Archivos de la categoría ‘Reflexiones’

El placer no necesita de: manuales, instructivos, guías, recomendaciones… ni tampoco de fechas, compromisos, aniversarios y toda la parafernalia de oropel que ha inventado el hombre para sí mismo.

¿Qué dia vendimiar?, pregunta el enólogo. ¿Cuándo estará lista la publicidad?, pregunta el director de promoción. ¿Cuándo llegarán las muestras?, pregunta el distribuidor. ¿Cómo vamos con las ventas?, pregunta el dueño de la bodega. ¿Quiere algún vino de la carta?, pregunta el camarero. ¿Lo dejamos respirar?, pregunta el sumiller. ¿Puede traer otra botella?, pregunta Benjamín… Preguntas sin respuesta, respuestas sin preguntas; está muy caro, tiene mucho alcohol, mucho mejor en nariz, diluido al final, final corto, goloso, cansino, potente, robusto, amaderado, con defecto, sin defectos, correcto… Pero siempre en la búsqueda del placer para disfrutar la copa que tenemos en mano, el principio, lo fundamental. Por qué dar tantas vueltas. Lo que está en la copa es lo que cuenta. Así como observo día con día la sofisticación de la comida y el vino, también me doy cuenta de lo distorsionado y confuso que puede convertirse el panorama. Espejismos y figuraciones para impresionar al consumidor.

Precisamente me ha llamado poderosamente la atención lo que sucedió hace unos cuantos días. Llegué a casa, me lavé las manos, me senté a comer… todo con tediosa normalidad. Cuando mi esposa sirvió el segundo plato, lo identifiqué como una receta nueva, un platillo inédito. ¿Qué es…?. Pollo en salsa de pimientos. ¡Mmmmm, delicioso!,. Al otro día lasaña, y hace un par de días las crepas de pollo más sabrosas de toda mi vida, un alambre con: carne, cebolla, pimientos, tocino y queso, un platillo tan sencillo que no podría imaginar qué ingredientes distintos pudo haber usado para hacer la gran diferencia y que me chupara los dedos. Todo esto preparado por Vero, una mujer humilde que no necesitó de Le Cordon Blue, o de su gorro, o su chaqueta con termómetro incluido, ni nada de eso. Sus manos, su imaginación y lo principal, lo que nos repetía la abuela y nuestra madre; la s-a-z-ó-n. Todo en su punto exacto, sin que falte ni que sobre nada, con materia prima de primera calidad, comprada por ella misma en la mañana.

Vero y sus platillos me han hecho reflexionar acerca del retorno a las bases, lo sencillo, lo fundamental, la preparación simple y llana, sin adornos ni paltillos bautizados con nombres largos y rimbombantes.

Dentro del mundo vitivinícola se está perdiendo el enfoque, necesitamos enólogos con el perfil de Vero, virtuosos del vino por merito propio, y no por las medallas ni por los posgrados, ni tampoco por la fama efímera.

Gentil Hugel 2006, desde 1639

Hoy he descorchado un vino honesto sin galardones, ni premios, pero si con mucha sustancia. Gentil Hugel 2006. Contraria a la costumbre, aquí no han puesto en la etiqueta la variedad, se trata de una combinación no explícita. «blend of noble grapes». Bodega histórica que ha visto pasar a doce generaciones desde el año de 1639. Un vino dorado, brillante, limpio. Me recuerda el níspero. En boca es círtico; toronja roja, notas de durazno, final largo y mineral. Por desgracia, y muy a mi pesar, era la última botella que quedaba.

