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Hugel y Trimbach, en sus espigadas botellas…

El calor sigue sofocando a los habitantes de la meseta central del valle de México, a pesar de algunas tímidas gotas de agua que han caído en los últimos días, anunciando el principio de la temporada de lluvias.
Debido a que Gabriel no preparó nada. Hoy, yo dirijo la Cata, aproveché la ocasión para descorchar seis blanquitos de primera calidad. El calor y los ánimos lo piden, así que busqué lo más interesante de los anaqueles de Palacio de Hierro y La Europea. La búsqueda no fue completamente al azar, Alsacia estaba en mi mente. Alsacia brilla como otras regiones francesas, siendo los blancos sus mejores exponentes. Trimbach y Hugel, garantizan satisfacciones y buenos momentos al degustar sus vinos, desde los básicos hasta sus cuveés más prestigiados…Así que empezamos con un Hugel Gewurztraminer 2007, para mí fue simplemente el mejor de la noche: fresco, aromático, espeso y contundente, una obra de arte, limpio, directo, muchas rosas, cítricos, guayaba y al final un deje a agua quina para rematar su salida. Compraré algunas botellitas para después. El Hugel Riesling 2006, tiene el característico aroma de la riesling en su juventud, mucho queroseno, con alguna fruta amarilla que no acaba de salir, en boca es mineral y abocado, excelente acidez y largo. El siguiente fue un Trimbach que nunca abrió, se trata del Pinot Blanc 2005. Bastante cerrado, con algunas notas lejanas a flores, en boca es rústico y con insinuaciones de flores secas y notas de pera. Habrá que darle otra oportunidad a este 2005. El Trimbach Riesling 2006, resultó más cerrado que el Hugel, con aromas a queroseno menos pronunciado y con una boca más mineral. Un cambio de 360 grados a Sancerre hizo evidente el carácter de los vinos en las dos regiones, marcando aún más la diferencia la uva savignon blanc en versión seco. Además de que existen otros productores cuyos vinos resultan más interesantes. Se trata de Pascal Jolivet 2007, evidentemente herbáceo y sin muchas concesiones, aromas a heno recien cortado y algunas notas calizas. Por último cerramos con un vino de Franconia, del sur de Alemania, rompiendo con ciertos parámetros empezando por la forma de la botella. Franconia Bacchus 2008, «esto es puro jugo de guanábana» alguien lo dijo, y todos estuvimos de acuerdo. Guanábana con sandía en sus expresiones más limpias, con un ligero toque amargo al final, un vino 100% f-r-u-t-a-l y fresco, para los peores días de calor.

Arrepintiéndose de sus pecados tintocéntricos…

Mi propósito era precisamente mostrar los extraordinarios resultados de la vinificación que se logran en algunas regiones y así revaluar los vinos blancos, ya que mucha gente los considera un peldaño abajo de los tintos, y creo que lo logré, al parecer esta vez han salido más que satisfechos, dispuestos a comprar algunas botellas para lo que resta de este calorcito tropical. Misión cumplida, sin llegar a los grandes vinos blancos, esos que envejecen durante décadas y ganan en complejidad como la mayoría de los grandes Borgoñas. Sin menoscabo de lo hoy descorchado, ya que muchos de ellos también evolucionan durante varios años con mucha dignidad.
Ante la contundencia de los hechos, hasta los más pintados en tinto, se han covertido a los blancos… por lo menos durante la cata de hoy, y lo que resta del calor en esta temporada.

