Chateau de Chillon

Publicado: 20 abril, 2020 en Vino
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Chillon 2018Ayer por la tarde fue otro domingo de confinamiento parcial, abrí una botella de Chillon, regalo de mi hija. Se trata de un vino suizo. En realidad me ha regalado dos botellas, la otra es un blanco que comentaré una vez que la descorche.

Se puede leer en la contra-etiqueta:

Un emblemático castillo enclavado  entre un lago y montañas, testigo de mil años de historia: escritores, artistas y viajeros inspirados en sus muros ancestrales y sus paisajes alrededor del lago Ginebra. La mezcla de pinot noir y gamay da al Chillon Reserve un color de cereza negra, sutiles aromas de tierra, arbusto y especias.

Suiza tiene una producción anual aproximada de 95 millones de litros en 15 mil hectáreas. La mayoría de los viñedos están en la parte oeste. Las primeras semillas de uva vienen del neolítico entre 3000 y 1800 años aC. encontradas en St-Blaise Neuchâtel, uno de los 23 cantones que componen este país alpino.

Lavaux  una de las 6 regiones de Vaud, segundo cantón en importancia en la producción vinícola, de donde procede este vino, tierra donde prospera la gamay.

Chateau de Chillon 2018. Hablando de este vino en particular, me gustó mucho su frescura en nariz, muy frutal, con recuerdos de bayas, ciruela negra, y aromas térreos. En boca entra muy suave pero al final amarga, superando mi umbral. Aunque con un buen queso maduro maride muy bien. En este caso lo acompañé con una ensalada muy sencilla de lechuga, tomate, aguacate, queso fresco y un poco de atún, rociada con aceite de oliva y vinagre balsámico. Un vinito repetible y que quizás con más vidrio o una buena decantación pueda limar esos taninos y disfrutarse mejor. Aunque tampoco estoy seguro de que ese amargor al final venga de los taninos, ya que de entrada es más amable. Así transcurrió una larga tarde de primavera.

Duetto 1999

Publicado: 6 abril, 2020 en Reflexiones, Vino
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Duetto

Duetto 1999

En estos aciagos días donde una buena parte del mundo ve con pesimismo el futuro, y otra todavía se desplaza por la calle sin la más mínima preocupación. Yo estoy en casa, un rato leyendo y otro conviviendo con la familia. Son agradables momentos que parecen imposibles en circunstancias normales, o que por lo menos eso nos parecen dentro de la cotidianidad de nuestras agitadas vidas.

Ayer fue domingo y tenía ganas de sacar la mesa al jardín, poner las copas y despejar un poco nuestras trastornadas mentes con tanta información y desinformación acumulada que corre por las redes sociales. Un día soleado donde los pájaros no enterados de las tragedias humanas vuelan sin rumbo por los aires. Así que me metí a la cava, que dicho sea ya va por los 21.5°C  y así se quedará, (aunque sea una aberración para los más ortodoxos) la economía no da para más, y siguiendo el hilo de arriba tiene pinta de que se pondrá peor. Decía que me introduje en la cava y echando un vistazo a los botelleros comprobé la dura crisis que ya se refleja en el número de botellas. De todas maneras siempre hay alguna botella para echar mano. Al fondo reposaban dos Duettos 1997 y 1999, el primero fue aquella maravillosa añada que salió de esa afortunada alianza entre Wente y Santo Tomas. Curiosa mezcla de uvas mexicanas y del valle de Livermore en California EE.UU. Su antigua gloria no volvió a repetirse en las añadas posteriores, una vez que se deshizo la alianza. 1999 fue la otra añada que sin llegar a ser como la de dos años atrás resultó un vino bastante complejo, de buena fruta, acidez y tanino, que ha llegado a la madurez con mucho señorío, sin una pizca de cansancio. He disfrutado mucho de este vino trago a trago, y si sumamos las ultimas siete semanas de rigurosa dieta para bajar 15 kilitos, resulta todavía más afortunado el deleite de un par de copas que bebí en la larga sobremesa.

A mis amigos y lectores de este espacio les deseo lo mejor, sobre todo a los españoles. No bajen la guardia, quédense en casa en la medida de lo posible. Y otra cosa: disfruten de buen vino, no dejen para mañana la copa que puedan beberse hoy.

A veces

Publicado: 9 enero, 2020 en Reflexiones, Vino
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Entró 2020 y parece que la gente se ha contagiado de alegría por entrar a una nueva década, sin tener muy cierto el futuro. Como suele suceder no faltan los bombardeos de parte de nuestros vecinos norteños en tierras petroleras de Medio Oriente. Ojo que los iraníes otrora persas se han dado de moquetazos con los griegos y romanos además de uno que otro pueblo «bárbaro». Pero como este blog no trata de política, sigamos con el vino. Esta semana en una comidita familiar festejando a mi esposa, pedí una botella del multicitado Cune crianza, en este caso añada 2016. Hasta ahí no tiene nada en particular, pero a veces ese vino que hemos pedido hasta el cansancio tiene algo diferente, y es que lo percibimos redondito, frutal, con una acidez exquisita, y que a cada trago se va desenvolviendo mejor y más sabroso. Fue el caso de esta botella, que al contrario de otras ocasiones, que por desgracia son la mayoría; nos esperamos una experiencia mejor y resulta que el vino bien puede traer algún defectito. Este me pareció muy disfrutable; si tuviera la certeza de que todas las botellas salieran con esta gracia no habría por qué romperme la cabeza para pedir vino. Sé que para muchos puede resultar una blasfemia, ya que bien pueden estar en esa etapa de conocimiento y quieren descorchar cosas nuevas. Créanme que eso  pasa con el tiempo, y cuando  pasa se entra a la cordura, donde un vino de más de 50 dólares tiene que ser una apuesta segura dentro de lo que cabe. Así que ésta no es una recomendación ni mucho menos, es sólo externar una de las experiencias que busco cuando descorcho un vino. Disfrutarlo y no sentirme timado como me ha pasado infinidad de ocasiones. Brindo por los vinos que se disfrutan sin hipotecar la casa, y por este nuevo año.

