Cata 261, de vuelta a México: 2 blancos y tres tintos

Abrimos con un blanco, L.A. Cetto Boutique 221. Vinificado con tres variedades, incluida una tinta: chardonnay, viogner y pinot noir. Como en la zona del Ródano donde en ocasiones se mezcla con pequeñas proporciones de uvas blancas, con Viognier como en Côte Rotie, o con Marsanne y Roussanne (ambas blancas) en el caso de Hermitage. En algunas zonas de Cataluña no es raro ver alguna variedad blanca entre los viñedos plantados con garnacha tinta. El color pudiera pensarse con alguna tonalidad tirando a rosado por la pinot, pero es de color pajizo, así que la proporción de esta tinta debe ser baja, brillante y fluido. Huele a flores sin distinguir cual, espino blanco y toronja blanca. En boca tiene un cosquilleo aunque el CO2 no es visible, debe tratarse de otra cosa, abocado, mineral y largo, quizás queda corto de acidez. Repetible.

El segundo blanco viene de San Miguel de Allende, Guanajuato. Viñedo San Miguel Blancs 2010, Poco confuso el nombre, yo agregué lo de Viñedo San Miguel, aunque no sé si sea fácil de identificar como sólo Blancs. De esos embrollos en los que se meten los responsables de mercadotecnia … Vinificado con savignon blanc, chardonnay y semillón. Color amarillo pálido, huele a orín de gato, típico de la savignon blanc, barro y bonitas notas de durazno, aunque al principio no les gustó su aroma se fue limpiando, confieso que a mí me encantó desde un principio. Tiene mucho peso en boca, es un vino corpulento, tirando a dulce, acidez comedida, muy redondo en boca. Se antoja con un buen queso brie artesanal.

El tercero fue un tinto. Orlandi 2020 de la bodega La Redonda en el estado de Querétaro. Está vinificado con merlot y cabernet sauvignon. Con crianza en roble americano, sin especificar si es madera nueva ni el tiempo. Huele a flor de jamaica, tamarindo y notas de madera usada. Buena entrada, paso ligero y final fugaz, va de más a menos muy rápido. Tanino pulido, seco y de acidez comedida. Sin mucho encanto, pero debo decir que fue el mejor de los tintos de esta noche.

Magoni 2021 de Vinícola Tres Raíces. Capa alta, picota, ribete rubí. El primer golpe es de un aroma dulce como a chabacano, canela y ligeras notas de frambuesa. En boca es muy discreto, la entrada y el final casi en la misma intensidad. Inmemorable con causa.

El último tinto fue un Viña Coronado 2021, viene con una medalla que dice textual: «Selección México Yuactán 2023 Oro» quienes son asiduos a este blog saben de sobra que para mí las medallas no representan lo que para otros sería un motivo contundente de compra. La bodega es: Causa Bodega y Viñedo, en San Luis Potosí, una tierra que cuesta trabajo relacionar con la vitivinicultura, aunque hoy en día ya hay un puñado de bodegas. Se me ocurre hacer una próxima cata con vinos de esta región, si es que se pueden conseguir, me imagino que hay muchos que no alcanzan a comercializarse fuera de la región. El primer golpe es pimienta, después se asoma tímidamente algo de zarzamora y romero. En boca le falta armazón, paso por boca ligero, de tanino pulido y acidez comedida. Buscaré si hay algún blanquito de esta bodega.

Yo diría que fue la noche de los blancos, el calor también ayuda, pero los percibí mucho más redondos y de buena hechura.

Hace poco menos de 15 años escribí la última entrada de las «misceláneas» y como ya era repetitivo eso de escribir Peculiaridades Diversas… Aquí va una «miscelánea». Que no es más que el mismo concepto de hablar de todo un poco, con diferente título.

Siguen los implacables calores sin dar tregua por estas latitudes. Empiezo a creer que estos cambios son producto de todo lo que desechamos, pero en realidad han existido de siempre, y la desastrosa gestión humana no es la determinante, por más que nos quiera convencer Green Peace para que intereses supranacionales manejando fortunas fruto de países arrepentidos como España que compra energía «limpia» a Francia, dejando de producir electricidad de las mismas fuentes de energía nuclear del país vecino. Que conste que no estoy a favor de tirar la basura a los ríos ni contaminar a diestra y siniestra el aire. Pero seamos mesurados, y miremos las glaciaciones y todos los cambios de clima que hubo en el pasado, sin la menor intervención humana. Por lo tanto seguiré consumiendo más blancos que tintos para refrescar la garganta.

Este es el primer sábado sin mi cariñosa compañera que acompañó a la familia durante 13 largos años. Los perros, esos magníficos animalitos, que nos brindan su cariño y compañía a cambio de una caricia y un poco de amor. He leído un mensaje de consuelo que me enviaron desde la clínica veterinaria donde la atendían que quiero compartir: «Un amigo es quien conoce el lenguaje de tu silencio, acompaña tus pasos y construye caminos en tu corazón.»

Pasando a mis últimas degustaciones, empezaré con un vino verde, que no podría comparar ni de lejos con aquella magnífica garrafa en Alentejo Portugal, que bañó un kilo de almejas en mantequilla y un bacalao dorado en harina, sé que el contexto tuvo mucho que ver. Se trata de un Casal Garcia en botella transparente. Burbuja mediana, que al servir en la copa aparece inmóvil en las paredes. Color amarillo pajizo. Huele a manzana amarilla. En boca es ligero, falto de acidez, final corto. Inmemorable con causa. Por algo más de 250 pesos (15 dólares americanos) hay cosas más interesantes en blancos, aunque no sé que tantos vinos verdes se puedan comparar.

