El Cielo: Cassiopea, Capricornius, Eclipse, Copernicus y Galileo

De vuelta a los vinos mexicanos, en esta cata del Valle de Guadalupe: bodega El Cielo.

Empezamos con un blanco, se trata de Cassiopea 2019 Sauvignon blanc sin madera. Color amarillo pálido con ribete transparente, fluido y brillante. Aromas intensos desde el descorche; huele a manzana verde, heno y una nota floral de fondo. En boca es agua quina de buena acidez con un fondo mineral. Para media caja.

Capricornius 2017. Un chardonnay 100% con 6 meses de barrica francesa. Un blanquito con barrica, aunque hoy en día a los productores de vino o quienes están encargados de editar las etiquetes les da lo mismo el origen pudiendo ser de diferentes bosques: Limousin, Vosges, Nevers… Se limitan a decir que es roble francés o americano, o una combinación de ambas. Menos expresivo que el anterior, huele a cera, llega un golpe de vainilla quizás por la barrica, kiwi y notas de níspero. En boca acidez comedida, cítrico: limón y final corto. Un blanquito de $525. Creo que no repetiría, el primero está más vivaracho.

Eclipse 2019 «Ensamble de uvas» la falta de información en algunas etiquetas; como el hecho de no poner las variedades, contrasta con algunos datos que llegan hasta el meticuloso maridaje o la temperatura de servicio. Color rubí de capa baja. Huele a ciruela madura y regaliz. En boca tiene buen paso, acidez y tanino. Todo en su lugar, muy sabroso, como para comprar media cajita.

Copernicus 2019 70% cabernet sauvignon y el resto merlot. Me decía Jorge que olía a cono de helado sin helado, refiriéndose a la «galleta» con la que se hacen estos conos, coincido y agregaría canela, y fruta negra indefinida. En boca es bastante astringente y con una salinidad evidente, de final amargo.

Galileo 2019. Un tempranillo con 12 meses de roble francés y americano. Ciruela, cerezas en licor. Entrada potente, aunque un poco torpe es evidente el alcohol, no está muy integrado. No cabe duda de que los blancos merecen nuestra atención, últimamente he probado algunos muy buenos dentro de los vinos mexicanos.

Bodega Dos Búhos

La noche del viernes después de 7 horas de camino, llegamos hambrientos y cansados al hermoso pueblo mágico de San Miguel de Allende. El concepto de las villas del hotel Rosewood es muy original; como si se tratara de una calle empedrada; a un lado y al otro se encuentra la entrada a cada una de ellas, que bien podrían figurar como mansiones. Cenamos esa noche en el hotel, aunque debo decir que no es extraño que estuviera vacío: los precios son para hipotecar una casa. La lista de vinos desequilibrada y con una oferta por copeo de 350 pesos en vinos cuyo precio no rebasa los $450, se podrán hacer una idea de los platillos en el menú. Después de la cena contemplamos en el claustro algunas obras de reconocidos artistas como el escultor Juan Soriano, fallecido en 2006, y cuyas obras suben de precio como la espuma. Al otro día, después de un reparador descanso, caminamos por la pintoresca calle Allende hasta la parroquia de San Miguel Arcángel.

Hacía ya mucho tiempo que no visitaba una bodega, este fin de semana mi familia y yo, tuvimos la oportunidad de visitar una en las afueras de San Miguel de Allende, donde hay algunas otras como Tres Raíces. Dos Búhos es una bodega pequeña cuyos dueños se han esmerado en sacar adelante produciendo vinos muy interesantes y de buena hechura.

La cita era a las 5.00 pm. La entrada está repleta de nopales a un lado y al otro del camino de terracería. Había tiempo de hacer un recorrido a pie por las instalaciones antes de la cata-maridaje. En la entrada fuimos recibidos con un moscato y un cóctel. Me seguí de largo para sentarme debajo de una sombrilla y contemplar el paisaje. Por desgracia, para la gente romántica como yo, las vides estaban cubiertas con una malla plástica de color verde a manera de chaleco blindado contra las aves con gustos vitiviníferos. Más tarde llegó Eric, propietario de la bodega, quien nos brindó una copita de Vino Anaranjado cuya añada pasé de largo. Un moscato giallo* de maceración prolongada, obteniendo ese hermoso color casi ocre, velado y espeso. En nariz huele a piel de naranja con una nota especiada a mejorana. En boca es seco y de acidez comedida, se antoja con un buen queso maduro.

Vino Anaranjado de moscato giallo

Cada 15 minutos comenzaba un pequeño tour por el viñedo y la bodega a cargo de Diana González, cuya labor es muy importante, ya que junto con la madre del dueño son las responsables de la producción del vino. A eso le llamo producción matriarcal con buenos resultados, como lo pude comprobar más tarde.

Diana nos contó sobre el origen de Dos Búhos en el año 2006. Antes de esa fecha sus 6 hectáreas estaban plantadas con árboles frutales, pero al ver que la producción iba a la baja por razones de envejecimiento, optaron por plantar vides. Hoy cuentan con 12 hectáreas. Que dicho sea, y esto lo digo yo: la vid también produce menos racimos en la medida que envejece, con la diferencia de que mejora en concentración. Razón por la que muchas bodegas presumen sus vides «centenarias». Haciendo memoria: la producción comienza a los 4 años, sin embargo es de baja calidad. Después de los 7 podemos hablar de cierta estabilidad de la vid, y después de los 25 años se considera viña vieja (la mejor). Las vides que pudimos apreciar después de que Diana desvelara la fruta (de esa horrible maya) fue la tempranillo. Racimos a punto de la vendimia. Todos los presentes probamos algunos granos ya maduros. Las vides de tempranillo allí plantadas tienen 5 años de edad, con su tallo de poco más de 3 cm de grueso. Es sorprendente el resultado en vides tan jóvenes, como más tarde confirmé en la cena-maridaje. La savignon blanc junto con la tempranillo han sido las variedades con mejores resultados. Del otro lado está la chardonnay que no se ha adaptado de igual manera. La vendimia se realiza bajo parámetros de maduración (azúcar), recuerdo cuando Gonzalo Laínez (director comercial en América de Bodegas Roda) mencionaba aquella rústica maniobra con el pincel (parte del hollejo inserto en la uva) para saber si la uva estaba a punto debía pintar la palma de la mano. Esta rudimentaria prueba está referida sobre todo a la madurez fenólica. Hoy en día por lo regular se toman varias muestras en diferentes tramos del viñedo, la fruta recogida es llevada posteriormente a analizar con el refractómetro: de 19 a 21 grados brix para los blancos y 23 a 25 para los tintos. Por lo general en esta zona se vendimia entre los meses de julio y septiembre, tanto la tempranillo como la chardonnay.

