Un viejo conocido… ¿o desconocido?

Bajé a la bodega y no vi una sola botella de Tondonia rosado. El hecho de pensar que no quedaba nada de aquella cajita, me dio dolor de estómago. Afortunadamente las cinco botellas restantes estaban guardadas en el lado opuesto. No sería algo tan grave, de no ser que aquí en México no se consiguen ni siquiera los blancos de esta bodega, ni el reserva, ni tampoco el Gravonia que hasta hace unos años se podían ver en los anaqueles, mucho menos el memorable Bosconia, que nunca ha llegado de forma regular.
He tomado una botella para compartir con mis amigos del diplomado, fervorosos estudiantes para sumilleres, cuya verdadera finalidad es aprender más de este cautivador mundillo del vino.
Hace poco más de una semana me retiré del diplomado. Francamente eso de dar clases es agotador y de mucha presión, quizá necesite un año sabático. Mi propósito inmediato es tomar un curso de enología en línea de la Universidad de Davis, espero con ansias que empiece.
El caso es que hay un grupo de enófilos que todavía se acuerda de mí y me ha manifestado su afecto en más de una ocasión. Como dije antes llevé un Tondonia Rosado 1995. Un vino que para muchos es un completo desconocido, inclusive en España donde tiene su origen, en el famoso barrio de la Estación de esa pequeña pero bella ciudad de Haro. Rosado que me ha hecho disfrutar en muchas tardes calurosas como esta, no precisamente por su sencillez y frescura como la mayoría de los rosaditos sabor a chicle de fresa, sino por su complejidad y ese abanico de aromas y sabores que va desplegando mientras se oxigena. Un vino para beberse con calma, y que con un carpacho de res maridó de maravilla.
Antonio llevó un tinto argentino; Azul, no recuerdo añada, una mezcla de Malbec. Concentrado de color profundo, picota de capa alta y de tanino mullido, definitivamente en línea con lo moderno, sin caer en excesos, corto de acidez pero con cierta armonía en su conjunto.

Un Riberita apabullado por el Toro

Los siguientes vinos fueron escogidos de la carta, o mejor dicho de un par de botellas llevadas a la mesa, un Toro y un Ribera. Aunque empezamos por el Toro, al final también se descorchó el Ribera. Me decanto por el primero: Finca Sobreño 2004 un crianza, es un tinto impenetrable a la vista, vigoroso y potente como los buenos toros, pero guardando un equilibrio que lo hace apetecible trago a trago. Un buen filete de res en cama de polenta y bañado con salsa de queso fontina desfiló por mi plato, rociado con este gran toro, merecedor del indulto. El Ribera un Vega de Castilla crianza 2004, bastante disminuido ante la contundencia del Toro.
Buena charla, camaradería, rematados con un buen puro, cortesía de Ibar. No me han dejado pagar lo que correspondía de la cuenta. Desde aquí mi agradecimiento y mi afecto para Antonio, Hugo, Ibar y su novia. Son esos días donde la comida y el vino quedan rebasados por la excelsa compañía ¡Salud!