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Otro año más,  bajo un punto pesimista otro menos. El caso fue que nos reunimos ayer por la noche muy contentos a degustar algunos Pomerol y su vecino menor Lalande de Pomerol. Había reposando en mi bodega una botellita de Petrus añada 2001 desde hace 14 años (octubre 2005). Haciendo un poco de historia; la compré a finales de 2005 en San Antonio Texas, en una tienda con más facha de tienda de autoservicio que de vino, eso sí,  muy grande. Tienda donde francamente no había entrado, rumbo a Austin. Llevaba unas 6 o 7 botellas en fila cuando el dueño se acercó a hacerme plática. Aproveché para preguntarle si tenía alguna añada de Petrus en menos de mil dólares que me vendiera… Si la encuentra probablemente la pondré en el carrito. Y así fue. Hoy en día después de mis 55 primaveras estoy convencido de dos cosas: la primera es que todos tenemos tarde o temprano una cita con la Parca y la segunda es que disfrutar el vino sólo se puede hacer con buena compañía. Así que ofrecí mi botella a precio de ganga a mis amigos de Vino Por Placer que no tardaron en aceptar. Previo a la cata y con toda la intención de confundirlos tape las botellas con papel aluminio, y a cada vino le dedicaba un piropo, pero no contaba que el Petrus era el más viejo de los seis, así que su color y sedimentos fueron suficientes pruebas para delatarlo. Lejos de sus virtudes organolépticas, mis compañeros sacaran la conclusión de que se trataba del cuarto vino, aunque hubo quien dudo hasta el último momento. Y este fue el resultado:

El primero fue un Chateau Ferrand 2015 Fruto de las maniobras del mercenario de Michael Rolland que ha tenido a bien vivir de los consejos, a veces no tan sabios, que les «vende» a precio de oro a algunos productores no muy tradicionalistas. Se trata de un vino con cierta amalgama de piel fina y fruta roja, con un  final en boca amargo. Hay quienes encontraron algo de pimienta blanca, pero todos coincidimos en su final amargo.

Chateau De Sales 2011. Fruta negra con una notita de chocolate amargo, va de más a menos, final muy plano, nada que mueva sentimientos. Sin pena ni gloria.

Chateau Bertineau 2011. De Lalande de Pomerol. El de alcohol más alto (14) que viniendo de la manipulación  de Michael Rolland no es de extrañarse. Nariz cerrada al principio y después de mucho tiempo abre elegante, sin muchas concesiones, pero con gracia. No se trata de un vino sobre extraído ni de un vino tosco. Fruta negra, algo de especias, con otro final amargo. Repetible.

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Vinos de la Cata 234

El famoso cuarto de la noche; el tan esperado Chateau Petrus 2001. Huele a corcho, desde que lo descorché noté una capita verde, ¿demasiada humedad en bodega…? tal vez, pero un poco de aire fue suficiente para limpiarlo. Color tirando a marrón, brillante y fluido. Me gustaría hacer una lista de virtudes acerca de este vino que hay quienes dicen es el mejor merlot del mundo, pero no puedo. Cada añada, con algunas excepciones se mezcla con un 5% de cabernet franc. Redondo, algo de pastel de frutas, tanino mullido, todo en su lugar  pero nada que mueva a la lágrima que sale cuando algo de verdad emociona, tampoco bajaron los ángeles con sus arpas a cantarme al oído. Un vino que si me hubieran dicho que se pagaron 20 verdes lo hubiera creído sin problema alguno. Cada vez soy más escéptico de los vinos caros, o con los vinos que han hecho caros los nuevos ricos que habitan China y Rusia, cuando las bodegas muy complacidas  declaran la añada del siglo cada año. Este tal vez sea el último Petrus que beba en mi vida, a menos que un alma caritativa me invite una copa.  Pero no lo he dicho para levantar lástima ni para que se compadezcan de mí, porque si se trata de invitarme y dar la nota o subirse al nivel de la pedantería, está el Chateau Le Pin. Otro Pomerol  algo más escaso; ronda las 600 cajas anuales y que se produce en 2 hectáreas, ya se podrán imaginar el precio…

El quinto, y aquí se cumplió aquella sentencia de que no hay quinto malo, fue un delicioso Chateau Haut Surget 2016. Rebosante de juventud con unas notas nítidas de fruta de la mejor calidad: grosella, redondito, y quizás por encontrar un defecto; acidez justa. No sólo repetible, ya que para 500 devaluados pesos, me parece que voy por tres  botellas para estas fiestas.

El último Chateau Grand Moulinet 2014. Un vino apagado, sin fuerza que no gustó a nadie. Las notas de mis amigos: Chocolate, cereza, ciruela, y ligeramente astringente. Me parece que probaron un vino diferente o pecan de generosos.

Así concluyo, no sin antes agradecer a todos mis amigos su amistad y los buenos momentos que pasamos este año que está por concluir. Gracias Carlos por molestarte en llevar tan original y deliciosa lasaña de bacalao.

Gigondas etiqueta rota

Publicado: 14 diciembre, 2019 en Reflexiones, Vino
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Haciendo un balance creo que no había descorchado ninguna botella de cierta importancia, por lo menos dentro de los parámetros de la pedantería, ustedes saben:  Bodega de renombre, zona, precio… cosas que finalmente al estar frente a la copa, si se es sensato pasan a segundo lugar, ya que lo que importa es la experiencia recibida a través de los sentidos. Debo decir que la etiqueta está parcialmente rota por la humedad, y es que la bodega donde reposan desde hace ya algún tiempo peca de humedad, que debe andar arriba del 70% motivo por lo que las etiquetas se deterioran, pero el vino se conserva mejor, sino es que entra un maldito hongo y acaba con el corcho. Esta distinción entre una botella inmaculada y una rota o con manchas de vino, sin duda le da carácter a la botella, dejando de ser un mero medio para contener el vino a un recipiente con cierta historia que contar.

Un vino firme, con cierto grado de juventud, no se le nota el vidrio a pesar de sus 4 añitos, digamos que se empieza a desenvolver a sus anchas, empiezan aromas térreos y ahumados, parecidos a los de su vecino del Norte Cote Rotie, sin ser tan marcado. Este vino del sur del Rhone que generalmente no envejece como sus vecinos norteños como un buen; Cote Rotie, Crozas-Hermitage, Cornas… Esta botella entró en bodega el 9 de enero de 2018, casi dos años reposando. Uvas: Syrah, garnacha tinta y monastrell.

El día que comí la deliciosa lubina al horno en La Chalana mi hija se despachó un arroz con gambas y lo acompañamos todo con  un Minius 2007. Un godello de la D.O. Monterrei, sus 13,5 de alcohol los tiene muy bien integrados, una acidez exquisita que va muy bien con el pescado y las gambas.

