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Viernes sahariano; la primavera hace sus estragos, ya que por estas latitudes es bastante extrema. Tiempo para acordarse de los blancos, aún para quienes dicen que el mejor blanco es un tinto. Desde hace mucho creo que existen joyas indiscutibles: Los riesling del Mosela, los alsacianos, los del Duero, los chardonnay de Chablis y Montrachet una gama para quitarse el sombrero. Esta noche es especial: Sergio nos acompaña después de unos días hospitalizado. También nos acompaña Alfonso, vecino a quien veo a diario cuando paseamos a nuestros respectivo perros. Gran entusiasta del vino.

En esta ocasión fue Italia, ese país de tantos contrastes, tan complejo en su mosaico vitivinícola; con más de 2000 uvas autóctonas. No sé para qué inventaron los supertoscanos, quizás por la nefasta influencia del mercado desatado por mr. Robert Parker y Michael Rolland. Con una producción de 60 millones de hectolitros en 2004, en disputa permanente por el primer lugar en producción con Francia. La sangiovese con alrededor de 90 mil hectolitros es la uva tinta que más se produce en el país de la bota.

Abrimos boca con un blanquito de lo más auténtico que he probado en los últimos meses. se trata del Tenata Aquilalia 2021 vinificado con vermentino. Color amarillo pálido, muy brillante. Tiene una nariz limpia a manzana amarilla, pera y espino blanco. En boca es muy vivaracho con un final a agua quina. Para una cajita.

Michele Chiarto moscato. Con burbuja tosca y 5% de alcohol, es un vino que huele a jabón, limón y en boca le falta acidez. Nada que ver con lo que piden: más de 500 pesos. Inmemorable con causa.

Egidio Barriques 2020. Vinificado con barbera, este vino piamontés tiene 18 meses en roble francés mitad nuevo. Proviene de la bodega Bosio. Huele a zarzamora, notas de cuero. Excelente acidez, tanino presente, y final largo. Repetible.

Brunelli añada no identificada. El importador está obligado a poner tantas etiquetas que se olvidan de datos tan importantes como la añada. Si el vino no lo trae en la etiqueta, que ya es costumbre, la contraetiqueta es imposible que la respeten. Amarone de Valpolicella 15 % de alcohol, vinificado con corvina. Un vino interesante que convierte casi en su totalidad el azúcar en alcohol, por esa razón tiene esos quince graditos. El primer golpe es alcohol. Después da hollejos, fruta negra y una nota especiada a pimienta negra. En boca también se distingue el alcohol, buena acidez y taninos firmes. Repetible.

Livio Paves Barbaresco añada no identificada. Un Nebbiolo, mismo caso del anterior: la añada si es que la traía indicada fue cubierta por otras etiquitas. Color ámbar, capa baja, brillante. Un vino que a primera vista parecería viejo, pero que tiene buena estructura, todo en su lugar y sin ninguna muestra de cansancio más que el color. Repetible.

Massolinoi 2019 de Langhe vinificado con Nebbiolo. 14 grados de alcohol bien integrados. Vino redondo de buen paso. Para guardar un par de botellas.

P.D. Fue una cata inédita ya que por primera vez hubo una Coca Cola en la mesa , como pueden observar en la foto 🙂 Pero no adelanten juicios. Sergio no podía tomar alcohol y llevó esa botellita. Todo sea por los amigos. Abur.

En realidad esta cata estaba programada para enero, sigue siendo la primera del año, pero organizada en febrero. Estoy sorprendido de la enorme cantidad de vinos mexicanos que hay en los anaqueles, da la impresión de que cada semana aparecen nuevas etiquetas. Así que me decidí nuevamente por algunos vinos nacionales. En esta ocasión del estado de Guanajuato y de una sola bodega: Vega-Manchón. En alguna cata anterior ya habíamos probado algunos.

