Vertical de Marqués de Murrieta del 2012 al 2017

Este año cumplimos 26 años de reunirnos a compartir el vino. Organizamos la tan sonada vertical que se pospuso durante tanto tiempo, por fin, llegó la fecha; una vertical de Marqués de Murrieta del año 2012 al 2017. Manteles largos y un bufé de pavo al vino blanco, hongo portobello y pasta María acompañada de una deliciosa ensalada. Todo enmarcado en un ambiente de camaradería.

Marqués de Murrieta es una bodega que se autodenomina como la primera en elaborar vino en Rioja. Título que de entrada suena un poco chocante, y si nos vamos a la Antigüedad, cuando los romanos ocupaban estos suelos, podríamos llegar a otras conclusiones.

Empezamos en orden ascendente por el 2012, se trata de un vino con 14 grados de alcohol por volumen, la verdad no se le notan, bastante integrado, y como se puede ver por su color, el tiempo a limado esos antocianos y esos taninos, dando reflejos teja, de capa baja y poca astringencia. Huele a ciruela roja en sazón, así como notas terciarias de piel de Rusia. Hay una característica que se puede sentir en todos los vinos que catamos, una acidez muy refinada, que le da armazón al conjunto.

El 2013 es color rubí de capa baja, brillante y fluido, con aromas intensos a zarzamora y notas balsámicas. Un vino redondo y elegante de tanino firme a pesar de sus once añitos.

El 2014 tiene aromas a maple muy intensos, apenas se descorcha, envuelve el ambiente, de color rubí un poco más intenso que el anterior. Notas de pastel de frutas. Este vino tiene un tanino dulce, algo que llama la atención sin poder encontrar la razón, su grado de alcohol es de 14 igual que el primero.

El 2015 es muy parecido al anterior, tanto en su color como en sus aromas, la fruta se hace más presente a medida que nos acercamos a los vinos más recientes. Tiene todo para seducir, acidez, tanino y alcohol muy bien integrados.

El 2016 huele a regaliz, el más expresivo de los seis, redondo de tanino más presente.

El 2017 es el más vivaracho como era de esperarse. Me gustaría tener tener el paladar y el olfato de mr. Michael Broadbent o el de Hugh Johnson, que desmenuzan a fondo los vinos, sobre todo en estas ocasiones en las que se puede degustar una vertical, pero mis alcances son muy limitados. Puedo decir que todos los vinos tienen el sello de la casa; han resultado muy elegantes y de una acidez exquisita. No se puede ver con los mismos ojos a esta bodega después de esta vertical.

Para brindar se descorcharon dos botellas de champagne de la misma casa: Conard -Duchéne 2012 de botella panzona, y una 2014 más estilizada. La primera, ya tiene indicios de cansancio, la burbuja grande y no muy persistente. Aromas a manzana asada de color amarillo dorado y falto de acidez. La 2012 más fresca con recuerdos cítricos y de burbuja más fina, acidez y notas de gis.

Bastante más fresca que la primera.

No acabo de entender ese reflejo azul

Izadi 2019. Para ser un reserva me parece un precio muy comedido, ronda los 400 pesos, unos 20 dólares americanos. De bonito color picota, algo velado. Huele a fruta negra sobre-madurada, algo de mermelada de ciruela. Astringencia moderada, buena acidez y final largo. Repetible.

Izadi es una bodega riojana relativamente joven, es decir no tiene la tradición de muchas otras que ya cuentan con algunos añitos más. Nació en 1987. Por cierto tienen en su repertorio un blanco de garnacha blanca, Izadi Larrosa Blanca que por desgracia no he visto en los anaqueles de estas partes del globo.

No sé si mi escasa sensibilidad haya tomado el camino de las sensaciones ácidas, el caso es que me he encontrado con muchos vinos últimamente con una alta acidez, pero fuera de una queja, me han gustado mucho los hace muy vivarachos, con una estructura que me hace salivar y se disfruten mucho con la comida. Es el caso de este italiano vinificado con sangiovese y cabernet sauvignon. Col di Sasso 2019. Se trata de un vino con matices térreos en nariz, y de una acidez exquisita que se amalgama muy bien a un tanino firme, en conjunto un vino muy sabroso de trago largo. Para media caja.

Mission De Cenac 2021. Un malbec del mismo lugar donde provino la variedad malbec, se ha desarrollado de tal forma que es la uva insignia de Argentina, y a veces podemos olvidarnos de que viene originalmente de Francia. En un recorrido por el pasillo de vinos franceses lo escogí. Capa alta, brillante con aromas a fruta negra, hollejos y notas de romero. En boca es astringente, es evidente la arista de astringencia que destaca en el conjunto, de buena acidez y con el tiempo y un poco de paciencia va limando sus asperezas. Tuve la ocurrencia de probar una sopa de mariscos, y es que sin buscar el maridaje se ha vuelto algo explosiva la combinación, sumado al caldo picoso ha sido un desastre: el anti-maridaje. Se antojaría con un queso no muy curado.

