Sorbete de mandarina y unas gotas sobrantes de Clos de La Barre 2006, a media luz...

Mi primer encuentro con Saramago fue; Ensayo sobre la ceguera, en su quinta edición, noviembre de 2000. Una novela que revela de manera cruda las inmundicias y la miseria humana. La mujer de las gafas, la esposa del doctor, el doctor… no existen nombres y las mayúsculas después de las comas dejan entrever las pausas, como si no le gustara poner puntos. El hombre duplicado es la otra novela que he leído del Nobel de Literatura 1998. Casualmente estoy por terminar Caín, cuando ayer me enteraba de su muerte. Hombre de Izquierda, siempre coherente con sus principios y leal a muchas causas alrededor del mundo, recuerdo haberlo visto por México, apoyando aunque sólo fuera en el discurso la causa del «Subcomandante Marcos». Su obra El Evangelio según Jesucristo fue duramente criticada en varios países incluido Portugal, al punto del auto exilio. Descanse en Paz.

El calor ha disminuido con las primeras tormentas, así que escogí un tinto. Habiendo más de una botella del fenomenal Monopole de Jadot Volnay, Clos de la Barre 2006…no lo pensé más y la saqué de su corto letargo. El 99 me dejó sorprendido, sin duda uno de los mejores que he probado. Sospeché que cuatro años no serían suficientes para disfrutarlo en su plenitud, pero quise correr el riesgo. Abrir Borgoñitas jóvenes no es tampoco una mala experiencia. La verdad es que estaba delicioso, se nota su juventud, pero está bebible y yo diría que disfrutable. Acidez firme, fruta a raudales, eso sí, de la buena, sin maquillajes defraudadores, se empiezan a percibir notas lejanas de tabaco rubio, con equilibrio y gran clase. La siguiente botella tendrá que esperar por lo menos cinco años. Maridó muy bien con un filete en salsa de camarones y mejillones, aunque pudiera parecer que la salsa es de sabor fuerte y textura cremosa, a mi me pareció muy delicada. Exquisita. Rematado con un sorbete de mandarina y un exprés.
Gran vino en su proceso de maduración, para despedir a Saramago. El domingo habrá que descorchar algo bueno, para disfrutar y celebrar el día del padre. Merecido o no, ya está decidido.

Les dejo con una frase de Saramago:

«Nuestra única defensa contra la muerte es el amor»

Casa Madero 2V, 2008

Los calores siguen atormentando a gran parte de los habitantes de México y sus alrededores, no acaba de entrar plenamente la temporada de lluvias, a pesar del puñadito de tormentas que han caído en la última semana. Lo que ha llegado y de manera estruendosa es el Mundial de Futbol. La gente no habla de otra cosa. En muchos centros de trabajo colocaron pantallas, para que los hacendosos empleados pudieran disfrutar del partido inaugural. Ante tal enajenación colectiva, confieso sentirme liberado del yugo de la esclavitud que muchos fanáticos compatriotas padecen al profesar este deporte. Miran el reloj cada cinco segundos, para ver cuanto falta para que empiece el siguiente partido, compran sombreros, paliacates, se pintan la cara, tricolor… Yo.Teniendo en casa a una gran aficionada, me gustaría por un momento sentir algo por el futbol, para poder platicar y experimentar lo que viven los verdaderos aficionados. Ya que por otro lado el fanatismo en todas las disciplinas, rompe con el orden y embrutece los ánimos. Como cuando algún grupo de seudo aficionados acuden al monumento de la Victoria Alada, mal llamado «Ángel de la Independencia» para destruir todo lo que encuentran a su paso, y lo mismo les da un empate o una raquítica victoria.

Para no alejarme mucho del tema que me ocupa en este blog, les diré que me sorprende el gran interés que ha desatado entre propios y extraños, los vinos de Sudáfrica. Y como mi padre decía: «Piensa mal y acertarás», así que es muy probable el incremento del precio en estos vinos de pinotage y cabernet sauvignon, entre otras variedades. Resultado de la fiebre mundialista.