Niepoort en 375 ml

Así reza un viejo dicho popular, y ya empiezo a confirmarlo en varios aspectos de mi vida. No es que me sienta viejo, ni mucho menos, pero debo reconocer que después de la mitad de la cuarta década las cosas no son igual que antes. Aunque también pude haber puesto el título: «De titanio al fuagrás»… En alusión a los hígados deteriorados de los pobres gansos. Todo esto viene a colación por un trío de botellitas de oporto de la bodega Niepoort, que acabo de ver en Palacio de Hierro. Un formato muy códomo para quienes quieren darse el gusto de beber una copita de oporto sin tener que guardar el resto de la botella. Una medida que puede dejar satisfechos tanto a dos como a cuatro personas, un tamaño muy recomendable, con la única desventaja de que hay quienes dicen que no evoluciona tan favorablemente como en una botella de 750 ml y mucho menos que en una magnum de litro y medio.
Y es que en mis años mozos cuando contaba con veintitantos podía beber una botellita entera yo solo, entiéndase de 750 ml, sin pesadez ni remordimientos; y seguir mi camino en la carretera como cuando fui por primera vez a España, a finales de los ochenta. Toda una experiencia haciendo escalas por los lugares de comida más abarrotados de coches y camiones en el estacionamiento, ya que de seguro adentro se comía bien, bebiendo y disfrutando de los vinos locales. Hoy lo pienso dos veces antes de beber una botella con mi mujer, a sabiendas de que después tengo que manejar en carretera. Sobre todo si se ha comido como Dios manda y el estómago requiere de altas dosis de oxígeno, llevadas por la sangre. Lo que se conoce como marea alcalina. Así que estas botellitas son una muy buena opción.

Friné 2006, Sauternes

Dentro de estos formatos pequeños encuentro una gran variedad de marcas, bodegas y estilos. Uno que me llamó la atención fue el Sauternes Frine 2006, de Rotchild, una marca que tiene tanto Burdeos como Riojas, y en cuya etiqueta aparece el nombre de Deby Beard, una mujer que promueve el vino desde distintas trincheras y que parece que ha dado resultado imprimir en la etiqueta su nombre… aaah esto de la mercadotecnia nos tiene sorpresas a cada rato. Pero hoy no estoy para vinos dulces, siendo franco para ninguno. Nuestra perrita, a la que adoramos, tiene un tumor maligno… Como apunta el escritor vasco Juan Bas, en su extraordinaria novela Voracidad: «El cáncer. Una obra maestra del terror, todavía con mejor trama que la del bebé de Rosemary: la semilla del diablo. El cáncer es el Alien que crece dentro de ti hasta destruirte. La sublevación de tu propio cuerpo.» (…)

No sé cuando, pero en un futuro próximo probaré tanto el Oporto 10 años como el Sauternes de la rubia.

Me estoy haciendo viejo y reconozco que cada día me molestan más los descarados recursos propagandísticos acerca del vino mexicano. Al abrir el periódico Reforma en la sección Buena mesa aparece con letras grandes: Buenos, baratos y mexicanos…. Ajem, ajem ¿A qué se referirán con baratos…? Hablan de vinos debajo de 350 pesos; los trece vinos citados dan un promedio de 260 pesos. ¡Veintidós dólares para mi bolsillo ya no es barato…! Y en ese margen me empiezo a poner muuy exigente.
Las calificaciones no podían ser de otra forma que las designadas por el abogado de Maryland, Mr. Robert Parker Jr. (50 a 100). Aunque también me llama la atención que ninguno de los trece vinos catados rebasa los 89.3 puntos. ¿Qué le habrá faltado para el 90.0 a ese Jardín Secreto 2007, de la bodega Adobe de Guadalupe? ¿0.7 gramos más de roble francés o 0.7 gramos más de alcohol?

Hasta hace poco menos de diez años no podía entender cómo alguien se atrevía a dar una opinión sobre un vino sin tener de parámetro una calificación numérica. Hoy en día estoy convencido de que no hay números ni letras suficientes ni precisos para calificar un vino. Son muy fríos. Prefiero remontarme a mi memoria olfativa y saber si ese vino me despierta pasiones, me deja indiferente, o simplemente es para beberse a tragos largos, sin muchas contemplaciones. Siguiendo con la promoción de vinos mexicanos… O mejor dicho con el ocioso ejercicio que convocó a tres expertos con todo y su peto de cuero y todas sus medallas. Los Sumilleres que en México y otros países latinoamericanos prefieren escribir sommelier para darles un acento franchute y de más prestigio. Los sommeliers han dado su veredicto y los demás mortales… el resto, podrá tomar una mejor decisión a la hora de escoger entre un vino francés o un mexicano, baratito de 20 verdes.
Creo que algunas maniobras como ésta ayudan muy poco al vino mexicano. Y en muchas ocasiones dejan más confundido al consumidor. Ya me cansé de oír historias sobre la «democratización del consumo del vino», hacerlo más accesible, bla bla bla… Pero en el momento de las medallas, premios y altas calificaciones, el vino despega y se vuelve un ente volátil inalcanzable para la gran mayoría que prefiere gastarse sus $260.00 en otra cosa.