Con motivo de la venta de productos alemanes en una cadena de tiendas de autoservicio, que me imagino tiene que ver con el festival de Oktoberfest, escogí un riesling, de esos vinos que resulta difícil adivinar cual es el nombre, me imagino que es 1141 de la región de Rheingau y cuya bodega es Baron Knyphausen añada 2022. Esa águila estilizada pertenece a la clasificación V.D.P. ( asociación alemana de explotaciones vinícolas con calificación) éste en particular pertenece a la clasificación de vinos secos, que está en la base de la pirámide. Dejándo a un lado la cuestión técnica, se trata de un hermoso riesling que a pesar de su juventud ya despliega esos aromas a petróleo, propios de la riesling entrada en años, algo que me sorpendio. Es un vino que podría comprar una caja para ser testigo de su evolución. Color pajizo brillante, y en boca muy cítrico, con recuerdos de toronja blanca y una nota de piña verde al final, excelente acidez y estructura.

He estado en la pizzería de un amigo, y él amablemente me dio esta botella a probar. Se trata de un Barolo etiquetado con la marca Kirkland añada 2020. Una botella sin pedigrí si tomamos en cuenta que dentro de los barolo hay categorías que llegan hasta los que marcan el viñedo en la etiqueta, como ejemplo, uno de mis preferidos: Brovia. Ayer por la tarde lo descorché, no tengo mucha familiaridad con los barolo, así que mi opinión está limitada en el aspecto de la tipicidad de la nebbiolo en esta región. Puedo decir que es un vino muy agradable. Granate capa media, nariz limpia y expresiva a ciruela roja en sazón, hollejos, zarzamora. En boca es frutal, acidez y tanino exquisitos, dando mucha frescura, es largo y redondo. Un vino resultón, se antoja con un manchego semi-curado. Para comprar media caja. Gracias por tus atenciones.

Me he atrasado un mes, pero como ya casi nadie pasa por aquí, lo más seguro es que nadie se había enterado. No quiero dejar en el tintero la cata de septiembre…

La 265

Empezamos con dos blancos de precio bajo, no llegan a seis dólares.

Isla Negra 2022. Recuerdo cuando un buen amigo quiso importar vinos de la filial de Concha y Toro, entre ellos venía esta marca. Amarillo pajizo, brillante y fluido. Nariz con aromas a piña madura y cera de abejas. En boca es de acidez alta, cítrico en boca con un cosquilleo al entrar. Recuerdos de toronja roja.

Casillero del Diablo Be Light 2023. Me recuerda a las pastillas Seltzer que cuando se mordían eran efervescentes. Corto en aromas, en boca ligero. Como se puede apreciar desde el nombre nos podemos dar idea de que no tiene mucho alcohol (8.5 grados). Inmemorable con causa.

Pinacate 2020. Este vino viene de Sonora, una región desconocida en la actividad vitivinícola, por lo menos para mi. Huele a caja de puros y vainilla, con algunos recuerdos a fruta negra de fondo. Va de menos a más, final astringente. Acidez baja. Al último da unas bonitas notas de regaliz.

Cata 266
Cata 265

Tablas 2022. Una mezcla de tempranillo, grenache y petit syrah, del Valle de Guadalupe. El primer golpe es de azufre, fósforo, después de unos minutos se va limpiando para dar algo de fruta roja. Cuerpo medio y de final amargo. Inmemorable con causa.

El último fue un Colección Privada 2022 de la bodega Navarro Correas. Se trata de una mezcla de malbec, cabernet sauvignon y merlot. Huele a hollejos y fruta negra, en boca buena acidez y tanino domado, recuerdos a mermelada de zarzamora. Repetible.

La 266

Tres Medallas 2023. Savignon blanc de color amarillo pálido, fluido y brillante. Huele a manzana verde, en boca tiene buena acidez, cítrica: limón.

Santa Helena 2023. Un 100% chardonnay con manzana verde y notas de pera. Entra muy planito y tiene un final corto, acidez baja le falta nervio. Inmemorable con causa.

Viña Coronado 2021. De San Luis Potosí. Huele a toffe, notas de vainilla, hollejos y ciruela negra. Un vino redondo con recuerdos a fruta negra. Repetible.

Scielo 2021. 100% merlot. Este cuarto vino, tiene madera usada muy pronunciada; a baúl, y jarabe para la tos, final astringente y amargo.

Trapiche 2022. Diluido, sin fuerza, huele a ciruela roja. De acidez alta, va de menos a más. Recuerdos de agua de Jamaica. Un pinot noir mal logrado, habría que darle otra oportunidad.

