Siempre habrá un buen motivo para reunirse a probar una copa de vino, en esta ocasión no fue la excepción, se trató de la inauguración oficial de la cava de un amigo. Miguel la ha nutrido con algunas botellas que quitarían el hipo a cualquier buen aficionado. La mesa dispuesta in situ, dentro de la espaciosa cava, ocho asientos alrededor de la mesa. Previa selección de un servidor que me decanté por Burdeos y también algunas cositas que sonaban interesantes. Me pareció buena idea hablar antes sobre el génesis del vino, tanto desde el punto de vista antropocentrista como del que me parece menos preciso pero más veraz. El segundo habla de Pangea, hace 500 millones de años, cuando la Tierra estaba formada por un solo continente. Desde donde aparecieron los primeros restos de semillas fosilizadas de Vitáceas, porque debemos reconocer que desde que apareció un racimo colgando de la primera planta, y éste fermentó, hubo vino. La intervención del Hombre fue mucho después en Mesopotamia, 8000 a.C. Posteriormente pasó a los egipcios, y más tarde se diseminó a toda Europa gracias a los romanos. Haciendo su última escala en El Nuevo Mundo (siglo XVI) Aunque ya había algunas uvas silvestres, no se vinificaban aún.

Priorat, Burdeos y La Toscana… Presentes en la Cata de Miguel
Ya en la cata probamos el primer vino: Finca Dofi 2005, de Álvaro Palacios. Este Priorat se presentó al principio bastante impetuoso, parece que once años en botella no son nada. Puede que decantarlo media hora antes sea una buena idea. De capa alta y de color granate. En nariz presentó aromas de fruta negra: ciruela, zarzamora y una nota mentolada como bien señalaba Héctor. En boca tiene una excelente acidez que le augura una evolución lenta, con un tanino bastante presente. Como para otros cinco años más.
Duetto 1997. Seguro se preguntaran qué hace un vino mexicano dentro de este conjunto. Este vino que al principio fue un proyecto entre Wente (Livermore Valley) y Santo Tomás (Baja California), me parecía a mi el mejor vino de México en esa época, y esta añada era digna de muchos elogios. Hasta el momento no me ha defraudado, después de 19 años ha envejecido como los grandes. Estuvimos frente a un vino maduro que huele a cera y barro, algo de pacificados. En boca excelente acidez y de tanino muy limado. Está empezando a bajar de la cima, aunque no podría estar seguro del todo tomando como referencia sólo esta botella. Por fortuna me queda una más en casa.
Château Pape Clément 1975. Bautizado por su propietario, el mismo papa Clemente V en 1305, cuya calidad demeritó al final de los setenta y que después de 1985 volvió a sus glorias pasadas. Para mucha gente cualquier vino de más de quince años es vinagre. Quizá no han entrado en el mágico mundo de los placeres sensoriales sin estridencias ni voluminosidades de los vinos sobre extraídos y dotados de alcoholes arriba de los 13,5. (aunque algunos más alcohólicos están integrados). Es cuestión de ponderar la elegancia y la profundidad y abrir los sentidos a los susurros de los vinos maduros. Hoy en día acostumbrados a los placeres inmediatos, sin ningún recato para esperar a que el vidrio haga su magia, claro está que sólo con vinos que evolucionan por décadas. Un vino que a medida que corrió el tiempo fue abriendo, pero que sin duda ha pasado su mejor momento. Huele a capuchino, notas de frutos secos y uvas pasa. En boca es fluido y ligero, buena acidez y final corto.
Château Léoville-Barton 1982. Propiedad comprada por Antony Barton en 1826. Cuenta con 48 hectáreas y una producción de 25,000 cajas, 50% barrica nueva. Color terracota, va de menos a más, con un final diluido. Un Léoville-Barton cuyo linaje y excelente añada podía hacernos pensar en cosas mejores. Ni pena ni gloria.
Château Lynch Bages 2003. 90 Ha y una producción de 46, 000 cajas, fuera del promedio de los grandes Burdeos que rondan las 25,000. Un año difícil en Europa en general, con mucho calor y humedad, dando vinos muy alcohólicos y de poca acidez. Una sorpresa ya que este vino huele a dátil, vainilla, quizás por la barrica, balsámicos y algo de fruta roja. En boca es expresivo y frutal, un punto de alcohol y de tanino muy presente. Repetible.
Gaja Barbaresco 2003. Este italiano sin duda es un vino típico de esta añada, fruta madura, muy madura, mermelada de cerezas, arándanos, exuberante y de alcoholes altos, se percibe también la madera y tiene un final largo, acidez justa que le da cierto equilibrio a todo el conjunto.

