Acabo de leer en la columna del viernes de Gerschman, titulada Vino, una apología al vino blanco y también al rosado. Es frecuente escuchar ya entrada la estación de la primavera, cuando sube el termómetro, todo tipo de alabanzas al vino blanco por aquello de que se sirve a menor temperatura que el tinto. Yo mismo he caído seducido en ese cliché, pero ya puestos al análisis es fácil concluir que entra muy bien, pero que al final también cobra factura. El alcohol frío o caliente llega al cuerpo y hace sudar.
Pero qué pasa en Andalucía, cuna de manzanillas y finos con su destacado grado alcohólico, que se beben hasta en los días más calurosos de verano, tapeando con mariscos. ¿Acaso el color juega un papel psicológico importante? Desde que vemos un tinto en la copa nuestro cerebro percibe un vino con más peso, más alcohol, más extracto, más calorías. Es quizá la combinación de temperatura, color y textura lo que hace que los blancos sean más socorridos en tiempos de calor.

Windows on the World, Complete Wine Course

En la edición de 2009 del famoso libro de Kevin Zraly, aquel personaje propietario de Windows on the World, restaurante ubicado en una de las desaparecidas Torres Gemelas de la ciudad de Nueva York. Se ha dedicado en los últimos años a escribir y a enseñar en sus cursos sobre vino. En esta edición aparece una gráfica de la tendencia de los norteamericanos en el consumo de vino blanco y tinto. En 1970 el 76% del consumo era de vino tinto, en los ochentas esa proporción bajó al 47%, en la década del 90 los norteamericanos consumían mucho más blancos en una proporción del 70%, para el 2000 la proporción se equilibró a 55% blancos y 45% tintos y en los últimos siete años ha crecido la proporción de tintos, para 2007 los norteamericanos consumían un 55% de tintos y un 45% de blancos. La tendencia antes del 2000 Kevin la atribuye al cambio en hábitos más sanos, que han repercutido en un mayor consumo de alimentos bajos en grasa y aumento en el ejercicio físico. De papas fritas a pescado y vegetales. Chardonnay se convirtió en el nuevo paradigma en lugar de pedir simplemente un blanco. Pero en los últimos siete años parece que la tendencia es que los tintos vuelvan a ocupar su antiguo puesto. El consumo de vino blanco en el vecino país norteño sigue siendo alto, abriendo un gran mercado para este tipo de vinos. Por mi parte reconozco que cada día consumo más blancos. Hay muchas joyas que descubrir en Alsacia, en el Mosela, Valle del Loira y como pueden ver Francia está en primer lugar dentro de mi lista.

Duetto 1999

Hace unos días, con motivo del primer aniversario de este blog, descorché una de las pocas botellas que me quedan de Duetto 1999. Cuando tenía pleno derecho a llamarse Duetto, refrendando aquel maravilloso 97. Sorprende su juventud, con mucho polvo en la etiqueta, polvo del que estoy muy orgulloso ya que es testigo de la esmerada guarda de este gran vino mexicano. Que para muchos amigos no es ninguna sorpresa que sea mi preferido, por mis múltiples comentarios en verema.com. Esta botella muestra signos inequívocos de juventud, aunque también reconozco que ya se puede disfrutar. Al quedar dos botellas más en la cava, podré seguir su evolución. Cómo olvidar aquella gloriosa botella de Duetto 1997, que Valente, el Doc., descorchó cuando lo visité en Tijuana.

Luigi Bosca, recuerdo esta bodega en general y su delicioso chardonnay en particular. He probado y guardado muchas botellas. Un vino que disfruté en varias ocasiones y que compartí en mi mesa y en otras con muchos buenos amigos. ¿Pero después qué pasó…? Es la pregunta que ha quedado en el aire y que se repite en mi cabeza. Después de probar la añada 2000 y uno que otro 99, encuentro cambios significativos y no muy de mi agrado. Para la mayoría, el aumento de 0.5° de alcohol no es nada, pero para mi paladar ha sido determinante, mi memoria olfativa no es muy prodigiosa pero al final mis recuerdos no me remiten a aquellos vinos que tanto disfrutaba, con su propio carácter a precios comedidos.