Sin estricto orden cronológico, probé un Centine 2019, un vino toscano (IGT) de Banfi. Frutal, muy interesante. Huele a ciruela roja en sazón, notas de bosque bajo, al mover la copa mentolados, capuchino y notas de panadería, nariz muy agradable y compleja. En boca es de tanino dulce sin perder firmeza tiene buen armazón por su acidez y tanino mullido. Mucho mejor en nariz que en boca. Repetible.

Siguiendo con Italia descorchamos en la barra, o mejor dicho el chef machacó el corcho hasta dejarlo desmoronado en dos partes, por dos razones: falta de un sacacorchos eficiente, además que estaba roto, y una pésima técnica, situación que no pueden dar como resultado otra cosa que un penoso desenlace. Menos mal que colaron los residuos o no cayó ninguno dentro de la botella. Boschi dei Signori 2021. Color picota, huele a refresco de cola, cerezas en licor y humo. En boca tiene una entrada modesta, de tanino áspero y final largo. Algo desenfocado para mi gusto, no sé si repetiría.

Despedida a un amigo

Publicado: 15 mayo, 2024 en Vino y amigos

Cada vez que parte un ser querido es inevitable pensar en lo efímeros que somos. Hoy estamos aquí, mañana no hay certeza alguna de que podamos ver la luz del día. La batalla fue larga, combatió como un guerrero, su fortaleza es fuente de inspiración para muchos que le rodeamos. Como alguna vez dijo un amigo en referencia a su suegro: era un hombre bueno, en toda la extensión de la palabra.

De los primeros en unirse al grupo: Vino Por Placer, entusiasta miembro de la peña. Recuerdo que le gustaba el champán, pero era precavido, ya que decía que las burbujas se le subían a la cabeza muy rápido. Siempre amable y bondadoso, con un alto sentido de la amistad. En tiempos difíciles nos reconfortaba con una palabra amable y cariñosa de consuelo.

Sergio, dejas un hueco muy grande en la mesa y en nuestros corazones, siempre te recordaremos con cariño. No me despido con un adiós sino con un hasta pronto.

Cata 260

Publicado: 28 abril, 2024 en Cata
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Vinos de la ducentésima sexagésima cata

Los calores han apretado como hace mucho no lo hacían. Hablar de grados centígrados a veces es un poco engañoso, que si en la sombra que si debajo de un árbol o dentro de casa, lo que percibe el cuerpo es un sofocamiento que obliga a no despegarse del aire acondicionado y un buen vaso de agua con hielos, al lado. Así que no es mala idea abrir con dos blanquitos. Chateau Domecq 2022, vinificado con chardonnay y viogner. Roble sí tiene pero no señala el tiempo transcurrido, que no pienso que sea más de un año. El resultado es un vino con 12,7 grados de alcohol, algo raro de ver que los grados con decimales fuera del 12,5 o 13,5. Color pajizo, brillante y fluido. Huele a hierba recién cortada, níspero y una notita de piña verde. En boca es cítrico; limón y de buen paso por boca con cierta contundencia. Para media cajita. El segundo blanco, un Magoni sauvignon blanc 2022. Se trata de un varietal del valle de Guadalupe con 12,5 % de alcohol. No especifica crianza. Huele a lácteos, queso brie y al mover la copa da alguna nota de durazno. Color pajizo, brillante y fluido muy parecido al anterior en cuanto a color. En boca es un punto dulce, diría que abocado, de acidez comedida y final corto. Inmemorable con causa.

El tercero de la noche es el primer tinto. Chateau Domecq 2017. Vinificado con cabernet sauvignon, merlot y nebbiolo. Color violáceo, ribete rubí, velado. Huele a fruta roja de la mejor calidad: ciruela, cerezas y hollejos. En boca es frutal, buen paso, de acidez exquisita, tanino firme y con un final que da un apretón de astringencia sin molestar. Una agradable sorpresa, esta casa está haciendo buenos vinos.

Magoni 2022 vinificado con un 80% de barbera y el resto de cabernet sauvignon. El primer golpe tiene una nota química a merthiolate, un poco de aire lo limpia dando paso a fruta roja indefinida, en boca no tiene nada que mueva a la compra de otra botella, tiene un final astringente.

El quinto y último: Macramé 2020, un cabernet sauvignon que curiosamente ya habíamos probado en enero de este mismo año, lo puse en el carrito de último momento sin reparar en ese detalle. No recuerdo haber repetido vino de la misma añada con tan poco tiempo de diferencia entre uno y otro. Me pareció bastante mudo en nariz, al mover la copa aparece un aroma a fósforo, pero sigue sin dar muestras de expresividad. en boca es planito y con alcoholes altos. En enero se mostró más abierto, prueba contundente de que cada botella es un mundo, y más tratándose de botellas de medio pelo. Aquí transfiero la nota de enero de este mismo vino: «Un cabernet sauvignon de San Vicente de las Minas, con 13,8 de alcohol y 6 meses en roble francés sin especificar si es nuevo o de uso. Huele a tabaco, fruta roja y una nota a canela. En boca tiene buena acidez y tanino mullido, aunque no encontré ninguna arista, no sé si repetiría». Y aquí llegamos con la cata 260 ¡Abur!

