Hay algo en el ambiente que ya huele a primavera. Quienes vivimos pegados al Ecuador nos anticipamos a esta bellísma estación, donde todo florece y los animales se reproducen, incluidos los pájaros con sus melodiosos cantos. También es la estación donde la apetencia por los blancos comienza para desbordarse en verano, aunque por aquí en lugar de calor, llueve de manera torrencial. Afortunadamente. De otra forma no habría ser humano que lo resistiera.
Después de extirparme por la mañana, un pedazo de mi ser, un lunar que creció más de la cuenta. Compré un analgésico en la farmacia y desde mi casa hice algunas labores cibernéticas, sin necesidad de pisar la oficina. Sí, la visita al oncólogo puede poner nervioso a más de una persona, pero más vale prevenir que lamentar. Aunque confieso que mi valentía y determinación flaquearon a la hora que el médico sacó el bisturí, a pesar de las dos inyecciones de anestasia local. Como me decía un amigo de padre galeno: todo lo que te corten, debe ser analizado. Esperaré una semana para saber el resultado. Un buen pretexto para descorchar una buena botellita. Soy optimista.
Aunque tampoco había que esperar siete días. Antes de la comida bajé por una botellita de blanco, para recibir anticipadamente la primavera. Como Dios manda. La añada 2001 en Alsacia para mí resultó espectacular tomando en cuenta aquel Cuvée Frederic Emile Trimbach que descorché hace poco menos de diez meses. Hoy disfruté en toda su plenitud, un Trimbach Reserve, pinot grigio de la misma añada. Poco más de cinco años metido en bodega, lo han pulido y lo han transformado en un vino cítrico, con mucha toronja, lima y limón real, conclusión esta última de mi mujer…al final de un largo trago. Yo agregaría notas de cera de abeja, barro y piña madura. En boca es un vino entrando en la madurez con mucha casta y elegancia. Acidez perfecta. Largo y evocador. Una obra de arte en un punto de madurez que no esperaría más para disfrutar una cajita de aquí a finales del próximo verano.





Cada vez que tengo la oportunidad de viajar fuera de México aprovecho para hacerme de algunas botellitas de vino, tomando siempre en cuenta lo más atractivo del país que visito en cuestión. EE.UU. tanto por su cercanía como por su enorme oferta de vinos es uno de mis preferidos para llenar una cajita de seis y a veces hasta ocho botellas, depende de lo cargado que venga, mi presupuesto y la cantidad de botellas permitidas en la aduana. Para empacar las botellas siempre utilizo cajas, ya sea reforzadas, con poliuretano o envuelvo cada botella con las famosas burbujas de aire, ideales también para romper una por una en una tarde de ocio. Así que directamente documento la caja en el mostrador de la aerolínea y la recojo en la banda giratoria de mi destino final. Algo que me ha resultado muy práctico y que para muchos representa lo contrario, ya que siempre las quieren llevar cargando arriba del avión.




