Archivos de la categoría ‘Vino’

Una de las características que se buscan en una bodega además de la temperatura, es definitivamente la humedad. Después de varios años de gozar de una humedad relativa del 80% en mi bodega, empezó a bajar drásticamente hasta por debajo del 50%. Fue entonces cuando metí gravilla y dejé que el tubo de desagüe del equipo de refrigeración se desparramara sobre el piso. Asunto arreglado. Aunque fueron momentos donde vi amenazados los corchos de mis botellas. Nadie puede dudar que la humedad es indispensable en una cava, y que por otro lado ésta también puede deteriorar las etiquetas de las botellas. Aclarado este punto, les puedo contar lo que sigue.
Visitando una de las tiendas de vino que acostumbro, me han llamado la atención dos cajas de madera con varios vinos en descuento. ¡El 15%!, razón: las etiquetas en mal estado. No sé si sea lo habitual, aunque confieso que es la primera vez que veo descuentos por este motivo. Tampoco puedo decir que un 15% sea una gran oferta.

Canasta de descuentos…

Es una oferta tentadora que para mi no hace sentido. Un vino guardado en una bodega con la humedad necesaria para su correcta evolución, entre 70 y 85%, sumado el paso del tiempo, siempre tendrán cierto deterioro las etiquetas, sobre todo si se trata de añadas viejas guardadas por años. Pero lejos de ser una razón para pensar que el vino pudiera ser vinagre, o comenzar a tener acético, me parece que puede ser todo lo contrario. Siguiendo el juicio erróneo de lo nuevo, impecable y reluciente, las etiquetas pueden dar una mala impresión.
No es común comprar cosas sucias, rotas o en mal estado, pero definitivamente no creo que sea el criterio para no comprar vino. Por lo pronto le había echado el ojo a un La Mission Haut Brion 1995 que con descuento llegaba a: $2,554.25, algo así como $200.00 verdes. Un precio que resulta atractivo hasta en los mercados más competitivos, como EE.UU.

¿Pero qué hay de esta añada? Michael Broadbent anota en su libro Vintage Wine ,sobre el Haut Brion 95, que es lo más cercano a esta botella, aunque los «segundos cultivos» resultan mejores que los premier cru en muchas ocasiones.

«harmonious very dry finish (…) nice texture and weight (13%) elegant». En general Broadbent califica la añada en Burdeos con 4 estrellas de cinco. Very good…

Algo que no probaré hasta dentro de un par de años. Debo decir que su nivel me sorprendió: arriba del hombro, eso fue lo que me hizo finalmente animarme a comprarla, con todo y la deteriorada etiqueta.

Leer lo que me gusta, o leer lo que más me hace falta. He ahí el dilema. Dilema que se complica pasados los cuarenta y cinco. La vida fácil gozando una buena copa de vino, una palmada de mis amigos en la espalda, su mirada atenta cuando se me ocurre abrir la boca para hablar de vino, me hacen divagar entre lo ordinario y lo extraordinario, lo real y lo fantástico. Una de las frases más ilustrativas sobre el conocimiento humano en la historia, es aquella que pronunció Sócrates, hace más de dos mil quinientos años; «Yo sólo sé que no sé nada». Hoy, en un mundo donde la información corre a velocidades inimaginables, el pensamiento fluye pero de manera incongruente la gente está cada vez más confundida. Información información y saturación. La dependencia de la gente por internet y no por los libros puede darnos la pauta, o por lo menos alguna pista. Lo leí en internet… Mucha gente da por un hecho la veracidad de todo lo publicado en el ciberespacio.

Después del primer cedazo y focalizando el tema en los vinos, me encuentro con una maraña de información difícil de tragar, no digamos de digerir. El tema: Italia. Un país donde la vid crece en cualquier rincón, en la parte peninsular y en las islas, en las montañas, en la ribera de los ríos y lagos. Veinte DOCG (Denominazione di Origine Controllata e Garantita), más de 300 DOC (Denominazione di Origine Controllata) que sólo representan el 20% de la producción total de vinos, otras tantas IGT (Indicazione Geografia Tipica) y un vasto mundo de vinos de Tavola (VdT). Más de 350 variedades autóctonas. Cualquier mente terrenal sensata queda rendida ante este bombardeo de información.

