Scarpetta pinot grigio 2021. DOC Friuli. Aunque quien sirvió el vino haya tapado la etiqueta, pueden imaginar un cerdo enseñando la carrillera y la papada, de los que sacan las trufas en la Toscana. Observen el color en la copa, o mejor dicho lo incoloro del vino

Nuevamente asistí por la tarde-noche a una cata en City Market anunciada con tres vinos italianos, fui en compañía de Alfonso y su esposa. Se trató de un blanco, un prosecco y un tinto de la Toscana. Vinos, sobre todo el prosecco, que no sé por qué razón; quizá mi falta de hábito con estos vinos, pero no me ha gustado nada. A pesar de los halagadores comentarios de muchos de los asistentes. Burbuja grande, escasa y poco persistente, que se fue en pocos minutos. A la pregunta del sumiller de ¿por qué se llamaba prosecco…? Una de las asientes levantó la mano y respondió que porque antes se conocía la variedad como prosecco y ahora se conoce como glera. Llegando a casa busqué en mi multicitado y viejo libro (tercera edición) de The Oxford Companion of Wine; y dice muy claro que la uva aún se conoce como prosecco, sin mencionar la glera; debe ser porque los datos no han sido depurados, momento para pensar en comprar la última edición. Aunque lo más interesante es que también se vinifican vinos tranquilos. De las 28 millones de botellas producidas al año en esta región: un millón son de vinos tranquilos, 7 millones de frizzante y 20 millones de espumoso (método charmat). Pienso en algunos espumosos chilenos con método tradicional muchísimo más interesantes, por el mismo precio.

El primer blanco: Scarpetta pinot gris 2021 ¡sorprende es casi incoloro!; los ingleses reconocen esta característica como pale lemon green. Es quizás el vino más «pálido» que he catado en mi vida. Por lo demás, nada que me invite a comprar una botella. Aromas intensos a pera, manzana verde con una nota floral a jazmín. Los tres vinos son de la misma bodega: Scarpetta. El último un vino tinto vinificado con 60% sangiovese y el resto de uvas autóctonas: canialolo, ciliegiolo, y colorino. Rubí capa media, brillante y con aromas a barro, y una nota que al principio no había notado hasta que alguien comentó que olía a jamaica, la flor rojiza que aquí en México hierven, cuelan y agregan azúcar para disfrutarse en las comidas.

Los viernes han sido destinados para catar cervezas o destilados en esa misma mesa, estamos apuntados y mañana toca tequila que me dispondré a reseñar.

Viernes por la tarde ha tocado el turno al tequila, de Tequila Jalisco. Porque no todo el tequila se hace por aquellas tierras, aunque parezca mentira hay tequila en cinco estados de la Republica Mexicana: Jalisco, Tamaulipas, Michoacán, Guanajuato y Nayarit. Al parecer sin el amparo de algún consejo regulador, sino de la Secretaria de Hacienda que son quienes distribuyen los marbetes para su legal comercialización. Tierra Noble tiene ocho años de vida, produce 50 mil botellas al año, para contrastar: Tequila Sauza produce Un millón de cajas de 12 botellas cada una. Tierra Noble destila y embotella en Jalisco, en su propiedad de Mazamitla a 7200 pies de altura, siendo una de las destilerías a mayor altura sobre el nivel del mar; donde recolectan las piñas del agave azul (agave tequilana). Por otro lado cada agave debe tener entre 8 y 10 años para poder producir el destilado. Se necesitan 7 piñas para obtener 1 litro de tequila. Nos explicaba que el ajuste en el volumen de alcohol se hacía agregando agua limpia, ya que según la norma debe estar entre 38 y 40 grados. Con todos estos datos me ha dado por ir a la librería a comprar el Larousse del Tequila para adentrarme a este mundillo de los destilados, sobre todo el tequila, que se ha convertido en la bebida nacional.

El primero que catamos fue un blanco, que no pasa por madera: Tierra Noble Blanco. Incoloro, de lágrima perceptible, aunque a la persona que dirigía la cata le pareció que las «piernas» que colgaban eran abundantes. En cuestión de nariz, a mi me costó un poco, además de que no soy el mejor dotado para estos menesteres, sumado al alcohol que enmascara mucho los aromas más sutiles. Miel, anís, vainilla y canela. En boca, aunque no sé si se utilicen los mismos términos que para el vino, tiene buen ataque, untuoso y buen paso.

El segundo Tierra Noble ya tiene madera, se trata de un reposado con una crianza en barrica de roble americano de entre 9 y 11 meses. Apuntaba que las barricas después de 2 años de uso se destruyen. Huele a maple, canela y notas de barro. En boca tiene notas dulces y el alcohol se percibe menos.

