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Entrada principal a L´Ecrivain

Entrada principal a L´Ecrivain

El buen tiempo en Dublín me ha sonreído y me ha permitido caminar a mis anchas por la zona de Trinity College, donde alguna vez estudió Oscar Wilde. Siguiendo ese rumbo por la calle Grafton hacia el sur, llegué el parque St. Stephen´s Green, dando vuelta al este para conocer Baggott Street. Sus veinte grados centígrados hacen más bulliciosa la ciudad y le dan vida y movimiento a las calles. Nada que ver con aquellas gélidas temperaturas de febrero, cuando es imposible caminar más de cinco cuadras sin entrar a algún establecimiento a calentarse un poco, o desplazarse en taxi.

Al filo de las 7:00 pm he llegado a la recepción de L´Ecrivain, una señorita joven, rubia y baja de estatura me recibió preguntándome: ¿tiene reservación?… Algo que siempre me ha puesto los pelos de punta, los pocos que me quedan. Reservaciones cuando el salón está vacío, a sabiendas que no se llenará nunca. No, no tengo reservación. Después de una pausa, respondió observando la agenda: puede disponer de la mesa hasta las 8:00 pm. Señorita son las siete… No señor, son las 6:00. Menos mal que estaba adelantado mi reloj por una hora. La espera había sido larga y mis ansias por conocer el lugar fueron más grandes que mi orgullo, así que me dejé llevar hasta la mesa. Lugar discreto, sobrio, rayando en la monotonía. Salón en la planta alta y un pequeño desván, coronado con un «mini split» para los calores veraniegos.

Puligny-Montrachet % Volnay...

Puligny-Montrachet & Volnay…

Después de echar un vistazo alrededor de mi mesa, comprobé que no había una sola mesa ocupada. Pedí la carta. Como me imaginé… los precios son un atentado al patrimonio. La carta de vinos raya en lo aburrido, botellas que esperaría de cualquier otro lugar donde no se han roto mucho la cabeza. Aunque tampoco puedo decir que no tuviera algunas cosas interesantes, mis expectativas eran muy altas.

Comencé con un champán, un burbujeante rosé, color piel de cebolla; Pierre Paillard Brut Rosé, nariz caliza, boca frutal, abocado, acidez justa. Siguiendo con el vino. Tenía antojo de un blanco entrado en años y un tinto joven, pero el copeo es muy limitado, así que me decidí por dos medias botellas: Joan-Louis Chavy, Puligny-Montrachet 1er Cru, Les Folatieres 2006. Vendimiado en un pago de poco más de una hectárea, con 14 meses de crianza en roble, 30% nuevo. Vino no muy viejo, pero si maduro, y un Volnay, Lombeline 2007. Para comer abrí con una entrada de «New Season Asparagus»: espárragos con huevo pochado, parmesano y trufa. El sabor del huevo domina el conjunto a tal grado que por mucho que traté de limpiarme la boca y beber agua, tuve que pedir cambio de copa. Este Puligny-Montrachet me recordó el dulce de cajeta; un vino maduro y profundo con un gran balance. Como segundo; «Roast Duck»: cocción perfecta, así como la combinación de la guarnición con una salsa exquisita. Este Volnay no niega su juventud, pero tampoco su equilibrio, a sus cuatro años ya deja ver sus notas térreas, trufa y cuero del más fino. Firme en boca, con esa extraordinaria acidez, propia de los buenos borgoñas. «Bocato di cardinale». Maridando perfectamente con las notas dulces de la salsa del pato.

Cocción perfecta...

Cocción perfecta…

Cuando no estoy seguro de qué tiendas de vino visitar, me ha dado buen resultado preguntar en los restaurantes donde sirven vino. Así que pregunté a uno de los meseros. Me dio una lista de tres lugares, todos muy cercanos. Haciendo hincapié en que visitara una tienda de quesos, Matthews Cheese Cellar, donde sirven el queso con una copita de vino, un lugar según él, muy agradable que vale la pena conocer.

