Blanco cepa Graves

Publicado: 17 abril, 2011 en Vino y amigos
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Antiguo collarín…

Domingo por la tarde, los niños ya están de vacaciones y yo un poco cansado. Por la mañana con una taza de café al lado, revisaba correos y echaba un vistazo por algunos blogs que frecuento, así me encuentro con el último post del señor Tyler, en su concurrido blog Dr. Vino, hablando de los legendarios vinos de López Heredia Viña Tondonia. Vinos que salen ya maduros de la bodega, una práctica casi extinta. Entre otros por el costo que representa guardar las botellas por tan largo tiempo antes de sacarlas al mercado. Diferencia histórica entre los Burdeos que deben madurar en las bodegas privadas de quienes pueden todavía gastarse una fortuna en las últimas añadas, esperando otro tanto, y echar la moneda al aire… Gran diferencia entre los vinos clásicos riojanos, sobre todo de esta mítica bodega, vinos con una larga crianza en madera y en vidrio, listos para beberse desde que salen al mercado o seguir evolucionando por décadas y recompensar con magia y encanto a quienes saben esperar.
Así que se me ocurrió mandar un correo a Ma. José López Herdedia, con el enlace para que le echara un ojo. Acto seguido bajé a mi cava para escoger algún vino de esta bodega de Haro. Algunos tintos entre dos muy especiales: Tondonia y Bosconia del 64, un Tondonia del 70 y algunos Bosconias del 86 y 88. Pero hoy estaba para blancos, así que desempolvé uno de dos Gravonias 93, que aún conservaba de media caja. Ya había escuchado rumores del origen de su nombre. Influido por la zona francesa de Graves en Burdeos, mismo que confirmó por correo Ma. José López Herdedia. Agradezco no sólo su disposición y su respuesta como siempre, sino su amabilidad y prontitud para contestar.
Entre otros nombres franceses me ha contado cosas interesantes:

«Te mando fotos de los collarines que se ponían en las botellas donde, claramente, se observa cómo copiaban los nombres Franceses. Cuando se prohibieron en 1954 es cuando un tío abuelo mío llamado Julio César cambio el Cepa Graves por Gravonia, el cepa Medoc por un vino que teníamos llamado Borgoña….» (…)

«El alambrado se ponía a los vinos que más viajaban, para evitar que fueran falsificados y el lacre también».(…)

Aunque lo de Graves no viene precisamente por la cepa, ya que no es savignon blanc sino 100 % viura. Lo más destacable de este noble blanco es su exquisita mineralidad, a sus dieciocho años tiene una estructura impecable con esa acidez que forma su columna vertebral. De color oro viejo con reflejos cobrizos, me recuerda al Sidral Mundet que bebía de niño. Sólo por el color. El primer golpe es de maderas finas (cedro) y pimienta blanca, recuerdos de membrillo y notas cítricas a toronja. En boca su mineralidad envuelve el paladar, firme y con una extraordinaria acidez, sobrio y profundo. Un blanco que no es precisamente para un domingo de alberca, pero una vez que se me ha cruzado algo por la cabeza…

Gravonia 1993

El placer no necesita de: manuales, instructivos, guías, recomendaciones… ni tampoco de fechas, compromisos, aniversarios y toda la parafernalia de oropel que ha inventado el hombre para sí mismo.

¿Qué dia vendimiar?, pregunta el enólogo. ¿Cuándo estará lista la publicidad?, pregunta el director de promoción. ¿Cuándo llegarán las muestras?, pregunta el distribuidor. ¿Cómo vamos con las ventas?, pregunta el dueño de la bodega. ¿Quiere algún vino de la carta?, pregunta el camarero. ¿Lo dejamos respirar?, pregunta el sumiller. ¿Puede traer otra botella?, pregunta Benjamín… Preguntas sin respuesta, respuestas sin preguntas; está muy caro, tiene mucho alcohol, mucho mejor en nariz, diluido al final, final corto, goloso, cansino, potente, robusto, amaderado, con defecto, sin defectos, correcto… Pero siempre en la búsqueda del placer para disfrutar la copa que tenemos en mano, el principio, lo fundamental. Por qué dar tantas vueltas. Lo que está en la copa es lo que cuenta. Así como observo día con día la sofisticación de la comida y el vino, también me doy cuenta de lo distorsionado y confuso que puede convertirse el panorama. Espejismos y figuraciones para impresionar al consumidor.