Tinto del Mogorcito 2006

Haciendo un recorrido sabatino por los pasillos de una de las tiendas de vino más surtidas de mis alrededores, me encuentro con una gran variedad de nuevos vinos mexicanos, que ni siquiera había escuchado que existían. Por desgracia y siendo cada vez más frecuente, abundan los vinos por arriba de los $400.00 (32 dólares), precios que ahuyentan a mucha gente, y que quedan situados en un nicho de mercado muy reducido. Aún así escogí uno de los «baratos» $384.00 Se trata de un Tinto del Mogorcito 2006 que no tiene nada que ver con Casa Mogor Badan, como pudiera parecer. Se trata de Viñas de Garza una bodega muy joven nacida en 2003 cuya primera cosecha es precisamente la 2006. Ubicada en el Valle de Guadalupe. Tinto del Mogorcito es una mezcla de cabernet sauvignon y merlot con doce meses de roble francés y americano. Su enólogo Amado Garza, que por su apellido sospecho que algo más tiene que ver con la marca. Hugo D´Acosta también intervino en el proyecto. Poco después de comprar la botella terminó en la copa, y estas con mis impresiones: Aromas de fruta negra en sazón: zarzamora, notas especiadas de albahaca y pimienta verde. Boca frutal, con un final pasificado que desaparece con el aire, acidez justa, de taninos maduros que pierde algo de nervio con el aire. En general un vino rústico con una arista de alcohol muy presente.

Notas de cata del 2001 al 2002

Revisando algunas viejas notas de cata del año 2001, sacadas de una libreta verde de pasta dura, encuentro algunos vinos interesantes que en este mismo momento me gustaría disfrutar una vez más. Estos años me han enseñado que las notas de cata generalmente sirven para muy poco, cuando dicen algo, y no sirven para nada cuando se escriben sin el alma. Simplemente son referencias someras para sus propios autores. Hoy poco me dicen de ese momento, es como si estuviera leyendo las anotaciones de una persona ajena.

Pero volviendo a la subjetividad de las notas, partamos del hecho de que cada individuo es diferente, así los estímulos externos tendrán distintas interpretaciones en cada persona. Hay quienes son más tolerantes a la acidez, otros al alcohol… Lo que para mí es tánico, tal vez para el vecino sea lo justo. Por esta razón los parámetros en una nota de cata son muy personales.

En esta libretita, regalo de alguna alma caritativa, aparece en la portada: «Wine & More, by mdm» adentro una breve explicación en alemán de la lengua y sus distintas partes que distinguen los cuatro diferentes sabores: Dulce, amargo, ácido y salado… Lo demás son hojas en blanco que yo utilicé para anotar algunas notas. En vista de que la libretita me gustó, decidí sólo escribir notas de cata de vinos «excepcionales».

Me ha sorprendido saber que mi primer encuentro con un Bonnes Mares fue el 14 de febrero de 2001, y era de la añada 1989, metido en la cava el 11 de julio de 1998. Y dice así:

Degustado en la noche… (…) antes era más escrupuloso en los detalles, faltó la hora y los segundos. «Luois Jadot, Bonnes Mares 1989. Nariz — Casis con notas de violetas y caza — carne— vainilla. Paladar, acidez, tanicidad (todo en blanco ???) Ataque franco, austero poca fruta.»

¡¡¡Woww!!! me sorprendió mucho que uno de mis Borgoñas preferidos no tuviera fruta… ¿Habrán cambiado mis gustos o mi paladar.?

El segundo: «Les Forts de Latour 1994, color rubí brillante, f. rojos, ciruela m., higo. Ataque franco, acidez +, taninos discretos.»

El tercero: «Chateau Margaux 1992, color — rubí brillantes, Nariz — aromático, frutos rojos, casis, trufa, notas de vainilla. Paladar— Buen ataque, final amargo, taninos presentes, joven, cuerpo medio + complejo.» Ésto fue el 11 de julio de 2001.

