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…Y todo a media luuuz…

Han pasado casi dos meses desde que saqué la última botella de mi bodega. Luigi Bosca de Sangre. aunque llevaba poco tiempo tumbada después de que me la regalaron, ha salido de la bodega. Las seis que descorcho cada fin de mes para la cata grupal, no las he contado. Un detalle intrascendente para la mayoría que me hace favor de leer este blog, pero que me ha hecho reflexionar del poco vino de diario que queda, al que no se le rinde culto, ni se guarda mucho tiempo, que no se mima en el frío y la oscuridad, estas deben ser las razones por las que he comprado y descorchado botellas el mismo día, durante las últimas semanas. Usar y desechar. Por un momento pensé que no podría vivir sin una buena reserva de vinos bajo tierra, pero tal parece que siguiendo los criterios modernos, la guarda del vino es una costumbre en vías de extinción.
Pero sí, sí tiene sentido; cuando la gente busca algo más en el vino. Cuando va en busca de la magia que se desenvuelve al guardar y descorchar un vino maduro, que sin prisas ha sabido llegar a la copa después de años, casi olvidado en un rincón frío, oscuro, intemporal. El día de ayer por la noche, y a pesar de que viajó en coche, y las copas no eran austriacas, decidí descorchar esta botella, comprada en una legendaria tienda de Londres, y que guardé hasta el día de ayer. Motivos podría inventar muchos, pero el hecho de poder salir a cenar con mi esposa es suficiente.

Gevrey Chambertin Domaine Alain Burguet Tradition 2004, un vino desconcertante, al principio se muestra austero, sin concesiones, pero con un buen rato en la copa comienza la magia. Una nariz amalgamada de fruta negra en sazón, de carácter térreo; hongos, sotobosque, flores de lavanda y algo de tomillo y albahaca, con los ahumados y cuero muy presentes. En boca es firme y hasta un poco amargo al principio, pero el aire lo va limando, sus taninos muy presentes y su acidez le da un buen armazón, largo y profundo. Unos añitos más le hubieran sentado mucho mejor, aunque ya se puede disfrutar. Sería mejor decantarlo media hora antes del servicio. Maridó de maravilla con un pato en salsa de ciruela. La foto, un desastre, a medía luz y fuera de foco, todo por no usar flash, no me gusta la frialdad de los colores con el flashazo. En fin, no hay mucho de donde escoger para documentar la velada.

Pecado Torrontés por copeo…

Los lugares más populares donde comer dentro de la esfera de lo nice y de moda, siempre están muy concurridos, como consecuencia los precios son altos y en la espera por lo regular se pierde mucho tiempo, afortunadamente teníamos reservación, y el lugar no estaba lleno. Para una persona anarquista y antiborrego como yo, esto puede signifcar algunos dolores de cabeza. Puerto Madero es un restaurante al pie de un gran edificio emulando la zona del famoso y renovado puerto del Río de La Plata en Buenos Aires. Hasta la gente que recibe en la entrada tiene el acentiiiito. Llegué acompañado de mi hijo antes que mis dos amigos citados. Gran alegría me dio volver a estrechar la mano de Raúl, después de casi cinco años de no verlo. Primero llegó su padre, mi querido compadre, y pocos segundos después arribó él.

Y como marcan los cánones. No sé cuales… Empezamos con algo al centro y una buena copa de blanco, por un lado las populares carnitas de atún, que dicho sea se comen en taco con todo y guacamole y salsita, y por el otro una copa de Torrontés Pecado, no sé que añada, me la llevaron servida a la mesa… ¡pues no que muy europeos…! Un buen vino para refrescar el paladar después de llegar de la calle y empezar a comer.

Las populares carnitas de atún, Mmmm…

Hasta ahí todo iba de maravilla, pintaba para una placentera tarde de verano y de reencuentros con gente muy querida, compartiendo la sal y el vino. Hasta que recibí una llamadita de mi chofer para darme la noticia de que mi camioneta había sido removida por una grúa, gran negocio de la familia de Mr. Ebrard. Para mis amigos extranjeros; Mr. Ebrard es jefe y dueño de la Ciudad de México, además de aspirante a la presidencia por la izquierda, si así se lo permiten. Pero quisiera borrar de mi memoria este triste epidosio, aunque debo admitir que nubló un poco mi comida.

