Sin dieta, sin ejercicio, sin pastillas, sin pócimas mágicas, pero con algunos dolores y molestias, he bajado 3 kilos el fin de semana pasado. Para mi mala suerte los recuperaré muy pronto, ya que no se trata
de grasa sino de agua. Una infección estomacal me tuvo fuera de combate estos tres últimos días. Parece mentira que el estómago en mal estado pueda tenerlo a uno en jaque tanto tiempo. Sin tener la certeza, todo parece que se originó el jueves pasado, al asistir a un restaurante italiano con unos amigos. Yo sabía de sobra que la especialidad eran las excelentes pizzas recién salidas del horno, un horno muy grande y campirano con leña. Pero tenía antojo de risotto, y pedí el único que había en la carta. Risotto con mariscos. Desde que lo pusieron frente a mis narices se me quitó el apetito, tenía más pinta de arroz con leche con parmesano que de risotto. Mis espectativas iban más bien enfocadas a algo con azafrán, chícharos, mejillones, camarones y lo que se le pudiera ocurrir en un chispazo de virtuosismo al chef.
Aquello era muy poco apetitoso, por decirlo de manera suave. Una vez que despejé con el tenedor una capa de centímetro y medio de crema y parmesano, apareció el risotto con dos pálidos camarones y un enclenque calamar partido en varios trozos. No era necesario que algún camarón estuviera echado a perder para provocarme náusea. Pero, como hay que guardar las formas, no hice ningún gesto ni comentario negativo, al ver a todos los comensales a mi alrededor disfrutando de sus respectivos platillos. Mi mala suerte o mala elección no venía a cuento.
Debido a que la charla estaba muy sabrosa y no tenía mucha hambre, no pedí que me cambiaran el plato.
Como ya es costumbre, me habían pedido que sugiriera el vino. Yo no acostumbro a que la gente se incomode pagando vinos caros, todavía más caros en un restaurante. Así que escogí uno de precio razonable, pronosticando un vino correcto que pudiera beber la gente sin que se les cortara la digestión. Mi elección; L.A. Cetto Zinfandel 2003, 6 meses de barrica y 14 gradotes de alcohol que los disimula muy bien, un vinito sin pena ni gloria, comercialito, que no pasó de lo pronosticado; algo correcto por $210.00, como 15 dólares.
Un menú corto, conciso con buena materia prima, tiempos adecuados de cocción, originalidad, con precios decentes, es lo que me apetece para salir de casa. Haciendo hincapié en el menú corto, ya que no sirve de nada un menú extenso con platillos que salen de las características que mencioné antes. Cuántas veces visitamos un restaurante buscando un solo platillo, la especialidad, luego entonces porque los chefs y encargados del asunto se complican con platillos como el risotto que comí. Excelente horno para pizzas, pues entonces enfóquense en ese platillo y no cometan el grave error de correr a la gente con bazofia.
Moraleja para los comensales: pedir la especialidad de la casa o alguna recomendación de un amigo confiable.
Que esto sirva para iniciar una etapa de desintoxicación, más que de una dieta, que buena falta me hacen las dos cosas. Como dice el dicho: «No hay mal, que por bien no venga. Ni mal que dure cien años… esto en referencia al malestar estomacal.
Las mentiras producto de la mercadotecnia son de todos muy conocidas, aunque algunas pasan sin la menor advertencia, ni crítica, están tan bien hechas que muy poca gente se da cuenta de la tomadura de pelo. Pero hay otras que rayan en lo elemental y ridículo. Pasaba por la calle cuando me encontré con el letrerito de la primera foto. Lo primero que surgió de mi cabecita fue la siguiente pregunta: ¿los franceses hacen barbacoa? quizá peque de ignorante, pero hasta el momento me es imposible relacionar la barbacoa con la cocina francesa, y si nos vamos a la tradicional barbacoa de chivo o de cabra envuelto en hojas de maguey, es todavía menos probable. Si pienso en la cocina gala me viene a la memoria la sopa de cebolla, el suflé, las crepas y uno que otro platillo delicado. Así que por muy buena que sea esa barbacoa creo que está fuera de contexto. Pero las incoherencias no sólo son externas, hay otras que salen solitas de mis adentros. Saqué un vino de la cava, algo que había comprado hace un par de semanas. Se trata de un 
decirme que había que cancelar las tarjetas de crédito de su hermana, porque acababan de asaltarla junto con mi cuñado. Una hora después habíamos terminado con nuestra apresurada y tensa tarea. Pero ya no teníamos ganas de descorchar nada. Por desgracia son historias que se repiten de manera cotidiana, y no me refiero a la cancelación de la velada. A veces me siento fuera de lugar al escribir sobre vino en un país con tantas carencias, entre otras las de seguridad pública, tarea primordial del Estado. Pero como no escribiré de cosas tristes, volteo y miro el gran placer que me llena poder beber, disfrutar y escribir. Así que después de este penoso preámbulo, triste porque vivo aquí, y porque no veo que mejore a corto plazo, repiro profundo y sigo adelante.