El viñedo se encuentra a 2000 m sobre el nivel del mar, dominado por un suelo arcillo-limoso con gravas finas neovolcánicas y protegidos por la proximidad de Los Picachos (tal como reza en la contra-etiqueta).

En la bodega, y para ser más precisos en la sala de crianza, probamos en barrica un vino fortificado que Diana tuvo a bien llamar «oporto», aunque sabemos que sólo se trata de un vino fortificado. Introdujo la pipeta y nos dio una muestra en la copa. Se trata de un vino dulce, como es de suponer, ya que al cortar la fermentación el azúcar residual es bastante alta, así como también el grado de alcohol debido precisamente a que se corta con alcohol vínico. Aunque Diana no especificó cómo se vinifica, es así como se hace en Oporto y Jerez, en términos generales y dependiendo del fortificado que se trate. No es lo mismo un Ruby joven que un Tawny 40 años, un amontillado que un fino.

Diana en la sala de crianza, en plena explicación del proceso

Los tintos fermentan en promedio durante 15 días y los blancos de una a dos semanas. La sala de crianza permanece a 15°C . El vino en contacto con la madera necesita de una estancia prolongada; en este caso hasta 24 meses para los tintos. Quienes me leen en este espacio sabrán que no soy muy afecto a crianzas tan largas, por lo menos no en todos los casos. Hay uvas que «aguantan» mejor la madera que otras y años donde la fruta no tiene una sobre-maduración, por lo general en años templados. El caso es que parece roble nuevo o de poco uso, pregunta que dejé en el aire.

Siguiendo en la sala de fermentación pude observar varias marcas de barricas. Recuerdo en Monte Real que tenían en una sala un surtido elenco de ellas para hacer pruebas y ver cuál era la de mejores resultados.

Cena maridaje

Empezamos con un rosado vinificado con garnacha tinta. Dos Búhos 2021. En la etiqueta hay poca información y la añada aparece en la contra-etiqueta escrita con bolígrafo. Seis meses de crianza sobre sus lías en tanques de acero inoxidable. Hicieron hincapié en que ningún vino se filtraba. La poca luz no me permitió ver el sedimento, si es que lo tenía. Este rosadito huele a grosella con notas de fresa, en boca tiene excelente acidez con un punto mineral muy sabroso, amplio en boca. Para comprar media caja. Maridaje: Burrata de Remos: gazpacho de fresa y tomate con pesto de estragón.

La música en vivo estuvo a cargo de un grupo cubano que hizo bailar hasta las propias columnas del salón. Difícil resistirse aunque yo lo hice desde mi lugar sentado, sólo movía las piernas.

Después llegaron unas croquetas de huitlacoche y queso de cabra con mayonesa de epazote. Bañado con el mismo vino.

Sirvieron un blanco Dos Búhos 2021 vinificado con chenin blanc. Aromas intensos a melocotón y lichi. En boca tiene un leve cosquilleo de CO2 que por su juventud no alcanzó a liberar, seco de final amargo; recuerdos de agua quina. Para comprar una caja. Con este vino desfiló un plato de pescado con salsa beurre blanc.

Hicieron su aparición los socorridos tintos con el primero de la noche: un monovarietal de tempranillo. Dos Búhos tempranillo 2018. Quizás el menos integrado de los que probé durante la visita. El primer golpe son hollejos, tierra mojada con notas de fruta negra y pimienta. En boca tiene buena acidez, tanino presente y final largo con una arista de alcohol a pesar de sus 13,5 grados que hoy en día no son nada. Maridaje con un short rib braseado con jus (salsa de extractos de carne y verduras). ¡Delicioso…!

El segundo y último tinto fue un ensamble (como les ha dado por llamar últimamente) de syrah y tempranillo, mezcla no muy común pero de buenos resultados. Me ha gustado más que el primero. Dos Búhos 2021. No aparece la crianza en barrica, pero sí que se hace hincapié en cada uno de los vinos, su proceso orgánico dentro de la bodega y el viñedo. En el platón colocado al centro de la mesa tenemos un chamorro de cerdo en su jugo con recado negro. Para ser franco ya no llegué a este plato, hay momentos en la vida en que el estómago empieza a reclamar los excesos del pasado. El vino me pareció más redondo que el anterior, con algo de fruta negra y de final largo. Repetible.

Para mi fortuna volvieron a servir el moscato de bienvenida, en el postre. Dos Búhos 2021. Huele a talco y pera, de acidez baja, por primera vez veo falta de nervio. Quizás para la tarta de quesos hubiera preferido algo con más acidez. Así culminó esa tarde-noche no sin antes anunciar la apertura del nuevo restaurante Casa Ayala. Nos despedimos y felicité a los anfitriones por sus tan bien logrados vinos. También hubiera querido probar el más preciado de la bodega: un aglianico** que había dicho el dueño que se trataba de un tinto soberbio, pero por alguna razón no apareció en toda la noche.

*Moscato giallo, es una uva blanca que se produce al norte de Italia de la familia del moscatel.

**Aglianico, uva del sur y centro de Italia con una extensión de 7,500 ha en el año 2000. De suelos volcánicos. Al parecer de origen griego.

Catar vinos, según hemos comprobado en la peña en casi veinticinco años, no siempre es una experiencia con los resultados esperados; la mayoría de las veces los vinos resultan diferentes a nuestras expectativas; en otras decepcionan; y en muy pocas algún vino resulta todo un hallazgo. Dicho esto, en esta ocasión dos resultaron bastante raros, por decirlo de algún modo. Para algunos integrantes del grupo fue una decepción, para otros estaban decrépitos. Debo aclarar que para afirmar que un vino está decrépito debe tener claras señales de acético o tener muestras de «cansancio,» situación que por lo menos yo no detecté. Más bien se trataba de algún problema en la elaboración. Sé que hay a quienes no les gusta esa palabrita, pero debo decirles que por muy románticos que sean; se trata finalmente de un producto elaborado. Que en ocasiones dentro de dicho proceso se necesita agregar: ácido cítrico, sulfitos, clarificantes, levaduras etc. Así que es probable que en algún momento haya salido algo mal. Sin extenderme demasiado entremos en materia con los vinos de anoche.

Kully 2019. De Bodegas y Viñedos las Nubes, un blanquito que a todos nos agrado. El primer golpe es durazno con notas de pera, muy aromático. En boca: agua quina de final amargo y seco, acidez comedida. Se me ocurre maridarlo con un buen queso brie.

Colección de Parcelas 2019. Misma bodega que el anterior. Nariz a barro, hollejos y fruta roja indefinida. En boca empezaron los problemas. Diluido con algunas notas a fruta pasada. Boca desconcertante, no puedo afirmar que sea un problema de almacenamiento.

Pinacate 2020. El primer vino que pruebo del estado de Sonora. El primer golpe en nariz es de vainilla (de esa vainilla artificial que cuelgan en los automóviles), con una nota de tamarindo con chile. En boca es dulzón y corto, me da la sensación de estar bebiendo alguna otra bebida. Al final hay algo picante que me hizo toser. Acidez muy baja. La ortodoxia dice que hay que darle otra oportunidad, pero no sé si vuelva a probarlo.

Ovis 2007. A la hora de cortar la cápsula me di cuenta de que el corcho estaba levemente sumido. A la hora de meter el tirabuzón comenzó a hundirse y las 2/3 partes se deshicieron; tuve que sumir la ultima parte en el vino. Un corcho de mala calidad que además pudo haber estado sometido a variaciones extremas de temperatura. Error mío el no haberlo decantado con un cedazo para evitar los residuos en la copa. Por lo menos no he olvidado de tener la delicadeza de servirme la primer copa, que en este caso, lo marcan los cánones de las buenos modales. Este tempranillo-cabernet californiano tiene color rubí un poco velado. Una nariz bien amalgamada con fruta de calidad: ciruela madura y una nota de pimienta negra. En boca le falta vigor, un poco más de todo, pero en conjunto es bebible. Hubo quien afirmó que se trataba de un riojano, quizás advirtió la tempranillo. Aunque habría que preguntar ¿Qué es un riojano hoy en día…? No es lo mismo López Heredia que un Roda, con todo y que son vecinos en el Barrio de la Estación.

Djemba 2018. En la etiqueta figura un alebrije que por momentos confundo con un dragón veneciano. Otro vino desconcertante, quizás más que el tercero (Pinacate). Aromas intensos a canela, sin atisbo de frescura, notas de vainilla. En boca es diluido y notas de fruta pasada. Me recuerda el zoológico cuando pasaba por la jaula de los chimpancés y me asomaba a la fruta que comían.

Fuera de los vinos «oficiales», que ahora son cinco, Gabriel llevó un Pozo de Luna 2016, un syrah de San Luis Potosí. Vino cuya gloria en cuanto a medallas se refiere le habían movido a comprar una caja. Se trata de la medalla de plata del Concurso Mundial de Bruselas. A mi, como eso de las medallas no me dice mucho, prefiero la recomendación de algunos amigos con gustos similares. El caso es que la descorchamos y pudimos comprobar que se trata más bien de un vino con buen armazón, de taninos sutiles, acidez comedida, pero nada que pueda hacernos pensar en un vino que sobresalga. En comparación con los anteriores creo que le podemos colgar otra medalla, aunque sea de bronce.

Así concluyó la noche, creo que el blanquito se lleva las estrellas, las pocas que se repartieron.

Poca audiencia en la cata de ayer; cinco vinos, otro viernes fresco; ya se han dejado caer algunas lluvias. Empezamos abriendo boca con un blanquito anunciado con bombo y platillos: Afrodita 2019 de Vinícola la Trinidad. Vinificado con chardonnay y chenin blanc. Se trata de un vino en cuya página aparece con 13.9% de alcohol y en la etiqueta 12.3% ya de por sí cosa rara, ya que comúnmente son cifras cerradas; 12.0, 12.5, 13.0. De todas formas no se percibe alcohol; pudiera estar muy bien integrado en caso de ser cierto el dato de la bodega, y no el de la etiqueta. Es de color dorado, brillante y fluido, en nariz se perciben: piña verde, níspero y un punto herbáceo indefinido, después de unos minutos da notas de manzanilla. Amplio en boca, de buen paso, buena acidez, algo cítrico y de final muy largo y amarguito; recuerdos de agua quina.

El segundo es un guanajuatense de Vinícola Tres Raíces: Tres Raíces 2020. Un nebbiolo con mezcla de sangiovese, diez meses de roble francés que se presenta frutal con ciruela roja y notas de hollejo. En boca va de menos a más, una rara sensación ya que en muchos vinos es al revés. Repetible.

Ahora nos vamos al Valle de Guadalupe con un nebbiolo 100%. Trasiego 2017. Nariz potente a mentolados, ciruela roja y zarzamora y notas térreas. En boca tiene un final áspero que domina el conjunto. Recomiendo 20 minutos de decantación previos al servicio. Aún así gustó a casi todos: repetible.

Selezionato 2018 de Villa Montforti. Una rara mezcla de nebbiolo, montepulciano y aglianico. Difícil de pasar por alto esta ultima variedad, que dicho sea he buscado información en algunos libros especializados sin resultados, más que en una fuente de Wikipedia: «La anglianico es una uva de vino tinto cultivada en el sur de Italia, sobre todo en Basilicata y Campania. La vid se originó en Grecia y fue llevada al sur de Italia. El nombre puede ser una derivación de hellenica vitis, que en latín significa «vid griega»

Al buscar Basilicata, en The Oxford Companion of Wine, encontré en la parte de las variedades de esa región: «Anglianico grape also gives interesting, if not superior, results in other areas of the region such as near Matera (…) En realidad muy poca información, aunque tomando en cuenta las más de 1000 variedades y poco más de 200 amparadas por los distintos organismos reguladores de Italia, no es de extrañarse que en algunos casos no sea posible saber más de determinadas variedades, ya sea por su escasez o por su rareza.

Volvamos al Selezionato 2018, huele a tomillo, clavo, y pimienta negra. Muy especiado con algunas notas de fruta negra. Un vino correcto de buena hechura: acidez, taninos y alcohol bien puestos. Repetible.

El último como suelo pasar, en vinos de precios subiditos, ha decepcionado. Paolini 2016, otro nebbiolo 100%. Un vino de 1250 pesos (60 dólares americanos) bastante tímido. Nariz discreta, moviendo la copa hay algo de casis. En boca se confirma su falta de nervio. La pregunta obligada es: ¿Habrá pasado la cima y está bajando la colina…? pero por otro lado al probar previamente vinos más contundentes, el paladar queda en un nivel de sensaciones que ya cualquier vino por debajo de esa intensidad parecerá diluido. Habrá que darle otra oportunidad cuando alguien lo pague y sea tan generoso como para compartirlo, ya que haciendo cuentas más de 1000 pesos sigue siendo mucho dinero.

Hasta aquí he llegado. Habrá más vinos mexicanos de seguro, ya que con la inagotable oferta nos podemos dar el lujo de descorchar y probar vinos para rato. Además de que ya están reposando algunos de ellos en la cava.

Cata 239

¡Hoy, después de algunos años, estrenamos copas! Nuestras viejas Rone: bajitas, un poco regordetas, de vidrio no muy delgado y manchadas por el paso del tiempo, se van al retiro. Hemos comparado la serie Swan 56. Copas estilizadas de piernas largas, sin borde, y que permiten calcular mejor la cantidad de vino que debe verterse. El inconveniente es que son aparentemente mucho más frágiles y su altura podría llegar a ser un problema: menos estables; no recomendables en movimientos bruscos en la mesa. Esperemos que sobrevivan y que los accidentes se den muy de vez en cuando. Por lo pronto han sobrevivido a la primera sesión.

Escogí seis vinos mexicanos: Dolores Hidalgo, San Miguel de Allende y Baja California. Empezamos con un blanquito de Vinícola Tres Raíces en Dolores Hidalgo: Tres Raíces 2021. Una explosión de aromas tropicales: Guanábana, Kiwi y notas de melón. En boca es firme de buena acidez y final amargo, recordando un poco al agua quina. Un vino muy vivaracho y de excelente relación calidad precio. Tal vez Jancis Robinson no le conceda el mérito de la tipicidad, ya que ella esperaría de la savignon blanc; uva con la que está vinificado este vino: orina de gato, pedernal, o también pólvora tratándose de un buen pouilly-fumé. Que tampoco es lo mismo que un varietal chileno o un mexicano. Pero en este vino sin duda domina la fruta tropical.

El segundo fue un syrah de bodegas Vega Manchón, también en Dolores Hidalgo. Hacienda San Miguel 2019. Fruta negra; ciruela y algo de pimienta blanca. En boca es muy astringente enmascarando en boca todo lo demás que pudiera tener. Con el reposo huele a granos de café de sus 12 meses en barrica.

El tercero es Viñedo San Miguel 2017, por desgracia tenía TCA, huele a cartón mojado, el aire no pudo limpiarlo, así que le daremos otra oportunidad.

La siguiente bodega está ubicada en el Ejido Porvenir en Baja California. Concierto Enológico vinifica algunos vinos cuyos nombres tienen que ver con la música. El primero fue Obertura 2020, con 10 meses de roble y 13.9 grados de alcohol. El primer golpe es de hollejos, ciruela roja madura y una nota especiada de mejorana. Buen paso de boca está bien amalgamado, no destaca el alcohol muy bien integrado y de tanino limado, de buena acidez.

El quinto de la misma bodega Pauta 2018. Un coctel de cinco uvas tintas: cabernet sauvignon, merlot, tempranillo, barbera y garnacha. Huele a capuchino y zarzamora. Un vino equilibrado y de buena acidez, de la misma hechura que el anterior.

El último Forza 2017, es un tinto vinificado con cabernet sauvignon, merlot y barbera. Destaca en nariz vainilla de la barrica, aunque no especifica su crianza, huele también a piedra de río y fondo especiado con una nota lejana de regaliz. Volveremos a los mexicanos, su oferta es extensa y debe haber alguna joyita por descubrir.

El Priorat y sus 14,5 de alcohol

De vuelta a los catalanes, específicamente del Priorato. Todos y cada uno de los cinco vinos de esta noche cuentan con sus 14,5 grados de alcohol, unos más integrados otros no tanto, pero francamente a ninguno se le notó en exceso. El primero fue un Garnacha Fosca Del Priorat 2018, de Proyecto Garnachas de España. Dicho proyecto da como resultado seis vinos de diferentes regiones, todos vinificados con garnacha tinta: La Rioja, Aragón, Del Valle del Ebro, El Pirineo y El Priorato, Proyecto encabezado por el enólogo Raúl Acha y un viñedo en Rioja propiedad de su familia. Probamos el de Priorato: Zarzamora , mejorana, tierra mojada con algunas notas de alcohol. En boca se nota la textura del tanino y un final amargo. Quizás necesite una decantación minutos previos antes del servicio. El segundo es de la famosa bodega de Álvaro Palacios, Camins del Priorat 2019. Un vino que deja ver su mineralidad, de tanino rugoso, de buena acidez, con notas de fruta roja madura. Otro que necesita más aire para limarlo un poco. Nos ha gustado aunque no sé por qué.

Perinet 2016. Con una mezcla de merlot, syrah, garnacha tinta y cariñena. 12 meses en acero inoxidable. Confieso que es la primera vez que sé de crianzas en acero inoxidable. Bien sabido son las fermentaciones en estos contenedores con temperatura controlada. Nariz intensa con notas mentoladas y especiadas, de entrada amplia y persiste hasta el final, aunque algo desbocado.

