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Entrada principal a L´Ecrivain

Entrada principal a L´Ecrivain

El buen tiempo en Dublín me ha sonreído y me ha permitido caminar a mis anchas por la zona de Trinity College, donde alguna vez estudió Oscar Wilde. Siguiendo ese rumbo por la calle Grafton hacia el sur, llegué el parque St. Stephen´s Green, dando vuelta al este para conocer Baggott Street. Sus veinte grados centígrados hacen más bulliciosa la ciudad y le dan vida y movimiento a las calles. Nada que ver con aquellas gélidas temperaturas de febrero, cuando es imposible caminar más de cinco cuadras sin entrar a algún establecimiento a calentarse un poco, o desplazarse en taxi.

Al filo de las 7:00 pm he llegado a la recepción de L´Ecrivain, una señorita joven, rubia y baja de estatura me recibió preguntándome: ¿tiene reservación?… Algo que siempre me ha puesto los pelos de punta, los pocos que me quedan. Reservaciones cuando el salón está vacío, a sabiendas que no se llenará nunca. No, no tengo reservación. Después de una pausa, respondió observando la agenda: puede disponer de la mesa hasta las 8:00 pm. Señorita son las siete… No señor, son las 6:00. Menos mal que estaba adelantado mi reloj por una hora. La espera había sido larga y mis ansias por conocer el lugar fueron más grandes que mi orgullo, así que me dejé llevar hasta la mesa. Lugar discreto, sobrio, rayando en la monotonía. Salón en la planta alta y un pequeño desván, coronado con un «mini split» para los calores veraniegos.

Puligny-Montrachet % Volnay...

Puligny-Montrachet & Volnay…

Después de echar un vistazo alrededor de mi mesa, comprobé que no había una sola mesa ocupada. Pedí la carta. Como me imaginé… los precios son un atentado al patrimonio. La carta de vinos raya en lo aburrido, botellas que esperaría de cualquier otro lugar donde no se han roto mucho la cabeza. Aunque tampoco puedo decir que no tuviera algunas cosas interesantes, mis expectativas eran muy altas.

Comencé con un champán, un burbujeante rosé, color piel de cebolla; Pierre Paillard Brut Rosé, nariz caliza, boca frutal, abocado, acidez justa. Siguiendo con el vino. Tenía antojo de un blanco entrado en años y un tinto joven, pero el copeo es muy limitado, así que me decidí por dos medias botellas: Joan-Louis Chavy, Puligny-Montrachet 1er Cru, Les Folatieres 2006. Vendimiado en un pago de poco más de una hectárea, con 14 meses de crianza en roble, 30% nuevo. Vino no muy viejo, pero si maduro, y un Volnay, Lombeline 2007. Para comer abrí con una entrada de «New Season Asparagus»: espárragos con huevo pochado, parmesano y trufa. El sabor del huevo domina el conjunto a tal grado que por mucho que traté de limpiarme la boca y beber agua, tuve que pedir cambio de copa. Este Puligny-Montrachet me recordó el dulce de cajeta; un vino maduro y profundo con un gran balance. Como segundo; «Roast Duck»: cocción perfecta, así como la combinación de la guarnición con una salsa exquisita. Este Volnay no niega su juventud, pero tampoco su equilibrio, a sus cuatro años ya deja ver sus notas térreas, trufa y cuero del más fino. Firme en boca, con esa extraordinaria acidez, propia de los buenos borgoñas. «Bocato di cardinale». Maridando perfectamente con las notas dulces de la salsa del pato.

Cocción perfecta...

Cocción perfecta…

Cuando no estoy seguro de qué tiendas de vino visitar, me ha dado buen resultado preguntar en los restaurantes donde sirven vino. Así que pregunté a uno de los meseros. Me dio una lista de tres lugares, todos muy cercanos. Haciendo hincapié en que visitara una tienda de quesos, Matthews Cheese Cellar, donde sirven el queso con una copita de vino, un lugar según él, muy agradable que vale la pena conocer.