El Cristalino fue el último; tequila que pasa por un proceso de filtrado con carbón activado para quitar esas notas amargas, agrias o amaderadas; lo que en el mundo del vino podríamos calificar como defectos. Botella de bonito color gris. Al final me he animado a llevar una botella a casa. El precio es de 799 pesos, unos 45 dólares. Nos mostraron, sólo a la vista, el tequila de más alta gama de Tierra Noble. Se trata de Tierra Noble 4 Cuarto Cristalino con un precio de 5 mil pesos (295 dólares). Hasta aquí la reseña, voy por el libro. Abur.

Las Pudendas y Huno 2019

Después de una tarde atropellada, con prisas y contratiempos, nos reunimos por la noche para la tradicional cata de fin de mes. Tuvimos nuevamente de invitado a la mesa a Eduardo Narro, orgulloso dueño de Las Pudencianas. Una familia con tradición vitivinícola de raíces profundas en aquellas tierras norteñas. La bodega en el pueblo era conocida como el Jardín Botánico de Parras. Desde hace 13 años que se plantaron las primeras vides ha ido evolucionando su proyecto hacía producciones artesanales, buscando la satisfacción del cliente con ideas muy innovadoras. Una de ellas que me llamó la atención se trata de una cata de tres vinos; y que al final el anfitrión invita a que surja el espíritu enológico que pudiera estar dormido en lo más profundo de nuestra alma: Los catadores tienen la libertad de mezclar los vinos como a ellos les plazca, tomando notas de la mezcla; posteriormente se embotella y se imprime una etiqueta personalizada. Si en el futuro quieren repetir la mezcla, ya hay un registro, y es cuestión de pedir un lote. Más allá del resultado de la mezcla, que por obvias razones puede resultar o no, me parece un ejercicio que convierte a los invitados en parte del proceso. Echando a volar la imaginación podemos pensar que somos parte de esa bodega. Me parece una brillante idea que podremos poner en práctica muy pronto, ya que casi todos los integrantes del grupo estamos planeando ir en un par de meses, ya les contaré. Eduardo no llegó con las manos vacías; trajo una pierna de carnero estofada con verduras y dos botellas: una de su bodega y otra de un familiar que también produce vino por aquellas tierras.

La primera Las Pudencias cabernet sauvignon, no encontré la añada y teniendo a la mano la respuesta con Eduardo presente, se me ha pasado de largo. Aunque mi ortodoxia ha ido a la baja, no se debe pasar por alto que ambos vinos han viajado desde Coahuila sin ningún reposo previo a la cata, detalle que tiene mucho que ver con las sensaciones organolépticas, como diría un sumiller. Se trata de un vino joven huele a fruta roja; ciruela con algún dejo a humo. Acidez alta y final astringente, ya habrá tiempo de catarlo in situ próximamente.

Huno 2019, vinificado con merlot del mismo valle de Parras de la bodega Hacienda del Marques de Parras. Se le nota la madera, huele también a hollejos, fruta negra indefinida y una nota especiada a pimienta blanca. En boca tiene buena acidez aunque a la mitad del recorrido hay una nota cansina como si hubiera estado abierta mucho tiempo. Después de unos minutos aparece una nota mentolada en la copa quieta.

La última botella antes del estofado la trajo Alfonso, un carmenere: Carmen 2020. No tomé nota pero se trata de un vino frutal repetible.

El delicioso estofado con verduras estuvo bañado por una magnum de Luigi Bosca de Sangre 2014. Maridó muy bien con la grasa del cordero.

Estaremos a mediados de septiembre por aquellas tierras degustando los ya famosos vinos de Parras.

En esta ocasión no tenía idea de qué ofrecer para la cata, pero hurgando por los pasillos se me ocurrió comprar cinco vinos que tuvieran los nombres más raros. Lo que me sorprendió fue que hoy en día muchos productores buscan impresionar con diferentes nombres y etiquetas que suenan fuera de contexto, con el fin de vender sus vinos. Yo sabía de antemano que al escogerlos por ese motivo las posibilidades de probar algo que mereciera la pena era escaso, o algo fortuito. Y aquí empezamos con la lista:

La Maldita 2020. Nacido en la noble tierra de Briones en Rioja, y vinificado con garnacha blanca. Color evolucionado: oro, brillante y espeso. Huele a talco, toronja blanca. Buena acidez en boca, de final corto. Con la copa en reposo, al final de la cata huele a mango. Bebible.