De todos los países europeos, Italia es quizá de los pocos que no he dedicado el tiempo suficiente; ni para catar ni para estudiar. Pero no todo es mea culpa. La cantidad de vinos italianos que se importan a México es francamente escasa. Si a esto sumamos los «Super Toscanos» la cosa empeora. Estos vinos tienen poco que ver con Italia, vinificados con cabernet sauvignon, merlot, uvas de fuera, junto con la local sangiovese. Son una muestra de vinos internacionales hechos a la medida de mr. Parker y dirigidos siniestramente por mr. M. Rolland.

Pasados esos momentos de turbulencia mental cognitiva sobre Italia y sus vinos, invitamos mi esposa y yo, a una tía muy querida a un restaurante de cortes argentinos, con motivo de su aniversario. Pero parece que el fantasma de los vinos italianos no me deja de atormentar, así que preferí dejarme llevar por la corriente. Al abrir la carta de vinos, me encuentro con vinos por arriba de 40 dólares, casi todos ellos. La Ladra, azienda agrícola Piemonte, (más abajo) Malbec, Barbera de Asti, su precio; $550.00. Información confusa, seleccionada por alguien que seguramente fue encomendado a hacer la carta de manera obligatoria. Por el placer de seguir descubriendo Italia pedí este vino. Al momento de mostrármelo me percaté que era 2004, que el Piamonte era la región, pero que Barbera de Asti era la DOC. Así que quedaría de la siguiente manera: La Ladra 2004, Barbera D´Asti Superiore, Tenute Dei Vallarino. Lo de Malbec, fue un pequeñísimo error, según apuntaba el sumiller. Pero le gustó lo de de «azienda agrícola», sin saber que era la bodega. Poco que decir para quien confecciona la carta escribiendo en la sección de vinos españoles: «Rivera del Duero».

Después de unos minutos llegó a la mesa un vino que olía a humo en un principio, después mucha fruta negra en sazón y capuccino. Boca frutal de excelente acidez, pero que con el tiempo se rompe esa sana tensión de su frágil equilibrio, y aparecen pasificados, granos de café con alguna arista de alcohol. La verdad es que es un vino que si se cuida la temperatura es bastante bebible y hasta disfrutable. Hoy he aprendido algo más… levanto mi copa…¡Arriba Italia!, ¡Saaalud!

Duetto 1999

Hace unos días, con motivo del primer aniversario de este blog, descorché una de las pocas botellas que me quedan de Duetto 1999. Cuando tenía pleno derecho a llamarse Duetto, refrendando aquel maravilloso 97. Sorprende su juventud, con mucho polvo en la etiqueta, polvo del que estoy muy orgulloso ya que es testigo de la esmerada guarda de este gran vino mexicano. Que para muchos amigos no es ninguna sorpresa que sea mi preferido, por mis múltiples comentarios en verema.com. Esta botella muestra signos inequívocos de juventud, aunque también reconozco que ya se puede disfrutar. Al quedar dos botellas más en la cava, podré seguir su evolución. Cómo olvidar aquella gloriosa botella de Duetto 1997, que Valente, el Doc., descorchó cuando lo visité en Tijuana.

Luigi Bosca, recuerdo esta bodega en general y su delicioso chardonnay en particular. He probado y guardado muchas botellas. Un vino que disfruté en varias ocasiones y que compartí en mi mesa y en otras con muchos buenos amigos. ¿Pero después qué pasó…? Es la pregunta que ha quedado en el aire y que se repite en mi cabeza. Después de probar la añada 2000 y uno que otro 99, encuentro cambios significativos y no muy de mi agrado. Para la mayoría, el aumento de 0.5° de alcohol no es nada, pero para mi paladar ha sido determinante, mi memoria olfativa no es muy prodigiosa pero al final mis recuerdos no me remiten a aquellos vinos que tanto disfrutaba, con su propio carácter a precios comedidos.

