Corchos Cata 131

En nuestras reuniones de cata nunca había faltado Pedro, joven entusiasta que se encarga de multitud de cosas, todas ellas enfocadas a que podamos disfrutar de la cata sin preocuparnos por poner la mesa, recoger las copas, lavarlas etc. etc. El viernes pasado faltó. Si sus intenciones eran que valoráramos su trabajo, lo ha logrado con mención honorífica y medallitas. Por favor Pedro, si lees estos renglones, ya no faltes o avisa un día antes. Te lo suplicamos.

Superado ese contratiempo, Paco dirigió la Cata que había preparado desde hacía un mes. Merlot de California. No pude dejar de pensar en aquel libro del Dr. Vino, el señor Tyler Colman, titulado Wine Politics  un libro que escribió originalmente para su tesis doctoral, sino mal recuerdo, y que de alguna manera publicó y se ha convertido en un éxito. Se trata de una radiografía de los hilos que mueven el comercio del vino en Norteamérica, principalmente, aportando datos muy interesantes sobre el estado de California en EE.UU. datos muy vigentes y que cambian la concepción del comercio del vino.

De los seis vinos merlot, nombres como: Woodbridge de Mondavi, Kendall-Jackson, Sutter Home, Kenwood y Geyser Peak. El primero fue el que más gustó. Un vino frutal, concentrado y amplio en boca. Hubo de todo, algunas lijas que al final raspaban la lengua, otros venían con un buen aporte de alcohol sin integrar, aunque todos se movieron en un margen decente. Veo en el grupo de cata una benevolente mano amiga a la hora de criticar los vinos, pero sobre todo a la hora de calificarlos. Situación esta última que cada vez me deja menos conforme, hoy en día pienso que dos párrafos dicen mucho más que una calificación además de ser menos fríos que los números. A principios del año pasado adoptamos el sistema de calificación por letras A+ rozando la perfección, cuando los ángeles bajan y nos cantan al oído, A un vino para comprar una caja, B un vino agradable y correcto, C con algún defecto, bebible… lo demás no lo calificamos por tener algún defecto. Confieso que este método impuesto por un servidor y que sustituyó las calificaciones numéricas en un rango de 1 a 20, no ha dejado a nadie satisfecho, aunque yo insisto en que deberíamos de desechar las calificaciones y que cada quien escriba lo que siente por el vino.

Por último, hablé con Jorge por teléfono, un querido amigo y miembro del grupo que apenas unas horas antes disfrutara con nosotros de esta cata, y que al día siguiente se enterara del temblor que azotaría a su país, Chile. Afortunadamente su familia está bien. Un abrazo desde aquí a ti y tu familia, espero que esta tragedia no sea de las proporciones que se esperaban de un temblor de 8,8 grados y que puedan superar este trago amargo los chilenos y toda la gente que vive en ese hermoso país.

Tutton´s en Covent Garden

Hacía dos décadas que no visitaba Londres. Ese aire medieval de sus callejones, sus melancólicas vistas al Támesis y la elegancia de sus puentes y su parlamento, junto con su torre, el famoso Big Ben, la hacen de mis ciudades favoritas. El Ojo de Londres es una nueva atracción, por lo menos para mí, ya que se abrió al público nueve años después de mi última visita. Por esta ocasión no he podido subir, no ha sido la acrofobia lo que lo ha impedido, sino la mala costumbre de ir posponiendo las visitas hasta que es demasiado tarde. Londres goza de una vasta reputación en las artes, el conocimiento, la historia, tierra de anticuarios y de piratas convertidos en Sir, con un comercio intenso de vino que se remonta a varios siglos atrás. Como en casi todas las grandes metrópolis su transporte público también merece un reconocimiento, sin su eficiente metro me hubiera sido imposible hacer la mitad de las actividades que realicé. Desde la ventana de nuestra habitación podía ver la única pista del pequeño aeropuerto de «The London Airport». Del hotel a la estación de Royal Albert había un buen trecho de alrededor de un kilómetro, recorrido que se haría agradable en el mes de septiembre, pero no en febrero a menos de 0°C. Mil metros que se hacen una eternidad. Desde allí se puede ir a todas partes haciendo los cambios de estación necesarios.