Yo sigo con los blancos, hoy he probado un vino mexicano de Casa Madero. Los recuerdos que guardo del Chardonnay 2005 son muy gratos, uno de los mejores mexicanos de esta variedad. Así que compré y guardé con mucho entusiasmo el Casa Madero 2V 2008, haciendo alusión a las dos variedades que lo componen, o que lo descomponen según los gustos de cada quien. Chardonnay y Chenin Blanc al 50%. Sí, ya sé que no suena muy ortodoxo pero de momento me llamó la atención. Se trata de un vino de alto octanaje, de los que al beber dos copas se empieza a nublar la vista y la garganta se calienta. Vodka en las rocas con un chorrito de limón, en este caso manzana verde, jugo de manzana verde. 13,5 hoy en día no parece asustar a nadie, aunque se trate de un vino blanco. Lo que sucede es que cuando no se integra, resalta como un vestido rojo en un desfile de modas. Le falta acidez y armonía. Mi esposa y yo, no pudimos acabar con la botella. Advierto que si tengo algún error en los datos técnicos es porque he perdido la servilleta donde los apunté, y en la página de la bodega no encontré el vino, ha sido todo de memoria. Así las cosas, mañana será otro día y tal vez esté de ánimos para descorchar algo más ligero pero con más definición y estructura… han adivinado, si pensaron en algún Riesling del Mosela. A mis amigos futboleros; ¡que sigan disfrutando el momento!.

Hugel y Trimbach, en sus espigadas botellas…

El calor sigue sofocando a los habitantes de la meseta central del valle de México, a pesar de algunas tímidas gotas de agua que han caído en los últimos días, anunciando el principio de la temporada de lluvias.
Debido a que Gabriel no preparó nada. Hoy, yo dirijo la Cata, aproveché la ocasión para descorchar seis blanquitos de primera calidad. El calor y los ánimos lo piden, así que busqué lo más interesante de los anaqueles de Palacio de Hierro y La Europea. La búsqueda no fue completamente al azar, Alsacia estaba en mi mente. Alsacia brilla como otras regiones francesas, siendo los blancos sus mejores exponentes. Trimbach y Hugel, garantizan satisfacciones y buenos momentos al degustar sus vinos, desde los básicos hasta sus cuveés más prestigiados…Así que empezamos con un Hugel Gewurztraminer 2007, para mí fue simplemente el mejor de la noche: fresco, aromático, espeso y contundente, una obra de arte, limpio, directo, muchas rosas, cítricos, guayaba y al final un deje a agua quina para rematar su salida. Compraré algunas botellitas para después. El Hugel Riesling 2006, tiene el característico aroma de la riesling en su juventud, mucho queroseno, con alguna fruta amarilla que no acaba de salir, en boca es mineral y abocado, excelente acidez y largo. El siguiente fue un Trimbach que nunca abrió, se trata del Pinot Blanc 2005. Bastante cerrado, con algunas notas lejanas a flores, en boca es rústico y con insinuaciones de flores secas y notas de pera. Habrá que darle otra oportunidad a este 2005. El Trimbach Riesling 2006, resultó más cerrado que el Hugel, con aromas a queroseno menos pronunciado y con una boca más mineral. Un cambio de 360 grados a Sancerre hizo evidente el carácter de los vinos en las dos regiones, marcando aún más la diferencia la uva savignon blanc en versión seco. Además de que existen otros productores cuyos vinos resultan más interesantes. Se trata de Pascal Jolivet 2007, evidentemente herbáceo y sin muchas concesiones, aromas a heno recien cortado y algunas notas calizas. Por último cerramos con un vino de Franconia, del sur de Alemania, rompiendo con ciertos parámetros empezando por la forma de la botella. Franconia Bacchus 2008, «esto es puro jugo de guanábana» alguien lo dijo, y todos estuvimos de acuerdo. Guanábana con sandía en sus expresiones más limpias, con un ligero toque amargo al final, un vino 100% f-r-u-t-a-l y fresco, para los peores días de calor.

