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Le Creete 2022 , blanco vinficado con sangiovese

Revisando mis apuntes, que muchas veces son notas en el teléfono, otras en una servilleta arrugada, me he percatado que hay una tendencia a los tintos, pero que también hay blancos en la lista, y los consumo cada vez más, algunos son muy apreciados. Empezaré con un blanco italiano regalo de un amigo Le Greete Lugana 2022, por desgracia y como suele suceder la información en la contraetiqueta es escasa y sin trascendencia: 13% de alcohol y los datos del importador. Me he puesto investigar para saber algo más en internet: Bodega Ottella, vinificado 100% sangiovese, así que sin duda tuvo una maceración comedida que en este caso son tres semanas, que ya no me parece tan comedida para conservar ese color, que si bien no es rosado, tampoco es de un amarillo pálido. Un blanco envejecido en hormigón (tanques de concreto) seis meses para después ser embotellado. Con 14,5% de alcohol muy bien integrado. Un vino tropical con notas exuberantes a guanábana y pera, buena estructura y algo de azúcar residual de manera casi imperceptible, de final largo… muy refrescante y de buen paso por boca, con una excelente acidez que recuerda a la toronja blanca.

Otro regalo. Enviado por mi comadre para que maridara la comida esa tarde con mi compadre, que por cierto me pidió mi opinión de este vino coahuilense. Nada menos que una de las bodegas consentidas de mi repertorio de vinos mexicanos. La etiqueta anaranjada es una de mis elecciones preferidas hablando de un buen ejemplo de tempranillo desde este lado del charco, ya que sabemos de sobra que en la península ibérica se dan muy buenas cositas. En este caso se trata de un cabernet sauvignon añada 2020. Un vino muy frutal y con armazón de sobra. Primer golpe a ciruela en sazón sin sobre maduraciones, hollejos, fruta negra, y una nota especiada al final de pimienta blanca. Redondo, tanino limado y quizás el final corto. Para comprar media caja.

Desde aquí mi agradecimiento por esta botella.

Vertical de Marqués de Murrieta del 2012 al 2017

Este año cumplimos 26 años de reunirnos a compartir el vino. Organizamos la tan sonada vertical que se pospuso durante tanto tiempo, por fin, llegó la fecha; una vertical de Marqués de Murrieta del año 2012 al 2017. Manteles largos y un bufé de pavo al vino blanco, hongo portobello y pasta María acompañada de una deliciosa ensalada. Todo enmarcado en un ambiente de camaradería.

Marqués de Murrieta es una bodega que se autodenomina como la primera en elaborar vino en Rioja. Título que de entrada suena un poco chocante, y si nos vamos a la Antigüedad, cuando los romanos ocupaban estos suelos, podríamos llegar a otras conclusiones.

Empezamos en orden ascendente por el 2012, se trata de un vino con 14 grados de alcohol por volumen, la verdad no se le notan, bastante integrado, y como se puede ver por su color, el tiempo a limado esos antocianos y esos taninos, dando reflejos teja, de capa baja y poca astringencia. Huele a ciruela roja en sazón, así como notas terciarias de piel de Rusia. Hay una característica que se puede sentir en todos los vinos que catamos, una acidez muy refinada, que le da armazón al conjunto.

El 2013 es color rubí de capa baja, brillante y fluido, con aromas intensos a zarzamora y notas balsámicas. Un vino redondo y elegante de tanino firme a pesar de sus once añitos.

El 2014 tiene aromas a maple muy intensos, apenas se descorcha, envuelve el ambiente, de color rubí un poco más intenso que el anterior. Notas de pastel de frutas. Este vino tiene un tanino dulce, algo que llama la atención sin poder encontrar la razón, su grado de alcohol es de 14 igual que el primero.

El 2015 es muy parecido al anterior, tanto en su color como en sus aromas, la fruta se hace más presente a medida que nos acercamos a los vinos más recientes. Tiene todo para seducir, acidez, tanino y alcohol muy bien integrados.

El 2016 huele a regaliz, el más expresivo de los seis, redondo de tanino más presente.

El 2017 es el más vivaracho como era de esperarse. Me gustaría tener tener el paladar y el olfato de mr. Michael Broadbent o el de Hugh Johnson, que desmenuzan a fondo los vinos, sobre todo en estas ocasiones en las que se puede degustar una vertical, pero mis alcances son muy limitados. Puedo decir que todos los vinos tienen el sello de la casa; han resultado muy elegantes y de una acidez exquisita. No se puede ver con los mismos ojos a esta bodega después de esta vertical.

