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Michael broadbentAl igual que las empresas que llevan al éxito una marca de un producto o servicio, con visión y tenacidad implicando años de arduo trabajo. Las peores consecuencias de una demanda no son; el desgaste físico o económico, aun cuando ésta no prospere, sino el hecho de poner en entredicho el prestigio ganado durante largos años, y ésto puede ocurrir en cuestión de días o inclusive en pocas horas, dependiendo de los medios de comunicación y obviamente el calibre del demandado. Los personajes famosos que se deben a un público que los respeta y les da su voto de confianza, pueden caer en la misma situación. Es el caso del Sr. Michael Broadbent, Master of Wine y encargado del departamento de subastas de vino en Christie´s durante varias décadas, hasta 1992. Prestigio que quedó para muchos en tela de juicio a raíz de la publicación de Billionaire´s Vinager, escrito por: Benjamin Wallace. Su gran error visto desde la perspectiva de mucha gente, fue haber subastado varias viejas botellas cuya propiedad fue supuestamente del expresidente de EE.UU. Thomas Jefferson, enófilo empedernido que no sólo consumía vinos franceses sino que trató sin éxito de llevar variedades nobles a Norteamérica. Botellas que al final resultaron falsas, error que se profundiza si tomamos en cuenta la larga trayectoria del Sr. Broadbent, ya que no estamos hablando de ningún bisoño que pudiera pasar por alto una cosa tan significativa y de tantos intereses económicos, como lo es la subasta de piezas por las que se pagan cantidades exorbitantes. Su análisis antes de la subasta se limitó a la autenticidad del vidrio, mediante expertos en la materia, y en efecto, todo señalaba que las botellas, entiéndase sin su contenido, eran auténticas. Después de la publicación sus críticos empezaron a percibir en el ambiente algo que no olía nada bien. El hecho contundente es que su reputación se vio afectada, si bien ya no se dedica en cuerpo y alma al asunto de los vinos y tiene para vivir holgadamente el resto de su vida, creo que es muy triste para cualquier persona acabar sus últimos años con tal desacredictación, después de haber probado las mieles del éxito. Pues bien la cosa no acabó ahí. Mr. Michael Broadbent interpuso una demanda contra Random House Inc, empresa inglesa que editó dicho libro. Caso documentado en la página del Instituto de Master of Wine (news), por si quieren echarle un ojo. Al parecer la demanda ha prosperado, y ya hubo varios puntos de acuerdo entre las partes, lo curioso es que el libro seguirá vendiéndose fuera del Reino Unido, sin ningún cambio que altere su contenido original. En lo personal esto de las demandas me deja muchas dudas… ¿bastará para devolverle a Mr. Broadbent su credibilidad?