Antes de emprender mi periplo por España había bajado por Internet el libro La familia  del Prado del escritor Juan Eslava Galán, por tres buenas razones: la primera es que no lo pude conseguir editado en papel, la segunda es que es un escritor ilustrado que sabe mucho de historia (sobre todo la de España) y como andaba buscando algo para entender mejor el contexto de las pinturas del Prado y todo aquello que tiene que ver con las distintas dinastías de la corona española, pues me vino como anillo al dedo. Y el último es que me gusta viajar ligero y las tabletas o dispositivos electrónicos para leer son una maravilla. ¿Qué aprendí…? pues no merece la pena hacer un resumen del libro, ya hay muchos sitios en la red dedicados a eso. Pero sí quisiera destacar el grado de consanguinidad entre las casas reales europeas que han provocado entre otras: leucemia, prognatismo, tara… Si no,  que le pregunten a Carlos II quien cierra  la dinastía de los Austrias en España, y como dice el autor:

«Su autopsia desveló que no tenía el cadáver ni una gota de sangre; el corazón apareció del tamaño de un grano de pimienta; los pulmones corroídos; los intestinos putrefactos y gangrenados; un solo testículo, negro como el carbón y la cabeza llena de agua» (…) «producto final de docenas de cruzamientos consanguíneos a lo largo de unos cuantos siglos»

Así que el prognatismo de los Austrias cuyo representante más famoso es el emperador Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico (Carlos V) es un juego de niños a comparación de los padecimientos de su predecesor. Otro detalle que no rectificaron a pesar de tantos intentos es que «las sangrías» para lo único que servían era para debilitar aún más al enfermo. A pesar de ello se aferraban casi todos los  galenos de la corte en ponerlas en práctica a diestra y siniestra; llegando al extremo y como  último recurso, a colocar en la cama al lado del enfermo las momias de san Isidro y san Diego. Un libro muy ameno con una buena dosis de humor negro.

El domingo fuimos a misa a la Almudena, una de las catedrales más recientemente construidas si la comparamos con las románicas y góticas de algunas provincias. Construida apenas en el siglo XIX no deja de ser una catedral majestuosa, una misa aquí nos hace admirar aún más esta edificación: el coro, el enorme órgano, las voces retumbando por las amplias cúpulas y sus anchos muros… Indudablemente le da un aire místico a la ceremonia.

En  recorridos más mundanos invité a mi hija a dar un paseo por el Rastro, la verdad es que imaginaba encontrarme con objetos menos ordinarios, pero los puestos de ropa, bolsas, cinturones, hicieron sentirme como en cualquier otro mercado de pulgas con la ausencia de los artículos antiguos que pudieran encontrarse en  algunos lugares más interesantes. Con todo y eso nos desviamos unos pasos hacia un puesto de libros de viejo donde encontré al primer vistazo la primera edición de Judíos, Moros y Cristianos, de Camilo José Cela. Al preguntar por el precio la primera impresión fue que el anciano desdentado que lo vendía no tenía idea de lo que estaba pidiendo: 5€ me contestó, sin poner mucha atención. ¡Tres! le sugerí, pero cambiando de tono me respondió: ¡Es una primera edición…! No me quedó otra más que pagar y retirarme un poco avergonzado. Días más tarde en Alcalá 123 (Librería García Prieto) una señora muy amable encargada de una librería preciosa con joyas encuadernadas en pergamino del siglo XVIII, me comentó que Camilo José Cela no era un autor que se cotizara muy alto, por lo que esa primera edición podía rondar los 20€. No está nada mal, pero no se acercaba ni de lejos a mis sueños guajiros de poder venderlo  más tarde en un número con tres cifras.

No faltó aquello de: "Está prohibido hacer fotos, pero por tratarse de un visitante de tan lejos..."

No faltó aquello de: «Está prohibido hacer fotos, pero por tratarse de un visitante de lejos…»

Hablando de libros, tenía muchas ganas de conocer la Librería Bardón. «Librería para bibliófilos» anuncia en su sobria marquesina. Así que guiado por mi hija y ella gracias a Google maps llegamos en diez minutos a pie. El trato fue mucho más frío que en García Prieto, sin llegar a la descortesía. Una antesala cuyos muros están forrados de libros encuadernados en piel y pergamino, con sus lomos de vivos dorados. ¿Qué se les ofrece…? Al parecer había que ir al grano, así que no me quedó otra que decirles que tenía ganas de conocer su tan afamada librería. Con gesto flemático agradecieron secamente el piropo y siguieron en sus quehaceres, no sin antes ofrecernos ayuda para localizar alguna costosa edición decimonónica. ¿Alguna primera edición de García Márquez…? pregunté tímidamente. Bueno, tenemos muy pocos libros tan recientes, los que menos, se remontan al siglo XIX junto con algunos incunables. Sin embargo tenemos una tercera edición de Cien años de Soledad en algo así como 60€, si la memoria no me falla. Después de una pausa seguí admirando aquellos libros que seguramente algún día estuvieron en estantes de maderas preciosas de la biblioteca de algún letrado de antaño y que a la hora de su muerte su parentela corrió a vender, yéndose con la primera oferta por indecorosa que fuera. Otra librería que visité un par de veces fue La Casa del Libro, ubicada frente a la entrada de El Corte Inglés, aunque también visité la de Gran Vía 29, me gustó mucho más la de Calle del Maestro Victoria. Tres pisos para mi solo con un amplio surtido en historia y filosofía; dos temas que me han interesado desde hace unos años sin dejar atrás claro está el vino y la gastronomía. Con poco margen por el peso de las maletas compré sólo 4 libros, entre los que está una edición de Espasa-Calpe: Enciclopedia Culinaria La Cocina Completa de María Mestayer Echagüe, muy completa, yo diría completísima. Podría asegurar que es imposible preparar todas y cada una de las recetas en lo que me resta de vida, pero ya empecé. A mi llegada preparé un arroz  con cordero, que no es por nada, pero dejó a mi familia chupándose los dedos. Otra librería que me llamó la atención fue la de El Corte Inglés en la calle de Goya. Una librería con una gran cantidad de títulos para ser una cadena de tiendas departamentales, que sólo puede existir cuando la gente lee.

Muy cerca, Casa Escudero es una tienda de antigüedades, decoración y regalos, en Alcalá 76. Que al pasar no llaman la atención  sus aparadores, pero que en el fondo de la tienda tienen unas pinturas magníficas de autores de mediana talla. Con gusto hubiera traído a casa la pintura de un paisaje montañés con todo y un caserío que capta la serenidad de la vida en el campo. Con un precio superior a los 4000€ además de que es imposible enrollar por su estado, ya que se trata de un óleo viejo cuyo marco es parte imprescindible de su valor.