Los encapuchados de la noche

El calorcito que se desata antes de la época de lluvias es comparable a un sauna. De no ser por la sombra de algunos árboles o por el aire acondicionado, podría quedar uno que otro cristiano achicharrado en el pavimento, en la acera o dentro de su casa. A pesar de las altas temperaturas nuestro amigo Oswaldo ha decidido recetarnos algunos tintos subiditos de alcohol. Al principio abrimos boca con un champán Perrier-Jouët Brut, bastante desconcertante para ser un champán. Burbuja gruesa y no muy intensa, color pajizo y brillante. En boca ligero y fugaz, como un suspiro.
El segundo vino fue un St. Emilion, Chateau Cotes de Rol 2005, nunca lo había visto, mucho menos probado. Fruta roja con madera, me recuerda una caja de puros con una embarradita de mermelada de cereza. Boca unidimensional. El siguiente fue un Pinot Noir, Petit Bistro 2006 de 13 grados de alcohol, nada escandaloso para los estándares actuales, y no me refiero a Australia ni a California, sino a la mismísma Borgoña. Frambuesa y grosella con alcohol. El siguiente me gustó, era cata ciega, así que para los que piensen que me incliné por este vino por ser mexicano, están equivocados. Aquí también sabemos hacer malos vinos, o mejor dicho aquí también se nos olvida hacer buenos vinos. Pero éste no es el caso. Miguel 2006  de Adobe de Guadalupe. Se trata de un tempranillo (75%) con algo de cabernet y grenache o garnacha. Aromas a tamarino y lavanda, con notas minerales, excelente acidez y de final un poco amargo. Nada mal por $240 pesos. Sí repito.
El Viñas del Vero Gran Vos 2000 lo noté algo fatigado, cansino, con aromas de granos de café. El último vino, era algo así como té de corteza de roble. Madera y más madera. Se trata del Viña Emiliana Coyam 2004 vinificado con syrah, carmenere, cabernet, merlot y mourvedre, ahogadas en una tonelada de madera.
Esta cata a medio día hubiera sido para poner a sudar a cualquiera, ya en la noche por fortuna refrescó algo el ambiente. Para quienes siguen de manera fiel las crónicas de cata, Pedro ha regresado. ¡Viva Pedro!.

 De sobaquillo

Debido a diferentes motivos la cata centésima vigésima segunda se hizo en un restaurante: El Olivo. Cata de sobaquillo, tan populares en España. De carácter informal y desenfadado, como aquellos viajes que sin planeación alguna resultan más divertidos que con un plan riguroso. La condición es que cada participante lleve una botella de vino…lo demás es lo de menos.

Este viernes da comienzo un «ligero» periodo vacacional de dos semanitas: Semana Santa y de Pascua. Periodo de los que solemos los mexicanos buscar y disfrutar a nivel escolar, es decir para niños y jóvenes estudiantes, el resto tendremos menos descanso. Pensando nuevamente en el calor primaveral, aunque nuestra reunión haya sido en la noche, me decidí por un espumoso; un champán que ya he comentado aquí, se trata del Zero Dosage de Drappier.

De todo un poco…

Llegué antes que todos, por fortuna, como organizador así debe de ser. En seguida fueron apareciendo uno a uno los integrantes del equipo de nuestro querido y añejo grupo. Carlos Font trajo un cava Vilarnaud Brut, que fue con lo que empezamos la tanda. Frutos secos, notas combinadas entre cítricas y florales, cremoso en boca. La Drappier Zero Dosage, este pinot resultó algo fatigado, sus señales eran claramente a la baja: color amarillo oro, manzana asada y una nota tostada algo indefinida, nada que ver con la última que probé. Siguió un tinto, Chateau Vieux Pourret 2004, un St. Emillion, grand cru. traído por Francisco. De nariz muy intensa y bien amalgamada, tabaco y fruta negra, muy tánico, con un poco de aire y algo más fresco mejoró. Sergio llevó un Black Swan 2008, shiraz-cabernet. Una combinación entre vainilla, chocolate y miel maple, no estoy hablando de malteadas, ¿o sí…? Los comentarios de mis compañeros fueron muy positivos, no cabe duda de que estos vinos son facilitos dan gusto y hasta placer a mucha gente. Las Moras 2009 podría entrar en la categoría de los argentinos más comerciales. De color oscuro, violáceo, en nariz y boca no se nota un exceso de extracción, hay cierto equilibrio aunque no mueve ninguna fibra interna.
Puesto que Gabriel y Juan Antonio no llevaron botella, compraron una en el restaurante. Quinta Do Portal 1999, un portugués más pa allá que pa acá. Polvo, baúl viejo, corto y austeridad rayando en la nada. Muy desmejoradillo, como dicen algunos amigos españoles; no había de donde cogerlo… Pero un buen cierre salvó la noche, y ¡vaya que si la salvó! René había dejado desde el pasado diciembre una botellita del venerable Royal Tokaji 1996, 5 puttonyos. Para ser sincero debo decir que son vinos que no sigo mucho, no me considero muy entusiasta, pero hay grandiosas excepciones y hoy ha sido una de ellas. Flores secas, licor de naranja, cera de abejas. En en boca acidez sublime armonizada con un fondo y complejo paso de boca y final eterno. Con sus 10,5 grados de alcohol, es una muestra de lo grandioso y equilibrado que puede resultar un vino. De la comida poco que decir, ya que después de varios años he decidido cerrar un poco la boca a los alimentos cargados de grasa y carbohidratos, así que una ensalada griega con todo y aceitunas negras, fue mi platillo de la noche. Sin pan… un poco nada más.