Para brindar se descorcharon dos botellas de champagne de la misma casa: Conard -Duchéne 2012 de botella panzona, y una 2014 más estilizada. La primera, ya tiene indicios de cansancio, la burbuja grande y no muy persistente. Aromas a manzana asada de color amarillo dorado y falto de acidez. La 2012 más fresca con recuerdos cítricos y de burbuja más fina, acidez y notas de gis.

Bastante más fresca que la primera.

No acabo de entender ese reflejo azul

Izadi 2019. Para ser un reserva me parece un precio muy comedido, ronda los 400 pesos, unos 20 dólares americanos. De bonito color picota, algo velado. Huele a fruta negra sobre-madurada, algo de mermelada de ciruela. Astringencia moderada, buena acidez y final largo. Repetible.

Izadi es una bodega riojana relativamente joven, es decir no tiene la tradición de muchas otras que ya cuentan con algunos añitos más. Nació en 1987. Por cierto tienen en su repertorio un blanco de garnacha blanca, Izadi Larrosa Blanca que por desgracia no he visto en los anaqueles de estas partes del globo.

No sé si mi escasa sensibilidad haya tomado el camino de las sensaciones ácidas, el caso es que me he encontrado con muchos vinos últimamente con una alta acidez, pero fuera de una queja, me han gustado mucho los hace muy vivarachos, con una estructura que me hace salivar y se disfruten mucho con la comida. Es el caso de este italiano vinificado con sangiovese y cabernet sauvignon. Col di Sasso 2019. Se trata de un vino con matices térreos en nariz, y de una acidez exquisita que se amalgama muy bien a un tanino firme, en conjunto un vino muy sabroso de trago largo. Para media caja.

Mission De Cenac 2021. Un malbec del mismo lugar donde provino la variedad malbec, se ha desarrollado de tal forma que es la uva insignia de Argentina, y a veces podemos olvidarnos de que viene originalmente de Francia. En un recorrido por el pasillo de vinos franceses lo escogí. Capa alta, brillante con aromas a fruta negra, hollejos y notas de romero. En boca es astringente, es evidente la arista de astringencia que destaca en el conjunto, de buena acidez y con el tiempo y un poco de paciencia va limando sus asperezas. Tuve la ocurrencia de probar una sopa de mariscos, y es que sin buscar el maridaje se ha vuelto algo explosiva la combinación, sumado al caldo picoso ha sido un desastre: el anti-maridaje. Se antojaría con un queso no muy curado.

Con motivo de la venta de productos alemanes en una cadena de tiendas de autoservicio, que me imagino tiene que ver con el festival de Oktoberfest, escogí un riesling, de esos vinos que resulta difícil adivinar cual es el nombre, me imagino que es 1141 de la región de Rheingau y cuya bodega es Baron Knyphausen añada 2022. Esa águila estilizada pertenece a la clasificación V.D.P. ( asociación alemana de explotaciones vinícolas con calificación) éste en particular pertenece a la clasificación de vinos secos, que está en la base de la pirámide. Dejándo a un lado la cuestión técnica, se trata de un hermoso riesling que a pesar de su juventud ya despliega esos aromas a petróleo, propios de la riesling entrada en años, algo que me sorpendio. Es un vino que podría comprar una caja para ser testigo de su evolución. Color pajizo brillante, y en boca muy cítrico, con recuerdos de toronja blanca y una nota de piña verde al final, excelente acidez y estructura.

He estado en la pizzería de un amigo, y él amablemente me dio esta botella a probar. Se trata de un Barolo etiquetado con la marca Kirkland añada 2020. Una botella sin pedigrí si tomamos en cuenta que dentro de los barolo hay categorías que llegan hasta los que marcan el viñedo en la etiqueta, como ejemplo, uno de mis preferidos: Brovia. Ayer por la tarde lo descorché, no tengo mucha familiaridad con los barolo, así que mi opinión está limitada en el aspecto de la tipicidad de la nebbiolo en esta región. Puedo decir que es un vino muy agradable. Granate capa media, nariz limpia y expresiva a ciruela roja en sazón, hollejos, zarzamora. En boca es frutal, acidez y tanino exquisitos, dando mucha frescura, es largo y redondo. Un vino resultón, se antoja con un manchego semi-curado. Para comprar media caja. Gracias por tus atenciones.