PX Fernando de Castilla

Es domingo, un fin de semana largo por el puente, así que bajé a la cava a buscar un blanquito. Curiosamente era el único Luigi Bosca que quedaba. Chardonnay 2004. La curiosidad me venció y me lo he bebido con mi esposa y demás miembros familiares. Dorado, espeso con aromas tropicales a piña cristalizada al principio, paja mojada y notas anisadas. En boca es amplio, y el aire lo hace más agradable que en un principio, debo reconocer que sus 14 grados de alcohol podrían notarse mucho más en esta tarde de primavera, aunque su entrada todavía no es oficial.
Café y de postre un PX Fernando de Castilla: Higo, licor de café y menos notas de caucho que en otros PX. Me parece que es una buena opción para quienes vivimos en México y no contamos con el exquisito y económico PX de Alvear.

Uno de tantos ritos en el servicio del vino es el del sumiller entregando el corcho al comensal encargado de dar el visto bueno al vino elegido. Lo llevará directo a su nariz para comprobar que el vino no tenga defectos. Curiosamente muchos de los mejores vinos que he tenido el placer de disfrutar, al principio muestran aromas de reducción no muy agradables para los sentidos, sobre todo en añadas viejas. En cambio hay otros que el olor del corcho apenas denota el mal estado del vino.
Los cánones de la «etiqueta» dictan que sólo se huele, aunque algunas personas prefieren mordisquearlo. Cuando el sumiller vierte esa pequeña cantidad de vino en la copa, la gran mayoría lo prueba sin saber que muchos de los defectos se pueden percibir con el olfato. Aunque siendo una costumbre tan arraigada, tampoco está demás sorber un poco para sentir la temperatura y comprobar si hay o no algún defecto previamente percibido por el olfato.

Regresando al corcho. ¿A qué huele el corcho? o ¿A qué debería oler el corcho?.
Me parece que hay una gran confusión a la hora de dar el visto bueno al vino en los restaurantes. Un corcho en buen estado huele a vino, un vino defectuoso puede oler a muchas cosas desagradables. Pero definitivamente no se trata de que el vino sea como lo haya imaginado el cliente. Hace un par de años asistí a una comida con un amigo, éramos varios comensales, de repente uno de ellos rechazó la botella al sumiller. Éste, sin poner en ningún momento en tela de juicio la opinión del cliente retiró la botella y trajo otra. Me llamó poderosamente la atención que fuera otra marca distinta a la primera. Al final de la comida le pregunté por qué había devuelto la botella, contestando con un aire muy académico: no era lo que esperaba de ese vino…¿No era lo que esperabas? ¿Alguna vez lo habías probado? No. Pueden imaginar la cara que puse.
Existen varios motivos para rechazar una botella, pero no esta última, al menos que el cliente tenga fundadas sospechas de que le estén dando gato por liebre, pero para esto debe haber descorchado un buen número de botellas de la misma marca y añada en distintas circunstancias.

La seudo cultura del consumidor no encaja con los parámetros de servicio moderno. Tampoco es deseable que cada vez que visitemos un restaurante, tengamos que resistir un aburrido discurso de 15 minutos del sumiller. Existe un gran problema de comunicación entre el sumiller y el cliente. He podido observar que el comensal no le da su lugar al sumiller, ni el sumiller al cliente. Esta relación debe cambiar si queremos gente más profesional en el servicio del vino. Hay quienes quieren saber más sobre el tema, si es así adelante, que el sumiller se explaye y platique: Si sólo se trata de pedir una sugerencia, entonces que se limite a ofrecer un vino acorde al gusto, maridaje y bolsillo del cliente. Aquí es donde entra la psicología, materia que deberían agregar al currículum de todos los sumilleres.

Haciendo varios cambios en el metro, llegamos a la estación de Tottenham Court Road, para visitar El Museo Británico. Uno de los grandes museos de Europa, con 250 años de historia. Nunca he estado más de dos horas en un museo, ya que al final se recorren los pasillos sin prestar mucha atención, debido a la saturación de los sentidos. No es recomendable. Así que tuvimos que escoger las salas de nuestro interés: Grecia, Roma, Egipto, los sumerios y un vistazo a México. Este museo tiene una de las colecciones más grandes de arte helénico, con frisos del Partenón, templo dedicado a Atenéa a mediados del siglo V aC. Sus arquitectos: Ictinos, Calícrates y el famoso escultor Fidias. Extensas colecciones que merecen la pena más de una visita. Además de su deslumbrante y gigantesco vestíbulo repleto de luz que da la bienvenida.