Bueno, es hora de entrar a otra faceta, donde los problemas de tránsito se aminoran por el receso escolar, y la vida toma otro ritmo. Aguuur.

Corchos Cata 131

En nuestras reuniones de cata nunca había faltado Pedro, joven entusiasta que se encarga de multitud de cosas, todas ellas enfocadas a que podamos disfrutar de la cata sin preocuparnos por poner la mesa, recoger las copas, lavarlas etc. etc. El viernes pasado faltó. Si sus intenciones eran que valoráramos su trabajo, lo ha logrado con mención honorífica y medallitas. Por favor Pedro, si lees estos renglones, ya no faltes o avisa un día antes. Te lo suplicamos.

Superado ese contratiempo, Paco dirigió la Cata que había preparado desde hacía un mes. Merlot de California. No pude dejar de pensar en aquel libro del Dr. Vino, el señor Tyler Colman, titulado Wine Politics  un libro que escribió originalmente para su tesis doctoral, sino mal recuerdo, y que de alguna manera publicó y se ha convertido en un éxito. Se trata de una radiografía de los hilos que mueven el comercio del vino en Norteamérica, principalmente, aportando datos muy interesantes sobre el estado de California en EE.UU. datos muy vigentes y que cambian la concepción del comercio del vino.

De los seis vinos merlot, nombres como: Woodbridge de Mondavi, Kendall-Jackson, Sutter Home, Kenwood y Geyser Peak. El primero fue el que más gustó. Un vino frutal, concentrado y amplio en boca. Hubo de todo, algunas lijas que al final raspaban la lengua, otros venían con un buen aporte de alcohol sin integrar, aunque todos se movieron en un margen decente. Veo en el grupo de cata una benevolente mano amiga a la hora de criticar los vinos, pero sobre todo a la hora de calificarlos. Situación esta última que cada vez me deja menos conforme, hoy en día pienso que dos párrafos dicen mucho más que una calificación además de ser menos fríos que los números. A principios del año pasado adoptamos el sistema de calificación por letras A+ rozando la perfección, cuando los ángeles bajan y nos cantan al oído, A un vino para comprar una caja, B un vino agradable y correcto, C con algún defecto, bebible… lo demás no lo calificamos por tener algún defecto. Confieso que este método impuesto por un servidor y que sustituyó las calificaciones numéricas en un rango de 1 a 20, no ha dejado a nadie satisfecho, aunque yo insisto en que deberíamos de desechar las calificaciones y que cada quien escriba lo que siente por el vino.

Por último, hablé con Jorge por teléfono, un querido amigo y miembro del grupo que apenas unas horas antes disfrutara con nosotros de esta cata, y que al día siguiente se enterara del temblor que azotaría a su país, Chile. Afortunadamente su familia está bien. Un abrazo desde aquí a ti y tu familia, espero que esta tragedia no sea de las proporciones que se esperaban de un temblor de 8,8 grados y que puedan superar este trago amargo los chilenos y toda la gente que vive en ese hermoso país.

