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Ayer fue viernes, y además de celebrar la cata 212, porque precisamente es una celebración al vino, a la camaradería y  al hecho de seguir vivos en este caótico mundo, también repuse el equipo de refrigeración de la vetusta cava que ya pronto cumplirá 22 añitos. No sé si entre en la categoría de cavas viejas, como las viñas después de los 25. En Europa hay muchas en castillos con algunos siglos a cuestas, aunque tampoco sé si abunden las particulares con estas características. Hay mucho qué contar en los dos años y algunas semanas que estuvo fuera de servicio, bien podría resumirse en mucho moho, etiquetas dañadas por humedad excesiva y temperaturas variantes entre los 19 y los 25°C,  además claro está cierta dosis de apatía para comprar vino. Adopté muy pronto esa costumbre de comprar lo que se bebe pronto, como máximo un mes de consumo. Me preguntaba para qué comprar más vino si no tenía la cava en condiciones para guardarlo por mucho tiempo. Pues bien, hoy volví a entrar y escuché ese ruido del difusor que sonaba a una melodía angelical,  sintiendo en el rostro la suave brisa del aire fresco,  aunque ya no bajaré el termostato a los 16°C acostumbrados, sino a unos comedidos 18 más que suficientes para que duerman y reposen en calma todas las botellas, además de que mi cartera no resienta el pago de la factura de la electricidad. Es pues para mi muy grato volver a cuidar de las botellas y comprar algo más para la guarda. Dicho lo anterior la cata tuvo algunos vinos para comentar:

IMG_0661 (2)Don Leo 2012 Sauvignon Blanc. Un vinito fácil, color pajizo, brillante y fluido, con una espléndida nariz a kiwi y una sutil nota de durazno maduro. En boca es firme, abocado, fresco y de final largo y mineral. Para comprar media caja, aunque los calores se han ido, vale la pena de aperitivo o con un queso no muy maduro.

Coloso 2015. Este vino sé que a mucha gente le daría pena comprarlo, o no podría quitar el estigma del equipo de futbol América, sobre todo quienes le vayan  a las Chivas, pero como yo no soy aficionado, y además me llamó la atención lo que estaba dentro de la botella, lo compré. Huele a regaliz y cerezas, tiene buen paso, algo mineral y de acidez alta. No está mal pero no volvería a comprarlo, me parece que por los 375 pesos (20 dólares) que piden hay ofertas mucho más atractivas.

Don Leo  Pinot Noir 2015. De la misma bodega del primer vino, huele a mermelada de zarzamora y notas de ciruela madura. En boca es muy frutal, buena acidez y notas minerales. Un pinot de 13,9 grados aunque parece que empieza a ser la norma en lugar de la excepción. Bueno si me dijeran que es otra cosa y no un pinot noir, asociado, por lo menos por un servidor, a cosas más sutiles.

Megacero Premium Blend 2014. Un nombre raro para un vino, se antoja para el nombre de esos ridículos robots «Transformers» y no para un vino. Fruta madura a raudales con algunos toques ahumados (tocino). En boca es tosco y muy astringente. Inmemorable con causa.

Tierra Adentro Merlot 2011. Este vino zacatecano huele a piedra de río, para quien no entienda muy bien de qué va, es que nunca ha dado un paseo por las márgenes de un río después de las doce del día, cuando las piedras desprenden ese vaporcito una vez que han ganado calor por los rayos de sol. Es mineral  y tiene notas de ciruela pasa, un toque dulzón y en boca astringencia y poco más. Bebible.

Tierra Adentro Syrah 2011. Chocolate, mermelada de ciruela y arándano. En boca va de más a menos, desenfocado.

CATA 211Ayer por la noche tenía todas mis esperanzas puestas en que cada uno de los seis vinos cumpliera con su reconocida fama; las expectativas eran muy altas. Había desembolsado algo así como doscientos veinte dólares, cuatro mil pesos mexicanos en seis botellas de vino. Es difícil dejar de relacionar el precio con la calidad, aunque aquí estuviera asegurada esta última, pero no muchas veces va de la mano con el placer recibido a cambio.