PX Fernando de Castilla

Es domingo, un fin de semana largo por el puente, así que bajé a la cava a buscar un blanquito. Curiosamente era el único Luigi Bosca que quedaba. Chardonnay 2004. La curiosidad me venció y me lo he bebido con mi esposa y demás miembros familiares. Dorado, espeso con aromas tropicales a piña cristalizada al principio, paja mojada y notas anisadas. En boca es amplio, y el aire lo hace más agradable que en un principio, debo reconocer que sus 14 grados de alcohol podrían notarse mucho más en esta tarde de primavera, aunque su entrada todavía no es oficial.
Café y de postre un PX Fernando de Castilla: Higo, licor de café y menos notas de caucho que en otros PX. Me parece que es una buena opción para quienes vivimos en México y no contamos con el exquisito y económico PX de Alvear.

Uno de tantos ritos en el servicio del vino es el del sumiller entregando el corcho al comensal encargado de dar el visto bueno al vino elegido. Lo llevará directo a su nariz para comprobar que el vino no tenga defectos. Curiosamente muchos de los mejores vinos que he tenido el placer de disfrutar, al principio muestran aromas de reducción no muy agradables para los sentidos, sobre todo en añadas viejas. En cambio hay otros que el olor del corcho apenas denota el mal estado del vino.
Los cánones de la «etiqueta» dictan que sólo se huele, aunque algunas personas prefieren mordisquearlo. Cuando el sumiller vierte esa pequeña cantidad de vino en la copa, la gran mayoría lo prueba sin saber que muchos de los defectos se pueden percibir con el olfato. Aunque siendo una costumbre tan arraigada, tampoco está demás sorber un poco para sentir la temperatura y comprobar si hay o no algún defecto previamente percibido por el olfato.

Regresando al corcho. ¿A qué huele el corcho? o ¿A qué debería oler el corcho?.
Me parece que hay una gran confusión a la hora de dar el visto bueno al vino en los restaurantes. Un corcho en buen estado huele a vino, un vino defectuoso puede oler a muchas cosas desagradables. Pero definitivamente no se trata de que el vino sea como lo haya imaginado el cliente. Hace un par de años asistí a una comida con un amigo, éramos varios comensales, de repente uno de ellos rechazó la botella al sumiller. Éste, sin poner en ningún momento en tela de juicio la opinión del cliente retiró la botella y trajo otra. Me llamó poderosamente la atención que fuera otra marca distinta a la primera. Al final de la comida le pregunté por qué había devuelto la botella, contestando con un aire muy académico: no era lo que esperaba de ese vino…¿No era lo que esperabas? ¿Alguna vez lo habías probado? No. Pueden imaginar la cara que puse.
Existen varios motivos para rechazar una botella, pero no esta última, al menos que el cliente tenga fundadas sospechas de que le estén dando gato por liebre, pero para esto debe haber descorchado un buen número de botellas de la misma marca y añada en distintas circunstancias.

La seudo cultura del consumidor no encaja con los parámetros de servicio moderno. Tampoco es deseable que cada vez que visitemos un restaurante, tengamos que resistir un aburrido discurso de 15 minutos del sumiller. Existe un gran problema de comunicación entre el sumiller y el cliente. He podido observar que el comensal no le da su lugar al sumiller, ni el sumiller al cliente. Esta relación debe cambiar si queremos gente más profesional en el servicio del vino. Hay quienes quieren saber más sobre el tema, si es así adelante, que el sumiller se explaye y platique: Si sólo se trata de pedir una sugerencia, entonces que se limite a ofrecer un vino acorde al gusto, maridaje y bolsillo del cliente. Aquí es donde entra la psicología, materia que deberían agregar al currículum de todos los sumilleres.

Haciendo varios cambios en el metro, llegamos a la estación de Tottenham Court Road, para visitar El Museo Británico. Uno de los grandes museos de Europa, con 250 años de historia. Nunca he estado más de dos horas en un museo, ya que al final se recorren los pasillos sin prestar mucha atención, debido a la saturación de los sentidos. No es recomendable. Así que tuvimos que escoger las salas de nuestro interés: Grecia, Roma, Egipto, los sumerios y un vistazo a México. Este museo tiene una de las colecciones más grandes de arte helénico, con frisos del Partenón, templo dedicado a Atenéa a mediados del siglo V aC. Sus arquitectos: Ictinos, Calícrates y el famoso escultor Fidias. Extensas colecciones que merecen la pena más de una visita. Además de su deslumbrante y gigantesco vestíbulo repleto de luz que da la bienvenida.