crianzas, reservas y grandes reservas…

Para esta ocasión, donde científicos de la NASA afirmaban que la luna se vería con un resplandor que no se repetirá en 2010, inició la primera cata de este año. Sus pronósticos se cumplieron, aunque de todas formas tuvimos que hacer uso de la electricidad para alumbrarnos. Pocos asistentes debido al fin de semana largo, con puente, el primero del año. Tuvimos tres invitados de lujo, uno de ellos mi estimado compadre Rodolfo, miembro fundador de este grupo, pero que por diferentes razones dejó de venir.
Francisco a quien tocó el turno de dirigir la cata, improvisó de manera genial, con sólo unas horas de anticipación un «experimento» con vinos españoles. La cata que tenía preparada la guarda para una «sesión plenaria», es decir, que asistamos todos y cada uno de los miembros. Algo bueno nos tendrá reservado…
El tema se enfocó en la madera; un ejercicio muy interesante donde el objetivo fue identificar los diferentes grados de madurez en relación con la crianza en madera. crianza, reserva y gran reserva,  obviamente en vinos Españoles. Mi único comentario fue que esta clasificación es anacrónica y que en algunas denominaciones de origen ya ni siquiera lo mencionan, como en el caso del Priorato.

Como pocas catas, ésta fue bastante ilustrativa ya que dejó patente nuestras carencias y limitaciones en la degustación, sobre todo al momento de identificar alguna característica organoléptica y tratar de hacer una clasificación del vino.
El ejercicio parecía muy sencillo al principio. Seis vinos en total, los tres primeros había que identificarlos como: crianza, reserva o gran reserva. De los nueve catadores, nadie identificó los tres sin un solo error. En la segunda parte, los tres restantes, había que identificar; un cosecha, crianza y reserva. Entendiendo el cosecha como un vino que no ha pasado por madera. Los resultados fueron los mismos, nadie los pudo identificar sin haber tenido por lo menos un error.

¡hagan sus apuestas…!

Los comentarios sobre los vinos con más crianza en madera no se hicieron esperar. Hay quienes identifican las prolongadas crianzas con los riojas clásicos, esos aromas a caramelo, paja mojada, notas de vainilla y cuero repujado hasta piel de Rusia, ahumados, térreos, de tabaco curado… Sin embargo creo que en crianzas prolongadas tanto en madera como en vidrio, podemos llegar a pensar que esas proteínas que se forman con el tiempo, hacen que el perfil del vino de una región se parezca a otros con las mismas características de crianza. Para los más ortodoxos puede sonarles una barbaridad, más para quienes logran identificar no sólo vinos de una región sino de un viñedo en específico, el terroir. Pero insisto que en términos generales he encontrado una similitud entre borgoñas viejos y riojas añejos.
Concluyo que esta cata ha sido una gran lección que nos dejó a todos con el ego roto.

Cata 129

Empieza la maratónica temporada de celebraciones de fin de año: desayunos, comidas, cenas, posadas; comida y bebida a raudales, acompañadas de empachos, tripas cogestionadas, tripas doloridas, agruras, reflujos y demás calamidades, así como uno que otro hígado hecho fuagrás. A pesar del desorden en horarios y múltiples excesos hoy empezamos con la Cata de fin de año, la última del 2009. Además celebramos once años de nuestro grupo, Vino Por Placer, sumado al cumpleaños de Jorge. Él mismo propuso que cada uno de nosotros trajera una botellita de vino, y así fue. No se determinó país, región, variedad, ni siquiera el precio, el repertorio resultó bastante variado. Comenzamos como ya es costumbre en muchas de nuestras reuniones, con algo de burbujas; se trata de la ya conocida Drappier, Pinot Noir, Zero Dosage. Seco, con aromas a pan tostado. Lo que vino después de media hora fue algo inesperado: abrió a piloncillo con un fondo floral, fruta roja frambuesa y levaduras. Buena burbuja y acidez. Seguimos con Viña Tondonia Rosado 1995 un vino con cuatro años de crianza en madera, madera usada como marcan los cánones clásicos, rosado aunque en realidad se trata de un clarete ya que lleva algo de viura, como me lo apuntó la propia María José L. Heredia en un correo. Un vino con mucha personalidad, inconfundible y que abre con infinidad de capas dando aromas y sabores diferentes a cada momento que pasa. Color piel de cebolla, velado. Aromas de tomillo, pimienta blanca, paja mojada, orejones, cáscara de naranja, toffee, en boca es sutil, excelente acidez. Gran personalidad. El primer tinto fue un Viñas Elias Mora 2006, un Toro con todas sus letras: amplio, potente con una buena carga frutal, tostados y buena acidez. Para repetir.

