Archivos para febrero, 2026

Ayer fue una de esas noches en las que mis sentidos estaban más adormecidos que lo de costumbre. Al principio pensé que había sido la saturación de perfume de uno de los presentes, pero creo que ya lo mío es crónico. Con todo, hice un esfuerzo por poner todo de mi parte y descubrir algunas características organolépticas de los vinos que nos ocuparon.

Empezamos con un blanco de la bodega CVNE, que francamente no me había dado cuenta de que se trataba de una histórica bodega. Y digo histórica porque por estas tierras es de las compañías más socorridas, reconocidas y de las primeras en llegar a las mesas mexicanas. Se trata del Asúa 2022, cuya variedad de uva no apareció por ninguna parte, ni siquiera en la página web, o por lo menos un servidor no la encontró, ni con lupa. Aunque me parece que se trata de viura. Color amarillo verdoso, fluido y brillante. Huele a flores, melón y algo de fruta amarilla que no pude definir. Buen ataque, paso por boca y de final largo. Cítrico, buena acidez. Para media caja.

El primer tinto fue Las Tierras del Pego 2020. Se trata de un toro, con doce meses en barrica americana y de roble francés. Granate capa alta, huele a ciruela en sazón y una notita de pimienta negra. En boca es astringente y de acidez comedida. Para repetir.

Crudabendita de añada desconocida fue el segundo tinto. Seguro que este nombre no viene de lo que nosotros llamamos cruda, ya que en España sería resaca. La añada la tiene muy bien escondida, a veces me pregunto si los encargados del diseño de las etiquetas no se enteran de estas graves omisiones. La añada no es un dato que debiera pasarse por alto, al menos que sea de una mezcla de añadas o vinos de bajo perfil. Huele a moras y poco más. Bastante austero. De acidez baja, astringente, se nota una textura granulosa y tiene un final que arranca la lengua. Sus 14 grados los tiene bien integrados, de sus pocas cualidades. Un inmemorable con causa.

Faustino Rivero Ulecia 2019. Al parecer tiene un defecto que no se limpio con el aire, huele a cartón, posible TCA. Para estas alturas me guie de mis compañeros lazarillos. Al final olía a fósforo, de alcoholes altos. Habrá que darle otra oportunidad, pudo haber sido un mal manejo de la botella, o que ya venía desde la bodega con ese defecto.

Por último Marqués del Atrio 2018. Una mezcla de tempranillo y graciano, con 30 meses de crianza sin especificar el tipo de barrica. Granate capa media, huele a moras y humo, en boca tiene una arista de alcohol. Olvidable.

Madeira almacenada desde el 2001

Unas patatas con bacalao, guisadas un día antes, me hicieron bajar a la cava para buscar algún jerez seco. Me parece que van bien con el bacalao. Aunque caí en la cuenta de que no tenía nada, sólo dos botellas de Madeira. Escogí una sin saber los resultados en la copa. Hace tiempo que no pruebo un madeira, y no estoy muy familiarizado con estos portugueses.

Este vino empezó como un vino no fortificado. A finales del XVI, menos de 200 años después del descubrimiento de la isla, su producción de vino era ya importante. Sin embargo los primeros «madeiras» se deterioraban durante el viaje a su destino, misma razón que me hace sospechar de los vinos que supuestamente viajaban desde España al Nuevo Mundo. Para solucionar el problema en Madeira, comenzaron a añadir, muy probablemente, alcohol de caña para que sobrevivieran al viaje. Esta práctica de fortificar los vinos no fue común hasta bien entrado el siglo XVIII. Más tarde se dieron cuenta que mejoraban, según su paladar, cuando viajaban en las bodegas de los barcos, revolviéndose con el vaivén de las olas y sometiéndose a temperaturas no muy apropiadas para el vino. Vino da roda, en lugar de los vinos que no viajaban vinho canteiro los que se quedaban en la isla para su consumo. Los viajes por el trópico, proporcionaban esos efectos desconocidos, sin embargo era impráctico viajar al trópico para obtener el resultado. Hasta que se usaron estufas especiales dentro de los barcos para simular el viaje y obtener resultados similares. Los ingleses históricamente han demandado vinos fortificados, no sólo madeiras sino también jereces, pero los madeiras tienen esta historia que contarnos.