Pasando a otra cosa, ¡ojalá! que así de fácil resultara en el momento preciso de los hechos. Ante la pobre lista de vinos, todos con precios de hipoteca, nada más revisen: Monte Xanic cabernet-merlot $850 pesos, no, no era magnum. Sin palabras… Entonces me decidí por un bonarda, uva que por momentos me recuerda la cabernet franc. Dante Robino 2009. Un vino muy agradable, frutal de buena acidez y paso por boca de tanino mullido y alcoholes discretos, a todos nos dejó muy satisfechos, en mi caso maridó de maravilla con un grueso y jugoso bife de chorizo.

Bonarda, de Dante Robino 2009

Los respaldos de las mesas son planos y están cubiertos por el logotipo de algunas bodegas, sobre todo argentinas, el piso de madera y el ambiente con luz dosificada le da un aire romántico y a la vez moderno, de las paredes cuelgan fotografías del otro Puerto Madero, el argentino. La comida es sabrosa, pero los vinos dejan mucho que desear no sólo por el precio, sino por la poca imaginación de quien cofeccionó la carta. Otro ejemplo: tener un Pommard de medio pelo como vino premium a casi $2000… Dicho sea este restaurante tiene otra sucursal en Polanco, aunque no creo que haya muchas variaciones.

Este vino es un regalo de un amigo, dueño de un restaurante del que he hablado últimamente. Gran parte de su oferta es de vinos modernos de gama alta. Al revisar la etiqueta me di cuenta de que no la había visto jamás, mucho menos probado. Acababa de llegar a su tienda-restaurante para sumarse a un puñado de botellas de la misma bodega… Después de sacarla de una caja me dijo, casi advirtiéndome; pruébala y después me cuentas…

Luigi Bosca desfiló en mi modesta bodega desde mucho tiempo atrás, sus chardonnays de antaño, poco más de una década, me parecían formidables. Me recordaban a los borgoñas blancos de medio pelo. Por menos de $200 pesos era una compra segura. Sus tintos empezaron a maderizarse y subir escandalosamente de precio mucho antes que sus blancos. Así que mi acercamiento a este vino debía ser menos prejuicioso de lo que resultó al final.

Nacido en suelos graníticos y con una guarda sugerida de quince años, me pregunté si mis prejuicios me estaban llevando por caminos equivocados. Así que desde que la saqué de la bodega traté de disfrutarla sin meditar mucho en el pasado.
Así como su peculiar nombre, su composición no es nada ortodoxa: cabernet sauvignon 70%, syrah 15% y merlot 15%. En nariz se muestra muy aromático; cerezas en licor, ciruela madura y arándanos al final, con notas de humo y lavanda. En boca es amplio y goloso con una arista alcohólica y fruta negra. Mi esposa sólo ha tomado una copa. Su único comentario apuntaba a la excesiva astringencia, sin embargo a mi me pareció moderada. En cambio su alcohol de 14,5 desequilibra el conjunto. Me gustaría saber su precio, ¿alguien lo ha comprado?

Foto extraída de luigibosca.com

Liberalia Tres 2007

Usar ciertas vías en la ciudad de México un viernes a medio día puede resultar en la mayoría de los casos una mala idea. Además de permanecer encapsulado por varías horas en ese torrente caótico que provoca que los capitalinos permanezcan gran parte de sus vidas frente a un volante, moviéndose más lento que si lo hicieran caminando. Razón suficiente para que nuestros planes tomarán un giro vertiginoso. La cita era con un amigo en el norte, una de las zonas de oficinas y departamentos más caros de la ciudad: Santa Fe. En un edificio que ya le han dado los capitalinos el nombre de El Pantalón, por un arco de gran altura que compone su singular geometría. Allí se encuentra uno de los restaurantes de moda; Puerto Madero.

Carlos y Gabriel venían encapsulados en el Periférico junto conmigo… después de una hora decidimos arrojar el ancla y bajarnos del coche para entrar a un restaurante en el sur. Viña Gourmet. Mi querido amigo y compadre tuvo que comer solo, ante la negativa de acompañarnos en este otro lado de la ciudad.