Chateau Foncherean 2000, un Burdeos Superior, genérico, que me atrevería a decir que ha llegado a su madurez plena, no esperaría ni un día más. Color tirando a ocre, sutil, con notas terciarias que sólo puede dar el paso del tiempo. Seguimos con un somontano, un viejo conocido; Gran Vos Gran Reserva 2000, de Viñas del Vero. Brioso, contundente, mucho extracto, tanino granuloso y de acidez algo justa.

La estrella de la noche

Carlos Cue escogió para esta cata el mejor vino de la noche, indiscutible. Chateau Musar 2000 famoso y mítico vino libanés del Valle de Beka, con su característico aroma a Kasba, que encierra un mundo de aromas propios de los mercados libaneses: incienso, resinas, velas, especias… todo dentro de una botella. Otro vino con gran personalidad, este es el segundo que pruebo y me parece de excelencia, aunque hay quienes afirman que su calidad no es constante.

Después de la cata, como también ya es costumbre en diciembre, hubo rifa. En esta ocasión copas, desde Riedel hasta las no menos útiles y de buen diseño Spiegelau ¡Que las disfruten los ganadores!

El menú estuvo compuesto de bacalao, un mismo pescado en dos estilos; uno traído por nuestro buen amigo Carlos, receta original de su abuela, cuya preparación requiere de varias horas. Una mezcla de sabores y texturas exquisitos y delicados. El otro bacalao está condimentado con aceite de oliva, ajo, jitomate, cebolla, pimiento, perejil, aceitunas verdes, almendras… mucho más contundente, con excelentes resultados. Los romeritos gustaron a todos, un típico platillo por estas fechas. Al último Jorge partió su pastel y sopló a las velitas.

Así cerramos un ciclo anual de catas, de un grupo cada vez más consolidado y participativo, con algunas ausencias que espero no sean permanentes. Ahora con un nuevo miembro: Oswaldo. ¡Bienvenido!.

Cata 128

Vinos mexicanos, vinos que han desfilado en nuestra mesa de cata en muchas ocasiones. Mexicanos, vivimos en México, resulta una ecuación simple aunque podríamos resumirlo en vinos con perfil salino. Ayer hubo tintos, ni un solo blanco. El Valle de Guadalupe, para ser más específicos se encuentra a 300 m sobre el nivel medio del mar, sumado a la escasez del líquido hace que las profundas raíces beban agua salina de los pozos, y tomen de de allí su mineralidad llegando al gusto salado del vino. Dentro del puñado de vinos, poco más de cincuenta, originarios de esta región que han desfilado en nuestro grupo de Cata durante once años. ¿Mineral o salado? en muchas ocasiones más salado que mineral. Sergio, quien dirigió la cata, se ha documentado sobre el tema y nos ha llevado a diferentes regiones como Querétaro, que yo diría que está en constante progreso, no es el caso de Aguascalientes ni de Zacatecas, cuya producción de uva se ha visto mermada en los últimos 25 años. Parras Coahuila ostenta tener la bodega activa más antigua del continente americano, fundada en 1597. Sin duda la principal zona está en el noroeste, en el estado de Baja California, con 2500 hectáreas plantadas de las 3500 en todo el país.

Dentro de las acotaciones del vino mexicano la que más me llama la atención es la de los impuestos. Tan abusivos como complicados, discriminando las bebidas por su graduación alcohólica. Así el famoso impuesto Especial Sobre Producción y Servicios conocido como IEPS grava con un 25% a los vinos que no superan los 14 grados de alcohol y 30% si tuvieran una concentración mayor. Además los vinos mexicanos tienen que pagar el IVA de 10% en la franja fronteriza y de 15% en el resto del país. Para rematar con la industria, el IEPS se aplica después del IVA, así los productores pagan hasta el 43% de impuestos sobre el precio de venta.