Fuagrás de Pato

Después de la interesante visita al museo recorrimos a pie nuestro camino de regreso, haciendo una escala en el restaurante Bloomsbury St. Sobrio, refinado y excelente atención, nada común en Europa. Empecé con un paté de hígado de pato: presentación impecable, excelente textura y mejor sabor, seguido de un fresco salmón, a las brasas, rociado con un sancerre, aunque no he anotado nada más. Floral y sutil. Un refrescante y gratificante blanco. Al estar enfocando mi lente al plato de fuagrás para tomar una foto, se acercó preocupada la mesera ya que una de las rebanas de pan tostado estaba en posición horizontal, así que me sugirió que tomará otra foto con el pan en posición vertical. A esto le llamó celo y esmero al trabajo. Aunque no pude evitar dibujar una sonrisa en mi rostro.
Para ayudar a la digestión, nos dirigimos a la estación del Puente de Londres y recorriendo unas cuadras llegamos cerca del famoso Puente de La Torre. Estando muy próximas dos de las tiendas que me había recomendado Mr. Crimmin, el sumiller del Gaucho, aproveché y corrí a buscarlas mientras mi esposa y mi hija se quedaban charlando en un moderno café por la zona. Metida en un callejón medieval a un lado de King William Street, llegué a Bedales, una tienda pequeña donde se degusta y se compra vino, con algunas mesas dispuestas en la entrada y botelleros al fondo así como alrededor del pequeño local. En esa tarde tenían un acontecimiento privado por lo que no pude probar nada. Me imagino que el dueño es el mismo hombre que me atendió ese día. En realidad no es una tienda con un gran surtido, sobre todo tomando en cuenta mis expectativas, así que con el pretexto de que mi mujer me estaba buscando, salí rumbo a la segunda tienda, que se encuentra justo unas cuadras más adelante.

Interior de Vinopolis

Vinopolis moderna y muy grande, con un enorme wine bar al frente. Mucha luz, mucho espacio, pero poco surtido. Es sin duda una de las tiendas más grandes y al mismo tiempo menos surtidas que he conocido. Por lo menos en lo que respecta a los vinos que están en los anaqueles, ya que había varias personas tomando pedidos en otra habitación, así como el acostumbrado privado para el whisky. Un poco decepcionado y cabizbajo regresé caminando a marcha lenta a tomar un café con la familia. Quedaba sólo la mañana del día siguiente, así que tenía que jugarme la última carta.
Antes de abordar el metro de regreso al hotel, pasamos a beber una copa en Davy´s, un Pub desbordante de gente, gracias a una amable mesera pudimos pasar al comedor, ya que todas las mesas del bar estaban ocupadas. St. Ceran, Blanc de blancs brut para mi mujer, y un Broully Les Thibaults 2008. El primero de burbuja fina y con una buena dosis de azúcar residual para ser brut, mi esposa lo calificó como «acervezado», quizá por la levadura tan presente. El broully, bastante primario, más bien parecía un beaujolais común y corriente.

Berry Bros. & Rudd

Sin tiempo que perder, al otro día salí del hotel pasadas las ocho de la mañana rumbo a la estación de Green Park. Después de un café y un pan dulce, salí para volver a entrar a otra cafetería en otro de tantos callejones. Tenía que hacer tiempo hasta las diez, tiempo para otro cafecito de casi 2 £. La calle era fría y húmeda, con una molesta y típica llovizna londinense que empapaba mi chamarra, el paraguas lo había olvidado en el hotel. A las 10:05 salí de la cafetería para buscar la tienda. En contra esquina encontré Justerini & Brooks, crucé la calle de St James, y sacudiéndome las gotas de agua de las mangas, entré. Recibido en el vestíbulo por una refinada dama, cabello castaño, de aspecto intelectual, con una diadema; de esos aparatejos que llevan audífonos y micrófono integrado. Sentada frente a un monitor me dio la bienvenida, he inmediatamente me dijo que la venta de vinos era por caja. Después de un momento de silencio y al ver mi cara de sorpresa, replicó que unos metros más abajo se encontraba Berry Bros. & Rudd, tienda donde podía conseguir vinos por botella. Berry Bros & Rudd, era precisamente la tienda que estaba buscando, así que sin perder tiempo me despedí, no sin antes agradecerle la información. De camino me encontré tiendas muy interesantes: Lobb, de reparación de calzado, Truefitt & Hill tienda de brochas, espejos y otras monadas para afeitarse y para el baño, no podía faltar una tienda de puros y pipas, Davidoff. Se pueden apreciar sobre esta famosa calle algunas fachadas con influencia georgiana. Berry Bros. & Rudd es una tienda aún más antigua que el Museo Británico, con más de 300 años de vida, que se respiran en sus viejos pisos de madera además de algunos utensilios y botellas viejas, dignos de la colección de un museo. Al principio me recibió una elegante y espigada señorita, que al soltarle una avalancha de preguntas, como; ¿Qué champán artesanal me recomendaba…?, salió de la sala donde me encontraba buscando algunos vinos. En su lugar llegó Mathew Forster y comenzó una charla de varios minutos. Una de las cosas que me llamó más la atención, fue cuando me dijo que los Madeira podían abrirse, y tomarse varios días y hasta meses después sin ninguna repercusión negativa en el gusto.
Le pedí que me recomendara tres borgoñas tintos de alrededor de 35 £, y con otros tres blanquitos de otras regiones, completé mi cuota, cuota para poder manejar una cajita no muy grande ni pesada, ya que el camino era largo y el metro no es el mejor lugar para ir muy cargado.