Vista contrastante del risco y la mar, en Miraflores

Perú a pesar de no estar identificado como un país productor de vino a gran escala, es el primero en Sudamérica en haber tenido una vitivinicultura sistemática. Su baja producción y la nula promoción de sus vinos en particular, y la del vino en general, hacen que su consumo sea modesto. El pisco es la bebida nacional que se puede pedir hasta en las boticas, como llaman allí las farmacias, mismo término que usaban por estas latitudes antaño.

Francisco Pizarro, conquistador de estas tierras mandó plantar el primer viñedo en 1547. Perú cuenta con alrededor de 40,000 hectáreas con una producción de 127,000 hectolitros (2002) y sólo para contrastar, porque de otra manera no queda claro, México tiene una producción un millón de hectolitros ambos datos recogidos en The Oxford Companion of Wine. También mencionan que la vitivinicultura en Argentina se propagó desde Perú gracias a Nuñez de Prado en 1550. En 1888 el ataque de la filoxera hizo que se detuviera su desarrollo. La mayoría de sus viñedos se encuentra en la costa central alrededor de Pisco. Las variedades son: albillo, alicante, bouschet, barbera, cabernet sauvignon, grenache, malbec, moscatel, sauvignon blanc y torrontés, así como la uva de mesa negra corriente, importada de las Islas Canarias en el siglo XVII. Probablemente idéntica a la uva misión , quebranta y una variedad llamada borgoña que es en realidad isabella.

Así como he mencionado que el consumo de vino es modesto, no pudiendo probar por copeo algún blanquito de la región, debo reconocer que su gastronomía es rica y variada. Los mariscos son abundantes; el mundialmente conocido ceviche es exquisito en cualquiera de sus variantes. Mi esposa no dejó pasar un solo día sin pedirlo en la comida como entrada. Al cuy peruano, ese roedor de mediana talla, no pude hincarle el diente, no recuerdo haberlo visto en la carta de ningún restaurante. Después me aclaró una amable mesera, confirmado más tarde por un taxista, que el cuy no es muy común en Lima; es más bien un plato de provincia preparado de distintas formas dependiendo de la región. Será un buen pretexto para volver, así como la visita pendiente a Cuzco y a Pisco.

De camino al hotel, aprendimos la primera palabra local. Se había cubierto el parabrisas de una fina capa de gotitas de agua, a lo que el chofer nos dijo que era la garúa, la fina llovizna que por Lima es lo común, los chaparrones de mi ciudad no se dan por estas latitudes.

Hospedados en el distrito de San Isidro, teníamos muy cerca Miraflores, quizás el distrito más rico de Lima. Me pareció por momentos recorrer algunas calles de Polanco, rodeada de edificios cuya altura promedia los cincuenta metros, unos quince pisos.

Después de un reparador descanso de tres horas, un reconfortante baño, un café caliente y un desayuno sustancioso, el panorama cambia radicalmente. Huevos revueltos poco hechos al estilo gringo, lomo saltado y donde no podía faltar la papa, originaria de estas latitudes. Nuestra primera visita fue el centro, en el casco antiguo donde se ubica la catedral y la plaza de armas. Entramos al «museo» que les ha dado por llamarlo así, aunque se trata de capillas ubicadas en las naves laterales con alguna excavación arqueológica y poco más. Allí pudimos ver la tumba de Francisco Pizarro, conquistador de Lima.

A la salida y previendo que cenaríamos más tarde, nos sentamos en una mesa en El Museo Del Pisco a un lado de la catedral para comer algo ligero. Decididos con el ceviche pedimos un par, para nuestra desgracia se había acabado, así que optamos por una tortilla, pero aquí como en España, es de huevo y no muy hecha por dentro. Debo reconocer que no estaba nada mal, justo para aguantar los embates de las tripas hasta llegar a la cena. Por la noche llegué con mi esposa a celebrar un gran acontecimiento, escogimos o más bien nos recomendaron el restaurante Panchita. Un lugar acogedor con un servicio esmerado y excelente cocina. Allí probamos la causa de langostinos, un tipo suflé con capa de papá tan finamente preparado que alcanza la consistencia del huevo, pero que al ser frío no fue de nuestro total agrado. No faltó el ceviche criollo y limeño, uno más picante que el otro, sin llegar a los extremos. Había pedido una copita de blanco de la región, y la respuesta fue que no lo tenían por copeo, así que pedí un Montes chardonnay, con algo de madera, compacto, acidez comedida y sabroso. Total de la cuenta 365 soles, unos 90 dólares americanos, que para no haber pedido postre ni botella de vino, rayó en lo caro bajo los criterios mexicanos. La gente es muy amable y está dispuesta a que el turista se lleve la mejor impresión de Lima, y así fue, de eso no tengo la menor duda.

