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Vinos de La Redonda

Después de por lo menos diez años, he vuelto de visita a la Finca Doña Dolores (Freixenet), en tierras queretanas, pasando primero a la Vinícola La Redonda. Empresa que otrora surtía de uva a Casa Martell y la legendaria bodega de Vinos Hidalgo. Dentro de su repertorio encontramos una gran diversidad con la línea La Redonda de siete vinos; tres blancos, un rosado, dos tintos y un espumoso dulce. La línea Orlandi, también de siete vinos; un blanco, un rosado, dos tintos y tres espumosos. Por último su línea Sierra Gorda, dos tintos con la diferencia del roble, uno americano y el otro francés, además de un blanco. Con una altura sobre el nivel del mar de 1950 m sus viñedos se extienden poco más de 160 Ha, donde se encuentran plantadas las siguientes variedades: merlot, cabernet sauvignon, tempranillo, malbec, chenin blanc, trebbiano y sauvignon blanc.

Había dos mesas con todos los vinos de la casa, por desgracia sólo se podían ver, no había muestras, ni siquiera estaban descorchados. Hay situaciones anti-comerciales que aún no logro entender, a cambio había catas en diferentes horarios, con duración de una hora que costaban alrededor de $150.00. Dadas las circunstancias me formé en una larga fila de sedientos por mi copita Crisa con el logo de la bodega, para que me sirvieran el Orlandi rosado seco, de cabernet sauvignon, único vino de muestra; color salmón, brillante y con una nariz corta, diluido y de acidez justa, con recuerdos de cítricos no muy definidos. Al no haber muestras, me jugué un volado y compré el merlot cabernet de la misma línea, Orlandi 2008. Un vino de 12,5 grados de alcohol, frutal, dominando la cabernet con leves notas de pimiento y ciruela madura, firme en boca y de buena acidez, final levemente amargo, se deja beber y marida muy bien con la pizza que sirven en el patio coronado de olivos. Aunque no hubo forma de que la pizza no saliera del horno un poco quemada de la pasta, la devolvimos una vez, pero para la segunda decidimos comer un poco, aunque estuviera tostada.

Viña Doña Dolores cabernet sauvignon-malbec 2008

Después de un corto recorrido a pie por los viñedos, subimos al coche y nos enfilamos a la Finca Doña Dolores. Una bodega mucho más hecha, cuya entrada es más ordenada, se llega a un claustro donde venden comida, por estas fiestas, además de la tienda donde ofrecen los distinto vinos de la casa y uno que otro souvenir. Viña Doña Dolores cabernet sauvignon malbec 2008, me pareció rústico, frutal y falto de nervio, otro vino de 12,5 de alcohol como los de antaño. Para ser franco, eso de andar entre la muchedumbre sin mucha libertad y haciendo colas para todo, no es lo mío, así que después de un rato nos regresamos al hotel. No creo que mi relato sea muy ilustrativo para quienes piensen venir a la vendimia, pero sí les puedo decir que por la cercanía a la Ciudad de México, vale la pena la visita, quizá no precisamente en estas fechas.

Me parece necesario agregar este apéndice a la entrada, ya que después de una semana de haber descorchado ambos vinos, el cabernet-malbec de Finca Doña Dolores ha mejorado mucho con el aire. He traido ambas botellas a casa en vista de que no he podido darles punto final in situ, y los resultados son sorprendentes. Finca Doña Dolores, es frutal, sedoso, aterciopelado, redondo, como para que en la siguiente oportunidad lo decante un par de horas antes del servicio, ya que la primera impresión fue muy distinta. En el caso del merlot-cabernet Orlandi, el oxígeno y/o el calor durante el transporte lo ha reducido a escombros, un vino cansino que ha estado mucho mejor cuando lo descorché en bodega.

Este vino es un regalo de un amigo, dueño de un restaurante del que he hablado últimamente. Gran parte de su oferta es de vinos modernos de gama alta. Al revisar la etiqueta me di cuenta de que no la había visto jamás, mucho menos probado. Acababa de llegar a su tienda-restaurante para sumarse a un puñado de botellas de la misma bodega… Después de sacarla de una caja me dijo, casi advirtiéndome; pruébala y después me cuentas…

Luigi Bosca desfiló en mi modesta bodega desde mucho tiempo atrás, sus chardonnays de antaño, poco más de una década, me parecían formidables. Me recordaban a los borgoñas blancos de medio pelo. Por menos de $200 pesos era una compra segura. Sus tintos empezaron a maderizarse y subir escandalosamente de precio mucho antes que sus blancos. Así que mi acercamiento a este vino debía ser menos prejuicioso de lo que resultó al final.

