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Por decreto, la sociedad vuelve a su aburrida rutina… fuera tapaboca. Los restaurantes, escuelas, estadios y cines ya abrieron sus puertas hace un par de semanas, pero hasta hace unos días se acabaron ciertas restricciones ridículas. Los capitalinos saben de lo que hablo: cines a su mínima capacidad con filas desocupadas, espacio de 2 metros entre mesa y mesa en restaurantes…Se acabó inclusive el vergonzoso bloqueo aéreo de algunos «países hermanos». La ignorancia es mucho peor que las epidemias. Hasta el momento han muerto menos de cien personas, bastante lamentable, pero nada exagerado si lo comparamos con los más de mil setecientos decesos debido a la influenza estacional, que nos pega cada invierno.
Observé durante la contingencia que mucha gente se tapaba sólo la boca… se habrán preguntado; pues no es así la cosa: tapa b-o-c-a. La «gripe española» que mató a más de 50 millones de cristianos, se agudizó debido a que la gente se tapaba la boca y dejaba la nariz fuera, que era por donde entraba el mortífero virus, como es el caso de muchos otros virus. Sólo quisiera hacer una breve recomendación lingüística a la Real Academia de La Lengua Española, o mejor conocida como RAE. Cambiar el nombre a cubrenariz y boca o cubrenaboca… lo que se les ocurra pero que incluya nuestras dos preciadas herramientas de la cara, y así mucha gente entendería mejor el procedimiento de colocación del odioso pero necesario pedazo de tela. Con ésto concluyo este negro y manoseado capítulo de la historia contemporánea de México.

Y por si fuera poco, ayer después de ver todo color gris, o mejor dicho negro azabache, terminé en medio de un «siniestro automovilístico» como le llaman las compañias aseguradoras a los choques de automóviles, sólo eso me faltaba. Gevry-Chambertin
En la noche decidí descorchar una botellita de Borgoña, pero los quesos, el jamón y el vino no estaban muy disfrutables que digamos. Y es que los quesos lo único de fresco que tenían era la temperatura del refrigerador de donde los saqué. El jamón parecía de plástico y el vino, pues el vino le faltaba vidrio. Louis Jadot es de mis preferidos y al ver en la etiqueta: Gevrey-Chambertin, Lavaux Saint-Jacques, apuesta segura. De lo que no me percaté, o no quise hacerlo, fue de la añada. Dos mil dos. Un infanticidio. El vino tenía un fondo frutal, a flor de piel sin ninguna otra capa aromática, acostumbrado al tabaco rubio curado, a los aromas térreos de trufa, tierra mojada de algunos borgoñas que le dan los años. Éste se mostró bastante callado, pero algo más preocupante fue su arista alcohólica que si bien tenía sus 13,5 grados, generalmente están muy bien integrados. El tiempo remediará esta situación, aunque por desgracia era la única botella que guardaba.

Peter Gabriel… ¿Por qué no?