Pasadizo de San Gines

Pasadizo de San Ginés.

A la salida del hospital la estudiante de medicina, o sea mi hija, ya tenía hambre igual que un servidor, así que me llevó a un lugar que acababa de pasar de camino a donde yo la esperaba. La Tasca del Retiro. Un lugar limpio, bien iluminado y con comida sabrosa. Comida corrida por algo así como 15€ por persona, la verdad es que no abundan los chollos, y por menos de eso no hay mucho dónde escoger. Yo pedí merluza en salsa de tomate y la doctora pollo al azafrán. Vino me parece que escogí media botella de Cune crianza, que igual que en México, es un vino que no falla.

Ahora va de museos, además del obligado Museo del Prado, visité dos más no por falta de ganas sino de tiempo. El Museo de Historia de Madrid, ubicado en pleno centro a la salida del metro Tribunal. Es gratuito y vale la pena ver la enorme maqueta de Madrid escala 1:1250 siguiendo los planos de 1656.  Hay algunas pinturas pero la que más me ha gustado:  La muerte del Conde de Villamediana, cuyo autor debo confesar que no conocía, Manuel Castellano. Ese juego de sobras y luces del candil es simplemente impresionante, así como el gesto de cada uno de los personajes alrededor del conde. Tenía intenciones de ir al Museo Naval ubicado muy cerca de Cibeles pero siguiendo la banqueta del otro lado, y con la intención de llegar al Reina Sofía, me topé con el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Un museo espectacular que desde la entrada no puede uno imaginarse la cantidad de salas que ostenta. Pagué 13€ aunque pudieron haber sido 30€ con derecho a entrar al Reina Sofía y El del Prado. Así que como era mi ultimo día tuve que limitarme a uno solo. En un museo de estas dimensiones deberían  estar muy bien resueltas las circulaciones, así como las indicaciones del sentido a seguir. Pues a la mitad del recorrido me perdí, y tuvo que dar varias vueltas ya con las piernas y pies deshechos, el último día de visita no sería para menos. Empieza con una muestra de pintura sobre madera del siglo XI y XII hasta mediados del XX con obras de Dalí, Kandinsky Eduard Hopper esculturas de Rodín, y verdaderas maravillas de Monet,  Renoir, Rembrant, Rubens, Durero entre muchos otros clásicos. Todas en estricto sentido cronológico, si es que no se pierde uno antes en alguna sala, ya que cada una tiene un par de salidas y al estar la gente distraída es fácil perder el rumbo. Así concluyo con la visita a museos.

tapita

Tapita a las 11:00

El primer día cuando llegamos en metro del aeropuerto a la estación Príncipe Pío camino al piso de alquiler a orillas del Manzanares, en una colonia de nivel medio. Recorrido a pie de varias cuadras donde pasamos entre otros negocios;  Sidras Casa Mingo, casa fundada en 1888. Como nuestra llegada  había sido  alrededor de las 2:00 la gente comía plácidamente con una buena hogaza y botella de vino en la mesa. De inmediato comenzaron a dar un concierto mis tripas sin darme tregua. Pero no fue hasta el tercer o cuarto día que entramos ya muy tarde a cenar. Se trata de un menú fijo de pollo asado, jamón de cebo, tortilla, queso, chorizo, ensalada y poco más. Me recordó a los lugares de antaño donde se ofrecían buenas raciones a precios razonables. Queda uno satisfecho sin la idea de haber sido timado por las miserables raciones y por los precios de hipoteca. Pero hubiera sido mejor en la comida, ya que a estas alturas el estómago se vuelve perezoso después de las siete de la noche. Así que tuve que echar mano de la sal de uvas.

Ahora que está tan de moda, no sólo en España, sino en muchos otros países occidentales como México darles maquilladamente  una cara moderna a los mercados tradicionales respetando algunos detalles de lo antiguo. Conocimos el mercado de San Miguel, que seguramente en el pasado remoto pasé de largo. Un sitio como todos los de su clase: abarrotado de gente joven de pie, buen ambiente quitando la caótica aglomeración de espíritus y humores, y de precios bastante abusivos. No es lugar para mi pero reconozco que a mi hija le encantó. Una vez que pides algo en la caja debes circular para no estorbar la vista de los iluminados aparadores. En el otro extremo está El Botín, el restaurante abierto más viejo del mundo. Pasamos por la calle de cuchilleros, pero además de que estaba cerrado, yo ya lo conocía y para ser franco no fue una experiencia que me hiciera levitar. Así que volvimos a La Chalana, esta vez me devoré un Xargo mariscado, nada mal, buena cocción y materia prima de primera, pero los mariscos que lo acompañaban bastante raquíticos. Me quedo con lo que probé la primera vez esa Lubina al Horno. Esta vez bañado por un tinto, otro vino resultón: media botella de Marqués de Cáceres.

Como pudieron observar no iba de muchas vivencias con vinos raros o joyitas que se suelen beber por estas tierras. No descorché un San Román o quizás un Contino, ni siquiera un jerez, pero como suele decirse la compañía hizo que lo poco bebido haya sido muy satisfactorio, y no se diga de algunos platillos como aquel pulpo a la gallega o la lubina al horno.

Por alguna extraña razón hay un momento en el viaje que me hace sentir cierta nostalgia, y es que ya van tres ocasiones con esta,  que no visito el norte; aquel pueblito que vio nacer a mi padre pero que además ya la poca familia que lo habita es muy probable que tenga muy pocas cosas en común. Tíos y primos ya han muertos casi todos, aunque no pasaran al olvido.

Aquí llega el final de mi reseña, guardando imborrables recuerdos de esta magnífica tierra.