España volvía a la copa, tierra querida de donde llega la mayor parte de las importaciones de vino a México.

Empezamos con un ejemplar de distinto origen, un francesito, un Chablis premier cru 2014 de La Chablissine, una bodega no muy aristócrata, por un lado, y por otro un vino muy joven. Como muchos deben saber un buen Chablis empieza a abrirse con su encanto después de cinco añitos. En el caso de los grandes Cru  ocurre mucho después. Este vino aromático huele a manzana verde y hierba recién cortada. En boca es cítrico, con una entrada mineral, algo que me llamó la atención ya que lo mineral por lo regular se percibe al final.

Seguimos con un tinto de capa alta y muy barroco. Huele a chocolate y ciruela con un tanino rugoso y fruta muy concentrada y sobre madurada. Se trata de un Torremilanos 2015 vinificado 100% tempranillo. Le falta mucho aire, vidrio o ambas.

Pesquera Crianza 2013 un vinito de 14 grados de alcohol que huele a arcilla y fruta roja indefinida. Sin pena ni gloria… Y yo seguía esperando.

El cuarto fue un Bosconia Reserva 1998  ¿Viejo o maduro? qué fácil puede la gente confundir una cosa con la otra, y más tratándose de un vino precedido por dos vinos cuyos taninos son bastante elocuentes y de alcoholes altos. No quiero extenderme en este vino cuya elegancia y profundidad hablan por sí solas, esos 19 años apenas han servido para hacerlo más interesante, le queda tiempo por delante.

Los dos siguientes francamente no sé qué pudo haberles sucedido…

Pesquera Reserva 2012 un tinto que debía estar por lo menos ya hecho y bebible, apareció un poco débil y anémico.  Buena nariz:  térrea, champiñón y algo especiado con notas de canela de fondo. En boca, ni pena ni gloria.

Gran Reserva 904 2007.  Sin lugar a dudas uno de mis vinos clásicos favoritos. Esta vez se presentó tímidamente, recordándome aquella descripción de Camblor cuando se refería al «mutismo»  aseguraba que era una etapa en los grandes vinos. Etapa donde todo parece levitar en un sueño invernal como los osos dentro de sus madrigueras, donde apenas sí respiran para volver a la vida con todo ímpetu en la primavera. Pues quiero pensar que este gran vino estaba dormido y no despertó en la copa por más muñequeo que imprimí durante algunos minutos.

El balance de la cata para mi gusto fue pobre, una decantadita previa hubiera hecho la diferencia en la mayoría de los vinos.

piper

Se pueden apreciar los efectos de la humedad en las etiquetas de Clos de la Barre y Haut Brion  (segunda y cuarta de izquierda a derecha respectivamente)

Como cada año, se rompe el cochinito; el guardadito de todo el año y se compran botellas a la altura de una gran celebración. Esta vez Burdeos brilló en la mesa y dispusimos unas cuantas botellas con excepción de un espumoso, y un borgoñita de mucho copete.

Por primera vez se cambió la sede de la reunión, gracias a la hospitalidad de Oswaldo. En una amplísima terraza nos reunimos para descorchar estos grandes vinos. Empezando por un Piper-Heidsieck Rosé Sauvage, con una generosa proporción de pinot noir (50%) 20% de pinot manier y el resto chardonnay. Bastante discreta, posible señal de una mala guarda, o de un infame transporte en los meses veraniegos. El caso es que no muestra la fruta ni la burbuja como debería, sin dejar de ser agradable pero sin cautivar. La segunda botella es sin duda uno de los borgoñas más apreciados de su servidor: Clos de La Barre 2006 de Louis Jadot. Un vino encantador que nos remite a lo más prestigioso de la Borgoña, un pinot maduro, aunque muestra todavía signos de juventud, con su acostumbrada acidez y frutalidad en primer plano. Profundo y complejo, con notas de trufa, de las que sacan los cerditos adiestrados en la campiña Toscana. Como para tener varias cajas guardadas, lástima que ésta sea la última botella.