El Mercado, distrito de Miraflores

Al otro día visitamos Larcomar, un mall a la orilla del Pacífico y a un lado del JW Marriot . Al llegar caminando desconcierta un poco la entrada, ya que no se ve edificación alguna, más que una plancha de concreto con algunas jardineras. El mall está dispuesto debajo del nivel de la calle, y se recorre de arriba hacia abajo. Sus vistas dan a una playa rocosa poco visitada en esta época, a pesar de que empieza la primavera estaba nublado y con un poco de bruma. Después de recorrer algunas tiendas, ya conocidas en casi todo el orbe, de marcas que no importa el lugar que se visite, siempre se encuentran. Las que más llaman la atención son las que venden ropa de alpaca, baby alpaca y vicuña. Algunas prendas confeccionadas en este material me recuerdan la textura del cashmere o cachemira, así los precios también son elevados. En uno de tantos restaurantes y bares de la plaza bebí una copa de tinto anónima con una magnifica vista a la playa y una inigualable compañía.

Vieiras a la parmesana

Cuando apretó un poco el hambre nos dirigimos al norte, a un lugar que ya nos habían recomendado desde México: Pescados Capitales. Tomamos un taxi que nos dejó en la puerta. El lugar es amplio, con un contraste de luz y sombra que hace difícil ver los rostros al estar sentados en la frontera de la terraza y el interior a contraluz. Al no tener medias botellas, sumado a que mi mujer no estaba dispuesta a beber, tuve que conformarme con pedir el vino por copeo, el problema es que no había vino local más que por botella. Es un error no tratar de promover sus vinos, eso sí, en todos lados encontraran coctelería con pisco. Abrí boca con un sauvignon blanc español, perdón por no ser específico pero no me ocupé de anotar muchos detalles en este viaje. Un vino resultón que con unas vieiras a la parmesano maridó de maravilla. El segundo plato, o fondo, como le llaman por estas latitudes, fue un pescado a la maunier que podía ser: lenguado, un chita o un cachema. Me fui a lo seguro y pedí lenguado. Muy suave de textura y con la salsa espesa y consistente, pedí una copita de verdejo, algo floral y de buena acidez. El servicio fue lento para el segundo plato, la charla hizo que pareciera menos, aunque en la mesa de al lado una señora reclamó la tardanza de manera airada gritándole al mesero por no traer los cafés y el postre. El ceviche viene acompañado de camote amarillo, y choclo; se trata de un maíz de grano grande de color blanco, el hervor le da una consistencia suave. Antes de traer las entradas, acostumbran poner cancha serrana, una porción de maíz tostado y salado con un dejo a limón, así como en España las aceitunas o en México los cacahuates. El ceviche se sirve siempre sin tomate, lo que llaman sudado, la cebolla es siempre morada y el limón es tal como lo conocemos por tierras mexicas; pequeño, verde profundo y ácido. Nos tocaron varios días feriados, pero nadie supo informarnos qué celebraban, hasta que un taxista mencionó a José San Martín, libertador de Lima, aunque parece ser que esa fiesta, la de independencia es en julio.

Dentro de un recorrido en el distrito de Miraflores, en uno de esos autobuses de dos pisos, visitamos varios parques. Empezando el recorrido por unas ruinas de la cultura Lima, se trata de Guaca Pucllana, lo único que pudimos observar desde el camión fue una pared de blocks de arcilla color café claro y gente cribando la arena a un lado del macizo.

Faro de la Marina

Recorrimos la calle de Angamos, famosa batalla naval contra Chile en el año de 1879, cuya duración fue de poca más de una hora, y resultando vencedores los chilenos. El malecón de Miraflores que mide 5 km de largo, y 3 sectores: Marina, Cisneros y Reserva, ocupa el cuarto lugar de importancia en Hispanoamérica, antes destaca el de la Habana y dos en México: el de Mazatlán y el de Puerto Vallarta. En el recorrido encontramos varios parques.

Unas hermosas canchas de tenis a la orilla del mar, afirman la afición de los limeños a este deporte, al igual que casinos muy bien puestos, dejan ver el lado de las apuestas dentro de sus aficiones.

Llegamos al Mercado a comer pasadas las dos de la tarde. Instalados en una mesa impuesta por el mesero, ya que no pudimos sentarnos en una mesa para cuatro. Pedimos, mi esposa un ceviche y yo unas vieiras mixtas: una venía a la parmesana, una a la griega y otra estilo reyana. No sé por qué se me ocurrió, pero pedí una copa de garnacha tinta traída de Cataluña, seguida de un cava. El lugar muy ajetreado, con un ambiente informal. De segundo un pescado cabrío fileteado, con abundantes espinas, tuve que comer despacio y sacando aguijones de todas partes, nada que destacar, buena cocción, sabor sin enamorar.