Hablando de cosas más agradables los vinos catados tuvieron el mismo ADN; unos más tánicos que otros, pero sin excesos, unos frutales otros más herbáceos, eso sí, todos con un perfil sensiblemente salado. Vena Cava 2007 es un cabernet sauvignon vinificado por Phil Gregory, un personaje cuya etiqueta puede anticiparnos su buen humor y su afición a las letras. En la contra-etiqueta se puede leer:

«Es mi espalda de la que más me quejo estos días. Antes era mi cabeza. Estoy tan exhausto por hacer vino que ni tiempo he tenido para la cruda, y ya que está terminado el proceso se tendrá que tomar; no hay descanso para el diablo» (…) más abajo dice: «No basta escribirlo, voy a abrir una botella en este momento. Me tomaré una por ti» (…) «Criado en barricas gringas por 11 meses»

Ha gustado a la mayoría, se trata de un vino frutal de buen tanino con su toque salino, un vino de baja producción, según nos contaba Sergio.

Reserva Real, Calixa, LA Cetto cabernet sauvignon, todos añada 2007, Jalá uno de mis favoritos cuando empezó y repitiendo Calixa 2007. Sergio quiso saber cuál sería nuestra reacción ante dos vinos de la misma casa, marca y añada. La verdad es que todos fueron muy parecidos, con el mismo perfil salino y su fruta más o menos presente. Otro factor recurrente en algunos vinos de Baja California es la falta de consistencia en la calidad, unos años muy buenos y otros francamente muy malos. Jalá pasó al montón, sin carácter.

Veo dos graves problemas para el futuro de la industria vitivinícola mexicana: la escasez de agua en el Valle de Guadalupe, razón por la  que dará vinos aún más salinos y los impuestos cada vez más altos.

Ahora los dejo con un relajante video de los viñedos de Baja California, con música del compositor ensenadense Mario Lamadrid.

Viña San Pedro

El turno fue para Jorge. El tema: Viña San Pedro. Chile no se olvida… y es que Jorge nació en esa tierra andina. Una bodega tan emblemática merecía que le echáramos un vistazo. Viña San Pedro fue fundada por los hermanos Bonifacio y José Gregorio Correa Albano en 1865. Es una de las mayores bodegas de Chile junto con Concha y Toro. Desde la década del sesenta Gato Negro fue y sigue siendo su vino más comercial. Castillo de Molina su buque insignia durante algún tiempo, hasta que apareció en el horizonte Cabo de Hornos, en 1994.

Cabo de Hornos ha sufrido los efectos de la modernidad y la globalización de mercados, donde los vinos cada día pierden más su identidad. Nuestro grupo de cata tuvo la oportunidad de organizar una vertical de 1994 al 2000. Donde los cambios en las últimas añadas son dramáticos, la madera nueva cada vez está más presente. Para 2005 la filosofía de la casa vuelve a dar otro giro: Cabo de Hornos deja de ser varietal para ahora tener una mezcla de 3% de syrah y 7% de cabernet sauvignon del Valle del Alto, además del cabernet sauvignon de origen en el Valle de Lontué. Los enólogos de esta Viña, como le llaman en Chile a las bodegas, están encabezados por Marco Puyo. La reciente alianza con Viña Tarapacá no ha dado ningún vino nuevo al mercado, aunque no se sabe lo que ocurrirá a corto plazo, esta alianza se hizo apenas en diciembre del año pasado. Otra alianza importante fue la de Viña Santa Helena. Así que puedo asegurar un cambio con estas tres bodegas, por lo menos ya empezaron con la presentación de nuevos diseños en sus etiquetas. Aunque me gustaría ver una oferta original que le diera al mercado un poco de frescura, sin ningún derroche de mercadotecnia, algún vino auténtico, que recoja lo mejor de la tierra.
Chile tiene varios valles entre el Pacífico y Los Andes, desde el Valle de Bío Bío hasta los más fríos al norte, como los de Elqui y Limarí, propios para las variedades sauvignon blanc y chardonnay. Esta bodega cuenta con varios viñedos en diferentes regiones, a lo largo y ancho de Chile.