La Casa de Las Locas 2020. Amarillo pajizo ribete transparente. Huele a lo que rara vez huele el vino: a uva; cuando pelas una uva y queda la pulpa al descubierto, y melón verde. Boca cítrica a lima, buena acidez y final medio. En reposo al final huele a membrillo. Repetible.

Knock Knock sin añada, taparrosca, eso sí: metálico. Primer aroma volátil, algunos aromas químicos, después abre un poco a fruta roja indefinida. En boca es planito, fugaz… Nada que mueva a comprarlo al menos que sea el único vino a la venta en cien kilómetros a la redonda.

Mr No Sulfite 2019. Un beaujolais villages, sin sulfitos. Huele a ciruela roja madura, algo raro pero también a madera vieja y poco más. Planito en boca, falto de acidez y tanino. Inmemorable con causa.

Pituco 2020. De Jumilla, y el que sin duda más nos ha gustado o mejor dicho: el que menos nos ha desagradado de los tintos. Vinificado con garnacha tintoreta: esa que también es negra por dentro, monastrell y syrah 14 grados de alcohol y crianza no especificada. Huele a hollejos y zarzamora con especias; notas de clavo. En boca sobre-madurado, falto de acidez y pasificados. No sé si repetiría.

No dejó de ser un buen ejercicio, en ocasiones cuando voy dispuesto a traer lo mejor que encuentre, me he topado con muchas sorpresas, en está ocasión mis expectativas eran muy bajas.

Dentro del amplio mundo del vino se habla de la evolución como algo cuantificable pero sobre todo controlable. Déjenme decirles que al tiempo le gusta juguetear con nosotros, a veces evolucionando de más, y otras cuando pensamos que ya el vino se convirtió vinagre; resulta que no sólo está bebible sino que se puede disfrutar de los matices de un vino en plena madurez; deleitándonos como nunca lo haríamos con los vinos más jóvenes. Hace casi cuatro meses catamos un blanquito: Cuna de Tierra 2020, que ya había olvidado en el refrigerador, y es que había sobrado poco más de una copa. Para mi sorpresa lejos de ser un vino cansino, presentaba un color amarillo dorado, opaco, con una nariz tropical a mango, níspero con notas de piña madura y barro. En boca amarga un poco a la entrada, de acidez comedida y un punto dulce. Había perdido aquella frescura de cítricos de la primera vez cuando se descorchó: Nada que se tuviera que echar al fregadero. En contraste descorché después un Chablis de Louis Jadot 2021, amarillo pajizo brillante con una nariz frutal a piña, notas florales a jazmín, y también notas anisadas. En boca de buena acidez, un vino joven correcto. A veces la vida nos da sorpresas, y es que olvidamos la segunda parte en algunos vinos: que después de descorchados, quizás no días, pero si una horita o poco más hace que aparezca la magia. Pondré en un futuro más atención a la evolución en copa.

El imbebible

Ese mismo día había sacado de no sé dónde una botellita de tinto, sin grandes expectativas lo probé. Debo decir antes que nada, que no me gustan las descripciones poco halagadoras de vinos que no sean de mi agrado, pero este rozaba lo infame. Un vino diluido, que si me hubieran dicho que le habían agregado un vaso de agua, lo habría creído. No había por donde cogerlo, como decía un buen amigo español. Le faltaba de todo, un juguito de uva con algo de alcohol, completamente desintegrado. Además tuvieron el atrevimiento de imprimir en la etiqueta el calificativo de «Gran Vino» nada más lejos de la realidad. Pongo la foto para el valiente que quiera desengañarse.

Hace unas semanas asistí a una de esas catas comerciales que organizan ciertas tiendas de autoservicio, lo que conocen en España como grandes superficies. Dije comercial, porque finalmente su objetivo es vender una que otra botellita, y si al cliente le gustan todos los vinos, pues… ¿Quién le impide que se los lleve a casa? Alfonso, asiduo asistente a estas catas, me comentaba que las más interesantes, en cuanto a información y contenido, eran las organizadas con algún miembro de la bodega en cuestión. Ya que generalmente están muy bien enterados de todo lo que respecta a la bodega y sus vinos. En esa ocasión cambiaron el itinerario, debían ser prioratos y acabaron en Ribera del Duero.

El primero de tres tintos; Sembro 2021 de bodega Jaros, Tres meses de crianza y 14.5 grados de alcohol. Huele a mermelada de zarzamora, unas vueltas a la copa y aparecen lácteos. En boca: de taninos moderados, buen paso y acidez. Todo en su lugar sin enamorar.