François Cotat, Jaune Vignes, Chavignol 2007

Después de tantos y tan variados encuentros con blancos vinificados con chardonnay y sauvignon blanc como varietales de mega producciones industriales sin ningún carácter, con el único requisito de satisfacer al mayor número de consumidores en el menor tiempo posible. Me pregunto si de ahí viene el origen del tintocentrismo, tan arraigado entre la gente. Para muchos amigos hablar de vinos es hablar de cabernet y de merlot, con otras pocas variantes tintas como la tempranillo y la tan de moda syrah ¿Qué es más aburrido un chardonnay o un cabernet (de alta producción)? No es nada en contra de estas variedades, pero pienso que Australia, Chile y EE.UU. están muy lejos de darnos los mejores ejemplares. Prefiero un modesto Macon Village a un chardonnay de Carneros de 95 puntos de la escala de mr. Parker. Un Petit Chablis a un Concha y Toro, algunos vin de pays a un sauvignon blanc de Adelaide Hills.
Mi inclinación por la riesling no es gratuita, año tras año, botella tras botella la satisfacción está casi asegurada. Del Mosela, ese bello río que ve nacer a tantas joyas, aunque debo reconocer que la mayoría de lo que he descorchado es dulce, mas no chaptalizado. Los más interesantes empiezan con los Qmp. Ya estoy viendo la forma de conseguir algunos riesling secos (trocken) aunque pasen de los 12 grados de alcohol.
Mi interés por los blancos crece día con día, no sólo por el calor primaveral de estas latitudes, sino por algo en mi interior que lo pide a gritos. A lo largo de la vida se van modificando los gustos y adquiriendo otros. Cada vez compró más blancos que tintos. Tal vez esté aún más cansado de los tintos de «producción en serie» que de los blancos. Por fortuna siempre hay alguna botellita interesante que descorchar, de alguna variedad poco conocida o de alguna región escondida. Como en el caso de este Chavignon 2007 Jeunes Vignes, del reputado François Cotat. Con tapón lacrado, único punto negativo. Odio el lacre. Este Sancerre está vinificado con sauvignon blanc. Primera botella que cae de aquella tanda de seis que compré en Berry Bros & Rudd. No dudé un solo momento desde que la vi en el botellero… ¡Éste me lo llevo! Mineral y cítrico, compacto y profundo, limpio y directo. Sublime, dan ganas de seguir bebiendo copa tras copa, pero poco ha durado, compartido con mi esposa y mi suegra. Lástima que todavía no encuentro el rosado de este productor, un vino de muy baja producción. Este blanco se disfruta mucho con su frescura y mineralidad para estos calores de primavera tan cercanos al Ecuador.

Tintocentrismo: término acuñado para referirse a la inclinación casi patológica hacia los tintos.

La gente desarrolla hábitos y costumbres que en muchas ocasiones son difíciles de entender, y mucho menos de justificar, sobre todo si se trata de coleccionar objetos raros o ajenos a nuestros propios gustos. Aunque no creo que ninguna colección sea justificable. Hay quienes coleccionan: piedras, llaveros, estampas, sellos o timbres postales, relojes, cómics, plumas etc. etc. Hay otros que coleccionamos vinos, aunque la mayoría lo hagamos de forma inconsciente.
Pero vamos por partes, ¿A quién podríamos llamar coleccionista de vinos? Hace mucho leí un libro donde afirmaban que un coleccionista de vinos es quien compra más vinos de los que puede consumir en ese día. Una respuesta tan simple como imprecisa. Habría muchos coleccionistas por allí sueltos.
¿Quién no ha visitado o leído sobre bodegas personales de varios miles de botellas celosamente cuidadas, a temperatura y humedad controladas…?
La primera pregunta sensata que se antoja para los dueños de tales colecciones es: ¿Cuándo podrán terminar de beber tal cantidad de vinos? Ni en dos largas vidas. Una segunda pregunta, ésta dirigida a un buen psicólogo; ¿Entonces cuál es el verdadero propósito de formar tan abundantes cavas…? Ego. Inversión. Llamar la atención. ¿Qué tipo de trastorno mental lleva a un ser humano al extremo de comprar más de cien cajas de vino en toda su vida? El primer requisito es tener dinero de sobra. Un enófilo empedernido por muchas ganas de poseer cajas y cajas de vino, si no tiene recursos no podrá hacerlo. Segundo: y aquí es donde no podemos afirmar categóricamente nada, y entramos al terreno de la especulación ya que cada caso puede tener distintos orígenes. Gusto por el vino, capricho por acumularlo, o ambas. Lo que parece ser mucho más extraño es que alguien coleccione vino y no lo beba ni lo disfrute. Porque una cosa es la limitación del tiempo para descorchar todas las botellas, y otra muy distinta es que ni siquiera descorche una sola, en una ocasión especial. Yo todavía no conozco a nadie.