Arrepintiéndose de sus pecados tintocéntricos…

Mi propósito era precisamente mostrar los extraordinarios resultados de la vinificación que se logran en algunas regiones y así revaluar los vinos blancos, ya que mucha gente los considera un peldaño abajo de los tintos, y creo que lo logré, al parecer esta vez han salido más que satisfechos, dispuestos a comprar algunas botellas para lo que resta de este calorcito tropical. Misión cumplida, sin llegar a los grandes vinos blancos, esos que envejecen durante décadas y ganan en complejidad como la mayoría de los grandes Borgoñas. Sin menoscabo de lo hoy descorchado, ya que muchos de ellos también evolucionan durante varios años con mucha dignidad.
Ante la contundencia de los hechos, hasta los más pintados en tinto, se han covertido a los blancos… por lo menos durante la cata de hoy, y lo que resta del calor en esta temporada.

¿La silueta será del sr. Reynaldo con su sombrero?

Hace unos días Felipe Calderón Hinojosa, presidente de los Estados Unidos Mexicanos, visitó Washington. Los comentarios no se hicieron esperar, aquí y allá en la capital norteamericana. No tanto por el mero hecho de la visita, sino porque pocas veces se habían visto tantas manifestaciones de afecto por parte del inquilino de la Casa Blanca en turno, al recibir al inquilino de Los Pinos. Hubo gran despliegue de reporteros, invitados especiales, desfile de soldados en los patios de la Casa Blanca, así como cañonazos, gran baile y un opulento banquete. Más allá del extravagante menú y de los vinos descorchados, todos californianos, que da cuenta Mr. Tyler Colman en su reconocido blog Dr. Vino. Me llamó la atención un «sombrerudo» que no tuvo la delicadeza de despojarse de su elegante y fino sombrero color negro durante el acontecimiento.
Entiendo muy bien que hay prendas que trascienden los buenos modales y las refinadas costumbres, y que además forman parte esencial de la personalidad. Como los llamativos lentes de Elton John o el guante plateado de Michael Jackson. Así que de momento pensé que se trataba de algún artista cuyo sombrero forma parte de sí mismo. Más adelante me percaté de que no se trataba de ningún artista famoso ni tampoco de un acaudalado petrolero texano. Su nombre Reynaldo Robledo, emigrante mexicano del estado de Michoacán, que llegó a los Estados Unidos hace más de tres décadas. Un hombre que hizo realidad el sueño americano a base de empeño y esfuerzo. Después de vendimiar en los viñedos californianos en calidad de ilegal, como mucha gente lo hace hasta el día de hoy (Mañana en Arizona, quien sabe). Ha gozado de fama y fortuna, dueño de su propia bodega, Robledo Family Winery. Una historia que pocas veces se repite; gente que ha luchado contracorriente y que nunca pierde las esperanzas.
Cuántos mexicanos siguen en los viñedos trabajando, haciendo las labores que pocos norteamericanos están dispuestos a desempeñar. Una pequeña parte de lo que descubrimos al descorchar una botella de vino californiano, es el esfuerzo de tantos mexicanos. Algunos, muy pocos, con más visión y espíritu empresarial alzan el vuelo, como el Sr. Robledo, otros muchos regresan a México con las manos vacías. Desde esa perspectiva, me trago mis palabras y reconozco públicamente, ante los dos lectores de este blog, que el sr. Reynaldo Robledo debe gozar de ciertos privilegios; como el hecho de cenar con el sombrero puesto, en el East Room de la Casa Blanca, rodeado de personajes famosos de la política y la sociedad. Siguiendo con el sombrero… yo tengo dos hipótesis, la primera es que se trata de un icono de la bodega (ver foto), y la otra, para alguien que le ha costado tanto trabajo llegar a donde llegó, pudiera entonces tratarse de un asunto de desconfianza… Qué tal si se lo roban en el guardarropa.

Queda en mi lista de pendientes probar sus vinos, que después de tanta propaganda gratuita, espero lleguen pronto a México, sino es que ya han llegado.