Empezamos con un blanquito Torre de Tierra 2021, vinificado con semillon, de la bodega Vega-Manchón en Dolores Hidalgo, Guanajuato. Color amarillo pálido, fluido y brillante. Aroma intenso a durazno y níspero, al girar la copa aparecen notas de heno mojado. En boca es de acidez comedida pero sin perder la fuerza de su juventud, con un punto abocado. Como para comprar media cajita para los calores que se aproximan.

Siguió otro blanco Cuna de Tierra 2020 mezcla de semillón con savignon blanc. Amarillo pajizo, menos aromático que el anterior. En boca tiene buen paso, muy marcados los cítricos: toronja blanca, final amargo. Repetible.

Pago de Vega 2018, con una mezcla de cabernet sauvignon 80%, cabernet franc 15% y merlot 5%. Crianza de 14 a 18 meses de madera «de origen galo» (Así lo apuntan sin especificar el bosque de procedencia) y un añito en vidrio. Velado, aroma a casis, fruta negra, va de menos a más. Repetible aunque con precio injustificado.

Cuarto de la noche es un Torre de Tierra 2020, vinificado con tempranillo 80% y resto cabernet sauvignon, menos crianza que el anterior, pero con tres robles de distinta procedencia: francés, americano y húngaro. Este es un vino más redondo y va de más a menos. Notas de madera usada.

Cuna de Tierra Cabernet 2019. A pesar de que la etiqueta apunta cabernet sauvignon, no es monovarietal sino que lleva también cabernet franc y merlot. Buen ensamble, huele a chocolate amargo, con una nota de sulfuroso que se limpia con un poco de aire. Repetible pero sin enamorar.

Si no me falla la memoria, este año cumplimos 24 años de reunirnos en este maravilloso grupo de catadores, la peña Vino Por Placer, empezó por allá en 1998. Algunos miembros se han ido, otros se han integrado. Así que motivos para celebrar sobran. Este año nos reunimos en el privado de un restaurante, un lugar amplio, cómodo, con su medio baño propio y un mesero y una mesera muy dispuestos en todo momento. La iluminación no es la mejor. El menú fue confeccionado por el chef y consistía en una entrada de portobello a la griglia, una ensalada de mandarina con lechuga, de plato fuerte un filete de res con mostaza Dijón y hierbas de olor y de postre un creme brulle o maceta de chocolate a escoger. De los vinos me encargué yo, y creo que no fue tan mala elección.

Empezamos con algo de burbujas para refrescar el paladar: un champán Louis Roederer Rosé 2013 vinificado con un 66% de pinot noir y el resto chardonnay. Su color no es como pudiéramos imaginar: rosado, sino amarillo con algunos destellos grosella, muy brillante fluida y con burbuja de mediana intensidad, como he repetido varias veces, depende en gran medida de la copa en que se sirva. De carácter calizo, recuerdos de frutos rojos; grosella de buena acidez y final largo. Esta botellita estuvo pensada para el brindis. Brindamos por estar juntos y poder celebrar un año más, después de la oscura reclusión durante los meses más graves de la pandemia: motivo suficiente para que este año chocáramos las copas.

Me sorprendió que sirvieran primero el portobello, ya que en la lista figuraba la ensalada en primer lugar. Así que descorchamos uno de los tres tintos dispuestos para esta noche. Se trata de un ródano: Les Grandes Terrases 2016 de Paul Jaboulet de la región de Cornas, vinificado 100% de syrah. El portobello exquisito: buena materia prima y todo en su punto. El vino también estaba a la altura, huele a tocino, fruta roja madura, conservando la suficiente tensión, con esa excelente acidez de los vinos de buena estructura, tanino firme y un final largo. Para comprar una caja, a todos nos gustó mucho, definitivamente fue el vino de la noche.