Fuagrás de Pato

Después de la interesante visita al museo recorrimos a pie nuestro camino de regreso, haciendo una escala en el restaurante Bloomsbury St. Sobrio, refinado y excelente atención, nada común en Europa. Empecé con un paté de hígado de pato: presentación impecable, excelente textura y mejor sabor, seguido de un fresco salmón, a las brasas, rociado con un sancerre, aunque no he anotado nada más. Floral y sutil. Un refrescante y gratificante blanco. Al estar enfocando mi lente al plato de fuagrás para tomar una foto, se acercó preocupada la mesera ya que una de las rebanas de pan tostado estaba en posición horizontal, así que me sugirió que tomará otra foto con el pan en posición vertical. A esto le llamó celo y esmero al trabajo. Aunque no pude evitar dibujar una sonrisa en mi rostro.
Para ayudar a la digestión, nos dirigimos a la estación del Puente de Londres y recorriendo unas cuadras llegamos cerca del famoso Puente de La Torre. Estando muy próximas dos de las tiendas que me había recomendado Mr. Crimmin, el sumiller del Gaucho, aproveché y corrí a buscarlas mientras mi esposa y mi hija se quedaban charlando en un moderno café por la zona. Metida en un callejón medieval a un lado de King William Street, llegué a Bedales, una tienda pequeña donde se degusta y se compra vino, con algunas mesas dispuestas en la entrada y botelleros al fondo así como alrededor del pequeño local. En esa tarde tenían un acontecimiento privado por lo que no pude probar nada. Me imagino que el dueño es el mismo hombre que me atendió ese día. En realidad no es una tienda con un gran surtido, sobre todo tomando en cuenta mis expectativas, así que con el pretexto de que mi mujer me estaba buscando, salí rumbo a la segunda tienda, que se encuentra justo unas cuadras más adelante.

Interior de Vinopolis

Vinopolis moderna y muy grande, con un enorme wine bar al frente. Mucha luz, mucho espacio, pero poco surtido. Es sin duda una de las tiendas más grandes y al mismo tiempo menos surtidas que he conocido. Por lo menos en lo que respecta a los vinos que están en los anaqueles, ya que había varias personas tomando pedidos en otra habitación, así como el acostumbrado privado para el whisky. Un poco decepcionado y cabizbajo regresé caminando a marcha lenta a tomar un café con la familia. Quedaba sólo la mañana del día siguiente, así que tenía que jugarme la última carta.
Antes de abordar el metro de regreso al hotel, pasamos a beber una copa en Davy´s, un Pub desbordante de gente, gracias a una amable mesera pudimos pasar al comedor, ya que todas las mesas del bar estaban ocupadas. St. Ceran, Blanc de blancs brut para mi mujer, y un Broully Les Thibaults 2008. El primero de burbuja fina y con una buena dosis de azúcar residual para ser brut, mi esposa lo calificó como «acervezado», quizá por la levadura tan presente. El broully, bastante primario, más bien parecía un beaujolais común y corriente.