Viña Gourmet es uno de mis restaurantes preferidos, sin tomar en cuenta la ubicación del sanitario y la estrechez de su espacio, además de estar frente a la cocina… Salvados esos obstáculos la comida es buena, los vinos también y el trato del dueño es mejor todavía, afable, además de que siempre tiene alguna novedad en vinos que me da a probar. En esta ocasión colocó un dispositivo de forma cónica en el pico de la botella, para servir y oxigenar el vino. Dada mi poca paciencia con estos artilugios, además de tener que esperar que el vino se vertiera en la copa, más lento de lo habitual, le pedí cortésmente que no la colocara para el segundo vino.

Titán del Bendito 2007

Titán del Bendito 2007

Empezamos con un Prosecco Valdo «Oro» que parecía más bien un refresco de manzana con gas, no dejaba nada a la imaginación, y una tabla de bellotero, queso manchego maduro y olivas. Tarde de Toros, en la que los tres comensales estuvimos de acuerdo, haciendo su aparición el primero de la tarde; Liberalia Tres 2007. Un Toro para mí es un tempranillo llamado por aquella región tinta de Toro, cuyos atuendos los ha cambiado por un par de cuernos para embestir, y es que la temperatura de la zona hace que los alcoholes vayan hacia arriba. En este caso es un Toro con 15% de alcohol, pero de poco extracto frutal, a medio recorrido se cae, no embiste aunque lo provoquen. Un Toro muy delgado y desenfocado.
Por un momento se me olvidó que estaba en un restaurante y me levanté de la mesa para ir por otra botella, y es que para mí un vino de más de $500 pesos (30€) es demasiado, pero como mencioné antes, se me olvido y tomé al toro por los cuernos, la segunda botella fue un Titán del Bendito 2007. Algo más aguerrido, de una bonita nariz de fruta negra madura con notas especiadas de pimienta negra y alguito de mineral. Todo muy bien sin pasar por alto que hay vinos del mismo precio que me pueden dejar mucho más satisfecho. La tarde se fue estirando y rematamos con una botella de cosecha tardía, que tardamos en escoger. Tabalí Reserva 2009, algo diluido, sin la concentración de algunos coterráneos chilenos como el Errazuriz de savignon blanc. Por mi parte pedí un Ferreira 10 años, cuya porción era poco más grande que un dedal, gracias al buen trato y generosidad del personal, me volvieron a llenar la diminuta copa. Con una tablita de quesos y un expreso maridó de maravilla. Así recargamos pilas para volver al tedioso tránsito urbano de viernes por la noche.

Txomín Etxaníz

A pesar de la lluvia que no ha escampado más que por breves momentos, hay dos buenas razones por las que he bajado a la bodega por un par de botellas: un Txacoli blanco y un Clos de la Barre 1999. Esta última botella la tenía acostadita desde enero de 2008. Francamente mis espectativas eran muy altas, y contando sus doce añitos en la fría oscuridad; crecían aún más que la espuma. Había pasado de largo por el mismo Monopole de Louis Jadot del 2006, que si bien es cierto que todos los que he abierto de esa añada me han dejado impresionado, un 99 debía estar: más integrado, más redondo, más complejo… en pocas palabras entrando a la madurez. Pero vayamos al principio. Empecé con un Txacoli de la tierra de ilustres y virtuosos de la cocina: Confieso que mi experiencia con estos vinos era nula, hasta apenas hace unas horas, cuando probé este vino. Txomín Etxaníz (sin añada) o por los menos no aparece por ningún lado de la etiqueta. Nacido en la bodega del mismo nombre. Vinificado con Hondarrabi Zuri (90%) y Hondarrabi Beltza (10%), un vino con personalidad, color oro, a la vista muestra burbuja muy fina, lo que llaman en España vino de aguja, o los franceses petillant, sin embargo desaparece pronto, cosquillea el paladar en los primeros tragos. CO2 que queda atrapado en los vinos jóvenes, sin tratarse de ninguna manera de una segunda fermentación como en los espumosos. Acidez justa, huele y sabe a manzana asada y una nota caliza y mineral, por momentos parece sidra. No dudo que case de maravilla con los mariscos de aquellas hermosas tierras.