Hablando en mi caso personal, yo entraría en una categoría mucho más terrenal. No he contado cuántas botellas tengo reposando en los botelleros, pero sí puedo decir que con las botellas de algunos amigos y las mías, el número podría llegar a poco más de 120 botellas, diez cajitas. Aunque les confieso que me gustaría tener mucho más ¿Saben de algún buen psicólogo…?

Las dos preguntas más frecuentes para quienes piensan ofrecer vino en su boda (entiéndase producto de la fermentación alcohólica de la uva). Son: ¿Qué vino comprar? y ¿Cantidad de cajas?

Hay quienes se van por la vía rápida y salen del apuro comprando unas cajitas del socorrido Concha y Toro cabernet sauvignon, o cualquier otro vino industrial. Y piensan que eso es mejor que nada. Ya no hablemos de la cristalería… No hablo de vinos caros, pero si de mejores elecciones.

Y puestos a soñar: imagínense una boda donde abran con un champán de añada, seguido de un blanquito de Borgoña viejo, después un tinto evocador y al final un sauternes o un oporto 40 años…

Para quienes quieren agasajar a sus comensales con paladares exigentes, están los siguientes puntos para tomar en consideración:

1.- La gente jamás hablará bien de su boda, siempre encontrarán «el negrito en el arroz». Así que no gasten, mejor bébanselo con gente que lo disfrute de verdad.

2.- Debe de tomarse en cuenta el maridaje, aunque ustedes saben que en lo personal no soy mucho de maridajes. Es más, si en una boda me ofrecieran La Tache con salmón, les regalo el salmón, con todo y tenedor de plata… 🙂 .

3.- La estación del año es muy importante: el clima, y la hora determinan que tipo de menú y de vino es el más adecuado.

4.- Poca gente distinguirá un Don Simón de un Pétrus… Aunque Usted no lo crea. No exagero.

5.- Una botella (750 ml.) rinde de 8 a 10 copas bien servidas, y cada caja de vino contiene 12 botellas, aunque las hay de 6. Hagan sus cuentas.

Concluyo afirmando que la mejor ocasión para beber vino y desmenuzarlo, es en pareja, sin prisas, a la luz de una vela.

Nicolas Joly en el viñedo

Mucho se ha hablado en diferentes foros sobre los vinos biodinámicos, así que no abundaré más en el tema, sino lo estrictamente necesario para quienes no hayan escuchado esa palabrita. La agricultura biodinámica pondera la intervención del hombre sin alterar el equilibrio biológico. En el caso particular del vino como producto biodinámico es fundamental cuidar la vitalidad y balance de la tierra por medio de métodos naturales generados en los propios viñedos, mediante la interacción entre los reinos mineral, vegetal y animal, la que el hombre debe cuidar y respetar. Algunas prácticas nos podrían parecer dentro del terreno de la superstición: enterrar huesos, vendimiar en luna llena, el arado con caballos o bueyes, etc.,

Aunque su fundador fue el filósofo austriaco Rudolf Steiner, Nicolas Joly fue el pionero en la producción de vinos biodinámicos en el Valle del Loira. Actualmente existen más de 500 productores de vino biodinámico alrededor del mundo y seguramente aumentará en el futuro, ya que se ha convertido en un tema de actualidad, aunque francamente pienso que existen algunas bodegas que lo usan más como un eslogan que como una práctica de la que estén convencidos por sus resultados. Dentro de la lista figuran productores en Borgoña como: Thierry Guyot, Michel Lafarge, el más prestigiado vino del mundo; Domaine Romanee (desde 2007). En Chablis: Vincent Dauvissat. En Beaujolais: Marcel Lapierre. En España: Do Ferreiro, Dominio de Atauta, Álvaro Palacios, Telmo Rodríguez, en esta lista aparece nada menos que la bodega más clásica de Rioja: López Heredia, aunque con un paréntesis indicando que muchas de sus prácticas son biodinámica, no todas. Un largo etcétera, tomando en cuenta las bodegas en todo el mundo, con Francia a la cabeza.