La ensalada la acompañamos con un viejo conocido, un Hegel riesling 2019, vino floral, vivaracho, sin excesos, cosquillea a la entrada, aunque no es tan joven como para no haber liberado el CO2 pero parecería que tiene algo de aguja, sin ser tan marcado. Fruta amarilla y de final amargo, muy elegante. Maridó con la acidez de la mandarina así como con la textura y el aderezo de la lechuga, los frutos secos rompían la monotonía. Me sorprende hablar así del maridaje, parece que soy el más convencido y que estoy promoviendo el vino a un comensal exigente.

Los dos siguiente tintos se descorcharon a la par con el filete a la mostaza; el término de cocimiento de la carne y su preparación dejaron satisfechos a todos, bañados con un gigondas: La Guille 2019 vinificado con 80% garnacha tinta y 20% de syrah. Nada que no estuviera en su lugar, sin llegar a estar tan redondo como el primer ródano.

Arzuaga reserva 2012 con un porcentaje mínimo de albillo, uva blanca. Costumbre arraigada desde el año 2005 en el valle del Ródano, donde algunas variedades tintas, sobre todo la syrah, se mezclan con la viogner (blanca). La albillo crece en Ribeiro, Castilla y León y la comunidad de Madrid. En algunas partes de Perú existe la albilla, que parece tener alguna relación. Se trata de una uva neutra. Este Ribera huele a zarzamora, tiene una nota láctea, y especiada a tomillo, en boca amarga hasta el final. Mis expectativas iban mucho más lejos, aunque va bien con el filete a la mostaza.

Por último cerramos con un vino de postre que francamente no repetiría, me parece muy caro y no tiene la contundencia de muchos otros vinos de postre como pudiera ser un cosecha tardía chileno, por no poner la vara tan alta, ya no hablemos de un sauternes. Claro que estoy comparando peras con manzanas, se podría comparar con un vino de hielo canadiense, pero creo que tampoco saldría muy bien librado. Se trata de un Vino Dulce Frio 2018 de la bodega Gramona y vinificado con gewürztraminer. Aquí hay que pagar algo así como 80 dólares americanos, cantidad que me empieza a poner un poco exigente. Yo escogí el Creme Brule. Un vino que rompía con la saturación de azúcares del postre, pero que no destacaba en aromas ni en sabores, muy planito, posiblemente hubiera quedado mejor un queso de pasta dura no muy maduro para destacar lo poco que pudo mostrar. Llegamos al final de las catas este año, ya hay planes para el siguiente, con mucho más teoría, espero que ningún miembro del grupo pierda el entusiasmo.

Cata 245

Publicado: 30 noviembre, 2022 en Cata
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A pesar de estar a un paso de la entrada de diciembre, la noche no es precisamente fresca. Empezamos con dos blancos de LA Cetto. El primero un Fume Blanc 2021. Hacia mucho que no leía una etiqueta con esta variedad que viene del valle del Loira: blanc fume para la variedad blanca savignon blanc, recordando el glamoroso Pouilly-Fumé. Variedad que en algunos casos recuerda ese aroma a pedernal ahumado, aunque hay quienes dicen que los minerales no desprenden aromas, yo insisto que dentro de mis recuerdos olfativos hay algo que relaciono, al igual que ese otro a piedra de rio: como cuando uno camina por la tarde a orillas de un río, cuando evaporan las gotas que salpican sobre los cantos rodados. Pero siguiendo con este vino, es de color amarillo pálido, brillante y fluido, espino blanco, uva sin piel. Muy aromático, sólo abrirlo despliega sus aromas por toda la mesa En boca es de acidez comedida, va de menos a más, frutal. Por menos de 160 pesos es una buena opción para un día caluroso.

El segundo blanco es francamente decepcionante. Vinificado para La Europea especialmente, es un vino flojito en todos los aspectos: aroma, acidez, fruta, persistencia en boca… Parece que no es un problema de guarda. Monte Xanic 2021 (exclusivo La Europea). También debo decir que el Chenin Colombard de esta casa es de mis preferidos, así que no sé por qué razón sacaron a la venta este vino tan flojo.