Nuestra última parada fue Westminster, impresionante salir de la estación del metro para encontrarse con el Big Ben, que parece un gigante vigilando el nublado horizonte londinense. Cruzando el puente de Westminster, maniobra poco complicada con la cantidad de turistas cámara en mano sacando fotos hasta del piso de las aceras, comenzó a caer una ligera lluvia de aguanieve, para quien vive cerca del Ecuador era fácil imaginar que estaba nevando.
Después de echar un vistazo al Ojo de Londres y pasar frente al lujoso Marriot, tomamos un Leyland, que hoy en día cuenta con toda la tecnología, nada que ver con los antiguos taxis de la misma marca de los autobuses de doble piso y de la ciudad donde se construyen. Le pedimos al taxista que nos llevara a Covent Garden, a unas cuadras de allí, que de no haber sido por el frío y la lluvia hubiera resultado una sana y amena caminata de 25 minutos. El hambre apretaba, así que nos metimos al primer restaurante que encontramos, que por cierto abundan en esa zona. Tutton´s Brasserie es un lugar bullicioso, pero agradable, con las mesas pegadas unas a otras, inhibiendo un poco la intimidad. Varios pizarrones informan sobre la comida y el vino vigentes. A lo lejos distinguí con letras grandes; «Cremant de Bourgogne Rose«, nada mejor para abrir boca. Sin añada, si es que la tuviera, y sin haber preguntado la marca…Una grata sorpresa, el mejor espumoso del viaje: seco, mineral, fresas silvestres, de color salmón y buena burbuja. Siguiendo con el vino por copeo, pedí un Ca di Ponti, Nero de Avola 2008, planito, austero y más corto que un suspiro. Al comentarle al mesero mi fallida experiencia con el Ca di Ponti, le pedí un Valmoissime 2008, (pinot noir), pero me advirtió que éste sería aún más diluido. Sin darle mayor importancia a su comentario lo pedí. Un vino del montón con una arista alcohólica digna de un shyraz australiano. La materia prima de primera, pedí unas chuletas de cordero muy sabrosas; en su punto. De postre un Quinta Do Noval LVB, que de no haber sido por el color terracota, afirmaría que fue un vulgar rubí. Ahora aplaudo la costumbre en España, cuando el camarero trae a la mesa la botella para servir la copa frente al cliente.

Hay días malos y otros peores, esto en relación a la pertinaz lluvia que no cesó hasta la noche, pero que tampoco impidió que saliéramos del hotel con nuestros paraguas, guantes y gorros. Tomando en la estación de Victoria el Tour por la ciudad, teniendo la flexibilidad de bajar en los sitios de nuestra preferencia, bajamos en Picadilly. Después de que mi esposa hiciera unas compras en la tienda de National Geographic, nos dirigimos a comer a un lugar que nos había recomendado una atenta vendedora de origen sudamericano, no sin antes advertirme que era un lugar caro. Pero nos pico la curiosidad y entramos.

 Asador del Gaucho

Gaucho está en uno de los callejones que salen a Picadilly. De aspecto sobrio, recibidos por una elegante señorita encargada del guardarropa, y acompañados a nuestra mesa por otra no menos guapa británica. Ya me hacía sospechar que tendría que empeñar un riñón. Aunque al final no fue así. A un lado del asador, podíamos ver la preparación de los diferentes cortes, las paredes estaban tapizadas con pieles de ganado vacuno, al más puro estilo peluche… mis compatriotas entenderán la descripción. Lo primero que revisé fue la lista de vinos: ¡Argentinos!…¡t-o-d-o-s!. Yes sir… En un par de minutos llegó un amable sumiller, Jake Crimmin, cuyo atuendo distaba mucho del peto de cuero, el catavinos y las medallas. Con un sobrio traje y corbata me hizo varias recomendaciones. Porque no me trae un vinito artesanal, de esos que se venden por cientos y no miles de cajas, amablemente me dio a probar dos copas, pero ninguna me gusto. Con el dedo señalé un Ópalo 2007, malbec de Mauricio Lorca.