De postre, al escuchar sobre quesos, pedí una tablita con un Capitelli de Anselmi, un vino de postre bastante plano y diluido si lo comparamos con otros, como por ejemplo un buen Sauternes o un Moscatel Málaga Jorge Ordoñez 2007, anunciado en la carta. Saciado por completo tanto por el lado de la comida como por el del vino, pedí la cuenta. Sin hacer conversiones tortuosas a dólares o a pesos, pagué y me retiré a mi hotel. Tenía sueño, necesitaba una siesta. Siesta que se prolongo más de la cuenta, cuando vi el reloj era demasiado tarde, aun con la hora extra que me habían regalado en L´Ecrivain… Al final reconozco que no se puede hacer todo en un solo día, por muy largo que éste sea. La única tienda de la lista que conocí fue Fallon & Byrne, curiosamente había sido la primera que había visitado ese día por la mañana. Quedarón en el tintero: The Corkscrew, en Grafton, y Matthews Cheese Cellar, esta última es la que más me pesa no haber visitado. Las menciono por si alguien visita estas tierras y tiene tiempo para el tour. Thorton´s me fue recomendado por su supuesta excelente relación calidad-precio. Este restaurante está casi justo frente a la entrada del parque Stephen´s Green, siguiendo al sur por la calle Grafton… Será para la próxima ocasión.

Sorbete de mandarina y unas gotas sobrantes de Clos de La Barre 2006, a media luz...

Mi primer encuentro con Saramago fue; Ensayo sobre la ceguera, en su quinta edición, noviembre de 2000. Una novela que revela de manera cruda las inmundicias y la miseria humana. La mujer de las gafas, la esposa del doctor, el doctor… no existen nombres y las mayúsculas después de las comas dejan entrever las pausas, como si no le gustara poner puntos. El hombre duplicado es la otra novela que he leído del Nobel de Literatura 1998. Casualmente estoy por terminar Caín, cuando ayer me enteraba de su muerte. Hombre de Izquierda, siempre coherente con sus principios y leal a muchas causas alrededor del mundo, recuerdo haberlo visto por México, apoyando aunque sólo fuera en el discurso la causa del «Subcomandante Marcos». Su obra El Evangelio según Jesucristo fue duramente criticada en varios países incluido Portugal, al punto del auto exilio. Descanse en Paz.

El calor ha disminuido con las primeras tormentas, así que escogí un tinto. Habiendo más de una botella del fenomenal Monopole de Jadot Volnay, Clos de la Barre 2006…no lo pensé más y la saqué de su corto letargo. El 99 me dejó sorprendido, sin duda uno de los mejores que he probado. Sospeché que cuatro años no serían suficientes para disfrutarlo en su plenitud, pero quise correr el riesgo. Abrir Borgoñitas jóvenes no es tampoco una mala experiencia. La verdad es que estaba delicioso, se nota su juventud, pero está bebible y yo diría que disfrutable. Acidez firme, fruta a raudales, eso sí, de la buena, sin maquillajes defraudadores, se empiezan a percibir notas lejanas de tabaco rubio, con equilibrio y gran clase. La siguiente botella tendrá que esperar por lo menos cinco años. Maridó muy bien con un filete en salsa de camarones y mejillones, aunque pudiera parecer que la salsa es de sabor fuerte y textura cremosa, a mi me pareció muy delicada. Exquisita. Rematado con un sorbete de mandarina y un exprés.
Gran vino en su proceso de maduración, para despedir a Saramago. El domingo habrá que descorchar algo bueno, para disfrutar y celebrar el día del padre. Merecido o no, ya está decidido.

Les dejo con una frase de Saramago:

«Nuestra única defensa contra la muerte es el amor»

Tentempié sabatino…

A veces quisiera bajar las revoluciones y tomarme la vida con más calma, como hoy. Empecé con un cafecito hecho en casa, y al lado un libro que me ha prendido, del gran Carlos Monsiváis, se trata de su más reciente obra: Apocalipstick que retrata con su ya característico, agudo sentido del humor y precisión narrativa lo cotidiano de este país surrealista, de manera inmejorable.
A medio día saqué de la alacena, una latita de ostiones ahumadas, acompañadas con un manzanilla Solear, de la conspicua bodega Barbadillo. Media botellita que tenía abandonada en el refrigerador desde hacía muchos meses. Confieso que me supo a gloria, con esas notas ahumadas que se entremezclaron con las notas ahumadas de los ostiones. Quién dice que la manzanilla y los jereces en general no aguantan mucho tiempo después de abiertos… Así como reconozco que los jereces una vez abiertos pueden disfrutarse meses después, también estoy convencido de que los pequeños placeres van moldeando la felicidad, y que todo sale sobrando si no existe una actitud positiva.
Volviendo al tema de la lectura, decía que disfruto mucho de la pluma de autores como Monsiváis, Germán Dehesa y el Vasco Juan Bas, maestros de la sorna y del humor negro. Admito que además de la gran admiración que les tengo como escritores, admiro aún más su sentido del humor. Convencido estoy de que esta vida sin esos chispazos de risa y de burla hacia los demás y a uno mismo, tendría que ser muy aburrida y poco reconfortante para el espíritu. Desde aquí hago votos para que el maestro Monsiváis se recupere y vuelva a casa pronto, ya que hace días su fibrosis pulmonar lo tiene recluido en terapia intensiva