Así dejamos el Támesis atrás para estar todavía un par de días en Dublin, junto al Liffey. En la última cena del viaje, en Chesterfield pedí media botella de Fleurie Poncereau 2007 de un viejo conocido de Louis Jadot. Frutal y térreo a la vez. Maridó muy bien con unos rollitos crujientes de pato estilo oriental, y una fresca y deliciosa ensalada. Confirmé lo antes dicho; Chesterfield, tiene muy buena cocina.

Rollos de pato y Poncereau 2007

No sé si sea mucho o poco, no tengo otras referencias, aunque algunos blogs deben ser más viejos. Gota a gota hoy cumple un año. Un espacio que por lo menos a mí me ha resultado muy entretenido, porque he podido escribir y además reflexionar sobre asuntos relacionados con el mundo del vino. Agradezco a quienes han leído este blog, y sobre todo a quienes lo enriquecen participando con sus interesantes comentarios.

Algunas cifras: 95 entradas, 14,131 visitas, 529 comentarios.

¡Mil gracias!

Foto extraída de caramel.com

Corchos Cata 131

En nuestras reuniones de cata nunca había faltado Pedro, joven entusiasta que se encarga de multitud de cosas, todas ellas enfocadas a que podamos disfrutar de la cata sin preocuparnos por poner la mesa, recoger las copas, lavarlas etc. etc. El viernes pasado faltó. Si sus intenciones eran que valoráramos su trabajo, lo ha logrado con mención honorífica y medallitas. Por favor Pedro, si lees estos renglones, ya no faltes o avisa un día antes. Te lo suplicamos.

Superado ese contratiempo, Paco dirigió la Cata que había preparado desde hacía un mes. Merlot de California. No pude dejar de pensar en aquel libro del Dr. Vino, el señor Tyler Colman, titulado Wine Politics  un libro que escribió originalmente para su tesis doctoral, sino mal recuerdo, y que de alguna manera publicó y se ha convertido en un éxito. Se trata de una radiografía de los hilos que mueven el comercio del vino en Norteamérica, principalmente, aportando datos muy interesantes sobre el estado de California en EE.UU. datos muy vigentes y que cambian la concepción del comercio del vino.

De los seis vinos merlot, nombres como: Woodbridge de Mondavi, Kendall-Jackson, Sutter Home, Kenwood y Geyser Peak. El primero fue el que más gustó. Un vino frutal, concentrado y amplio en boca. Hubo de todo, algunas lijas que al final raspaban la lengua, otros venían con un buen aporte de alcohol sin integrar, aunque todos se movieron en un margen decente. Veo en el grupo de cata una benevolente mano amiga a la hora de criticar los vinos, pero sobre todo a la hora de calificarlos. Situación esta última que cada vez me deja menos conforme, hoy en día pienso que dos párrafos dicen mucho más que una calificación además de ser menos fríos que los números. A principios del año pasado adoptamos el sistema de calificación por letras A+ rozando la perfección, cuando los ángeles bajan y nos cantan al oído, A un vino para comprar una caja, B un vino agradable y correcto, C con algún defecto, bebible… lo demás no lo calificamos por tener algún defecto. Confieso que este método impuesto por un servidor y que sustituyó las calificaciones numéricas en un rango de 1 a 20, no ha dejado a nadie satisfecho, aunque yo insisto en que deberíamos de desechar las calificaciones y que cada quien escriba lo que siente por el vino.