Y por último el 13 de julio de 2002 descorché un Vega Sicilia Único 1981. Tengo muy presente que éste fue regalo de la esposa de un político a una tía de mi esposa. Cuando llegó con la botella en brazos, a preguntarme si valía le pena… apenas la vi de reojo. Pero cuando ella leyó en la etiqueta: V-e-g-a S-i-c-i… no había acabado cuando volteé tan rápido que casi me disloco el cuello. ¿De quién es esa botella? pregunté. Tuya. Ya sabes que a mi tía no le gusta el vino. ¡Bendito sea que no le gusta el vino! ¿Te la dio para mí? Sí. Creo que cada vez quiero más a tu tía…

La nota:

Los tres en la lista…

Fin de año es un buen momento para reflexionar sobre el camino andado y por qué no, de lo bebido y lo que se quedó en el tintero, en este caso en los botelleros. Esta reflexión viene a colación ya que hace un par de días un amigo me decía que todo lo que guarda en su bodega no está para beberse, sino hasta dentro de varios años. Refiriéndose a las añadas del 2000 al 2007 de bodegas de Burdeos con mucho prestigio. Además de que puso en duda la evolución a favor de algunos vinos que reposan en mi bodega desde hace algunos años. Mouton Rotschild 93, 98, 99… Vinos que por una o por otra razón guardo de manera casi obsesiva. Mouton ha cambiado en la hechura de sus vinos, por lo menos es lo que algunos críticos han dicho, entre ellos da fiel testimonio Jonathan Nossiter en su película Mondovino, donde aparece el imperio de Mouton Rotschild como una fábrica de sueños… Vinos a la medida del consumidor norteamericano.

No sé si sea momento de descorchar algunos vinos casi olvidados en sus botelleros, pero me parece que para algunos Burdeos y Borgoñas veinte años son apenas suficientes para que comience en su interior la magia de la madurez. Esa evolución que hace sublime una copa de vino en su mejor momento, complejidad y profundidad en su máxima expresión. Premio a la paciencia.

En el caso de los Mouton, las etiquetas tienen mucho que ver con mi impulso de conservarlas por más tiempo. Hace algunos años compré una botella de la añada 1993 en EE.UU. país donde la etiqueta original del boceto de Balthus no aparece. La etiqueta «original» es la de una joven acostada con el torso hacia el lado izquierdo. Pero alguien de manera hipócrita no dudo en censurar la imagen imprimiendo sólo el color beige del fondo. Otra etiqueta que me llama la atención es la añada de 2008, de Rufino Tamayo, titulada El Brindis por. Único pintor mexicano que aparece en el repertorio desde 1945 en las diferentes etiquetas de este famoso vino, Premier Cru desde 1973. La última botella, la de 1999, no tiene para mí ningún valor especial. Se trata de un cabrito dando una coz. Su autor es Raymond Savygnac, cartelista francés que murió en 2002. Al parecer una buena añada, así que comenzaré por esta última.

Cada vez que tengo la oportunidad de viajar fuera de México aprovecho para hacerme de algunas botellitas de vino, tomando siempre en cuenta lo más atractivo del país que visito en cuestión. EE.UU. tanto por su cercanía como por su enorme oferta de vinos es uno de mis preferidos para llenar una cajita de seis y a veces hasta ocho botellas, depende de lo cargado que venga, mi presupuesto y la cantidad de botellas permitidas en la aduana. Para empacar las botellas siempre utilizo cajas, ya sea reforzadas, con poliuretano o envuelvo cada botella con las famosas burbujas de aire, ideales también para romper una por una en una tarde de ocio. Así que directamente documento la caja en el mostrador de la aerolínea y la recojo en la banda giratoria de mi destino final. Algo que me ha resultado muy práctico y que para muchos representa lo contrario, ya que siempre las quieren llevar cargando arriba del avión.
Después del 11 de septiembre de 2001; fecha que cambió por completo la concepción moderna de los viajes por avión. Las botellas de vidrio deben de meterse a la maleta, envueltas en ropa sucia o hacer las compras en el aeropuerto y cargar la bolsita del Duty Free para posarla a un lado de los pies o en el compartimiento de arriba, antes de que nuestro vecino ocupe ese lugar guardando un abrigo o un oso de peluche gigante o cualquier otra ocurrencia.