Dos blancos franceses y tres chilenos

Estaba prevista la vertical de Marqués de Murrieta para esta cata, infortunadamente quien tuvo la brillante iniciativa, y se encargó de comprar los vinos, tuvo su primer ataque de gota. Así que hemos pospuesto la vertical para septiembre. Recuerdo aquel primer ataque que me dio de viaje, como un acontecimiento que quisiera olvidar, aunque debo reconocer que no me ha ido nada mal, 6 o 7 ataques en 10 años no es gran cosa, además, en los últimos dos años no he tenido uno solo.

Así que saqué los vinos que tenía reservados para septiembre. Se trató de una selección bastante ecléctica: dos franceses de medio pelo y tres chilenos, dos de ellos de una bodega de reconocida calidad. Los dos primeros, franchutes y de etiquetas retro, resultaron muy agradables.

La Belle Angele 2022 vinificado con savignon blanc y su mesurado alcohol de 12,5 grados. Un vino que sorprende en aromas intensos, esos vinos que al descorchar parecería que se destapa un perfume. El primer golpe es a cajeta, cera de abejas, al girar la copa huele a pera, flores y una nota de manzana verde. En boca va de más a menos, buena entrada y final corto, acidez moderada y mineral. Repetible.

La Belle Angele 2022, este segundo blanco está vinificado con chardonnay 100% y sigue con sus alcoholes moderados de 12,5%. Huele a canela y al dar vuelta a la copa: piña y notas de limón. En boca es de mediana intensidad. Me ha gustado más el primero.

El primer tinto es un Stefanya 2021 de la bodega Viña Requingua, Colchagua, Chile. Vinificado con carmenere y merlot. Color picota de capa alta. Huele a regaliz y algún aroma punzante a hollejos en plena fermentación, así como notas de tamarindo. En boca se nota la madera, desenfocado. A pesar de todo me parece que con un poco de aire puede redondearse y disfrutarse, como lo hice al final.

Medalla Real 2022, un cabernet sauvignon que huele a chocolate, humo y al girar la copa arándanos. En boca está bastante aburrido; así como entra se va.

Medalla Real Gran Reserva 2018. Un vino mucho más hecho que el anterior, sin aristas. Se trata de otro cabernet, que huele a tocino, fruta negra y que en boca tiene un tanino mullido y buena acidez, se antoja con un queso semicurado. Para un par de botellas.

Obra Prima 2020. Un vino 100% cabernet sauvignon de Luján de Cuyo en Mendoza, con doce meses en barrica de roble francés y americano. Huele a tierra mojada, bosque bajo, mina de lápiz y pimiento. Tipicidad en nariz y bastante áspero en boca, con buena acidez y de final amargo, algo desenfocado. Para sólo repetir.

El Rully El blanquito borgoñés que prometí comentar, me ha decepcionado, he tenido expectativas más altas del resultado obtenido en la copa, suele suceder. Un vino diluido, sin nervio, y sin foto, se me ha olvidado hacer una foto, creo que es uno de los inmemorables con causa.

En mi acostumbrado periplo vínico descorché un Finca Resalso 2022. Es uno de esos vinos que atraen por su precio y por alguna otra razón inexplicable. Pues este riberita vinificado con tempranillo, pero que en honor a la costumbre debería de decir tinta del país, si es que estamos hablando de Ribera del Duero, fuera divagaciones inútiles, puedo decir que es un vino diferente, de esos que enamoran: con mucho brío, color picota, ribete cardenalicio. Huele a guindas, ciruela negra además de una notita, al principio, de yogurt. En boca tiene una acidez extraordinaria, se nota la juventud, el tanino está muy presente y tiene buena fruta negra; de primera calidad, sin señales de sobre maduración, como ya es norma en muchos vinos con años donde aprieta el calor. De final amargo. En conjunto se trata de un vino vivaracho, joven y cautivador. Me llevo dos botellas más a casa.

Fuentespina Roble 2022, Un ribera con 14 grados de alcohol bien integrados. Una nariz limpia que huele a lácteos, zarzamora y romero, en boca es redondo, con una acidez y tanino destacable, todo en armonía. Para comprar un par de botellitas. Sin proponérmelo me he topado últimamente con varios riberas interesantes y a buen precio.

Pronto disfrutaré de la vertical de Marqués de Murrieta, ya está todo preparado para el próximo viernes. Espero que mis expectativas esta vez sí se cumplan.

Un rosado de otra categoría superior a los jugos de fresa

Hace unos días comí con un gran amigo que conozco desde hace varias décadas y que últimamente se ha dedicado a explorar y a traer cosas raras a la mesa, me refiero a botellas escasas o que no se encuentran tan fácil. Comimos en un restaurante de inspiración española, aunque añoro aquellos restaurantes de antaño donde traían la fuente desde la cocina hasta la mesa para saborear un buen cocido humeante o una exquisita sopa, y que desde lejos se podía empezar a disfrutar oliendo los vapores que emanaban. Abundancia y gran sazón que no ofrecen los chefs de hoy con estrellitas, sino un buen cocinero con amor y pasión a su trabajo sin preocuparse de las guías y de tantas historias.

Yo llevé un rosado de López Heredia añada 1995, esos que pasan 5 años en barrica, con la maestría de la casa para poner la madera usada y que a ojos cerrados en boca parecen tintos. Por desgracia estoy comprobando que ya no está en su plenitud; esta bajando la colina inexorablemente. Está bebible pero sin la acidez ni la complejidad de hace un par de años. Él llevó un tinto de bodegas Domecq que carece de etiqueta, sacado de un rincón de la bodega y pomposamente cacareado como añada 1982. Me pareció muy extraño que tuviera una capa alta y que no hubiera rastros de sedimento, en nariz está muy vivo, con fruta negra y especias como la pimienta negra y el tomillo. Un buen ejemplar de no más de 8 años, diría yo. Además el corcho, que debieron reencorchar, es de viruta y en excelente estado, ni siquiera a traspasado el borde del corcho. Debo reconocer una buena hechura, un vino firme y cautivador, sin duda, pero que difícilmente podría pensarse en 42 años de vida, ni siquiera a 12°C y 70% de humedad en un remoto calabozo de la bodega.

Roda, una bodega que podríamos catalogar como ejemplo de modernidad, vecina de otra bodega calificada de las más clásicas, R. López de Heredia. Contrastes de dos productores diametralmente diferentes, pero ambos con excelentes productos para mercados distintos. Escogí del anaquel una botellita de Sela 2021. La gama baja de esta bodega, y que posiblemente he probado, pero que hoy me ha sorprendido gratamente por estar a la altura de vinos cuyo precio puede llegar al doble. Tiene un bonito color picota, brillante y fluido. Nariz limpia a regaliz, lavanda y fruta roja en sazón. En boca tiene buena entrada, tanino rugoso, excelente acidez, y final largo. Como para comprar una caja y comprobar en el tiempo su evolución. Yo lo decantaría media hora antes del servicio. Su precio ronda aquí los 40 dólares. Me llama la atención que en la página de la bodega mencionen en las notas de cata: (…) «La madera es casi imperceptible, la fruta se apodera del aroma en este momento» Es quizás la primera vez que veo que le dan poco protagonismo a la madera, cosa que celebro.

De salida me asomé a la mesa de las ofertas y pude ver algunas cosas muy interesantes de Francia, como por ejemplo un borgoñita blanco de una zona no muy conocida, Rully 2018 de Nicolas Potel, por 350 pesos creo que esta en un rango decente, si lo comparamos con algunos blancos de menor calidad al mismo precio.

El último vino que probé hace un par de días fue un Muga, cuya etiqueta no había visto por los anaqueles. Hace alusión al famoso barrio de la estación de Haro, donde se ubican bodegas como Roda, López Heredia, Gómez Cruzado, Muga entre otras. El Andén de la Estación 2019. Un vino de capa media, limpio con aromas a fruta negra, tomillo y algunas notas térreas, en boca firme de tanino mullido y buena acidez. Para seis botellitas. Hasta aquí lo último que ha caído presa del descorchador.

Queda en el tintero el Rully 2018, que ya he puesto a enfriar para desmenuzarlo el fin de semana.