Preparación del Yakimeshi

Ayer había prometido a mi hijo llevarlo a comer sushi a un restaurante relativamente nuevo. Para seguir con el rollo de los jereces, había pensado sacar de la cava aquella botella que generosamente me regaló Leti; La Bota de Manzanilla No. 8 . Al no tener a la mano el teléfono del restaurante, a pesar de haberlo buscado afanosamente en las «sección amarilla» para preguntar si permitían descorche. Decidí abortar la operación y dejarme llevar por la carta de vinos del lugar. Como suele suceder, después de echarle un vistazo, llegué a la conclusión de que sería mejor pedir una cerveza bien fría. Un sashimi de salmón corte fino, que tenía cara de corte grueso, desfiló como primer plato. Un arroz al vapor con verduras, pollo y camarones preparado a la plancha, fue tema de discusión, ya que fue el mismo platillo en tres platos diferentes, con tres diferentes precios ¿Tendré la cara… o sólo por hoy me la vieron…? Pero hay días que es preferible dejar pasar las cosas sin chistar, y así conservar la valiosa calma interna, tan difícil de atemperar. Así que a pesar de la increpación de mi esposa, decidí hacer oídos sordos. Como resultado: el único vino del día de hoy fue media copita de manzanilla «añejada» en el refrigerador por varios meses, que además disfruté como si lo hubiera bebido en el mismísimo Puerto de Sanlúcar de Barrameda, recién sacada de la bota.

 De sobaquillo

Debido a diferentes motivos la cata centésima vigésima segunda se hizo en un restaurante: El Olivo. Cata de sobaquillo, tan populares en España. De carácter informal y desenfadado, como aquellos viajes que sin planeación alguna resultan más divertidos que con un plan riguroso. La condición es que cada participante lleve una botella de vino…lo demás es lo de menos.

Este viernes da comienzo un «ligero» periodo vacacional de dos semanitas: Semana Santa y de Pascua. Periodo de los que solemos los mexicanos buscar y disfrutar a nivel escolar, es decir para niños y jóvenes estudiantes, el resto tendremos menos descanso. Pensando nuevamente en el calor primaveral, aunque nuestra reunión haya sido en la noche, me decidí por un espumoso; un champán que ya he comentado aquí, se trata del Zero Dosage de Drappier.

De todo un poco…

Llegué antes que todos, por fortuna, como organizador así debe de ser. En seguida fueron apareciendo uno a uno los integrantes del equipo de nuestro querido y añejo grupo. Carlos Font trajo un cava Vilarnaud Brut, que fue con lo que empezamos la tanda. Frutos secos, notas combinadas entre cítricas y florales, cremoso en boca. La Drappier Zero Dosage, este pinot resultó algo fatigado, sus señales eran claramente a la baja: color amarillo oro, manzana asada y una nota tostada algo indefinida, nada que ver con la última que probé. Siguió un tinto, Chateau Vieux Pourret 2004, un St. Emillion, grand cru. traído por Francisco. De nariz muy intensa y bien amalgamada, tabaco y fruta negra, muy tánico, con un poco de aire y algo más fresco mejoró. Sergio llevó un Black Swan 2008, shiraz-cabernet. Una combinación entre vainilla, chocolate y miel maple, no estoy hablando de malteadas, ¿o sí…? Los comentarios de mis compañeros fueron muy positivos, no cabe duda de que estos vinos son facilitos dan gusto y hasta placer a mucha gente. Las Moras 2009 podría entrar en la categoría de los argentinos más comerciales. De color oscuro, violáceo, en nariz y boca no se nota un exceso de extracción, hay cierto equilibrio aunque no mueve ninguna fibra interna.
Puesto que Gabriel y Juan Antonio no llevaron botella, compraron una en el restaurante. Quinta Do Portal 1999, un portugués más pa allá que pa acá. Polvo, baúl viejo, corto y austeridad rayando en la nada. Muy desmejoradillo, como dicen algunos amigos españoles; no había de donde cogerlo… Pero un buen cierre salvó la noche, y ¡vaya que si la salvó! René había dejado desde el pasado diciembre una botellita del venerable Royal Tokaji 1996, 5 puttonyos. Para ser sincero debo decir que son vinos que no sigo mucho, no me considero muy entusiasta, pero hay grandiosas excepciones y hoy ha sido una de ellas. Flores secas, licor de naranja, cera de abejas. En en boca acidez sublime armonizada con un fondo y complejo paso de boca y final eterno. Con sus 10,5 grados de alcohol, es una muestra de lo grandioso y equilibrado que puede resultar un vino. De la comida poco que decir, ya que después de varios años he decidido cerrar un poco la boca a los alimentos cargados de grasa y carbohidratos, así que una ensalada griega con todo y aceitunas negras, fue mi platillo de la noche. Sin pan… un poco nada más.