Por catorce largos años había recordado, no sólo lo vivido en Madrid, sino sus alrededores. Con un espíritu bucólico que siempre me ha caracterizado, me han llamado infinitamente más la atención los pueblos y aldeas donde la mayoría de la gente se conoce y se respira aire puro. Poblaciones surcadas casi siempre por un río de mansas aguas y peces en la orilla sombreada por filas ininterrumpidas de chopos. Pero en esta ocasión el destino me ha dejado disfrutar esas tierras por sólo diez días, de ahí el título de la entrada. Apenas he salido a asomarme por Segovia y Ávila. Esta última rodeada por su gran muralla de finales del siglo XI y cuya altura rebasa los 12 metros, pero aun más impresionante es su recorrido intacto de 2.5 km y 3 m de espesor. Poseedora de La primera catedral gótica, cuyo ábside es parte de la muralla. Debo reconocer que no es de las más bellas, o por lo menos así me lo parece, simplemente la de Nuestra Señora de la Asunción y San Frutos de Segovia es mucho más bonita y majestuosa. Me da la impresión de que además ha tenido un esmerado trabajo de mantenimiento por la limpieza de la piedra. Segovia cuenta con la última catedral gótica de principios del XVI (1525). Con algunos detalles románicos a pesar de que para esa época ese estilo ya no pintaba en la arquitectura. Por otro lado su Alcázar al final del recorrido por la cuesta lo deja a uno sin aliento, rodeado de ese maravilloso paisaje castellano repleto de cereales y nubes que se esconden por el horizonte.

Pero hablemos un poco de vino y los manjares que se pueden encontrar en los bares de tapas y comedores, estos últimos, casi siempre ubicados al fondo o un piso debajo donde se respira un aire más tranquilo y formal. A grandes rasgos recorrí las calles madrileñas con poca curiosidad culinaria, acompañado de mi hija, llevado más por el hambre que por el antojo. Donde empezaban las tripas a dar un concierto, nos deteníamos a buscar dónde sentarnos y recargar baterías. Aunque ella ya había estado en estas tierras con poco menos de un año de edad, su «redescubrimiento» de Madrid fue algo que disfrute como si fuera mi primera visita. Aunque el espíritu hispanófilo que me acompaña me ha llevado a dar varios brincos al Atlántico en los últimos treinta años. El primer día hicimos un recorrido obligado para turistas con cámara fotográfica colgada al cuello y una gorra para cubrirnos del sol. Aunque ahora se goza de Google maps, fueron pocas ocasiones las que tuvimos que echar mano de esa increíble herramienta, con excepción de aquellas en las que queríamos llegar a lugares menos frecuentados por los turistas.

Llegamos a La Puerta del Sol donde  la foto con la Osa y el madroño así como en  la estatua ecuestre de Carlos III son los puntos más codiciados por los japoneses, a pesar de eso, pudimos sacar algunas impresiones. Antes habíamos entrado a una de mis tiendas favoritas: Casa Diego, donde en la última visita compré un cayado de madera parecido al tejo que aún conservo. Existe una variedad de sombrillas, abanicos, sombreros etc. que merece la pena visitarla. Rumbo al suroeste pasando por algunas pintorescas calles llegamos a la Plaza Mayor, lugar que como en muchas otras ciudades ha sido lugar de comercio, de corrida de toros, de ejecuciones en la Inquisición y que hoy los turistas disfrutan con una buena porción de calamares fritos y una caña. En algún punto del viaje invité a mi hija a sentarse en esta misma plaza  para disfrutar del café a media tarde. Pagué 7€ como necesario recordatorio para saber que la muchedumbre en estos lugares hacen que suban ofensivamente los precios. Por último tuve la pésima idea de parar en El Museo Del Jamón  en La Gran Vía, una de tantas sucursales, pero que ésta en especial me recuerda aquel día que entramos mi esposa y yo con mi hija en carriola, la pobre se quedó dormida con un trozo de pan en la mano mientras sus padres se atiborraban de jamón, pan y vino. Esta vez fue diferente: camareros apáticos, tapas hechas sin esmero y con materia prima de segunda. Una mesa al lado nuestro de una familia de norteamericanos se levantó después de esperar diez minutos a que el mesero se plantara a pedirles la orden. Hemos comido mucho mejor y más barato en varios lugares de alrededor.

Al Museo del Prado hay que ir por la mañana temprano con mente despejada, un par de zapatos cómodos, de preferencia tenis, bien hidratados y haciendo una planeación de no más de 2 horas por ronda para volver a cargar baterías pasando por la  cafetería por algo de comer y beber, además de reposar las piernas. Así fue cómo, para entrar, mi hija desde su celular compró los boletos y entramos en sólo 5 minutos después de haber intentado a la vieja usanza: formados en una enorme cola.  Luego de atravesar la sala vestibular cualquier ser humano con cierto grado de  sensibilidad se remonta al pasado. Mi plan era Goya y Velázquez sin menoscabo de Zurbarán, Murillo, Rubens, El Greco, pero confieso que mi objetivo quedó ampliamente saciado, sin que por esta razón no pudiéramos admirar por el camino la pintura italiana de los  siglos XIV al  XVIII: Rafael, Tiziano, Caravaggio… Como es de esperar la sala donde se exhibía «La maja vestida» y «La maja desnuda» estaba abarrotada por dos grupos de orientales con sus respectivas guías. Haciendo un esfuerzo extraordinario pude tener la suficiente paciencia para esperar a que se despejara y admirar de cerca las que sin duda son las pinturas de Goya más famosas. » Las meninas» fue otro cuadro que requirió de una dosis extra de paciencia. Este museo se puede visitar infinidad de veces, pero siempre se encontrarán motivos para quedar asombrado con las pinturas y esculturas realizadas por aquellos maestros virtuosos que rayan en lo imposible y de quienes quedan muy pocos de su categoría, a pesar de llegar a la friolera de 7 mil millones de habitantes en este caótico mundo. Saliendo del museo nos dispusimos a buscar un buen restaurante para cenar, le habíamos echado el ojo a uno que quedaba algunas cuadras de allí, pero durante el trayecto nos atrajo uno que está en la calle Cervantes número 28 para ser más precisos, a una cuadra del Paseo del Prado. Se trata de El Barril de las Letras, un lugar encantador cuya atmósfera invita a la sobremesa y  cuyos platillos y ambiente hacen que pase por alto pagar lo que se tenga que pagar. Y es que el pulpo a la gallega exquisitamente preparado bañado con un albariño, de Martín Kodax; nada qué suspirar pero guardando una acidez que va muy bien con los mariscos. Su cocina tiene una  tendencia a mariscos del norte: Galicia y País Vasco.

Sin estricto orden cronológico, otro día paramos a comer a Casa Parrondo, muy cerca de la Plaza de las Descalzas. Se trata aunque no parezca de primera, de dos locales uno frente a otro, con el mismo nombre aunque uno de ellos, el más apretado al que después de que nos levantaran de la mesa «porque ya había personas esperando…» salimos sin mayor explicación, sin darnos cuenta que el de enfrente era el mismo, aunque éste es un poco más amplio y limpio. Como traía ganas de cocido, me comí uno gallego. Bastante sabroso con media botella compartida con mi hija, de Piérola crianza 2015, bastante tánico pero resultón con la grasa. Había muchos lugares que se concretaban en dar a escoger dos: Ribera o Rioja, como si fuera así de sencillo… Es a lo que ha llevado la gran cantidad de vinos exportados a todo el mundo de estas dos regiones.

Cambiando de derroteros hacia lugares más turísticos visitamos el Palacio Real con todo y su vetusta cocina. Un museo en términos prácticos donde la actual corona española sólo va de vez en cuando a cenar, pero cuyos alimentos no se preparan en la anticuada cocina que nos mostraron; llena de utensilios de cobre y pinzas de acero, pasando por hornos, jarras, platos y copas de todas formas y tamaños. Hoy la cena se hace en otra parte del palacio, testigo a comienzos del XVIII de la primera dinastía de los Borbón con el recién estrenado rey Felipe V.

Con la media de vida para los hombres de 82,6 años de las más altas en Europa,  es fácil imaginar que la buena comida, el clima benigno en comparación con latitudes más septentrionales, y el buen humor de los españoles, hacen su vida más llevadera y longeva. A pesar de lo que pudiera pensarse a la hora de comer unas buenas lonchas de jamón veteado de la mejor calidad con un fino al lado. Además, aquellos años donde se respiraba el aroma a tabaco oscuro en los bares y que las colillas junto con el aserrín abundaban en las tascas y algunos bares, han quedado en el olvido. Hoy los fumadores deben salir a la calle a fumar, como en cualquier otra parte del mundo occidental, donde se ha dado una batalla muy dura en contra del tabaquismo.

Hay restaurantes que la mera casualidad hace que entremos en su comedor, y otros que son sugerencia, y que pocas veces fallan. Ese fue el caso de la recomendación de una amiga y su esposo que viven en Madrid. No se dejan llevar fácilmente por la ola turística. Se trata de un restaurante no muy vistoso, muy cerca de la Plaza de España. La Chalana, uno de mis favoritos este viaje, donde incluso repetimos. El primer día que lo visitamos pedí una soberbia lubina al horno, una delicia que se deshacía en la boca con un culín de sidra  para después pedir una copa de godello muy vivaracho. Yo siempre me había imaginado que la sidra a granel se escanciaba, pero el caso es que había unos despachadores en las paredes para servir un culín por 70 céntimos. Fue lo más parecido a aquellas sidras escanciadas con sabores salinos que refrescan y bajan la grasa mientras se le da una cucharada a un buen plato de  fabes con almejas.

Pero con tanto que he contado y tanto qué contar de estas experiencias se me ha abierto el apetito, así que lo dejaré para una segunda parte, ya que además todavía hay material de sobra.  ¡Abur!

(Continuará)

Tapas, pinchos o pintxos (como se escribe en tierra vasca) y hasta los bocadillos y canapés, sin ser tan ortodoxos podríamos agruparlos en las  variantes de lo que podemos traducir en México como botana. Botana que se ofrece al bebedor sediento en bares y cantinas, y que su diversidad roza lo infinito tanto aquí como en España: Pimientos del piquillo en diferentes presentaciones, pinchos de tortilla, sardina, boquerón, gambas, navajas, huevo duro con pimentón, calamares, chorizo, pimientos asados, croquetas de bonito… son apenas un asomo de la gran cantidad de tapas que se ofrecen en los bares de cada esquina de las ciudades y pueblos españoles, tapas que requieren para obtener esa categoría un trozo de pan crujiente.

En México tenemos: cacahuates, papas fritas, sopecitos, chalupas, tacos dorados, tacos de diferentes guisos, chapulines, guacamole, tostaditas, molotes, charales, manitas de cerdo etc. Pero hoy me quiero enfocar en las tapas y pintxos que se ofrecen en México, ya que para mucha gente ha sido una novedad que no sólo en los restaurantes españoles se sirven, sino que las tiendas gourmet han incursionado en la preparación de estas delicias como City Market El Palacio de Hierro (Polanco). Lugares donde de ofrecen estos productos con una copita de vino o un buen tarro helado de cerveza, agua mineral o cualquier cosa que pidan de beber en la barra. Menciono estos dos establecimientos ya que son los únicos que conozco en Ciudad de México.

Hasta el momento y dudo que cambie la situación, son productos caros que no tienen nada que ver con la oferta en lugares como León España (Barrio Húmedo) donde incluso las tapas son gratuitas. Aunque carguen un poco más a las bebidas, ya que como decía mi padre: «Nada es gratis en esta vida». Pero por lo menos podemos hacernos ilusiones con ese plus ofrecido por el dueño del establecimiento.

En City Market he probado algunas tapas que me parecen de muy buena materia prima, misma que se puede conseguir dentro de la tienda. Mucho tiene que ver el ambiente en la barra, rodeado de productos, limpia y bien iluminada.

tapa6.jpgUna característica que dista de los bares españoles, y no precisamente los que visitan los guiris, es que es algo tan cotidiano que no se respira ese aire de sofisticación y efímera sutileza propios de lugares concebidos para sacarle los ojos a los turistas forrados de dólares. Cuántos bares visité en España durante los años ochenta, donde llegaba incluso a  pisar las colillas de cigarro y un poco de aserrín para que nadie resbalara por el piso húmedo. Sé que puede sonar cutre, pero también le imprimía un aire de taberna medieval, donde las charolas con cañas y chatos de tinto o sidra previamente escanciada deleitaban a los comensales en un ambiente impregnado de aromas y sabores.

Hoy en México como en muchos bares en zonas de alta plusvalía en cualquier ciudad del mundo, lo primero es atraer al cliente por la vista en un lugar armado y ambientado artificialmente como cuando se visita Epcot Center en la tierra de Mickey Mouse.  Para quienes gustamos de lo auténtico y queremos porciones abundantes y no dedales y platos que parecen muestras, la satisfacción es incompleta y muchas veces al salir es común sentirse timado.

El promedio que se llega a  pagar por persona, dependerá de que tan sediento o tapa2hambriento entre al bar. Sin embargo me atrevo a decir que un promedio de 4 tapas y una bebida, digamos vino o cerveza ronda los 300 pesos. Otra característica diferente, es que en España cuando se sale de juerga es muy raro que alguien se siente en la barra por más de dos raciones. Es habitual ir de bar en bar probando cosas sabrosas por las tardes, una cañita a mediodía y café con un bizcocho en la mañana.