Como empieza a ser costumbre nos fuimos a la barra mi amigo y un servidor a descorchar una botellita, en esta ocasión fue de Napa. Buscando en los anaqueles encontré un zinfandel de viñas viejas. Inevitablemente me acordé de aquella sentencia de un buen amigo que decía: «Últimamente han plantado muchas viñas viejas». En alusión a tantas etiquetas con esta advertencia mercadológica. Su precio es de 1200 pesos, unos 72 billetes verdes. Old Ghost 2020. De capa alta, color granate ribete cardenalicio, brillante. Huele a fruta roja, ciruela de la mejor calidad, pimienta negra y alguna nota lejana especiada a mejorana. En boca es de cuerpo pleno, de buena acidez y tanino rugoso, este vino puede pulir esos taninos en vidrio y madurar, hoy está muy sabroso y abigarrado. Con un final amargo, sin molestar. Para un par de botellitas. Se trata de un vino de tierras californianas que no puede dejar indiferente a nadie, parecería que esta sobre madurado, y sí tiene algo de fruta sobre madurada, aún así es de buena hechura, sacaría un buen queso maduro para la próxima ocasión.

Riedel Coca Cola

Riedel se ha diversificado en el diseño de sus copas exponencialmente. Recuerdo haber comprado seis copas de cabernet sauvignon en 1998 en la ciudad de Nueva York. Entré a la primera tienda abierta y salí muy feliz con una bromosa caja, ese día me sentía muy afortunado ya que no había visto Riedel por las tiendas mexicanas, así que valió la pena cargarlas. En ese entonces no había mucha variedad, quizás algunas de blanco como: chardonnay, savignon blanc, chenin blanc y poco más, de tintos la cabernet sauvignon, merlot, pinot noir, shiraz, tempranillo y alguna otra. Poco a poco fueron extendiendo su oferta a tal grado que en poco tiempo tenían copas de las uvas mencionadas, más otras tantas de vinos maduros también, haciendo distinción entre un vino joven y otros entrando a la madurez. Después llegó la serie para tequila, pero ahora veo esta marca austriaca al extremo de sacar al mercado unos vasos para Coca Cola, así es, para un refresco, donde ya cabe una gran variedad. Podrían sacar en un futuro la serie para la Fanta de naranja o el Seven Up

Ayer en la comida descorché en compañía de un amigo una botellita de un vino austriaco Huber grüner veltliner, Terrassen 2018. Un vino austero, sin concesiones, pero que tiene su encanto, color pajizo brillante con reflejos verdosos, algo de sidra en nariz, y notas de petróleo muy sutiles, también de fruta amarilla, parecería un riesling joven entrando a esas notas de queroseno. En boca es seco, cítrico pero creo que le falta un punto de acidez. Para ir por dos botellitas. Su precio ronda los 600 pesos (36 dólares). Por alguna razón no he hecho ninguna foto, así que he buscado una en internet que parece ser la única que ronda por la red. Llévese el crédito quien la haya hecho primero. De segundo plato descorchamos nuevamente el Old Ghost 2020. Para aprendérnoslo de memoria ¡Abur!

Reserva Magna, tirando hacia los clásicos

Una tarde, hace ya unas semanas, acompañé a un amigo a comprar vino (una tienda que se ha vuelto la preferida de muchos enófilos), con mucho entusiasmo por hacer su colección, me hizo recordar cuando construí el agujero que tengo como cava en un rincón del jardín, ya hace poco menos de 30 años. Y es que él tiene poco tiempo con su cava, la ha montado bajo todas las normas que marcan los cánones de todos a quienes nos gusta el vino: climatizada a 16°C, de la humedad no estoy enterado, pero debe estar arriba de 60%. Me contaba que le faltaban alrededor de veinte botellas para completar los nichos, así que ayer se dio a la tarea de buscar algunas cosas interesantes: algunos borgoñitas de medio pelo, un vaqueiras, y sino mal recuerdo algún burdeos. Más tarde pasamos a la barra y descorchamos una botella, un tinto de la tradicional y vieja Casa Domecq. Me dio a escoger una botella y como había pasado ya un par de veces por los anaqueles y le había echado el ojo a un Reserva Magna 2019. La Casa Domecq en México nunca se ha distinguido por sus vinos en cuanto a calidad, el Padre Kino ha sido un vino básico como en España Don Simón, aunque aquí no hemos llegado al nivel de tetrapack en esta bodega en particular. Al meterme a su página me percaté de que hay un Reserva Real de cepas de 35 años y una crianza de seis meses. Pero ese no figuraba en los anaqueles. Se trata de un vino de corte clásico, madera usada, notas balsámicas, tanino pulido, seco, de buen paso y final largo. Bien podría guardar seis botellitas para seguir su evolución.