El segundo de la tarde un Jaros 2018, con 18 meses en barrica además de que se le notan. Huele a pastel de frutas, pimienta negra y una notita lejana de cuero y madera nueva. En boca tiene un tanino rugoso y una acidez que destacan, le falta vidrio, quizás unos añitos integren lo que hay dentro.

El último fue un Pago la Corva 2015. Mudo al principio, va abriendo a fruta negra sobre madurada y barro. De alcoholes altos, sin integrar, aunque el conjunto da un vino correcto, hasta que me enteré del precio: 1500 pesos, algo así como 85 dólares.

Dentro de las audacias del sumiller encargado de dirigir la cata, respondió a una pregunta a la ligera, diciendo que las piernas en la copa no tenían nada que ver con el alcohol. En mi experiencia la evaporación del alcohol, por ser tan volátil, hace que la tensión superficial del agua que queda en las paredes escurra, y dependerá en gran medida de la porosidad del vidrio del que esté fabricada la copa; que escurran en diferentes grados o que no se perciba. Así las cosas me retiré de la cata sin llevar vino a casa.

Doscientas cincuenta veces reunidos, se dice fácil. Empezamos en 1998, muchos de los que conformamos el grupo ya no están y otros han arribado más tarde, como todo en la vida es dinámico y cambia con el paso del tiempo. Como diría Heráclito «Nadie se puede bañar dos veces en el mismo río».

Haciendo cuentas en 2011 nos enfocamos en los malbec y sumaron alrededor de 50 vinos. Ayer por la noche degustamos otros 4. Aunque debo decir que el resultado no fue del todo bueno, podríamos resumirlo como vinos astringentes, sobre madurados y con alcoholes altos. El primero fue un torrontés ágil y grácil como una gacela. Aromas intensos y muy refrescante. Se trata de Terrazas de los Andes 2020, un torrontés de color amarillo pajizo, fluido y brillante. Huele a mandarina, lichi y notas de durazno. En boca es mineral con algo de aguja, cítrico y muy vivaracho. Un vino para comprar media cajita.

El primer tinto de la noche fue un Pure 2021. 100% malbec de la región de Mendoza, específicamente del Valle de Uco. Bodega Trapiche sin madera, difícil de creer en estos días. Huele a cerezas en licor, ciruela madura y notas lácteas a yogurt, astringente y con una nota mineral al final.

Kaiken 2018. Vinificado con malbec, bonarda y petit verdot. Fruta roja, ciruela negra y notas de cuero. En boca tiene buena acidez y tanino domado. Pero nada que mueva a comprar otra botella.

Aromo 2020. Había escogido los vinos por la variedad y no había puesto atención en el país de origen. Resultó un malbec chileno. Notas verdes: herbáceas, pimienta blanca y algo de fruta indefinida. Desbocado con un alcohol sin integrar. Inmemorable con causa.

Por último un viejo conocido: Luigi Bosca 2019. 100% malbec, 12 meses en barrica 6 en vidrio. Nota que detonó hablar de Rioja y de lo que el consejo regulador impone para la crianza de sus vinos. En un lapsus dije que regulaba la crianza en madera y la de vidrio estaba abierta a la decisión del enólogo: mea culpa: error, también indican los mínimos de crianza o pulimiento en vidrio. Dicho esto, este ultimo tinto huele a hollejos, a humo y es muy astringente en boca. ¿Falta vidrio…? seguramente ayudaría pero en general me parecieron vinos desequilibrados. Primera vez que entre los tintos me costaría la decisión de decantarme por alguno, tal vez el Kaiken sea el más bebible de los cuatro. Pero en definitiva me quedo con el torrontés, aunque me parece subidito de precio; algo así como 23 dólares americanos. Abur.

Cata de variedades poco conocidas

Después de darle la bienvenida a Alfonso como nuevo miembro del grupo, nos dispusimos a celebrarlo empezando con dos blancos que se llevaron la noche. Podríamos calificar esta degustación como «la noche de los blancos o de las uvas poco conocidas». Con excepción de la riesling y la montepulciano, las demás no son tan comunes. He aquí la lista:

Gewürztraminer que aunque no la podamos tachar de una desconocida, tampoco es muy común. Una uva descrita como pink-skinned grape (uva de piel rosada) en The Oxford Companion of Wine, uva variante de la traminer que vinifica vinos blancos untuosos de cuerpo y muy aromáticos con marcados aromas a rosas.