Bueno, es hora de entrar a otra faceta, donde los problemas de tránsito se aminoran por el receso escolar, y la vida toma otro ritmo. Aguuur.

Leer lo que me gusta, o leer lo que más me hace falta. He ahí el dilema. Dilema que se complica pasados los cuarenta y cinco. La vida fácil gozando una buena copa de vino, una palmada de mis amigos en la espalda, su mirada atenta cuando se me ocurre abrir la boca para hablar de vino, me hacen divagar entre lo ordinario y lo extraordinario, lo real y lo fantástico. Una de las frases más ilustrativas sobre el conocimiento humano en la historia, es aquella que pronunció Sócrates, hace más de dos mil quinientos años; «Yo sólo sé que no sé nada». Hoy, en un mundo donde la información corre a velocidades inimaginables, el pensamiento fluye pero de manera incongruente la gente está cada vez más confundida. Información información y saturación. La dependencia de la gente por internet y no por los libros puede darnos la pauta, o por lo menos alguna pista. Lo leí en internet… Mucha gente da por un hecho la veracidad de todo lo publicado en el ciberespacio.

Después del primer cedazo y focalizando el tema en los vinos, me encuentro con una maraña de información difícil de tragar, no digamos de digerir. El tema: Italia. Un país donde la vid crece en cualquier rincón, en la parte peninsular y en las islas, en las montañas, en la ribera de los ríos y lagos. Veinte DOCG (Denominazione di Origine Controllata e Garantita), más de 300 DOC (Denominazione di Origine Controllata) que sólo representan el 20% de la producción total de vinos, otras tantas IGT (Indicazione Geografia Tipica) y un vasto mundo de vinos de Tavola (VdT). Más de 350 variedades autóctonas. Cualquier mente terrenal sensata queda rendida ante este bombardeo de información.

De todos los países europeos, Italia es quizá de los pocos que no he dedicado el tiempo suficiente; ni para catar ni para estudiar. Pero no todo es mea culpa. La cantidad de vinos italianos que se importan a México es francamente escasa. Si a esto sumamos los «Super Toscanos» la cosa empeora. Estos vinos tienen poco que ver con Italia, vinificados con cabernet sauvignon, merlot, uvas de fuera, junto con la local sangiovese. Son una muestra de vinos internacionales hechos a la medida de mr. Parker y dirigidos siniestramente por mr. M. Rolland.

Pasados esos momentos de turbulencia mental cognitiva sobre Italia y sus vinos, invitamos mi esposa y yo, a una tía muy querida a un restaurante de cortes argentinos, con motivo de su aniversario. Pero parece que el fantasma de los vinos italianos no me deja de atormentar, así que preferí dejarme llevar por la corriente. Al abrir la carta de vinos, me encuentro con vinos por arriba de 40 dólares, casi todos ellos. La Ladra, azienda agrícola Piemonte, (más abajo) Malbec, Barbera de Asti, su precio; $550.00. Información confusa, seleccionada por alguien que seguramente fue encomendado a hacer la carta de manera obligatoria. Por el placer de seguir descubriendo Italia pedí este vino. Al momento de mostrármelo me percaté que era 2004, que el Piamonte era la región, pero que Barbera de Asti era la DOC. Así que quedaría de la siguiente manera: La Ladra 2004, Barbera D´Asti Superiore, Tenute Dei Vallarino. Lo de Malbec, fue un pequeñísimo error, según apuntaba el sumiller. Pero le gustó lo de de «azienda agrícola», sin saber que era la bodega. Poco que decir para quien confecciona la carta escribiendo en la sección de vinos españoles: «Rivera del Duero».