En Ávila ciudad amurallada, relativamente cerca de Madrid, realizan uno de los  concurso de tapas más importantes de España. Así que el arraigo y tradición se respira en cada uno de sus rincones. La materia prima es la espina dorsal de un buen pincho, el esmero y la dedicación cierran el círculo para poder presentar en la barra una buena tapa. Sería ocioso hablar de cada una de las tapas que sirven en los lugares arriba mencionados, lo que sí puedo decirles es que el aguacate y algunas porciones calientes, no se encontraran en la Madre Patria, ya que se sirven así como están expuestas en los exhibidores… Mejor los invito a que se den una vuelta, sino lo han hecho, y probar algunas tapas para que formen su propia opinión.

Enero

Publicado: 12 enero, 2019 en De todo un poco, Vino
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Enero es un mes de reflexiones y de buenos propósitos, que en la medida que corre el año van quedando en el olvido. Un espacio que puede servirnos para dirigir nuestra mirada a otros objetivos y nos invita a hacer un alto en el camino.

Leyendo el blog de Tyler Colman Dr Vino, por poner sólo un ejemplo, se alojaron como abejas a la miel en mi memoria recuerdos y añoranzas de cuando los blogs gozaban de buena salud, en su pleno apogeo. Cuando la gente leía y escribía de manera entusiasta y en ocasiones de manera febril. Tyler Colman no ha sido ajeno a esta tendencia a la baja, otrora escribía hasta tres entradas por semana, todas ellas escritas con mucho profesionalismo y esmero. Ganador de no sé cuantos galardones entre otros reconocimientos importantes. Hoy en su portal la entrada más reciente es del día 7 de noviembre del año pasado. Algo sucede y es que las seducciones visuales de los videos y todo lo que tiene que ver con la comunicación fácil, instantánea y digerida, sustituye poco a poco la escritura. Ese código que desde hace poco más de 6 mil años nos ha engrandecido con su luz y cobijo para desarrollar nuestras fantasías y no sólo el chismorreo banal y efímero. Parafraseando al hombre genio de Borges; Todos los inventos del hombre han sido extensiones de su cuerpo, con excepción de la escritura. La literatura va más allá del simple deseo de expresar una idea, ya de por sí una tarea valiosísima, sino de llegar a expresar sentimientos y reflexiones que eleven el espíritu  del hombre.  Los videoblogs son cada vez más reconocidos y han convertido a muchos de sus autores en gente famosa y rica. Giovanni Sartori estaría moviendo la cabeza  reconociendo lo que él alguna vez  había profetizado a inicios del siglo XXI.

Ha llegado a tal punto mi apatía que de no escribir de inmediato alguna experiencia que resulte a mi juicio digna de comentar, pueden pasar semanas sin que me asome al teclado para escribir mis experiencias. Así que no quise dejar pasar la oportunidad para comentar algunas cosas a bote pronto.

Al final de año catamos algunos vinos que prometían mucho pero que no sé si valen lo que cuestan. Una pregunta que me planteó cada vez con más frecuencia ¿Un vino de 200 dólares los vale de verdad…? Hay quienes defienden su postura por el solo hecho de haber pagado una fortuna, pero son incapaces de desmenuzar el contenido de la botella. Conformes con la etiqueta y el glamour efímero que les proporciona una cena vestidos de frac, descorchando vinos caros servidos en copas austriacas de cristal de una sola pieza. Por mi parte encuentro cada vez más satisfacciones en la simplicidad, en un vino honesto y sin grandes pretensiones como el que a continuación les comentaré.

neroCusumano Nero D´Avola 2016. Un siciliano firme con buena fruta, de alcoholes moderados y tanino maduro. A los que llamo de trago largo, y que bien pudiera descorchar dos botellitas durante una buena cena.

Muchos se preguntarán si vale la pena comentar un vino que se puede beber de ordinario, para quienes acostumbran a beber diario. Yo diría que sí. El precio y la estirpe muchas veces son producto de la mercadotecnia que va mermando el verdadero propósito de una buena copa de vino.

Hasta aquí mi comentario, y por cierto en un futuro me gustaría escribir una entrada sobre los lugares en México donde sirven tapas. Tapas de calidad, aunque a veces hay que pagar un riñón por cada sentada en la barra. Curiosamente se encuentran en tiendas de lujo ¡Qué tengan un año de mucho éxito y  más salud!

Este pasado miércoles 19 de septiembre seguramente  la gente salió por la mañana de sus casas un poco temerosa, otras pensando gran parte del día en la tragedia ocurrida hace un año en México y sus alrededores, yo fui del segundo grupo, además tenía una invitación por la tarde a una cata en una tienda gourmet recién abierta hace poco. La verdad es que hacía mucho que no me presentaba a un acontecimiento de este tipo. Muchas veces por apatía, otras para evitar escuchar los interminables rollos comerciales que suelen derrochar los anfitriones. Al final me presente puntual a la cita,  aunque debo decir que la falta de educación y compromiso de la mayoría de los invitados es vergonzosa. Con poco más de una hora de retraso comenzó la charla una sumiller joven y muy entusiasta. Se trata de Sandra Fernández Gaytán. Fuera de la chocante costumbre en muchos países de lengua castellana, entre ellos el nuestro, de llamarles sommelier en vez de utilizar el término correcto; sumiller a las personas de esta noble profesión. Aclarado el punto sigo con su extenso currículum, pero sobre todo, el enfoque que tiene del mundillo del vino me fue interesando a medida que pasaba el tiempo.  Puntos de vista contrastantes y datos de la situación vitivinícola en nuestro país  aparentemente actualizados.

Sumiller Sandra Fernández

Sumiller Sandra Fernández

Contando sus inicios en esta profesión, nos decía que al principio no le entusiasmaba mucho el vino, entiéndase que no fue un impulso desde la niñez sino un gusto adquirido después de que su  profesora le dijera un buen día:

«No sabes oler, sabes respirar…»

Una de esas frases que nos cambian la perspectiva  de  la vida y que  transforma nuestro horizonte profesional, desde ese momento se interesó por el vino.

Muy pronto advertí que no se trataría de una cata tradicional de tintos con aromas  a frutos rojos y de blancos a fruta amarilla, como bien lo apuntaba ella misma. Al final reconozco que valió la pena la espera aunque hubo ciertas imprecisiones que suelen darse cuando el expositor se relaja y piensa que a la gente le da lo mismo una cifra de más o de menos. Más adelante lo explico con detalle.