+7 2018 de bodegas Pinord. El primer golpe es de canela, con algo de fruta confitada. En boca es firme y de taninos presentes pero en mucho menos proporción que sus predecesores.

El quinto y último esta noche fue una decepción. Quizás por las altas expectativas que guardaba. Les Terrasses 2015 también de Álvaro Palacios. Vinificado en un pequeño porcentaje con uva blanca: el 1 %, aunque domina con un 55% la garnacha tinta. Un vinito plano, no me explico por qué, y de final amargo. No mucho más que decir, corto en nariz y en boca. Y seguiré buscando un Priorato evocador. Aunque llegué a la conclusión de que había que cambiar de copas, por unas de paredes más delgadas, sin borde aunque estas no lo tienen, y con una boca más amplia. Afortunadamente la oferta de este tipo de copas abunda en el mercado. Sé que pronto cambiaremos nuestras viejas copas, protagonistas de tantas batallas.

Masroig 2016

Publicado: 15 marzo, 2022 en Restaurantes
Etiquetas:, ,
Elegancia y sutileza definen en dos palabras a este vino.

Hacia mucho tiempo que no visitaba Viña Gourmet, uno de mis restaurantes favoritos al sur de la Ciudad de México. Ayer fui con la familia y disfrutamos no sólo de la comida y el vino sino también de tantos y tan buenos recuerdos en este restaurante. La tienda parece haber mermado su selección de vinos, o por lo menos eso me pareció, y me refiero al número de etiquetas más que a la calidad. Me sorprendió cuando el dueño, un buen amigo, me comentó que la selección de vinos catalanes, entre ellos los más buscados por mi últimamente: prioratos, no había en los anaqueles ya que no figuraban entre los preferidos del público. México parece destacar en la selección, con vinos por arriba de los mil pesitos, alrededor de 50 dólares americanos. De entre la selecta colección a la venta, me recomendó un Montsant al no tener los otros catalanes. Esta denominación cuyo origen se remonta a 2001, siendo una denominación de origen muy joven, con aproximadamente 2000 ha. Confieso que al principio titubeé, pero al final mil trescientos pesos para un Montsant comprado en tienda de este lado del charco tampoco es un precio que no se pueda pagar, así que lo llevé directo a la mesa. Una de las ventajas de poder entrar a la tienda y descorchar el vino seleccionado sin cargo extra. Se trata de una producción limitada y numerada de 2,528, ésta es la 1415. Masroig 2016 100% Cariñena, esa uva de maduración lenta, muy popular al sur de Francia con el nombre de Carignane. En España hay poco más de 7000 ha sembradas principalmente al noreste. Siguiendo con el vino y en ese afán de búsqueda de aquellas sensaciones que me dio el Mas Agnes, descorchamos este Masroig 2016 que ya desde el principio no se trataba de la garnacha tinta, sino un monovarietal de Cariñena. Color rubí brillante y fluido. En nariz es una delicia, con mucha fruta negra de primera calidad, recuerdos de bosque bajo y una notita de trufa, algo muy agradable que puedo estar oliendo toda la tarde. En boca muestra elegancia y sutileza, una acidez exquisita, tanino presente sin el más leve signo de astringencia desbocada, todo en armonía, un vino que enamora, como para una cajita en la bodega para ir descubriendo la magia de la evolución, aunque en este momento está soberbio. Con una ensalada verde fresquiita bañada con mucho aceite de oliva y vinagre balsámico, y de segundo un centro de filete al horno con salsa al carbón con espárragos asados, maridó de maravilla. De postre pedí una copita de Moscato Árdo 2015, nombre extraño para un vino ligerito con buena acidez y muy recomendable como postre, sin entrar a bebidas más complejas como pudiera ser un Pedro Ximénez o un Oporto.

CATA 237

Por fin nos hemos reunido después de dos años de pandemia, aunque no ha acabado ni acabará por completo, es hora de volver y degustar lo que la naturaleza nos ha regalado con tanta generosidad y el hombre ha trasformado en vino. Me he quedado con la grata impresión de aquel Priorato que probé en Zúrich y que tantas remembranzas me ha traído de aquellas bellas tierras de Porrera y sus alrededores. Así que elegí seis vinos catalanes. Antes debo decir que hay situaciones verdaderamente cómicas: entré a una tienda de bastante prestigio, lo que antes eran ultramarinos, con un buen surtido de vinos. Pregunté a uno de los vendedores, que se encontraba en el pasillo, por los vinos catalanes. Muy amable me señaló un Ribera del Duero, al aclararle que esa no era la región que buscaba, tuvo a bien señalarme un Toro. El hombre no tenía idea de Cataluña, para él se trataba de en una adivinanza. Me vi en la necesidad de acomodarme los lentes y buscarla yo mismo. Dicho lo anterior les diré que empezamos con un espumoso de bienvenida, un Freixenet Cordón Negro para limpiar las papilas y celebrar el estar juntos de nuevo. Después un tinto Canals &Nubiola sin añada, o por lo menos no está indicada, tampoco la variedad ni la crianza. Corto de nariz, algo de fruta roja, unidimensional, final corto. No hay mucho que decir. Un inmemorable con causa. El segundo fue un Sangre de Toro «Original» 2019, conocido de sobra pero que extrañamente no lo he encontrado en el sitio de la bodega. D.O. Catalunya señalada en el Oxford Companion of Wine «Local Catalan name for the region of CATALUÑA and controvertial DO created in the early 21th century for blends of wines made from anywhere in the region. The big bottlers such as TORRES where the chief proponents and are the chief beneficiaries.» No deja de llamarme la atención que dentro de la sucinta descripción de la denominación de origen (DO) escribieran un comentario con cierta dosis de acritud sobre la bodega de Torres. Con respecto al vino, tiene un punto sulfuroso, parece que el aire lo limpia y sale fruta roja madura, el final es diluido y corto. Nada que mueva a comprarlo por segunda vez.