Después de unos minutos llegó a la mesa un vino que olía a humo en un principio, después mucha fruta negra en sazón y capuccino. Boca frutal de excelente acidez, pero que con el tiempo se rompe esa sana tensión de su frágil equilibrio, y aparecen pasificados, granos de café con alguna arista de alcohol. La verdad es que es un vino que si se cuida la temperatura es bastante bebible y hasta disfrutable. Hoy he aprendido algo más… levanto mi copa…¡Arriba Italia!, ¡Saaalud!

Uno de tantos ritos en el servicio del vino es el del sumiller entregando el corcho al comensal encargado de dar el visto bueno al vino elegido. Lo llevará directo a su nariz para comprobar que el vino no tenga defectos. Curiosamente muchos de los mejores vinos que he tenido el placer de disfrutar, al principio muestran aromas de reducción no muy agradables para los sentidos, sobre todo en añadas viejas. En cambio hay otros que el olor del corcho apenas denota el mal estado del vino.
Los cánones de la «etiqueta» dictan que sólo se huele, aunque algunas personas prefieren mordisquearlo. Cuando el sumiller vierte esa pequeña cantidad de vino en la copa, la gran mayoría lo prueba sin saber que muchos de los defectos se pueden percibir con el olfato. Aunque siendo una costumbre tan arraigada, tampoco está demás sorber un poco para sentir la temperatura y comprobar si hay o no algún defecto previamente percibido por el olfato.

Regresando al corcho. ¿A qué huele el corcho? o ¿A qué debería oler el corcho?.
Me parece que hay una gran confusión a la hora de dar el visto bueno al vino en los restaurantes. Un corcho en buen estado huele a vino, un vino defectuoso puede oler a muchas cosas desagradables. Pero definitivamente no se trata de que el vino sea como lo haya imaginado el cliente. Hace un par de años asistí a una comida con un amigo, éramos varios comensales, de repente uno de ellos rechazó la botella al sumiller. Éste, sin poner en ningún momento en tela de juicio la opinión del cliente retiró la botella y trajo otra. Me llamó poderosamente la atención que fuera otra marca distinta a la primera. Al final de la comida le pregunté por qué había devuelto la botella, contestando con un aire muy académico: no era lo que esperaba de ese vino…¿No era lo que esperabas? ¿Alguna vez lo habías probado? No. Pueden imaginar la cara que puse.
Existen varios motivos para rechazar una botella, pero no esta última, al menos que el cliente tenga fundadas sospechas de que le estén dando gato por liebre, pero para esto debe haber descorchado un buen número de botellas de la misma marca y añada en distintas circunstancias.

La seudo cultura del consumidor no encaja con los parámetros de servicio moderno. Tampoco es deseable que cada vez que visitemos un restaurante, tengamos que resistir un aburrido discurso de 15 minutos del sumiller. Existe un gran problema de comunicación entre el sumiller y el cliente. He podido observar que el comensal no le da su lugar al sumiller, ni el sumiller al cliente. Esta relación debe cambiar si queremos gente más profesional en el servicio del vino. Hay quienes quieren saber más sobre el tema, si es así adelante, que el sumiller se explaye y platique: Si sólo se trata de pedir una sugerencia, entonces que se limite a ofrecer un vino acorde al gusto, maridaje y bolsillo del cliente. Aquí es donde entra la psicología, materia que deberían agregar al currículum de todos los sumilleres.

Desde el avión

Como aficionado a la fotografía en cada viaje cargo mi cámara, así tuve la oportunidad en esa hermosa mañana de tomar unas fotos desde el avión, justo después de despegar de la Ciudad de México. En el oriente los majestuosos volcanes Iztlazihuatl y Popocatépetl con el Valle cubierto por un manto de nubes. Así que no es tan mala idea cargar con la camarita.