Pozo de Luna 2016. Vino de San Luis Potosí, con sus 14 meses de roble francés y americano y viñas de 25 años, consideradas viñas viejas. Fruta roja; ciruela, notas de romero y pimienta negra. Tanino dulzón, de buena acidez. Repetible, aunque el precio me parece que ronda la zona peligrosa donde podemos encontrar vinos más interesantes.

El cuarto de la noche fue un Maglen 2018, vinificado 60% garnacha tinta y 40% sangiovese, no especifica crianza. Se trata de un vino sobre-madurado. El primer golpe es acetona, después abre con un poco de mermelada de fresa, en boca semeja un oporto rubí de baja calidad. Nada que mueva a repetir.

Linde 2020, un shiraz de Viñedos Leo en el Valle de Parras Coahuila. Aromas dulzones, fruta roja madura, en boca es desenfocado y de final amargo. Inmemorable con causa.

Hace un mes que catamos estos vinos, pero entre la decidía y la apatía no había podido colgar esta entrada. Hoy por la noche cataremos los vinos de la 245 así las cosas, pero más vale tarde que nunca. Empezamos con un champán para festejar a un miembro muy querido del grupo, decano de todos nosotros: Juan Antonio. Se trató de un Esterlin Brut de Epernay. Burbuja mediana, un champán fresco con algunas notas cítricas, para refrescar el paladar y festejar un cumpleaños es bastante resultón, yo diría que guarda una excelente calidad-precio.

Incógnito 2018, el primer tinto de la noche, de bodegas Aborigen, en el Valle de Guadalupe. Mezcla de cabernet, zinfandel y grenache. Ribete rubí, corto en nariz; da algo de fruta roja indefinida, buena acidez, tanino limado y paso amargo. Al final olía a ciruela pasa. Repetible.

Península Espaldera 2016. Viñedo de 25 años, tiempo suficiente según los enólogos para considerarse viñas viejas. Este segundo tinto huele a hollejos y tierra mojada. En boca es redondo, y de buena acidez y tanino firme. Repetible.

Península Lyra 2019. Bonita nariz a grosella, notas de ciruela y madera usada. En boca es bastante discreto. Repetible.

Triciclo 2018. Diez meses de crianza, y 14 graditos poco integrados. Huele a piedra de rio, y algo de especias; pimienta blanca. Tanino muy presente sin lastimar, desenfocado.

Décima 2017. Primer golpe a «TCA» debo decir que no muy pronunciado, y que con un poco de aire se fue limpiando. Fruta roja indefinida. En boca buen conjunto, redondo. La copa esta fría y se hace una película que la empaña. Nada para suspirar.

Al final de la cata se ha quedado en el tintero un rosadito, regalo de un buen amigo, que no catamos esa noche. Lo piensa poner en la carta de su restaurante. Lo probé unos días después.

Piscis, no encontré la añada en la etiqueta, más que en el marbete: 2019. Del Viñedo 1881, es 100% granache o garnacha tinta. Viñas de 12 años con 11,8% de alcohol. Viene de San Luis Potosí. Color amarillo pálido con reflejos rosa, fluido y brillante. Huele a manzana verde, talco, albaricoque y notas de jabón. En boca es de acidez comedida, nota mineral y de final corto. Un vino refrescante que puede ir con algún queso no muy maduro.

El Cielo: Cassiopea, Capricornius, Eclipse, Copernicus y Galileo

De vuelta a los vinos mexicanos, en esta cata del Valle de Guadalupe: bodega El Cielo.

Empezamos con un blanco, se trata de Cassiopea 2019 Sauvignon blanc sin madera. Color amarillo pálido con ribete transparente, fluido y brillante. Aromas intensos desde el descorche; huele a manzana verde, heno y una nota floral de fondo. En boca es agua quina de buena acidez con un fondo mineral. Para media caja.