Como ya es costumbre México no figura en esta lista, aunque pudiera haber alguna bodega con prácticas biodinámicas. Hace un par de días mandé un correo a la bodega Adobe de Guadalupe, ya que pensé que alguno de sus vinos era biodinámico, pero al parecer no es así. También envié otro correo a la Asociación Nacional de Vitiviniculturos de México, para saber si es que existe alguna bodega en México que practique la biodinámica, como suele suceder la respuesta no es lo suficientemente rápida, y en muchas ocasiones simplemente no llega. Así que queda en suspenso la respuesta.

Foto extraída de gelderlander.nl

Franconia Bacchus 2007

A finales del siglo XVII la botella de vidrio junto con el corcho fueron un gran paso para la comercialización del vino. Hace casi 20 años cuando empecé a ahondar en el tema del vino, sólo había unas cuantas formas de botella: Bordolesa; de hombros altos, Borgoñesa; de hombros caídos, Alsaciana y Alemana; de forma estilizada y alargada, de Champán; parecida a la Borgoñesa pero más ancha, de Oporto; de formas más angulares y la cantimplora; parecida a ese recipiente para guardar agua. Pocas eran las variantes fuera de estas que podríamos llamar clásicas. Hoy en día hay tantas formas como marcas. La mercadotecnia se impone, busca moldes, estilos atractivos y caprichosos para cautivar al cliente por la vista, primero de los sentidos que entra en juego a la hora de hacer las compras.

Franconia Sylvaner 2008

Hace poco me encontré con unas botellas «cantimplora» de vinos alemanes, acostumbrado a las estilizadas botellas alemanas, no supe de que vino se trataba, hasta que revisé la etiqueta. Recuerdo algún vino verde portugués con esta presentación. Para ser franco me parece que es uno de los peores diseños para una botella de vino. En primer lugar no cabe en los botelleros convencionales, necesita de un nicho, y aún así es imposible apilar una sobre otra, el transporte es más complicado que con las botellas cilíndricas, ocupando más espacio y por último me da la impresión de que estoy abriendo una botella de coñac o de licor y no descorchando un vino. Aún así compré dos botellas que tuve que almacenar de manera vertical. Se trata de Franconia Bacchus 2007. Esta uva es el resultado de un cruce entre Silvaner X Riesling y Müller-Thurgau. De nariz limpia, frutal y de notas herbáceas; pera, melón, kiwi y heno, boca frutal con un punto menos que abocado y de final amargo, recordándome el agua quina. La segunda botella «cantimplora» y de tapón de vidrio fue el Franconia Sylvaner 2008, mucho más floral y delicado, muy aromático; flor de manzanilla notas de melón y un fondo de anís, boca compacta y sutil con algo de aguja. Ambos vinos interesantes con una excelente relación calidad-precio, por debajo de los $180. Aunque confieso que me gustaría otro tipo de botellas, para un mejor almacenaje.

Catorce vs Ocho

La Riesling empieza poco a poco a diseminarse fuera de Alemania y Alsacia por algunos viñedos donde hasta hace unos años no era ni siquiera imaginable su producción. España, Italia, (los alemanes llaman riezling Italico a la uva blanca que no tiene que ver con la Riesling Renano) Chile, EE.UU., Australia y uno que otro país donde han empezado ha vinificar con esta extraordinaria uva, con diferentes resultados, pero jamás como en el Mosela.