Precisamente me ha llamado poderosamente la atención lo que sucedió hace unos cuantos días. Llegué a casa, me lavé las manos, me senté a comer… todo con tediosa normalidad. Cuando mi esposa sirvió el segundo plato, lo identifiqué como una receta nueva, un platillo inédito. ¿Qué es…?. Pollo en salsa de pimientos. ¡Mmmmm, delicioso!,. Al otro día lasaña, y hace un par de días las crepas de pollo más sabrosas de toda mi vida, un alambre con: carne, cebolla, pimientos, tocino y queso, un platillo tan sencillo que no podría imaginar qué ingredientes distintos pudo haber usado para hacer la gran diferencia y que me chupara los dedos. Todo esto preparado por Vero, una mujer humilde que no necesitó de Le Cordon Blue, o de su gorro, o su chaqueta con termómetro incluido, ni nada de eso. Sus manos, su imaginación y lo principal, lo que nos repetía la abuela y nuestra madre; la s-a-z-ó-n. Todo en su punto exacto, sin que falte ni que sobre nada, con materia prima de primera calidad, comprada por ella misma en la mañana.

Vero y sus platillos me han hecho reflexionar acerca del retorno a las bases, lo sencillo, lo fundamental, la preparación simple y llana, sin adornos ni paltillos bautizados con nombres largos y rimbombantes.

Dentro del mundo vitivinícola se está perdiendo el enfoque, necesitamos enólogos con el perfil de Vero, virtuosos del vino por merito propio, y no por las medallas ni por los posgrados, ni tampoco por la fama efímera.

Gentil Hugel 2006, desde 1639

Hoy he descorchado un vino honesto sin galardones, ni premios, pero si con mucha sustancia. Gentil Hugel 2006. Contraria a la costumbre, aquí no han puesto en la etiqueta la variedad, se trata de una combinación no explícita. «blend of noble grapes». Bodega histórica que ha visto pasar a doce generaciones desde el año de 1639. Un vino dorado, brillante, limpio. Me recuerda el níspero. En boca es círtico; toronja roja, notas de durazno, final largo y mineral. Por desgracia, y muy a mi pesar, era la última botella que quedaba.

Calixa Chardonnay 2009

Es domingo, ya pasado medio día el calor exacerbado por las calorías de la carne, la cecina, las cebollitas y un malbec-tempranillo, se deja sentir el sudor en cada poro de la piel. La tarde pesa y baila la brisa caliente entre el olor de la carne asada y el vino. Pero calma, que no ha pasado lo peor, el mes que viene seguro será mucho más caluroso, si no caen las primeras lluvias. Como decía un cómico: «los pobres y sedientos árboles perseguían con desesperación a los perros…»

Hace calor. Sin duda los tintos están fuera de lugar, pero tampoco imagino comiendo una carne asada acompañada con vino blanco. De todas maneras llevé un chardonnay. Un Calixa Chardonnay 2009. Recién comprado en la tienda, pasó a la cajuela del coche, de la cajuela del coche a la cocina, de la cocina a la cubitera con hielo y agua, de la cubitera con hielo y agua a la copa. Los más ortodoxos se preguntarán: ¿la cajuela es el mejor lugar para llevar el vino…? en realidad lo llevaba en el asiento trasero. El resultado puedo asegurarles que es casi el mismo.

Una vez en la copa es de color amarillo pajizo con reflejos verdosos, brillante y fluido, de menisco acerado. Nariz limpia, con aromas dominantes a níspero, y notas de mango. Muy tropical. En boca es goloso, acidez justa y al final un poco amargo. Sus 14,5 grados de alcohol son claros y manifiestos a pesar de que está lo suficientemente frío, pero no tanto como para entumecer la lengua, como ya es costumbre en muchos restaurantes.
Urban Uco malbec-tempranillo 2005 está vinificado con una mezcla de dos variedades que por lo general no se da regularmente: 50% malbec y 50% tempranillo. Un vino de color picota, muy oscuro y que huele a ciruela madura y refresco de cola, me recuerda la rusticidad de la mencía. Pasado el tiempo y moviendo la copa, afloran notas de sandía. En boca es frutal, goloso y de acidez justita, tanino suave, de trago largo. Nada mal con la carne asada con cebollitas.

Urban Uco 2005

En esta ocasión no voy a hablar de vino, tampoco de sus virtudes ni de sus bondades, o del maridaje o la falta de éste. Hoy llevaré a la mesa el tema de los altos precios del vino y la comida, para que sirva por lo menos de catarsis, y no tenga que contar esta misma historia a mi psicólogo dentro de un par de años, para liberar mis traumas y mis penas más hondas.
Ayer por la noche asistí con mi mujer a un restaurante que abrió sus puertas hace un par de meses. El motivo; reunirnos todos los miembros del grupo de cata con nuestras respectivas esposas para festejar a un buen amigo que contraerá sus segundas nupcias. Ocupamos una gran mesa. Todo iba muy bien, el restaurante es una vieja casa tipo hacienda donde las habitaciones estan dispuestas alrededor de un jardín tan grande como esmeradamente cuidado. El área del comedor está ambientada con motivos de los años sesentas, la cava es fría, pero no por la temperatura sino por su estilo minimalista donde el cristal y el acero son los protagonitas, y cuando digo protagonista es en toda la extensión, ya que las botellas de vino son escasas, así que en gran parte de la cava las tumban a lo largo para ocupar más espacio y así disimular la escasez. Porque no negarán que una cava media vacía, o media llena es como un árbol sin hojas. Bueno hasta ahí todo transcurría con cierta normalidad, obstáculos salvables que seguro iran mejorando con el tiempo. Su comida está enfocada principalmente en la italiana. Aunque el risotto con hongos que pedí no levantó en mí ningún suspiro. No considero relevante mencionar el nombre del restaurante, tampoco es mi intención hacer mala propaganda de un lugar que ya por sus méritos propios tendrá un camino difícil. Tampoco he tomado fotos. Tampoco me ha gustado el rissoto… eso ya lo dije. El baño es original, aunque sea para lo que se hizo.

Cuando todo mundo había llegado y estabamos plácidamente sentados platicando, trajeron el menú y la carta de vinos. Mi sorpresa fue mayúscula cuando fui repasando los precios de cada platillo, no sería tampoco la primera vez que visito un restaurante donde el hambre se me va antes de probar bocado. La carta de vinos un monumento al abuso… ¿se les habrá olvidado quitar los tres ceros que existían hace años…? Pongo sólo un ejemplo: «Alión 2003 ….. $2300.00» El vino más económico era un Casa Madero de $400.00. La copa más barata de tinto $130.00.
Como bien dice un amigo: «el peor enemigo de un negocio es su propio dueño».¿A dónde quieren llegar con esos precios? Entiendo su pretensión de hacer una notable diferencia entre este sitio y otros de menor «catego» pero me parece un grave error el concepto de precios tan altos, sobre todo en el vino, ya que el vino tiene un valor comercial del que no podemos escapar, haciendo comparaciones de lo que costaría en tienda. No piensen que pretendo que el restaurante absorba los indirectos, aunque debo decir que muchos restaurantes cargan apenas un 15 o 20% sobre el precio, obteniendo excelentes utilidades basadas en un amplio volumen de ventas, con la gran ventaja de que el comensal sale satisfecho y lejos de la idea de haber sido timado, provocando una indiscutible respuesta de lealtad.

En conclusión: la carta de vinos cambio de manos, pasando por el escrutinio masculino sin que nadie se animara a pedir una sola botella. No me quedó más remedio que pedir una copa de $130 pesos, de apenas 120 0 150 ml, tibia. Eso sí en una bonita y elegante copa Riedel. Las ganas de disfrutar del vino se esfumaron y pensé a cada trago, que tenía en casa una cava más completa y mejor cuidada que la de este pomposo lugar. La pregunta que nos hacíamos era precisamente esa: ¿piensas volver…?

Foto extraída de taringa.com

Valdo Prosecco, D.O. Treviso, fresco y limpio

Llegando de la jungla de asfalto, smog y uno que otro idiota desesperado entre el tránsito, lo primero que pedí fue una copita de prosecco. Me llamó la atención que el mesero sirviera la mitad de la copa con lo que restaba de una botella, y la completó con otra recién abierta… El lugar, Viña Gourmet, con su tienda de vinos al otro lado de las mesas, una selección de vinos modernos algo subidos de precio. Un lugar que frecuento por su tablita de jabugo con manchego poco curado y aceitunas. Falta un buen Jerez.
Valdo es un prosecco de Treviso, intenso, limpio y ligero, con una burbuja muy sugerente; pequeña y constante. Un buen prosecco con recuerdos de flores y cítricos, lima. Excelente para sacudirse el bullicio de la calle y hacer un paréntesis para entrar al bullicio del restaurante.
Hace muchos años Rioja era la única embajadora del vino español, hablar de España era hablar de riojas y hablar de riojas era inherente no sólo a España sino al gusto mexicano por el vino español. Jerez también. Las restantes denominaciones eran cuasi desconocidas, aunque año con año se abre el abanico y se van sumando otras. Penedés, Somontano, Valencia, Pla del Bages, Dehesa del Carrizal, Valdepeñas, Bierzo, Cigales, Campo de Borja, Manchuela… El Priorato no es una región reciente, se hace vino desde el siglo XII, pero tampoco ha sido una denominación de vinos económicos, sus precios rebasan fácilmente los $500. Hoy podemos cuestionar los precios del Priorato, aumentados sensiblemente cuando llegan a México, pero tenemos una buena oferta para escoger. Garnachas tintas centenarias y el suelo de licorella forman el binomio para destacar la mineralidad de sus tintos. Cómo olvidar Porrera aquella tarde de otoño en la finca La Tena, de mis amigos Paco y Dominic. Un recuerdo que me vuelve a la memoria cada vez que veo algún vino del Priorato.

Badaceli 2005

Pero volviendo al restaurante. Fui a la tienda adosada al comedor para buscar un vino. Sé que para mucha gente levantarse de la mesa para buscar vino sería una completa incomodidad, para mi no lo es. Indagar entre los botelleros me parece un buen ejercicio antes de descorchar una botella en la mesa, me hace sentir en casa. La oferta de Prioratos es muy buena, considerando que no es una denominación tan conocida como otras, su oferta es de doce tintos, los precios varían aunque el promedio está en $500.

Escogí el Badaceli 2005, D.O. Priorat, sus 14,0 grados de alcohol pasan desapercibido, su precio de poco más de 300 pesos está entre los más bajos. Un tinto rusticón, mineral, tanino suave y buena acidez. Con la famosa crema de almeja de la costa este de EE.UU., ampliamente conocida como clam chowder, el prosecco resaltó la textura cremosa y suavizó lo salado de las almejas. El segundo tiempo maridó de maravilla con el Priorato, una chuleta de cerdo con costra de pimienta negra y salsa agridulce. Una exquisitez a pesar del calor, las calorias y todo lo que implica. Pero quién se preocupa de las calorias con una buena copa de vino en mano. Por último un café expreso y pasar la servilleta por la boca.

Chuleta de cerdo con costra de pimienta negra

Botellas de la Cata 143

La temperatura sube día con día, la primavera deja sentir su aliento aun en el aire de la noche, esta noche donde por tercera vez buscaremos la tipicidad de la uva malbec. En realidad sería muy pretencioso buscarla, es una tarea casi imposible, así que nos limitamos a pasar un buen rato y escoger los mejores vinos.
Este año se acabaron las multas y los castigos monetarios para los impuntuales y los que dicen que vienen y nunca llegan, de cualquier forma lo recaudado se destina a la cata de fin de año. A cambio los primeros en llegar reciben una resfrescante copita de espumoso. Hoy empezamos con este nuevo protocolo, muestra de cordialidad y bienvenida, en este ya de por sí complicado panorama de la vida cotidiana. Así que desde ahora un espumoso de entrada: champán, cremant, cava, prosecco, asti, lambrusco… cualquiera que se atraviese en el camino. En esta ocasión serví un cava Peñalba López 2008, Aranda de Duero, de la bodega Torremilanos. Austero, de burbuja persistente pero muy grande, aromas a manzana verde, en boca le falta acidez.
El primer malbec; Finca La Colonia 2010, de la famosa bodega Norton, una de las más grandes de Mendoza. Color picota, brillante y con una nariz muy integrada, difícil de desmenuzar: frutal, floral con una nota mentolada que lo hace muy jugoso y refrescante, un buen vino joven por menos de $100. Viento Sur 2010, de la conocida bodega Freixenet que ha hecho inversiones importantes en América. Este vino tiene de entrada olores químicos, tinta china, de tanino áspero y acidez justa, nada que lo mueva a uno, ya no digamos a volverlo a comprarlo, sino a darle un segundo trago. Fue el que menos gustó.