Don Leo 2013 sauvignon blanc más de 9 años acostada

Hurgando en el fondo de la cava, donde acostumbro a tumbar los blanquitos, ya que éstos deben estar algo más frescos que en los botelleros superiores. He encontrado una botella de Don Leo 2013 vinificado con sauvignon blanc. Se había desprendido la corbata, o desparecido por la humedad, así que calculo que debe tener poco más de 8 años acostada, el moho ha deteriorado la etiqueta, la evaporación es mínima, apenas por debajo del cuello. El corcho salió a pedazos a pesar de la humedad alta por arriba de 80%. Color dorado, brillante y espeso. Nariz tropical a mango, una vez que moví la copa huele a piña madura y una nota vegetal. En boca sorprende su juventud; acidez que lo hace muy vivaracho; ha evolucionado mejor de lo que pensaba, con una paso de boca mineral, seco y final largo. Una gran recompensa para quienes esperamos esa magia dentro de las botellas con el paso del tiempo. Aunque para ser sincero esta botella no estaba destinada a estar un período tan largo dentro de la bodega ¡Fue un rescate muy a tiempo!

La he parado sólo para la foto ¡Sorprende el nivel! Arriba del cuello después de 37 años

A unos centímetros de ese nicho asoman unas cuantas joyitas de López Heredia, se trata de cinco blancos de otra categoría, con una larga crianza en madera usadita, de las que no maquillan el vino, a la usanza de antes; barricas que solo sirven para pulir el vino y que después en el vidrio ganan con aromas terciarios como los que podemos distinguir en este tipo de vinos. Se trata de dos Gravonias 2003, un Viña Tondonia Gran Reserva 1987 (sin que se note evaporación, por arriba del cuello) dos Viña Tondonia cosecha 1995. Me decidí por el Gravonia 2003. Sé que mucha gente ignora la larga evolución de estos vinos y hasta se atrevería a sugerir echarlos a la coladera, pero aquí hablamos de cinco de los mejores blancos que se pueden adquirir sin los precios inflados con esteroides que vemos en al mercado, bajo la mirada complaciente de los chinos y los rusos multimillonarios

Hermoso color oro viejo

Me decidí por el Gravonia 2003, el más jovenzuelo. El corcho salió entero además de no presentar problemas de filtraciones, algo que me llamó la atención después de estar acostado 21 años. Sin duda la humedad de la bodega ayuda a que el corcho se mantenga elástico. Color oro viejo, brillante y fluido. En nariz piedra de río recién mojadita, algunas notas de barro, algo de orejones de manzana, y un fondo muy sutil de frutos secos. En boca tiene una acidez sorprendente que le da armazón al conjunto, final mineral y largo. Un vino para tener por cajas, su evolución ha sido espectacular; yo me atrevería a decir que le faltan unos añitos para que empiece a descender. Una verdadera joya del barrio de La Estación.

Y hablando de este viejo conocido, recuerdo lo que apuntaba alguna vez Manuel Camblor, que decía que lo de Gravonia venía por los vinos minerales de Graves, aunque no puedo confirmarlo me ha gustado la idea por aquello de su gran mineralidad.

Vinos de la 259 (Miguel Torres)

Miguel Torres es una bodega fundada en 1870 después de que Jaime Torres en 1856 hiciera una fortuna con el comercio del aceite en Cuba. Con una cuba de 600,000 litros la mayor en aquellos días, se organizó un banquete inaugural dentro de la cuba para 50 comensales, entre los invitados figuraba el rey Alfonso XII.

Miguel, padre de los actuales dueños y quinta generación, se hizo cargo de la bodega en 1932. Viajó por el mundo para abrir nuevos mercados. En los años sesenta ingresó a la compañía Miguel Agustín, brillante enólogo, formado en Francia. Primero en plantar variedades nobles en el Penedés, ampliando significativamente el área del viñedo. Hoy poseen 830 ha.

El viernes pasado catamos cinco vinos, 4 de esta misma bodega y un blanquito Balduvón, a falta de blancos de la bodega Torres, de último momento me fue imposible conseguirlos. Hubo dos tintos que quedaran pendientes: El Grans Muralles y el Mas Borras vinificado con pinot noir. Se comercializan muchos más, pero no todos llegan a estas latitudes.

Empezamos, como ya mencioné arriba, con un Balduvón 2020. Un rueda con 4 meses de barrica vinificado con verdejo. Color pajizo, brillante y con algo de carbónico, leve burbujas en la pared de la copa. Huele a durazno, manzana amarilla. En boca es seco, mineral y de buena acidez. Para comprar un par de botellas.

Sangre de Toro 2021. Vinificado con garnacha tinta y cariñena. 13,5 de alcohol y sin especificar crianza, a menudo ni en la misma página de la bodega es posible conseguir información ¡Secretos muy bien guardados! Capa baja, color rubí. Primera nota a jabón. Al mover la copa huele a ciruela roja. En boca frutal, carnoso, tanino rugoso, acidez comedida. Repetible.

Sangre de Toro Reserva 2017. Color granate, primer golpe a vainilla, después fruta negra, pastel de frutas, buen paso, cuerpo pleno, buena acidez, final amargo. Repetible.

Gran Coronas 2019. Con 85% de cabernet sauvignon y el resto garnacha tinta. Una crianza de 12 meses en roble francés, 30% nuevo. Capa alta. Moras, hollejos fondo de trufa, va de menos a más. Equilibrado y de final largo.

Mas La Plana 2017. Un penedés vinificado con cabernet sauvignon, 18 meses de crianza en roble francés, 60% nuevo. Huele a grafito, pimienta negra y zarzamora, cerezas de la mejor calidad. Buen ataque, abigarrado, tanino presente, acidez y alcohol, todo en su punto. Para una caja.

Iremos probando lo que vaya encontrando de esta bodega, vale la pena.

La cuerda en el pico de la botella delata los taparrosca metálicos ¿El corcho en desuso…?