Foto extraída de Librarything.fr

Latour 1993

Latour 1993

Para quienes disfrutamos del vino en todas sus expresiones, ya sean: espumosos, rosados, tintos, blancos, fortificados y de cosecha tardía… siempre habrá una ocasión para descorchar algo especial. Confieso tener el síndrome del French Poodle al cruzar una calle en horas pico. Incertidumbre a la hora de sacar una botella de la cava. No paro de dar vueltas pensando en cuál botella descorchar, síndrome que se agudiza al tratarse de las pocas botellas por las que he palmado más de lo que debería permitirse una persona sensata. Pues ayer fue uno de esos días. En lo personal me decanto más por Borgoña que por Burdeos, pero al echar un vistazo a la fila de los Borgoñas, me di cuenta de que quedaban ya muy pocas, no es que pudiera hacer una fiesta con las botellas de la fila de arriba, pero sí era mayor el número de Burdeos, así que me decidí por un Latour 93. Según Mr. Michael Broadbent; la cosecha la califica entre dos y tres estrellitas, de cinco, que equivalen a «not very good, but not bad» y «Good» respectivamente. En el caso específico de Latour; dice el propio Broadbent que la probó por primera vez en 1997, con Christian Le Sommer, en esa época el encargado del Chateau. «El vino seguía inmaduro; atractivo, nariz a cedro, seco» (…) todo finalizado con un «but good». Sus impresiones al probar otra botella seis meses después, han cambiado, lo describe menos profundo, más «dulce» y que se puede beber bien ahora, que me imagino fue el año 2000, última reseña de este libro (Michael Broadbent, Vintage Wine) editado en el año 2002.
Ahora viene mi veredicto. Algo que no puedo evitar a la hora de juzgar este tipo de vinos, es ser muy poco complaciente y algo duro, de antemano les digo que soy completamente subjetivo. Para mí fue una decepción, el alcohol no está integrado, aparecen notas muy interesantes ganadas en el tiempo dentro de la botella; caza con pelo, piel fina, ahumados y fruta roja, ciruela y cerezas, son esas notas de pimiento y mina de lapiz muy característico de la cabernet de esta región. En boca aparece esa arista de alcohol, y es que el mesero no ayudó en nada al cargarla como si fuera un bebe, menos mal que no tenía calentura, de otra forma la hubiera dejado como sopa. Dada la ocasión mi esposa y yo fuimos bastante generosos, otorgándole varios piropos, poco merecidos. Sin que hiciera corto circuito, tampoco maridó como esperaba con unos hongos Portobello, pero eso ya no fue culpa del vino, sino mía y del Chef que puso algo de vinagre al platillo. Todo en el marco de una romántica terraza en un restaurante.

Hablando de temperatura, ha quedado funcionando el motor eléctrico de mi bodega, cosa que me complace mucho, ya que esos tumbos en la temperatura al pasar de los 19°C a los 14°C no son nada recomendables. Aunque tampoco crean que soy muy quisquilloso. Hace tiempo que mi cava se mantiene a 17°C, o por lo menos eso creía. Entrando en cuestiones técnicas, los termómetros en su gran mayoría no están calibrados. Es una realidad en México, no sé en otros países. Calibrarlos puede costar el triple de lo que se paga por un termómetro. ¿Qué diferencia hace un grado?, ¿cuántos años viviré para poder ver madurar esos vinos que guardo con tanto celo? Son preguntas sensatas para gente insensata. Hay quienes gastan una fortuna en equipos de refrigeración con: motores auxiliares diesel, alarmas, monitoreo por computadora… Cuando no saben qué pasará después de que hereden a sus hijos y en el peor de los casos, ni siquiera hijos tienen a quien heredar esas botellas, que de seguro se las beberán en una borrachera con sus amigos. ¡Pero qué mal pensado soy…!. Por esta razón y por otras, hay que educar poco a poco esos paladares.

Todo listo...

Todo listo…

Esta semana está enfocada al Marco de Jerez, por azar del destino todo me ha llevado a los jereces. Primero entré a una tienda departamental conocida sobre todo por quienes vivimos en el centro de este país, se trata de El Palacio de Hierro, para quienes me hacen favor de leer este blog en España; es una tienda tipo El Corte Inglés. Al subir las escaleras eléctricas me di cuenta de una oferta que no podía dejar pasar. Una foto de una guapa fémina de ojos soñadores portando un cayado con la concha, vieira o pecten de los peregrinos…Vinos y artículos de Galicia, organizado por la misma Junta de Galicia. Al entrar a la sección «gourmet» me topé con una isla repleta de productos andaluces??? Era lo que quedaba de las ofertas de un festival andaluz. Así que dejé para después los vinos gallegos. Corrí con suerte al encontrarme con cosas muy interesantes, entre las que destaca un vino de palomino, no se trata de un generoso de los que abundan por esas tierras sureñas, sino de un Barbadillo de 12.5 grados de alcohol. Cuyos días están contados, ya que le daremos trámite el próximo viernes, en la centésima vigésima sexta cata del Grupo junto con otros cuatro; un Fino, un Amontillado, un Oloroso y un Pedro Ximénez, todos de la misma prestigiada bodega Fernando de Castilla. La primera pregunta que me surge, es la temperatura de servicio. En más de una ocasión me han servido manzanilla h-e-l-a-d-a, así que metiendo las narices en la red, resultó muy interesante encontrar la página del Consejo Regulador que dentro de la información referida a cada vino, apunta la temperatura de servicio óptimo. La recomiendo. Buscando respuesta en verema.com volví a encontrar la brillante intervención de uno de los personajes claves dentro del mágico mundo de Jerez. Me refiero a Álvaro Girón, a quien tuve la oportunidad de conocer en Barcelona hace algunos años. Imposible dejar de relacionarlo, cada vez que cruzan por mi cabeza los vinos jerezanos. Es sin duda una de las personas más conocedoras de Jerez en el Mundo. Aquel día que cenamos junto con un grupo de aficionados al vino de la Ciudad Condal, pasaron las horas que se nos hicieron minutos, hablando de este apasionante tema.

Empecé la semana con un tinto gallego de Mencia, Alma de Tinto sin añada, que aunque no tiene nada que ver con andalucia, lo compré junto con las otras botellas. Un tinto rústico, con todas las letras, aromas intensos a casis, me recuerda la cerveza de raíz que bebía de niño, y que disfrutaba por el simple hecho de pensar que era una «cerveza» de las que acostumbraban beber los adultos. También aparecen notas de flores secas y algo de establo, que no llega a molestar, sino que le da cierto carácter. En boca es ligero, de taninos pulidos y acidez justa. De trago largo. $160.00, que me imagino pagarán 4 o 5 euros del otro lado del charco.

PX Ayer por la noche en compañia de mi esposa descorché o más bien destapé (tapón metálico) una botellita de 375ml de manzanilla Solear de Barbadillo. ¡Ojala! hubiera conseguido la manzanilla en rama, esa que no se filtra y sabe a gloria…pero creo que ya es mucho pedir. Notas salinas, recuerdos de San Lucar de Barrameda, ahumados y frutos secos. Acompañado de aceitunas gigantes, mejillones y bellotero, todo adquirido en la misma oferta de productos andaluces. Para rematar, nada mejor que un buen Pedro Ximénez Alfaraz, color caoba con menisco ambarino, no muy espeso para ser un Px, aromas a caucho quemado, orejones de manzana y dátil, en boca es denso con recuerdos de chocolate amargo y licor de café.

Huitzuco dulce, sin añada

Huitzuco dulce, sin añada

Huitzuco, Vino dulce, un vino tropical en toda su extensión, nacido en Guerrero, famoso estado de la República Mexicana mejor conocido por el turismo que llega a Acapulco desde hace mucho tiempo, que por sus cualidades vinícolas. Se trata de un vino dulce vinificado con uvas silvestres. Aunque hasta hace poco me enteré de su existencia, en su etiqueta menciona que se vinifica desde 1930. Su comercialización se hace directamente en bodega, según me decía Carlos, quien amablemente me trajo esta segunda botella, ya que la primera la habíamos descorchado hace tiempo en el grupo de cata. La sierra en Guerrero no es precisamente apta para la vid, aunque para la uva silvestre debe ser una historia diferente. Los resultados. Un vino artesanal, rústico, que más bien parece hecho de otra fruta. Me recuerda al vino que probé hace unos años en Costa Rica, cuyos méritos son precisamente el haber podido cultivar la uva en esas latitudes, entre la brisa de la niebla y los volcanes en erupción.

