De vuelta a los catalanes, específicamente del Priorato. Todos y cada uno de los cinco vinos de esta noche cuentan con sus 14,5 grados de alcohol, unos más integrados otros no tanto, pero francamente a ninguno se le notó en exceso. El primero fue un Garnacha Fosca Del Priorat 2018, de Proyecto Garnachas de España. Dicho proyecto da como resultado seis vinos de diferentes regiones, todos vinificados con garnacha tinta: La Rioja, Aragón, Del Valle del Ebro, El Pirineo y El Priorato, Proyecto encabezado por el enólogo Raúl Acha y un viñedo en Rioja propiedad de su familia. Probamos el de Priorato: Zarzamora , mejorana, tierra mojada con algunas notas de alcohol. En boca se nota la textura del tanino y un final amargo. Quizás necesite una decantación minutos previos antes del servicio. El segundo es de la famosa bodega de Álvaro Palacios, Camins del Priorat 2019. Un vino que deja ver su mineralidad, de tanino rugoso, de buena acidez, con notas de fruta roja madura. Otro que necesita más aire para limarlo un poco. Nos ha gustado aunque no sé por qué.
Perinet 2016. Con una mezcla de merlot, syrah, garnacha tinta y cariñena. 12 meses en acero inoxidable. Confieso que es la primera vez que sé de crianzas en acero inoxidable. Bien sabido son las fermentaciones en estos contenedores con temperatura controlada. Nariz intensa con notas mentoladas y especiadas, de entrada amplia y persiste hasta el final, aunque algo desbocado.
+7 2018 de bodegas Pinord. El primer golpe es de canela, con algo de fruta confitada. En boca es firme y de taninos presentes pero en mucho menos proporción que sus predecesores.
El quinto y último esta noche fue una decepción. Quizás por las altas expectativas que guardaba. Les Terrasses 2015 también de Álvaro Palacios. Vinificado en un pequeño porcentaje con uva blanca: el 1 %, aunque domina con un 55% la garnacha tinta. Un vinito plano, no me explico por qué, y de final amargo. No mucho más que decir, corto en nariz y en boca. Y seguiré buscando un Priorato evocador. Aunque llegué a la conclusión de que había que cambiar de copas, por unas de paredes más delgadas, sin borde aunque estas no lo tienen, y con una boca más amplia. Afortunadamente la oferta de este tipo de copas abunda en el mercado. Sé que pronto cambiaremos nuestras viejas copas, protagonistas de tantas batallas.
Elegancia y sutileza definen en dos palabras a este vino.
Hacia mucho tiempo que no visitaba Viña Gourmet, uno de mis restaurantes favoritos al sur de la Ciudad de México. Ayer fui con la familia y disfrutamos no sólo de la comida y el vino sino también de tantos y tan buenos recuerdos en este restaurante. La tienda parece haber mermado su selección de vinos, o por lo menos eso me pareció, y me refiero al número de etiquetas más que a la calidad. Me sorprendió cuando el dueño, un buen amigo, me comentó que la selección de vinos catalanes, entre ellos los más buscados por mi últimamente: prioratos, no había en los anaqueles ya que no figuraban entre los preferidos del público. México parece destacar en la selección, con vinos por arriba de los mil pesitos, alrededor de 50 dólares americanos. De entre la selecta colección a la venta, me recomendó un Montsant al no tener los otros catalanes. Esta denominación cuyo origen se remonta a 2001, siendo una denominación de origen muy joven, con aproximadamente 2000 ha. Confieso que al principio titubeé, pero al final mil trescientos pesos para un Montsant comprado en tienda de este lado del charco tampoco es un precio que no se pueda pagar, así que lo llevé directo a la mesa. Una de las ventajas de poder entrar a la tienda y descorchar el vino seleccionado sin cargo extra. Se trata de una producción limitada y numerada de 2,528, ésta es la 1415. Masroig 2016 100% Cariñena, esa uva de maduración lenta, muy popular al sur de Francia con el nombre de Carignane. En España hay poco más de 7000 ha sembradas principalmente al noreste. Siguiendo con el vino y en ese afán de búsqueda de aquellas sensaciones que me dio el Mas Agnes, descorchamos este Masroig 2016 que ya desde el principio no se trataba de la garnacha tinta, sino un monovarietal de Cariñena. Color rubí brillante y fluido. En nariz es una delicia, con mucha fruta negra de primera calidad, recuerdos de bosque bajo y una notita de trufa, algo muy agradable que puedo estar oliendo toda la tarde. En boca muestra elegancia y sutileza, una acidez exquisita, tanino presente sin el más leve signo de astringencia desbocada, todo en armonía, un vino que enamora, como para una cajita en la bodega para ir descubriendo la magia de la evolución, aunque en este momento está soberbio. Con una ensalada verde fresquiita bañada con mucho aceite de oliva y vinagre balsámico, y de segundo un centro de filete al horno con salsa al carbón con espárragos asados, maridó de maravilla. De postre pedí una copita de Moscato Árdo 2015, nombre extraño para un vino ligerito con buena acidez y muy recomendable como postre, sin entrar a bebidas más complejas como pudiera ser un Pedro Ximénez o un Oporto.