El tercero es otro Sangre de Toro, pero éste es un Reserva añada 2016. Bastante correcto, acidez, alcohol y tanino en equilibrio. Huele a ciruela negra, casis. Repetible. Siguió un Atrium de la misma bodega pero de la denominación de origen Penedés. Añada 2018 y con un primer golpe de nariz a TCA que no se logró limpiar con el aire. Llama la atención su color rojo profundo de capa alta. Debería darle otra oportunidad, aunque no es el primero que pruebo, no recuerdo detalles de los otros. Entrando ya en la recta final aparecen los prioratos. El primero un Salmos 2016 con 14 meses de roble francés 25% nuevo. Ha gustado a todos, pero ni de lejos me trajo recuerdos de los prioratos de excelencia. Fruta negra madura, notas minerales y otras lejanas de romero. Excelente acidez tanino maduro. Repetible. El último fue un Costers del Prior 2015, un vino correcto cuyos nueve comedidos meses de crianza en roble francés le han limado asperezas sin maquillarlo, y que por momentos salían algunas notas de licorella, el término para ese suelo de pizarra tan especial de las escarpadas costers del Priorato. En definitiva ninguno de los vinos se acercó a aquel que probé en Zúrich, no pierdo esperanzas para encontrarlo.

Me ha dado mucho gusto volver a la mesa de Vino Por Placer y compartir el vino con todos los presentes, todos, y haber charlado tan a gusto de tantas experiencias de los últimos meses.

El viacrucis para transitar entre aeropuertos cogestionados y largas colas no sólo es una constante, sino que además, se ha agudizado con la pandemia. Se suman a las exhaustivas revisiones la de los documentos que certifican la dosis completa de vacunación o los resultados negativos de la prueba covid. Para exigir la correcta colocación del cubrebocas las autoridades son más laxas, cuando debería ser sin duda la principal exigencia. Parece ser que hay gente dispuesta a perder la vida en caso de complicaciones respiratorias, antes que ponerse la telita con el elástico para cubrirse la boca y la nariz. Ejemplos muy claros los podemos encontrar en el metro, en el autobús, o en el tren… donde las normas se cumplen a medias o simplemente no se obliga a usarlo, como en Suiza. Así que a nadie sorprenda el sensible aumento de casos en Europa de aquí a principios del 2022. Precisamente en Montreux como base de nuestra estancia en Suiza, la situación del virus parece cosa del pasado remoto para muchos de sus habitantes, sobre todo turistas que caminan despreocupadamente por sus calles con una sonrisa desnuda en sus rostros. 

Río Aar afluente del Rin (Berna)

Llegamos a Montreux de noche, hambrientos y cansados del largo viaje, buscando un sitio donde cenar. Era alrededor de las 9:00 y nos fue negado el acceso a un restaurante italiano: Molino  ya que no portábamos el certificado de vacunación, obligatorio para entrar en cualquier restaurante, café o museo. Volvimos al hotel donde disfrutamos de unos escasos pero deliciosos ravioles rellenos de hongos silvestres maridados con una copita de pinot noir suizo cuyo nombre no anoté, pero que es digno del olvido. De no ser por el exquisito pan artesanal con granos de girasol del principio, nos hubiéramos quedado con hambre. 

Al otro día desayunamos de manera frugal, como acostumbran los europeos. Era mi cumpleaños y mi hija tenía una sorpresa muy especial. El libro sobre mi vida, obra escrita por ella, se abandonó a la escritura por largas horas para rememorar mi pasado. ¡Qué mejor regalo se puede pedir…! Además de que sus dotes de escritora saltan a la vista haciendo que volviera a vivir parte de mi infancia, a ese pasado repleto de recuerdos melancólicos que llevamos en la memoria. Un regalo que apreciaré el resto de mi vida y que leí con avidez hasta la última página en los primeros días del viaje. Después del desayuno nos dirigimos a la estación de tren para visitar Ginebra. Primera parada: cementerio de los Reyes.

Parafraseando a Borges en alguna de sus entrevistas: Alemanes, italianos y franceses han olvidado sus diferencias…  Estoy parcialmente de acuerdo, ya que al tomar el tren y llegar a los cantones alemanes como Berna, así como más al noreste en Zurich, el francés queda relegado en segundo término. La sobriedad de las calles junto con el carácter flemático de su gente hacen sentir al visitante como a un extraño,  habituados al romántico acento del idioma de Hugo y  Voltaire. Suiza ofrece tres países en uno: Zurich y Berna junto a los cantones de habla germana y los afrancesados en lo poco que queda del resto del país sin la influencia teutona. La parte italiana, el cantón de Tesino, puede ser el tercero en el que se respira otro ambiente bajo el nublado cielo suizo. Cantón que por cierto aún no conozco. 

Una de las visitas más esperadas para mi fue la del cementerio de los Reyes, para conocer la extraña lápida con motivos sajones del más grande escritor en lengua castellana del siglo XX, Jorge Luis Borges. A quien llevé flores para poder interrumpir su sueño y acompañarlo por un momento en su viaje a la Eternidad mientras observaba la rara inscripción representando a siete soldados en pie de guerra. Seguramente destacando el valor de los guerreros que tanto valoraba Borges en las sagas escandinavas. El cementerio es pequeño, reservado a gente ilustre, puede recorrerse caminando en muy poco tiempo. Un último vistazo a su tumba me hizo recordar aquella reflexión que algún día hizo el propio Borges sobre los muertos en uno de sus poemas: “Me conmueven las menudas sabidurías que en todo fallecimiento se pierden” así como también dijo en una entrevista:  “Con cada hombre mueren muchas cosas que se pierden para siempre”. Aunque su caso es distinto ya que permanecerá en la memoria de todas aquellas mentes sensibles que se den a la tarea de leer su magnífica obra.  