Foto extraída de robledofamilywinery.com

Hace poco he visto un bar de vinos cerrar sus puertas, o para quienes prefieren lo anglo y sentirse nice; un Wine Bar. Cerró por falta de clientes, no me cabe la menor duda. La mayoría de las veces que pasé por allí estaba vacío, incluyendo viernes y sábados por la noche, días que se supone habría más afluencia de bebedores y gente curiosa. Lo visité un par de ocasiones y la verdad dejaba mucho que desear. Un plato de quesos… Con rebanadas de queso amarillo. Sólo faltaba el pan Bimbo blanco. Como enófilo puedo imaginar cual sería para mí el-Wine-Bar-ideal. Tampoco quiero decir que cumpliendo con los diez puntos que señalo a continuación las ventas fluyan y llegue a ser un éxito, hay cuestiones de mercado que aquí no considero.

1.- Un buen estacionamiento con lugares suficientes para no tener la necesidad del dichoso «valet parking», fuente de tantos conflictos. Así como cajones donde se puedan abrir las puertas del coche sin necesidad de pegarle al vecino.

2.- Una sonrisa amable dándonos la bienvenida. Si es femenina mucho mejor.

3.- Decoración sobria alrededor de un tema relacionado con el vino. En México tenemos excelentes decoradores(as) de interiores.

4.- Mesas que no parezcan de juguete y sillas cómodas. Libre de humo de cigarro, puros o pipas. En la ciudad de México ya es una realidad.

5.- Una carta de vinos equilibrada, no muy extensa, pero con variantes que resulten sugerentes tanto para el conocedor como para el principiante. Además de una cuidada selección de doce vinos por copeo; interesantes y novedosos, rotando la mitad (6) cada semana por cosas nuevas.

6.- Menú: compacto, sabroso, buena materia prima. Botanas o tapas, cuatro o cinco variedades diferentes.

7.- Precios atractivos que la gente no salga con la idea de que fue asaltada. Precios por copeo en el rango de los $60 a los $260 (5 a 20 dólares). Aunque reconozco que hay ocasiones que ameritan salirse del rango… Recuerdo un Chateau D´Yquem 1990 de 50 dólares la copa. Yo creo que sí los vale.

8.- Copas transparentes de cristal delgado, adecuadas a cada tipo de vino, bien lavadas, secas, sin aromas raros y bien servidas.

9.- Camareros informados que puedan ayudar a quienes lo soliciten. Sin atosigar a los clientes con información no solicitada.

10.- Sanitarios (servicios) iluminados, ventilados y limpios con espacio suficiente y sin malos olores.

¿Alguna otra sugerencia…?

Entrada a los viñedos y la bodega (Chateau)

Navegando por el infinito océano de internet me encontré con un blog, que desde un principio me resultó familiar a pesar de visitarlo por primera vez y estar escrito en portugués: Copo de 3. La foto del autor, el contexto, los vinos que ha catado… Se trata de João Pedro de Carvalho, residente de Vila Viçosa, lugar donde lo conocí hace cinco años en compañía de mi buen amigo y siempre dispuesto anfitrión Antoliano Dávila. Ambos exploradores incansables de las bodegas sureñas de Portugal, enclavadas en la famosa región de Alentejo.
João desde aquel tiempo ya escribía en su blog sus descubrimientos y redescubrimientos por aquellas latitudes vitivinícolas. No cabe duda de que recordar es vivir, y tratándose de un viaje tan apasionante como tonificante, resulta inolvidable.
Hospedado en Badajoz, Extremadura, donde reside Antoliano. Cada mañana pasaba por mí para cruzar la frontera, de la cual ya quedan tan solo algunas huellas del pasado, como la antigua garita donde revisaban los documentos para entrar a Portugal. La Unión Europea ha traído grandes ventajas así como también algunos inconvenientes, como el caso reciente del hundimiento económico de Grecia, que ha arrastrado al euro y a los países miembros a situaciones delicadas. Pero por otro lado el libre tránsito es algo que envidiamos y anhelamos los americanos que hemos soñado con la unificación, aunque parece ser mucho más complicado.