Picadilly Street

Al seguir conversando sobre el supuesto vino de baja producción, salió a relucir este blog. Con una sonrisa de complicidad me dio su tarjeta y me dijo que el también escribía en el propio: Diary of a sommelier. Recordando el poco éxito para encontrar tiendas de vino hasta el momento, le pedí que me diera una lista de ellas. De las cinco referencias, conocí tres, más una extra que no estaba en la lista, pero lo dejaré para la siguiente entrega. Como última petición, le solicité algún Oporto para el final, Port ?… Try Malamado 2005, is a port style. Acto seguido desapareció y no volvió a la mesa. Cuando pregunté por él para agradecer sus atenciones me dijeron que se había retirado. La carne, como era de suponerse estaba exquisita. Yo me decanté por unas costillas de carnero, con la cocción perfecta así como los condimentos más básicos, grasa en su más sublime expresión, al lado un buen plato de tomates frescos multicolores, rebanados y bañados en aceite de oliva extra virgen con sal gruesa. El malbec, me pareció correcto; flores secas, chocolate amargo, jugoso, aunque a buena temperatura dejaba ver su alta graduación alcohólica (14%). El Malamado, «port style» puro jarabe para la tos, una caricatura de oporto, una mala caricatura. (continuará)

Desde el avión

Como aficionado a la fotografía en cada viaje cargo mi cámara, así tuve la oportunidad en esa hermosa mañana de tomar unas fotos desde el avión, justo después de despegar de la Ciudad de México. En el oriente los majestuosos volcanes Iztlazihuatl y Popocatépetl con el Valle cubierto por un manto de nubes. Así que no es tan mala idea cargar con la camarita.

La primera escala fue en Atlanta, donde estuvimos poco más de tres horas en espera del vuelo que nos llevaría a Dublín. Uno de los mayores inconvenientes de los vuelos en conexión es llegar con mucho tiempo, o la angustia de no perder el vuelo por algún atraso, situación nada fuera de lo común. Sin ánimos suficientes para salir del aeropuerto, mi esposa y yo nos concretamos a dar un paseo por los duty free. Entramos al primer wine bar que apareció. One Flew South bar de vinos y sushi. Una copita de riesling de Washington para ella y un Domaine Pichot 2008 para mí. Pero no todos los Vovray brillan como los de Huet, este Pichot le falta nervio. Frutal, pero nada más que eso, desaparece tan rápido del paladar como de la memoria. The Magnificent Wine Co. 2008 de Washington, no me ha gustado empezando por el nombre, largo y raro para un vino. Herbáceo y con una sensación cítrica tan artificial como algunos caramelos baratos de mala calidad. Una vez en la sala de espera antes de abordar el avión, nos dispusimos a la hibernación para cruzar el Atlántico, también llevaba un libro que había comprado un par de meses atrás: Liquid Memory de Jonathan Nossiter.