La primera escala fue en Atlanta, donde estuvimos poco más de tres horas en espera del vuelo que nos llevaría a Dublín. Uno de los mayores inconvenientes de los vuelos en conexión es llegar con mucho tiempo, o la angustia de no perder el vuelo por algún atraso, situación nada fuera de lo común. Sin ánimos suficientes para salir del aeropuerto, mi esposa y yo nos concretamos a dar un paseo por los duty free. Entramos al primer wine bar que apareció. One Flew South bar de vinos y sushi. Una copita de riesling de Washington para ella y un Domaine Pichot 2008 para mí. Pero no todos los Vovray brillan como los de Huet, este Pichot le falta nervio. Frutal, pero nada más que eso, desaparece tan rápido del paladar como de la memoria. The Magnificent Wine Co. 2008 de Washington, no me ha gustado empezando por el nombre, largo y raro para un vino. Herbáceo y con una sensación cítrica tan artificial como algunos caramelos baratos de mala calidad. Una vez en la sala de espera antes de abordar el avión, nos dispusimos a la hibernación para cruzar el Atlántico, también llevaba un libro que había comprado un par de meses atrás: Liquid Memory de Jonathan Nossiter.

Mercado callejero en Dublin

Después de siete horas y treinta y tres minutos salimos de esa lata de sardinas repleta de humanidad, así como de olores variopintos. Un gran alivio despedirse de la azafata y poner los pies en tierra firme, como quien cruza la meta de un maratón. Llegamos al hotel abordo de uno de esos famosos autobuses de dos pisos. Un remanso de paz a la orilla del Liffey (versión Irlandesa del Támesis, guardando su debida proporción) cerca de la estación de tren y de un museo que nunca se nos ocurrió visitar. Best Western Ashling es un hotel con un amplio, acogedor y elegante comedor, sus habitaciones son de buen tamaño para los estándares europeos, pero lo más destacable es su cocina. Si visitan Dublín deben comer en Chesterfield, nombre de su excelente restaurante. Su carta de vinos es como muchas otras, con vinos de Francia, España, Italia y algo de Chile. Nada que pueda levantar suspiros.
Después del desayuno dormimos desde las diez de la mañana hasta las 3:30 de la tarde, salimos a estirar las piernas a la orilla del río. A las cuatro cuadras sentíamos como se nos partía la cara con el gélido viento, así que nos metimos a una tienda Spar, que nunca falta en cada esquina. Al asomarme por las cervezas observé junto a la local y legendaria Guiness, una docena de Coronas, nuestras fieles embajadoras en todo el mundo. Acto seguido caminamos sin escalas a un coqueto café donde nos bebimos dos tacitas de capuchino cada uno, bien calientes y espolvoreados con canela para quitarnos el frío de los huesos y así poder enfilarnos de vuelta al hotel. Esa misma noche en Chesterfield he probado una de las mejores ensaladas en mucho tiempo, acompañada de un pint de Guiness. A cada trago tenía que limpiarme los bigotes. Definitivamente me volví fiel consumidor de esta deliciosa cerveza oscura. La ensalada estaba acompañada de semillas de girasol tostadas y un aderezo agridulce que resaltaba el fresco sabor de las lechugas y otras hojas no identificadas. Al otro día teníamos la misión más importante del viaje, visitar a un ser querido para que nos acompañara el resto del viaje. Después de visitar un hermoso suburbio de Dublín, un pueblo que se llama Bray, fuimos a comer con la nueva integrante del grupo a un restaurante a la orilla de la calle que da a la playa. Martello es un pequeño hotel y restaurante con más influencia norteamericana que británica, pero se come buena carne y mejores postres. No pensé encontrar por estas tierras el segundo vino de Chateau Musar, Hochar 2002, un tinto de taninos mullidos pero firme en su conjunto, que acompañó de maravilla la jugosa carne.

Hochar 2002

El sábado a medio día visitamos un restaurante mexicano en pleno centro de Dublin. Azteca es su nombre y como en muchos países fuera de México, el gran problema es surtirse de la materia prima necesaria.
En la calle de Grafton, corazón comercial del sur de Dublín, comimos en Belley´s una excelente pizza preparada en horno de leña. Una buena opción para quienes gustan de pizzas. La carta de vinos es muy modesta por no decir escasa, pedí un Chianti genérico con una arista alcohólica impresionante, el primer trago me supo a vodka sin hielo, el segundo fue peor…La copa se quedó en la mesa casi llena. Recomiendo que pidan un pint de Guiness, no falla.
Al otro día recorrimos la catedral de San Patricio, aquel santo que explicó la trinidad con un trébol y que se ha convertido en uno de los íconos de Irlanda, junto con su color verde. Paradójicamente en un país de mayoría católica, la catedral es anglicana. Casi a las puertas de los jardines junto a la catedral se encuentra Bill & Castle (Gastro Pub & Beer Hall) un pub muy comercialito donde pedí un rib eye dry aged, pasado de tueste, muy seco y sin sabor, acompañado con un Doppio Passo 2007 vinificado con primitivo, de Salento (Indicazione geografica tipica) mucho extracto poco nervio, fruta pacificada. Nada que valga la pena, ni el lugar, ni la comida ni el vino. Al otro día partíamos a Londres, pero lo dejaré para una segunda entrega. Por el momento Chesterfield y Guiness llevan la delantera.