En mi último viaje hice algunas compras de vino de último momento en el aeropuerto. A la hora de pagar el par de botellas que escogí las metieron en una bolsa de plástico y la sellaron, de manera de que no pudiera abrirla… Ahora me pregunto: ¿Qué tan difícil es romper una bolsa de plástico…?  ¿Las botellas del duty free no son inastillables? ¿No podrían convertirse en una arma blanca…?
¿Alguien podría explicarme cuál es la diferencia entre las botellas que se compran fuera del aeropuerto en una tienda especializada de vinos y las que se compran en la tienda libre de impuestos…? Para que el tratamiento sea diferente.

Foto extraída de http://www.wn.com

Desde que empecé a interesarme en el mundo del vino, leyendo y probando, ha habido mucha gente que me pide consejo sobre alguna supuesta grandiosa colección de botellas heredada o dada en pago por alguna razón. No es raro que entre alguna de ellas sean rescatables verdaderas joyas. Recuerdo aquel mítico Marqués de Riscal 1947 perdido entre botellas de champán comerciales y con el nivel a la mitad. En esa misma colección un Viña Tondonia cuya añada no quedó muy clara (1913-1914) a cambio de eso apuntaba en la etiqueta que se trataba del «sexto año de plantación». Ya he mandado un correo a Ma. José López Heredia, para saber de que se trata. Estoy seguro de que habrá una historia detrás que pueda contar en este espacio.
De otra tanda de vinos conservo recuerdos de aquel Martínez Lacuesta Reserva Especial 1922. De esta colección todavía hay algunas botellas en mi bodega a pesar de mis amigos y de varias «operaciones escoba» para ir gastando algo de lo que sobra o de las botellas que pienso que van en plena picada. Hace poco menos de una semana me invitó un amigo a que echara el ojo a una tanda de vinos de un restaurante. Su hermano quería vender algunas de esas botellas y él no tenía idea del precio. Se trata de una colección de vinos mexicanos en su mayoría, con algunas excepciones, como tres o cuatro botellas de Cabo de Hornos de distintas añadas entre otras botellas riojanas.

Difícil interpretar el valor de algunos lotes, en primer lugar porque soy un aficionado. En su mayoría las botellas de este lote tenían buen nivel, todas arriba del hombro, aunque las etiquetas estaban bastante deterioradas. No es que yo en lo personal me fije mucho en eso pero definitivamente puede repercutir en el precio. Pero hagamos un paréntesis… ¿Qué valor se puede dar a una botella teniendo sólo en cuenta el precio de la misma, pero de una añada más reciente en tienda? ¿Cuánta gente estará dispuesta a comprar una botella con la etiqueta deteriorada, sin factura? Son preguntas difíciles de responder. No es lo mismo llevar a Christie´s una caja de Haut Brion 1964 en perfectas condiciones de guarda, que unas botellas casi olvidadas en el sótano de la abuela. La mayoría de la gente piensa que tiene un gran tesoro, y se decepciona al saber la realidad, aunque también hay gente que no tiene ningún interés en el vino y cuenta por alguna extraña razón con una colección interesante. Mi legado podrá ser modesto, pero esmeradamente escogido y cuidado. ¡Ojalá que mis hijos sepan apreciarlo!

La etiqueta está muy ad hoc... ¿o no?

La etiqueta está muy ad hoc… ¿o no?

Mientras mi mujer hacía las compras de la semana decidí echar un vistazo a la sección de vinos y licores. Dentro de las novedades en cervezas importadas encontré una hecha de frutos del bosque. Lo primero que pensé es que se trataba de uno de tantos licores de fruta, tipo cooler, pero no, decía bien claro en la etiqueta; c-e-r-v-e-z-a de frutos del bosque y más abajo:

«Un nuevo concepto de cerveza, una nueva forma de tomar y disfrutar… con esencias frutales de frutas del bosque. Fue elaborado con el fin de satisfacer el paladar mexicano». (…)

Mi primera reacción fue dejarla donde estaba, darme la vuelta y seguir mi camino, pero me pudo más la curiosidad. ¿A qué sabrá…?. Así que volví al anaquel y la metí al carrito. Una vez en casa en la comida dominical, saqué discretamente la botellita y me dispuse a abrirla para probar. El primer tufo fue algo así como de pastillas «charms» la de sabor cereza, quien se acuerde de ellas sabrá que venían en paquetes y en varios colores y sabores. El primer trago fue una mezcla de cerveza diluida con algo de jarabe para la tos, fue lo peor, lo demás no me desagradó tanto: cerveza con frambuesa, ligeramente dulce.