En esta ocasión faltaron dos miembros, cada uno por diferente razón no han podido asistir. Empezamos con un blanco que fue la sorpresa de la noche, por lo menos para mí. Me llama la atención que de cinco vinos sólo uno tuviera corcho, los otros son de taparrosca metálico. Se desvanece la idea romántica del corcho. El primero, un blanco que sorprendió por su relación calidad precio (18 dólares), rosando el límite, aunque en un país con tantos impuestos al vino no está tan mal. Tommasi pinot grigio 2021. Color amarillo pálido brillante y fluido, aromas a durazno, níspero y membrillo. Su entrada va de más a menos, al final le falta contundencia. En boca tiene acidez comedida, seco y de final discreto. Repetible.

Limelight 2021. Un californiano, una mezcla no muy convencional:  79% pinot grigio, 7% french colombard, 7% riesling y white blenders, decía en la etiqueta. Si sumamos los porcentajes quiere decir que hay otro 7% de «otras blancas». Amarillo pálido, con más color que el anterior. Co2 por la pequeña muestra de burbuja en las paredes de la copa, en boca no es muy notorio. Nariz discreta a piña verde, en boca va de menos a más, final amargo, abocado y con acidez baja. Inolvidable con causa.

Neven 2022. Sólo dice que viene de la Patagonia. Parecería una palabra derivada del inglés, sin embargo la raíz es Neuquén en mapuche, es Newen que significa fortaleza, energía. Color de capa baja, como es de esperar de un pinot noir. Huele a ciruela negra, en boca es corto y diluido, poco cuerpo. No repetible. Parece que sus 4 meses de crianza en roble americano y francés han pasado desapercibidos.

Sileni Cellar Selection 2021. Un vino blanco neozelandés vinificado con pinot noir. El primer golpe es de azufre, está defectuoso, al parecer el aire no lo limpió del todo.

El quinto es el Kumala Core 2021. Un sudafricano 100% pinotage, varietal producto del cruce entre pinot noir y cinsaut. Huele a fruta negra, gindas, cerezas. Acidez comedida, tanino presente, seco, buen ataque, final corto. Repetible.

Para la visita de esta bodega tuvimos la fortuna de contar con un guía que sabía del tema, y no me refiero al común que te recitan un speech de memoria y en cuanto preguntas algo salen de su zona de confort sin saber por donde acabar o inventan un cuento chino. Y nada mejor que utilizar el término speech, ya que no tuvimos otra, más que hacer el tour con un grupo de turistas que hablaban inglés, norteamericanos en su mayoría. La idea era ir al monasterio de Montserrat y visitar una bodega, lástima que las de cava estén un poco más lejos. Luis, el guía, nos explicaba que el término catalán Mas es una finca de campo con algunos elementos: cuadra, lugar donde guardar leña y enseres etc. Copio la definición de Wikipedia: «En las regiones españolas de Cataluña, parte del Aragón oriental y Valencia, un mas es una explotación agraria de tipo tradicional, comprendidos las tierras, los edificios agrícolas y los de residencia. El término deriva del latín mansus, que significa permanecer».

Llegamos poco antes de comer, así que lo primero que hicimos fue pasar a un salón de muros de piedra caliza con vista a la propiedad, sin que se pudiera distinguir el viñedo. Pollo en alguna salsa espesa de vino tinto con una cama de puré de papa ¡Buenísimo…! Antes una crema (no anoté de qué iba, pero estaba sabrosa). Nos dieron un blanquito para refrescar el paladar, no recuerdo que tuviera etiqueta, aunque se trataba de un garnacha blanca: de color pajizo brillante, con aromas de hierba recién cortada, buen paso de boca de acidez comedida. El segundo vino fue un garnacha tinta de nariz tímida, mineral y fruta negra. Un poco diluido, pero resultón.

Hablemos de la bodega, estás tierras pertenecen a la trigésima sexta generación; al principio se dedicaban a la alfarería, motivo por el cual agregaron al logo de la bodega unos jarrones de barro. Tierras que con algún título nobiliario adquirido, les pertenecen desde el año 964. Ubicada en la D.O. Pla de Bages, a unos minutos bajando del monasterio de Montserrat. Una finca de 600 ha y 60 dedicadas al viñedo. Como es de esperar, en esta época del año los viñedos lucen como varas colgadas de las espalderas con sus troncos secos. Una temporada de sequía ha acabado con algunas de las vides plantadas, a tal grado de que han tenido que arrancarlas, suena alarmante sumado a la baja en el consumo de vino en la Unión Europea. Por lo menos es lo que se comenta en los medios. Después de comer caminamos por los viñedos. Nos detuvimos para observar un pago que por el costado izquierdo colinda con una arboleda y por el otro el río. Así que tuvieron que plantar las vides más separadas y con una buena exposición al viento para conservar las vides libres de hongos como el de podredumbre gris. Decía Luis muy convencido; no se trata de plantar las vides de cualquier manera, todo tiene una intención. La tierra es red clay para los norteamericanos del grupo, tierra rojiza podría ser, con una excelente regulación de agua. El último verano llegaron a los 45°C . Recuerdo haber visto plantas de romero alrededor del viñedo. En el pasado, a principios del XX, hubo muchos que abandonaron la vitivinicultura por la filoxera, ese pulgón que se come la raíz de la vid. En promedio cosechan 2 kg por planta, no sé si con desniete, que es lo más probable. A la orilla del viñedo vi un conjunto de cabañitas modernas, se trata de un concepto que han dado por llamar boutique. Muy cara la noche, según dijo Luis, además de que no se ven muy acogedoras por afuera, habrá que probar algún día.