Alión 2000

Hablando de vinos de más abolengo; Vega Sicilia, esa mítica bodega de Ribera del Duero, cuyo esplendor para muchos se ha visto empañado con la salida de Mariano García, hace ya algún tiempo, ha buscado la diversificación con otras marcas; Alión dentro de la misma denominación de origen, Bodegas y Viñedos Pintia, en la D.O. Toro, y fuera de España el famoso Tokaji Oremus. Grupo encabezado por la familia Álvarez.
Descorché el Alión 2000, regalo de mis hijos el día del padre, hace ya cuatro años. Su aroma envuelve los sentidos con una profundidad que hace mucho no sentía. Nueve años en botella le han dado complejidad. Fruta negra, sotobosque, notas de lavanda y otras térreas, una delicia que podría seguir oliendo toda la tarde. En boca es de entrada potente con una excelente acidez y persistencia. Gran vino, dentro del perfil moderno.

Cabo de Hornos 2000

Otro vino de la misma añada, 2000. Cabo de Hornos, de Viña San Pedro, sin duda uno de mis chilenos favoritos algún tiempo atrás. Todavía recuerdo aquella cata vertical que tanto costó organizar, no tanto por el dinero invertido, sino por el tiempo necesario para la adquisición de las botellas. Esta última botella, presenta una arista de alcohol que nunca desapareció. Un vino monolítico de una austeridad a la que no no me tenía acostumbrado esta bodega, sobre todo hablando de ejemplares de antaño, las añadas recientes son vinos que han entrado al grupo de los productos industriales. Sin personalidad y por si fuera poco, precios de escándalo. Aunque no sé si sea por culpa del importador o del almacenista.

Viñedo en el Valle de Guadalupe (Chateau Camou)

Viñedo en el Valle de Guadalupe (Chateau Camou)

Existen lugares que basta con conocerlos para no volver nunca más, no me refiero precisamente a los poco agraciados en cuanto a belleza, sino aquellos que por su lejanía, por su difícil acceso, inseguridad, malos recuerdos o simplemente por sus pocos atractivos, son para no volver a pisarlos. Tijuana y sus alrededores encajarían en esta categoría, en mi humilde opinión, y me refiero también a Ensenada y al Valle de Guadalupe. Aunque su oferta gastronómica es maravillosa; allí probé el mejor y más grande callo de hacha de toda mi cuarentona vida, así como un exquisito abulón, en el hotel Las Rosas en Ensenada, con una vista al mar privilegiada. He visitado La Vendimia de Baja California, la mejor tienda de vinos, en cuanto a oferta de vinos mexicanos en Tijuana. Y el Valle de Guadalupe con su polvoriento y rústico atractivo, que fuera de la altivez de algunos productores de impedir el paso mas que con cita previa, situación comprensible en Napa y Sonoma, lugares concurridísimos, y sólo en algunas bodegas y en determinada época del año, porque hay otras que ni siquiera las moscas se paran. Pero ayer cambiaron mis intenciones de no volver, al leer la sección del sr. Gerchman en su columna Buena Mesa. Nos cuenta de la ampliación de la carretera panorámica que comunica a Tijuana con el resto de la península en el tramo hacia Ensenada. Que si bien es cierto no tuve problemas de espacio cuando en el otro carril pasaban camiones a toda velocidad, tampoco es despreciable tener una vía más ancha, sobre todo para turistas distraídos. Otra cosa que me llamó la atención, es el hecho del nacimiento de nuevas bodegas, como ya lo he comentado en otra entrada, bodegas artesanales cuya producción no rebasa las cien cajas. Sería muy feliz recorriéndolas probando sus vinos y admirando el paisaje siempre grato de los viñedos, porque hay tres cosas que puedo admirar por largo rato: el mar, una hoguera y un viñedo. Todo esto sin necesidad de citas, ni tampoco poner cara de turista billetudo para que me permitan el paso. Así que Baja California vuelve a mi lista de viajes, aunque no está entre los prioritarios. Me faltaría primero recorrer algunos pueblos donde todavía practican el trueque, donde los mercados son verdaderos puentes al pasado, al pasado antes del virreinato, donde la gente llega a la plaza para ofrecer sus diferentes productos a cambio de otros, donde la materia prima está viva y no enlatada o en tetrapack, pueblos donde los aromas, colores y texturas despiertan los sentidos. Ayer platicaba de esto con mi amigo Carlos Font, o más bien él platicaba de su recién aventura en tierras poblanas, allá por la sierra de Tehuacán. Una experiencia que no tiene igual, y que sirve para abrir nuestros cegados ojos a las raíces más profundas de nuestra historia. Lugares que sin duda debo conocer.