Por último, hablé con Jorge por teléfono, un querido amigo y miembro del grupo que apenas unas horas antes disfrutara con nosotros de esta cata, y que al día siguiente se enterara del temblor que azotaría a su país, Chile. Afortunadamente su familia está bien. Un abrazo desde aquí a ti y tu familia, espero que esta tragedia no sea de las proporciones que se esperaban de un temblor de 8,8 grados y que puedan superar este trago amargo los chilenos y toda la gente que vive en ese hermoso país.

Tutton´s en Covent Garden

Hacía dos décadas que no visitaba Londres. Ese aire medieval de sus callejones, sus melancólicas vistas al Támesis y la elegancia de sus puentes y su parlamento, junto con su torre, el famoso Big Ben, la hacen de mis ciudades favoritas. El Ojo de Londres es una nueva atracción, por lo menos para mí, ya que se abrió al público nueve años después de mi última visita. Por esta ocasión no he podido subir, no ha sido la acrofobia lo que lo ha impedido, sino la mala costumbre de ir posponiendo las visitas hasta que es demasiado tarde. Londres goza de una vasta reputación en las artes, el conocimiento, la historia, tierra de anticuarios y de piratas convertidos en Sir, con un comercio intenso de vino que se remonta a varios siglos atrás. Como en casi todas las grandes metrópolis su transporte público también merece un reconocimiento, sin su eficiente metro me hubiera sido imposible hacer la mitad de las actividades que realicé. Desde la ventana de nuestra habitación podía ver la única pista del pequeño aeropuerto de «The London Airport». Del hotel a la estación de Royal Albert había un buen trecho de alrededor de un kilómetro, recorrido que se haría agradable en el mes de septiembre, pero no en febrero a menos de 0°C. Mil metros que se hacen una eternidad. Desde allí se puede ir a todas partes haciendo los cambios de estación necesarios.

Nuestra última parada fue Westminster, impresionante salir de la estación del metro para encontrarse con el Big Ben, que parece un gigante vigilando el nublado horizonte londinense. Cruzando el puente de Westminster, maniobra poco complicada con la cantidad de turistas cámara en mano sacando fotos hasta del piso de las aceras, comenzó a caer una ligera lluvia de aguanieve, para quien vive cerca del Ecuador era fácil imaginar que estaba nevando.
Después de echar un vistazo al Ojo de Londres y pasar frente al lujoso Marriot, tomamos un Leyland, que hoy en día cuenta con toda la tecnología, nada que ver con los antiguos taxis de la misma marca de los autobuses de doble piso y de la ciudad donde se construyen. Le pedimos al taxista que nos llevara a Covent Garden, a unas cuadras de allí, que de no haber sido por el frío y la lluvia hubiera resultado una sana y amena caminata de 25 minutos. El hambre apretaba, así que nos metimos al primer restaurante que encontramos, que por cierto abundan en esa zona. Tutton´s Brasserie es un lugar bullicioso, pero agradable, con las mesas pegadas unas a otras, inhibiendo un poco la intimidad. Varios pizarrones informan sobre la comida y el vino vigentes. A lo lejos distinguí con letras grandes; «Cremant de Bourgogne Rose«, nada mejor para abrir boca. Sin añada, si es que la tuviera, y sin haber preguntado la marca…Una grata sorpresa, el mejor espumoso del viaje: seco, mineral, fresas silvestres, de color salmón y buena burbuja. Siguiendo con el vino por copeo, pedí un Ca di Ponti, Nero de Avola 2008, planito, austero y más corto que un suspiro. Al comentarle al mesero mi fallida experiencia con el Ca di Ponti, le pedí un Valmoissime 2008, (pinot noir), pero me advirtió que éste sería aún más diluido. Sin darle mayor importancia a su comentario lo pedí. Un vino del montón con una arista alcohólica digna de un shyraz australiano. La materia prima de primera, pedí unas chuletas de cordero muy sabrosas; en su punto. De postre un Quinta Do Noval LVB, que de no haber sido por el color terracota, afirmaría que fue un vulgar rubí. Ahora aplaudo la costumbre en España, cuando el camarero trae a la mesa la botella para servir la copa frente al cliente.

Hay días malos y otros peores, esto en relación a la pertinaz lluvia que no cesó hasta la noche, pero que tampoco impidió que saliéramos del hotel con nuestros paraguas, guantes y gorros. Tomando en la estación de Victoria el Tour por la ciudad, teniendo la flexibilidad de bajar en los sitios de nuestra preferencia, bajamos en Picadilly. Después de que mi esposa hiciera unas compras en la tienda de National Geographic, nos dirigimos a comer a un lugar que nos había recomendado una atenta vendedora de origen sudamericano, no sin antes advertirme que era un lugar caro. Pero nos pico la curiosidad y entramos.