Berry Bros. & Rudd

Sin tiempo que perder, al otro día salí del hotel pasadas las ocho de la mañana rumbo a la estación de Green Park. Después de un café y un pan dulce, salí para volver a entrar a otra cafetería en otro de tantos callejones. Tenía que hacer tiempo hasta las diez, tiempo para otro cafecito de casi 2 £. La calle era fría y húmeda, con una molesta y típica llovizna londinense que empapaba mi chamarra, el paraguas lo había olvidado en el hotel. A las 10:05 salí de la cafetería para buscar la tienda. En contra esquina encontré Justerini & Brooks, crucé la calle de St James, y sacudiéndome las gotas de agua de las mangas, entré. Recibido en el vestíbulo por una refinada dama, cabello castaño, de aspecto intelectual, con una diadema; de esos aparatejos que llevan audífonos y micrófono integrado. Sentada frente a un monitor me dio la bienvenida, he inmediatamente me dijo que la venta de vinos era por caja. Después de un momento de silencio y al ver mi cara de sorpresa, replicó que unos metros más abajo se encontraba Berry Bros. & Rudd, tienda donde podía conseguir vinos por botella. Berry Bros & Rudd, era precisamente la tienda que estaba buscando, así que sin perder tiempo me despedí, no sin antes agradecerle la información. De camino me encontré tiendas muy interesantes: Lobb, de reparación de calzado, Truefitt & Hill tienda de brochas, espejos y otras monadas para afeitarse y para el baño, no podía faltar una tienda de puros y pipas, Davidoff. Se pueden apreciar sobre esta famosa calle algunas fachadas con influencia georgiana. Berry Bros. & Rudd es una tienda aún más antigua que el Museo Británico, con más de 300 años de vida, que se respiran en sus viejos pisos de madera además de algunos utensilios y botellas viejas, dignos de la colección de un museo. Al principio me recibió una elegante y espigada señorita, que al soltarle una avalancha de preguntas, como; ¿Qué champán artesanal me recomendaba…?, salió de la sala donde me encontraba buscando algunos vinos. En su lugar llegó Mathew Forster y comenzó una charla de varios minutos. Una de las cosas que me llamó más la atención, fue cuando me dijo que los Madeira podían abrirse, y tomarse varios días y hasta meses después sin ninguna repercusión negativa en el gusto.
Le pedí que me recomendara tres borgoñas tintos de alrededor de 35 £, y con otros tres blanquitos de otras regiones, completé mi cuota, cuota para poder manejar una cajita no muy grande ni pesada, ya que el camino era largo y el metro no es el mejor lugar para ir muy cargado.

Así dejamos el Támesis atrás para estar todavía un par de días en Dublin, junto al Liffey. En la última cena del viaje, en Chesterfield pedí media botella de Fleurie Poncereau 2007 de un viejo conocido de Louis Jadot. Frutal y térreo a la vez. Maridó muy bien con unos rollitos crujientes de pato estilo oriental, y una fresca y deliciosa ensalada. Confirmé lo antes dicho; Chesterfield, tiene muy buena cocina.

Rollos de pato y Poncereau 2007

Tutton´s en Covent Garden

Hacía dos décadas que no visitaba Londres. Ese aire medieval de sus callejones, sus melancólicas vistas al Támesis y la elegancia de sus puentes y su parlamento, junto con su torre, el famoso Big Ben, la hacen de mis ciudades favoritas. El Ojo de Londres es una nueva atracción, por lo menos para mí, ya que se abrió al público nueve años después de mi última visita. Por esta ocasión no he podido subir, no ha sido la acrofobia lo que lo ha impedido, sino la mala costumbre de ir posponiendo las visitas hasta que es demasiado tarde. Londres goza de una vasta reputación en las artes, el conocimiento, la historia, tierra de anticuarios y de piratas convertidos en Sir, con un comercio intenso de vino que se remonta a varios siglos atrás. Como en casi todas las grandes metrópolis su transporte público también merece un reconocimiento, sin su eficiente metro me hubiera sido imposible hacer la mitad de las actividades que realicé. Desde la ventana de nuestra habitación podía ver la única pista del pequeño aeropuerto de «The London Airport». Del hotel a la estación de Royal Albert había un buen trecho de alrededor de un kilómetro, recorrido que se haría agradable en el mes de septiembre, pero no en febrero a menos de 0°C. Mil metros que se hacen una eternidad. Desde allí se puede ir a todas partes haciendo los cambios de estación necesarios.