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Quiero felicitarlo por su reciente graduación como chef, espero que comparta sus mejores platillos, enhorabuena Carlos. Además de darle las gracias por los presentes que me trajo desde aquella maravillosa tierra; una vid, que aunque no es vitis vinífera haré de cuenta que lo es, y un manojo de ajos, ajos que asegura son los mejores del mundo, habrá que comprobarlo con algunos frescos camarones fritos en aceite de oliva o algunos pulpos tiernos, todo con una buena dosis de ajo bien picado y una copita de chardonnay fermentado en barrica, a quien no le parezca el maridaje, que me disculpe pero quien sufrirá las consecuencias seré yo.

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Por último quiero comentarles que ayer volví a creer en las hermosas cualidades de la cabernet franc. Descorché un espléndido Chinon, Marc Brédif 2006 que fue abriendo como una flor en presencia del sol, limpio de aromas: frambuesa, ciruela madura y notas de humo y heno, boca frutal, jugoso, largo y con una acidez extraordinaria, una de esas botellas que quisiera transformar en magnum, para seguir disfrutándolo durante toda la tarde. Apúntenlo, apúntenlo.

YardenOcho años, cinco meses y tres días estuvo esta botella reposando en la oscuridad de la cava. La última botella que me quedaba de tres que me regaló mi amigo Carlos. Traída de Israel, cuando él viajaba con cierta regularidad a esas tierras. La bodega; Golan Heights Winery, Yarden Cabernet Sauvignon 1997. Un vino brillante entrando a tonos marrones. Fruta negra en sazón con notas de pimiento y eucalipto, por momentos parece un buen cabernet de Rutherford. Maduro, redondo de taninos mullidos y excelente acidez. Da gusto guardar una botella por años, con estos resultados.

Buscando información sobre la vitivinicultura en Israel, me entero de que Golan Heights es una de las principales zonas de producción, ubicada entre los 1000 y 1200 metros sobre el nivel medio del mar. Otras regiones son: Galilea, Samaria, Samson y las colinas de Judea. La producción en ese país a principios de la década del noventa era de entre 130 mil a 160 mil hl. Sus principales variedades de uva son: cabernet sauvignon, merlot, sauvignon blanc, chardonnay, y la riesling, que francamente no sé que resultados pueda tener en esas tierras.

Ancient WineDurante mis cortas vacaciones en la playa, comencé a releer un libro que había leído a la mitad hace un par de años. A quienes les interesa estudiar los orígenes de la vitivinicultura es un libro obligado: Ancient Wine, de Patrick E. McGovern. Interesante saber que de las cien especies de vides silvestres, que crecen en Europa, Asia y Norte América, una, la Vitis Vinifera L. Sylvestris fue la que dio origen al 99% de las variedades de uva que hoy se vinifican. Existe evidencia arqueológica de plantas trepadoras llamadas Ampelopsis, vides primitivas que datan de hace 500 millones de años, cuando los continentes formaban uno solo, llamado Pangea. La intervención humana tiene poco tiempo, aunque existen vestigios de cerámica, los más antiguos son vasijas en forma de mujeres embarazadas de 26,000 años de antigüedad en Dolni Vestonice, República Checa. Es difícil determinar si los restos orgánicos encontrados en las primeras manifestaciones de cerámica son exclusivos del vino. Aunque no se puede afirmar de manera científica, tampoco es difícil pensar que esas uvas primitivas hayan sido recolectadas para su consumo posterior, y que en algún momento hayan fermentado dentro de las vasijas.