Por fin nos hemos reunido después de dos años de pandemia, aunque no ha acabado ni acabará por completo, es hora de volver y degustar lo que la naturaleza nos ha regalado con tanta generosidad y el hombre ha trasformado en vino. Me he quedado con la grata impresión de aquel Priorato que probé en Zúrich y que tantas remembranzas me ha traído de aquellas bellas tierras de Porrera y sus alrededores. Así que elegí seis vinos catalanes. Antes debo decir que hay situaciones verdaderamente cómicas: entré a una tienda de bastante prestigio, lo que antes eran ultramarinos, con un buen surtido de vinos. Pregunté a uno de los vendedores, que se encontraba en el pasillo, por los vinos catalanes. Muy amable me señaló un Ribera del Duero, al aclararle que esa no era la región que buscaba, tuvo a bien señalarme un Toro. El hombre no tenía idea de Cataluña, para él se trataba de en una adivinanza. Me vi en la necesidad de acomodarme los lentes y buscarla yo mismo. Dicho lo anterior les diré que empezamos con un espumoso de bienvenida, un Freixenet Cordón Negro para limpiar las papilas y celebrar el estar juntos de nuevo. Después un tinto Canals &Nubiola sin añada, o por lo menos no está indicada, tampoco la variedad ni la crianza. Corto de nariz, algo de fruta roja, unidimensional, final corto. No hay mucho que decir. Un inmemorable con causa. El segundo fue un Sangre de Toro «Original» 2019, conocido de sobra pero que extrañamente no lo he encontrado en el sitio de la bodega. D.O. Catalunya señalada en el Oxford Companion of Wine«Local Catalan name for the region of CATALUÑA and controvertial DO created in the early 21th century for blends of wines made from anywhere in the region. The big bottlers such as TORRES where the chief proponents and are the chief beneficiaries.» No deja de llamarme la atención que dentro de la sucinta descripción de la denominación de origen (DO) escribieran un comentario con cierta dosis de acritud sobre la bodega de Torres. Con respecto al vino, tiene un punto sulfuroso, parece que el aire lo limpia y sale fruta roja madura, el final es diluido y corto. Nada que mueva a comprarlo por segunda vez.
El tercero es otro Sangre de Toro, pero éste es un Reserva añada 2016. Bastante correcto, acidez, alcohol y tanino en equilibrio. Huele a ciruela negra, casis. Repetible. Siguió un Atrium de la misma bodega pero de la denominación de origen Penedés. Añada 2018 y con un primer golpe de nariz a TCA que no se logró limpiar con el aire. Llama la atención su color rojo profundo de capa alta. Debería darle otra oportunidad, aunque no es el primero que pruebo, no recuerdo detalles de los otros. Entrando ya en la recta final aparecen los prioratos. El primero un Salmos 2016 con 14 meses de roble francés 25% nuevo. Ha gustado a todos, pero ni de lejos me trajo recuerdos de los prioratos de excelencia. Fruta negra madura, notas minerales y otras lejanas de romero. Excelente acidez tanino maduro. Repetible. El último fue un Costers del Prior 2015, un vino correcto cuyos nueve comedidos meses de crianza en roble francés le han limado asperezas sin maquillarlo, y que por momentos salían algunas notas de licorella, el término para ese suelo de pizarra tan especial de las escarpadas costers del Priorato. En definitiva ninguno de los vinos se acercó a aquel que probé en Zúrich, no pierdo esperanzas para encontrarlo.
Me ha dado mucho gusto volver a la mesa de Vino Por Placer y compartir el vino con todos los presentes, todos, y haber charlado tan a gusto de tantas experiencias de los últimos meses.
El viacrucis para transitar entre aeropuertos cogestionados y largas colas no sólo es una constante, sino que además, se ha agudizado con la pandemia. Se suman a las exhaustivas revisiones la de los documentos que certifican la dosis completa de vacunación o los resultados negativos de la prueba covid. Para exigir la correcta colocación del cubrebocas las autoridades son más laxas, cuando debería ser sin duda la principal exigencia. Parece ser que hay gente dispuesta a perder la vida en caso de complicaciones respiratorias, antes que ponerse la telita con el elástico para cubrirse la boca y la nariz. Ejemplos muy claros los podemos encontrar en el metro, en el autobús, o en el tren… donde las normas se cumplen a medias o simplemente no se obliga a usarlo, como en Suiza. Así que a nadie sorprenda el sensible aumento de casos en Europa de aquí a principios del 2022. Precisamente en Montreux como base de nuestra estancia en Suiza, la situación del virus parece cosa del pasado remoto para muchos de sus habitantes, sobre todo turistas que caminan despreocupadamente por sus calles con una sonrisa desnuda en sus rostros.