Kerner: con alrededor de 5000 ha en Alemania en el año 2003. Uva resultado de cruzas con Scheurebe, faber y la huxelrebe, compitiendo con la silvaner hasta hace poco (1990). Hoy es la tercera variedad blanca más plantada de Alemania, sobre todo en Pfalz. Hay quienes la califican con similares características a la riesling, opinión que no comparto, ya que me parece más austera, además de que la riesling es una de las uvas blancas que mejor evoluciona.

Ciliegiolo esta variedad del centro de Italia, en la Toscana, es nombrada así en italiano por el parecido en sabor y color a la cereza. Algunas veces mezclada con sangiovese.

Piedirosso: Uva tinta de la región de Campania en Italia, conocida también como palombina. Plantada durante los años ochenta, llega hasta las poco más de 1000 ha de área de plantación.

Anglianico: uva de piel negra, de orígenes griegos y plantada en el sur de Italia con un total de 7,500 ha.

Dicho lo anterior comenzaré con el primer blanco. Les Princes Abbes 2019 (gewürztraminer) Un vino pajizo, brillante y espeso. Muy aromático con notas florales a rosa, cera de abeja, lichi y guanábana. En boca es muy expresivo, buen paso, abocado, untuoso buena acidez y final a agua quina. Excelente alsaciano, para comprar una caja. El precio: poco menos de 700 pesos, menos de 40 dólares.

Kerner Hambcher Scholb 2021. Un Spätlese que desmerece después de la contundencia del anterior gewürztraminer. Amarillo pálido, fluido con ribete verdoso. Aroma a melón y pera. Ligero, buena acidez y de final corto.

Ciliegiolo Tenuta Aquilaia 2020. De color picota con ribete rubí, turbio. Aromas a zarzamora, cereza negra y hollejos. Un vino tánico, un poco desenfocado y de acidez justa. Inmemorable con causa. El vermentino de esta bodega es una delicia ¿No todas las variedades hacen brillar a las bodegas…? ¿O no todas las bodegas hacen brillar las variedades…?

Faini Montepulciano D´Abruzzo 2020. Sin duda el que menos lució de todos los tintos: planito, con aromas lejanos a fruta negra indefinida, y diluido en boca. Nada que pueda justificar volver a descorchar otra botella.

San Gregorio Lacryma Christi 2019. Tinto vinificado con 80% Piedirosso y el resto Aglianico (uvas descritas más arriba). Lacryma Cristi. Huele a tofe, fruta negra en sazón. De boca amplia, aunque en conjunto no destaca algo que mueva a repetir.

Al final, ya que habíamos cenado y comentado los vinos, entre otros menesteres, se me ocurrió bajar a la bodega para ver que podía descorchar. Lo primero que vi fue un Bosconia 1998. Sin pensarlo demasiado lo saqué de su letargo y lo descorché con mucho cuidado, aunque el corcho no era precisamente un polvorón, ya daba señales de peligro. Un poco de aire hizo que nos envolviera con su encanto. Bosconia no ha dejado de ser uno de los mejores riojanos clásicos para disfrutar de su envejecimiento.

Viernes sahariano; la primavera hace sus estragos, ya que por estas latitudes es bastante extrema. Tiempo para acordarse de los blancos, aún para quienes dicen que el mejor blanco es un tinto. Desde hace mucho creo que existen joyas indiscutibles: Los riesling del Mosela, los alsacianos, los del Duero, los chardonnay de Chablis y Montrachet una gama para quitarse el sombrero. Esta noche es especial: Sergio nos acompaña después de unos días hospitalizado. También nos acompaña Alfonso, vecino a quien veo a diario cuando paseamos a nuestros respectivo perros. Gran entusiasta del vino.

En esta ocasión fue Italia, ese país de tantos contrastes, tan complejo en su mosaico vitivinícola; con más de 2000 uvas autóctonas. No sé para qué inventaron los supertoscanos, quizás por la nefasta influencia del mercado desatado por mr. Robert Parker y Michael Rolland. Con una producción de 60 millones de hectolitros en 2004, en disputa permanente por el primer lugar en producción con Francia. La sangiovese con alrededor de 90 mil hectolitros es la uva tinta que más se produce en el país de la bota.

Abrimos boca con un blanquito de lo más auténtico que he probado en los últimos meses. se trata del Tenata Aquilalia 2021 vinificado con vermentino. Color amarillo pálido, muy brillante. Tiene una nariz limpia a manzana amarilla, pera y espino blanco. En boca es muy vivaracho con un final a agua quina. Para una cajita.

Michele Chiarto moscato. Con burbuja tosca y 5% de alcohol, es un vino que huele a jabón, limón y en boca le falta acidez. Nada que ver con lo que piden: más de 500 pesos. Inmemorable con causa.