Nuestra última parada fue Westminster, impresionante salir de la estación del metro para encontrarse con el Big Ben, que parece un gigante vigilando el nublado horizonte londinense. Cruzando el puente de Westminster, maniobra poco complicada con la cantidad de turistas cámara en mano sacando fotos hasta del piso de las aceras, comenzó a caer una ligera lluvia de aguanieve, para quien vive cerca del Ecuador era fácil imaginar que estaba nevando.
Después de echar un vistazo al Ojo de Londres y pasar frente al lujoso Marriot, tomamos un Leyland, que hoy en día cuenta con toda la tecnología, nada que ver con los antiguos taxis de la misma marca de los autobuses de doble piso y de la ciudad donde se construyen. Le pedimos al taxista que nos llevara a Covent Garden, a unas cuadras de allí, que de no haber sido por el frío y la lluvia hubiera resultado una sana y amena caminata de 25 minutos. El hambre apretaba, así que nos metimos al primer restaurante que encontramos, que por cierto abundan en esa zona. Tutton´s Brasserie es un lugar bullicioso, pero agradable, con las mesas pegadas unas a otras, inhibiendo un poco la intimidad. Varios pizarrones informan sobre la comida y el vino vigentes. A lo lejos distinguí con letras grandes; «Cremant de Bourgogne Rose«, nada mejor para abrir boca. Sin añada, si es que la tuviera, y sin haber preguntado la marca…Una grata sorpresa, el mejor espumoso del viaje: seco, mineral, fresas silvestres, de color salmón y buena burbuja. Siguiendo con el vino por copeo, pedí un Ca di Ponti, Nero de Avola 2008, planito, austero y más corto que un suspiro. Al comentarle al mesero mi fallida experiencia con el Ca di Ponti, le pedí un Valmoissime 2008, (pinot noir), pero me advirtió que éste sería aún más diluido. Sin darle mayor importancia a su comentario lo pedí. Un vino del montón con una arista alcohólica digna de un shyraz australiano. La materia prima de primera, pedí unas chuletas de cordero muy sabrosas; en su punto. De postre un Quinta Do Noval LVB, que de no haber sido por el color terracota, afirmaría que fue un vulgar rubí. Ahora aplaudo la costumbre en España, cuando el camarero trae a la mesa la botella para servir la copa frente al cliente.

Hay días malos y otros peores, esto en relación a la pertinaz lluvia que no cesó hasta la noche, pero que tampoco impidió que saliéramos del hotel con nuestros paraguas, guantes y gorros. Tomando en la estación de Victoria el Tour por la ciudad, teniendo la flexibilidad de bajar en los sitios de nuestra preferencia, bajamos en Picadilly. Después de que mi esposa hiciera unas compras en la tienda de National Geographic, nos dirigimos a comer a un lugar que nos había recomendado una atenta vendedora de origen sudamericano, no sin antes advertirme que era un lugar caro. Pero nos pico la curiosidad y entramos.

 Asador del Gaucho

Gaucho está en uno de los callejones que salen a Picadilly. De aspecto sobrio, recibidos por una elegante señorita encargada del guardarropa, y acompañados a nuestra mesa por otra no menos guapa británica. Ya me hacía sospechar que tendría que empeñar un riñón. Aunque al final no fue así. A un lado del asador, podíamos ver la preparación de los diferentes cortes, las paredes estaban tapizadas con pieles de ganado vacuno, al más puro estilo peluche… mis compatriotas entenderán la descripción. Lo primero que revisé fue la lista de vinos: ¡Argentinos!…¡t-o-d-o-s!. Yes sir… En un par de minutos llegó un amable sumiller, Jake Crimmin, cuyo atuendo distaba mucho del peto de cuero, el catavinos y las medallas. Con un sobrio traje y corbata me hizo varias recomendaciones. Porque no me trae un vinito artesanal, de esos que se venden por cientos y no miles de cajas, amablemente me dio a probar dos copas, pero ninguna me gusto. Con el dedo señalé un Ópalo 2007, malbec de Mauricio Lorca.

Picadilly Street

Al seguir conversando sobre el supuesto vino de baja producción, salió a relucir este blog. Con una sonrisa de complicidad me dio su tarjeta y me dijo que el también escribía en el propio: Diary of a sommelier. Recordando el poco éxito para encontrar tiendas de vino hasta el momento, le pedí que me diera una lista de ellas. De las cinco referencias, conocí tres, más una extra que no estaba en la lista, pero lo dejaré para la siguiente entrega. Como última petición, le solicité algún Oporto para el final, Port ?… Try Malamado 2005, is a port style. Acto seguido desapareció y no volvió a la mesa. Cuando pregunté por él para agradecer sus atenciones me dijeron que se había retirado. La carne, como era de suponerse estaba exquisita. Yo me decanté por unas costillas de carnero, con la cocción perfecta así como los condimentos más básicos, grasa en su más sublime expresión, al lado un buen plato de tomates frescos multicolores, rebanados y bañados en aceite de oliva extra virgen con sal gruesa. El malbec, me pareció correcto; flores secas, chocolate amargo, jugoso, aunque a buena temperatura dejaba ver su alta graduación alcohólica (14%). El Malamado, «port style» puro jarabe para la tos, una caricatura de oporto, una mala caricatura. (continuará)