Río Aar afluente del Rin (Berna)
Llegamos a Montreux de noche, hambrientos y cansados del largo viaje, buscando un sitio donde cenar. Era alrededor de las 9:00 y nos fue negado el acceso a un restaurante italiano: Molino ya que no portábamosel certificado de vacunación, obligatorio para entrar en cualquier restaurante, café o museo. Volvimos al hotel donde disfrutamos de unos escasos pero deliciosos ravioles rellenos de hongos silvestres maridados con una copita de pinot noir suizo cuyo nombre no anoté, pero que es digno del olvido. De no ser por el exquisito pan artesanal con granos de girasol del principio, nos hubiéramos quedado con hambre.
Al otro día desayunamos de manera frugal, como acostumbran los europeos. Era mi cumpleaños y mi hija tenía una sorpresa muy especial. El libro sobre mi vida, obra escrita por ella, se abandonó a la escritura por largas horas para rememorar mi pasado. ¡Qué mejor regalo se puede pedir…! Además de que sus dotes de escritora saltan a la vista haciendo que volviera a vivir parte de mi infancia, a ese pasado repleto de recuerdos melancólicos que llevamos en la memoria. Un regalo que apreciaré el resto de mi vida y que leí con avidez hasta la última página en los primeros días del viaje. Después del desayuno nos dirigimos a la estación de tren para visitar Ginebra. Primera parada: cementerio de los Reyes.
Parafraseando a Borges en alguna de sus entrevistas: Alemanes, italianos y franceses han olvidado sus diferencias… Estoy parcialmente de acuerdo, ya que al tomar el tren y llegar a los cantones alemanes como Berna, así como más al noreste en Zurich, el francés queda relegado en segundo término. La sobriedad de las calles junto con el carácter flemático de su gente hacen sentir al visitante como a un extraño, habituados al romántico acento del idioma de Hugo y Voltaire. Suiza ofrece tres países en uno: Zurich y Berna junto a los cantones de habla germana y los afrancesados en lo poco que queda del resto del país sin la influencia teutona. La parte italiana, el cantón de Tesino, puede ser el tercero en el que se respira otro ambiente bajo el nublado cielo suizo. Cantón que por cierto aún no conozco.
Una de las visitas más esperadas para mi fue la del cementerio de los Reyes, para conocer la extraña lápida con motivos sajones del más grande escritor en lengua castellana del siglo XX, Jorge Luis Borges. A quien llevé flores para poder interrumpir su sueño y acompañarlo por un momento en su viaje a la Eternidad mientras observaba la rara inscripción representando a siete soldados en pie de guerra. Seguramente destacando el valor de los guerreros que tanto valoraba Borges en las sagas escandinavas. El cementerio es pequeño, reservado a gente ilustre, puede recorrerse caminando en muy poco tiempo. Un último vistazo a su tumba me hizo recordar aquella reflexión que algún día hizo el propio Borges sobre los muertos en uno de sus poemas: “Me conmueven las menudas sabidurías que en todo fallecimiento se pierden” así como también dijo en una entrevista: “Con cada hombre mueren muchas cosas que se pierden para siempre”. Aunque su caso es distinto ya que permanecerá en la memoria de todas aquellas mentes sensibles que se den a la tarea de leer su magnífica obra.