Clos de La Barre 1999

El Monopole de Drouhin, Clos de La Barre 99, me ha dejado muy intrigado y decepcionado. Después de bregar con un corcho húmedo que se partió en dos, he podido sacarlo. Tiene una arista alcohólica que hubiera apostado que se trataba de un Shiraz californiano, y no un Borgoña de estirpe, a pesar de que 13,5 grados de alcohol ya no escandalizan a nadie. Es un joven rebelde con chaleco de cuero y «motocicleta chopper»…que no tiene nada integrado, sus doce años no le han servido de nada, una nariz ahumada con notas térreas dominadas por el alcohol en boca. Decepcionante. Me duele decirlo de uno de mis productores favoritos. ¿Estará adulterado…? o ¿Será el nuevo rumbo que tomarán los borgoñeses? no me atrevo a tanto pero no me gustó, apuesto lo que sea, que el 2006 que pasé de largo está mucho mejor. Afortunadamente la comida ha salvado un poco la tarde, un rissoto con hongos bañado en «olio tartufato»… es decir con un chorrito de aceite de oliva con trufas. Hasta un Burdeos moderno hubiera sido más delicado con la comida y mi paladar. Espero haber tenido sólo una mala tarde, un encuentro con una botella diferente. Seguiré gastando mis pocos ahorros en borgoñas.

En el corazón de Coyoacán...

Apenas bajé del coche, crucé la calle empedrada de Centenario y me dirigí a la fuente de los Coyotes, no sin antes ver al globero, al cilindrero y al bolero… oficios tan arraigados como cotidianos de esta famosa plaza en el centro de Coyoacán. La cita era a las 14:30 en el restaurante Entrevero, al costado sur de la plaza, formando una hilera de terrazas apenas separadas por una cadena o unas macetas o mesas diferenciadas por distintos colores de mantel. «La Esquina de los Milagros», «Centenario», «El Guarache»… y del otro lado; «Los Danzantes» de comida oaxaqueña.

Restaurante Corazón de Maguey

Antes de sentarme recorrí el lado norte, donde encontré un peculiar letrero que decía: «Temporada de insectos» en La Casa Corazón de Maguey. Adicto a los chapulines y a los gusanos de maguey en mantequilla negra, por un instante pensé que sería buena idea pedir una orden, pero era tarde y tenía que comer justo enfrente, del otro lado de la plaza.

Pasadas las dos y cuarto me asomé al restaurante, atraído por una mesa en primera fila, «reservado para Gonzalo…» mi amigo oriundo de este bello barrio, o por lo menos habitante con muchos años acuestas respirando los impregnados aires de calma provinciana.
No habían pasado ni diez minutos cuando apereció. Antes de que pudiera negarme a su petición, encargó una botella de cabernet chileno… el shiraz me da dolor de cabeza…. Hermano, si supieras el dolor del dedo gordo… pero uno no está para defraudar a los buenos amigos, así que no pude menos que asentir con la cabeza y preparar la garganta.

Nimbus 2007

No éramos los únicos convocados, pero si los únicos que llegamos a la cita. De entrada pedí una empanada «humita» con grano de maíz, crujiente y deliciosa. Él compartió una tarta de atún de la que me acordaré por mucho tiempo. Rajas de aguacate, cilantro, limón y cebolla con trozos de atún, bañados en aceite de oliva, sencillo y exquisito. Después de una ensalada llegó la carne, una ración para no tener remordimientos. El cabernet chileno fue un Nimbus 2007, del Valle de Casa Blanca, un valle al norte de Santiago cuya producción es principalmente de blancos, debido al frío de su clima. Nos ha gustado mucho. Un tinto firme, de buen tanino y acidez, en nariz tiene: ciruela madura, pimiento y una nota de menta que me recordó los buenos cabernets de Rutherford en Napa.

Ver a la gente pasar mientras platicaba con Gonzalo, me remontó a aquellos pueblos donde los ancianos sacan su silla para sentarse toda la tarde y saludar a todos los que pasan por enfrente del zaguán. Una tarde apacible en una ciudad convulcionada por las: manifestaciones, el tránsito lento y los vendedores ambulantes. Parece mentira poder encontrar y disfrutar en el corazón de este barrio la tranquilidad y el sosiego de muchos pueblos alejados de la capital. Es uno de los sitios que debería uno visitar de vez en cuando; tomarse una tarde para disfrutar de una buena charla, buena comida y un cabernet chileno con aspiraciones californianas.