Capricornius 2017. Un chardonnay 100% con 6 meses de barrica francesa. Un blanquito con barrica, aunque hoy en día a los productores de vino o quienes están encargados de editar las etiquetes les da lo mismo el origen pudiendo ser de diferentes bosques: Limousin, Vosges, Nevers… Se limitan a decir que es roble francés o americano, o una combinación de ambas. Menos expresivo que el anterior, huele a cera, llega un golpe de vainilla quizás por la barrica, kiwi y notas de níspero. En boca acidez comedida, cítrico: limón y final corto. Un blanquito de $525. Creo que no repetiría, el primero está más vivaracho.

Eclipse 2019 «Ensamble de uvas» la falta de información en algunas etiquetas; como el hecho de no poner las variedades, contrasta con algunos datos que llegan hasta el meticuloso maridaje o la temperatura de servicio. Color rubí de capa baja. Huele a ciruela madura y regaliz. En boca tiene buen paso, acidez y tanino. Todo en su lugar, muy sabroso, como para comprar media cajita.

Copernicus 2019 70% cabernet sauvignon y el resto merlot. Me decía Jorge que olía a cono de helado sin helado, refiriéndose a la «galleta» con la que se hacen estos conos, coincido y agregaría canela, y fruta negra indefinida. En boca es bastante astringente y con una salinidad evidente, de final amargo.

Galileo 2019. Un tempranillo con 12 meses de roble francés y americano. Ciruela, cerezas en licor. Entrada potente, aunque un poco torpe es evidente el alcohol, no está muy integrado. No cabe duda de que los blancos merecen nuestra atención, últimamente he probado algunos muy buenos dentro de los vinos mexicanos.

Catar vinos, según hemos comprobado en la peña en casi veinticinco años, no siempre es una experiencia con los resultados esperados; la mayoría de las veces los vinos resultan diferentes a nuestras expectativas; en otras decepcionan; y en muy pocas algún vino resulta todo un hallazgo. Dicho esto, en esta ocasión dos resultaron bastante raros, por decirlo de algún modo. Para algunos integrantes del grupo fue una decepción, para otros estaban decrépitos. Debo aclarar que para afirmar que un vino está decrépito debe tener claras señales de acético o tener muestras de «cansancio,» situación que por lo menos yo no detecté. Más bien se trataba de algún problema en la elaboración. Sé que hay a quienes no les gusta esa palabrita, pero debo decirles que por muy románticos que sean; se trata finalmente de un producto elaborado. Que en ocasiones dentro de dicho proceso se necesita agregar: ácido cítrico, sulfitos, clarificantes, levaduras etc. Así que es probable que en algún momento haya salido algo mal. Sin extenderme demasiado entremos en materia con los vinos de anoche.

Kully 2019. De Bodegas y Viñedos las Nubes, un blanquito que a todos nos agrado. El primer golpe es durazno con notas de pera, muy aromático. En boca: agua quina de final amargo y seco, acidez comedida. Se me ocurre maridarlo con un buen queso brie.

Colección de Parcelas 2019. Misma bodega que el anterior. Nariz a barro, hollejos y fruta roja indefinida. En boca empezaron los problemas. Diluido con algunas notas a fruta pasada. Boca desconcertante, no puedo afirmar que sea un problema de almacenamiento.

Pinacate 2020. El primer vino que pruebo del estado de Sonora. El primer golpe en nariz es de vainilla (de esa vainilla artificial que cuelgan en los automóviles), con una nota de tamarindo con chile. En boca es dulzón y corto, me da la sensación de estar bebiendo alguna otra bebida. Al final hay algo picante que me hizo toser. Acidez muy baja. La ortodoxia dice que hay que darle otra oportunidad, pero no sé si vuelva a probarlo.