El viernes, nuestro último día completo, después de una caminata por la avenida José Larco y hacer unas compras de último momento, nos dirigimos a Larcomar, para más tarde caminar rumbo al este, al restaurante Alfresco. Nos sentaron en un rincón maloliente y nos dejaron ahí más de diez minutos sin preguntarnos si queríamos algo de beber, acto seguido, nos levantamos de la mesa al unísono y salimos a tomar un taxi para dirigirnos a Pescados Capitales. Repetimos lugar, aunque cuando llegamos estaba abarrotado de gente en lista de espera, sumado a que queríamos una mesa adentro, y no en la terraza, nos debimos de armar de una buena dosis de paciencia. Algo que con frecuencia me sucede, es que la primera impresión de un lugar me deja mejor sabor de boca que las visitas sucesivas, y este fue el caso. Mi mujer pidió su acostumbrado ceviche, yo una plancha anconera, llevaba calamares, pescado, un par de vieiras a la griega, una en cada costado de la plancha y una cama de patatas. Debo decir que los calamares tenían buena cocción pero estaban escandalosamente salados, las vieiras suaves y jugosas y el pescado nada por qué suspirar. Había pedido una botella de blanco, local, un savignon blanc que nunca llegó, después de una espera de más de 15 minutos se presentó el mesero a ofrecerme otra botella: un moscatel que rechacé. De segundo pedí un pulpo al olivo que devoré.

Preparando pisco sour

Llegamos al hotel a reposar un par de horas y bajar al bar para una clase de pisco sour. Muy fácil de preparar, con buenos resultados: una porción de jarabe de limón, otra de clara de huevo, unas gotas de amargo de angostura y 3 porciones de pisco, este debe ser de uva quebranta, sugerido por la amable y risueña Gabriela, que nos hizo pasar una tarde muy agradable. Todo revuelto en cocteleras, y agregando unas gotas de angostura para quitarle el olor a huevo y un poco de hielo para volver a revolver durante un minuto, quitar los cubos de hielo y servir en copa.

A tragos cortos disfrutamos de los últimos rayos de sol de la tarde, donde la noche caía en las calles de una ciudad llena de movimiento y de gente amable. Por último y para no quedarme con las ganas de probar un vino peruano, pedí que Gabriela me sirviera una copita de malbec. Se trata de una marca muy conocida en Lima, Intipalka malbec 2023 del valle del Sol. Un varietal malbec 100%. Es la primera vez que leo en la contra-etiqueta «malbec , metabisulfito de potasio (SIN 224)». Con 13,0 % de alcohol. Valle Sol «Tierra privilegiada al pie de los Andes, a 500 msnm y más de 60 km de costa». El primer golpe es de bret, se limpia un poco en la copa después de unos minutos, dando fruta negra y hollejos. Es ligero en boca, de final amargo y acidez moderada. Primer vino que pruebo de estas latitudes, sin duda me faltó más de ese espíritu explorador vínico, que por lo regular me aflora, pero que en esta ocasión estaba un poco desconectado.

P.D. Por cierto, siempre me había preguntado, más no investigado hasta este viaje, por qué la fundaron con el nombre de Lima ¿Quizás porque se produce mucho ese cítrico…? No. Hay un río que atraviesa la ciudad que se llama Rímac, nace en las alturas del Ticlio (vertiente occidental de la cordillera de los Andes) y desemboca en el Pacífico. Los españoles fueron cambiando la palabra para que finalmente quedara castellanizada como Lima. Hasta donde he podido investigar.

Dos blancos franceses y tres chilenos

Estaba prevista la vertical de Marqués de Murrieta para esta cata, infortunadamente quien tuvo la brillante iniciativa, y se encargó de comprar los vinos, tuvo su primer ataque de gota. Así que hemos pospuesto la vertical para septiembre. Recuerdo aquel primer ataque que me dio de viaje, como un acontecimiento que quisiera olvidar, aunque debo reconocer que no me ha ido nada mal, 6 o 7 ataques en 10 años no es gran cosa, además, en los últimos dos años no he tenido uno solo.

Así que saqué los vinos que tenía reservados para septiembre. Se trató de una selección bastante ecléctica: dos franceses de medio pelo y tres chilenos, dos de ellos de una bodega de reconocida calidad. Los dos primeros, franchutes y de etiquetas retro, resultaron muy agradables.

La Belle Angele 2022 vinificado con savignon blanc y su mesurado alcohol de 12,5 grados. Un vino que sorprende en aromas intensos, esos vinos que al descorchar parecería que se destapa un perfume. El primer golpe es a cajeta, cera de abejas, al girar la copa huele a pera, flores y una nota de manzana verde. En boca va de más a menos, buena entrada y final corto, acidez moderada y mineral. Repetible.