Ladera con viñedos rumbo a Ginebra (foto desde el tren)

Museos, plazas, catedrales góticas, callejones estrechos, vistas de montañas nevadas, laderas de viñedos desnudos, gente en bicicleta a pesar del frío invernal con el sol apenas asomándose; pero no lo suficiente como para tibiar el ambiente, paisajes que componen este bello país. Nuestra visita a museos fue nutrida y muy variada, aunque debo destacar algunos como el Alimentarium de la compañía Nestlé en Vevey. Un sitio cálido a la orilla del lago Lemán, donde han montado un gran museo en un moderno edificio. Al recorrer sus pasillos se disfruta de sus salas bien iluminadas y de información muy interesante en el país que inventó las barras de chocolate, ya que antes, en el siglo XVI se trataba de una bebida exótica, según cuentan en otra de las visitas obligadas: la fábrica de chocolates Cailler. Esta fábrica que exhibe una variedad inmensa de chocolates de múltiples formas, con envolturas de todos colores y tamaños, está ubicada muy cerca del pueblito de Gruyere. Para comer subimos una empinada colina que nos llevó a un burgo medieval; la plaza, la iglesia, el castillo y alrededor lo que fueron en su momento cuadras para refugio de animales y almacenamiento de grano y leña, hoy son restaurantes de fondue y tiendas de souvenirs. Entramos al que mejor pinta tenía, aunque los encargados no usaran cubrebocas. Quién iba a decirme que llegaría el tiempo en que los usaríamos tan desenfadadamente fuera del quirófano, por otro lado me cuesta trabajo asimilar que los dueños de un establecimiento no los usen. El fondue con una copita de blanco de buena acidez hizo excelente maridaje. No pude ver la botella, ni tampoco pregunté por la marca, simplemente acerqué la copa a la mesera y ella sirvió. Este tipo de despreocupaciones suelen suceder durante los viajes, cuando andamos en modo turista; distraídos. Para cuando salimos ya había oscurecido, no pudimos apreciar la iglesia ni el castillo con suficiente luz, y aunque nuestra intención era volver, nunca lo hicimos. Desde aquella cima me sentí como un caballero descendiendo de su corcel, oteando el panorama debajo del acantilado. Desde que leí El nombre de la rosa no he podido dejar de leer todo lo que tenga que ver con el medievo, ya están en mi lista de medievalistas algunos de los mejores: George Duby, Jackes de Woff, Johan Huizinga, Henri Pirenne, y la lista seguirá ampliándose. Como decía Solón: «Envejezco aprendiendo siempre muchas cosas» en este caso he abierto los ojos a un periodo de la historia al que debemos mucho de lo que hoy es la cultura occidental. Siguiendo el recorrido y hablando de castillos medievales, visitamos el castillo de Chillon, sorprende la facilidad con que se llega a la orilla del lago por las afueras de Montreux y por otro la cuidada restauración del edificio, otro de los lugares que hay que visitar. El castillo cuenta con su foso, su puente, en este caso fijo y una plaza interior, muestra de que se trata de un burgo donde el señor protegía a la gente que trabajaba sus tierras a cambio de protección contra intrusos y malhechores. Cuenta con una sala donde encadenaban y torturaban a los prisioneros. Recipientes de madera donde la gente llegaba a hacer sus necesidades fisiológicas, el más impresionante es uno ubicado sobre un precipicio que termina en un acantilado cerca del lago, algo que en muchas partes tristemente no ha cambiado; usar el agua para depositar nuestros desechos.

Del Rhone de la parte suiza

En Lausana recomiendo visitar el Comité Olímpico Internacional, cuyo museo vale mucho la pena. Se exhiben diferentes objetos relacionados con las olimpiadas y que en su momento usaron los distintos atletas durante la competencia. Videos y demás materiales. Así como recomiendo algunos museos, otros, será mejor que pasen de largo, como en el caso del departamento de Albert Einstein en Zurich. Para llegar hay que subir un montón de escaleras, una vez arriba es poco lo que hay que ver. En una sala atiborrada de cosas, entre ellas fotos y textos que fácilmente tardaría una hora o más en leer, poco didáctico y menos inspirador. Quizás si son admiradores de Eistein y están escribiendo un libro sobre su estancia en Zurich, valga la pena. La casa que sí vale la pena visitar es la de Charles Chaplin en Vevey, además de ser una mansión enorme con jardines de árboles majestuosos, que a principios de invierno se tornan amarillos, dorados y otros han mudado por completo su follaje, cómodas bancas y amplias estancias en su interior con figuras de cera; todo ello componen esta magnífica residencia que habitó junto con su ultima esposa y sus hijos después de que no fuera bien recibido en EE.UU, debido a su película Tiempos Modernos, criticada por sus tintes comunistas.

Encontré varias tiendas de vino en los alrededores de Montreaux, Vevey, Ginebra, Berna y la sobria ciudad de Zurich. La primera tienda donde compré vino fue en Ginebra, muy cerca de la estación de tren. Se trata de una tienda grande cuya selección de vinos no pude recorrer como hubiera querido por falta de tiempo. Uno de los vinos que compré fue un Rhone del lado suizo, del cantón de Valais.

Fleur Du Rhone 2020 pinot noir de Valais. Color grosella, brillante, nariz a ciruela de boca firme, tanino bastante rugoso. Un vinito sabroso para disfrutar con quesos maduras en la habitación por la noche, después de dar más de 14,000 pasos, según la vocecita de Siri.

Otro vino destacable fue el Sólskin 2018 pinot noir AOC Argau con sus 15 por ciento de alcohol, bastante integrado aunque un poco rústico. También marida con quesos.

Para complacer el paladar de mi esposa compré un Chateau Bélingard 2016 semillon 70%, sauvignon blanc 15% y muscadelle 15% apelación de origen Monbazillac. Pajizo y brillante. En nariz: cera de abejas. De buena acidez, fluidez media. Entrada que amarga un poco, azúcar comedida. Un buen vino por 12 francos (CFH) la media botella. Con un queso brie va de maravilla, aunque puede que vaya mejor con algo más subido de tono como un queso azul.

En Berna compré un Albino 2020, Blanco di Merlot de la región de Tecino. Atendido por una señorita muy amable, que se esforzó por comprender el inglés, pensé que se había equivocado cuando me dijo que se trataba de un merlot blanco. Bastó la primera copa para desilusionarme, Nariz a espino blanco, hierba. En boca es seco, sin concesiones, plano, corto en acidez y final amargo, nada que enamore.