Ovis 2007. A la hora de cortar la cápsula me di cuenta de que el corcho estaba levemente sumido. A la hora de meter el tirabuzón comenzó a hundirse y las 2/3 partes se deshicieron; tuve que sumir la ultima parte en el vino. Un corcho de mala calidad que además pudo haber estado sometido a variaciones extremas de temperatura. Error mío el no haberlo decantado con un cedazo para evitar los residuos en la copa. Por lo menos no he olvidado de tener la delicadeza de servirme la primer copa, que en este caso, lo marcan los cánones de las buenos modales. Este tempranillo-cabernet californiano tiene color rubí un poco velado. Una nariz bien amalgamada con fruta de calidad: ciruela madura y una nota de pimienta negra. En boca le falta vigor, un poco más de todo, pero en conjunto es bebible. Hubo quien afirmó que se trataba de un riojano, quizás advirtió la tempranillo. Aunque habría que preguntar ¿Qué es un riojano hoy en día…? No es lo mismo López Heredia que un Roda, con todo y que son vecinos en el Barrio de la Estación.

Djemba 2018. En la etiqueta figura un alebrije que por momentos confundo con un dragón veneciano. Otro vino desconcertante, quizás más que el tercero (Pinacate). Aromas intensos a canela, sin atisbo de frescura, notas de vainilla. En boca es diluido y notas de fruta pasada. Me recuerda el zoológico cuando pasaba por la jaula de los chimpancés y me asomaba a la fruta que comían.

Fuera de los vinos «oficiales», que ahora son cinco, Gabriel llevó un Pozo de Luna 2016, un syrah de San Luis Potosí. Vino cuya gloria en cuanto a medallas se refiere le habían movido a comprar una caja. Se trata de la medalla de plata del Concurso Mundial de Bruselas. A mi, como eso de las medallas no me dice mucho, prefiero la recomendación de algunos amigos con gustos similares. El caso es que la descorchamos y pudimos comprobar que se trata más bien de un vino con buen armazón, de taninos sutiles, acidez comedida, pero nada que pueda hacernos pensar en un vino que sobresalga. En comparación con los anteriores creo que le podemos colgar otra medalla, aunque sea de bronce.

Así concluyó la noche, creo que el blanquito se lleva las estrellas, las pocas que se repartieron.

Poca audiencia en la cata de ayer; cinco vinos, otro viernes fresco; ya se han dejado caer algunas lluvias. Empezamos abriendo boca con un blanquito anunciado con bombo y platillos: Afrodita 2019 de Vinícola la Trinidad. Vinificado con chardonnay y chenin blanc. Se trata de un vino en cuya página aparece con 13.9% de alcohol y en la etiqueta 12.3% ya de por sí cosa rara, ya que comúnmente son cifras cerradas; 12.0, 12.5, 13.0. De todas formas no se percibe alcohol; pudiera estar muy bien integrado en caso de ser cierto el dato de la bodega, y no el de la etiqueta. Es de color dorado, brillante y fluido, en nariz se perciben: piña verde, níspero y un punto herbáceo indefinido, después de unos minutos da notas de manzanilla. Amplio en boca, de buen paso, buena acidez, algo cítrico y de final muy largo y amarguito; recuerdos de agua quina.

El segundo es un guanajuatense de Vinícola Tres Raíces: Tres Raíces 2020. Un nebbiolo con mezcla de sangiovese, diez meses de roble francés que se presenta frutal con ciruela roja y notas de hollejo. En boca va de menos a más, una rara sensación ya que en muchos vinos es al revés. Repetible.

Ahora nos vamos al Valle de Guadalupe con un nebbiolo 100%. Trasiego 2017. Nariz potente a mentolados, ciruela roja y zarzamora y notas térreas. En boca tiene un final áspero que domina el conjunto. Recomiendo 20 minutos de decantación previos al servicio. Aún así gustó a casi todos: repetible.