 Asador del Gaucho

Gaucho está en uno de los callejones que salen a Picadilly. De aspecto sobrio, recibidos por una elegante señorita encargada del guardarropa, y acompañados a nuestra mesa por otra no menos guapa británica. Ya me hacía sospechar que tendría que empeñar un riñón. Aunque al final no fue así. A un lado del asador, podíamos ver la preparación de los diferentes cortes, las paredes estaban tapizadas con pieles de ganado vacuno, al más puro estilo peluche… mis compatriotas entenderán la descripción. Lo primero que revisé fue la lista de vinos: ¡Argentinos!…¡t-o-d-o-s!. Yes sir… En un par de minutos llegó un amable sumiller, Jake Crimmin, cuyo atuendo distaba mucho del peto de cuero, el catavinos y las medallas. Con un sobrio traje y corbata me hizo varias recomendaciones. Porque no me trae un vinito artesanal, de esos que se venden por cientos y no miles de cajas, amablemente me dio a probar dos copas, pero ninguna me gusto. Con el dedo señalé un Ópalo 2007, malbec de Mauricio Lorca.

Picadilly Street

Al seguir conversando sobre el supuesto vino de baja producción, salió a relucir este blog. Con una sonrisa de complicidad me dio su tarjeta y me dijo que el también escribía en el propio: Diary of a sommelier. Recordando el poco éxito para encontrar tiendas de vino hasta el momento, le pedí que me diera una lista de ellas. De las cinco referencias, conocí tres, más una extra que no estaba en la lista, pero lo dejaré para la siguiente entrega. Como última petición, le solicité algún Oporto para el final, Port ?… Try Malamado 2005, is a port style. Acto seguido desapareció y no volvió a la mesa. Cuando pregunté por él para agradecer sus atenciones me dijeron que se había retirado. La carne, como era de suponerse estaba exquisita. Yo me decanté por unas costillas de carnero, con la cocción perfecta así como los condimentos más básicos, grasa en su más sublime expresión, al lado un buen plato de tomates frescos multicolores, rebanados y bañados en aceite de oliva extra virgen con sal gruesa. El malbec, me pareció correcto; flores secas, chocolate amargo, jugoso, aunque a buena temperatura dejaba ver su alta graduación alcohólica (14%). El Malamado, «port style» puro jarabe para la tos, una caricatura de oporto, una mala caricatura. (continuará)

Desde el avión

Como aficionado a la fotografía en cada viaje cargo mi cámara, así tuve la oportunidad en esa hermosa mañana de tomar unas fotos desde el avión, justo después de despegar de la Ciudad de México. En el oriente los majestuosos volcanes Iztlazihuatl y Popocatépetl con el Valle cubierto por un manto de nubes. Así que no es tan mala idea cargar con la camarita.

La primera escala fue en Atlanta, donde estuvimos poco más de tres horas en espera del vuelo que nos llevaría a Dublín. Uno de los mayores inconvenientes de los vuelos en conexión es llegar con mucho tiempo, o la angustia de no perder el vuelo por algún atraso, situación nada fuera de lo común. Sin ánimos suficientes para salir del aeropuerto, mi esposa y yo nos concretamos a dar un paseo por los duty free. Entramos al primer wine bar que apareció. One Flew South bar de vinos y sushi. Una copita de riesling de Washington para ella y un Domaine Pichot 2008 para mí. Pero no todos los Vovray brillan como los de Huet, este Pichot le falta nervio. Frutal, pero nada más que eso, desaparece tan rápido del paladar como de la memoria. The Magnificent Wine Co. 2008 de Washington, no me ha gustado empezando por el nombre, largo y raro para un vino. Herbáceo y con una sensación cítrica tan artificial como algunos caramelos baratos de mala calidad. Una vez en la sala de espera antes de abordar el avión, nos dispusimos a la hibernación para cruzar el Atlántico, también llevaba un libro que había comprado un par de meses atrás: Liquid Memory de Jonathan Nossiter.