Chateau Mouton Rotchild 1998. El primer año que la bodega muestra en la etiqueta una obra de un pintor mexicano, «Brindis por» de Rufino Tamayo. Una botellita que llevaba ya varios años empolvándose en su nicho y que esa noche salió a la luz. Algo austero al principio, cerrado como una lápida, y que con el aire fue dando fruta negra, mina de lápiz y notas especiadas. Robusto, barroco. Falta vidrio, aunque muestra ya desde ahora sus encantos.

Chateau Hcata-navidenaaut Brion 1999. Una botella reservada para larga guarda, pero que he decidido sacar a la mesa por la ocasión y por razones de guarda; la cava no ha sido reparada y temo que la temperatura arriba de los 21°C  provoque una evolución poco previsible. Junto a Latour y Margaux, de mis burdeos preferidos. Un vino profundo de colores ocre, brillante. Huele a trufa, paja mojada, cuero, fruta roja. En boca sorprende la acidez, de tanino muy discreto y largo, muy largo.

A mi nadie me quita de la cabeza que los grandes vinos con el tiempo, bien guardados, van pareciéndose unos a otros llegando a un final en común. Suena poco ortodoxo y quizás mucha gente no coincida, pero aún así sigo pensando lo mismo.

Chateau Lafite 2001. Desde el 2000 en adelante muchas añadas, quizás demasiadas, se han calificado como excelentes, y el precio ha subido hasta las nubes. Quizás también por la sed de mercados emergentes como China y Rusia ávidos por comprar vinos de renombre que han provocado irremediablemente este fenómeno. 2000 para Lafite fue un año con un porcentaje de cabernet sauvignon poco frecuente: 93.3% y el resto merlot. Michael Broadbent en una prueba de barrica en marzo de 2001 vaticina: Great Wine whit a long life ahead. Predicción nada rara tomando en cuenta las esperanzas y la ansiedad de la gente ante el hecho de ser la primera añada de este siglo. Cabe aclarar que esta botella fue una donación de Gabriel, botella que disfrutamos todos en la cata decembrina. Gracias.

Empezamos con un blanquito de una bodega bastante cotizada por los anaqueles españoles. Predicador 2009 de la bodega Vinos de Benjamín Romero. Vinificado con garnacha blanca, viura y malvasia. Color pajizo dorado. En nariz melaza, flor de azahar, potente en boca y de final largo con un ligero amargor, como la quina. Repetible.

Marqués de Cáceres 2013 . Un rosadito seguro, que se bebe bien. Color salmón, brillante y fluido. Huele a hollejos, herbáceo con una nota a tomillo. Excelente acidez y final un poco amargo. Correcto.

Luis Cañas Reserva 2011. Sus 14,5 % de alcohol están bastante integrados, pero sus 24 meses en roble lo hacen muy astringente. Huele a ciruela madura y una nota de  humo: En boca es de tanino rugoso, final áspero, desequilibrado. Tal vez un poco de vidrio integre lo que haga falta.

Campillo 2012. Huele a mermelada de frambuesa con una nota de vainilla muy sutil. Tánico y frutal. Bebible.

Campo Viejo Art Series 2011. En nariz es una amalgama de fruta negra, cedro y cuero. Boca frutal, buen paso de boca, amargo y de buena acidez. Repetible.