Entrando en materia sensitiva, el primer vino fue un blanco vinificado con chardonnay; Viña Santa Helena, Selección del Director, 2005. Sometido a 6 meses de roble. Seis meses que para mi gusto le confieren bastante tanino, es un vino de color oro viejo, con una nariz intensa a membrillo y alguna nota especiada de pimienta blanca. En boca es tánico al principio y de acidez muy justa. Al grupo le ha gustado más que a mí. Viña San Pedro 1865, 2003, malbec, sí malbec, algo poco común en un vino chileno. Al principio huele a acetona, después se limpia un poco y brotan hollejos y algo de fruta negra pasada. En boca me recuerda la mermelada de cereza. El siguiente fue un shiraz: El Viña San Pedro 35 Sur 2006 bastante duro, con notas verdes y muy tánico. De aquí para adelante estuvo presente la cabernet sauvignon. Muy presente. Con sus características notas de pimiento rojo. Así fue con el Castillo de Molina 2005, Cabo de Hornos 2003 , con sus 14.5 grados de alcohol. Y Viña Santa Helena 2004 que nunca abrió. Una verdadera lápida. El Cabo de Hornos, nada comparable con el magnífico 99 o alguno de sus anteriores hermanos.

Del amarillo pálido al caoba, pasando por ambarinos...

Del amarillo pálido al caoba, pasando por ambarinos…

Fue el turno de Carlos, recién graduado chef, con una cata de vinos poco comprendidos dentro y fuera de España. Inglaterra puede ser la excepción, cuyo comercio con Jerez data del siglo XVII, cuando esta bebida se hizo muy popular después de los intensos botines de botas jerezanas llevados por los propios piratas a Inglaterra.

Cata de colores y sabores intensos, desde una pálida manzanilla hasta un profundo y oscuro Pedro Ximénez, todos de la bodega Fernando de Castilla proveedor oficial del Bulli, según nos contó el propio Carlos. Hubo dos variantes: un vino blanco tranquilo, eso sí, de Barbadillo y al último un cava para limpiar paladares de tanta exuberancia.
El primero un palomino y verdejo, rara mezcla para un blanco, pero con buenos resultados. Al principio se muestra calizo, para después de varios minutos oler a gardenias. En boca es seco y confirmando su carácter calizo como un Chablis grand cru en sus primeras etapas de juventud. Catar cinco jereces al hilo no es tarea fácil, mucho alcohol, mucha contundencia de aromas, sabores y texturas. Hubo algo de comer para intentar maridar con cada vino y mitigar sus efectos, aquí no acostumbramos a escupirlo ¡Somos muuuuy educados! Jamón, almendras, quesos, aceitunas y agua, mucha agua.

De los cinco vinos gustó mucho el oloroso: graso, profundo, ahumado, un vino ideal para acompañar frutos secos. El palo cortado es poco común de ver por los anaqueles en México, de mucho carácter y con recuerdos de tostados, espeso y de final eterno. El pedro ximénez se podía masticar, sin ser diabético…¡toco madera! Sentía como me subía el nivel de azúcar por todo el cuerpo: membrillo, higo cristalizado, calabaza en tacha y un olor que me recuerda a las pelotas de plástico al quitarles el tapón, ese aire que sale combinado con olores plásticos. En boca es espeso y quizá le falte acidez, o puede también ser el efecto de los cuatro jereces secos anteriores a éste. La intensidad entre la manzanilla y el oloroso fue palpable, una crianza biológica le da a la manzanilla notas de salinas y de yodo, misma levadura que no muere en todo el año. Diferencia elemental con los demás vinos de Jerez cuyas crianzas biológicas se combinan con las oxidativas cuando el velo de flor muere en el verano y el invierno, en climas más continentales, además del encabezado después de los 15 grados de alcohol. El oloroso tiene crianza oxidativa exclusivamente, no conoce el velo de flor. Por último un cavita, de esos que se olvidan muy pronto. Punzante, cítrico y sin ningún atributo, y mucho menos después del desfile de estos maravillosos vinos generosos.