Tierra de Luna Alta Colección 2009. Aromas herbáceos, hollejos y notas químicas. En boca tiene un final a fruta pasada, que me recuerda la comida que le dan a los pobres changos en el zoológico. Aunque creo que fui el único en detectarlo, para los demás fue un vinito frutal de fruta fresca.

Rigal Malbec 2009, Vin de Pays. Algo que veniamos detectando en la mayoría de los vinos anteriores, junto con este, es un olor a sandía. Quizás sea la primera pista para definir la tipicidad de esta uva. Una vez que nos pusimos de acuerdo en este detalle, llegó el último de la noche a descomponer nuestras valiosas conclusiones, la verdad es que ya lo sospechaba desde un principio. Otro detalle ha sido que la mayoría tienen poca crianza en barrica, y es de segundo uso, con excepción del último. El quinto de la noche fue el mejor. Todos coincidimos. Sur De Los Andes Reserva 2006, nariz intensa a chocolate, vainilla, fruta negra, en boca untuoso, complejo y tánico.

Encontré el malbec de Monte Xanic 2008, «Edición Limitada»que de inicio me pareció buena idea probarlo, hacía mucho que no compraba algo de esta bodega, ni siquiera los blancos. Fue una total decepción. Un vino de más de $500 pesos, que a lo único que sabe es a agüita con chamoy, salado y sin pizca de acidez. Aquí transcribo algunos comentarios: «Se nota que es de Baja California…» me imagino que lo apunta por lo salado, «salado y amargo» (…) Si lo salado es resultado de la tierra y los años más secos, creo que deberían empezar a buscar otras tierras. Así terminamos esta cata para entrar en la segunda fase de malbec, de precios mucho más altos. En este caso hubo dos vinos fuera de Argentina, que no hicieron muy buen papel.

Todas rotas por la pierna...

Esta noche también rompí el record de copas rotas, con un total de tres. Una carambola de tres no es muy común, pero gracias a algunas copas extras que tenía guardadas no padeceremos por escasez en nuestro inventario. Lo más frustrante de todo es que se han roto de la pierna, quedando el cuerpo intacto… también quiero confesar que el único culpable he sido yo.

Aunque en muy pocos lugares del mundo la savignon blanc goza de tanta fama y prestigio, los vinos blancos de Burdeos, salvo algunas afortunadas excepciones, bodegas como: Y´Quem y Chateau Carbonnieux son poco conocidos aunque sus precios nunca han sido accesibles, es quizá por esta razón que la gente no se acerca a ellos, y en cambio prefieran los tintos de esta zona, que sin ser más baratos son más populares a nivel mundial. Hace cinco años me hice de una botellita de Haut Brion Blanc 1994, desde el 2006 permanecía muy quietecita en el botellero acumulando polvo y evolucionando lentamente para que llegara el día de su descorche.

Michael Broadbent apunta que: «esta añada sufrió lluvia a mitad de septiembre, debatiéndose entre la ruina parcial y la podredumbre gris, aquellos que vendimiaron más tarde obtuvieron los mejores resultados» (…)

Hablando de Ch. Haut Brion en particular, Mr. Broadbent apunta: la primera ocasión que probó esta añada fue antes de salir a la venta, y la otra en una cena para recaudar fondos: «pale green gold; very fragant bouquet that opened up attractively; dry, lovely flavour, fresh, fairly powerful, good acidity. As so often, somewhat austere» (…)

Diecisiete años para un vino de un Chateau tan legendario como prestigioso parecerían los estrictamente necesarios para que empiece la magia de la evolución y ofrecernos capas y capas de complejidad. Debo aclarar que es mi primer contacto con este blanco, pero mis expectativas eran muy altas. No quiero hablar del precio, parece que ahora es muy alto. A mí no me costó más de $200 verdes.