Art Excelencia 2001. Este vino alicantino del que nos olvidamos apuntar todos en el grupo. Por lo que no sé si sea por no entusiasmar a nadie, o por otra razón. Así que me reservo el comentario, pero queda pendiente para este fin de semana que se aproxima. Por otro lado no hay foto… ¿Pues que pasó en esta cata…? Lo que si puedo afirmar es que nos mantuvimos sobrios hasta el final de la jornada, meto las manos al fuego por todos los integrantes del grupo. Una cata poco convencional, cuyo seguimiento relajamos al máximo y perdimos el rigor de la foto, y el comentario del último vino. ¿Qué se le va a hacer?

cata-200Parece difícil pero no lo es, el secreto es seguir vivo y rodeado de amigos que disfruten del vino. Doscientas catas, alrededor de 1200 vinos diferentes, y muchas anécdotas. ¿Algo especial para la ocasión…? En realidad no. Estamos reservando fuerzas para la próxima cata, la cata navideña.

San Felipe 2014 (Torrontés). De Bodega La Rural. Tres meses en roble francés nuevo, una crianza poco habitual. Amarillo pálido, brillante. De nariz intensa a níspero con notas de mango, musgo y piña madura. En boca tiene excelente acidez, ligero amargor a medio paladar, abocado y de final largo con notas de membrillo. Una golosina. Para comprar media cajita.

Finca La Florencia 2014. Este malbec tiene un fondo de regaliz y caja de puros que salta a la nariz. De acidez alta y astringencia moderada, con un fondo mineral y  final amargo. Repetible.

Pascual Toso 2013. Sus 14,5 grados de alcohol no se perciben como podría suponerse en un principio.  Huele arcilla húmeda, fruta roja indefinida y mermelada de cerezas, tiene un fondo de tabaco rubio. En boca es frutal, de buena acidez. Un vino correcto, cuya nariz es mejor que cuando pasa a la boca. Repetible.

Finca Ñ 2012. Huele a pastel de frutas y ciruela madura. En boca es amargo, astringente,  desenfocado. Inmemorable con causa.

Graffigna Malbec 2011. Fruta negra y un deje a madera vieja. en boca es tánico al extremo, alguien escribió «palo de paleta» recordando su infancia. Inmemorable con causa.

Unanime 2007 60% cabernet sauvignon, 25%  malbec y 15% cabernet franc, 20 meses en roble francés y americano. Embriagadores aromas a fruta negra, balsámicos, pero con un final muy astringente «arranca lenguas» debido posiblemente a su larga crianza en madera.

cata-199Al parecer este blog se resiste a sucumbir, aunque ha bajado considerablemente su ritmo al final la cantidad de entradas no es lo importante, (si hay algo importante) sino comentar aquellas cosas que valga la pena comentar. En cuanto a las catas, es pura disciplina, a falta de memoria es un punto de referencia de lo que se descorcha en dichas catas, ya sin la libretita  como lo hacía en un principio. Así que aquí voy con lo que me acuerdo de aquella cata realizada el 30 de septiembre.  Y va de californianos…

September Hill Chardonnay 2013. Color amarillo pálido con reflejos verdosos, huele a piña y a ese olor característico de la chardonnay californiana: atún en aceite de oliva, también tiene una notita lejana a paja mojada. En boca posee una acidez viva,  y  un final mineral. Evoluciona en copa a granos de café (barrica). Repetible.

September Hill Merlot 2012. Olores intensos a ahumados, pimienta negra, fruta negra; zarzamora y notas de chocolate. Tanino mullido, buena acidez y final amargo. Sin pena ni gloria.

September Hill Cabernet Sauvignon 2012. Un vino redondo a pesar de su alto grado alcohólico: 13,8% . No hay mucho qué comentar…

Tangley Oaks Merlot 2011. Aromas a mermelada de higo, fruta roja en sazón, tanino sedoso y de buena acidez. Todo en su lugar, pero sin seducir. Repetible.

Tangley Oaks Cabernet Sauvignon  2011. Fruta negra, nota de champiñón y hollejos. En boca es frutal de buena acidez y tanino maduro. Repetible.

Gayser Peak 2004. Cereza, humo y chocolate. Buena entrada y final discreto. Tanino dulce y acidez justa.