Clos Du Bourg, demi sec 1996

Después del reencuentro en este año con mis «pupilos» del diplomado para sumiller, que por cierto resultó una sesión muy intensa sobre ese bello y estrecho país vitivinícola europeo, lusitano.
Estando en ayunas, y después de dos litros de agua, salí hambriento a casa. Así que llegando bajé a la bodega, como estaba de blancos saqué un Clos Du Bourg, demi sec 1996, de la legendaria familia Huet. Aquel afortunado productor francés sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial.
Lo segundo era escoger un buen lugar donde disfrutarlo y comer en compañía de la familia. El acostumbrado, desde hace poco. Buena materia prima, concepto innovador pero con políticas inconsistentes. La última vez advertí al mesero que no había cargado a la cuenta el descorche de un bonito Alion 2005. Amablemente contestó que no se trataba de un olvido, sino que no lo cobraba por tratarse de un cliente asiduo. Me parece que se confundió de cliente, con alguien muy parecido a mi persona, ya que yo no visito con tanta frecuencia ese lugar. Bueno, todo dependerá de cómo califiquemos a los clientes asiduos. El caso es que hoy no hubo descorche gratis. Y yo que les había ahorrado la maniobra de la cubitera con agua y hielo, de haberlo sabido…
Siguiendo con ese estupendo Vovray, una vez abierto despide aromas intensos a miel, cera de abeja, barro, fruta amarilla madura así como un toque floral muy fresco. Una maravilla. Y qué decir en boca; un grado menos que abocado, seductor, redondo, muy integrado, poco visto en muchos chenin blanc de poca estirpe. En esto sí me confieso clasista. Catorce años, donde apenas deja asomar su grandeza. Un vinazo; redondo, estructurado y delicioso, como pocos. Muy pocos.

Ésta parece ser la última entrada en algunos días, ya que la semana que entra viajo nada menos que al mercado de vinos más grande del Mundo. Sí, voy a Londres y tengo planeado visitar algunas tiendas de vino, restaurantes y uno que otro wine bar. Sé que habrá mucho material fresco para los dos amables y generosos lectores de este blog. Todo esto no hubiera sido posible sino gracias a la inmensa generosidad de mi cuñada, que al haber acumulado tantas millas y haberlas puesto a mi disposición, puedo realizar este viaje con mi esposa. Ella bien sabe lo mucho que aprecio este gesto. M-I-L gracias. Y a todos, un hasta pronto.

A la luz de una vela…

Siguiendo por la Borgoña está el vecino al sur de Pommard: Volnay. Los viñedos de este pueblo son en su mayoría Premier Cru, entre ellos Clos des Chénes. En Volnay reside Montille, aquel viejo productor entrevistado en Mondovino, amante del terroir.
Les comentaba en la entrada anterior que la mayoría de Borgoñas en mi bodega son Louis Jadot. La escasez en número y el aburrimiento en cuanto a la diversidad ya me están preocupando, necesito renovar mi inventario con nuevos productores. Anoche bajé a la cava y después de cierta incertidumbre entre Burdeos y Borgoña, volvió a ganar Borgoña, esta vez escogí Clos Des Chénes 2002. Ya que se trataba de agasajar a mi cuñada en su cumpleaños con una buena cena en el restaurante de su elección y un buen vino escogido por un servidor.
A sus ocho años es un vino redondo, bien integrada la fruta con el alcohol y el tanino. Aromas intensos que forman una amalgama muy interesante de frutillos del bosque con tabaco rubio y notas térreas. En boca es suave como la seda, pero con buen nervio, de excelente acidez y de final eterno, un vino donde se empiezan a asomar notas de caza, jamón serrano y ahumados. En tres palabras: juvenil, complejo y sedoso. Traté de echar un vistazo a la opinión de mr. Michael Broadbent, pero en su libro Michael Broadbent´s Vintage Wine, sólo aparecen referencias hasta el año 2000. Aunque está escrita una nota muy interesante bajo el título de: 2000 and after, donde juega al profeta cuando dice: «But on the face of things burgundy is continuing to go through a succesful period, both in terms of the market and of the vintage. I detect healthy attitudes in the producers and the trade (…) Una predicción bastante optimista, que viene de una de las voces más autorizadas, aunque muchos se empeñen en desacreditarlo después del escándalo de las botellas falsas de Thomas Jefferson. Yo, como aquel dicho: «Una golondrina no hace verano» sería injusto que por un error echara a tierra su larga y fecunda carrera, así que seguiré atento a todo lo que escriba. ¡Ojalá! no se equivoque y que Borgoña siga dando cosas interesantes, sabrosas y que lo dejen a uno tan satisfecho, como ese Clos des Chénes.