Mercado callejero en Dublin

Después de siete horas y treinta y tres minutos salimos de esa lata de sardinas repleta de humanidad, así como de olores variopintos. Un gran alivio despedirse de la azafata y poner los pies en tierra firme, como quien cruza la meta de un maratón. Llegamos al hotel abordo de uno de esos famosos autobuses de dos pisos. Un remanso de paz a la orilla del Liffey (versión Irlandesa del Támesis, guardando su debida proporción) cerca de la estación de tren y de un museo que nunca se nos ocurrió visitar. Best Western Ashling es un hotel con un amplio, acogedor y elegante comedor, sus habitaciones son de buen tamaño para los estándares europeos, pero lo más destacable es su cocina. Si visitan Dublín deben comer en Chesterfield, nombre de su excelente restaurante. Su carta de vinos es como muchas otras, con vinos de Francia, España, Italia y algo de Chile. Nada que pueda levantar suspiros.
Después del desayuno dormimos desde las diez de la mañana hasta las 3:30 de la tarde, salimos a estirar las piernas a la orilla del río. A las cuatro cuadras sentíamos como se nos partía la cara con el gélido viento, así que nos metimos a una tienda Spar, que nunca falta en cada esquina. Al asomarme por las cervezas observé junto a la local y legendaria Guiness, una docena de Coronas, nuestras fieles embajadoras en todo el mundo. Acto seguido caminamos sin escalas a un coqueto café donde nos bebimos dos tacitas de capuchino cada uno, bien calientes y espolvoreados con canela para quitarnos el frío de los huesos y así poder enfilarnos de vuelta al hotel. Esa misma noche en Chesterfield he probado una de las mejores ensaladas en mucho tiempo, acompañada de un pint de Guiness. A cada trago tenía que limpiarme los bigotes. Definitivamente me volví fiel consumidor de esta deliciosa cerveza oscura. La ensalada estaba acompañada de semillas de girasol tostadas y un aderezo agridulce que resaltaba el fresco sabor de las lechugas y otras hojas no identificadas. Al otro día teníamos la misión más importante del viaje, visitar a un ser querido para que nos acompañara el resto del viaje. Después de visitar un hermoso suburbio de Dublín, un pueblo que se llama Bray, fuimos a comer con la nueva integrante del grupo a un restaurante a la orilla de la calle que da a la playa. Martello es un pequeño hotel y restaurante con más influencia norteamericana que británica, pero se come buena carne y mejores postres. No pensé encontrar por estas tierras el segundo vino de Chateau Musar, Hochar 2002, un tinto de taninos mullidos pero firme en su conjunto, que acompañó de maravilla la jugosa carne.

Hochar 2002

El sábado a medio día visitamos un restaurante mexicano en pleno centro de Dublin. Azteca es su nombre y como en muchos países fuera de México, el gran problema es surtirse de la materia prima necesaria.
En la calle de Grafton, corazón comercial del sur de Dublín, comimos en Belley´s una excelente pizza preparada en horno de leña. Una buena opción para quienes gustan de pizzas. La carta de vinos es muy modesta por no decir escasa, pedí un Chianti genérico con una arista alcohólica impresionante, el primer trago me supo a vodka sin hielo, el segundo fue peor…La copa se quedó en la mesa casi llena. Recomiendo que pidan un pint de Guiness, no falla.
Al otro día recorrimos la catedral de San Patricio, aquel santo que explicó la trinidad con un trébol y que se ha convertido en uno de los íconos de Irlanda, junto con su color verde. Paradójicamente en un país de mayoría católica, la catedral es anglicana. Casi a las puertas de los jardines junto a la catedral se encuentra Bill & Castle (Gastro Pub & Beer Hall) un pub muy comercialito donde pedí un rib eye dry aged, pasado de tueste, muy seco y sin sabor, acompañado con un Doppio Passo 2007 vinificado con primitivo, de Salento (Indicazione geografica tipica) mucho extracto poco nervio, fruta pacificada. Nada que valga la pena, ni el lugar, ni la comida ni el vino. Al otro día partíamos a Londres, pero lo dejaré para una segunda entrega. Por el momento Chesterfield y Guiness llevan la delantera.