CATA 198

Vinos de la 198

Un vistazo por los pasillos de La Europea hizo que me inclinara por  vinos de Querétaro y Parras Coahuila. Me da gusto ver bodegas nuevas aunque debo reconocer que no todas las que nacen, crecen. Muchas otras desaparecen o venden la fruta a otras bodegas. Me pregunto qué se necesita para hacer buen vino. No sé la respuesta pero debe ser bastante complicado, y creo que han llegado inversionistas a muchos viñedos, arribistas, que observan el panorama desde el punto de vista puramente comercial, y es ahí donde fracasan. Espero que estas dos bodegas que abrieron sus puertas al público en 2014 sigan por muchos años. Me refiero a :San Juanito Vinícola  y Bodegas de Cote.

Don Leo Pinot Noir 2012. Me sorprende ver esta variedad en tierras mexicanas ya que jamás la había visto. Una cepa difícil para climas cálidos. Huele a chocolate amargo, zarzamora y ciruela madura. En boca es astringente,  acidez justa y de final amargo, desequilibrado, un pinot muy goloso.

Don Leo  Cabernet Sauvignon / Shiraz 2012.  Granate de capa alta. Aromas intensos a cerezas en licor, canela y notas ahumadas. En boca es áspero y de final largo.

De Cote  Tempranillo/ Shiraz  2012 en Ezequiel Montes, Querétaro. Un vino con aromas a mermelada de arándanos, higos y notas de tofe. Tiene un ataque, paso de boca y final sin altibajos, tanino presente sin excesos. Repetible.

De Cote Merlot 2013. (62% merlot, 25% cabernet sauvignon, 12% shiraz) Este cuarto vino es el que más ha gustado de la noche. Aromas limpios a fruta roja de la mejor calidad, ciruela, grosella. En boca se confirma su fruta, excelente acidez y final amargo. Todo en su lugar. Para comprar media cajita y ver que pasa con el tiempo.

San Juanito Malbec 2013. Huele a canela, fruta roja y notas de humo. Buen ataque, buen paso de boca y final corto. Repetible.

San Juanito Syrah/ Malbec 2013. Aunque parece difícil de creer, este vino marca en la etiqueta 12.0 % grados de alcohol. Aromas de mediana intensidad a hollejos, zarzamora, notas especiadas de mejorana, tanino presente, alcohol integrado y acidez justa, final corto.

En general a todos nos parecieron vinos caros, el promedio es de $472.50 el más alto es De Cote Merlot 2013 con 595 pesos, y el más bajo Don leo Cabernet/Shiraz de 399 pesos. Precios de La Europea.

Siempre habrá un buen motivo para reunirse a probar una copa de vino, en esta ocasión no fue la excepción, se trató de la inauguración oficial de  la cava de un amigo. Miguel la ha nutrido con algunas botellas que quitarían el hipo a cualquier buen aficionado.  La mesa dispuesta in situ, dentro de la espaciosa cava, ocho asientos alrededor de la mesa. Previa selección de un servidor que me decanté por Burdeos y también algunas cositas que sonaban interesantes. Me pareció buena idea hablar antes sobre el génesis del vino, tanto desde el punto de vista antropocentrista  como del que me parece menos preciso pero más veraz.  El segundo habla de Pangea, hace 500 millones de años, cuando la Tierra estaba formada por un solo continente. Desde donde aparecieron los primeros restos de semillas fosilizadas de Vitáceas, porque  debemos reconocer que desde que apareció un racimo colgando de la primera planta, y  éste fermentó, hubo vino. La intervención del Hombre fue mucho después en Mesopotamia, 8000 a.C. Posteriormente pasó a los egipcios, y más tarde se diseminó a toda Europa gracias a los romanos. Haciendo su última escala en El Nuevo Mundo (siglo XVI)  Aunque ya había algunas uvas silvestres, no se vinificaban aún.