Nacido en suelos graníticos y con una guarda sugerida de quince años, me pregunté si mis prejuicios me estaban llevando por caminos equivocados. Así que desde que la saqué de la bodega traté de disfrutarla sin meditar mucho en el pasado.
Así como su peculiar nombre, su composición no es nada ortodoxa: cabernet sauvignon 70%, syrah 15% y merlot 15%. En nariz se muestra muy aromático; cerezas en licor, ciruela madura y arándanos al final, con notas de humo y lavanda. En boca es amplio y goloso con una arista alcohólica y fruta negra. Mi esposa sólo ha tomado una copa. Su único comentario apuntaba a la excesiva astringencia, sin embargo a mi me pareció moderada. En cambio su alcohol de 14,5 desequilibra el conjunto. Me gustaría saber su precio, ¿alguien lo ha comprado?

Foto extraída de luigibosca.com

Txomín Etxaníz

A pesar de la lluvia que no ha escampado más que por breves momentos, hay dos buenas razones por las que he bajado a la bodega por un par de botellas: un Txacoli blanco y un Clos de la Barre 1999. Esta última botella la tenía acostadita desde enero de 2008. Francamente mis espectativas eran muy altas, y contando sus doce añitos en la fría oscuridad; crecían aún más que la espuma. Había pasado de largo por el mismo Monopole de Louis Jadot del 2006, que si bien es cierto que todos los que he abierto de esa añada me han dejado impresionado, un 99 debía estar: más integrado, más redondo, más complejo… en pocas palabras entrando a la madurez. Pero vayamos al principio. Empecé con un Txacoli de la tierra de ilustres y virtuosos de la cocina: Confieso que mi experiencia con estos vinos era nula, hasta apenas hace unas horas, cuando probé este vino. Txomín Etxaníz (sin añada) o por los menos no aparece por ningún lado de la etiqueta. Nacido en la bodega del mismo nombre. Vinificado con Hondarrabi Zuri (90%) y Hondarrabi Beltza (10%), un vino con personalidad, color oro, a la vista muestra burbuja muy fina, lo que llaman en España vino de aguja, o los franceses petillant, sin embargo desaparece pronto, cosquillea el paladar en los primeros tragos. CO2 que queda atrapado en los vinos jóvenes, sin tratarse de ninguna manera de una segunda fermentación como en los espumosos. Acidez justa, huele y sabe a manzana asada y una nota caliza y mineral, por momentos parece sidra. No dudo que case de maravilla con los mariscos de aquellas hermosas tierras.

Clos de La Barre 1999

El Monopole de Drouhin, Clos de La Barre 99, me ha dejado muy intrigado y decepcionado. Después de bregar con un corcho húmedo que se partió en dos, he podido sacarlo. Tiene una arista alcohólica que hubiera apostado que se trataba de un Shiraz californiano, y no un Borgoña de estirpe, a pesar de que 13,5 grados de alcohol ya no escandalizan a nadie. Es un joven rebelde con chaleco de cuero y «motocicleta chopper»…que no tiene nada integrado, sus doce años no le han servido de nada, una nariz ahumada con notas térreas dominadas por el alcohol en boca. Decepcionante. Me duele decirlo de uno de mis productores favoritos. ¿Estará adulterado…? o ¿Será el nuevo rumbo que tomarán los borgoñeses? no me atrevo a tanto pero no me gustó, apuesto lo que sea, que el 2006 que pasé de largo está mucho mejor. Afortunadamente la comida ha salvado un poco la tarde, un rissoto con hongos bañado en «olio tartufato»… es decir con un chorrito de aceite de oliva con trufas. Hasta un Burdeos moderno hubiera sido más delicado con la comida y mi paladar. Espero haber tenido sólo una mala tarde, un encuentro con una botella diferente. Seguiré gastando mis pocos ahorros en borgoñas.