Clos Du Bourg, demi sec 1996

Después del reencuentro en este año con mis «pupilos» del diplomado para sumiller, que por cierto resultó una sesión muy intensa sobre ese bello y estrecho país vitivinícola europeo, lusitano.
Estando en ayunas, y después de dos litros de agua, salí hambriento a casa. Así que llegando bajé a la bodega, como estaba de blancos saqué un Clos Du Bourg, demi sec 1996, de la legendaria familia Huet. Aquel afortunado productor francés sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial.
Lo segundo era escoger un buen lugar donde disfrutarlo y comer en compañía de la familia. El acostumbrado, desde hace poco. Buena materia prima, concepto innovador pero con políticas inconsistentes. La última vez advertí al mesero que no había cargado a la cuenta el descorche de un bonito Alion 2005. Amablemente contestó que no se trataba de un olvido, sino que no lo cobraba por tratarse de un cliente asiduo. Me parece que se confundió de cliente, con alguien muy parecido a mi persona, ya que yo no visito con tanta frecuencia ese lugar. Bueno, todo dependerá de cómo califiquemos a los clientes asiduos. El caso es que hoy no hubo descorche gratis. Y yo que les había ahorrado la maniobra de la cubitera con agua y hielo, de haberlo sabido…
Siguiendo con ese estupendo Vovray, una vez abierto despide aromas intensos a miel, cera de abeja, barro, fruta amarilla madura así como un toque floral muy fresco. Una maravilla. Y qué decir en boca; un grado menos que abocado, seductor, redondo, muy integrado, poco visto en muchos chenin blanc de poca estirpe. En esto sí me confieso clasista. Catorce años, donde apenas deja asomar su grandeza. Un vinazo; redondo, estructurado y delicioso, como pocos. Muy pocos.

Ésta parece ser la última entrada en algunos días, ya que la semana que entra viajo nada menos que al mercado de vinos más grande del Mundo. Sí, voy a Londres y tengo planeado visitar algunas tiendas de vino, restaurantes y uno que otro wine bar. Sé que habrá mucho material fresco para los dos amables y generosos lectores de este blog. Todo esto no hubiera sido posible sino gracias a la inmensa generosidad de mi cuñada, que al haber acumulado tantas millas y haberlas puesto a mi disposición, puedo realizar este viaje con mi esposa. Ella bien sabe lo mucho que aprecio este gesto. M-I-L gracias. Y a todos, un hasta pronto.

crianzas, reservas y grandes reservas…

Para esta ocasión, donde científicos de la NASA afirmaban que la luna se vería con un resplandor que no se repetirá en 2010, inició la primera cata de este año. Sus pronósticos se cumplieron, aunque de todas formas tuvimos que hacer uso de la electricidad para alumbrarnos. Pocos asistentes debido al fin de semana largo, con puente, el primero del año. Tuvimos tres invitados de lujo, uno de ellos mi estimado compadre Rodolfo, miembro fundador de este grupo, pero que por diferentes razones dejó de venir.
Francisco a quien tocó el turno de dirigir la cata, improvisó de manera genial, con sólo unas horas de anticipación un «experimento» con vinos españoles. La cata que tenía preparada la guarda para una «sesión plenaria», es decir, que asistamos todos y cada uno de los miembros. Algo bueno nos tendrá reservado…
El tema se enfocó en la madera; un ejercicio muy interesante donde el objetivo fue identificar los diferentes grados de madurez en relación con la crianza en madera. crianza, reserva y gran reserva,  obviamente en vinos Españoles. Mi único comentario fue que esta clasificación es anacrónica y que en algunas denominaciones de origen ya ni siquiera lo mencionan, como en el caso del Priorato.

Como pocas catas, ésta fue bastante ilustrativa ya que dejó patente nuestras carencias y limitaciones en la degustación, sobre todo al momento de identificar alguna característica organoléptica y tratar de hacer una clasificación del vino.
El ejercicio parecía muy sencillo al principio. Seis vinos en total, los tres primeros había que identificarlos como: crianza, reserva o gran reserva. De los nueve catadores, nadie identificó los tres sin un solo error. En la segunda parte, los tres restantes, había que identificar; un cosecha, crianza y reserva. Entendiendo el cosecha como un vino que no ha pasado por madera. Los resultados fueron los mismos, nadie los pudo identificar sin haber tenido por lo menos un error.