En esta ocasión no voy a hablar de vino, tampoco de sus virtudes ni de sus bondades, o del maridaje o la falta de éste. Hoy llevaré a la mesa el tema de los altos precios del vino y la comida, para que sirva por lo menos de catarsis, y no tenga que contar esta misma historia a mi psicólogo dentro de un par de años, para liberar mis traumas y mis penas más hondas.
Ayer por la noche asistí con mi mujer a un restaurante que abrió sus puertas hace un par de meses. El motivo; reunirnos todos los miembros del grupo de cata con nuestras respectivas esposas para festejar a un buen amigo que contraerá sus segundas nupcias. Ocupamos una gran mesa. Todo iba muy bien, el restaurante es una vieja casa tipo hacienda donde las habitaciones estan dispuestas alrededor de un jardín tan grande como esmeradamente cuidado. El área del comedor está ambientada con motivos de los años sesentas, la cava es fría, pero no por la temperatura sino por su estilo minimalista donde el cristal y el acero son los protagonitas, y cuando digo protagonista es en toda la extensión, ya que las botellas de vino son escasas, así que en gran parte de la cava las tumban a lo largo para ocupar más espacio y así disimular la escasez. Porque no negarán que una cava media vacía, o media llena es como un árbol sin hojas. Bueno hasta ahí todo transcurría con cierta normalidad, obstáculos salvables que seguro iran mejorando con el tiempo. Su comida está enfocada principalmente en la italiana. Aunque el risotto con hongos que pedí no levantó en mí ningún suspiro. No considero relevante mencionar el nombre del restaurante, tampoco es mi intención hacer mala propaganda de un lugar que ya por sus méritos propios tendrá un camino difícil. Tampoco he tomado fotos. Tampoco me ha gustado el rissoto… eso ya lo dije. El baño es original, aunque sea para lo que se hizo.

Cuando todo mundo había llegado y estabamos plácidamente sentados platicando, trajeron el menú y la carta de vinos. Mi sorpresa fue mayúscula cuando fui repasando los precios de cada platillo, no sería tampoco la primera vez que visito un restaurante donde el hambre se me va antes de probar bocado. La carta de vinos un monumento al abuso… ¿se les habrá olvidado quitar los tres ceros que existían hace años…? Pongo sólo un ejemplo: «Alión 2003 ….. $2300.00» El vino más económico era un Casa Madero de $400.00. La copa más barata de tinto $130.00.
Como bien dice un amigo: «el peor enemigo de un negocio es su propio dueño».¿A dónde quieren llegar con esos precios? Entiendo su pretensión de hacer una notable diferencia entre este sitio y otros de menor «catego» pero me parece un grave error el concepto de precios tan altos, sobre todo en el vino, ya que el vino tiene un valor comercial del que no podemos escapar, haciendo comparaciones de lo que costaría en tienda. No piensen que pretendo que el restaurante absorba los indirectos, aunque debo decir que muchos restaurantes cargan apenas un 15 o 20% sobre el precio, obteniendo excelentes utilidades basadas en un amplio volumen de ventas, con la gran ventaja de que el comensal sale satisfecho y lejos de la idea de haber sido timado, provocando una indiscutible respuesta de lealtad.

En conclusión: la carta de vinos cambio de manos, pasando por el escrutinio masculino sin que nadie se animara a pedir una sola botella. No me quedó más remedio que pedir una copa de $130 pesos, de apenas 120 0 150 ml, tibia. Eso sí en una bonita y elegante copa Riedel. Las ganas de disfrutar del vino se esfumaron y pensé a cada trago, que tenía en casa una cava más completa y mejor cuidada que la de este pomposo lugar. La pregunta que nos hacíamos era precisamente esa: ¿piensas volver…?