El cielo está despejado, sólo hay algunas nubes en el horizonte que apenas asoman enmarcando el paisaje sabatino, El clima es templado, el termómetro marca 19°C a pesar de que no se han dejado sentir las lluvias como deberían en este mes. La reunión del pequeño grupo de amigos cercanos apunta a un opíparo festín, aún con mejores vinos. Los inmaculados manteles blancos bordados a mano lo presagian. Al fondo un grupo tocando Jazz, con una vocalista de voz angelical, a un nivel audible pero que deja hablar y escuchar de un lado al otro de la mesa. Mi esposa preparó unas tiras de atún con algo de cítricos y cilantro, del otro lado en la mesa hay una rica fuente de mariscos frescos con una espesa salsa cremosa secreto legendario de la abuela. Todo acompañado de una exquisita ensalada con varios tipos y colores de lechuga, palmitos y tomates bañados de aceite de oliva extra virgen con trufa. Como plato fuerte un lechazo de cordero al horno, en su punto, crujiente por fuera y suave por dentro, como guarnición; papa al horno con crema agria y trozos finamente picados de tocino y cebollín. La papa no puede faltar en mi dieta.
De la cava sale un Tondonia Blanco 1964 y un Puligny Montrachet Louis Jadot 1996, para acompañar los primeros platos, no sin antes descorchar un Pol Roger Rosé 1998 para el brindis. Pensando en el maridaje del lechazo, he escogido un La Tâche 1988, que ya debe estar entrando a la madurez…

Perdón, pero la abstinencia de carne roja y vino tinto me han hecho alucinar, además soñar nada cuesta… Llevo diez días portándome como un angelito, los cristales de ácido úrico son historia, pero no quiero abusar. Mañana. Mañana será otro día, es día del padre, nunca lo había esperado con tantas ansias… pero si he de pecar debe ser con algo que valga la pena. (continuará)

Foto extraída de arthursclipaert.org

El placer no necesita de: manuales, instructivos, guías, recomendaciones… ni tampoco de fechas, compromisos, aniversarios y toda la parafernalia de oropel que ha inventado el hombre para sí mismo.

¿Qué dia vendimiar?, pregunta el enólogo. ¿Cuándo estará lista la publicidad?, pregunta el director de promoción. ¿Cuándo llegarán las muestras?, pregunta el distribuidor. ¿Cómo vamos con las ventas?, pregunta el dueño de la bodega. ¿Quiere algún vino de la carta?, pregunta el camarero. ¿Lo dejamos respirar?, pregunta el sumiller. ¿Puede traer otra botella?, pregunta Benjamín… Preguntas sin respuesta, respuestas sin preguntas; está muy caro, tiene mucho alcohol, mucho mejor en nariz, diluido al final, final corto, goloso, cansino, potente, robusto, amaderado, con defecto, sin defectos, correcto… Pero siempre en la búsqueda del placer para disfrutar la copa que tenemos en mano, el principio, lo fundamental. Por qué dar tantas vueltas. Lo que está en la copa es lo que cuenta. Así como observo día con día la sofisticación de la comida y el vino, también me doy cuenta de lo distorsionado y confuso que puede convertirse el panorama. Espejismos y figuraciones para impresionar al consumidor.

Precisamente me ha llamado poderosamente la atención lo que sucedió hace unos cuantos días. Llegué a casa, me lavé las manos, me senté a comer… todo con tediosa normalidad. Cuando mi esposa sirvió el segundo plato, lo identifiqué como una receta nueva, un platillo inédito. ¿Qué es…?. Pollo en salsa de pimientos. ¡Mmmmm, delicioso!,. Al otro día lasaña, y hace un par de días las crepas de pollo más sabrosas de toda mi vida, un alambre con: carne, cebolla, pimientos, tocino y queso, un platillo tan sencillo que no podría imaginar qué ingredientes distintos pudo haber usado para hacer la gran diferencia y que me chupara los dedos. Todo esto preparado por Vero, una mujer humilde que no necesitó de Le Cordon Blue, o de su gorro, o su chaqueta con termómetro incluido, ni nada de eso. Sus manos, su imaginación y lo principal, lo que nos repetía la abuela y nuestra madre; la s-a-z-ó-n. Todo en su punto exacto, sin que falte ni que sobre nada, con materia prima de primera calidad, comprada por ella misma en la mañana.

Vero y sus platillos me han hecho reflexionar acerca del retorno a las bases, lo sencillo, lo fundamental, la preparación simple y llana, sin adornos ni paltillos bautizados con nombres largos y rimbombantes.

Dentro del mundo vitivinícola se está perdiendo el enfoque, necesitamos enólogos con el perfil de Vero, virtuosos del vino por merito propio, y no por las medallas ni por los posgrados, ni tampoco por la fama efímera.

Gentil Hugel 2006, desde 1639

Hoy he descorchado un vino honesto sin galardones, ni premios, pero si con mucha sustancia. Gentil Hugel 2006. Contraria a la costumbre, aquí no han puesto en la etiqueta la variedad, se trata de una combinación no explícita. «blend of noble grapes». Bodega histórica que ha visto pasar a doce generaciones desde el año de 1639. Un vino dorado, brillante, limpio. Me recuerda el níspero. En boca es círtico; toronja roja, notas de durazno, final largo y mineral. Por desgracia, y muy a mi pesar, era la última botella que quedaba.

Calixa Chardonnay 2009

Es domingo, ya pasado medio día el calor exacerbado por las calorías de la carne, la cecina, las cebollitas y un malbec-tempranillo, se deja sentir el sudor en cada poro de la piel. La tarde pesa y baila la brisa caliente entre el olor de la carne asada y el vino. Pero calma, que no ha pasado lo peor, el mes que viene seguro será mucho más caluroso, si no caen las primeras lluvias. Como decía un cómico: «los pobres y sedientos árboles perseguían con desesperación a los perros…»

Hace calor. Sin duda los tintos están fuera de lugar, pero tampoco imagino comiendo una carne asada acompañada con vino blanco. De todas maneras llevé un chardonnay. Un Calixa Chardonnay 2009. Recién comprado en la tienda, pasó a la cajuela del coche, de la cajuela del coche a la cocina, de la cocina a la cubitera con hielo y agua, de la cubitera con hielo y agua a la copa. Los más ortodoxos se preguntarán: ¿la cajuela es el mejor lugar para llevar el vino…? en realidad lo llevaba en el asiento trasero. El resultado puedo asegurarles que es casi el mismo.

Una vez en la copa es de color amarillo pajizo con reflejos verdosos, brillante y fluido, de menisco acerado. Nariz limpia, con aromas dominantes a níspero, y notas de mango. Muy tropical. En boca es goloso, acidez justa y al final un poco amargo. Sus 14,5 grados de alcohol son claros y manifiestos a pesar de que está lo suficientemente frío, pero no tanto como para entumecer la lengua, como ya es costumbre en muchos restaurantes.
Urban Uco malbec-tempranillo 2005 está vinificado con una mezcla de dos variedades que por lo general no se da regularmente: 50% malbec y 50% tempranillo. Un vino de color picota, muy oscuro y que huele a ciruela madura y refresco de cola, me recuerda la rusticidad de la mencía. Pasado el tiempo y moviendo la copa, afloran notas de sandía. En boca es frutal, goloso y de acidez justita, tanino suave, de trago largo. Nada mal con la carne asada con cebollitas.

Urban Uco 2005

Valdo Prosecco, D.O. Treviso, fresco y limpio

Llegando de la jungla de asfalto, smog y uno que otro idiota desesperado entre el tránsito, lo primero que pedí fue una copita de prosecco. Me llamó la atención que el mesero sirviera la mitad de la copa con lo que restaba de una botella, y la completó con otra recién abierta… El lugar, Viña Gourmet, con su tienda de vinos al otro lado de las mesas, una selección de vinos modernos algo subidos de precio. Un lugar que frecuento por su tablita de jabugo con manchego poco curado y aceitunas. Falta un buen Jerez.
Valdo es un prosecco de Treviso, intenso, limpio y ligero, con una burbuja muy sugerente; pequeña y constante. Un buen prosecco con recuerdos de flores y cítricos, lima. Excelente para sacudirse el bullicio de la calle y hacer un paréntesis para entrar al bullicio del restaurante.
Hace muchos años Rioja era la única embajadora del vino español, hablar de España era hablar de riojas y hablar de riojas era inherente no sólo a España sino al gusto mexicano por el vino español. Jerez también. Las restantes denominaciones eran cuasi desconocidas, aunque año con año se abre el abanico y se van sumando otras. Penedés, Somontano, Valencia, Pla del Bages, Dehesa del Carrizal, Valdepeñas, Bierzo, Cigales, Campo de Borja, Manchuela… El Priorato no es una región reciente, se hace vino desde el siglo XII, pero tampoco ha sido una denominación de vinos económicos, sus precios rebasan fácilmente los $500. Hoy podemos cuestionar los precios del Priorato, aumentados sensiblemente cuando llegan a México, pero tenemos una buena oferta para escoger. Garnachas tintas centenarias y el suelo de licorella forman el binomio para destacar la mineralidad de sus tintos. Cómo olvidar Porrera aquella tarde de otoño en la finca La Tena, de mis amigos Paco y Dominic. Un recuerdo que me vuelve a la memoria cada vez que veo algún vino del Priorato.