Ladera con viñedos rumbo a Ginebra (foto desde el tren)
Museos, plazas, catedrales góticas, callejones estrechos, vistas de montañas nevadas, laderas de viñedos desnudos, gente en bicicleta a pesar del frío invernal con el sol apenas asomándose; pero no lo suficiente como para tibiar el ambiente, paisajes que componen este bello país. Nuestra visita a museos fue nutrida y muy variada, aunque debo destacar algunos como el Alimentarium de la compañía Nestlé en Vevey. Un sitio cálido a la orilla del lago Lemán, donde han montado un gran museo en un moderno edificio. Al recorrer sus pasillos se disfruta de sus salas bien iluminadas y de información muy interesante en el país que inventó las barras de chocolate, ya que antes, en el siglo XVI se trataba de una bebida exótica, según cuentan en otra de las visitas obligadas: la fábrica de chocolates Cailler. Esta fábrica que exhibe una variedad inmensa de chocolates de múltiples formas, con envolturas de todos colores y tamaños, está ubicada muy cerca del pueblito de Gruyere. Para comer subimos una empinada colina que nos llevó a un burgo medieval; la plaza, la iglesia, el castillo y alrededor lo que fueron en su momento cuadras para refugio de animales y almacenamiento de grano y leña, hoy son restaurantes de fondue y tiendas de souvenirs. Entramos al que mejor pinta tenía, aunque los encargados no usaran cubrebocas. Quién iba a decirme que llegaría el tiempo en que los usaríamos tan desenfadadamente fuera del quirófano, por otro lado me cuesta trabajo asimilar que los dueños de un establecimiento no los usen. El fondue con una copita de blanco de buena acidez hizo excelente maridaje. No pude ver la botella, ni tampoco pregunté por la marca, simplemente acerqué la copa a la mesera y ella sirvió. Este tipo de despreocupaciones suelen suceder durante los viajes, cuando andamos en modo turista; distraídos. Para cuando salimos ya había oscurecido, no pudimos apreciar la iglesia ni el castillo con suficiente luz, y aunque nuestra intención era volver, nunca lo hicimos. Desde aquella cima me sentí como un caballero descendiendo de su corcel, oteando el panorama debajo del acantilado. Desde que leí El nombre de la rosa no he podido dejar de leer todo lo que tenga que ver con el medievo, ya están en mi lista de medievalistas algunos de los mejores: George Duby, Jackes de Woff, Johan Huizinga, Henri Pirenne, y la lista seguirá ampliándose. Como decía Solón: «Envejezco aprendiendo siempre muchas cosas» en este caso he abierto los ojos a un periodo de la historia al que debemos mucho de lo que hoy es la cultura occidental. Siguiendo el recorrido y hablando de castillos medievales, visitamos el castillo de Chillon, sorprende la facilidad con que se llega a la orilla del lago por las afueras de Montreux y por otro la cuidada restauración del edificio, otro de los lugares que hay que visitar. El castillo cuenta con su foso, su puente, en este caso fijo y una plaza interior, muestra de que se trata de un burgo donde el señor protegía a la gente que trabajaba sus tierras a cambio de protección contra intrusos y malhechores. Cuenta con una sala donde encadenaban y torturaban a los prisioneros. Recipientes de madera donde la gente llegaba a hacer sus necesidades fisiológicas, el más impresionante es uno ubicado sobre un precipicio que termina en un acantilado cerca del lago, algo que en muchas partes tristemente no ha cambiado; usar el agua para depositar nuestros desechos.
Del Rhone de la parte suiza
En Lausana recomiendo visitar el Comité Olímpico Internacional, cuyo museo vale mucho la pena. Se exhiben diferentes objetos relacionados con las olimpiadas y que en su momento usaron los distintos atletas durante la competencia. Videos y demás materiales. Así como recomiendo algunos museos, otros, será mejor que pasen de largo, como en el caso del departamento de Albert Einstein en Zurich. Para llegar hay que subir un montón de escaleras, una vez arriba es poco lo que hay que ver. En una sala atiborrada de cosas, entre ellas fotos y textos que fácilmente tardaría una hora o más en leer, poco didáctico y menos inspirador. Quizás si son admiradores de Eistein y están escribiendo un libro sobre su estancia en Zurich, valga la pena. La casa que sí vale la pena visitar es la de Charles Chaplin en Vevey, además de ser una mansión enorme con jardines de árboles majestuosos, que a principios de invierno se tornan amarillos, dorados y otros han mudado por completo su follaje, cómodas bancas y amplias estancias en su interior con figuras de cera; todo ello componen esta magnífica residencia que habitó junto con su ultima esposa y sus hijos después de que no fuera bien recibido en EE.UU, debido a su película Tiempos Modernos, criticada por sus tintes comunistas.
Encontré varias tiendas de vino en los alrededores de Montreaux, Vevey, Ginebra, Berna y la sobria ciudad de Zurich. La primera tienda donde compré vino fue en Ginebra, muy cerca de la estación de tren. Se trata de una tienda grande cuya selección de vinos no pude recorrer como hubiera querido por falta de tiempo. Uno de los vinos que compré fue un Rhone del lado suizo, del cantón de Valais.
Fleur Du Rhone 2020 pinot noir de Valais. Color grosella, brillante, nariz a ciruela de boca firme, tanino bastante rugoso. Un vinito sabroso para disfrutar con quesos maduras en la habitación por la noche, después de dar más de 14,000 pasos, según la vocecita de Siri.
Otro vino destacable fue el Sólskin 2018 pinot noir AOC Argau con sus 15 por ciento de alcohol, bastante integrado aunque un poco rústico. También marida con quesos.
Para complacer el paladar de mi esposa compré un Chateau Bélingard 2016 semillon 70%, sauvignon blanc 15% y muscadelle 15% apelación de origen Monbazillac. Pajizo y brillante. En nariz: cera de abejas. De buena acidez, fluidez media. Entrada que amarga un poco, azúcar comedida. Un buen vino por 12 francos (CFH) la media botella. Con un queso brie va de maravilla, aunque puede que vaya mejor con algo más subido de tono como un queso azul.
En Berna compré un Albino 2020, Blanco di Merlot de la región de Tecino. Atendido por una señorita muy amable, que se esforzó por comprender el inglés, pensé que se había equivocado cuando me dijo que se trataba de un merlot blanco. Bastó la primera copa para desilusionarme, Nariz a espino blanco, hierba. En boca es seco, sin concesiones, plano, corto en acidez y final amargo, nada que enamore.
En Chateau de Chillon comimos fuera del castillo en una cafetería que a pesar de sus muros de vidrio y sus formas geométricas tan alejadas del medievo, no robaba protagonismo al paisaje. Una cafetería donde uno pasa recorriendo las viandas con la charola en las manos y va poniendo lo que apetezca en el camino, y al final se paga en la caja. Escogí una baguete en cuyo interior había una buena porción de queso brie y una embarradita de miel de abeja. El vino un tintito fresco y frutal cuyo cuartito de botella tuve necesidad de duplicarlo para poder hacer la sobremesa disfrutando de la vista al castillo junto al lago.
En Zúrich decidimos comer antes de que cerraran la cocina (13:00 h) entramos a Brasserie Schiller muy cerca de la Ópera, y a orillas del lago de Zúrich. Un lugar elegante, amplio con bonitas vistas, buena comida (sin que nos hiciera suspirar). De todos los vinos que probé tanto en la habitación del hotel por las noches como en los diferentes restaurantes, me decanto por uno que encontré en la carta y que no se vinifica junto a los Alpes suizos, aunque estaba obligado a probar lo que se hace in situ. Se trata de Mas Agnes, que me ha levantado dudas, ya que nunca vi la etiqueta y cuando lo busqué en internet, nunca di con él. Posiblemente se comercialice con ese nombre fuera de España, en pocos países. En la carta ponía: Mas Agnes, Garnacha, Samso Colección Privada Candrian Espanien13 CHF 10cl. Un vino que me hizo rememorar aquellos suelos de pizarra (Llicorella) del Priorat, a mi amiga Dominic y su vino de Porrera Clos Dominic, que con tanto mimo vendimia en la escarpada ladera de su finca La Tena, esas garnachas de más de 25 años, de tronco leñoso, para más tarde vinificarlo. Mas Agnes de añada desconocida, se trata de un vino embriagador en el mejor sentido de la palabra, su entrada en boca es elegante, va seduciendo cada uno de los sentidos, todo en equilibrio, con una acidez exquisita, tanino firme y notas a pizarra, piel de Rusia, trufa y fruta negra de la mejor calidad. Hoy mismo voy a buscar una botellita.
Es momento de despedirme, si es que me acuerdo de otros episodios del viaje que valgan la pena, habrá una segunda parte.
Con poco más de veinticinco años dedicado en mi tiempo libre (y a veces no tan libre) al vino: leyendo, visitando bodegas, asistiendo a catas de todo tipo, buscando información, compartiendo puntos de vista con aficionados y profesionales… He podido darme cuenta de que este mágico mundo tiene sus etapas. Me remontaré a mis primeras experiencias, cuando estaba en edad de beber alcohol, pero sobre todo cuando empezaba a disfrutarlo. Tendría alrededor de 18 años y la experiencia de entrar a un restaurante español, italiano o francés, donde sirvieran buen vino y comida sabrosa, me transportaba a una atmósfera sutil, delicada y llena de encanto donde la comida y el vino eran sin duda los protagonistas, amén de una buena compañía.
Aquel fue quizás el momento de mi vida donde más disfrutaba del vino; sin prejuicios ni contemplaciones técnicas. Simplemente ¡disfrutar el vino! Sin saber de regiones, variedades de uva, mezclas, ni tantas otras historias. Poco a poco me fui interesando en saber más sobre este fascinante mundo, aquí entraría al segundo estadio.
Dudas aún sin resolver pero con mucha curiosidad de aprender. Recuerdo haber encargado un libro a una amiga que me encontré en España, ella llegaba y mi familia y yo regresábamos al día siguiente muy temprano. Como suele suceder, dejé al final la lista de algunas compras, entre ellas un libro sobre vinos. ¿Cuál…? el que fuese me podía servir, hasta ese día no había leído ningún libro completo sobre vinos. pero me era imposible comprarlo el día de mi regreso, al otro día muy temprano.