En Chateau de Chillon comimos fuera del castillo en una cafetería que a pesar de sus muros de vidrio y sus formas geométricas tan alejadas del medievo, no robaba protagonismo al paisaje. Una cafetería donde uno pasa recorriendo las viandas con la charola en las manos y va poniendo lo que apetezca en el camino, y al final se paga en la caja. Escogí una baguete en cuyo interior había una buena porción de queso brie y una embarradita de miel de abeja. El vino un tintito fresco y frutal cuyo cuartito de botella tuve necesidad de duplicarlo para poder hacer la sobremesa disfrutando de la vista al castillo junto al lago.

En Zúrich decidimos comer antes de que cerraran la cocina (13:00 h) entramos a Brasserie Schiller muy cerca de la Ópera, y a orillas del lago de Zúrich. Un lugar elegante, amplio con bonitas vistas, buena comida (sin que nos hiciera suspirar). De todos los vinos que probé tanto en la habitación del hotel por las noches como en los diferentes restaurantes, me decanto por uno que encontré en la carta y que no se vinifica junto a los Alpes suizos, aunque estaba obligado a probar lo que se hace in situ. Se trata de Mas Agnes, que me ha levantado dudas, ya que nunca vi la etiqueta y cuando lo busqué en internet, nunca di con él. Posiblemente se comercialice con ese nombre fuera de España, en pocos países. En la carta ponía: Mas Agnes, Garnacha, Samso Colección Privada Candrian Espanien 13 CHF 10cl. Un vino que me hizo rememorar aquellos suelos de pizarra (Llicorella) del Priorat, a mi amiga Dominic y su vino de Porrera Clos Dominic, que con tanto mimo vendimia en la escarpada ladera de su finca La Tena, esas garnachas de más de 25 años, de tronco leñoso, para más tarde vinificarlo. Mas Agnes de añada desconocida, se trata de un vino embriagador en el mejor sentido de la palabra, su entrada en boca es elegante, va seduciendo cada uno de los sentidos, todo en equilibrio, con una acidez exquisita, tanino firme y notas a pizarra, piel de Rusia, trufa y fruta negra de la mejor calidad. Hoy mismo voy a buscar una botellita.

Es momento de despedirme, si es que me acuerdo de otros episodios del viaje que valgan la pena, habrá una segunda parte.

Abur

corchosCon poco más de veinticinco años dedicado en mi tiempo libre  (y a veces no tan libre) al vino: leyendo, visitando bodegas, asistiendo a catas de todo tipo, buscando información, compartiendo puntos de vista con aficionados y profesionales… He podido darme cuenta de que este mágico mundo tiene sus etapas. Me remontaré a mis primeras experiencias, cuando estaba en edad de beber alcohol, pero sobre todo cuando empezaba a disfrutarlo. Tendría alrededor de 18 años y la experiencia de  entrar a un restaurante español, italiano o francés,  donde sirvieran buen vino y comida sabrosa, me transportaba a una atmósfera sutil, delicada y llena de encanto donde la comida y el vino eran sin duda los protagonistas, amén de una buena compañía.

Aquel fue quizás el momento de mi vida donde más disfrutaba del vino; sin prejuicios ni contemplaciones técnicas. Simplemente ¡disfrutar el vino! Sin saber de regiones, variedades de uva, mezclas, ni tantas otras historias. Poco a poco me fui interesando en saber más sobre este fascinante mundo, aquí entraría al segundo estadio.

Dudas aún sin resolver pero con mucha curiosidad de aprender. Recuerdo haber encargado un libro a una amiga que me encontré en España, ella llegaba y mi familia y yo regresábamos al día siguiente muy temprano. Como suele suceder, dejé al final la lista de algunas compras, entre ellas un libro sobre vinos. ¿Cuál…? el que fuese me podía servir, hasta ese día no había leído ningún libro completo sobre vinos. pero me era imposible comprarlo el día de mi regreso, al otro día muy temprano.

Título del libro regalado:  «Manual de los Vinos de España» de Pedro Plasencia y Teclo Villalón (Editorial Everest) impreso en 1994. Lo disfruté como pocas lecturas, en parte por mi bisoñez en el tema. En una de sus páginas vienen algunas recomendaciones en el apartado sobre el servicio, que deberían ser tomadas muy en cuenta, como por ejemplo las reglas de cortesía en el servicio del vino (pág. 72 regla número 8). Solamente deben rellenarse las copas cuando estén vacías. Pero claro está, aquí, como en muchos países yo diría que la mayoría en América, la propina es un porcentaje de lo consumido… Hoy el libro me resulta un poco anacrónico, no porque yo sepa más que los autores y me aburra, sino que hay rituales que han cambiado para bien. Cito la página 87 (…) jamás acepte vino tinto que salga del frigorífico. Creo que el hecho de meter los tintos media hora antes de descorcharlos los puede favorecer, en caso de que no se cuente con una cava con temperatura controlada. Los comensales lo disfrutarán mejor que si se sirve a más de 18°C. Con todo, los puntos superables que hoy podría juzgar, es de mis libros consentidos, quizás por ser el primero.

La otra etapa fue pertenecer a un grupo, y siendo verema.com en aquellos años principios del 2002, un sitio donde nos conocíamos casi todos y por cuyos miembros pude conocer a mucha gente dedicada a la producción, restauranteros, vendedores de vino, enólogos, sumilleres, pero sobre todo a gente interesada en este mundillo. Nombres que pueden formar una nutrida lista, pero que no enumeraré para no omitir a nadie.

Este nostálgico recorrido me parece necesario ya que en la vida hay momentos que se debe  buscar una pausa para poder  hacer un balance del camino andado, y lo que podría faltar por descubrir. Concluiría diciendo que la vida, por lo menos a mí, me ha hecho ver las cosas con  sencillez y sin tantos atavíos que muchas veces nos llevan a situaciones artificiales donde es más importante el prestigio del vino, el precio o lo que señalan las guías, que lo que nos dicta el paladar desde un punto meramente hedonista.