La entrada a la cava fue 14 de abril de 2001

Justino´s Madeira, bodega fundada en 1870. Tiene 3 años de crianza en roble, aunque los hay de 5 y de 10, algunos llevan la indicación: Extra Reserve, bastante raros, llegando a los 15 años de crianza. Este vino caoba, llevaba 25 años guardado, prueba de que me estoy haciendo viejo. Ayer lo descorché y me pareció que guarda un equilibrio que nunca me hubiera imaginado. Color caoba ribete amarillo ocre, un poco velado. En nariz presenta aromas muy marcados a caja de puros, canela, vainilla y frutos secos. En boca se confirman los frutos secos, caramelo de tofe, uvas pasa, orejones de manzana, alcohol muy bien integrado, acidez exquisita. Tiene un dejo dulce que no empalaga el paladar. Quizás sea una mala elección para las patatas con bacalao, necesitaba algo más seco y contundente, yodado, tal vez un fino. De todas formas disfrute de este vino, que se bebe a tragos pequeños, sin prisa.

Puedo advertir también que la bodega tiene una humedad que ayuda a la evolución lenta de los vinos, aunque las etiquetas y las corbatas sufran las consecuencias.

Cata 278

España de nueva cuenta, es imposible agotar la oferta de vinos que llegan a México, cada semana se pueden encontrar nuevas estiquetas.

Empezamos con un blanco de taparosca. Beronia Verdejo 2024. Bodega González Byass, un rueda fresco y vivaracho. Color amarillo pálido, brillante y fluido. Huele a sidra con un fondo herbáceo. en boca es mineral y largo, de buena acidez. Para media caja.

Jan Blanc 2022. Vinificado con macabeo, garnacha blanca y chardonnay. Un vino de color amarillo dorado, brillante, huele a durazno, pera y flores. En boca es calizo, frutal paso por boca ligero y final amargo. Para repetir quizás.

Dicho esto, Costers del Segre, denominación de origen de donde viene este vino. Una denominación que nació del empeño y tenacidad de Manuel Raventós en 1914, 15 km al oeste de Lérida. Parafraseando algunas líneas del excelente libro «Atlas de los vinos de España» de Hubrecht Duijter. Y es que Raventós adquirió 3,200 ha, más el castillo, prueba de su gran visión a futuro. Parte de la tierra sembró con cereales y árboles frutales, 200 ha donadas a la iglesia y al ejercito. Los primeros experimentos no tuvieron éxito, las variedades del Penedés no prosperaban. La familia Raventós siguió los consejos de los expertos norteamericanos y en 1975 plantó las primeras cepas originarias de Estados Unidos, la primera vendimia fue en 1978. Manuel Raventós construyó prácticamente el pueblo alrededor de los viñedos: iglesia, escuela, estación de ferrocarril. Actualmente viven 160 familias. Fruto de la tenacidad de un hombre empeñado en forjar los cimientos de esta denominación de origen.

Seguimos con un tinto riojano, Altos R 2022. 100% tempranillo. 14 grados de alcohol bien integrados. Granate capa alta. Al principio huele a lácteos, da paso después a fruta negra y una nota a fósforo. En boca es bastante redondo, todo en su sitio y de final amargo.

Navajas 2020. Huele a grosellas y lilas. En boca tiene notas acéticas, tanino muy limado. Habrá que probar con otra botella. Ésta puede ser que no le hayan dado buen trato.

Viña Tuelda 2020, el único ribera de la noche. Huele a ciruela negra, paso largo, aunque un poco austero, sin concesiones. Inolvidable con causa.

Sales de tartrato en el último vino. Además de una copa rota a la lista de incidentes menores.