Selezionato 2018 de Villa Montforti. Una rara mezcla de nebbiolo, montepulciano y aglianico. Difícil de pasar por alto esta ultima variedad, que dicho sea he buscado información en algunos libros especializados sin resultados, más que en una fuente de Wikipedia: «La anglianico es una uva de vino tinto cultivada en el sur de Italia, sobre todo en Basilicata y Campania. La vid se originó en Grecia y fue llevada al sur de Italia. El nombre puede ser una derivación de hellenica vitis, que en latín significa «vid griega»

Al buscar Basilicata, en The Oxford Companion of Wine, encontré en la parte de las variedades de esa región: «Anglianico grape also gives interesting, if not superior, results in other areas of the region such as near Matera (…) En realidad muy poca información, aunque tomando en cuenta las más de 1000 variedades y poco más de 200 amparadas por los distintos organismos reguladores de Italia, no es de extrañarse que en algunos casos no sea posible saber más de determinadas variedades, ya sea por su escasez o por su rareza.

Volvamos al Selezionato 2018, huele a tomillo, clavo, y pimienta negra. Muy especiado con algunas notas de fruta negra. Un vino correcto de buena hechura: acidez, taninos y alcohol bien puestos. Repetible.

El último como suelo pasar, en vinos de precios subiditos, ha decepcionado. Paolini 2016, otro nebbiolo 100%. Un vino de 1250 pesos (60 dólares americanos) bastante tímido. Nariz discreta, moviendo la copa hay algo de casis. En boca se confirma su falta de nervio. La pregunta obligada es: ¿Habrá pasado la cima y está bajando la colina…? pero por otro lado al probar previamente vinos más contundentes, el paladar queda en un nivel de sensaciones que ya cualquier vino por debajo de esa intensidad parecerá diluido. Habrá que darle otra oportunidad cuando alguien lo pague y sea tan generoso como para compartirlo, ya que haciendo cuentas más de 1000 pesos sigue siendo mucho dinero.

Hasta aquí he llegado. Habrá más vinos mexicanos de seguro, ya que con la inagotable oferta nos podemos dar el lujo de descorchar y probar vinos para rato. Además de que ya están reposando algunos de ellos en la cava.

Cata 239

¡Hoy, después de algunos años, estrenamos copas! Nuestras viejas Rone: bajitas, un poco regordetas, de vidrio no muy delgado y manchadas por el paso del tiempo, se van al retiro. Hemos comparado la serie Swan 56. Copas estilizadas de piernas largas, sin borde, y que permiten calcular mejor la cantidad de vino que debe verterse. El inconveniente es que son aparentemente mucho más frágiles y su altura podría llegar a ser un problema: menos estables; no recomendables en movimientos bruscos en la mesa. Esperemos que sobrevivan y que los accidentes se den muy de vez en cuando. Por lo pronto han sobrevivido a la primera sesión.

Escogí seis vinos mexicanos: Dolores Hidalgo, San Miguel de Allende y Baja California. Empezamos con un blanquito de Vinícola Tres Raíces en Dolores Hidalgo: Tres Raíces 2021. Una explosión de aromas tropicales: Guanábana, Kiwi y notas de melón. En boca es firme de buena acidez y final amargo, recordando un poco al agua quina. Un vino muy vivaracho y de excelente relación calidad precio. Tal vez Jancis Robinson no le conceda el mérito de la tipicidad, ya que ella esperaría de la savignon blanc; uva con la que está vinificado este vino: orina de gato, pedernal, o también pólvora tratándose de un buen pouilly-fumé. Que tampoco es lo mismo que un varietal chileno o un mexicano. Pero en este vino sin duda domina la fruta tropical.

El segundo fue un syrah de bodegas Vega Manchón, también en Dolores Hidalgo. Hacienda San Miguel 2019. Fruta negra; ciruela y algo de pimienta blanca. En boca es muy astringente enmascarando en boca todo lo demás que pudiera tener. Con el reposo huele a granos de café de sus 12 meses en barrica.