Alemania sin pedigrí

Publicado: 25 junio, 2024 en Vino
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Ayer baje a la cava a desempolvar una vieja botella de riesling del 2010. Para mi sorpresa se trataba de un Monchhof sin pedigrí, es decir decía en la contraetiqueta Qualitätswein, que es la clasificación de vinos por arriba del Tafelwein. Esta última la más baja en calidad, donde es práctica común la chaptalización (adición de azúcar). Color amarillo oro, brillante, espeso y algo de burbuja fina al servir en la copa. Huele a durazno, miel, paja mojada y barro, con alguna notita de queroseno lejana. Para mi gusto, y sólo por quisquilloso, me parece que le falta más nervio, el armazón que le podría dar un poco más de acidez, quizás sea ya mucho tiempo para un Qualitätswein en esta categoría de vinos por su grado de azúcar, se permite la chaptalización, la diferencia es que es de un excelente productor. Me parece una buena opción para cuando se busca el primer acercamiento a los grandes vinos alemanes sin hipotecar la casa, yo de aquí saltaría a un Spätlese. He encargado uno a mi hija que anda de viaje, de preferencia Dr. Loosen o Joh. Jos. Prüm, y si encuentra un Auslese… mejor. La riesling en su máxima expresión, sin llegar a los Beerenauslese y demás vinitos que ya piden un riñón.

Me puse a revisar por pura curiosidad y al parecer una etiqueta pasada de Mönchhof ya estaba registrada en el blog; me remitió a esta entrada, año 2011, sin saber qué pasaría en el futuro, en aquella ocasión hago mención de que sería interesante observar su evolución: sueño cumplido. Interesante que todavía no se desarrollaban aromas de queroseno, típicos aromas de la riesling después de unos 7 añitos de vidrio. Un vino en plena juventud. Contrastar estos datos es el sueño de muchos enófilos que buscan la evolución de los vinos cuando los guardan por tanto tiempo, confieso que este vino en particular lo guardé 14 años sin realmente tener esa intención, pero ha resultado, y compruebo que mi bodega, a pesar de las variaciones que ha tenido en temperatura, no lo hace tan mal.

Hace poco menos de 15 años escribí la última entrada de las «misceláneas» y como ya era repetitivo eso de escribir Peculiaridades Diversas… Aquí va una «miscelánea». Que no es más que el mismo concepto de hablar de todo un poco, con diferente título.

Siguen los implacables calores sin dar tregua por estas latitudes. Empiezo a creer que estos cambios son producto de todo lo que desechamos, pero en realidad han existido de siempre, y la desastrosa gestión humana no es la determinante, por más que nos quiera convencer Green Peace para que intereses supranacionales manejando fortunas fruto de países arrepentidos como España que compra energía «limpia» a Francia, dejando de producir electricidad de las mismas fuentes de energía nuclear del país vecino. Que conste que no estoy a favor de tirar la basura a los ríos ni contaminar a diestra y siniestra el aire. Pero seamos mesurados, y miremos las glaciaciones y todos los cambios de clima que hubo en el pasado, sin la menor intervención humana. Por lo tanto seguiré consumiendo más blancos que tintos para refrescar la garganta.

Este es el primer sábado sin mi cariñosa compañera que acompañó a la familia durante 13 largos años. Los perros, esos magníficos animalitos, que nos brindan su cariño y compañía a cambio de una caricia y un poco de amor. He leído un mensaje de consuelo que me enviaron desde la clínica veterinaria donde la atendían que quiero compartir: «Un amigo es quien conoce el lenguaje de tu silencio, acompaña tus pasos y construye caminos en tu corazón.»

Pasando a mis últimas degustaciones, empezaré con un vino verde, que no podría comparar ni de lejos con aquella magnífica garrafa en Alentejo Portugal, que bañó un kilo de almejas en mantequilla y un bacalao dorado en harina, sé que el contexto tuvo mucho que ver. Se trata de un Casal Garcia en botella transparente. Burbuja mediana, que al servir en la copa aparece inmóvil en las paredes. Color amarillo pajizo. Huele a manzana amarilla. En boca es ligero, falto de acidez, final corto. Inmemorable con causa. Por algo más de 250 pesos (15 dólares americanos) hay cosas más interesantes en blancos, aunque no sé que tantos vinos verdes se puedan comparar.

Sin estricto orden cronológico, probé un Centine 2019, un vino toscano (IGT) de Banfi. Frutal, muy interesante. Huele a ciruela roja en sazón, notas de bosque bajo, al mover la copa mentolados, capuchino y notas de panadería, nariz muy agradable y compleja. En boca es de tanino dulce sin perder firmeza tiene buen armazón por su acidez y tanino mullido. Mucho mejor en nariz que en boca. Repetible.