CATAMIGUEL

Priorat, Burdeos y La Toscana… Presentes en la Cata de Miguel

Ya en la cata probamos el primer vino: Finca Dofi 2005, de Álvaro Palacios. Este Priorat se presentó al principio  bastante impetuoso, parece que once años en botella no son nada. Puede que decantarlo media hora antes sea una buena idea. De capa alta y de color granate. En nariz presentó aromas de fruta negra: ciruela, zarzamora y una nota mentolada como bien señalaba Héctor. En boca tiene una excelente acidez que le augura una evolución lenta, con un tanino bastante presente. Como para otros cinco años más.

Duetto 1997. Seguro se preguntaran qué hace un vino mexicano dentro de este conjunto. Este vino que al principio fue un proyecto entre Wente (Livermore Valley) y Santo Tomás (Baja California), me parecía a mi el mejor vino de México en esa época, y esta añada era digna de muchos elogios. Hasta el momento no me ha defraudado, después de 19 años ha envejecido como los grandes.  Estuvimos frente a un vino maduro que huele a cera y barro, algo de pacificados. En boca excelente acidez y de tanino muy limado. Está empezando a bajar de la cima, aunque no podría estar seguro del todo  tomando como referencia sólo esta botella. Por fortuna me queda una más en casa.

Château Pape Clément 1975. Bautizado por su propietario,  el mismo papa Clemente V en 1305, cuya calidad demeritó al final de los setenta y que después de 1985 volvió a  sus glorias pasadas. Para mucha gente cualquier vino de más de quince años es vinagre. Quizá no han entrado en el mágico mundo de los placeres sensoriales sin estridencias ni voluminosidades  de los vinos sobre extraídos y dotados de alcoholes arriba de los 13,5. (aunque algunos más alcohólicos están  integrados). Es cuestión de ponderar la elegancia y la profundidad y abrir los sentidos a los susurros de los vinos maduros. Hoy en día acostumbrados a los placeres inmediatos, sin ningún recato para esperar a que el vidrio haga su magia, claro está que sólo con vinos que evolucionan por décadas. Un vino que a medida que corrió el tiempo fue abriendo, pero que sin duda ha pasado su mejor momento. Huele a capuchino, notas de frutos secos y uvas pasa. En boca es fluido y ligero, buena acidez y final corto.

Château Léoville-Barton  1982. Propiedad comprada por Antony Barton en 1826. Cuenta con 48 hectáreas y una producción de 25,000 cajas, 50% barrica nueva. Color terracota, va de menos a más, con un final diluido. Un Léoville-Barton cuyo linaje y excelente añada podía hacernos pensar en cosas mejores. Ni pena ni gloria.

Château Lynch Bages 2003. 90 Ha y una producción de 46, 000 cajas, fuera del promedio de los grandes Burdeos que rondan las 25,000. Un año difícil en Europa en general, con mucho calor y humedad, dando vinos muy alcohólicos y de poca acidez. Una sorpresa ya que este vino huele a dátil, vainilla, quizás por la barrica, balsámicos y algo de fruta roja. En boca es expresivo y frutal, un punto de alcohol y de tanino muy presente. Repetible.

Gaja Barbaresco 2003. Este italiano sin duda es un vino típico de esta añada, fruta madura, muy madura, mermelada de cerezas, arándanos, exuberante y de alcoholes altos, se percibe también la madera y tiene un final largo,  acidez justa que le da cierto equilibrio a todo el conjunto.

 

Vega Sicilia Único 1964

Vega Sicilia Único 1964

Vega Sicilia Único 1964. Al final se abrieron tres vinos más, sin duda es una de las mejores añadas del siglo pasado, y no me canso de repetirlo. Se presentó con mucha dignidad luciendo una corona. Recién llegado de España y al parecer herido de muerte, con la cápsula chorreada y  un nivel por debajo del hombro. Miguel dudaba que estuviera en condiciones de beberse, o mejor dicho de disfrutarse. Por mi parte puedo decir que fue todo lo contrario; el mejor vino de la noche, y el que más disfruté. Un viejo que susurra sus grandes secretos al oído con aplomo y señorío. Huele a bosque bajo, algo de trufa y ahumados con notas muy sutiles de vainilla. Buena acidez y tanino mullido, con un final largo. Una joya para ser el vino más viejo de la noche.