El tercero es Viñedo San Miguel 2017, por desgracia tenía TCA, huele a cartón mojado, el aire no pudo limpiarlo, así que le daremos otra oportunidad.

La siguiente bodega está ubicada en el Ejido Porvenir en Baja California. Concierto Enológico vinifica algunos vinos cuyos nombres tienen que ver con la música. El primero fue Obertura 2020, con 10 meses de roble y 13.9 grados de alcohol. El primer golpe es de hollejos, ciruela roja madura y una nota especiada de mejorana. Buen paso de boca está bien amalgamado, no destaca el alcohol muy bien integrado y de tanino limado, de buena acidez.

El quinto de la misma bodega Pauta 2018. Un coctel de cinco uvas tintas: cabernet sauvignon, merlot, tempranillo, barbera y garnacha. Huele a capuchino y zarzamora. Un vino equilibrado y de buena acidez, de la misma hechura que el anterior.

El último Forza 2017, es un tinto vinificado con cabernet sauvignon, merlot y barbera. Destaca en nariz vainilla de la barrica, aunque no especifica su crianza, huele también a piedra de río y fondo especiado con una nota lejana de regaliz. Volveremos a los mexicanos, su oferta es extensa y debe haber alguna joyita por descubrir.

El Priorat y sus 14,5 de alcohol

De vuelta a los catalanes, específicamente del Priorato. Todos y cada uno de los cinco vinos de esta noche cuentan con sus 14,5 grados de alcohol, unos más integrados otros no tanto, pero francamente a ninguno se le notó en exceso. El primero fue un Garnacha Fosca Del Priorat 2018, de Proyecto Garnachas de España. Dicho proyecto da como resultado seis vinos de diferentes regiones, todos vinificados con garnacha tinta: La Rioja, Aragón, Del Valle del Ebro, El Pirineo y El Priorato, Proyecto encabezado por el enólogo Raúl Acha y un viñedo en Rioja propiedad de su familia. Probamos el de Priorato: Zarzamora , mejorana, tierra mojada con algunas notas de alcohol. En boca se nota la textura del tanino y un final amargo. Quizás necesite una decantación minutos previos antes del servicio. El segundo es de la famosa bodega de Álvaro Palacios, Camins del Priorat 2019. Un vino que deja ver su mineralidad, de tanino rugoso, de buena acidez, con notas de fruta roja madura. Otro que necesita más aire para limarlo un poco. Nos ha gustado aunque no sé por qué.

Perinet 2016. Con una mezcla de merlot, syrah, garnacha tinta y cariñena. 12 meses en acero inoxidable. Confieso que es la primera vez que sé de crianzas en acero inoxidable. Bien sabido son las fermentaciones en estos contenedores con temperatura controlada. Nariz intensa con notas mentoladas y especiadas, de entrada amplia y persiste hasta el final, aunque algo desbocado.

+7 2018 de bodegas Pinord. El primer golpe es de canela, con algo de fruta confitada. En boca es firme y de taninos presentes pero en mucho menos proporción que sus predecesores.

El quinto y último esta noche fue una decepción. Quizás por las altas expectativas que guardaba. Les Terrasses 2015 también de Álvaro Palacios. Vinificado en un pequeño porcentaje con uva blanca: el 1 %, aunque domina con un 55% la garnacha tinta. Un vinito plano, no me explico por qué, y de final amargo. No mucho más que decir, corto en nariz y en boca. Y seguiré buscando un Priorato evocador. Aunque llegué a la conclusión de que había que cambiar de copas, por unas de paredes más delgadas, sin borde aunque estas no lo tienen, y con una boca más amplia. Afortunadamente la oferta de este tipo de copas abunda en el mercado. Sé que pronto cambiaremos nuestras viejas copas, protagonistas de tantas batallas.