Vega Sicilia Único 1964
Vega Sicilia Único 1964. Al final se abrieron tres vinos más, sin duda es una de las mejores añadas del siglo pasado, y no me canso de repetirlo. Se presentó con mucha dignidad luciendo una corona. Recién llegado de España y al parecer herido de muerte, con la cápsula chorreada y un nivel por debajo del hombro. Miguel dudaba que estuviera en condiciones de beberse, o mejor dicho de disfrutarse. Por mi parte puedo decir que fue todo lo contrario; el mejor vino de la noche, y el que más disfruté. Un viejo que susurra sus grandes secretos al oído con aplomo y señorío. Huele a bosque bajo, algo de trufa y ahumados con notas muy sutiles de vainilla. Buena acidez y tanino mullido, con un final largo. Una joya para ser el vino más viejo de la noche.
Hubo otro español, del que no tomé nota, pero que seguramente no levantó suspiros… Por último:
Château Montrose 1998. Al descorchar este vino me di cuenta que tenía doble cápsula, algo sumamente extraño, que bien nos podría llevar a dudar de su autenticidad. El caso es que confieso que es la primera vez que me sucede en más de 20 años en estas andanzas de descorchar botellas. Un vino bastante hecho, el vidrio ha limado sus asperezas y presenta buena fruta, acidez y tanino. Todo en su lugar, cenando una deliciosa baguette y una fresca ensalada. Así llegó el final de esta inolvidable velada, agradezco al dueño de la cava y a todos quienes me permitieron un poco de su tiempo al escuchar todos los disparates que acostumbro decir en estas reuniones.
A pesar de la tarde nublada amenazando con lluvia, el calor nos recuerda que todavía estamos en el mes de mayo. Justo el clima para disfrutar de cuatro blanquitos frescos de entrada, y cerrar con dos tintos.

Mi primer encuentro con esta bodega fue en el año del bicentenario de la Independencia,
Hay países cuya relación con el vino no parece tan estrecha como lo pueden ser: Francia, Italia y España, aunque en realidad todo indica que se originó en las faldas del Cáucaso. Vestigios de lagares, semillas de uva y ánforas con pigmento han sido la prueba para sustentar dicha teoría. Israel está entre los primeros países por donde la vid peregrinó en su largo éxodo hacia el Oeste del Mar Mediterráneo.
precio que no quita el hipo. Un merlot de trago largo. Albamar Merlot 2013. Un vino chileno, al parecer producido por una familia norteamericana: William Cole. Cuenta con 129 hectáreas en el Valle de Casablanca, a sólo 45 km del Océano Pacífico. La zona más fría de Chile, que hasta hace unos años se concentraba en vinos blancos, pero ha ido incursionando poco a poco en los tintos, con buenos resultados. Me gustaría saber cuál sería el resultado de la pinot noir, si es que alguien se ha animado ya a plantarla. Hablando de merlot chileno, probé otro, también en restaurante, que me gustó aún más. Un Antares cuya añada no anoté, posiblemente porque no la vi impresa, perdón por mi poca memoria. Huele a mermelada de arándanos, cerezas en licor y algo de pimienta blanca. En boca es frutal, de tanino discreto, acidez justa pero agradable en su conjunto. Aunque confieso que la copa donde me lo han puesto me gusta más. Estas copas con el fondo achatado se están poniendo de moda.
arece tarea fácil desmenuzar una copa de vino para saber: de qué uva se trata, el grado de madurez, su astringencia, azúcar residual… y todas esas cosas de las que se encargan los enólogos en el laboratorio, y los sumilleres en los concursos. Habría que matizar que los enólogos se encargan de muchas otras cosas en el viñedo, desde mucho antes de la vendimia, y de todas las labores dentro de una bodega. Decía que parece fácil, pero no lo es. Si a ésto le sumamos la falta de tipicidad por: la sobre-extracción de la fruta, la homogenización en los procesos, el cambio climático y otros menesteres…, la tarea se torna francamente imposible a la hora de pretender descifrar el origen del vino en cuestión. Esto mismo pretendí que hicieran mis compañeros de grupo, con resultados no muy halagüeños. Tenían que anotar: país, denominación de origen, variedad (es) y añada… ¡Casi nada!
Ante la falta de tiempo para preparar la cata, el viernes por la noche llegaron, los pocos «catadores» que lo hicieron, con una botella debajo del brazo. No hubo ninguna restricción de variedad, precio o de ninguna otra. Y los resultados son los siguientes:




