«Nueva Botella Liviana», «#1 Winery Minimizing enviroment impact»

Para quienes disfrutamos el vino sin compromisos comerciales, nos es difícil pensar que existen estrategias para que la gente compre más vino. Estrategias que van desde cacarear los premios y medallas hasta cuestiones de orden ecológico. En los últimos diez años ha habido un desarrollo repentino de bodegas preocupadas por tener una imagen ecológica ante sus consumidores, vinificando vinos naturales, ecológicos y en otra categoría similar, vinos biodinámicos.
Pero nunca recuerdo haber visto colgada del cuello de una botella una etiqueta anunciando sus botellas de vidrio como:

Por parte de la bodega Concha y Toro en su Casillero del Diablo Merlot 2010:

«NUEVA BOTELLA LIVIANA, Utiliza menos energía para producir y transportar esta botella. Reduciendo nuestra huella de carbono»

La bodega catalana de Miguel Torres tiene por su parte su Sangre de Toro crianza 2010, que nos muestra una etiqueta redonda de color verde con la siguiente información: «#1 WINERY MINIMIZING ENVIROMENTAL IMPACT,» certificado por la Green Business Magazine.

Anuncio, este último, muy ambiguo ya que no define qué acciones ha tomado la bodega para mejorar el medio ambiente.

Parece que los asuntos ecológicos mueven a muchos más consumidores que antes a decidir sus compras.
Es posible que Decanter, Wine Spectator, Food & Wine y Wine Enthusiast entre otras publicaciones en papel y/o electrónicas, cambien sus criterios para apuntar a cuestiones susceptibles al combate del declarado cambio climático, encabezado por el apostol San Al Gore.
En lo personal como consumidor me preocupa el abuso de la madera nueva, deforestando más árboles o también la utilización de insecticidas y herbicidas. Pero me interesa aún más el resultado final de todas esas prácticas servidas en una copa ¿Cuánta gente compra vino motivada por las prácticas racionales de los recursos naturales por parte de una bodega?

Arnáiz 2004

Seducido por otros «méritos» he escogido y descorchado un tinto de Ribera del Duero para desafiar los dolorosos efectos adversos de mi copioso ácido úrico alojado en mi rechoncho cuerpo.
La botella no se ha ido en blanco, tiene una pequeña etiqueta dorada donde advierten que ha sido la mejor bodega de España en el año 2010, certificado o promovido, como le quieran llamar, por Vinitaly 2009. Aunque sinceramente eso me «viene guango», como bien decía tía Beta. Más bien he tenido ganas de descorchar un Ribera y punto. Un Viña Arnáiz 2004, tiene 425 días en roble, ni un día más ni un día menos. Manera muy particular de medir el tiempo de crianza, que vienen siendo como 14.16666 meses o un año dos meses, y quién sabe cuantos minutos. Sus 14% de alcohol ya no son nada escandalosos a estas alturas. Aromas muy intensos a chocolate amargo, uvas pasa, vainilla, zarzamora y unas notas por allá muy lejanas de romero. En boca es aguerrido, con su alcohol muy notorio y su fruta madura, un Riberita más del montón pero disfrutable a pesar de que el termómetro marque 27°C.

Superado de forma parcial el ataque de gota, mi acercamiento al elixir de Baco debía ser restringido y moderado, pero con los especímenes de esta calurosa noche primaveral no pude resistir a la tentación de repetir algunos tragos, seguidos de una dosis extra de Zyloprim.

Cambio de Información por información chatarra...

La botella destinada a quienes llegan con puntualidad, se acabó más rápido de lo que pensé. Sumarroca Gran Reserva 2006, Brut Nature. Una etiqueta colocada justo en la contra-etiqueta, no me permite ver detalles mucho más importantes que saber que es la Selección del Staff de Viña Gourmet… Aunque sí alcanzo a distinguir que se trata de uvas autóctonas, información muy importante para mí, ya que su carácter calizo me hizo pensar por un momento en la chardonnay y suelos calizos. De buena burbuja aunque un poco gruesa, floral con algunas notas de panadería y en boca un carácter eminentemente calizo.
El primer malbec es Tomero 2008, de bodegas Vistalba, nariz frutal: frambuesa y fresa, en boca es astringente con una arista de alcohol, sus 14,4 grados son evidentes a pesar de estar a buena temperatura. Altos Las Hormigas 2009, es bastante popular por diferentes tiendas incluido Costco. Huele a hollejos, mermelada de zarzamora con algunas notas verdes, en boca es frutal y sabroso. El tercero ha gustado mucho a la mayoría, Maula 2006, el más amalgamado de todos, con aroma a higos cristalizados, fruta roja en sazón. En boca es de taninos suaves, buena acidez, muy redondito.

Alto octanaje en noche primaveral...


Punto Final 2009, de bodegas Renacer fue el cuarto, el más moderado de alcoholes con sus «apenas» 13,5 grados. Chocolate amargo, especiado; clavo y pimienta negra, tostados y notas de sandía. Buen paso de boca de taninos mullidos y buena acidez. Repetible. Riglos Gran Malbec 2005, de la bodega del mismo nombre es una tabla barnizada, no encuentro otro aroma. Fruta. ¿Dónde?. Curiosamente ha gustado mucho, hubo quien escribió: Sólido, sólido, sólido… francamente no sé a que se refiere. La madera es sólida, si es que encuentra la relación de los tres estados de la materia… coincido. En boca tiene taninos cálidos, raro a pesar de esa nariz tan «amaderada» y es que 21 meses en Allier nuevo son capaces de doblegar cualquier cosa.
Por último probamos un malbec de ochocientos pesitos, que definitivamente no los volvería a pagar. Tikal Amorio 2007, un vino de Mendoza con un extraño sello del bicentenario de la independencia de México, ¿será una etiqueta diseñada especialmente para las exportaciones de Argentina a México…? De nariz muy integrada… pero en boca la madera ahoga cualquier signo de vida. Hay quien puso en la libreta: «simplemente el mejor; café, vainilla, tostados, grato». Parecería que estuviera hablando de hot cakes. Así concluye la penúltima cata de malbec, la próxima será de los seis mejores ejemplares que hemos catado en la primera mitad de este año.

Después de dos semanas sin escribir en este blog empiezo a reflexionar sobre lo ya escrito y lo que viene. Y es que después de los cuarenta, que dicho sea yo ya estoy más cerca de los cincuenta, las crisis existenciales son más profundas. Veo que algunos blogs han desaparecido, teniendo que borrarlos del blogroll, otros llevan meses sin entradas nuevas en una asfixiante pausa. Un buen ejemplo es el de Manuel Camblor, que desde hace seis meses no ha escrito nada en su blog la otra botella. Hecho que se hace más palpable ya que era uno de los blogs más activos, y nos tenía acostumbrados a dos o hasta tres entradas por semana.
El silencio en la música es necesario, es decir aquellas pausas entre una nota y otra, podríamos aplicarlo a la vida misma dentro de todas las actividades que realizamos cotidianamente, incluido el escribir en un blog.

Muchos blogueros se han planteado la utilidad de lo que escriben… Sin tener respuesta, algunos piensan que se han renovado, otros siguen a un paso más lento y el resto ha optado por cerrar sus puertas. Esta última opción ha cruzado por mi mente más de una vez, pero si no fuera porque hay momentos que me llena el alma poder escribir, ya estaría en la lista de los extintos. Yo siempre he defendido la tesis de que quienes escribimos de manera amateur, lo hacemos en primer lugar como un ejercicio de catarsis; ya serán los lectores quienes juzguen si vale o no la pena. De todos quienes me hacen favor de seguir Gota a Gota, hay muchos anónimos que no han dejado ningún comentario, otros tantos son viejos amigos, y unos pocos son nuevos lectores que acostumbran dejar algún mensaje. Mensajes que alimentan el ego, y que nos permiten saber si vamos por buen camino, o por lo menos que no los hacemos bostezar.

Yo tengo varias preguntas para mis amigos blogueros: ¿Cuántas veces descorchan un vino para tener algo que contar? ¿Cuántas ocasiones se han perdido de algo interesante por estar apuntando en la libretita algunas impresiones sobre acontecimientos relacionados con el vino? ¿Y cuántas otras han buscado ir algún acontecimiento para tener algo que escribir?  Lo que no me queda claro es saber si esta búsqueda de material es algo patológico o es la norma.
Por lo pronto tomaré un receso de algunos días gracias a un agudo ataque de gota. El colesterol, los triglicéridos, el ácido úrico son la antesala de los cincuenta. Habrá que cuidarse porque finalmente por muchas cualidades para la salud que le encuentren cada semana al vino, es lo primero que prohíben los médicos.

Foto extraída de blogcastello.com

¡Bon appetit!

Desde que el hombre de las cavernas mató su primera presa para comer, ha ido sofisticando el arte de preparar los alimentos, a tal grado que ya pocos seres humanos tienen que matar lo que comen, así la mayoría, hasta en los pueblos más alejados, compra el animal muerto, desplumado o sin piel, abierto sin vísceras para someterlo a: cortes, maceraciones, reducciones, inyecciones, y a toda clase de ingredientes traídos en algunas ocasiones de diferentes rincones del mundo, siguiendo meticulosamente un orden, y respetando los tiempos de cocción, entre otras tantas sutilezas; producto de la evolución humana.

El sábado, ese hombre de las cavernas un poco calvo y más civilizado, invitó a sus amigos con sus esposas a una paellada. Una paella que casi nada tiene que ver con la valenciana. Para empezar, el azafrán está por la nubes, prefiero gastarlo en camarones y mejillones. Hay colorantes que la dejan muy apetitosa, aunque un pomito de azafrán a ninguna paella se le puede negar. Después vendrá todo lo demás; incluido el paquete de salchichas coctel, la chistorra y el chorrito de Corona en el último hervor.

Para la mayoría de mis invitados ésta era la primera vez que probaban mi paella mexican style. Y por más elogios que sumen, únicamente cuando repiten me doy cuenta de que les gustó. Siempre he dicho que es un gran placer desde el momento que llego con la lista al súper, para comprar la materia prima, hasta que muestro a mis comensales mi obra culinaria terminada, para que inmediatamente se sirvan ellos mismos, y yo me ponga a un lado para espantarles las moscas, propias del jardín en este calor primaveral.
Sin ninguna duda me gusta más cocinarla que comerla.

Los cadáveres de la tarde...

En este caso la paella fue la protagonista, por lo que los vinos pasaron a segundo término. Debo reconocer que a René le ha quedado como para chuparse los dedos, un chorizo al vino tinto que ha traído desde su casa.
De blancos empezamos con un Castillo de Liria 2010, frutal y ligero, hasta terminar con un Trimbach Riesling 2006…como en las bodas de Caná. Los tintos que más se bebieron ya que hubo varios, fueron los de Campo de Borja, Viña Temprana 2009 , un tinto fácil y rústico, La Cana 2009, un albariño que apenas si alcancé a probar. Desfilaron en desorden otros tantos tintos como: un Toro, Amant Roble 2007 astringente y con buena fruta, un Marqués del Valle Cabernet-malbec 2009, que tampoco probé, y una botellita de Obra Prima Malbec Reserva 2009 que cuando llegó a mis manos estaba casi vacía. Así que rematamos en esta calurosa tarde primaveral con un café y helados de: elote, cajeta… y limón para los más aburridos.

Botellas de la 144 

No recuerdo que hubiera tan pocos miembros del grupo en una cata, a pesar de la poca concurrencia: sólo siete personas incluido su servidor: Descorchamos los seis vinos malbec destinados para esta ocasión.

Alfonso, un buen amigo entusiasta del vino, nos ha acompañado en múltiples ocasiones, pero fue hasta ayer que se hizo oficial su entrada al grupo, por la única razón del cupo: Es un placer que esté entre nosotros. Hay quienes se ganan la entrada y otros que van cerrándose la puerta. Pero así es esto, los grupos son dinámicos y van cambiando con el paso del tiempo.
Abrimos con un Aria de Segura Viudas, un cava comercialito bastante conocido por estas latitudes. Sólo para refrescar el paladar y tonificar la lengua.

Una alergia me tiene desde hace un par de días con la nariz húmeda y algo inflamada, incapaz de detectar aromas sutiles, en mi ya de por sí limitado olfato, así que esta vez me conformé con saber que había alguna diferencia entre un vino y otro. Con la nariz cerrada abrí los oídos y los ojos. Comenzamos con un vino de la Bodega Viñedos Santiago Graffigna, se trata del Graffigna Centenario Reserve 2008, aromas intensos a mermelada de grosella, para la mayoría alcohólico, astringente y de final amargo, nada que seduzca, algo desenfocado. El segundo; Secreto de Viu Manent 2009, un malbec chileno del Valle de Colchagua, 85% malbec y el resto nadie lo sabe, un secreto. Aunque hay quienes opinaron que se podía tratar de cabernet sauvignon por algunas notas de pimiento. Nariz de poca intensidad, notas especiadas a romero, granos de café tostado, ligero y de final corto.
Alamos 2009, de Catena Zapata, fue el tercero de la poca concurrida cata; un vino de buen armazón, con nervio y de tanino firme, frutal y con notas a chocolate amargo.

Catena 2008, de la misma bodega con 18 meses de roble francés nuevo, se muestra más astringente, de tanino casi dulce, mullido y final largo. Repetible dentro de su lado moderno. El quinto fue una sorpresa agradable ya que se trata de un vino mexicano de Aguascalientes, muy fresco y frutal.

Tabla No. 1 Malbec 2008, cuya hechura fue asesorada por el señor Hugo D´Acosta, el archi recontra famoso, Michael Rolland mexicano. Vino redondo, fresco, de buena acidez que da vida al conjunto, de tanino suave. Con capas de fruta roja entre mezcladas con canela y notas minerales. En un precio que coquetea del lado oscuro. $399.00. Pero creo que lo volvería a comprar.

Por último Vibo 2007, de la misma bodega; Viu Manent, pero ésta, ubicada del lado argentino en Mendoza. Un vino cuya pesada botella despierta la primera incógnita: ¿Es de 750 ml.? su tamaño es engañoso, aunque su gran agujero por debajo de la base, sirve para ajustar el volumen. Un vino corpulento, de buena fruta y ataque amplio. Integrado, ha dicho la mayoría. Aunque yo sigo sin pescarlas… Puedo decir que me agradó el 3 y el 5. Nada más.

Blanco cepa Graves

Publicado: 17 abril, 2011 en Vino y amigos
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Antiguo collarín…

Domingo por la tarde, los niños ya están de vacaciones y yo un poco cansado. Por la mañana con una taza de café al lado, revisaba correos y echaba un vistazo por algunos blogs que frecuento, así me encuentro con el último post del señor Tyler, en su concurrido blog Dr. Vino, hablando de los legendarios vinos de López Heredia Viña Tondonia. Vinos que salen ya maduros de la bodega, una práctica casi extinta. Entre otros por el costo que representa guardar las botellas por tan largo tiempo antes de sacarlas al mercado. Diferencia histórica entre los Burdeos que deben madurar en las bodegas privadas de quienes pueden todavía gastarse una fortuna en las últimas añadas, esperando otro tanto, y echar la moneda al aire… Gran diferencia entre los vinos clásicos riojanos, sobre todo de esta mítica bodega, vinos con una larga crianza en madera y en vidrio, listos para beberse desde que salen al mercado o seguir evolucionando por décadas y recompensar con magia y encanto a quienes saben esperar.
Así que se me ocurrió mandar un correo a Ma. José López Herdedia, con el enlace para que le echara un ojo. Acto seguido bajé a mi cava para escoger algún vino de esta bodega de Haro. Algunos tintos entre dos muy especiales: Tondonia y Bosconia del 64, un Tondonia del 70 y algunos Bosconias del 86 y 88. Pero hoy estaba para blancos, así que desempolvé uno de dos Gravonias 93, que aún conservaba de media caja. Ya había escuchado rumores del origen de su nombre. Influido por la zona francesa de Graves en Burdeos, mismo que confirmó por correo Ma. José López Herdedia. Agradezco no sólo su disposición y su respuesta como siempre, sino su amabilidad y prontitud para contestar.
Entre otros nombres franceses me ha contado cosas interesantes:

«Te mando fotos de los collarines que se ponían en las botellas donde, claramente, se observa cómo copiaban los nombres Franceses. Cuando se prohibieron en 1954 es cuando un tío abuelo mío llamado Julio César cambio el Cepa Graves por Gravonia, el cepa Medoc por un vino que teníamos llamado Borgoña….» (…)

«El alambrado se ponía a los vinos que más viajaban, para evitar que fueran falsificados y el lacre también».(…)

Aunque lo de Graves no viene precisamente por la cepa, ya que no es savignon blanc sino 100 % viura. Lo más destacable de este noble blanco es su exquisita mineralidad, a sus dieciocho años tiene una estructura impecable con esa acidez que forma su columna vertebral. De color oro viejo con reflejos cobrizos, me recuerda al Sidral Mundet que bebía de niño. Sólo por el color. El primer golpe es de maderas finas (cedro) y pimienta blanca, recuerdos de membrillo y notas cítricas a toronja. En boca su mineralidad envuelve el paladar, firme y con una extraordinaria acidez, sobrio y profundo. Un blanco que no es precisamente para un domingo de alberca, pero una vez que se me ha cruzado algo por la cabeza…

Gravonia 1993

El placer no necesita de: manuales, instructivos, guías, recomendaciones… ni tampoco de fechas, compromisos, aniversarios y toda la parafernalia de oropel que ha inventado el hombre para sí mismo.

¿Qué dia vendimiar?, pregunta el enólogo. ¿Cuándo estará lista la publicidad?, pregunta el director de promoción. ¿Cuándo llegarán las muestras?, pregunta el distribuidor. ¿Cómo vamos con las ventas?, pregunta el dueño de la bodega. ¿Quiere algún vino de la carta?, pregunta el camarero. ¿Lo dejamos respirar?, pregunta el sumiller. ¿Puede traer otra botella?, pregunta Benjamín… Preguntas sin respuesta, respuestas sin preguntas; está muy caro, tiene mucho alcohol, mucho mejor en nariz, diluido al final, final corto, goloso, cansino, potente, robusto, amaderado, con defecto, sin defectos, correcto… Pero siempre en la búsqueda del placer para disfrutar la copa que tenemos en mano, el principio, lo fundamental. Por qué dar tantas vueltas. Lo que está en la copa es lo que cuenta. Así como observo día con día la sofisticación de la comida y el vino, también me doy cuenta de lo distorsionado y confuso que puede convertirse el panorama. Espejismos y figuraciones para impresionar al consumidor.

Precisamente me ha llamado poderosamente la atención lo que sucedió hace unos cuantos días. Llegué a casa, me lavé las manos, me senté a comer… todo con tediosa normalidad. Cuando mi esposa sirvió el segundo plato, lo identifiqué como una receta nueva, un platillo inédito. ¿Qué es…?. Pollo en salsa de pimientos. ¡Mmmmm, delicioso!,. Al otro día lasaña, y hace un par de días las crepas de pollo más sabrosas de toda mi vida, un alambre con: carne, cebolla, pimientos, tocino y queso, un platillo tan sencillo que no podría imaginar qué ingredientes distintos pudo haber usado para hacer la gran diferencia y que me chupara los dedos. Todo esto preparado por Vero, una mujer humilde que no necesitó de Le Cordon Blue, o de su gorro, o su chaqueta con termómetro incluido, ni nada de eso. Sus manos, su imaginación y lo principal, lo que nos repetía la abuela y nuestra madre; la s-a-z-ó-n. Todo en su punto exacto, sin que falte ni que sobre nada, con materia prima de primera calidad, comprada por ella misma en la mañana.

Vero y sus platillos me han hecho reflexionar acerca del retorno a las bases, lo sencillo, lo fundamental, la preparación simple y llana, sin adornos ni paltillos bautizados con nombres largos y rimbombantes.

Dentro del mundo vitivinícola se está perdiendo el enfoque, necesitamos enólogos con el perfil de Vero, virtuosos del vino por merito propio, y no por las medallas ni por los posgrados, ni tampoco por la fama efímera.

Gentil Hugel 2006, desde 1639

Hoy he descorchado un vino honesto sin galardones, ni premios, pero si con mucha sustancia. Gentil Hugel 2006. Contraria a la costumbre, aquí no han puesto en la etiqueta la variedad, se trata de una combinación no explícita. «blend of noble grapes». Bodega histórica que ha visto pasar a doce generaciones desde el año de 1639. Un vino dorado, brillante, limpio. Me recuerda el níspero. En boca es círtico; toronja roja, notas de durazno, final largo y mineral. Por desgracia, y muy a mi pesar, era la última botella que quedaba.

Calixa Chardonnay 2009

Es domingo, ya pasado medio día el calor exacerbado por las calorías de la carne, la cecina, las cebollitas y un malbec-tempranillo, se deja sentir el sudor en cada poro de la piel. La tarde pesa y baila la brisa caliente entre el olor de la carne asada y el vino. Pero calma, que no ha pasado lo peor, el mes que viene seguro será mucho más caluroso, si no caen las primeras lluvias. Como decía un cómico: «los pobres y sedientos árboles perseguían con desesperación a los perros…»

Hace calor. Sin duda los tintos están fuera de lugar, pero tampoco imagino comiendo una carne asada acompañada con vino blanco. De todas maneras llevé un chardonnay. Un Calixa Chardonnay 2009. Recién comprado en la tienda, pasó a la cajuela del coche, de la cajuela del coche a la cocina, de la cocina a la cubitera con hielo y agua, de la cubitera con hielo y agua a la copa. Los más ortodoxos se preguntarán: ¿la cajuela es el mejor lugar para llevar el vino…? en realidad lo llevaba en el asiento trasero. El resultado puedo asegurarles que es casi el mismo.

Una vez en la copa es de color amarillo pajizo con reflejos verdosos, brillante y fluido, de menisco acerado. Nariz limpia, con aromas dominantes a níspero, y notas de mango. Muy tropical. En boca es goloso, acidez justa y al final un poco amargo. Sus 14,5 grados de alcohol son claros y manifiestos a pesar de que está lo suficientemente frío, pero no tanto como para entumecer la lengua, como ya es costumbre en muchos restaurantes.
Urban Uco malbec-tempranillo 2005 está vinificado con una mezcla de dos variedades que por lo general no se da regularmente: 50% malbec y 50% tempranillo. Un vino de color picota, muy oscuro y que huele a ciruela madura y refresco de cola, me recuerda la rusticidad de la mencía. Pasado el tiempo y moviendo la copa, afloran notas de sandía. En boca es frutal, goloso y de acidez justita, tanino suave, de trago largo. Nada mal con la carne asada con cebollitas.

Urban Uco 2005

En esta ocasión no voy a hablar de vino, tampoco de sus virtudes ni de sus bondades, o del maridaje o la falta de éste. Hoy llevaré a la mesa el tema de los altos precios del vino y la comida, para que sirva por lo menos de catarsis, y no tenga que contar esta misma historia a mi psicólogo dentro de un par de años, para liberar mis traumas y mis penas más hondas.
Ayer por la noche asistí con mi mujer a un restaurante que abrió sus puertas hace un par de meses. El motivo; reunirnos todos los miembros del grupo de cata con nuestras respectivas esposas para festejar a un buen amigo que contraerá sus segundas nupcias. Ocupamos una gran mesa. Todo iba muy bien, el restaurante es una vieja casa tipo hacienda donde las habitaciones estan dispuestas alrededor de un jardín tan grande como esmeradamente cuidado. El área del comedor está ambientada con motivos de los años sesentas, la cava es fría, pero no por la temperatura sino por su estilo minimalista donde el cristal y el acero son los protagonitas, y cuando digo protagonista es en toda la extensión, ya que las botellas de vino son escasas, así que en gran parte de la cava las tumban a lo largo para ocupar más espacio y así disimular la escasez. Porque no negarán que una cava media vacía, o media llena es como un árbol sin hojas. Bueno hasta ahí todo transcurría con cierta normalidad, obstáculos salvables que seguro iran mejorando con el tiempo. Su comida está enfocada principalmente en la italiana. Aunque el risotto con hongos que pedí no levantó en mí ningún suspiro. No considero relevante mencionar el nombre del restaurante, tampoco es mi intención hacer mala propaganda de un lugar que ya por sus méritos propios tendrá un camino difícil. Tampoco he tomado fotos. Tampoco me ha gustado el rissoto… eso ya lo dije. El baño es original, aunque sea para lo que se hizo.

Cuando todo mundo había llegado y estabamos plácidamente sentados platicando, trajeron el menú y la carta de vinos. Mi sorpresa fue mayúscula cuando fui repasando los precios de cada platillo, no sería tampoco la primera vez que visito un restaurante donde el hambre se me va antes de probar bocado. La carta de vinos un monumento al abuso… ¿se les habrá olvidado quitar los tres ceros que existían hace años…? Pongo sólo un ejemplo: «Alión 2003 ….. $2300.00» El vino más económico era un Casa Madero de $400.00. La copa más barata de tinto $130.00.
Como bien dice un amigo: «el peor enemigo de un negocio es su propio dueño».¿A dónde quieren llegar con esos precios? Entiendo su pretensión de hacer una notable diferencia entre este sitio y otros de menor «catego» pero me parece un grave error el concepto de precios tan altos, sobre todo en el vino, ya que el vino tiene un valor comercial del que no podemos escapar, haciendo comparaciones de lo que costaría en tienda. No piensen que pretendo que el restaurante absorba los indirectos, aunque debo decir que muchos restaurantes cargan apenas un 15 o 20% sobre el precio, obteniendo excelentes utilidades basadas en un amplio volumen de ventas, con la gran ventaja de que el comensal sale satisfecho y lejos de la idea de haber sido timado, provocando una indiscutible respuesta de lealtad.