Mi experiencia con esta rara cerveza me lleva a varias reflexiones en esta tarde lluviosa de domingo. La primera: ¿hasta dónde llegarán las empresas con sus sofisticados departamentos de mercadotecnia? llegarán algún día no muy lejano a ofrecernos bebidas con sabor a rocas lunares. Se imaginan a un hombre corto de estatura, calvo, de bata, con lentes y con su libretita, rascándose la cabeza y haciendo un «check list» ¿Qué bebidas alcohólicas se han inventado hasta el momento…? Vino de uva… ya, vino de arroz… ya, de piña…ya, de guayaba…ya. Y tras un día de sesudo escrutinio, llegar a la conclusión de que faltaba la esperadísima cerveza-de-frutos-del-bosque.

La segunda: ¿Quién está capacitado para opinar sobre la calidad o sobre lo que se tenga que opinar de las cervezas de frutos del bosque? A mí no me gustó. Lo mío no es la cerveza y menos la de frutos del bosque, pero debe haber alguna persona que haya probado más de una de estas cervezas y que tenga el paladar calificado para dar una opinión más sustentada.
Algún profesor, de los que no se olvidan, me decía hace años que el horizonte se abre en la medida que vayas probando todo lo que te rodea… Bueno, no todo. Le decía yo. El conocimiento llega con la experiencia, es decir, yo no puedo opinar sobre la cerveza ya que es la primera vez que la pruebo, lo único que puedo decir es si me gusta o no. Algo que hemos olvidado quienes pensamos en las complicaciones del vino. Si lo transferimos al vino, que es donde quería llegar, la situación es aún más evidente. Me encuentro a mucha gente opinando sobre un vino determinado, metiéndose en varios enredos que lo pueden llevar a un laberinto sin salida, hablando con la seguridad que sólo da la ignorancia; sin tener ninguna experiencia previa: No digamos con otros vinos, ni siquiera con el vino que tiene en la copa, frente a sus narices…Cuando sería mucho más fácil decir: me gusta, o no me gusta.
Cada vino es diferente, existen diferencias entre una botella y otra; de una misma añada, de una misma bodega y hasta de una misma caja. A veces pienso que sobran las palabras y que deberíamos estar más abiertos a nuestros sentidos para disfrutar, o tirar el vino al fregadero… Me gusta o no me gusta. Así de simple.

Alguna vez escuché que el número total de marcas de vino era alrededor de un millón. Quien lo dude, puede contarlas y darnos la cifra exacta. Por mi parte, estoy conforme con esa cifra. En realidad es un dato irrelevante. Lo que sí puedo asegurarles es que no alcanza la vida entera para probar todos los vinos de todas las bodegas. Partiendo de este principio y entrando a la madurez y al buen juicio en este corto y a veces desdichado paso terrenal, pienso que ya no estoy para perder el tiempo explorando nuevas marcas sin tener alguna buena referencia. Aquellos tiempos en que casi llenaba el carrito con nuevos vinos ha quedado atrás. Es menos riesgoso y más aconsejable comprar aquellas botellas que me recomiendan algunos amigos con gustos similares, además de ser más barato en estos tiempos de crisis. Hay algunas etiquetas muy sugerentes por su forma, sus colores, su tipografía y por los datos contenidos. Aunque confieso que pocas veces he comprado un vino por el simple hecho de que me llame la atención su etiqueta. Con excepción de aquella botella de Mouton Rothschild 1993, cuya obra original del pintor francés Balthus, de una joven desnuda acostada hacia el lado izquierdo, fue censurada en EE.UU. y apareció en blanco, o mejor dicho en color beige. Esta botella la conservo en la cava y me gustaría conseguir la «versión europea» para tener ambas botellas, diferentes pero de una misma añada. Otro caso es el Mouton 1998 donde aparece una pintura de Rufino Tamayo, «El Brindis por», primer Mouton con una obra de un pintor mexicano en su etiqueta. Para los amantes de esta bodega aquí pueden encontrar gran parte de la colección.