La Belle Angele 2022, este segundo blanco está vinificado con chardonnay 100% y sigue con sus alcoholes moderados de 12,5%. Huele a canela y al dar vuelta a la copa: piña y notas de limón. En boca es de mediana intensidad. Me ha gustado más el primero.

El primer tinto es un Stefanya 2021 de la bodega Viña Requingua, Colchagua, Chile. Vinificado con carmenere y merlot. Color picota de capa alta. Huele a regaliz y algún aroma punzante a hollejos en plena fermentación, así como notas de tamarindo. En boca se nota la madera, desenfocado. A pesar de todo me parece que con un poco de aire puede redondearse y disfrutarse, como lo hice al final.

Medalla Real 2022, un cabernet sauvignon que huele a chocolate, humo y al girar la copa arándanos. En boca está bastante aburrido; así como entra se va.

Medalla Real Gran Reserva 2018. Un vino mucho más hecho que el anterior, sin aristas. Se trata de otro cabernet, que huele a tocino, fruta negra y que en boca tiene un tanino mullido y buena acidez, se antoja con un queso semicurado. Para un par de botellas.

Obra Prima 2020. Un vino 100% cabernet sauvignon de Luján de Cuyo en Mendoza, con doce meses en barrica de roble francés y americano. Huele a tierra mojada, bosque bajo, mina de lápiz y pimiento. Tipicidad en nariz y bastante áspero en boca, con buena acidez y de final amargo, algo desenfocado. Para sólo repetir.

El Rully El blanquito borgoñés que prometí comentar, me ha decepcionado, he tenido expectativas más altas del resultado obtenido en la copa, suele suceder. Un vino diluido, sin nervio, y sin foto, se me ha olvidado hacer una foto, creo que es uno de los inmemorables con causa.

En mi acostumbrado periplo vínico descorché un Finca Resalso 2022. Es uno de esos vinos que atraen por su precio y por alguna otra razón inexplicable. Pues este riberita vinificado con tempranillo, pero que en honor a la costumbre debería de decir tinta del país, si es que estamos hablando de Ribera del Duero, fuera divagaciones inútiles, puedo decir que es un vino diferente, de esos que enamoran: con mucho brío, color picota, ribete cardenalicio. Huele a guindas, ciruela negra además de una notita, al principio, de yogurt. En boca tiene una acidez extraordinaria, se nota la juventud, el tanino está muy presente y tiene buena fruta negra; de primera calidad, sin señales de sobre maduración, como ya es norma en muchos vinos con años donde aprieta el calor. De final amargo. En conjunto se trata de un vino vivaracho, joven y cautivador. Me llevo dos botellas más a casa.

Fuentespina Roble 2022, Un ribera con 14 grados de alcohol bien integrados. Una nariz limpia que huele a lácteos, zarzamora y romero, en boca es redondo, con una acidez y tanino destacable, todo en armonía. Para comprar un par de botellitas. Sin proponérmelo me he topado últimamente con varios riberas interesantes y a buen precio.

Pronto disfrutaré de la vertical de Marqués de Murrieta, ya está todo preparado para el próximo viernes. Espero que mis expectativas esta vez sí se cumplan.

Dos gallegos y tres riojanos

No recuerdo haber tenido tan poco cuórum, pero bajo la circunstancia de que Tino, nuestro ayudante de lavado de copas y otros menesteres, no asistió; no extrañé a nadie de los ausentes ya que me correspondía junto a mi hijo lavar y recoger todos los desperfectos. Dicho esto dio inicio a la ducentésima sexagésima tercer cata. Dos blancos gallegos y tres tintos riojanos. Dimos comienzo con un albariño.

Segrei 2021 Albariño 12.5% de alcohol y con un precio algo elevado de 450 pesos, unos 25 dólares americanos. De un bonito color amarillo dorado, fluido y brillante. Nariz intensa que bastó servir en la copa para que desplegara sus aromas a distancia: níspero, manzana asada, piña cristalizada. En boca tiene buen ataque; cítrico (limón), y con un fondo mineral muy sabroso. Para comprar media caja.

Alba de Vetus 2022 un albariño de Rías Bajas, trae impreso en la etiqueta un pez raro, parecido al pez ballesta. Este vino tiene color pajizo brillante, cera de abeja, notas de canela, pera y piña. En boca es mineral, con un apretón cítrico al final. Para media caja.

Heraclio Alfaro 2018. Primer tinto, vinificado con tempranillo. De capa baja, color carmín brillante y fluido. Huele a regaliz, especiado; pimienta negra, clavo y madera nueva, acidez alta y tanino rugoso. Repetible.