Foto extraída de taringa.com

Valdo Prosecco, D.O. Treviso, fresco y limpio

Llegando de la jungla de asfalto, smog y uno que otro idiota desesperado entre el tránsito, lo primero que pedí fue una copita de prosecco. Me llamó la atención que el mesero sirviera la mitad de la copa con lo que restaba de una botella, y la completó con otra recién abierta… El lugar, Viña Gourmet, con su tienda de vinos al otro lado de las mesas, una selección de vinos modernos algo subidos de precio. Un lugar que frecuento por su tablita de jabugo con manchego poco curado y aceitunas. Falta un buen Jerez.
Valdo es un prosecco de Treviso, intenso, limpio y ligero, con una burbuja muy sugerente; pequeña y constante. Un buen prosecco con recuerdos de flores y cítricos, lima. Excelente para sacudirse el bullicio de la calle y hacer un paréntesis para entrar al bullicio del restaurante.
Hace muchos años Rioja era la única embajadora del vino español, hablar de España era hablar de riojas y hablar de riojas era inherente no sólo a España sino al gusto mexicano por el vino español. Jerez también. Las restantes denominaciones eran cuasi desconocidas, aunque año con año se abre el abanico y se van sumando otras. Penedés, Somontano, Valencia, Pla del Bages, Dehesa del Carrizal, Valdepeñas, Bierzo, Cigales, Campo de Borja, Manchuela… El Priorato no es una región reciente, se hace vino desde el siglo XII, pero tampoco ha sido una denominación de vinos económicos, sus precios rebasan fácilmente los $500. Hoy podemos cuestionar los precios del Priorato, aumentados sensiblemente cuando llegan a México, pero tenemos una buena oferta para escoger. Garnachas tintas centenarias y el suelo de licorella forman el binomio para destacar la mineralidad de sus tintos. Cómo olvidar Porrera aquella tarde de otoño en la finca La Tena, de mis amigos Paco y Dominic. Un recuerdo que me vuelve a la memoria cada vez que veo algún vino del Priorato.

Badaceli 2005

Pero volviendo al restaurante. Fui a la tienda adosada al comedor para buscar un vino. Sé que para mucha gente levantarse de la mesa para buscar vino sería una completa incomodidad, para mi no lo es. Indagar entre los botelleros me parece un buen ejercicio antes de descorchar una botella en la mesa, me hace sentir en casa. La oferta de Prioratos es muy buena, considerando que no es una denominación tan conocida como otras, su oferta es de doce tintos, los precios varían aunque el promedio está en $500.

Escogí el Badaceli 2005, D.O. Priorat, sus 14,0 grados de alcohol pasan desapercibido, su precio de poco más de 300 pesos está entre los más bajos. Un tinto rusticón, mineral, tanino suave y buena acidez. Con la famosa crema de almeja de la costa este de EE.UU., ampliamente conocida como clam chowder, el prosecco resaltó la textura cremosa y suavizó lo salado de las almejas. El segundo tiempo maridó de maravilla con el Priorato, una chuleta de cerdo con costra de pimienta negra y salsa agridulce. Una exquisitez a pesar del calor, las calorias y todo lo que implica. Pero quién se preocupa de las calorias con una buena copa de vino en mano. Por último un café expreso y pasar la servilleta por la boca.

Chuleta de cerdo con costra de pimienta negra

Nunca me he preocupado mucho por el maridaje, la mayor parte de las comidas con vino lo escojo primero para después pasar al menú. Ayer por la noche salí a cenar con la familia y un amigo a un restaurante donde me acordé que me habían aconsejado pedir la pizza de anchoas. Dentro de la carta en la lista de pizzas no aparecía. Así que hablé por teléfono a quien me recomendó la pizza. «No, esa pizza no aparece en el menú, pero pide que te la preparen». Así que sin perder más tiempo pedí que la prepararan y la metieran al horno. Nunca me detuve a pensar que las anchoas no habían sido nunca de mi agrado, desde que tengo uso de razón… ¿Por qué me iban a gustar ahora en una pizza? Tal vez la elocuencia de mi amigo a la hora de referirse a la pizza de anchoas me hizo perder de vista ese «pequeño detalle». Para completar la penosa escena había llevado en mi bolsita de neopreno un Prado Enea Gran Reserva 1995. No sin antes pedir una copita de blanco, un chardonnay de Ramirana, si no mal recuerdo. Alcohólico y amargo, además de caro.

Llegó mi amigo y compartimos la pizza. Al primer bocado le pregunté que si quería más, pero ya no pude evitar una sonrisa sarcástica. Moviendo la cabeza me respondió que estaba muy salada para su gusto… rematando con un: «es toda tuya».