Recuerdo con cierta nostalgia aquella etiqueta anaranjada de cabernet franc Monte Xanic, para quienes lo conocieron, lo bebieron y lo disfrutaron sabrán de que estoy hablando. Un vino rústico, con aromas y sabores térreos que ganaba con unos grados de temperatura más abajo de lo «normal». Yo lo metía media hora antes de servirlo, en el refrigerador. Creo que éste ha sido mi encuentro más placentero con la cabernet franc. Lástima que haya desaparecido del mercado y que desde hace algunos años
agradeciemiento es doble. La cita en: Presidente Mazaryk, una de las avenidas más cosmopilitas de la ciudad, número 111, quinto piso, sede de una empresa que distribuye vino, 19:00 horas. Se me había invitado a la cita que sería alrededor de las ocho de la noche, por lo que llegué tarde a la presentación, raro en mi persona aunque habrá más gente que crea en la impuntualidad mexicana. Para colmo la ciudad de México a esa hora y muchas otras es un verdadero caos. Inmediatamente me puse al tanto con los dos primeros vinos que ya habían servido. Como dije antes no tenía idea de qué bodegas se trataba hasta llegar al salón. Una de ellas de Toro; Dominio del Bendito cuyos vinos me sorprendieron gratamente. Y la segunda; Bodegas Mauro, una vieja conocida. El primero;Dominio del Bendito Roble 2007, nariz potente con mucha fruta negra en sazón y notas de lavanda. Aunque en boca se muestra un poco «caliente» entiéndase no por temperatura sino por alcohol, mantiene cierta armonia, después de todo es un Toro. Su nariz evoluciona a café tostado, pasado el tiempo. De la misma bodega y denominación de origen, Dominio del Bendito Crianza 2004, al principio se muestra bastante calladito para después dejar ver alguna nota láctea, ceniza de puro, chocolate amargo y jamón ahumado, bastante complejo de aromas, algo que no esperaba. En boca es jugoso y de tanino firme pero amable, muy sabroso. No había pasado mucho, cuando llegó Leti. Como en una cita a ciegas… me preguntó: ¿Benjamín?. Tal como me la imaginaba, una mujer con mucha energía, que además de ser su negocio es una amante del vino, cruzamos algunas palabras mientras escuchábamos a Antony Terryn, enólogo de Dominio del Bendito, en cuya intervención me hizo gracia cuando mencionó lo del calentamiento global… «no cuidamos el planeta, sino cuidamos nuestro culo» y es que finalmente la consecuencia directa de que al planeta se lo cargue la contaminación, es precisamente que nosotros desaparezcamos con él.
ofreció; La Chispa Negra añada 2006, curioso nombre para un vino de postre. Se trata de la vinificación de uvas pasa; tinta del país, mejor conocida en Rioja como tempranillo. «criado en barricas francesas de 2 y 3 vinos hasta que ha sido embotellado en junio de 2008». Un vino de caracter térreo, con notas de higo y de excelente acidez. Leti me regaló una botella, que a estas horas ya reposa en mi bodega. Como muchos otros vinos de postre, viene en formato de medio litro. A raíz de este vino me surgió una pregunta que le hice al propio enólogo, Antony. ¿Hay vinos botrizados de uvas tintas?. Al principio contestó que la uva tinta es más susceptible a la podredumbre gris, y que no conocia ningún vino con estas características, pero después con una sonrisa, me dijo que le gustaba que le hicieran preguntas que no pudiera contestar, y le parecía muy interesante. Así quedó en el aire la respuesta definitiva. Mi mala costumbre de visitar los sanitarios, entiéndase servicios, hizo que me perdiera del jabugo… en menos de tres minutos remataron con todo, así que tuve que conformarme con los quesos.
atractivo, el paladar del mexicano está acostumbrado a las bebidas dulces para acompañar la comida, aguas de fruta endulzadas con azúcar en el mejor de los casos, hasta los famosos refrescos. Por cierto que ostentamos el
Se acerca la fecha del bicentenario de la independencia de México, año de festejos, aunque los más aguafiestas dicen que no hay nada que festejar. Por una parte tienen una pequeña dosis de razón, pero también pienso que hoy más que nunca vale la pena promover este tipo de acontecimientos ya que la 

cuando abro el periódico la cosa pasa de rojo carmín a negro azabache; todo está de cabeza en este país. Por si fuera poco en yahoo, la primera noticia que me encuentro es que
Dummies», de esa famosísima serie, tan popular hace años. Me lo pidió prestado y no pude negarme. Jamás lo volví a ver… resultó eso de «dummie». Decía el abuelo: «Es tonto quien presta un libro, pero más tonto quien lo devuelve». En aquel tiempo me pareció muy útil y divertido, sirvió para empezar con este rollo del vino, yo apenas había leído un par de libros no muy especializados. Quería recuperarlo sólo por razones sentimentales. Husmeando por los pasillos de Costco, me metí a la «isla» de los libros y revistas. Comencé a hurgar en una gran pila «para dummies»: Mozart para Dummies, Cocina para Dummies, Yoga para Dummies… cuál sería mi sorpresa que en el fondo se encontraba el de vinos. Decidí comprarlo para después cobrárselo a mi amigo, no es que sea muy caro, pero creo es lo justo.
que veo con estas características, así que no lo quería dejar pasar. De entrada amplia con una arista alcohólica, que después se atenúa con algo de fruta roja madura. Sin pena ni gloria, de traguito largo.