Mercado callejero en Dublin

Después de siete horas y treinta y tres minutos salimos de esa lata de sardinas repleta de humanidad, así como de olores variopintos. Un gran alivio despedirse de la azafata y poner los pies en tierra firme, como quien cruza la meta de un maratón. Llegamos al hotel abordo de uno de esos famosos autobuses de dos pisos. Un remanso de paz a la orilla del Liffey (versión Irlandesa del Támesis, guardando su debida proporción) cerca de la estación de tren y de un museo que nunca se nos ocurrió visitar. Best Western Ashling es un hotel con un amplio, acogedor y elegante comedor, sus habitaciones son de buen tamaño para los estándares europeos, pero lo más destacable es su cocina. Si visitan Dublín deben comer en Chesterfield, nombre de su excelente restaurante. Su carta de vinos es como muchas otras, con vinos de Francia, España, Italia y algo de Chile. Nada que pueda levantar suspiros.
Después del desayuno dormimos desde las diez de la mañana hasta las 3:30 de la tarde, salimos a estirar las piernas a la orilla del río. A las cuatro cuadras sentíamos como se nos partía la cara con el gélido viento, así que nos metimos a una tienda Spar, que nunca falta en cada esquina. Al asomarme por las cervezas observé junto a la local y legendaria Guiness, una docena de Coronas, nuestras fieles embajadoras en todo el mundo. Acto seguido caminamos sin escalas a un coqueto café donde nos bebimos dos tacitas de capuchino cada uno, bien calientes y espolvoreados con canela para quitarnos el frío de los huesos y así poder enfilarnos de vuelta al hotel. Esa misma noche en Chesterfield he probado una de las mejores ensaladas en mucho tiempo, acompañada de un pint de Guiness. A cada trago tenía que limpiarme los bigotes. Definitivamente me volví fiel consumidor de esta deliciosa cerveza oscura. La ensalada estaba acompañada de semillas de girasol tostadas y un aderezo agridulce que resaltaba el fresco sabor de las lechugas y otras hojas no identificadas. Al otro día teníamos la misión más importante del viaje, visitar a un ser querido para que nos acompañara el resto del viaje. Después de visitar un hermoso suburbio de Dublín, un pueblo que se llama Bray, fuimos a comer con la nueva integrante del grupo a un restaurante a la orilla de la calle que da a la playa. Martello es un pequeño hotel y restaurante con más influencia norteamericana que británica, pero se come buena carne y mejores postres. No pensé encontrar por estas tierras el segundo vino de Chateau Musar, Hochar 2002, un tinto de taninos mullidos pero firme en su conjunto, que acompañó de maravilla la jugosa carne.

Hochar 2002

El sábado a medio día visitamos un restaurante mexicano en pleno centro de Dublin. Azteca es su nombre y como en muchos países fuera de México, el gran problema es surtirse de la materia prima necesaria.
En la calle de Grafton, corazón comercial del sur de Dublín, comimos en Belley´s una excelente pizza preparada en horno de leña. Una buena opción para quienes gustan de pizzas. La carta de vinos es muy modesta por no decir escasa, pedí un Chianti genérico con una arista alcohólica impresionante, el primer trago me supo a vodka sin hielo, el segundo fue peor…La copa se quedó en la mesa casi llena. Recomiendo que pidan un pint de Guiness, no falla.
Al otro día recorrimos la catedral de San Patricio, aquel santo que explicó la trinidad con un trébol y que se ha convertido en uno de los íconos de Irlanda, junto con su color verde. Paradójicamente en un país de mayoría católica, la catedral es anglicana. Casi a las puertas de los jardines junto a la catedral se encuentra Bill & Castle (Gastro Pub & Beer Hall) un pub muy comercialito donde pedí un rib eye dry aged, pasado de tueste, muy seco y sin sabor, acompañado con un Doppio Passo 2007 vinificado con primitivo, de Salento (Indicazione geografica tipica) mucho extracto poco nervio, fruta pacificada. Nada que valga la pena, ni el lugar, ni la comida ni el vino. Al otro día partíamos a Londres, pero lo dejaré para una segunda entrega. Por el momento Chesterfield y Guiness llevan la delantera.