Francamente desconocía por completo que la historia del vino en América comenzara en Puebla y  la Ciudad de México, lo que llamaban Huejotzingo. Ya desde entonces existía una planta trepadora que con sus frutos, los naturales de esta región preparaban una bebida fermentada. Su gusto amargo y astringencia hizo que la  mezclaran  con miel.

Siguiendo con la historia algunos siglos después, Don Lorenzo García en 1595 abrió la bodega que hasta hoy sigue en plena producción, la más vieja de América. Pero no fue hasta 1597 cuando pudo comercializarlo previo permiso del rey de España. Aunque yo tengo mis reservas con aquello de la prohibición de la producción de vino en México, por motivos de competencia con el vino español.  Y esta duda surge por una simple y sencilla razón: ¿El vino aguantaba el largo viaje en alta mar hasta cruzar el Atlántico y llegar a las costas de Veracruz…? Yo creo que lo que llegaba, si no se lo bebían antes en el camino, era vinagre. Pero respetemos temporalmente la historia oficial. Hoy esa bodega se llama Casa Madero y va por la quinta generación de productores.

En 1842 abre sus puertas la Escuela de Agricultura, con especial énfasis en la viticultura.

En 1888 nace la bodega Santo Tomás.

En 1900 entra a México la filoxera, ese endemoniado pulgón come raíces que devastó la mayor parte de los viñedos de Europa.

En 1906  cien familias rusas se instalan de manera permanente en el al Valle de Guadalupe, hoy queda el legado de Bibayoff

Después de la Revolución Mexicana, que por obvias razones había mermado la producción a niveles ínfimos, resurge en 1920. Cincuenta años después, en 1970 nacen los vinos en Calafia de Domecq. Y rompiendo parámetros surge en 1987 Monte Xanic. Todavía recuerdo con nostalgia su rústico y sabroso  cabernet franc con su etiqueta de color anaranjado, ya extinto.

Otros datos interesantes: En México hay 4000 ha de viñedos, según la sumiller, yo tengo otro dato muy diferente de The Oxford Companion To Wine de Jansis Robinson tercera edición 2006 pag. 441

Mexico, the America´s oldest wine producer country, had 41,000 ha/ 101,000 acres under vine  in 2002 (…)

Para ponerlo en perspectiva Jordania y Tailandia países con ínfima producción, tienen 4000 ha cada uno, España el de mayor extensión de viñedos, tiene 1,207,000 ha, EE.UU 415,000 ha (*datos del año 2002)

Siguiendo el hilo de México: tenemos 2000 etiquetas nacionales y un consumo per cápita de 720 ml con una producción de 62 millones de litros al año.  70% del vino que se consume se importa.  Y el 40% de lo que pagamos los mexicanos por los vinos corresponden a impuestos.

Al hablar de las uvas insignia de cada país, y poner ejemplos: Argentina: malbec, Uruguay: tannat, Sudáfrica: pinotage, Australia: Syrah etc., Decía Sandra Fernández que en México hace falta tener una uva propia.   Yo pienso que hace más falta vinificar bien que tener una uva insignia a manera de branding que tampoco es malo, pero no debe preocuparnos mucho. Un buen ejemplo es hablar de Francia, donde  no implica hablar de un varietal, porque quedamos muy cortos. Podríamos hablar del coupage o mezcla bordolesa, y Francia es un país tradicionalmente vitivinícola, pero con la diferencia del Viejo Mundo.

En México se da con excelentes resultados en el Valle de Guadalupe: la zinfandel y la malbec,  quizás en algunos años tendremos alguna uva que nos identifique en el Mundo.

Por último me gustaría destacar algunos aspectos de la cata, que no se ha limitado a mencionar aromas y sabores, a manera de lista de supermercado.

Hay dos vinos destacables para mi. El primero un blanco y el último un rosado. La Llave Blanca 1999, de Vinícola Torres Alegre y Familia en el Valle de Guadalupe. Según contó la sumiller, el enólogo y dueño de la bodega fue el creador de un sistema de oxidación controlado, llamado micro-oxigenación, que consiste en oxigenar el vino lentamente mediante diminutas mangueras hasta el punto que se haya acelerado su evolución, sin llegar a la vejez y mucho menos a la decrepitud.  Buscando en el mismo libro, encontré que el mérito lo tiene un francés: Patrick Ducournau en la región de Mediran, para controlar la aireación en los tanques de fermentación y así proveer de oxígeno a la levadura. Aunque también se puede oxigenar en algún otro momento dentro del proceso de crianza. El resultado es un vino muy interesante que me recuerda a los blancos de López Heredia, con toda proporción guardada. También compartió la historia de una vieja barrica abandonada en lo que fue Chateau Camou, que contenía un savignon blanc y que ahora se vende como el vino más caro de México por $12,000 pesitos la botella,  La Llave del tiempo. No cabe duda de que hay vinos para todo mundo, hasta para quienes se desprenden con facilidad de su dinero después de escuchar una romántica historia.

Vinos catados...

Vinos de la cata

El Convertible Rosa, único vino de Viñas Pijoan que no tiene nombre de mujer, como los otros. Vinificado con 70% zinfandel, 15% merlot, 10% garnacha tinta y lo demás colombard. En el sentido estricto sería un clarete por tener uva blanca (colombard)  Bonito color salmón, brillante y fluido. Un vino elegante que tiene aromas a manzana verde, paso y final amargo. Un rosado que como bien dice Sandra sale del montón de  vinos con azúcar que pocas veces pueden maridar. La relación acidez y salivación que mencionó me parece muy interesante, desde el punto de vista gastronómico,  para poder digerir y disfrutar el vino con la comida.

Otro que se me olvidaba es el Nebbiolo passito de Villa Montfiori. Un vino de postre de aspecto turbio, opaco y espeso que se vinifica son el método passito que me imagino proviene de pasa, uvas pasa… Dulce con mesura y con una buena dosis de acidez, ideal para maridar con un queso Brie. Un vino sin filtrar, he aquí el motivo de su capa velada y sus aromas a hollejos. Por cierto el maridaje no fue nada del otro mundo, creo que le faltó a las viandas materia prima de calidad y poco más de mimo.

Así concluyó la noche de miércoles, agradezco la amable invitación de Carlos. Abur.