Por último leía ayer una noticia de esas que llaman la atención: Un Banco italiano otorga créditos a los productores de queso parmesano; dejando los pesados quesos en garantía. Meditándolo un poco, la idea no es tan descabellada, ya que el queso necesita dos años para su añejamiento, así que en una bóveda climatizada los apilan, y al término vuelven a manos del productor al saldar su crédito, o el Banco se queda con el queso. Aquí la nota. A esto le llamo flexibilidad y mucha visión.

Con esta entrega concluyo las «Misceláneas» ya que eso de la numeración en números romanos se me complica después del cinco. Empiezo con otra serie de entregas cuyo título será: «Peculiaridades diversas I, II y así… Escribiendo de todo un poco.

MalvasiaEl jueves pasado comí con mi socio y su esposa en el Hotel Presidente, en la contaminada ciudad de México. El Hotel es el elegido para dar cobijo a los presidentes que habitan La Casa Blanca. Así que ya pueden sacar sus propias conclusiones. Seis son los restaurantes que dan servicio a tan destacada clientela: Au Pied De Cochon (abierto las 24 horas), Palm Restaurante (Churrasquería clásica), La Chimenea (cocina tradicional mexicana), Zhen Shanghai (comida china continental), Balmoral (Muy británico) y Alfredo Di Roma (comida italiana) Llegamos sin escalas a este último. Más tarde ese día tenía una reunión con Pedro Poncellis, decano y sumiller estrella, a quien respeto por su impecable y larga trayectoria. Así que acomodé la agenda para volver a disfrutar de este lugar, después de algunos años. La especialidad; el Fettuccini Alfredo, servido con cubiertos de oro, cuando un solo comensal lo pide en la mesa. Mi socio se deleitó con este platillo, por mi parte pedí un risotto al fungi, nada que levantara suspiros. La carta de vinos es extensa, pero los precios son una locura. Sí, ya sé que esto es para ricos que dejan fortunas de propina, y que no se detienen ante el precio. Pero qué tal un Alión en $1,700.00, unos 87 euros… Pedimos un Pesquera crianza 2006, un vino que siempre me ha dejado satisfecho, fácil de encontrar en muchos restaurantes, pero por $800.00 lo deja a uno con la cartera maltrecha.

Hay una voz interna que me dice que no debo pagar una fortuna por un buen vino. Por ese precio, pido, o mejor dicho exijo que bajen los angelitos con todo y sus arpas a cantarme al oído. Entiendo todo eso de los indirectos y el prestigio de este tipo de restaurantes, pero eso de doblar de precio los vinos no creo que sea deseable ni para el consumidor ni para los restaurantes.

Italiano

Ya en terrenos más mundanos y dejando atrás esos escandalosos precios, una buena oferta me hizo asomarme de vuelta al mundo de los vinos italianos. He probado verdaderas gemas fuera de mi país, pero la oferta en México es escasa, por lo menos aquí en el centro. Pues bien, como les decía, una incursión casi obligada a una de las tiendas más grandes, pero que menos frecuento, me hizo descubrir una bodega con precios increíbles. Se trata de Ferdinando Giordano, un blanquito vinificado con malvasía me atrajo como imán al metal, cansado de chardonnays de bajo precio, que después de probarlos diría que son muy caros, o de los savignon blanc con aristas alcohólicas que pueden ser flamables, me encuentro con un malvasia como para comprar una cajita. El problema de estas ofertas es que casi nunca son permanentes, y no me refiero a los bajos precios, sino a los vinos que desaparecen de los anaqueles tan rápido como llegaron, y que jamás vuelven a surtir. Vini del Sole 2005, un vino ligero, fresco sin otra pretensión más que deleitar paladares que no buscan medallas ni puntos. Honesto y directo. Al principio notas de queroseno, fruta amarilla, entre níspero y nanche, para después despertar la boca con una acidez cítrica a limón fenomenal. Un verdadero hallazgo por debajo de los $100.00 (5 euros). El tinto, Sangiovese 2006, a pesar de que su corcho no era de virutas, como el malvasia, es aún más barato $67.00 (3.5 euros). Un sangiovese de Puglia, ambos son: «Indicazione Geografica tipica», una vez más compruebo que hay vinos fuera de las denominaciones que su precio los hace muy competitivos. No puedo evitar la relación mental entre la carta de vinos de Alfredo Di Roma y estos vinos abajo de 100 pesos… Soy masoquista extremo. Y es que el problema que veo con la pesada carta de vinos de ese lugar, es que ningún vino de 750ml. baja de $500.00.