Clos Du Bourg, demi sec 1996

Después del reencuentro en este año con mis «pupilos» del diplomado para sumiller, que por cierto resultó una sesión muy intensa sobre ese bello y estrecho país vitivinícola europeo, lusitano.
Estando en ayunas, y después de dos litros de agua, salí hambriento a casa. Así que llegando bajé a la bodega, como estaba de blancos saqué un Clos Du Bourg, demi sec 1996, de la legendaria familia Huet. Aquel afortunado productor francés sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial.
Lo segundo era escoger un buen lugar donde disfrutarlo y comer en compañía de la familia. El acostumbrado, desde hace poco. Buena materia prima, concepto innovador pero con políticas inconsistentes. La última vez advertí al mesero que no había cargado a la cuenta el descorche de un bonito Alion 2005. Amablemente contestó que no se trataba de un olvido, sino que no lo cobraba por tratarse de un cliente asiduo. Me parece que se confundió de cliente, con alguien muy parecido a mi persona, ya que yo no visito con tanta frecuencia ese lugar. Bueno, todo dependerá de cómo califiquemos a los clientes asiduos. El caso es que hoy no hubo descorche gratis. Y yo que les había ahorrado la maniobra de la cubitera con agua y hielo, de haberlo sabido…
Siguiendo con ese estupendo Vovray, una vez abierto despide aromas intensos a miel, cera de abeja, barro, fruta amarilla madura así como un toque floral muy fresco. Una maravilla. Y qué decir en boca; un grado menos que abocado, seductor, redondo, muy integrado, poco visto en muchos chenin blanc de poca estirpe. En esto sí me confieso clasista. Catorce años, donde apenas deja asomar su grandeza. Un vinazo; redondo, estructurado y delicioso, como pocos. Muy pocos.

Ésta parece ser la última entrada en algunos días, ya que la semana que entra viajo nada menos que al mercado de vinos más grande del Mundo. Sí, voy a Londres y tengo planeado visitar algunas tiendas de vino, restaurantes y uno que otro wine bar. Sé que habrá mucho material fresco para los dos amables y generosos lectores de este blog. Todo esto no hubiera sido posible sino gracias a la inmensa generosidad de mi cuñada, que al haber acumulado tantas millas y haberlas puesto a mi disposición, puedo realizar este viaje con mi esposa. Ella bien sabe lo mucho que aprecio este gesto. M-I-L gracias. Y a todos, un hasta pronto.

crianzas, reservas y grandes reservas…

Para esta ocasión, donde científicos de la NASA afirmaban que la luna se vería con un resplandor que no se repetirá en 2010, inició la primera cata de este año. Sus pronósticos se cumplieron, aunque de todas formas tuvimos que hacer uso de la electricidad para alumbrarnos. Pocos asistentes debido al fin de semana largo, con puente, el primero del año. Tuvimos tres invitados de lujo, uno de ellos mi estimado compadre Rodolfo, miembro fundador de este grupo, pero que por diferentes razones dejó de venir.
Francisco a quien tocó el turno de dirigir la cata, improvisó de manera genial, con sólo unas horas de anticipación un «experimento» con vinos españoles. La cata que tenía preparada la guarda para una «sesión plenaria», es decir, que asistamos todos y cada uno de los miembros. Algo bueno nos tendrá reservado…
El tema se enfocó en la madera; un ejercicio muy interesante donde el objetivo fue identificar los diferentes grados de madurez en relación con la crianza en madera. crianza, reserva y gran reserva,  obviamente en vinos Españoles. Mi único comentario fue que esta clasificación es anacrónica y que en algunas denominaciones de origen ya ni siquiera lo mencionan, como en el caso del Priorato.

Como pocas catas, ésta fue bastante ilustrativa ya que dejó patente nuestras carencias y limitaciones en la degustación, sobre todo al momento de identificar alguna característica organoléptica y tratar de hacer una clasificación del vino.
El ejercicio parecía muy sencillo al principio. Seis vinos en total, los tres primeros había que identificarlos como: crianza, reserva o gran reserva. De los nueve catadores, nadie identificó los tres sin un solo error. En la segunda parte, los tres restantes, había que identificar; un cosecha, crianza y reserva. Entendiendo el cosecha como un vino que no ha pasado por madera. Los resultados fueron los mismos, nadie los pudo identificar sin haber tenido por lo menos un error.

¡hagan sus apuestas…!

Los comentarios sobre los vinos con más crianza en madera no se hicieron esperar. Hay quienes identifican las prolongadas crianzas con los riojas clásicos, esos aromas a caramelo, paja mojada, notas de vainilla y cuero repujado hasta piel de Rusia, ahumados, térreos, de tabaco curado… Sin embargo creo que en crianzas prolongadas tanto en madera como en vidrio, podemos llegar a pensar que esas proteínas que se forman con el tiempo, hacen que el perfil del vino de una región se parezca a otros con las mismas características de crianza. Para los más ortodoxos puede sonarles una barbaridad, más para quienes logran identificar no sólo vinos de una región sino de un viñedo en específico, el terroir. Pero insisto que en términos generales he encontrado una similitud entre borgoñas viejos y riojas añejos.
Concluyo que esta cata ha sido una gran lección que nos dejó a todos con el ego roto.