Clos Du Bourg, demi sec 1996

Después del reencuentro en este año con mis «pupilos» del diplomado para sumiller, que por cierto resultó una sesión muy intensa sobre ese bello y estrecho país vitivinícola europeo, lusitano.
Estando en ayunas, y después de dos litros de agua, salí hambriento a casa. Así que llegando bajé a la bodega, como estaba de blancos saqué un Clos Du Bourg, demi sec 1996, de la legendaria familia Huet. Aquel afortunado productor francés sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial.
Lo segundo era escoger un buen lugar donde disfrutarlo y comer en compañía de la familia. El acostumbrado, desde hace poco. Buena materia prima, concepto innovador pero con políticas inconsistentes. La última vez advertí al mesero que no había cargado a la cuenta el descorche de un bonito Alion 2005. Amablemente contestó que no se trataba de un olvido, sino que no lo cobraba por tratarse de un cliente asiduo. Me parece que se confundió de cliente, con alguien muy parecido a mi persona, ya que yo no visito con tanta frecuencia ese lugar. Bueno, todo dependerá de cómo califiquemos a los clientes asiduos. El caso es que hoy no hubo descorche gratis. Y yo que les había ahorrado la maniobra de la cubitera con agua y hielo, de haberlo sabido…
Siguiendo con ese estupendo Vovray, una vez abierto despide aromas intensos a miel, cera de abeja, barro, fruta amarilla madura así como un toque floral muy fresco. Una maravilla. Y qué decir en boca; un grado menos que abocado, seductor, redondo, muy integrado, poco visto en muchos chenin blanc de poca estirpe. En esto sí me confieso clasista. Catorce años, donde apenas deja asomar su grandeza. Un vinazo; redondo, estructurado y delicioso, como pocos. Muy pocos.

Ésta parece ser la última entrada en algunos días, ya que la semana que entra viajo nada menos que al mercado de vinos más grande del Mundo. Sí, voy a Londres y tengo planeado visitar algunas tiendas de vino, restaurantes y uno que otro wine bar. Sé que habrá mucho material fresco para los dos amables y generosos lectores de este blog. Todo esto no hubiera sido posible sino gracias a la inmensa generosidad de mi cuñada, que al haber acumulado tantas millas y haberlas puesto a mi disposición, puedo realizar este viaje con mi esposa. Ella bien sabe lo mucho que aprecio este gesto. M-I-L gracias. Y a todos, un hasta pronto.

A la luz de una vela…

Siguiendo por la Borgoña está el vecino al sur de Pommard: Volnay. Los viñedos de este pueblo son en su mayoría Premier Cru, entre ellos Clos des Chénes. En Volnay reside Montille, aquel viejo productor entrevistado en Mondovino, amante del terroir.
Les comentaba en la entrada anterior que la mayoría de Borgoñas en mi bodega son Louis Jadot. La escasez en número y el aburrimiento en cuanto a la diversidad ya me están preocupando, necesito renovar mi inventario con nuevos productores. Anoche bajé a la cava y después de cierta incertidumbre entre Burdeos y Borgoña, volvió a ganar Borgoña, esta vez escogí Clos Des Chénes 2002. Ya que se trataba de agasajar a mi cuñada en su cumpleaños con una buena cena en el restaurante de su elección y un buen vino escogido por un servidor.
A sus ocho años es un vino redondo, bien integrada la fruta con el alcohol y el tanino. Aromas intensos que forman una amalgama muy interesante de frutillos del bosque con tabaco rubio y notas térreas. En boca es suave como la seda, pero con buen nervio, de excelente acidez y de final eterno, un vino donde se empiezan a asomar notas de caza, jamón serrano y ahumados. En tres palabras: juvenil, complejo y sedoso. Traté de echar un vistazo a la opinión de mr. Michael Broadbent, pero en su libro Michael Broadbent´s Vintage Wine, sólo aparecen referencias hasta el año 2000. Aunque está escrita una nota muy interesante bajo el título de: 2000 and after, donde juega al profeta cuando dice: «But on the face of things burgundy is continuing to go through a succesful period, both in terms of the market and of the vintage. I detect healthy attitudes in the producers and the trade (…) Una predicción bastante optimista, que viene de una de las voces más autorizadas, aunque muchos se empeñen en desacreditarlo después del escándalo de las botellas falsas de Thomas Jefferson. Yo, como aquel dicho: «Una golondrina no hace verano» sería injusto que por un error echara a tierra su larga y fecunda carrera, así que seguiré atento a todo lo que escriba. ¡Ojalá! no se equivoque y que Borgoña siga dando cosas interesantes, sabrosas y que lo dejen a uno tan satisfecho, como ese Clos des Chénes.