Hubo otro español, del que no tomé nota, pero que seguramente no levantó suspiros… Por último:

Château Montrose 1998. Al descorchar este vino me di cuenta que tenía doble cápsula, algo sumamente extraño, que bien nos podría llevar a dudar de su autenticidad. El caso es que confieso que es la primera vez que me sucede en más de 20 años en estas andanzas de descorchar botellas. Un vino bastante hecho, el vidrio ha limado sus asperezas y presenta buena fruta, acidez y tanino. Todo en su lugar, cenando una deliciosa baguette y una fresca ensalada. Así llegó el final de esta inolvidable velada, agradezco al dueño de la cava y a todos quienes me permitieron un poco de su tiempo al escuchar todos los disparates que acostumbro decir en estas reuniones.

CATA 197 A pesar de la tarde nublada amenazando con lluvia, el calor nos recuerda que todavía estamos en el mes de mayo. Justo el clima para disfrutar de cuatro blanquitos frescos de entrada, y cerrar con dos tintos.

Empezamos con Garnacha 2014 de Bodegas y Viñedos Artanza. Un navarro que a mi en particular me gustó mucho, y que parece ser filial de viticultores Artadi. Color amarillo verdoso, brillante y fluido. Huele a durazno, espino blanco, piña verde (no madura) y lejanas notas herbáceas. En boca es cítrico, con algo de toronja blanca, mineral, recuerda también al agua quina; amargo al final, excelente acidez y de final eterno. Una joyita por los 295 pesos que piden por él. Para comprar una cajita.

El segundo es un albariño algo más ordinario. Pazo Barrantes 2014 directo de las Rías Bajas, o si lo prefieren: Rias Baixas. Huele a plátano con un punto dulce en boca, sin llegar a ser abocado, con una acidez y ese «punto dulce», bastante equilibrados. Entra con campañillas y sale un poco mudo. Va de más a menos. Repetible.

El tercer blanco es Flor de Chardonnay 2012 con nada menos que 14 grados de alcohol, bastante integrado. Denominación de origen Somontano, de Bodegas Laus. Color pajizo. Huele a barro, cera de abejas y paja mojada. Igual que el anterior va de más a menos. Repetible.

Por último, un blanco que tenía ganas de probar desde hace mucho, se trata de Erre Punto 2012. Vinificado con un 70% de viura y el resto malvasia. Desconcertantemente plano. Nariz cerrada a cal y canto, después de unos minutos huele a manzana verde. En boca es diluido, de final amargo y de acidez justa. No sé si lo volvería a probar. Además de su precio: ¡400 pesos! (19 €)

No sé por que razón se me ocurrió dejar al final dos Côtes-du-Rhône, será por que fue lo más cercano que tenía al revisar los pasillos. El primero: Les Heritiers 2012. En esta región encontramos, la famosa syrah, pero no es la única ya que junto a ella y por lo regular mezcladas tenemos la  garnacha tinta, la mouvèdre, cinsulat, y la carignan.

Les Heritiers 2012. Huele a cerezas y ahumados, tanino maduro y buena acidez. Bebible.

Calvet Côtes-du-Rhône 2014, este otro huele a cerezas en licor, fruta roja, algo ligero, buena acidez y de final largo. Frutal, algo primario, bebible también, y ambos a precios razonables, alrededor de 200 pesos.

De Bodegas Vega Manchón, Dolores Hidalgo, GuanajuatoMi primer encuentro con esta bodega fue en el año del bicentenario de la Independencia, septiembre de 2010, y debo decir que fue amor a primera vista, lo probé y me sedujo. Es de esos vinos que sin dudar se pueden comprar por caja, para ir descubriendo su evolución con el paso de los años.