Anunciado con bombo y platillos le advertí a mi esposa que lo descorcharía ese mismo día en uno de nuestros restaurantes favoritos.

Color amarillo dorado y brillante. Nariz apagada: paja mojada, pimienta blanca y fruta amarilla; manzana asada. En boca es austero, de acidez muy justa con recuerdos a fruta amarilla no muy definida, granos de café tostado y final mineral. Sin muchas concesiones. Este vino va cuesta abajo, sin duda. ¿O será que está en un proceso de mutismo antes de abrir a todo lo que da…?

Pedí de primer tiempo una deliciosa crema de espinacas que maridó de manera decente, aunque le faltaba acidez al vino para romper con la textura cremosa. Como segundo tiempo; una lubina a las finas hierbas sobre verduras al romero. Bastante grasosa y pasadita de romero. Lo mismo; faltó acidez para romper con la grasa y lo especiado de las verduras. Así mi primer encuentro con este blanco, esperando se repita la ocasión con mejores resultados, tanto con la comida como con el vino.

Niepoort en 375 ml

Así reza un viejo dicho popular, y ya empiezo a confirmarlo en varios aspectos de mi vida. No es que me sienta viejo, ni mucho menos, pero debo reconocer que después de la mitad de la cuarta década las cosas no son igual que antes. Aunque también pude haber puesto el título: «De titanio al fuagrás»… En alusión a los hígados deteriorados de los pobres gansos. Todo esto viene a colación por un trío de botellitas de oporto de la bodega Niepoort, que acabo de ver en Palacio de Hierro. Un formato muy códomo para quienes quieren darse el gusto de beber una copita de oporto sin tener que guardar el resto de la botella. Una medida que puede dejar satisfechos tanto a dos como a cuatro personas, un tamaño muy recomendable, con la única desventaja de que hay quienes dicen que no evoluciona tan favorablemente como en una botella de 750 ml y mucho menos que en una magnum de litro y medio.
Y es que en mis años mozos cuando contaba con veintitantos podía beber una botellita entera yo solo, entiéndase de 750 ml, sin pesadez ni remordimientos; y seguir mi camino en la carretera como cuando fui por primera vez a España, a finales de los ochenta. Toda una experiencia haciendo escalas por los lugares de comida más abarrotados de coches y camiones en el estacionamiento, ya que de seguro adentro se comía bien, bebiendo y disfrutando de los vinos locales. Hoy lo pienso dos veces antes de beber una botella con mi mujer, a sabiendas de que después tengo que manejar en carretera. Sobre todo si se ha comido como Dios manda y el estómago requiere de altas dosis de oxígeno, llevadas por la sangre. Lo que se conoce como marea alcalina. Así que estas botellitas son una muy buena opción.

Friné 2006, Sauternes

Dentro de estos formatos pequeños encuentro una gran variedad de marcas, bodegas y estilos. Uno que me llamó la atención fue el Sauternes Frine 2006, de Rotchild, una marca que tiene tanto Burdeos como Riojas, y en cuya etiqueta aparece el nombre de Deby Beard, una mujer que promueve el vino desde distintas trincheras y que parece que ha dado resultado imprimir en la etiqueta su nombre… aaah esto de la mercadotecnia nos tiene sorpresas a cada rato. Pero hoy no estoy para vinos dulces, siendo franco para ninguno. Nuestra perrita, a la que adoramos, tiene un tumor maligno… Como apunta el escritor vasco Juan Bas, en su extraordinaria novela Voracidad: «El cáncer. Una obra maestra del terror, todavía con mejor trama que la del bebé de Rosemary: la semilla del diablo. El cáncer es el Alien que crece dentro de ti hasta destruirte. La sublevación de tu propio cuerpo.» (…)

No sé cuando, pero en un futuro próximo probaré tanto el Oporto 10 años como el Sauternes de la rubia.

Chihuahuense entre argentinos...

Chihuahuense entre argentinos...