Estos días post-navideños y víspera de Año Nuevo se antoja escaparse a la Ciudad de México, o por lo menos pasarse medio día entre el teatro y el restaurante… Es el mejor momento: calles solitarias sin aglomeraciones y con un buen número de divertidos y sabrosos lugares abiertos. Después de una obra musical en el añejo teatro Insurgentes, disfrutamos de La Novicia Rebelde, apta hasta para bebes de brazos, lo pude constatar echando un vistazo a mi alrededor y contar a más de dos. ¡Por fortuna muy bien portados! Una obra musical muy bien adaptada y amena, impecable vestuario y mejor escenografía, buen reparto sin ser actores muy conocidos son todos talentosos, hasta la chiquita Gretl que ya tiene muchas tablas para su corta edad.

Después de la obra, siendo casi las cuatro, tomamos rumbo sur a un restaurante en una plaza comercial. Un lugar que frecuentaba ya sea para comprar vinos, jabugo y queso o para quedarme a comer: Viña Gourmet, ambiente esnob para qué negarlo, pero también buenas copas, buena comida, y buenos modales de parte de los meseros. Aunque dicho sea la gente de la tercera edad tiene muchas probabilidades de romperse la nariz por la escalera tratando de ir a los sanitarios, o bajar a las mesas… Después de que me vendieran una botella de muestra, ya no había vuelto, no tanto por el detallito de la botella, sino por la paupérrima respuesta del dueño…¿querías que te la regalara…? Yo no voy a esos lugares a que me regalen nada, vender una botella de muestra es indecente y abusivo, para decirlo suave. Después de este rollo de malos entendidos volví por invitación de mi cuñada.
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Empecé con espíritu aventurero; un blanquito por copeo de 89 pesos, para los estándares actuales y estando como estaba valió la pena la elección, además de que se trata de La Segreta 2007, siciliano vinificado con grecanico (uva que ni siquiera estaba enterado de su existencia) y chardonnay, aunque en la carta mencionaba también viognier. Su nariz es bellamente floral, así que no dudo que esta última variedad esté presente en la mezcla. Color oro viejo, brillante. Nariz, repito muy floral y algo herbáceo, en boca es amplio y de final poco amargo; té verde, cítrico y mineral de buena acidez. Me gustó, y mucho.

Jiménez-Landi Selección, 2005

En ese momento, a petición de mi cuñada, me levanté de la mesa y busqué un tinto. Al pasar a la tienda por el pasillo de los españoles, recordé una etiqueta que días antes había ensalzado mi amigo Joan Gómez en su blog, Devinis. Una ocasión que no podía dejar pasar, ya que pocos vinos de los que se comentan de manera tan positiva se encuentran por estas latitudes. Así que sin dudarlo un solo instante pedí esa botella. Una vez en casa he echado un vistazo y resulta que es la misma bodega pero con algunas diferencias en la etiqueta, se trata de Jiménez-Landi Selección añada 2005, de todas formas valió la pena. Aunque francamente sí duele que inflen los precios… alrededor de 40 euros. Este Méntrida rara denominación de origen española para su venta en México, presenta aromas a fruta negra; zarzamora y ciruela, así como notas mentoladas. Joan lo describe como hoja de eucalipto estrujada en tu mano. Aunque no se trata del mismo vino, encontré esos mismos aromas de eucalipto. Paladar elegante y sutil , taninos maduros y suaves, de buena persistencia y final largo. Bellotero con queso manchego, un buen trozo de pan, qué más se puede pedir…
Ahora a esperar la Noche Vieja, y renovar ánimos para el siguiente año.

Nota: Capirucha: Término coloquial, y yo diría hasta naco, para decir capital. En este caso capital de la República Mexicana.