Paseando por la «zona gourmet» de Liverpool, una de las tiendas departamentales más grandes de México, me llamó poderosamente la atención toparme con un riesling de una bodega de larga tradición vitivinícola en Chile; Cousiño Macul. Se trata de Doña Isidora  Riesling 2008. Desde que leí en la etiqueta sus 14% de alcohol me pareció impertinente y hasta ocioso compararla con algún vino del Mosela. Pero las vacaciones y el calor pudieron haber trastornado mis ya de por sí deterioradas neuronas, así que los planes siguieron adelante. Lo compré y lo llevé a casa por $120, valía la pena probarlo. Lo que sigue a continuación es lo que pudiera ponerles el pelo de punta a los más ortodoxos. Saqué de mi cada vez más limitada cava, otro riesling, un Mönchhof Spätlese 2005. En realidad lo que necesitaba era un pretexto más para descorcharlo, o mejor dicho quitarle el tapón metálico. Una mini cata comparativa de dos botellas que desde un principio lo único que tenían en común era la uva.

La primera impresión con Doña Isidora fue una grata sorpresa al encontrarme con el sello característico de esta uva: norisoprenid hidrocarbono 1,1,6 trimethyl 1-2- dihidronaphthalene (TDN) que en términos terrenales se manifiesta como; hidrocarburos, petróleo o queroseno, como mejor quieran definirlo. En nariz se defendió muy bien, pero una vez que entró a la boca sus 14 grados hicieron mella. Vodka en las rocas con unas gotitas de limón. Mucho alcohol, mal integrado, demasiado para un riesling que por lo regular no pasa de 10%.
Mönchhof es una ilustre bodega fundada desde 1177. Su actual dueño Robert Eymael debe estar muy orgulloso de lo que se ha hecho a lo largo de los siglos.
Este Mönchhof es floral, con melocotón de fondo, para después dar algunas notas de queroseno. En boca es vibrante, chispeante, abocado, algo de carbónico sólo en la lengua. Un vino compacto y sutil. Sus ocho grados guardan una gran distancia con Doña Isidora.
Seguiré con los riesling por debajo de 10%. Lo prometo.

 De sobaquillo

Debido a diferentes motivos la cata centésima vigésima segunda se hizo en un restaurante: El Olivo. Cata de sobaquillo, tan populares en España. De carácter informal y desenfadado, como aquellos viajes que sin planeación alguna resultan más divertidos que con un plan riguroso. La condición es que cada participante lleve una botella de vino…lo demás es lo de menos.

Este viernes da comienzo un «ligero» periodo vacacional de dos semanitas: Semana Santa y de Pascua. Periodo de los que solemos los mexicanos buscar y disfrutar a nivel escolar, es decir para niños y jóvenes estudiantes, el resto tendremos menos descanso. Pensando nuevamente en el calor primaveral, aunque nuestra reunión haya sido en la noche, me decidí por un espumoso; un champán que ya he comentado aquí, se trata del Zero Dosage de Drappier.

De todo un poco…

Llegué antes que todos, por fortuna, como organizador así debe de ser. En seguida fueron apareciendo uno a uno los integrantes del equipo de nuestro querido y añejo grupo. Carlos Font trajo un cava Vilarnaud Brut, que fue con lo que empezamos la tanda. Frutos secos, notas combinadas entre cítricas y florales, cremoso en boca. La Drappier Zero Dosage, este pinot resultó algo fatigado, sus señales eran claramente a la baja: color amarillo oro, manzana asada y una nota tostada algo indefinida, nada que ver con la última que probé. Siguió un tinto, Chateau Vieux Pourret 2004, un St. Emillion, grand cru. traído por Francisco. De nariz muy intensa y bien amalgamada, tabaco y fruta negra, muy tánico, con un poco de aire y algo más fresco mejoró. Sergio llevó un Black Swan 2008, shiraz-cabernet. Una combinación entre vainilla, chocolate y miel maple, no estoy hablando de malteadas, ¿o sí…? Los comentarios de mis compañeros fueron muy positivos, no cabe duda de que estos vinos son facilitos dan gusto y hasta placer a mucha gente. Las Moras 2009 podría entrar en la categoría de los argentinos más comerciales. De color oscuro, violáceo, en nariz y boca no se nota un exceso de extracción, hay cierto equilibrio aunque no mueve ninguna fibra interna.
Puesto que Gabriel y Juan Antonio no llevaron botella, compraron una en el restaurante. Quinta Do Portal 1999, un portugués más pa allá que pa acá. Polvo, baúl viejo, corto y austeridad rayando en la nada. Muy desmejoradillo, como dicen algunos amigos españoles; no había de donde cogerlo… Pero un buen cierre salvó la noche, y ¡vaya que si la salvó! René había dejado desde el pasado diciembre una botellita del venerable Royal Tokaji 1996, 5 puttonyos. Para ser sincero debo decir que son vinos que no sigo mucho, no me considero muy entusiasta, pero hay grandiosas excepciones y hoy ha sido una de ellas. Flores secas, licor de naranja, cera de abejas. En en boca acidez sublime armonizada con un fondo y complejo paso de boca y final eterno. Con sus 10,5 grados de alcohol, es una muestra de lo grandioso y equilibrado que puede resultar un vino. De la comida poco que decir, ya que después de varios años he decidido cerrar un poco la boca a los alimentos cargados de grasa y carbohidratos, así que una ensalada griega con todo y aceitunas negras, fue mi platillo de la noche. Sin pan… un poco nada más.