A la izquierda el bosque, del costado derecho una fila de arboles a la orilla del río. Viñedo de cabernet franc conducción en espaldera

Más tarde llegamos a un edificio donde caminamos sobre un piso de vidrio templado encima de las cubas de acero inoxidable, en esos momentos vacías; la época del año más agitada, cuando se vendimia, fermenta el mosto y el enólogo corre de un lugar a otro ha pasado. Después pudimos observar un salón con varias barricas, una en especial me llamó la atención por su forma y su tamaño. Luis nos explicaba que esa geometría de la barrica y el tamaño son propicias para que el vino tenga una mejor crianza.

Del otro lado nos mostró una máquina, parecida a las despalilladoras, se trata de una seleccionadora, con la novedad de que ésta clasifica el grano de la uva desechando las que no se ajusten a los parámetros que marque el enólogo. Debo confesar que es la primera vez que veo algo así. Se puede ver en la foto que no es muy grande y es muy parecida a una máquina despalilladora tradicional. Hace unos años me sorprendía que en las tolvas receptoras hubieran añadido imanes para limpiar de clavos y alambres los racimos que llegaban a la planta, cada vez más abandonan la intervención del hombre en el proceso. Su producción es de un 70% tintos, y de unas 130 mil botellas al año. El pasado con la severa sequía produjeron sólo 40 mil. La tienda como casi todas, ofrece desde botellas producto de la bodega hasta camisetas, gorras y todo tipo de accesorios. Me llamó la atención una botella de etiqueta roja, que no pude probar pero que me hubiera encantado traer a mi cava. Se trata de una tinto con una uva bastante rara: picapoll negre. Una uva en proceso de recuperación, ya que estaba casi desaparecida en la región. Autóctona de las regiones francesas del Laguedoc y de la Provenza. Cuyas características dan vinos ligeros, y con poca intensidad colorante, con buena acidez (según describen internet). Especial Picapoll 2019 de 60 € la botella. Parece que esta variedad la mezclan con todos sus vinos, incluyendo los blancos. No la probamos en la degustación que a continuación narraré, pero por alguna razón no la metí al carrito y pensé erróneamente que lo encontraría después. Había una caja con seis botellas de vino por 690 €, con una muy particular: una botella baja y panzona de un vino que en la etiqueta se puede leer «Orange Wine» quiero pensar que es del estilo de vino blanco macerado al extremo que hacen los italianos. Cuyo precio me pareció muy alto 230 €.

Pasamos a un cuarto de paredes circulares no muy grande, que utilizaban en la Edad Media para vinificar. Hasta que llegó la hora de probar algunas cositas de la bodega en otro salón más ad hoc y que a mis espaldas se encontraba una colección de barricas donde reposan algunos vinos exclusivos para el consumo de los dueños de la bodega. Empezamos con un blanco cuya etiqueta no indica nada, pero que en la contraetiqueta aparece: Les Barraques garnacha blanca y picapoll negre 2022. Un vino orgánico con 13 grados de alcohol. Amarillo pálido, manzana verde de acidez baja y un poco diluido. El segundo fue un tinto Bernat 2019 también de vitivinicultores ecológicos, marca muy claro en la etiqueta. A diferencia del otro ésta sí cuenta con bastante información. Huele a refresco de cola, zarzamora. En boca es muy redondo, buen tanino, acidez y alcohol, recuerdos de pastel de fruta. Para comprar una botellita. Por último probamos un tinto Ròmia 2019 cuya contraetiqueta trae una curiosa tabla del clima de la añada: «Climograma de L´anyada» que vendría a ser el tiempo que hizo, para ser más correctos. El primer golpe es madera, después barro, hollejos y fruta negra, y una nota a tocino, en boca es frutal de acidez comedida. Repetible. Precio 60 €. Me explicaba Luis que se cosechan las mejores uvas de aquí y de allá, pero no tiene un pago en particular, al estilo del Cirsion, el buque insignia de Roda.

Siento mucho no haber podido compartir una buena botellita con mi amigo Paco Higón, a quien aprecio y que infortunadamente las últimas dos visitas a España no he podido ver. No recordaba, a pesar de que he hecho ese trayecto, que Valencia está tan lejos, a 350 km, unas 4 horas de Barcelona. Será para la próxima, cuando venga exclusivamente a pasear por las bodegas cercanas a Valencia.

A manera de posdata, quiero decir que la tienda de vinos cerca del hotel es una tienda pequeña, pero tan cuidada que dan ganas de estar del otro lado del mostrador. Allí he comprado varios tintos que lleve para beber en la habitación y un Embruix de Vall Llach 2021 que llevo a México, ese gran vino de Porrera que siempre me ha dejado más que satisfecho. Aquí acabo la reseña de la visita a esta bodega, que me parece de lo más interesante, me gustaría volver para la vendimia de 2024, ver los racimos y el sol en todo su esplendor pero sin los 45°C del verano pasado ¡Abur!