¡hagan sus apuestas…!

Los comentarios sobre los vinos con más crianza en madera no se hicieron esperar. Hay quienes identifican las prolongadas crianzas con los riojas clásicos, esos aromas a caramelo, paja mojada, notas de vainilla y cuero repujado hasta piel de Rusia, ahumados, térreos, de tabaco curado… Sin embargo creo que en crianzas prolongadas tanto en madera como en vidrio, podemos llegar a pensar que esas proteínas que se forman con el tiempo, hacen que el perfil del vino de una región se parezca a otros con las mismas características de crianza. Para los más ortodoxos puede sonarles una barbaridad, más para quienes logran identificar no sólo vinos de una región sino de un viñedo en específico, el terroir. Pero insisto que en términos generales he encontrado una similitud entre borgoñas viejos y riojas añejos.
Concluyo que esta cata ha sido una gran lección que nos dejó a todos con el ego roto.

A la luz de una vela…

Siguiendo por la Borgoña está el vecino al sur de Pommard: Volnay. Los viñedos de este pueblo son en su mayoría Premier Cru, entre ellos Clos des Chénes. En Volnay reside Montille, aquel viejo productor entrevistado en Mondovino, amante del terroir.
Les comentaba en la entrada anterior que la mayoría de Borgoñas en mi bodega son Louis Jadot. La escasez en número y el aburrimiento en cuanto a la diversidad ya me están preocupando, necesito renovar mi inventario con nuevos productores. Anoche bajé a la cava y después de cierta incertidumbre entre Burdeos y Borgoña, volvió a ganar Borgoña, esta vez escogí Clos Des Chénes 2002. Ya que se trataba de agasajar a mi cuñada en su cumpleaños con una buena cena en el restaurante de su elección y un buen vino escogido por un servidor.
A sus ocho años es un vino redondo, bien integrada la fruta con el alcohol y el tanino. Aromas intensos que forman una amalgama muy interesante de frutillos del bosque con tabaco rubio y notas térreas. En boca es suave como la seda, pero con buen nervio, de excelente acidez y de final eterno, un vino donde se empiezan a asomar notas de caza, jamón serrano y ahumados. En tres palabras: juvenil, complejo y sedoso. Traté de echar un vistazo a la opinión de mr. Michael Broadbent, pero en su libro Michael Broadbent´s Vintage Wine, sólo aparecen referencias hasta el año 2000. Aunque está escrita una nota muy interesante bajo el título de: 2000 and after, donde juega al profeta cuando dice: «But on the face of things burgundy is continuing to go through a succesful period, both in terms of the market and of the vintage. I detect healthy attitudes in the producers and the trade (…) Una predicción bastante optimista, que viene de una de las voces más autorizadas, aunque muchos se empeñen en desacreditarlo después del escándalo de las botellas falsas de Thomas Jefferson. Yo, como aquel dicho: «Una golondrina no hace verano» sería injusto que por un error echara a tierra su larga y fecunda carrera, así que seguiré atento a todo lo que escriba. ¡Ojalá! no se equivoque y que Borgoña siga dando cosas interesantes, sabrosas y que lo dejen a uno tan satisfecho, como ese Clos des Chénes.

Louis Jadot, Pommard 1997

No tengo ningún empacho en confesarles que mis vinos preferidos son los borgoñas tintos y que Louis Jadot es de lo que más consumo. Su distribución llega hasta México, sobre todo lo básico, y uno que otro grand cru y premier cru a precios muy altos. La mayoría de lo que guardo en mi cava fue comprado en el vecino país del norte.