Bueno, es hora de entrar a otra faceta, donde los problemas de tránsito se aminoran por el receso escolar, y la vida toma otro ritmo. Aguuur.

Una de las características que se buscan en una bodega además de la temperatura, es definitivamente la humedad. Después de varios años de gozar de una humedad relativa del 80% en mi bodega, empezó a bajar drásticamente hasta por debajo del 50%. Fue entonces cuando metí gravilla y dejé que el tubo de desagüe del equipo de refrigeración se desparramara sobre el piso. Asunto arreglado. Aunque fueron momentos donde vi amenazados los corchos de mis botellas. Nadie puede dudar que la humedad es indispensable en una cava, y que por otro lado ésta también puede deteriorar las etiquetas de las botellas. Aclarado este punto, les puedo contar lo que sigue.
Visitando una de las tiendas de vino que acostumbro, me han llamado la atención dos cajas de madera con varios vinos en descuento. ¡El 15%!, razón: las etiquetas en mal estado. No sé si sea lo habitual, aunque confieso que es la primera vez que veo descuentos por este motivo. Tampoco puedo decir que un 15% sea una gran oferta.

Canasta de descuentos…

Es una oferta tentadora que para mi no hace sentido. Un vino guardado en una bodega con la humedad necesaria para su correcta evolución, entre 70 y 85%, sumado el paso del tiempo, siempre tendrán cierto deterioro las etiquetas, sobre todo si se trata de añadas viejas guardadas por años. Pero lejos de ser una razón para pensar que el vino pudiera ser vinagre, o comenzar a tener acético, me parece que puede ser todo lo contrario. Siguiendo el juicio erróneo de lo nuevo, impecable y reluciente, las etiquetas pueden dar una mala impresión.
No es común comprar cosas sucias, rotas o en mal estado, pero definitivamente no creo que sea el criterio para no comprar vino. Por lo pronto le había echado el ojo a un La Mission Haut Brion 1995 que con descuento llegaba a: $2,554.25, algo así como $200.00 verdes. Un precio que resulta atractivo hasta en los mercados más competitivos, como EE.UU.

¿Pero qué hay de esta añada? Michael Broadbent anota en su libro Vintage Wine ,sobre el Haut Brion 95, que es lo más cercano a esta botella, aunque los «segundos cultivos» resultan mejores que los premier cru en muchas ocasiones.

«harmonious very dry finish (…) nice texture and weight (13%) elegant». En general Broadbent califica la añada en Burdeos con 4 estrellas de cinco. Very good…

Algo que no probaré hasta dentro de un par de años. Debo decir que su nivel me sorprendió: arriba del hombro, eso fue lo que me hizo finalmente animarme a comprarla, con todo y la deteriorada etiqueta.