Siguiendo con Italia descorchamos en la barra, o mejor dicho el chef machacó el corcho hasta dejarlo desmoronado en dos partes, por dos razones: falta de un sacacorchos eficiente, además que estaba roto, y una pésima técnica, situación que no pueden dar como resultado otra cosa que un penoso desenlace. Menos mal que colaron los residuos o no cayó ninguno dentro de la botella. Boschi dei Signori 2021. Color picota, huele a refresco de cola, cerezas en licor y humo. En boca tiene una entrada modesta, de tanino áspero y final largo. Algo desenfocado para mi gusto, no sé si repetiría.

Como empieza a ser costumbre nos fuimos a la barra mi amigo y un servidor a descorchar una botellita, en esta ocasión fue de Napa. Buscando en los anaqueles encontré un zinfandel de viñas viejas. Inevitablemente me acordé de aquella sentencia de un buen amigo que decía: «Últimamente han plantado muchas viñas viejas». En alusión a tantas etiquetas con esta advertencia mercadológica. Su precio es de 1200 pesos, unos 72 billetes verdes. Old Ghost 2020. De capa alta, color granate ribete cardenalicio, brillante. Huele a fruta roja, ciruela de la mejor calidad, pimienta negra y alguna nota lejana especiada a mejorana. En boca es de cuerpo pleno, de buena acidez y tanino rugoso, este vino puede pulir esos taninos en vidrio y madurar, hoy está muy sabroso y abigarrado. Con un final amargo, sin molestar. Para un par de botellitas. Se trata de un vino de tierras californianas que no puede dejar indiferente a nadie, parecería que esta sobre madurado, y sí tiene algo de fruta sobre madurada, aún así es de buena hechura, sacaría un buen queso maduro para la próxima ocasión.

Riedel Coca Cola

Riedel se ha diversificado en el diseño de sus copas exponencialmente. Recuerdo haber comprado seis copas de cabernet sauvignon en 1998 en la ciudad de Nueva York. Entré a la primera tienda abierta y salí muy feliz con una bromosa caja, ese día me sentía muy afortunado ya que no había visto Riedel por las tiendas mexicanas, así que valió la pena cargarlas. En ese entonces no había mucha variedad, quizás algunas de blanco como: chardonnay, savignon blanc, chenin blanc y poco más, de tintos la cabernet sauvignon, merlot, pinot noir, shiraz, tempranillo y alguna otra. Poco a poco fueron extendiendo su oferta a tal grado que en poco tiempo tenían copas de las uvas mencionadas, más otras tantas de vinos maduros también, haciendo distinción entre un vino joven y otros entrando a la madurez. Después llegó la serie para tequila, pero ahora veo esta marca austriaca al extremo de sacar al mercado unos vasos para Coca Cola, así es, para un refresco, donde ya cabe una gran variedad. Podrían sacar en un futuro la serie para la Fanta de naranja o el Seven Up

Ayer en la comida descorché en compañía de un amigo una botellita de un vino austriaco Huber grüner veltliner, Terrassen 2018. Un vino austero, sin concesiones, pero que tiene su encanto, color pajizo brillante con reflejos verdosos, algo de sidra en nariz, y notas de petróleo muy sutiles, también de fruta amarilla, parecería un riesling joven entrando a esas notas de queroseno. En boca es seco, cítrico pero creo que le falta un punto de acidez. Para ir por dos botellitas. Su precio ronda los 600 pesos (36 dólares). Por alguna razón no he hecho ninguna foto, así que he buscado una en internet que parece ser la única que ronda por la red. Llévese el crédito quien la haya hecho primero. De segundo plato descorchamos nuevamente el Old Ghost 2020. Para aprendérnoslo de memoria ¡Abur!