Chihuahua nunca ha formado parte de la escasa lista de estados productores de vino en México, así que cuando Sergio me llevó esta botella mi incredulidad hizo que mi cabeza diera vueltas, pero fue aún mayor mi sorpresa cuando lo probé. Como vino debutante de esta cata fue encendiendo sonrisas de sorpresa… pero la pregunta no tardó en aparecer entre todos nosotros: ¿Lo vinificarán en Chihuahua…? no sería la primera vez que alguien compre vino a granel para embotellarlo bajo el nombre de su etiqueta. Así superó con creces las pocas espectativas que teníamos de este Vino Misión Cerocahui, sin añada y vinificado con un 55% de Chardonnay y el resto con semillon, la uva del mejor vino botrizado del mundo, Chateau D’ Yquem. Su color es amarillo con tonos verdosos, brillante. Nariz intensa a piña madura, manzana y notas de hierba buena. En boca es un grado más que abocado, yo diría que es dulce con muy buena acidez, frutal y alguien decía que lo notaba mineral, yo no.

Después llegó el turno para los malbec. El primer tinto de la noche: Febre Montmayou Patagonia 2008, hollejos, fruta negra, notas de lavanda, aceituna negra. Boca frutal, mineral de final amargo. Amauta III 2008, este segundo vino lleva un 40% de cabernet sauvignon, la mayoría a notado maderas, sin precisar si es nueva o vieja… a mí me pareció un vino con una nariz animal; almizcle, tocino y notas térreas, tierra mojada. Acidez destacada de final amargo. Mejor nariz. Las Moras Black Label 2008, color picota, aromas intensos a chocolate blanco, y notas especiadas a pimienta negra, cerezas en licor. Firme en boca, frutal, jugoso y de final amargo. Callejón Del Crimen 2005, Frutos negros, vainilla, cacao. chocolate, redondo, tanino mullido, excelente acidez y persistencia. El último fue un Felipe Rutini 2007, aromas intensos a moras. De tanino casi dulce, opiniones encontradas entre lo sutil y lo diluido, un tema que aflora en cada reunión. En general me parece un vino que guarda equilibrio entre la fruta y la acidez, pero sin emocionar a nadie. Después de diez vinos en dos catas, sigue la pregunta en el aire: ¿Cuál es el perfil de la malbec, cuál es su tipicidad..? Nadie responde. Seguiremos en la búsqueda.

Gonzalo en plena exposición... Después de saber que vendría Gonzalo Lainez a México, lo primero que pensé es que sería una magnífica oportunidad para conocerlo en persona. A Gonzalo lo sigo desde el foro de verema.com desde hace casi diez años, pero por extraño que parezca nunca habíamos coincidido en España, mucho menos me imaginé que pudiera darse el encuentro en México. Pero no es la primera vez que sucede, recuerdo cuando conocí a Pedro Aibar, enólogo de Viñas del Vero, en una presentación de sus vinos en una cadena de tiendas especializada aquí en México.

Gonzalo se desempeña como director de exportaciones de Bodegas Roda para América. Después de solicitar por correo a Gonzalo una entrada a la cata vertical, hizo todo lo posible para que asistiera. La convocatoria del periódico era contestar una trivia y ser suscriptor del mismo. El segundo requisito no lo cumplía, además de que el tiempo ya estaba encima. Afortunadamente unas horas antes recibí la grata sorpresa de que había un lugar reservado para mí.
La concurrencia fue copiosa, como suele suceder en este tipo de acontecimientos en una ciudad tan grande como lo es la ciudad de México. Sin perder tiempo llegué a la cita puntual, aquí en México somos tan impuntuales que suelen citar media hora antes de que empiece todo. Así que llegué holgadamente para registrarme y contemplar las magníficas instalaciones del periódico Reforma, aunque ya había asistido a otra degustación años atrás.
Gonzalo me había sugerido ocupar algún lugar al frente, así que me fui a la primera fila. Su presentación fue tan clara como amena, además de revelar datos muy interesantes.