João y Antoliano con el anfitrión en Zambujeiro

Visitamos varias bodegas, y en todas se respira un aire campirano y despreocupado, gente amable que recibe a sus visitantes con los brazos abiertos, lejos de las prácticas de mercadotecnia pura de los norteamericanos en Napa y Sonoma, que están prestos a vender sus vinos o recuerdos materializados en accesorios, gorras o camisetas.
Bodegas como: Heredad de Perdigao, y su excelente blanco; Terras De Monforte, vinificado con: Antao Vaz, Arinto y Verdelho, todas variedades autóctonas blancas, uno de los mejores blancos que he probado de esas tierras. Otras bodegas que vienen a mi memoria son: Quinta Do Mauro, Joao Portugal Ramos y Adega Seis Reis con su excelente Syrah.
Cómo olvidar aquella opípara comida en Elvas, en el famoso restaurante El Cristo. Un kilo de almejas y las porciones de bacalao «dorao» que desaparecieron de la mesa tan rápido como llegaron, regados con aquellas garrafas de Quinto Da Avela, vino verde fresco, ácido y frutal, ideal para la ocasión.
Al encontrar el blog de João Pedro me llegaron recuerdos repentinamente, como un destello y con la misma intensidad que hace cinco años. Blog que por supuesto recomiendo a quienes entienden algo de portugués y quienes no, también.

Tentempié sabatino…

A veces quisiera bajar las revoluciones y tomarme la vida con más calma, como hoy. Empecé con un cafecito hecho en casa, y al lado un libro que me ha prendido, del gran Carlos Monsiváis, se trata de su más reciente obra: Apocalipstick que retrata con su ya característico, agudo sentido del humor y precisión narrativa lo cotidiano de este país surrealista, de manera inmejorable.
A medio día saqué de la alacena, una latita de ostiones ahumadas, acompañadas con un manzanilla Solear, de la conspicua bodega Barbadillo. Media botellita que tenía abandonada en el refrigerador desde hacía muchos meses. Confieso que me supo a gloria, con esas notas ahumadas que se entremezclaron con las notas ahumadas de los ostiones. Quién dice que la manzanilla y los jereces en general no aguantan mucho tiempo después de abiertos… Así como reconozco que los jereces una vez abiertos pueden disfrutarse meses después, también estoy convencido de que los pequeños placeres van moldeando la felicidad, y que todo sale sobrando si no existe una actitud positiva.
Volviendo al tema de la lectura, decía que disfruto mucho de la pluma de autores como Monsiváis, Germán Dehesa y el Vasco Juan Bas, maestros de la sorna y del humor negro. Admito que además de la gran admiración que les tengo como escritores, admiro aún más su sentido del humor. Convencido estoy de que esta vida sin esos chispazos de risa y de burla hacia los demás y a uno mismo, tendría que ser muy aburrida y poco reconfortante para el espíritu. Desde aquí hago votos para que el maestro Monsiváis se recupere y vuelva a casa pronto, ya que hace días su fibrosis pulmonar lo tiene recluido en terapia intensiva

Preparación del Yakimeshi

Ayer había prometido a mi hijo llevarlo a comer sushi a un restaurante relativamente nuevo. Para seguir con el rollo de los jereces, había pensado sacar de la cava aquella botella que generosamente me regaló Leti; La Bota de Manzanilla No. 8 . Al no tener a la mano el teléfono del restaurante, a pesar de haberlo buscado afanosamente en las «sección amarilla» para preguntar si permitían descorche. Decidí abortar la operación y dejarme llevar por la carta de vinos del lugar. Como suele suceder, después de echarle un vistazo, llegué a la conclusión de que sería mejor pedir una cerveza bien fría. Un sashimi de salmón corte fino, que tenía cara de corte grueso, desfiló como primer plato. Un arroz al vapor con verduras, pollo y camarones preparado a la plancha, fue tema de discusión, ya que fue el mismo platillo en tres platos diferentes, con tres diferentes precios ¿Tendré la cara… o sólo por hoy me la vieron…? Pero hay días que es preferible dejar pasar las cosas sin chistar, y así conservar la valiosa calma interna, tan difícil de atemperar. Así que a pesar de la increpación de mi esposa, decidí hacer oídos sordos. Como resultado: el único vino del día de hoy fue media copita de manzanilla «añejada» en el refrigerador por varios meses, que además disfruté como si lo hubiera bebido en el mismísimo Puerto de Sanlúcar de Barrameda, recién sacada de la bota.