El vino se mostró con muchas notas ahumadas y animales para que después saliera la fruta roja. Un vino que fue abriendo, pero que con la pizza hizo corto circuito, plano y con un fuerte sabor metálico… Inconfundible resultado del fosfato de algunos pescados como las sardinas, y los taninos. A esto le llamo un maridaje explosivo. Un blanquito de buena acidez y cuerpo pudo haber salvado el maridaje, pero no lo salado de la pizza. Ya sé que de las anchoas no puedo esperar otra cosa, tal vez con algunos pimientos, espárragos y unos pequeños pequeñísimos trozos de anchoas la cosa podría haber sido todo un éxito. Pero también hay que reconocer que de los errores se aprende más que de los aciertos. Desde hoy en adelante procuraré poner un poco más de atención al maridaje, por lo menos para que no resulte explosivo.

El lunes por la tarde no es el momento más usual para una cata, además de que los ánimos no andan tampoco para estos acontecimientos, pero tratándose de una invitación del buen Jorge y ante su insistencia, me enfilé con otro amigo a uno de mis restaurantes favoritos, donde todo estaría listo para la cata. Como suele suceder el show empezó varios minutos tarde y la asistencia no fue muy nutrida, aunque había varias caras conocidas.

Horacio Sebastián Fuentes es un enólogo muy joven, a sus treinta años se le ha confiado la línea premium de la bodega chilena Ventisquero. Durante la presentación de los viñedos, la bodega y sus vinos, fuimos catando y maridando con algunas entradas preparadas con esmero por la joven y talentosa chef María Fernanda Arámburo. Empezando con un Chardonnay 2009 del Valle Central, color amarillo brillante con destellos verdosos. En nariz es limpio, intenso, manzana verde, notas de toronja blanca. En boca es cítrico. Limón y notas de lima. Unas croquetas rellenas de cangrejo, que conste que no alcancé a escuchar de que estaban hechas, el caso es que el vino no ha desentonado.

Queulat es un parque nacional y un glaciar, nombre que han escogido para una línea de vinos. Este primero es un  Queulat Carmenere 2008 está vinificado con un 5% de cabernet sauvignon… Para Horacio vinificar con cabernet sauvignon es la carta de presentación de todo enólogo, uva tinta más plantada en Chile, ocupando más del 40% de los viñedos. «El terroir tiene límites» (…) algo que me llamó la atención fue la manera como concibe el terroir. Cuando menciona los límites se refiere a la calidad de cada pago, no es lo mismo la chardonnay en Montrachet que en Casa Blanca. Defensor de la tecnología en los procesos de vinificación, aunque marcando una frontera no muy clara entre su uso y el abuso. Hasta ahí todo iba bien, coincido en lo general con estos planteamientos, pero cuando se refiere a la tipicidad de la uva en distintas regiones, me empiezo a poner algo ansioso, y rechina algo en mis entrañas. Si bien es cierto que la riesling del Mosela no es ni por equivocación la misma que en el Valle Clare en Australia, la tipicidad se pierde cuando los vinos son sometidos a crianzas en madera nueva y bien tostadita por infames periodos de manera indiscriminada, que lo único que hacen es ahogar la fruta en roble. Estas prácticas han sido muy populares en los últimos 25 años, así que poder reconocer un cabernet sauvignon chileno, español o argentino es como sacarse la lotería.

Siguiendo con el Queulat Carmenere 2008, domina la ciruela, la zarzamora, notas de humo y tomillo, de tanino pulido y acidez muy justa. Acompañado con unas tostadas de garbanzo. El tercero de la misma línea fue un Queulat Cabernet Sauvignon 2009, con 5% de syrah. Menos intenso que el anterior y con una arista alcohólica, quizás resultado de la temperatura. El mousse de roquefort definitivamente no va con este vino, un sauternes sería lo ideal. Su crianza se hace en un 20% de barrica de segundo uso y 40% de tercer uso. Interesante crianza para los estándares modernos, donde toda la barrica es nuevecita y muy pintadita de rojo en medio.

Por último probamos el Grey Syrah 2008, el vino premium de la bodega con 16 meses de barrica y uno en vidrio. Fruta negra y notas de lavanda. El canapé una calabaza de nueva Zelanda con reducción de balsámico, mucho mejor maridaje que el anterior.
En general me parecen tintos rayando en el anonimato, a pesar de que el enólogo haya proclamado el terroir a los cuatro vientos. Tintos muy parecidos unos a otros. Me han mandado por correo la lista de precios, pero no he podido abrir el archivo, aunque todo indica que los precios no son como para hipotecar la casa.

Fotos extraídas de ventisquero.com