Reserva Magna, tirando hacia los clásicos

Una tarde, hace ya unas semanas, acompañé a un amigo a comprar vino (una tienda que se ha vuelto la preferida de muchos enófilos), con mucho entusiasmo por hacer su colección, me hizo recordar cuando construí el agujero que tengo como cava en un rincón del jardín, ya hace poco menos de 30 años. Y es que él tiene poco tiempo con su cava, la ha montado bajo todas las normas que marcan los cánones de todos a quienes nos gusta el vino: climatizada a 16°C, de la humedad no estoy enterado, pero debe estar arriba de 60%. Me contaba que le faltaban alrededor de veinte botellas para completar los nichos, así que ayer se dio a la tarea de buscar algunas cosas interesantes: algunos borgoñitas de medio pelo, un vaqueiras, y sino mal recuerdo algún burdeos. Más tarde pasamos a la barra y descorchamos una botella, un tinto de la tradicional y vieja Casa Domecq. Me dio a escoger una botella y como había pasado ya un par de veces por los anaqueles y le había echado el ojo a un Reserva Magna 2019. La Casa Domecq en México nunca se ha distinguido por sus vinos en cuanto a calidad, el Padre Kino ha sido un vino básico como en España Don Simón, aunque aquí no hemos llegado al nivel de tetrapack en esta bodega en particular. Al meterme a su página me percaté de que hay un Reserva Real de cepas de 35 años y una crianza de seis meses. Pero ese no figuraba en los anaqueles. Se trata de un vino de corte clásico, madera usada, notas balsámicas, tanino pulido, seco, de buen paso y final largo. Bien podría guardar seis botellitas para seguir su evolución.

Don Leo 2013 sauvignon blanc más de 9 años acostada

Hurgando en el fondo de la cava, donde acostumbro a tumbar los blanquitos, ya que éstos deben estar algo más frescos que en los botelleros superiores. He encontrado una botella de Don Leo 2013 vinificado con sauvignon blanc. Se había desprendido la corbata, o desparecido por la humedad, así que calculo que debe tener poco más de 8 años acostada, el moho ha deteriorado la etiqueta, la evaporación es mínima, apenas por debajo del cuello. El corcho salió a pedazos a pesar de la humedad alta por arriba de 80%. Color dorado, brillante y espeso. Nariz tropical a mango, una vez que moví la copa huele a piña madura y una nota vegetal. En boca sorprende su juventud; acidez que lo hace muy vivaracho; ha evolucionado mejor de lo que pensaba, con una paso de boca mineral, seco y final largo. Una gran recompensa para quienes esperamos esa magia dentro de las botellas con el paso del tiempo. Aunque para ser sincero esta botella no estaba destinada a estar un período tan largo dentro de la bodega ¡Fue un rescate muy a tiempo!

La he parado sólo para la foto ¡Sorprende el nivel! Arriba del cuello después de 37 años

A unos centímetros de ese nicho asoman unas cuantas joyitas de López Heredia, se trata de cinco blancos de otra categoría, con una larga crianza en madera usadita, de las que no maquillan el vino, a la usanza de antes; barricas que solo sirven para pulir el vino y que después en el vidrio ganan con aromas terciarios como los que podemos distinguir en este tipo de vinos. Se trata de dos Gravonias 2003, un Viña Tondonia Gran Reserva 1987 (sin que se note evaporación, por arriba del cuello) dos Viña Tondonia cosecha 1995. Me decidí por el Gravonia 2003. Sé que mucha gente ignora la larga evolución de estos vinos y hasta se atrevería a sugerir echarlos a la coladera, pero aquí hablamos de cinco de los mejores blancos que se pueden adquirir sin los precios inflados con esteroides que vemos en al mercado, bajo la mirada complaciente de los chinos y los rusos multimillonarios

Hermoso color oro viejo

Me decidí por el Gravonia 2003, el más jovenzuelo. El corcho salió entero además de no presentar problemas de filtraciones, algo que me llamó la atención después de estar acostado 21 años. Sin duda la humedad de la bodega ayuda a que el corcho se mantenga elástico. Color oro viejo, brillante y fluido. En nariz piedra de río recién mojadita, algunas notas de barro, algo de orejones de manzana, y un fondo muy sutil de frutos secos. En boca tiene una acidez sorprendente que le da armazón al conjunto, final mineral y largo. Un vino para tener por cajas, su evolución ha sido espectacular; yo me atrevería a decir que le faltan unos añitos para que empiece a descender. Una verdadera joya del barrio de La Estación.

Y hablando de este viejo conocido, recuerdo lo que apuntaba alguna vez Manuel Camblor, que decía que lo de Gravonia venía por los vinos minerales de Graves, aunque no puedo confirmarlo me ha gustado la idea por aquello de su gran mineralidad.