Los encapuchados de la noche

El calorcito que se desata antes de la época de lluvias es comparable a un sauna. De no ser por la sombra de algunos árboles o por el aire acondicionado, podría quedar uno que otro cristiano achicharrado en el pavimento, en la acera o dentro de su casa. A pesar de las altas temperaturas nuestro amigo Oswaldo ha decidido recetarnos algunos tintos subiditos de alcohol. Al principio abrimos boca con un champán Perrier-Jouët Brut, bastante desconcertante para ser un champán. Burbuja gruesa y no muy intensa, color pajizo y brillante. En boca ligero y fugaz, como un suspiro.
El segundo vino fue un St. Emilion, Chateau Cotes de Rol 2005, nunca lo había visto, mucho menos probado. Fruta roja con madera, me recuerda una caja de puros con una embarradita de mermelada de cereza. Boca unidimensional. El siguiente fue un Pinot Noir, Petit Bistro 2006 de 13 grados de alcohol, nada escandaloso para los estándares actuales, y no me refiero a Australia ni a California, sino a la mismísma Borgoña. Frambuesa y grosella con alcohol. El siguiente me gustó, era cata ciega, así que para los que piensen que me incliné por este vino por ser mexicano, están equivocados. Aquí también sabemos hacer malos vinos, o mejor dicho aquí también se nos olvida hacer buenos vinos. Pero éste no es el caso. Miguel 2006  de Adobe de Guadalupe. Se trata de un tempranillo (75%) con algo de cabernet y grenache o garnacha. Aromas a tamarino y lavanda, con notas minerales, excelente acidez y de final un poco amargo. Nada mal por $240 pesos. Sí repito.
El Viñas del Vero Gran Vos 2000 lo noté algo fatigado, cansino, con aromas de granos de café. El último vino, era algo así como té de corteza de roble. Madera y más madera. Se trata del Viña Emiliana Coyam 2004 vinificado con syrah, carmenere, cabernet, merlot y mourvedre, ahogadas en una tonelada de madera.
Esta cata a medio día hubiera sido para poner a sudar a cualquiera, ya en la noche por fortuna refrescó algo el ambiente. Para quienes siguen de manera fiel las crónicas de cata, Pedro ha regresado. ¡Viva Pedro!.

Mr. Basset, repleto de títulos

Como apuntaba en la entrada anterior: el consumo de vino se ha sofisticado en los últimos años. Gente que compra vino como si se tratara de acciones en la Bolsa o diamantes. Esperando el momento oportuno para tener jugosas utilidades. También están los pomposos títulos de algunos sumilleres que podrían hacer palidecer a la realeza europea. Hoy por la mañana he leído en el periódico, que el señor Gerard Basset, sumiller de 52 años, ha ganado el Concurso del mejor Sommelier del Mundo 2010, competencia que se llevó a cabo en Santiago de Chile. Este francés, residente de Inglaterra desde 1983 y propietario del Hotel Terra Vina en Southampton, en el Reino Unido, tiene unos cuantos títulos más: Master Sommelier, Master of Wine, Wine MBA, Mejor Sommelier Internacional para Vinos Franceses (París) y Mejor Sommelier del Mundo.
Creo que se ha colgado todas las medallas y reconocimientos posibles.
Después de leer la noticia, mi inquieto cerebro comenzó a dar vueltas. Lo primero que cruzó mi mente fue imaginarme cómo se vería vestido con su peto de cuero y todas las medallas colgadas. No cabe duda de que es muy meritorio que este francés haya tenido tantos reconocimientos y menciones en su vida profesional ¿Faltará alguna más…?