Marqués de Griñón 2018. Es grato encontrar un vino tan bien amalgamado, creo que en esta ocasión no aburriré a nadie con la lista del supermercado, en vez de eso diré que se trata de un vino redondo y seductor, guante de seda con un tanino maduro y una acidez cautivadora, en conjunto está para comprar una caja. Por 25 verdes vale mucho la pena, mañana mismo voy por un par de botellas.

Ederra 2016. De la ya conocida casa: Bodegas Bilbaínas, 12 meses en barrica sin más detalles, y 24 en vidrio, que nos recuerda lo hechos que salen de la bodega algunos riojanos reserva. Otro vino muy redondo, pero yo diría que sin cautivar como lo hizo el anterior. Fruta negra de buena calidad y notas de lavanda. En boca muy redondo con un tanino bastante presente. Repetible.

La próxima cata oficial será una vertical de Marqués de Murrieta, así que ya está todo listo, ya contaré cómo resultó.

Un rosado de otra categoría superior a los jugos de fresa

Hace unos días comí con un gran amigo que conozco desde hace varias décadas y que últimamente se ha dedicado a explorar y a traer cosas raras a la mesa, me refiero a botellas escasas o que no se encuentran tan fácil. Comimos en un restaurante de inspiración española, aunque añoro aquellos restaurantes de antaño donde traían la fuente desde la cocina hasta la mesa para saborear un buen cocido humeante o una exquisita sopa, y que desde lejos se podía empezar a disfrutar oliendo los vapores que emanaban. Abundancia y gran sazón que no ofrecen los chefs de hoy con estrellitas, sino un buen cocinero con amor y pasión a su trabajo sin preocuparse de las guías y de tantas historias.

Yo llevé un rosado de López Heredia añada 1995, esos que pasan 5 años en barrica, con la maestría de la casa para poner la madera usada y que a ojos cerrados en boca parecen tintos. Por desgracia estoy comprobando que ya no está en su plenitud; esta bajando la colina inexorablemente. Está bebible pero sin la acidez ni la complejidad de hace un par de años. Él llevó un tinto de bodegas Domecq que carece de etiqueta, sacado de un rincón de la bodega y pomposamente cacareado como añada 1982. Me pareció muy extraño que tuviera una capa alta y que no hubiera rastros de sedimento, en nariz está muy vivo, con fruta negra y especias como la pimienta negra y el tomillo. Un buen ejemplar de no más de 8 años, diría yo. Además el corcho, que debieron reencorchar, es de viruta y en excelente estado, ni siquiera a traspasado el borde del corcho. Debo reconocer una buena hechura, un vino firme y cautivador, sin duda, pero que difícilmente podría pensarse en 42 años de vida, ni siquiera a 12°C y 70% de humedad en un remoto calabozo de la bodega.

Roda, una bodega que podríamos catalogar como ejemplo de modernidad, vecina de otra bodega calificada de las más clásicas, R. López de Heredia. Contrastes de dos productores diametralmente diferentes, pero ambos con excelentes productos para mercados distintos. Escogí del anaquel una botellita de Sela 2021. La gama baja de esta bodega, y que posiblemente he probado, pero que hoy me ha sorprendido gratamente por estar a la altura de vinos cuyo precio puede llegar al doble. Tiene un bonito color picota, brillante y fluido. Nariz limpia a regaliz, lavanda y fruta roja en sazón. En boca tiene buena entrada, tanino rugoso, excelente acidez, y final largo. Como para comprar una caja y comprobar en el tiempo su evolución. Yo lo decantaría media hora antes del servicio. Su precio ronda aquí los 40 dólares. Me llama la atención que en la página de la bodega mencionen en las notas de cata: (…) «La madera es casi imperceptible, la fruta se apodera del aroma en este momento» Es quizás la primera vez que veo que le dan poco protagonismo a la madera, cosa que celebro.

De salida me asomé a la mesa de las ofertas y pude ver algunas cosas muy interesantes de Francia, como por ejemplo un borgoñita blanco de una zona no muy conocida, Rully 2018 de Nicolas Potel, por 350 pesos creo que esta en un rango decente, si lo comparamos con algunos blancos de menor calidad al mismo precio.

El último vino que probé hace un par de días fue un Muga, cuya etiqueta no había visto por los anaqueles. Hace alusión al famoso barrio de la estación de Haro, donde se ubican bodegas como Roda, López Heredia, Gómez Cruzado, Muga entre otras. El Andén de la Estación 2019. Un vino de capa media, limpio con aromas a fruta negra, tomillo y algunas notas térreas, en boca firme de tanino mullido y buena acidez. Para seis botellitas. Hasta aquí lo último que ha caído presa del descorchador.

Queda en el tintero el Rully 2018, que ya he puesto a enfriar para desmenuzarlo el fin de semana.