Hace poco menos de tres años metí a la bodega media caja de Pommard, de este «negociante» añada 97. Pommard tiene alrededor de 300 Ha de viñedos y es considerado por mucha gente como el más «masculino» de los Borgoñas, siendo un vino tánico en su juventud, tánico como pocas veces se conoce la pinot noir. En un principio descorché un par de botellas con mis amigos y fue de su total agrado, me atrevería a decir que les encantó. Mi impresión fue amor a primera copa… Una botellita de Pommard «genérico» algo había dentro de esa botella, aunque también reconozco que se trataba de una noche especial de nuestro grupo de cata, ya que festejábamos cien catas… Cien reuniones y muchos, muchos recuerdos. Han pasado ya algunos años desde que están acostadas, las pocas que pensé que había aún guardadas. Sabía que no podía esperar mucho tiempo más. No podía pedirle lo mismo que un Rugiens o un Clos des Epenots… viñedos específicos que hacen lo mejor de Pommard, pero que también elevan su precio de manera drástica. Pensé que podía esperar más de lo que me había planteado en un principio.

Hace unos días saqué de la cava lo que parece que fue la última botella. Y si bien es cierto que no está en su plenitud, lo he disfrutado mucho. Sin dejarme arrastrar por los comentarios poco halagadores de mi esposa, que dicho sea influyen en mi percepción, ya que cuenta con un mejor olfato. Sin embargo pienso que ella se dejó influir por algún comentario que hice al principio sobre la «dudosa longevidad» de este Pommard después de trece años. Por aquellos parámetros convencionales de la región y la añada. Después de los hechos me parece que 97 lejos de ser una mala añada en Pommard, ha dado buenos vinos, que se pueden beber después de diez años. Michael Broadbent no cita la región en particular ese año, pero sí menciona que: fuera de un frío y lluvioso mes de julio, hubo condiciones favorables para que se desarrollara la fruta (…) septiembre fue caluroso. Dando una producción menor que en 96, pero de muy buena calidad.

¡Qué suerte…! encontré esta botella en la cocina

Sin duda hay ocasiones que es mejor pedir cerveza o limonada a pedir vino. A continuación enumero las razones por las que me niego a pedir vino… ¡Vamos! aunque fuera gratis.

1.- Cuando no existe carta de vinos y el camarero murmura: déjeme ver… Creo que tenemos una botellita por allí guardada.

2.- Cuando el salón principal está a más de 25°C y no tienen un lugar medianamente adecuado donde guardar el vino.

3.- Donde el vino está considerado como artículo de lujo y no como complemento de una buena comida. Así hablan los precios $$$

4.- Cuando el maridaje es imposible. Algunos restaurantes de comida mexicana con especialidad en platillos veracruzanos o yucatecos, condimentados y muy picosos… Mejor una cervecita bien fría.

5.- Cuando el ambiente, cristalería o las circunstancias anímicas no encajen con el vino. Lugares y también estados de ánimo donde el principal objetivo es saciar el hambre.

Entre garrafas y tetra-packs…

El consumo de vino en México va en descenso, la mayoría de la gente percibimos que cada día se consume más, aunque los números dicen lo contrario. En 2005 el consumo percápita fue de 0.14 litros contra 0.20 de años anteriores. Buscando alguna explicación, aunque sea en el terreno de la especulación, lo único que se me ocurre es pensar que quienes consumimos vino representamos una mínima parte de la población en edad de hacerlo, en otras palabras el vino sigue siendo una bebida elitista. Razón por la que no ha permeado a las clases bajas que lo siguen considerando una bebida fuera de su alcance. Visité algunas tiendas de autoservicio para echar un vistazo y saber cuáles son los vinos más económicos del mercado en este inicio de década. Muchos precios pueden ser poco representativos cuando no se contrastan con otros artículos de consumo cotidiano.