ChinonRecuerdo con cierta nostalgia aquella etiqueta anaranjada de cabernet franc Monte Xanic, para quienes lo conocieron, lo bebieron y lo disfrutaron sabrán de que estoy hablando. Un vino rústico, con aromas y sabores térreos que ganaba con unos grados de temperatura más abajo de lo «normal». Yo lo metía media hora antes de servirlo, en el refrigerador. Creo que éste ha sido mi encuentro más placentero con la cabernet franc. Lástima que haya desaparecido del mercado y que desde hace algunos años Hans Backhoff le meta tanta madera a sus tintos… demasiada. Al escuchar cabernet franc muchos estarán pensado en el Valle del Loira. Yo también, pero mi acercamiento ha sido fallido. Primero Carrefour, que al decir verdad lo eché de menos cuando desapareció del mapa local, ya que su oferta de vinos era diferente a las demás. Allí fue donde me hice de seis botellas de Carbonnieux 1999, mal etiquetados. Confieso haberme aprovechado de «su oferta no planeada.» Eran tintos, aunque hubiera preferido los blancos, esta bodega de Pessac-Leognan es más famosa por sus deliciosos savignon blanc y semillon que por sus tintas. Precisamente en esta tienda compré mis primeros Chinon, y la verdad no me dejaron muy gratos recuerdos, pasaron sin pena ni gloria. Diluidos y sin ningún caracter: agüita con fruta y algo de alcohol.
Hace poco encargué tres botellas de Chinon de EE.UU. Una vez completada la fase de reposo, descorché un Domaine Pascal Brunet 2005, si bien no pagué arriba de 20 dólares por esta botella, creo que es un vino bastante austero y de poco caracter, sin ninguna concesión. Color picota, brillante y fluido. Al principio es una lápida, muy muy cerrado, en media hora empieza con aromas de fruta roja; cereza, y notas cítricas pero lo más raro es una nota a pimiento. Pareciera tratarse de un cabernet sauvignon. Después se torna a hollejos y algo de especiados: pimienta blanca y tomillo. Pero en boca sigue amargo. El aire parece que lo mejora, o no sé si al beberme gran parte de la botella solo, en un corto lapso, el efecto del alcohol haya mejorado mi percepción de este Pascal. En resumen, no encuentro todavía algún cabernet franc que me haya gustado, sé que debe haber alguno. Tengo en bodega: un Bernard Baudry 2007, y Marc Bredif 2006, así que el tiempo lo dirá, pero sí tienen alguna buena recomendación, échenla, échenla…