Título del libro regalado: «Manual de los Vinos de España» de Pedro Plasencia y Teclo Villalón (Editorial Everest) impreso en 1994. Lo disfruté como pocas lecturas, en parte por mi bisoñez en el tema. En una de sus páginas vienen algunas recomendaciones en el apartado sobre el servicio, que deberían ser tomadas muy en cuenta, como por ejemplo las reglas de cortesía en el servicio del vino (pág. 72 regla número 8). Solamente deben rellenarse las copas cuando estén vacías. Pero claro está, aquí, como en muchos países yo diría que la mayoría en América, la propina es un porcentaje de lo consumido… Hoy el libro me resulta un poco anacrónico, no porque yo sepa más que los autores y me aburra, sino que hay rituales que han cambiado para bien. Cito la página 87 (…) jamás acepte vino tinto que salga del frigorífico. Creo que el hecho de meter los tintos media hora antes de descorcharlos los puede favorecer, en caso de que no se cuente con una cava con temperatura controlada. Los comensales lo disfrutarán mejor que si se sirve a más de 18°C. Con todo, los puntos superables que hoy podría juzgar, es de mis libros consentidos, quizás por ser el primero.
La otra etapa fue pertenecer a un grupo, y siendo verema.com en aquellos años principios del 2002, un sitio donde nos conocíamos casi todos y por cuyos miembros pude conocer a mucha gente dedicada a la producción, restauranteros, vendedores de vino, enólogos, sumilleres, pero sobre todo a gente interesada en este mundillo. Nombres que pueden formar una nutrida lista, pero que no enumeraré para no omitir a nadie.
Este nostálgico recorrido me parece necesario ya que en la vida hay momentos que se debe buscar una pausa para poder hacer un balance del camino andado, y lo que podría faltar por descubrir. Concluiría diciendo que la vida, por lo menos a mí, me ha hecho ver las cosas con sencillez y sin tantos atavíos que muchas veces nos llevan a situaciones artificiales donde es más importante el prestigio del vino, el precio o lo que señalan las guías, que lo que nos dicta el paladar desde un punto meramente hedonista.
Ayer por la tarde fue otro domingo de confinamiento parcial, abrí una botella de Chillon, regalo de mi hija. Se trata de un vino suizo. En realidad me ha regalado dos botellas, la otra es un blanco que comentaré una vez que la descorche.
Se puede leer en la contra-etiqueta:
Un emblemático castillo enclavado entre un lago y montañas, testigo de mil años de historia: escritores, artistas y viajeros inspirados en sus muros ancestrales y sus paisajes alrededor del lago Ginebra. La mezcla de pinot noir y gamay da al Chillon Reserve un color de cereza negra, sutiles aromas de tierra, arbusto y especias.
Suiza tiene una producción anual aproximada de 95 millones de litros en 15 mil hectáreas. La mayoría de los viñedos están en la parte oeste. Las primeras semillas de uva vienen del neolítico entre 3000 y 1800 años aC. encontradas en St-Blaise Neuchâtel, uno de los 23 cantones que componen este país alpino.
Lavaux una de las 6 regiones de Vaud, segundo cantón en importancia en la producción vinícola, de donde procede este vino, tierra donde prospera la gamay.
Chateau de Chillon 2018. Hablando de este vino en particular, me gustó mucho su frescura en nariz, muy frutal, con recuerdos de bayas, ciruela negra, y aromas térreos. En boca entra muy suave pero al final amarga, superando mi umbral. Aunque con un buen queso maduro maride muy bien. En este caso lo acompañé con una ensalada muy sencilla de lechuga, tomate, aguacate, queso fresco y un poco de atún, rociada con aceite de oliva y vinagre balsámico. Un vinito repetible y que quizás con más vidrio o una buena decantación pueda limar esos taninos y disfrutarse mejor. Aunque tampoco estoy seguro de que ese amargor al final venga de los taninos, ya que de entrada es más amable. Así transcurrió una larga tarde de primavera.
En estos aciagos días donde una buena parte del mundo ve con pesimismo el futuro, y otra todavía se desplaza por la calle sin la más mínima preocupación. Yo estoy en casa, un rato leyendo y otro conviviendo con la familia. Son agradables momentos que parecen imposibles en circunstancias normales, o que por lo menos eso nos parecen dentro de la cotidianidad de nuestras agitadas vidas.
Ayer fue domingo y tenía ganas de sacar la mesa al jardín, poner las copas y despejar un poco nuestras trastornadas mentes con tanta información y desinformación acumulada que corre por las redes sociales. Un día soleado donde los pájaros no enterados de las tragedias humanas vuelan sin rumbo por los aires. Así que me metí a la cava, que dicho sea ya va por los 21.5°C y así se quedará, (aunque sea una aberración para los más ortodoxos) la economía no da para más, y siguiendo el hilo de arriba tiene pinta de que se pondrá peor. Decía que me introduje en la cava y echando un vistazo a los botelleros comprobé la dura crisis que ya se refleja en el número de botellas. De todas maneras siempre hay alguna botella para echar mano. Al fondo reposaban dos Duettos 1997 y 1999, el primero fue aquella maravillosa añada que salió de esa afortunada alianza entre Wente y Santo Tomas. Curiosa mezcla de uvas mexicanas y del valle de Livermore en California EE.UU. Su antigua gloria no volvió a repetirse en las añadas posteriores, una vez que se deshizo la alianza. 1999 fue la otra añada que sin llegar a ser como la de dos años atrás resultó un vino bastante complejo, de buena fruta, acidez y tanino, que ha llegado a la madurez con mucho señorío, sin una pizca de cansancio. He disfrutado mucho de este vino trago a trago, y si sumamos las ultimas siete semanas de rigurosa dieta para bajar 15 kilitos, resulta todavía más afortunado el deleite de un par de copas que bebí en la larga sobremesa.
A mis amigos y lectores de este espacio les deseo lo mejor, sobre todo a los españoles. No bajen la guardia, quédense en casa en la medida de lo posible. Y otra cosa: disfruten de buen vino, no dejen para mañana la copa que puedan beberse hoy.
Entró 2020 y parece que la gente se ha contagiado de alegría por entrar a una nueva década, sin tener muy cierto el futuro. Como suele suceder no faltan los bombardeos de parte de nuestros vecinos norteños en tierras petroleras de Medio Oriente. Ojo que los iraníes otrora persas se han dado de moquetazos con los griegos y romanos además de uno que otro pueblo «bárbaro». Pero como este blog no trata de política, sigamos con el vino. Esta semana en una comidita familiar festejando a mi esposa, pedí una botella del multicitado Cune crianza, en este caso añada 2016. Hasta ahí no tiene nada en particular, pero a veces ese vino que hemos pedido hasta el cansancio tiene algo diferente, y es que lo percibimos redondito, frutal, con una acidez exquisita, y que a cada trago se va desenvolviendo mejor y más sabroso. Fue el caso de esta botella, que al contrario de otras ocasiones, que por desgracia son la mayoría; nos esperamos una experiencia mejor y resulta que el vino bien puede traer algún defectito. Este me pareció muy disfrutable; si tuviera la certeza de que todas las botellas salieran con esta gracia no habría por qué romperme la cabeza para pedir vino. Sé que para muchos puede resultar una blasfemia, ya que bien pueden estar en esa etapa de conocimiento y quieren descorchar cosas nuevas. Créanme que eso pasa con el tiempo, y cuando pasa se entra a la cordura, donde un vino de más de 50 dólares tiene que ser una apuesta segura dentro de lo que cabe. Así que ésta no es una recomendación ni mucho menos, es sólo externar una de las experiencias que busco cuando descorcho un vino. Disfrutarlo y no sentirme timado como me ha pasado infinidad de ocasiones. Brindo por los vinos que se disfrutan sin hipotecar la casa, y por este nuevo año.
Otro año más, bajo un punto pesimista otro menos. El caso fue que nos reunimos ayer por la noche muy contentos a degustar algunos Pomerol y su vecino menor Lalande de Pomerol. Había reposando en mi bodega una botellita de Petrus añada 2001 desde hace 14 años (octubre 2005). Haciendo un poco de historia; la compré a finales de 2005 en San Antonio Texas, en una tienda con más facha de tienda de autoservicio que de vino, eso sí, muy grande. Tienda donde francamente no había entrado, rumbo a Austin. Llevaba unas 6 o 7 botellas en fila cuando el dueño se acercó a hacerme plática. Aproveché para preguntarle si tenía alguna añada de Petrus en menos de mil dólares que me vendiera… Si la encuentra probablemente la pondré en el carrito. Y así fue. Hoy en día después de mis 55 primaveras estoy convencido de dos cosas: la primera es que todos tenemos tarde o temprano una cita con la Parca y la segunda es que disfrutar el vino sólo se puede hacer con buena compañía. Así que ofrecí mi botella a precio de ganga a mis amigos de Vino Por Placer que no tardaron en aceptar. Previo a la cata y con toda la intención de confundirlos tape las botellas con papel aluminio, y a cada vino le dedicaba un piropo, pero no contaba que el Petrus era el más viejo de los seis, así que su color y sedimentos fueron suficientes pruebas para delatarlo. Lejos de sus virtudes organolépticas, mis compañeros sacaran la conclusión de que se trataba del cuarto vino, aunque hubo quien dudo hasta el último momento. Y este fue el resultado:
El primero fue un Chateau Ferrand 2015 Fruto de las maniobras del mercenario de Michael Rolland que ha tenido a bien vivir de los consejos, a veces no tan sabios, que les «vende» a precio de oro a algunos productores no muy tradicionalistas. Se trata de un vino con cierta amalgama de piel fina y fruta roja, con un final en boca amargo. Hay quienes encontraron algo de pimienta blanca, pero todos coincidimos en su final amargo.