Leer lo que me gusta, o leer lo que más me hace falta. He ahí el dilema. Dilema que se complica pasados los cuarenta y cinco. La vida fácil gozando una buena copa de vino, una palmada de mis amigos en la espalda, su mirada atenta cuando se me ocurre abrir la boca para hablar de vino, me hacen divagar entre lo ordinario y lo extraordinario, lo real y lo fantástico. Una de las frases más ilustrativas sobre el conocimiento humano en la historia, es aquella que pronunció Sócrates, hace más de dos mil quinientos años; «Yo sólo sé que no sé nada». Hoy, en un mundo donde la información corre a velocidades inimaginables, el pensamiento fluye pero de manera incongruente la gente está cada vez más confundida. Información información y saturación. La dependencia de la gente por internet y no por los libros puede darnos la pauta, o por lo menos alguna pista. Lo leí en internet… Mucha gente da por un hecho la veracidad de todo lo publicado en el ciberespacio.

Después del primer cedazo y focalizando el tema en los vinos, me encuentro con una maraña de información difícil de tragar, no digamos de digerir. El tema: Italia. Un país donde la vid crece en cualquier rincón, en la parte peninsular y en las islas, en las montañas, en la ribera de los ríos y lagos. Veinte DOCG (Denominazione di Origine Controllata e Garantita), más de 300 DOC (Denominazione di Origine Controllata) que sólo representan el 20% de la producción total de vinos, otras tantas IGT (Indicazione Geografia Tipica) y un vasto mundo de vinos de Tavola (VdT). Más de 350 variedades autóctonas. Cualquier mente terrenal sensata queda rendida ante este bombardeo de información.

De todos los países europeos, Italia es quizá de los pocos que no he dedicado el tiempo suficiente; ni para catar ni para estudiar. Pero no todo es mea culpa. La cantidad de vinos italianos que se importan a México es francamente escasa. Si a esto sumamos los «Super Toscanos» la cosa empeora. Estos vinos tienen poco que ver con Italia, vinificados con cabernet sauvignon, merlot, uvas de fuera, junto con la local sangiovese. Son una muestra de vinos internacionales hechos a la medida de mr. Parker y dirigidos siniestramente por mr. M. Rolland.

Pasados esos momentos de turbulencia mental cognitiva sobre Italia y sus vinos, invitamos mi esposa y yo, a una tía muy querida a un restaurante de cortes argentinos, con motivo de su aniversario. Pero parece que el fantasma de los vinos italianos no me deja de atormentar, así que preferí dejarme llevar por la corriente. Al abrir la carta de vinos, me encuentro con vinos por arriba de 40 dólares, casi todos ellos. La Ladra, azienda agrícola Piemonte, (más abajo) Malbec, Barbera de Asti, su precio; $550.00. Información confusa, seleccionada por alguien que seguramente fue encomendado a hacer la carta de manera obligatoria. Por el placer de seguir descubriendo Italia pedí este vino. Al momento de mostrármelo me percaté que era 2004, que el Piamonte era la región, pero que Barbera de Asti era la DOC. Así que quedaría de la siguiente manera: La Ladra 2004, Barbera D´Asti Superiore, Tenute Dei Vallarino. Lo de Malbec, fue un pequeñísimo error, según apuntaba el sumiller. Pero le gustó lo de de «azienda agrícola», sin saber que era la bodega. Poco que decir para quien confecciona la carta escribiendo en la sección de vinos españoles: «Rivera del Duero».

Después de unos minutos llegó a la mesa un vino que olía a humo en un principio, después mucha fruta negra en sazón y capuccino. Boca frutal de excelente acidez, pero que con el tiempo se rompe esa sana tensión de su frágil equilibrio, y aparecen pasificados, granos de café con alguna arista de alcohol. La verdad es que es un vino que si se cuida la temperatura es bastante bebible y hasta disfrutable. Hoy he aprendido algo más… levanto mi copa…¡Arriba Italia!, ¡Saaalud!