En conclusión: la carta de vinos cambio de manos, pasando por el escrutinio masculino sin que nadie se animara a pedir una sola botella. No me quedó más remedio que pedir una copa de $130 pesos, de apenas 120 0 150 ml, tibia. Eso sí en una bonita y elegante copa Riedel. Las ganas de disfrutar del vino se esfumaron y pensé a cada trago, que tenía en casa una cava más completa y mejor cuidada que la de este pomposo lugar. La pregunta que nos hacíamos era precisamente esa: ¿piensas volver…?

Foto extraída de taringa.com

Valdo Prosecco, D.O. Treviso, fresco y limpio

Llegando de la jungla de asfalto, smog y uno que otro idiota desesperado entre el tránsito, lo primero que pedí fue una copita de prosecco. Me llamó la atención que el mesero sirviera la mitad de la copa con lo que restaba de una botella, y la completó con otra recién abierta… El lugar, Viña Gourmet, con su tienda de vinos al otro lado de las mesas, una selección de vinos modernos algo subidos de precio. Un lugar que frecuento por su tablita de jabugo con manchego poco curado y aceitunas. Falta un buen Jerez.
Valdo es un prosecco de Treviso, intenso, limpio y ligero, con una burbuja muy sugerente; pequeña y constante. Un buen prosecco con recuerdos de flores y cítricos, lima. Excelente para sacudirse el bullicio de la calle y hacer un paréntesis para entrar al bullicio del restaurante.
Hace muchos años Rioja era la única embajadora del vino español, hablar de España era hablar de riojas y hablar de riojas era inherente no sólo a España sino al gusto mexicano por el vino español. Jerez también. Las restantes denominaciones eran cuasi desconocidas, aunque año con año se abre el abanico y se van sumando otras. Penedés, Somontano, Valencia, Pla del Bages, Dehesa del Carrizal, Valdepeñas, Bierzo, Cigales, Campo de Borja, Manchuela… El Priorato no es una región reciente, se hace vino desde el siglo XII, pero tampoco ha sido una denominación de vinos económicos, sus precios rebasan fácilmente los $500. Hoy podemos cuestionar los precios del Priorato, aumentados sensiblemente cuando llegan a México, pero tenemos una buena oferta para escoger. Garnachas tintas centenarias y el suelo de licorella forman el binomio para destacar la mineralidad de sus tintos. Cómo olvidar Porrera aquella tarde de otoño en la finca La Tena, de mis amigos Paco y Dominic. Un recuerdo que me vuelve a la memoria cada vez que veo algún vino del Priorato.

Badaceli 2005

Pero volviendo al restaurante. Fui a la tienda adosada al comedor para buscar un vino. Sé que para mucha gente levantarse de la mesa para buscar vino sería una completa incomodidad, para mi no lo es. Indagar entre los botelleros me parece un buen ejercicio antes de descorchar una botella en la mesa, me hace sentir en casa. La oferta de Prioratos es muy buena, considerando que no es una denominación tan conocida como otras, su oferta es de doce tintos, los precios varían aunque el promedio está en $500.

Escogí el Badaceli 2005, D.O. Priorat, sus 14,0 grados de alcohol pasan desapercibido, su precio de poco más de 300 pesos está entre los más bajos. Un tinto rusticón, mineral, tanino suave y buena acidez. Con la famosa crema de almeja de la costa este de EE.UU., ampliamente conocida como clam chowder, el prosecco resaltó la textura cremosa y suavizó lo salado de las almejas. El segundo tiempo maridó de maravilla con el Priorato, una chuleta de cerdo con costra de pimienta negra y salsa agridulce. Una exquisitez a pesar del calor, las calorias y todo lo que implica. Pero quién se preocupa de las calorias con una buena copa de vino en mano. Por último un café expreso y pasar la servilleta por la boca.

Chuleta de cerdo con costra de pimienta negra