En un salón impecablemente acondicionado con manteles de cata, pan, agua, unos bocadillos, y cinco copas ya servidas de distintas añadas. Comenzó su presentación. Muy interesante, ágil y amena, debo de reconocerle su vocación didáctica. Hubo varias cosas que me llamaron la atención, yo siempre había escuchado aquello de los brix y no sé cuantas historias para que el enólogo diera la esperada orden de vendimiar. Ese día supe de otros métodos, quizás menos científicos pero sí muy eficaces. El pincel, esa parte del escobajo que va pegada a la uva debe pintar la uña del dedo, las pepitas o semillas deben ser «crocantes» es decir crujientes, sin tonos de color verde, la uva al quitarle el pellejo debe tener matices pintos y no verdes… creo que estos serían los consejos de los viejos viñadores, quienes conocen la tierra mejor que la palma de su mano.
La producción de Roda es de 300 mil botellas anuales y ocupa varios sitios en los primeros lugares. La primera bodega en usar una mesa de selección, la primera en tener piso radiante en su sala de fermentación maloláctica, esto es que el piso pueda calentarse hasta que aparezcan las levaduras responsables de este proceso. Explicaba que la fermentación alcohólica en sus 17 tanques de roble permitía la polimerización de los taninos, limar esa sensación áspera.

Habló también de los nuevos proyectos de Roda: el lanzamiento al mercado de SELA la línea económica dentro de sus vinos y de la adquisición de más de 20 hectáreas ya plantadas y otras tantas de bosque en Ribera del Duero para vinificar la nueva marca: CORIMBO que en botánica es el fenómeno que se da en algunas plantas cuyas brotaciones florales están a la misma altura, como en el caso del cardo, emblema de la empresa. Espero con ansias probar esa primera añada de Ribera.

Después se refirió a las añadas que teníamos en el mantel. El quería deleitarnos con una vertical de 14 añadas… ¿Se imaginan que festín? Por desgracia la nutrida concurrencia y los tiempos no le permitieron más que una selección de cinco añadas: 95, 99, 01, 03 y 05. Parafraseando apuntaba que al elegir las mejores añadas hubiera sido tanto como montar un show, así que demostró las bondades y las inclemencias del clima que hacen sufrir al enólogo y a todos quienes trabajan en la bodega, además de las marcadas diferencias entre una añada y otra. Aunque su precio sea el mismo.

Roda I 1995: tostados, fruta roja en sazón, de taninos mullidos y buena acidez, una demostración de que estos vinos pueden evolucionar dando excelentes resultados. Roda I 1999, un año complicadísimo, 36 días por debajo de 0°C durante el invierno con una precipitación de 478,6 mm en el año vinícola, hasta ahí todo va bien… Después llegó el desastre una luna llena, ni una sola nube en pleno abril dieron como resultado una terrible helada de -4,5°C, esto hizo que los brotes se perdieran, así que atrasó el ciclo. Resultado: un vino poco expresivo en nariz de taninos muy presentes y discreto, el menos complejo de los cinco. El Roda I 2001 fue una historia muy diferente, el clima no pudo ser mejor. Madurez perfecta, 473 mm de precipitación, invierno lluvioso, primavera seca y calurosa. Corrimiento de flor, racimos sueltos, verano con humedad suficiente y para rematar un excelente otoño. Un vino firme, buen tanino, aromas a fruta negra y chocolate, final mineral. Roda I 2003, de esta añada se ha hablado de sobra, mucho calor, cuando en Haro difícilmente se rebasan los 30°C en verano, ese año hubo 15 días seguidos con más de 40°C. Es un vino goloso, fruta confitada, alcohólico… digno ejemplar de Toro, aunque debo decir que no me desagrado. Por último Roda I 2005 este año quienes no vendimiaron antes del 12 de octubre estuvieron en graves problemas debido a la lluvia. Vino joven de tanino rugoso con mucho chocolate amargo y fruta negra, estoy seguro de que unos añitos en botella lo convertirán en un gran vino. Hasta aquí la cata, yo me quedé esperando el Cirsion pero a cambio de éste nos pasaron una vasija con un poco de aceite de oliva Dauro, el mejor aceite de oliva en 2010 en España. No soy muy entendido en aceites, pero me ha gustado mucho remojado en un pan. Poco tiempo para charlar ya que al otro día iba de regreso a casa. Desde aquí mi agradecimiento por haber logrado que me colara a tan interesante cata vertical.