Cada día me encuentro con nuevas etiquetas en los anaqueles, algunas muy vistosas, otras más sobrias, pero algunas son verdaderamente de llamar la atención, con temas fuera de lugar. Como la ilustración de un camión de bomberos, un avión caza, o la de un hombre sacando un chorro de vino por la nariz… Etiquetas, quizá producto de un viaje provocado por los efectos de alguna droga. Aunque en el fondo no vayan dirigidas a todo el mundo, no me puedo imaginar quienes se interesan en este tipo de vinos, fuera de tener una colección de botellas raras.

Existe una expresión en inglés que ilustra de manera elocuente lo que me sucede al descubrir este tipo de etiquetas: «turn me down» en español; desanimarme. El caso es que al verlas, no se me antoja comprar vino y mucho menos probarlo. Me gustaría que un especialista en mercadotecnia me explicara a qué nicho de mercado va dirigido. Aunque repito que para mí, pierde todo sentido.

¿La silueta será del sr. Reynaldo con su sombrero?

Hace unos días Felipe Calderón Hinojosa, presidente de los Estados Unidos Mexicanos, visitó Washington. Los comentarios no se hicieron esperar, aquí y allá en la capital norteamericana. No tanto por el mero hecho de la visita, sino porque pocas veces se habían visto tantas manifestaciones de afecto por parte del inquilino de la Casa Blanca en turno, al recibir al inquilino de Los Pinos. Hubo gran despliegue de reporteros, invitados especiales, desfile de soldados en los patios de la Casa Blanca, así como cañonazos, gran baile y un opulento banquete. Más allá del extravagante menú y de los vinos descorchados, todos californianos, que da cuenta Mr. Tyler Colman en su reconocido blog Dr. Vino. Me llamó la atención un «sombrerudo» que no tuvo la delicadeza de despojarse de su elegante y fino sombrero color negro durante el acontecimiento.
Entiendo muy bien que hay prendas que trascienden los buenos modales y las refinadas costumbres, y que además forman parte esencial de la personalidad. Como los llamativos lentes de Elton John o el guante plateado de Michael Jackson. Así que de momento pensé que se trataba de algún artista cuyo sombrero forma parte de sí mismo. Más adelante me percaté de que no se trataba de ningún artista famoso ni tampoco de un acaudalado petrolero texano. Su nombre Reynaldo Robledo, emigrante mexicano del estado de Michoacán, que llegó a los Estados Unidos hace más de tres décadas. Un hombre que hizo realidad el sueño americano a base de empeño y esfuerzo. Después de vendimiar en los viñedos californianos en calidad de ilegal, como mucha gente lo hace hasta el día de hoy (Mañana en Arizona, quien sabe). Ha gozado de fama y fortuna, dueño de su propia bodega, Robledo Family Winery. Una historia que pocas veces se repite; gente que ha luchado contracorriente y que nunca pierde las esperanzas.
Cuántos mexicanos siguen en los viñedos trabajando, haciendo las labores que pocos norteamericanos están dispuestos a desempeñar. Una pequeña parte de lo que descubrimos al descorchar una botella de vino californiano, es el esfuerzo de tantos mexicanos. Algunos, muy pocos, con más visión y espíritu empresarial alzan el vuelo, como el Sr. Robledo, otros muchos regresan a México con las manos vacías. Desde esa perspectiva, me trago mis palabras y reconozco públicamente, ante los dos lectores de este blog, que el sr. Reynaldo Robledo debe gozar de ciertos privilegios; como el hecho de cenar con el sombrero puesto, en el East Room de la Casa Blanca, rodeado de personajes famosos de la política y la sociedad. Siguiendo con el sombrero… yo tengo dos hipótesis, la primera es que se trata de un icono de la bodega (ver foto), y la otra, para alguien que le ha costado tanto trabajo llegar a donde llegó, pudiera entonces tratarse de un asunto de desconfianza… Qué tal si se lo roban en el guardarropa.

Queda en mi lista de pendientes probar sus vinos, que después de tanta propaganda gratuita, espero lleguen pronto a México, sino es que ya han llegado.

Foto extraída de robledofamilywinery.com