 y que me costó trabajo decidirme a sacar de la bodega. Chateau Mouton Rotschild 1999. Una añada que Michael Broadbent la describe como: más frutal que la primera vez que la probó en 1998, me imagino que fue una prueba en barrica)…»Very sweet, hovering between lisson and plump ripeness». Después dice que lo probó con «Harvé Berland:deep, velvety; -toasted- Cabernet aroma that open up beautifully . Fleshy noted again, dry finish end charm. (****) Atractive wine 2008-2025.
Siempre he pensado que la mejor manera de disfrutar el vino es tener la mente abierta, sin prejuicios. Pero por desgracia en la medida que se van descorchando más vinos, la mente empieza a encasillarlos y resulta más difícil no tenerlos. He confesado aquí varias veces que los vinos de añadas muy viejas tienden a parecerse. Esas notas de caza, de sangre, ahumados y en general notas animales que ganan con el tiempo en vidrio al producir proteínas hacen que los vinos sean muy semejantes. No importando su origen, como si se tratara de un destino final, que abarcara todos los vinos más allá de la madurez.
Con doce años y después de haberlo probado por primera vez hace cinco años, mis expectativas eran las de un vino de taninos firmes, buena acidez y mucha fruta, pero resultó un vino evolucionado desde su color, ocre y un poco velado. Con aromas terciarios muy arraigados: caza con pelo, ahumados, y notas lejanas de cuero y tierra. En boca es de buena acidez, de taninos completamente limados, té negro, ciruela pasa y maderas (cedro). Nada que ver con las expectativas de hace cinco años cuando lo probé por primera vez.







Nunca me he preocupado mucho por el maridaje, la mayor parte de las comidas con vino lo escojo primero para después pasar al menú. Ayer por la noche salí a cenar con la familia y un amigo a un restaurante donde me acordé que me habían aconsejado pedir la pizza de anchoas. Dentro de la carta en la lista de pizzas no aparecía. Así que hablé por teléfono a quien me recomendó la pizza. «No, esa pizza no aparece en el menú, pero pide que te la preparen». Así que sin perder más tiempo pedí que la prepararan y la metieran al horno. Nunca me detuve a pensar que las anchoas no habían sido nunca de mi agrado, desde que tengo uso de razón… ¿Por qué me iban a gustar ahora en una pizza? Tal vez la elocuencia de mi amigo a la hora de referirse a la pizza de anchoas me hizo perder de vista ese «pequeño detalle». Para completar la penosa escena había llevado en mi bolsita de neopreno un Prado Enea Gran Reserva 1995. No sin antes pedir una copita de blanco, un chardonnay de Ramirana, si no mal recuerdo. Alcohólico y amargo, además de caro.