Los cadáveres

Los cadáveres

Hay maridajes que tengo muy presentes como la manzanilla con aceitunas, bellotero o algún pescado a la sal, lo mismo me pasa con el amontillado: en una partida de dominó con unas almendras o nueces al lado… Creo que hay un extenso mundo que explorar en el marco de Jerez, ir descubriendo las maravillas de cada bodega, aunque por desgracia a México llega poco. El magnífico Lastau ha desaparecido de estas tierras. La oferta se limita al fino La Ina y poco más, que dicho sea de paso es bastante comercial pero sabroso, y en momentos de apuro va muy bien ¡Salud por Andalucía, sus jereces y por Carlos y su elección para esta cata!

Vinos de la Cata

Vinos de la Cata

De chile, de dulce y de manteca, podría ser el título de la centésima vigésima cata. No hubo un tema específico en cuanto a los vinos. Desfilaron dos blancos; uno de argentina vinificado con torrontés, un Mosela luxemburgués, dos portugueses tintos y dos mexicanos «premium» de esos vinos caros y con pocos resultados, una relación calidad-precio muy pobre.
El primer blanco fue un Norton Torrontés 2008 color pajizo, nariz floral con notas de guanábana y pera, de entrada suave de buena acidez y final un poco amargo. El segundo fue un vino muy particular L. & B. Kox Pinot Gris 2004 , jamás había probado un vino del Mosela de la parte de Luxemburgo, como dato particular, el río Mosela nace al noreste de Francia, en la cordillera de los Vosgos, y desemboca en el Rin en Alemania, pasando por Luxemburgo. Un vino con una nariz algo cerrada, en boca tiene una acidez cítrica, una combinación de mandarina y lima, de final largo. El Flor de Crasto 2006, es un vino del Duero portugués, vinificado con Tinta Roriz (tempranillo) touriga nacional y touriga franca, vendimiado a mano y fermentado diez días en tanques de inoxidable. En nariz es frutal: cerezas y ciruela con una nota ahumada, pero en boca presenta ciertos verdores. El cuarto fue otro portugués de la región de Dao; Vinha Do Poeta 2006 vinificado con las mismas del anterior añadiendo la Jaen. Buscando más datos en The Oxford Companion to Wine , menciona que se trata de una uva de color negro de piel gruesa, no muy aristócrata «undistinguished» . Conocida en España, en la meseta central. Existe la Jaen blanca llamada también Avesso de Portugal, al sur donde se produce el Vino Verde. El Vinha Do Poeta es un vino correcto de carácter térreo: trufa, tierra mojada y fruta roja en sazón, de taninos suaves y buena acidez, por $135.00 es una excelente compra.

Kanté y Friné

Kanté y Friné

Entramos a los mexicanos con «ínfulas». Las botellas de formas caprichosas y las etiquetas creativas para mí no reemplazan el contenido. Friné 2005 de la bodega Vinos y Terruños, con una etiqueta donde se muestra un boceto de la figura desnuda de una mujer. Cabernet Sauvignon «by Deby Béard» para quienes no la conocen, es una mujer promotora del vino que se autoproclama en su blog, como la «mujer que más impulsa la cultura del vino en México» ¿quedó claro? Algo que me llama profundamente la atención es el contraste entre la información de la botella, y lo que dice en su blog. Ni siquiera coincide con los 13,3% de alcohol que marca en la botella. Aromas a cajeta quemada y cierta volatilidad, fruta negra para terminar en granos de café tostado. Tánico y de acidez justa. Nada que justifique $630.00 (50 dólares). Por último un vino de Santo Tomás: Kanté sin añada, o más bien con tres añadas: petit verdot 2006, cabernet franc 2007 y syrah 2005… Me recordó al famoso vino chileno Caballo Loco # 9 o 10 o no sé que número esté a la venta. Cada variedad de uva tiene añadas diferentes, algo que no había visto antes más que en el champán cuando no tiene añada y en los jereces, que son mezcla de añadas recientes con más viejas. Kanté tiene una botella en forma de tubo, hermano de Pitxos, otro vino de la misma gama. Vino de aromas de grosella y lavanda, en boca es amargo y sin nervio, le falta acidez. Precio: $595.00. Quien se atreva… que lo disfrute mucho.