No hay que perder de vista que el vino se bebe y se disfruta, no hay que darle muchas vueltas… Tal vez a la copa sí. El mundillo del vino se está convirtiendo en algo ajeno y glamoroso, fuera de la realidad, como si se tratara de la entrega del Oscar, o algún otro acontecimiento extraordinario. Aunque hay personas que están convencidas de todo lo contrario.
Qué dirían nuestros abuelos que bebían vino sin tanta parafernalia, por gusto o quizás costumbre, para satisfacer sus necesidades más íntimas; sin voltear a los demás para presumir la estirpe de un gran vino, de viñas viejas y de producción limitadísima. Servido en copas de cristal austriaco. Me pregunto si lo de hoy es tan auténtico como lo de hace 50 años, y no se trata de una manera de presumir y aparentar en lugar de ser una forma de vida, o parte primordial de la dieta. Los romanos ya hacían ciertas distinciones y los mejores vinos eran propiedad de la aristocracia, de la clase noble que siempre gozaba de privilegios. Aunque fue en la burguesía donde se acentuó el lujo y las diferencias, el vino no sólo era para acompañar la comida sino un símbolo de estatus ¿Habremos llegado al extremo? Con esto de las compras en premier, las guías, la venta de accesorios, los sumilleres mejor calificados. A pesar de que hoy en día se bebe mucho más vino en todo el mundo, ahora se hace de manera más refinada de como lo hicieron los pueblos en la cuenca del Mediterráneo.
Al final creo que los consumidores lo único que pretendemos es una carta de vinos interesante, que el vino esté guardado en buenas condiciones, que lo descorchen sin agitarlo, que esté a temperatura correcta, que las copas sean delgadas, sin borde y de cristal transparente… ¿Es mucho pedir?

Castello de Amorosa, en Napa

En más de una ocasión he soñado tener un viñedo en una colina asoleada, con suficiente pendiente para drenar el agua y poder vendimiar sin mucho trabajo. Un viñedo pedregoso repleto de vides con una bonita vista hacia la bodega, y un olivo a la entrada.
Al final sólo un sueño donde todo es color de rosa, donde no tengo que preocuparme por la lluvia en plena floración, o de la sequía en el envero. Donde no hay molestos pájaros que se coman la fruta, ni «hongos grises» que echen a perder los racimos. Donde todas las decisiones tomadas en la bodega son las correctas, dando como resultado un gran vino que ya está vendido desde antes de salir de la bodega.

Qué distinta debe ser la realidad, la vida está llena de decisiones que tomar, y cada una de las elecciones tiene sus consecuencias. Cuando visito un viñedo y después la bodega, el enólogo se ve seguro y tranquilo, sonriente, pero pocas veces cruza por nuestros pensamientos la difícil tarea de dirigir la orquesta.
Nuestra voz crítica como consumidores analiza el final de una larga secuencia de capítulos que se desarrollan en diferentes espacios de tiempo dentro de ese mágico universo llamado; viñedo y bodega. No se puede restar importancia a ninguno de los dos, aun cuando la uva haya sido comprada a terceros.

Cuántas cosas tuvieron que pasar para que esa botella de vino llegue a nuestra mesa. Pero aún así estamos en nuestro pleno derecho de tirarla por el fregadero o escribir una nota amable, beberla a tragos cortos o dejarla en la copa, decidir si esa botella vale la pena volver a comprarla o no.
El consumo del vino se ha sofisticado en los últimos años. Ahora hay críticos y guías, conocedores y charlatanes. Una diversidad de copas y decantadores de distintas formas y precios, accesorios, revistas, enoturismo… Pero sobre todo un intenso comercio que provoca una competencia feroz y requiere que las bodegas echen a andar su imaginación para atraer clientes, donde el producto final pasa a un segundo lugar, y en todo caso es un diseño hecho a la medida de los críticos más influyentes. La forma de la botella, la etiqueta y la distribución del producto… Donde las guías y los puntos mueven al consumidor a pagar cientos de dólares por un vino de una bodega que hasta hace pocos años ni siquiera existía.

Creo que mejor seguiré soñando… me devuelvo a mi viñedo imaginario.