Mirando hacia las garrafas y los tetra-packs me percaté del Valle Redondo California, la misma empresa que hace jugos. Por $35.00 se pueden llevar a casa 1 litro de vino con 12% de alcohol. Lo que más me sorprendió fue que dentro del mismo formato de 1 litro en tetra-pack Viña Lanzar de España, tiene un precio de $32.00, 3 pesos menos que el Valle Redondo.
Qué tal un Carlo Rossi blanco en garrafa de vidrio de 4 litros por $205.00, a razón de $51.25 el litro. Un viejo conocido con su singular botella regordeta y tapa metálica tipo «mermelada», es el Padre Kino, con sus 12,5% de alcohol en presentación de 1 litro por $49.00. Un vino que tuvo un gran éxito y que en buena medida sirvió de introducción a varias generaciones. Estas ofertas no suenan nada mal, hasta que volteamos a ver el pasillo de las bebidas carbonatadas y las cervezas. La cerveza Victoria (oscura) de 1.2 litros tiene un precio de $22.00, la Corona de 940 cl. $21.00… Pasando a los refrescos de cola, qué tal un Golden Hills de 3,33 litros repleto de azúcar y gas por $12.70 o una Coca Cola de 3 litros por $15.00. Es ahí donde los consumidores de escasos recursos no lo piensan dos veces. Existen también factores culturales que no podemos pasar por alto, que vienen desde el virreinato o quizás antes.

Una pregunta queda en el aire: ¿Qué hay de la calidad de estos vinos…? Un punto medular. Mientras que en algunos países de la Unión Europea como España, no es nada extraño encontrar buenos vinos para beber a diario por debajo de los 2 euros (menos de $40.00), aquí en México no podemos aspirar a un garnachita tipo Borsao Tres Picos; sabroso, de trago largo… Los vinos antes referidos son poco más que «mosto» recién convertido en alcohol, vinos primarios, de muy baja calidad, tan baja que no se me antoja comprar una garrafita o un tetra-pack, ni siquiera para hacer una buena sangría… ¿He dicho sangría…? De este rango de precios, que además no hay mucho, da un salto a los $70, pero donde más se mueven marcas y variedades es de los $95 a los $130.

¿Qué tan lejos estamos del consumo consuetudinario y generalizado en este país? Creo que muy lejos, pero también pienso que el precio no es la única razón.

Para quienes vivimos en México, sobre todo en el altiplano, estos últimos días han sido de mucho frío. Sé que para la gente que vive del otro lado del charco o más allá del Río Grande puede parecer exagerado. Trece o quince grados centígrados a las dos de la tarde en invierno, es el sueño de cualquier habitante del hemisferio norte. Pero para quienes no estamos acostumbrados a estas temperaturas, cuando el termómetro baja de los 22°C sacamos el abrigo y la bufanda. Además de que en los días invernales a medio día ya ha calentado lo suficiente como para despojarnos del exceso de ropa. Pero estos días no ha pasado nada de eso.
Así que me dispuse renunciar a mi dieta de «principios de año», como cada año lo hago, para preparar una fabada y sacar el amontillado. El amontillado: un Lastau llevaba algún tiempo descorchado. Color amarillo ocre, con sedimentos y algo turbio. En nariz había notas de volatilidad, frutos secos y maderas finas, cansino en el paladar, acidez justa y bastante notorio sus 18,5 grados de alcohol. Con todo y que no estaba en su plenitud, cayó muy bien al estómago.

Una buena dosis de calorías para el frío

Para la fabada descorché un Bosconia reserva 98, una vez más compruebo que este gran vino es mucho más interesante con una hora de aire. Al principio está un poco disperso; acidez, tanino… Con una horita de oxígeno se integran muy bien aromas y sabores, dando como resultado un vino de mucha estructura y complejidad. Aunque no dudo que en diez años mejore mucho más. Buen maridaje con la fabada que ha calentado y reconfortado el cuerpo.
Yo esperaría que este gélido temporal se vaya por donde llegó, al norte, con nuestros amigos que están más acostumbrados a tener la nariz y las orejas frías.