Louis Jadot, Pommard 1997

No tengo ningún empacho en confesarles que mis vinos preferidos son los borgoñas tintos y que Louis Jadot es de lo que más consumo. Su distribución llega hasta México, sobre todo lo básico, y uno que otro grand cru y premier cru a precios muy altos. La mayoría de lo que guardo en mi cava fue comprado en el vecino país del norte.

Hace poco menos de tres años metí a la bodega media caja de Pommard, de este «negociante» añada 97. Pommard tiene alrededor de 300 Ha de viñedos y es considerado por mucha gente como el más «masculino» de los Borgoñas, siendo un vino tánico en su juventud, tánico como pocas veces se conoce la pinot noir. En un principio descorché un par de botellas con mis amigos y fue de su total agrado, me atrevería a decir que les encantó. Mi impresión fue amor a primera copa… Una botellita de Pommard «genérico» algo había dentro de esa botella, aunque también reconozco que se trataba de una noche especial de nuestro grupo de cata, ya que festejábamos cien catas… Cien reuniones y muchos, muchos recuerdos. Han pasado ya algunos años desde que están acostadas, las pocas que pensé que había aún guardadas. Sabía que no podía esperar mucho tiempo más. No podía pedirle lo mismo que un Rugiens o un Clos des Epenots… viñedos específicos que hacen lo mejor de Pommard, pero que también elevan su precio de manera drástica. Pensé que podía esperar más de lo que me había planteado en un principio.

Hace unos días saqué de la cava lo que parece que fue la última botella. Y si bien es cierto que no está en su plenitud, lo he disfrutado mucho. Sin dejarme arrastrar por los comentarios poco halagadores de mi esposa, que dicho sea influyen en mi percepción, ya que cuenta con un mejor olfato. Sin embargo pienso que ella se dejó influir por algún comentario que hice al principio sobre la «dudosa longevidad» de este Pommard después de trece años. Por aquellos parámetros convencionales de la región y la añada. Después de los hechos me parece que 97 lejos de ser una mala añada en Pommard, ha dado buenos vinos, que se pueden beber después de diez años. Michael Broadbent no cita la región en particular ese año, pero sí menciona que: fuera de un frío y lluvioso mes de julio, hubo condiciones favorables para que se desarrollara la fruta (…) septiembre fue caluroso. Dando una producción menor que en 96, pero de muy buena calidad.

¡Qué suerte…! encontré esta botella en la cocina

Sin duda hay ocasiones que es mejor pedir cerveza o limonada a pedir vino. A continuación enumero las razones por las que me niego a pedir vino… ¡Vamos! aunque fuera gratis.

1.- Cuando no existe carta de vinos y el camarero murmura: déjeme ver… Creo que tenemos una botellita por allí guardada.

2.- Cuando el salón principal está a más de 25°C y no tienen un lugar medianamente adecuado donde guardar el vino.

3.- Donde el vino está considerado como artículo de lujo y no como complemento de una buena comida. Así hablan los precios $$$

4.- Cuando el maridaje es imposible. Algunos restaurantes de comida mexicana con especialidad en platillos veracruzanos o yucatecos, condimentados y muy picosos… Mejor una cervecita bien fría.

5.- Cuando el ambiente, cristalería o las circunstancias anímicas no encajen con el vino. Lugares y también estados de ánimo donde el principal objetivo es saciar el hambre.