Chateau De Sales 2011. Fruta negra con una notita de chocolate amargo, va de más a menos, final muy plano, nada que mueva sentimientos. Sin pena ni gloria.
Chateau Bertineau 2011. De Lalande de Pomerol. El de alcohol más alto (14) que viniendo de la manipulación de Michael Rolland no es de extrañarse. Nariz cerrada al principio y después de mucho tiempo abre elegante, sin muchas concesiones, pero con gracia. No se trata de un vino sobre extraído ni de un vino tosco. Fruta negra, algo de especias, con otro final amargo. Repetible.
Vinos de la Cata 234
El famoso cuarto de la noche; el tan esperado Chateau Petrus 2001. Huele a corcho, desde que lo descorché noté una capita verde, ¿demasiada humedad en bodega…? tal vez, pero un poco de aire fue suficiente para limpiarlo. Color tirando a marrón, brillante y fluido. Me gustaría hacer una lista de virtudes acerca de este vino que hay quienes dicen es el mejor merlot del mundo, pero no puedo. Cada añada, con algunas excepciones se mezcla con un 5% de cabernet franc. Redondo, algo de pastel de frutas, tanino mullido, todo en su lugar pero nada que mueva a la lágrima que sale cuando algo de verdad emociona, tampoco bajaron los ángeles con sus arpas a cantarme al oído. Un vino que si me hubieran dicho que se pagaron 20 verdes lo hubiera creído sin problema alguno. Cada vez soy más escéptico de los vinos caros, o con los vinos que han hecho caros los nuevos ricos que habitan China y Rusia, cuando las bodegas muy complacidas declaran la añada del siglo cada año. Este tal vez sea el último Petrus que beba en mi vida, a menos que un alma caritativa me invite una copa. Pero no lo he dicho para levantar lástima ni para que se compadezcan de mí, porque si se trata de invitarme y dar la nota o subirse al nivel de la pedantería, está el Chateau Le Pin. Otro Pomerol algo más escaso; ronda las 600 cajas anuales y que se produce en 2 hectáreas, ya se podrán imaginar el precio…
El quinto, y aquí se cumplió aquella sentencia de que no hay quinto malo, fue un delicioso Chateau Haut Surget 2016. Rebosante de juventud con unas notas nítidas de fruta de la mejor calidad: grosella, redondito, y quizás por encontrar un defecto; acidez justa. No sólo repetible, ya que para 500 devaluados pesos, me parece que voy por tres botellas para estas fiestas.
El último Chateau Grand Moulinet 2014. Un vino apagado, sin fuerza que no gustó a nadie. Las notas de mis amigos: Chocolate, cereza, ciruela, y ligeramente astringente. Me parece que probaron un vino diferente o pecan de generosos.
Así concluyo, no sin antes agradecer a todos mis amigos su amistad y los buenos momentos que pasamos este año que está por concluir. Gracias Carlos por molestarte en llevar tan original y deliciosa lasaña de bacalao.
Haciendo un balance creo que no había descorchado ninguna botella de cierta importancia, por lo menos dentro de los parámetros de la pedantería, ustedes saben: Bodega de renombre, zona, precio… cosas que finalmente al estar frente a la copa, si se es sensato pasan a segundo lugar, ya que lo que importa es la experiencia recibida a través de los sentidos. Debo decir que la etiqueta está parcialmente rota por la humedad, y es que la bodega donde reposan desde hace ya algún tiempo peca de humedad, que debe andar arriba del 70% motivo por lo que las etiquetas se deterioran, pero el vino se conserva mejor, sino es que entra un maldito hongo y acaba con el corcho. Esta distinción entre una botella inmaculada y una rota o con manchas de vino, sin duda le da carácter a la botella, dejando de ser un mero medio para contener el vino a un recipiente con cierta historia que contar.
Un vino firme, con cierto grado de juventud, no se le nota el vidrio a pesar de sus 4 añitos, digamos que se empieza a desenvolver a sus anchas, empiezan aromas térreos y ahumados, parecidos a los de su vecino del Norte Cote Rotie, sin ser tan marcado. Este vino del sur del Rhone que generalmente no envejece como sus vecinos norteños como un buen; Cote Rotie, Crozas-Hermitage, Cornas… Esta botella entró en bodega el 9 de enero de 2018, casi dos años reposando. Uvas: Syrah, garnacha tinta y monastrell.