Por decreto, la sociedad vuelve a su aburrida rutina… fuera tapaboca. Los restaurantes, escuelas, estadios y cines ya abrieron sus puertas hace un par de semanas, pero hasta hace unos días se acabaron ciertas restricciones ridículas. Los capitalinos saben de lo que hablo: cines a su mínima capacidad con filas desocupadas, espacio de 2 metros entre mesa y mesa en restaurantes…Se acabó inclusive el vergonzoso bloqueo aéreo de algunos «países hermanos». La ignorancia es mucho peor que las epidemias. Hasta el momento han muerto menos de cien personas, bastante lamentable, pero nada exagerado si lo comparamos con los más de mil setecientos decesos debido a la influenza estacional, que nos pega cada invierno.
Observé durante la contingencia que mucha gente se tapaba sólo la boca… se habrán preguntado; pues no es así la cosa: tapa b-o-c-a. La «gripe española» que mató a más de 50 millones de cristianos, se agudizó debido a que la gente se tapaba la boca y dejaba la nariz fuera, que era por donde entraba el mortífero virus, como es el caso de muchos otros virus. Sólo quisiera hacer una breve recomendación lingüística a la Real Academia de La Lengua Española, o mejor conocida como RAE. Cambiar el nombre a cubrenariz y boca o cubrenaboca… lo que se les ocurra pero que incluya nuestras dos preciadas herramientas de la cara, y así mucha gente entendería mejor el procedimiento de colocación del odioso pero necesario pedazo de tela. Con ésto concluyo este negro y manoseado capítulo de la historia contemporánea de México.

Y por si fuera poco, ayer después de ver todo color gris, o mejor dicho negro azabache, terminé en medio de un «siniestro automovilístico» como le llaman las compañias aseguradoras a los choques de automóviles, sólo eso me faltaba. Gevry-Chambertin
En la noche decidí descorchar una botellita de Borgoña, pero los quesos, el jamón y el vino no estaban muy disfrutables que digamos. Y es que los quesos lo único de fresco que tenían era la temperatura del refrigerador de donde los saqué. El jamón parecía de plástico y el vino, pues el vino le faltaba vidrio. Louis Jadot es de mis preferidos y al ver en la etiqueta: Gevrey-Chambertin, Lavaux Saint-Jacques, apuesta segura. De lo que no me percaté, o no quise hacerlo, fue de la añada. Dos mil dos. Un infanticidio. El vino tenía un fondo frutal, a flor de piel sin ninguna otra capa aromática, acostumbrado al tabaco rubio curado, a los aromas térreos de trufa, tierra mojada de algunos borgoñas que le dan los años. Éste se mostró bastante callado, pero algo más preocupante fue su arista alcohólica que si bien tenía sus 13,5 grados, generalmente están muy bien integrados. El tiempo remediará esta situación, aunque por desgracia era la única botella que guardaba.

Peter Gabriel… ¿Por qué no?

Los dichosos sulfitos

Publicado: 19 abril, 2009 en Reflexiones, Vino
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El dolor de cabeza después de beber vino, es más común de lo que suponemos. Se ha dicho hasta el hartazgo que la causa principal son los sulfitos. Poniendo en duda esta teoría, me di a la tarea de buscar las diferentes causas. En primer lugar es necesario partir del hecho de que cada organismo es singular, por lo tanto reacciona de diferentes formas a los estímulos. Hay personas más sensibles a los sulfitos que otras. Existen causas vasculares que desafortunadamente son hereditarias. Pero aun cuando los norteamericanos lo advierten de manera evidente en cada una de sus etiquetas, (por ley). Los sulfitos han estado presentes en la industria vitivinícola por más de 2000 años, como «conservadores» del vino, esto es para que no se echen a perder antes de tiempo. De otra forma los vinos se convertirían en vinagre mucho antes de poder deleitarnos con el resultado de su lenta evolución.
Conozco gente que inevitablemente debe ingerir dos analgésicos antes de probar una gota de vino, ya que de otra forma no sólo aparecen los dolores de cabeza sino una fuerte migraña, que los deja fuera de combate por varias horas.
En lo personal mis esporádicos dolores de cabeza vienen acompañados con algunos síntomas de deshidratación. Esta regla se cumple cada vez que bebo vino y poca agua. Sin pretender imponer mis reglas, debo decir que mi dosis ideal es una copa de vino por dos vasos de agua, así reduzco de manera drástica la posibilidad de tal efecto. Así que lo pongo como una hipótesis en la mesa de debate y no como un dogma, quizás alguien tiene por ahí una historia diferente que contar.