Egidio Barriques 2020. Vinificado con barbera, este vino piamontés tiene 18 meses en roble francés mitad nuevo. Proviene de la bodega Bosio. Huele a zarzamora, notas de cuero. Excelente acidez, tanino presente, y final largo. Repetible.

Brunelli añada no identificada. El importador está obligado a poner tantas etiquetas que se olvidan de datos tan importantes como la añada. Si el vino no lo trae en la etiqueta, que ya es costumbre, la contraetiqueta es imposible que la respeten. Amarone de Valpolicella 15 % de alcohol, vinificado con corvina. Un vino interesante que convierte casi en su totalidad el azúcar en alcohol, por esa razón tiene esos quince graditos. El primer golpe es alcohol. Después da hollejos, fruta negra y una nota especiada a pimienta negra. En boca también se distingue el alcohol, buena acidez y taninos firmes. Repetible.

Livio Paves Barbaresco añada no identificada. Un Nebbiolo, mismo caso del anterior: la añada si es que la traía indicada fue cubierta por otras etiquitas. Color ámbar, capa baja, brillante. Un vino que a primera vista parecería viejo, pero que tiene buena estructura, todo en su lugar y sin ninguna muestra de cansancio más que el color. Repetible.

Massolinoi 2019 de Langhe vinificado con Nebbiolo. 14 grados de alcohol bien integrados. Vino redondo de buen paso. Para guardar un par de botellas.

P.D. Fue una cata inédita ya que por primera vez hubo una Coca Cola en la mesa , como pueden observar en la foto 🙂 Pero no adelanten juicios. Sergio no podía tomar alcohol y llevó esa botellita. Todo sea por los amigos. Abur.

En realidad esta cata estaba programada para enero, sigue siendo la primera del año, pero organizada en febrero. Estoy sorprendido de la enorme cantidad de vinos mexicanos que hay en los anaqueles, da la impresión de que cada semana aparecen nuevas etiquetas. Así que me decidí nuevamente por algunos vinos nacionales. En esta ocasión del estado de Guanajuato y de una sola bodega: Vega-Manchón. En alguna cata anterior ya habíamos probado algunos.

Empezamos con un blanquito Torre de Tierra 2021, vinificado con semillon, de la bodega Vega-Manchón en Dolores Hidalgo, Guanajuato. Color amarillo pálido, fluido y brillante. Aroma intenso a durazno y níspero, al girar la copa aparecen notas de heno mojado. En boca es de acidez comedida pero sin perder la fuerza de su juventud, con un punto abocado. Como para comprar media cajita para los calores que se aproximan.

Siguió otro blanco Cuna de Tierra 2020 mezcla de semillón con savignon blanc. Amarillo pajizo, menos aromático que el anterior. En boca tiene buen paso, muy marcados los cítricos: toronja blanca, final amargo. Repetible.

Pago de Vega 2018, con una mezcla de cabernet sauvignon 80%, cabernet franc 15% y merlot 5%. Crianza de 14 a 18 meses de madera «de origen galo» (Así lo apuntan sin especificar el bosque de procedencia) y un añito en vidrio. Velado, aroma a casis, fruta negra, va de menos a más. Repetible aunque con precio injustificado.

Cuarto de la noche es un Torre de Tierra 2020, vinificado con tempranillo 80% y resto cabernet sauvignon, menos crianza que el anterior, pero con tres robles de distinta procedencia: francés, americano y húngaro. Este es un vino más redondo y va de más a menos. Notas de madera usada.

Cuna de Tierra Cabernet 2019. A pesar de que la etiqueta apunta cabernet sauvignon, no es monovarietal sino que lleva también cabernet franc y merlot. Buen ensamble, huele a chocolate amargo, con una nota de sulfuroso que se limpia con un poco de aire. Repetible pero sin enamorar.

Hace tiempo escribí algunas entradas donde trataba varios temas a la vez, tituladas: Miscelánea y Peculiaridades Diversas, en ambas llegué hasta la quinta entrega. Pues bien, hoy vuelvo a escribir sobre varios asuntos que trataré de darles coherencia y siguiendo el hilo vuelvo con el título de Peculiaridades Diversas, en este caso la VI. Estando hurgando entre los papeles de mi oficina, con cierta nostalgia emigraré a la biblioteca de casa, encontré más de un centenar de tarjetas de presentación. Hoy es raro que alguien extienda su mano para ofrecernos la suya. Prefieren las redes sociales y el Air Drop para «transmitirnos» sus datos. La selección como dije antes, es amplia, desde direcciones y teléfonos locales hasta lugares tan alejados como Argentina y Francia, vivo en México, para quienes me leen en España que les quedan a un paso los franceses.

Leo en la primera tarjeta de presentación: Paseo de compras, dos números de teléfono celulares y un correo electrónico en la parte inferior, un taxi dibujado de costado y el nombre de Daniel Abrahim Chá. Un buen hombre que conocimos la primera mañana de nuestro viaje a Buenos Aires, recorriendo con mi esposa alguna bulliciosa calle cerca del hotel donde nos hospedamos. Después de nuestra tormentosa llegada la noche anterior, cuando abordamos un taxi del aeropuerto. El chofer; un tipo (el reverso de la moneda) nos quiso estafar contándonos una triste historia sobre su pequeña hija enferma y hospitalizada desde hacía mucho tiempo. Después de dar varias vueltas en círculo, sin que pudiéramos llegar al hotel y engordando la cuenta del taxímetro. Con una cara larga quería saber si podíamos cooperar con algunos dólares para el tratamiento médico de su criatura… Daniel, un uruguayo dispuesto a llevarnos hasta el último rincón de aquella ciudad porteña, aunque debo de reconocer que tenía algunas lagunas sobre los lugares más turísticos. Un día cerca de las doce nos llevó a un bar, pensando que se trataba de un museo. Otro día le hice una pregunta capciosa: ¿Conoce la tumba de Borges..? Sí debe estar en la Recoleta… Cuando en realidad estábamos a miles de kilómetros de distancia.

La segunda tarjeta: Bodegas de los Reyes, Javier Hernández Zufía, gerente, calle de los Reyes 6. Una tienda de vinos en el corazón de Madrid. Entré una mañana solo, apenas pude ver al fondo que limpiaban afanosamente lo que quedaba de una cata multitudinaria de la noche anterior. De los vinos francamente no me acuerdo, pero no se trataba de los que encuentras en cualquier tienda.

Gabriel´s Wine & Spirits, Brian Tarver, 445 Walzem Rd. San Antonio Texas. Una extensa tienda de vinos y licores rumbo a Austin. Llevaba ya algunas botellas en el carrito cuando mr. Traver se acercó a romper el hielo. Por mi parte lo desafié diciéndole: If you have a Petrus for less than one thousand bucks, I will buy it… Ni tardo ni perezoso me trajo una 2001. Que dicho sea ya pasó a la historia en la cata 234. Hoy en día no podría comprarla por ese precio ni de broma. Y hablando de costos y precios… Acabo de leer en la página 87 de The World Atlas of Wine octava edición, de Hugh Johnson, que el costo de producción de un vino segundón de Burdeos (second growth) es de 16€. A pesar de que los «segundones» resulten muchas veces mejores que los premier cru es un negocio muy lucrativo, tomando en cuenta que hoy no bajan de 200 dólares, pongamos de ejemplo un Pichon Longueville o un Rauzan-Segla.

Caja de Ahorros del Mediterráneo, Antonio Tellez alias Bosconio. Hombre entusiasta, miembro de Verema.com al igual que yo por los inicios del año 2001, y a quien conocí tres años más tarde en la bella ciudad de Valencia. Una sabrosa charla como viejos amigos, degustando una docena de copitas, exquisitos platillos, eso sí de tamaño de dedales, y al final un puro cortado por la sumiller segundo lugar nacional de España.

Aunque aparezca en la tarjeta el nombre de Ana López Cano, Vinos Finos R. López Heredía Viña Tondonia S.A. Av. de Vizcaya 3, conocí en persona a la señora María José López Heredia. Aquí si quisiera extenderme, ya que el año anterior, 2004, había conocido la bodega pero no había tenido la fortuna de platicar con ella, tenía de visita a un grupo de esos que compran para importar varias cajas a su país. Fuimos atendidos muy amablemente en aquella ocasión pero no tuve el gusto de conocerla . Volví aquel verano de 2005 y no sólo la conocí, sino que coincidió con su aniversario. Para celebrarlo sacó de la bodega un Bosconia 1968. Agradeceré toda la vida su generosidad y aquellos bellos instantes que tuve la fortuna para charlar con ella y ser inmerecidamente obsequiado con un Bosconia y un Tondonia ambos añada 1964, año en que llegué a este caótico mundo. Todavía guardo el Bosconia para mis 60 años. Fue una tarde inolvidable.

Muy cerca de allí, en La Serna. Viñedos Del Contino, S.A. Jesús Madrazo Mateo, enólogo y parte toral de la bodega. Gran anfitrión y un buen amigo. Me acuerdo que observando pasmado el pago de Viña del Olivo, bautizado así por el majestuoso árbol que extiende sus ramas sobre algunas vides, le pregunté si podían reposar mis cenizas algún día al pie de ese olivo. Jesús me miró asombrado asintiendo. Pero yo en son de broma le dije que al final no sería buena idea que quienes compraran ese vino a partir de esa añada, se llevaran mis recuerdos en cada copa.

Berry Bros & Rudd, Wine & spirit merchants, Matthew Foster. Al leer los datos de esta tarjeta recuerdo que caminaba en medio del frío, era muy temprano y el avión salía de regreso en 4 horas. Así que caminando como dicen los ingleses down the street entré a la primera tienda. Todos sentados en sus estrechos escritorios con su diadema pendientes al teléfono. Más tarde me enteré de que se trataba de una comercializadora de vino por mayoreo. Así que seguí mi camino hasta llegar a una de las tiendas de vino más viejas de Londres, 325 aniversario hasta hace poco, más aún que el Museo Británico. No debe faltar la sección de whisky y el piso viejo de tablones de madera. Compré sino mal recuerdo un par de borgoñitas de medio pelo.

*Por cierto, unos días después de esta entrega, leyendo Churchill A drinking Life, un librito ameno y divertido sobre las andanzas de Sir Winston Leonard Spencer Churchill, me entero de que esta tienda era una de las que surtía de champán, y otras cositas al gran bebedor de Churchill.

Agricultura e Vinhos * Quinta Do Mouro, Miguel de Orduna Viegas Louro. En seguida vienen a mi mente varios recuerdos de aquel inolvidable viaje. Empecé en el congreso de Verema en Talavaera de la Reina, de allí me desplacé a Extremadura, cuyo anfitrión Antoliano Davila me llevó a conocer varias bodegas en Alentejo, Portugal. Quinta Do Mauro fue una de ellas. Día soleado y ambiente campirano, me llevé muy buenos recuerdos de esa visita, comimos en Elvas, en el famoso restaurante El Cristo un exquisito bacalao capeado, un kilo de almejas en mantequilla bañado con una garrafa de vino verde.

Joe Saglimbeni Fine Wines, 638 Rhapsody, San Antonio, TX 78216. Una tienda no muy grande, enclavada en una tranquila zona arbolada, en un vecindario de clase media. Esta tienda hasta hace poco era atendida por sus dos dueños, dos hermanos ya mayores: uno en la caja y el otro en los pasillos orientando a los clientes. Los pasillos estrechos con botelleros a ambos lados y parecidos al laberinto del Minotauro. Tienen una muy buena selección de vinos en general y champán y vinos de postre en particular. Un verdadero placer entrar y disfrutar de la selección de vinos a la vista, allí compré mi sacacorchos Laguiole de mango de cuerno negro.

Creo que habrá una segunda entrega, hay todavía muchas tarjetas que me traen buenos recuerdos. ¿Qué seríamos sin la memoria…? de la poca que aún conservo.

Después de que me preguntara un amigo: ¿Qué me parecía el vino tinto Balero…? No pude responder fuera de la colorida etiqueta parecido a un rebozo típico de los tianguis artesanales en muchos rincones de México. La verdad es que hasta ayer no lo había probado, a pesar de que lo había visto varias veces en los anaqueles. Así que metí una botella al carrito, junto con un rosado que prometía, de la bodega Tierra Adentro, enclavada en el estado de Zacatecas. Hoy en día la variedad de vinos mexicanos es impresionante, y hay de todo: malos, buenos, regulares, caros carísimos, gangas… etc. Pero cuando hay oportunidad de encontrar algo que valga la pena como la bodega Dos Búhos, es una experiencia que me deja satisfecho. En este caso el tinto no fue muy de mi agrado.

Descorché primero el rosado, Tierra Adentro 2021 vinificado con merlot, y de un bonito color salmón brillante y fluido. Huele a cáscara de naranja, notas de fresa silvestre y durazno. En boca es cítrico, de acidez justa y un leve cosquilleo al final. Un vino interesante que se puede beber solo, o con un queso brie. Maridó con toda la grasa y picante del recalentado de la cena de la noche anterior.

El tinto fue otra historia. Balero 2015, un vino diluido y desencajado. Color picota. Le falta garra y acidez, al final con un poco de aire da algo de fruta negra; zarzamora y mermelada de ciruela. Nada que levante suspiros ni que mueva a comprar otra botella. Precio 380 pesos, unos 19 dólares americanos.