Badaceli 2005

Pero volviendo al restaurante. Fui a la tienda adosada al comedor para buscar un vino. Sé que para mucha gente levantarse de la mesa para buscar vino sería una completa incomodidad, para mi no lo es. Indagar entre los botelleros me parece un buen ejercicio antes de descorchar una botella en la mesa, me hace sentir en casa. La oferta de Prioratos es muy buena, considerando que no es una denominación tan conocida como otras, su oferta es de doce tintos, los precios varían aunque el promedio está en $500.

Escogí el Badaceli 2005, D.O. Priorat, sus 14,0 grados de alcohol pasan desapercibido, su precio de poco más de 300 pesos está entre los más bajos. Un tinto rusticón, mineral, tanino suave y buena acidez. Con la famosa crema de almeja de la costa este de EE.UU., ampliamente conocida como clam chowder, el prosecco resaltó la textura cremosa y suavizó lo salado de las almejas. El segundo tiempo maridó de maravilla con el Priorato, una chuleta de cerdo con costra de pimienta negra y salsa agridulce. Una exquisitez a pesar del calor, las calorias y todo lo que implica. Pero quién se preocupa de las calorias con una buena copa de vino en mano. Por último un café expreso y pasar la servilleta por la boca.

Chuleta de cerdo con costra de pimienta negra

Aunque en muy pocos lugares del mundo la savignon blanc goza de tanta fama y prestigio, los vinos blancos de Burdeos, salvo algunas afortunadas excepciones, bodegas como: Y´Quem y Chateau Carbonnieux son poco conocidos aunque sus precios nunca han sido accesibles, es quizá por esta razón que la gente no se acerca a ellos, y en cambio prefieran los tintos de esta zona, que sin ser más baratos son más populares a nivel mundial. Hace cinco años me hice de una botellita de Haut Brion Blanc 1994, desde el 2006 permanecía muy quietecita en el botellero acumulando polvo y evolucionando lentamente para que llegara el día de su descorche.

Michael Broadbent apunta que: «esta añada sufrió lluvia a mitad de septiembre, debatiéndose entre la ruina parcial y la podredumbre gris, aquellos que vendimiaron más tarde obtuvieron los mejores resultados» (…)

Hablando de Ch. Haut Brion en particular, Mr. Broadbent apunta: la primera ocasión que probó esta añada fue antes de salir a la venta, y la otra en una cena para recaudar fondos: «pale green gold; very fragant bouquet that opened up attractively; dry, lovely flavour, fresh, fairly powerful, good acidity. As so often, somewhat austere» (…)

Diecisiete años para un vino de un Chateau tan legendario como prestigioso parecerían los estrictamente necesarios para que empiece la magia de la evolución y ofrecernos capas y capas de complejidad. Debo aclarar que es mi primer contacto con este blanco, pero mis expectativas eran muy altas. No quiero hablar del precio, parece que ahora es muy alto. A mí no me costó más de $200 verdes.

Anunciado con bombo y platillos le advertí a mi esposa que lo descorcharía ese mismo día en uno de nuestros restaurantes favoritos.

Color amarillo dorado y brillante. Nariz apagada: paja mojada, pimienta blanca y fruta amarilla; manzana asada. En boca es austero, de acidez muy justa con recuerdos a fruta amarilla no muy definida, granos de café tostado y final mineral. Sin muchas concesiones. Este vino va cuesta abajo, sin duda. ¿O será que está en un proceso de mutismo antes de abrir a todo lo que da…?

Pedí de primer tiempo una deliciosa crema de espinacas que maridó de manera decente, aunque le faltaba acidez al vino para romper con la textura cremosa. Como segundo tiempo; una lubina a las finas hierbas sobre verduras al romero. Bastante grasosa y pasadita de romero. Lo mismo; faltó acidez para romper con la grasa y lo especiado de las verduras. Así mi primer encuentro con este blanco, esperando se repita la ocasión con mejores resultados, tanto con la comida como con el vino.