La primera vez que pisé tierras catalanas fue por el año de 1988. Mis recuerdos son muy vagos: contaba con algo más de veinte años. Sería ocioso pensar en hacer alguna comparación de la Ciudad Condal de aquella época y la de hoy. Lo cierto es que muchos catalanes están convencidos de que los Juegos Olímpicos de 1992 inscribieron a esta ciudad dentro del panorama turístico. Ciudad fundada por romanos, y región norteña por donde desembarcó Publio Cornelio Escipión (Ampurias) en Hispania. Por la zona de las vías férreas a las afueras de la ciudad se construyó la Villa Olímpica del Pueblo Nuevo. Es la primera vez que visito Barcelona en compañía de mi hijo, entusiasta de la arquitectura y de todo lo que tiene que ver con el arte, la historia y la buena comida.

La Barceloneta, al fondo torre del hotel W.

Por otro lado, el pabellón de Alemania en Barcelona diseñado por Ludwig Mies Van Der Rohe en 1929, icono de la arquitectura, fue desmontado como suelen hacer en dichas ferias. Pero muchos años después, en 1986, fue reconstruido para deleite de miles de visitantes que hoy en día observan boquiabiertos dibujando sentados en el piso, y otros tantos orientales haciendo fotos en cada uno de sus rincones.

Sin duda alguna Barcelona es una ciudad con muchos atractivos, como las obras de Gaudí. Arquitecto a quien veneran y rinden culto a su memoria propios y extraños, catalanes o chinos, o por qué no paquistaníes, que dicho sea abundan por todos lados en la ciudad desde que se relajaron los controles de las aduanas.

La Sagrada Familia luce majestuosa desde algunas cuadras atrás, antes de llegar a verla de frente, desde el parque aledaño, en todo su esplendor. Debo confesar que, sin menoscabo de su impresionante fachada, me ha parecido una joya en su interior. Esos «letreros» alusivos a las Sagradas Escrituras no acaban de convencerme. Pero empecemos a caminar buscando las ofertas culinarias… Desde el barrio Gótico hasta Montjuic, del parque Güell a la Barceloneta o al monumento a Colón… No es un secreto que las grandes ciudades con aires cosmopolitas acaben por asfixiarme. Sobre todo si se trata de comer un buen entrante y segundo plato de buena calidad a precios comedidos en zonas difíciles; eminentemente turísticas; son sólo bares para una tapa a mediodía con una caña bien fría copeteada de espuma, o en este caso con un cava seco hasta el tuétano (brut nature).

Primera escala

Menú del día decente por menos de 15€ es cada vez más escaso. Con los efectos de tres comidas, con pequeñas raciones plastificadas, calentadas en microondas durante el servicio abordo del avión y semi-deshidratados nos han obligado a hacer la primera escala de manera urgente. Copita de tinto en vidrio y no en vaso de plástico. Parece que no he anotado nada de él en mi libreta, he puesto más atención a la tortilla y el pan con tomate que al vino, ¿será el hambre…? Después de la escala en los pits seguimos deambulando por la calle mientras comenzaba a caer la tarde. Compramos la obligada tarjeta del teléfono para estar en todo momento conectados, y poder buscar direcciones sin molestas interrupciones. Volvió el hambre y entramos a Varela en la plaza de Molina. Nos sentamos en una mesita con vista a las luces de la ciudad, que para ese momento ya casi daban las 8:00. Un Bru de Tardor 2022 un garnacha sin madera: limpio, térreo, con ciruela madura y excelente acidez, de lo mejor del Penedés que he probado. Después y cumpliendo mi propósito de beber un cavita en cada comida. Apenas pude ver la etiqueta de reojo: Torello ideal para limpiar el paladar. Seco, con notas de pan tostado… Jamón ibérico con un plato de sardinas al lado, no me pregunten si maridó con el tinto.

Después de recorrer a pie algunos kilómetros llegamos una mañana a la Aguja de Calatrava, que es en realidad una torre de comunicaciones de la compañía Telefónica; con sus 136 m a la punta, y grafiti en su base. Ese día comimos en el Suarna, situado en una esquina. Único lugar donde tuvimos que esperar mesa, pero valió la pena. Pedimos la comida corrida por 22€: paleta de ternera bañada con un cava muy planito, de burbuja grande, seco, diluido. Al pedir una copita de tinto, me arrimaron una botella de Coto Elosegi y la dejaron en la mesa, sin pena ni gloria, sólo para pasar la grasita de la paleta. Pero hizo trasladarme a la España de algunos años atrás. La última vez que estuve por aquí fue en 2004, nada menos que hace veinte años, donde no eran raras las botellas de vino esperando a los comensales reposando sobre la mesa, dispuestas a regar la comida del día. La tomabas, o mejor dicho por estas latitudes: la descorchabas o pasabas de largo, muchos la bebían como yo. He anotado en la libreta un Sinols Negre 2022, como pueden ver no pierdo oportunidad de consumir lo que estas tierras producen, suena lógico, lo es. Imaginémonos que sólo pidiera riojas o riberas… Sinols Negre de Emporda, tiene ese olor a licorella, a fruta negra madura, amplio en boca y con ese apretón amargo al final. He dicho que he anotado en la libreta este vino, pero no he anotado el lugar donde lo probé… cosas de la edad.