Cata 262 brillan los blancos de nueva cuenta

Han caído ya algunas lluvias como saben caer por estas tierras: fuerte y persistente. El ambiente es húmedo, provocando que las copas se empañan con una película que no deja ver el color del vino. Empezamos con LA Cetto, un blanco al que han bautizado con el nombre de Verano añada 2021. Una etiqueta muy ad hoc con algunas impresiones de tabla de surf, estrella de mar, piña, rebanada de limón, sandalias de playa, lentes para el sol, sombrilla, etc. nos remite a un día soleado en la playa con una copita de blanco bien frío en la mano bajo una palmera colgados de una hamaca. Se trata de una mezcla de colombard y sauvignon blanc, con 12.5 grados y sin especificar la crianza. Es de color amarillo pálido y huele a piña madura y manzana verde. En boca es mineral con una acidez comedida, una sensación agradable aunque como dijo alguien en la mesa: un poco rara. Para un par de botellas.

El segundo blanco fue La Junta 2022, del Valle de Curicó en Chile, el único extranjero. Una rara combinación de viogner y savignon blanc. Para mí algo superior al anterior. Con sus seis meses de roble francés y sus 13.2% de alcohol muy bien integrado. Amarillo dorado, huele a paja mojada, heno y algo de fruta amarilla; níspero de fondo. En boca tiene buen ataque y un cosquilleo propio del CO2 aunque no se percibe en la copa, agua quina y un apretón al final amargo. Hoy voy por un par de botellas.

El tercero fue un tinto, Parábola 2021 de Vinícola El Retorno. El primer golpe son cerezas en licor y membrillo, moviendo la copa salen las notas de moras muy maduras, casi mermelada. Tanino comedido y de gusto salado, acidez baja. Mucho mejor en nariz que en boca. Nada que me mueva a una segunda compra. Inmemorable con causa.

Palabra 2020. Vinificado con 70% zinfandel, 15% tempranillo y 15% barbera. 12 meses de roble blanco. Primer golpe aromas químicos a acetona, con un poco de aire se limpia y se percibe pimienta blanca y algo de fruta roja. En boca: flor de Jamaica y notas de tamarindo, salado y picante. Un vino austero, inmemorable con causa.

Por último: Retorno 2019, con un dibujo en la etiqueta de una indicación de retorno. Misma bodega del Valle de Guadalupe. Todos percibimos notas salinas en los 3 tintos de la noche, la escasez de lluvia, como este año en el sur, provoca que la salinidad se concentre en los suelos además de los pozos de agua con los que se riega el viñedo en algunos casos. Este vino fue el mejor de los tintos. Huele a tamarino, fruta negra y notas de lavanda. En boca es redondo, buena acidez y tanino, final medio, en general bebible sin enamorar a nadie. Para probar otra botella.

Alemania sin pedigrí

Publicado: 25 junio, 2024 en Vino
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Ayer baje a la cava a desempolvar una vieja botella de riesling del 2010. Para mi sorpresa se trataba de un Monchhof sin pedigrí, es decir decía en la contraetiqueta Qualitätswein, que es la clasificación de vinos por arriba del Tafelwein. Esta última la más baja en calidad, donde es práctica común la chaptalización (adición de azúcar). Color amarillo oro, brillante, espeso y algo de burbuja fina al servir en la copa. Huele a durazno, miel, paja mojada y barro, con alguna notita de queroseno lejana. Para mi gusto, y sólo por quisquilloso, me parece que le falta más nervio, el armazón que le podría dar un poco más de acidez, quizás sea ya mucho tiempo para un Qualitätswein en esta categoría de vinos por su grado de azúcar, se permite la chaptalización, la diferencia es que es de un excelente productor. Me parece una buena opción para cuando se busca el primer acercamiento a los grandes vinos alemanes sin hipotecar la casa, yo de aquí saltaría a un Spätlese. He encargado uno a mi hija que anda de viaje, de preferencia Dr. Loosen o Joh. Jos. Prüm, y si encuentra un Auslese… mejor. La riesling en su máxima expresión, sin llegar a los Beerenauslese y demás vinitos que ya piden un riñón.

Me puse a revisar por pura curiosidad y al parecer una etiqueta pasada de Mönchhof ya estaba registrada en el blog; me remitió a esta entrada, año 2011, sin saber qué pasaría en el futuro, en aquella ocasión hago mención de que sería interesante observar su evolución: sueño cumplido. Interesante que todavía no se desarrollaban aromas de queroseno, típicos aromas de la riesling después de unos 7 añitos de vidrio. Un vino en plena juventud. Contrastar estos datos es el sueño de muchos enófilos que buscan la evolución de los vinos cuando los guardan por tanto tiempo, confieso que este vino en particular lo guardé 14 años sin realmente tener esa intención, pero ha resultado, y compruebo que mi bodega, a pesar de las variaciones que ha tenido en temperatura, no lo hace tan mal.