Niepoort en 375 ml

Así reza un viejo dicho popular, y ya empiezo a confirmarlo en varios aspectos de mi vida. No es que me sienta viejo, ni mucho menos, pero debo reconocer que después de la mitad de la cuarta década las cosas no son igual que antes. Aunque también pude haber puesto el título: «De titanio al fuagrás»… En alusión a los hígados deteriorados de los pobres gansos. Todo esto viene a colación por un trío de botellitas de oporto de la bodega Niepoort, que acabo de ver en Palacio de Hierro. Un formato muy códomo para quienes quieren darse el gusto de beber una copita de oporto sin tener que guardar el resto de la botella. Una medida que puede dejar satisfechos tanto a dos como a cuatro personas, un tamaño muy recomendable, con la única desventaja de que hay quienes dicen que no evoluciona tan favorablemente como en una botella de 750 ml y mucho menos que en una magnum de litro y medio.
Y es que en mis años mozos cuando contaba con veintitantos podía beber una botellita entera yo solo, entiéndase de 750 ml, sin pesadez ni remordimientos; y seguir mi camino en la carretera como cuando fui por primera vez a España, a finales de los ochenta. Toda una experiencia haciendo escalas por los lugares de comida más abarrotados de coches y camiones en el estacionamiento, ya que de seguro adentro se comía bien, bebiendo y disfrutando de los vinos locales. Hoy lo pienso dos veces antes de beber una botella con mi mujer, a sabiendas de que después tengo que manejar en carretera. Sobre todo si se ha comido como Dios manda y el estómago requiere de altas dosis de oxígeno, llevadas por la sangre. Lo que se conoce como marea alcalina. Así que estas botellitas son una muy buena opción.

Friné 2006, Sauternes

Dentro de estos formatos pequeños encuentro una gran variedad de marcas, bodegas y estilos. Uno que me llamó la atención fue el Sauternes Frine 2006, de Rotchild, una marca que tiene tanto Burdeos como Riojas, y en cuya etiqueta aparece el nombre de Deby Beard, una mujer que promueve el vino desde distintas trincheras y que parece que ha dado resultado imprimir en la etiqueta su nombre… aaah esto de la mercadotecnia nos tiene sorpresas a cada rato. Pero hoy no estoy para vinos dulces, siendo franco para ninguno. Nuestra perrita, a la que adoramos, tiene un tumor maligno… Como apunta el escritor vasco Juan Bas, en su extraordinaria novela Voracidad: «El cáncer. Una obra maestra del terror, todavía con mejor trama que la del bebé de Rosemary: la semilla del diablo. El cáncer es el Alien que crece dentro de ti hasta destruirte. La sublevación de tu propio cuerpo.» (…)

No sé cuando, pero en un futuro próximo probaré tanto el Oporto 10 años como el Sauternes de la rubia.

México 2010, Edición Limitada
No cabe duda de que cada día en los anaqueles encontramos nuevas etiquetas de vinos mexicanos. Con motivo de la conmemoración del bicentenario y centenario de la Independencia y Revolución Mexicana, respectivamente, no faltaron bodegas que se decidieran a sacar a la venta botellas alusivas a estos dos importantes acontecimientos, del año pasado. La última que encontré; México 2010, tiene en la contra etiqueta varios datos interesantes; la botella está fabricada por Vitro, nunca había visto la marca de la botella impresa. Otro dato es que se trata de «un vino colectivo…» México 2010, Edición Limitada, Elite Tinto, es un vino en cuya producción participaron veintiún bodegas diferentes de Baja California, así como una docena de variedades distintas: barbera, cabernet franc, cabernet sauvignon, cariñena, grenache, malbec, merlot, mision, petite syrah, sangiovese, syrah y tempranillo. Un coctel que yo por lo menos no había visto antes en vinos tintos. Pero lo que menos me explico es cómo pudieron participar tantas bodegas en su elaboración. Aunque señalan que participaron: «mezclando sus mejores cosechas» Me imagino que pudo haber sido más fácil que algunas aportaran las uvas o los mostos, otras las barricas, otras asesoría… O haberlo hecho de manera meramente simbólica.

Resultado: Al principio huele a cacao y tostados, girando la copa aparecen aromas persistentes a arándanos y ciruela roja, al final aflora el pimiento de la cabernet. En boca lo primero que me llama la atención es su acidez, muy viva y fresca, me recuerda la frescura de algunos blancos. Frutal, con mucha fruta roja y una nota vegetal, que distrae por momentos. La acidez crece y llega a un punto crítico, con algo de verdor sin que afecte el conjunto. Al último se desarticula un poco el conjunto, con demasiadas notas verdes… ¿Qué pasará en 24 horas…? He guardado un poco para mañana.

"Elite Tinto, vino mexicano colectivo"Para el domingo es un vino sutil, frutal, redondo. Me ha gustado más que el día de ayer, así que merece la pena decantarlo, algo que en un principio me parecía una locura por la forma como evolucionó después de que lo descorché.