El domingo hasta hace algunos años todo estaba cerrado a cal y canto, otra de las cosas que ha cambiado; han aprendido de los gringos que hay que espabilar y abrir las cortinas de los negocios. No todas, pero sí la mayoría de las tiendas del barrio Gótico están abiertas. El Corte Inglés de plaza Cataluña permanece cerrado el día del Señor. Nos metimos a L’ Escorial y pedí una copita de Segura Viudas Brut con abundante burbuja, color pajizo, bone dry, cítrica y firme. Repetible. Pasó bien la tortilla y el pan tomate; pan cristal del porosito. Parecería que nos pasamos a otro bar en poco tiempo, pero nos llevó una buena caminata bobeando por los aparadores lo que de este lado del charco no tenemos, o tenemos de manera limitada: Quesos artesanales, jamones colgados, panaderías puestas con todo esmero, bares a media luz repletos de gente en la barra, etc. Así llegamos a comer a Bar Brutale, un lugar pequeño pero muy acogedor, de mesas juntas una pegada a la otra donde parece no haber intimidad, pero que al poco de estar te acostumbras, y al final se te olvida. Parece ser que es una cadena internacional con una buena carta de bebidas y platillos. Probé un Parrellatxa 2022 vinificado con garnacha tinta, parellada y garnacha blanca, de la Conca de Barbera. Me han llamado siempre la atención los tintos con algo de uva blanca como los Côte Rôtie que se vinifican con una pizca de viogner. En el caso de Parelltxa: las blancas garnacha blanca y parellada con la garnacha tinta. Huele a caza con pelo, almizcle y un fondo térreo muy sabroso, de tanino mullido y excelente acidez. Bajó bien la paletilla con terrina y cuatro quesos.

Al otro día se nos ocurrió hacer una parada en la cafetería Picasso, en contraesquina de la Sagrada Familia. Mala idea aunque ya se sabe que en esos lugares a tiro de piedra de lugares santuario para turistas le sacan a uno los ojos. Cava Roger Flor Brut Nature: de burbuja fina y pero escasa, seco, cítrico; como para una cajita.

Recorrimos la calle rumbo a la Pedrera, aunque ya no recuerdo si fue el metro o autobús que nos acercó al sitio. Hicimos una escala antes para refrescar la garganta. Aunque en este caso no haya anotado, que no se trataba de la genial obra de Gaudí, sino de un restaurante del mismo nombre. Pedí una flauta de Juvé & Camps, rosé con algo de pinot noir. Color salmón, de burbuja fina y persistente, fresa, durazno pero le faltaba acidez; armazón al conjunto, aunque se bebe bien.

Ese mismo día comimos en uno de los restaurantes que están en la lista de los favoritos. Fuera del bullicio y alejado de los turistas. Casa Pepe con sus mesas con sombrilla en la calle y un recibidor con una gran barra, al lado están dispuestas dos piernas de jamón bellotero Cinco Jotas, listas para ser cortadas y llevadas en platos en forma espiral, como debe hacer un digno maestro jamonero, y en cuyo centro aparece la silueta de un cerdo pata negra una vez acabada la ración, en alusión a cómo podrán verse en un mes de estancia en España…

Quizás una advertencia de cómo podría acabar si sigo comiendo jamón.

Pedí un cava rosado que al ver la etiqueta me di cuenta que se trataba de un vino ecológico, fuera de ese detalle, que para mi no tiene la menor importancia, se trata de un cava de burbuja abundante, notas de piel de naranja, fresas, de buen ataque en boca y cítrico, no muy seco. Comí una rica ensalada de burratina (queso parecido al mozzarella) con tomates y lechugas bañados con vinagre balsámico y aceite extra virgen. Después una exquisita merluza, y a mí como eso del maridaje no me preocupa, al menos que sea muy explosivo, bebí un tinto Oinoz 2015. Un riojanito un poco áspero de entrada zarzamora y de buena acidez, en su conjunto repetible.

Esa textura que invita a devorar el plato para que aparezca el cerdito patanegra…

Para pedir jamón es necesario ver la pierna dispuesta en algún rincón del establecimiento, una forma de saber que tendrá ese color brillante y estará en su punto sin oxidarse y mucho menos sacada del refrigerador como hay quien acostumbra hacerlo. Dos platos, apenas para satisfacer el antojo.

Bellesguard con su torre dragón

El martes por la mañana subimos por una pendiente casi tan empinada como la ruta para llegar al parque Güell. En esta ocasión visitamos otra obra de Gaudí, abierta hace poco al público: Bellesguard o Bella Vista en castellano. La parte de arriba ha quedado inconclusa, detalles que Gaudí no hubiera permitido que quedara tan rústico, delatan el hecho. Me encantan los salones de fumar del siglo XIX, lugares acogedores que solía encargar la aristocracia a los arquitectos, para pasar largos ratos charlando. Un jardín con coníferas y piso de canto rodado, una banca semicircular cubierta con pedacería de mosaico blanco, cuya acústica sorprende: puede uno sentado, charlar de un extremo a otro sin levantar la voz.

El último día de enero descubrimos un bar que no era de cadena, como en el que acostumbrábamos a desayunar, doblando la esquina del hotel. Su cercanía hizo que fuéramos los primeros días. El contraste es palpable en la cafetería El pilar, en la calle de Balmes, nos sirvieron la mejor tortilla hasta ese momento, suave por dentro y en su punto por fuera. Dicho sea, mi primera compra fue una tapa para voltear la tortilla, elemento indispensable a la hora de cocinarla. Tortilla por la mañana que acompañada de un buen café con leche, para caminar por la calle hasta que dieran las once para meternos a un bar por un cava.

Continuará…