Un gran acierto de Francisco traer a la mesa los vinos de esta gran bodega. Hacía tiempo que no quedábamos tan satisfechos con lo catado, como sucedió en esta noche.

Empezamos con un blanco: Torre de Tierra 2013, vinificado con semillón 100%. Color pajizo con reflejos verdosos, brillante, fluidez consistente. Nariz intensa a mango, y notas lejanas de durazno. En boca buen ataque, acidez justa y final amargo. Un vino muy sabroso que en este momento me viene a la cabeza acompañarlo con pan artesanal y un buen queso joven de cabra con ceniza. Sin duda para comprar media cajita.

Inmediatamente después descorché el primer tinto: Cuna de Tierra 2013, con una rara mezcla de cabernet sauvignon, cabernet franc , merlot y shiraz. Color rubí de capa media, brillante. Huele a barro, ciruela y alguna especia; mejorana. En boca es redondo, sin aristas, apenas se advierte alguna sensación alcohólica que parece ser por la temperatura, está apenas por arriba de lo que debería. Repetible.

El tercero es el Nebbiolo Cuna de Tierra 2013. Cuya mezcla, nada ortodoxa, marca las variedades típicas de tres países distintos: la nebbiolo (Región del Piamonte en Italia), Malbec (Argentina) y la tempranillo que huelga decirlo: España (mayoría de las regiones). El resultado: color granate de capa alta, aromas intensos a fruta negra; zarzamora, con una nota de capuchino. El más alcohólico con sus 13,8 grados, que se han notado, apuesto que con el tiempo se irá integrando. Para comprar una cajita.

Torre de Tierra sin añada, por lo menos no a la vista. Vinificado con 80% de tempranillo y el resto de cabernet sauvignon. Color rubí con ribete ocre. Aromas intensos a tofe, chocolate, maple y arándanos. Como para tener unas cuantas botellas en bodega.

Cuna de Tierra Syrah 2014. En el caso de este vino y también del tercero, la madera es parte de primer uso, y otra de segundo. Una buena práctica de esta bodega de no poner roble nuevo a todo lo que se les atraviesa por el camino. Una cualidad de todos los vinos catados es su tanino sedoso, mullido… aunque observo que el alcohol rebasa los 13 grados, que tampoco es motivo de escándalo, a sabiendas de que muchos productores andan por arriba de los catorce por volumen con la pinot noir. Ese delicado espécimen que lo convierten en aguardiente sin el menor recato. Se trata de un vino con doce meses de crianza en roble francés y americano, como explique antes, usado y nuevo. Huele a chocolate, fruta negra en sazón y notas de fruit cake, que me recuerda a la merlot madura. Un caso atípico de la syrah, aunque no por ello desagradable. Hay quienes notaron especias, como pimienta negra y otros notas de vainilla, tal vez por el roble americano. Repetible.

Por último, dentro de lo programado para esta noche. Cuna de Tierra Pago de Vega 2013. Decidí dejar que los demás anotaran sus impresiones, a estas alturas mis sentidos estaban saturados,  y así pude disfrutar de los vinos que tenía ya servidos en las copas. Este último fue descrito por Carlos: vista, color rubí con ribete violáceo, en nariz tierra mojada y pimientos. En boca se agudizan los sabores a especias. Grado alcohólico alto, mucha madera (en este punto coincido, sólo, en que se percibe, cosa que no había sucedido con los vinos previos) Está redondo, con posgusto tánico. Yo sólo advertí otra vez aromas de maple y fruta negra. Reitero categóricamente lo que dije al principio: un gran acierto acercarnos a estos vinos, que no tienen nada que ver con la multicitada región de Baja California. Quizás pronto visitemos esta bodega, ya habrá tiempo de contar nuevas experiencias de Guanajuato.