De postre, al escuchar sobre quesos, pedí una tablita con un Capitelli de Anselmi, un vino de postre bastante plano y diluido si lo comparamos con otros, como por ejemplo un buen Sauternes o un Moscatel Málaga Jorge Ordoñez 2007, anunciado en la carta. Saciado por completo tanto por el lado de la comida como por el del vino, pedí la cuenta. Sin hacer conversiones tortuosas a dólares o a pesos, pagué y me retiré a mi hotel. Tenía sueño, necesitaba una siesta. Siesta que se prolongo más de la cuenta, cuando vi el reloj era demasiado tarde, aun con la hora extra que me habían regalado en L´Ecrivain… Al final reconozco que no se puede hacer todo en un solo día, por muy largo que éste sea. La única tienda de la lista que conocí fue Fallon & Byrne, curiosamente había sido la primera que había visitado ese día por la mañana. Quedarón en el tintero: The Corkscrew, en Grafton, y Matthews Cheese Cellar, esta última es la que más me pesa no haber visitado. Las menciono por si alguien visita estas tierras y tiene tiempo para el tour. Thorton´s me fue recomendado por su supuesta excelente relación calidad-precio. Este restaurante está casi justo frente a la entrada del parque Stephen´s Green, siguiendo al sur por la calle Grafton… Será para la próxima ocasión.

Mejor Wine Bar de Dublín Expedición…Puede ser la segunda acepción o la quinta del diccionario de la RAE, si tomamos en cuenta no precisamente la curia romana, sino la autoridad máxima en el hogar; encabezada por la mujer, dueña y señora de la casa. Lo más importante es que he sido dispensado por cinco noches y seis días para emprender una gran empresa al otro lado del charco. Teniendo un solo día libre en la capital de Irlanda, no había tiempo que perder. Ya había tenido la oportunidad de conocer Dublín y parte de su oferta gastronómica-vínica, pero nada mejor como explorarla solo, a mi propio ritmo, sin prisas y con la única intención de descubrir sitios que valgan la pena, relacionados con el buen comer y beber. A veces no tenemos un panorama completo si nos enfocamos a las recomendaciones de taxistas y conserjes de hotel. A veces sí. El caso es que cuando más de una persona recomienda un lugar, alguna gracia debe tener. Dublín es una ciudad pequeña con poco menos de medio millón de habitantes. Celosos de su pasado celta y optimistas en el futuro, guardan mucha similitud con los ingleses… aunque por favor, que no se enteren de lo que acabo de decir.

Siguiendo por la bulliciosa calle de Grafton hacia el sur antes de llegar al famoso parque St. Stephen´s Green, me metí en una calle, sin rumbo fijo, caminé unas cuantas cuadras para detenerme justo al otro lado de un wine bar que había visto anunciado en la sección amarilla unos minutos antes en el hotel. Olesya´s Wine Bar, número dieciocho de la calle Exchequer. Cuatro personas hacían reparaciones en la fachada y el lugar aún no estaba abierto, así que me metí justo enfrente en Fallon & Byrne para comprar una botellita de agua y echar un vistazo al lugar. Me recordó al HEB en versión europea donde se encuentra de todo un poco, en un sitio relativamente pequeño: fruta, legumbres, verduras, quesos, carnes frías, helados, pastelería y algo que no debe faltar… vinos. A la entrada bajando las escaleras se encuentra su propio wine bar, considerado el mejor de la ciudad en este año, según una pizarra dentro del local. También estaba cerrado aunque faltaba poco para que lo abrieran.
Una vez que abrieron bajé al sótano. Sus muros colindantes están cubiertos por botelleros con una selección modesta pero suficiente para entretenerse un rato, observando etiquetas. La verdad la carta no es para impresionar a nadie: 22 blancos, 30 tintos, 3 espumosos, 1 Sherry, 1 Jurancón dulce y un Oporto. Sin pensarlo mucho me decidí por un Freiheit Grüner Veltliner 2007. Color amarillo pálido, aromas de fruta entre pera y manzana verde, de boca vivaz, cítrica (limón) despidiéndose en el posgusto con mucho vigor. El día era largo, tanto por el verano; oscureciendo poco antes de las 11:00  y empezando a clarear a eso de las 4:30, como también por el ajetreo de conocer el mayor número de lugares interesantes en unas horas. Así que crucé la calle y entré a Olesya´s W.B., este lugar es acogedor, cuenta con apenas unas cuantas mesas, bien acondicionado y atendido ese día por un diligente joven que en seguida me mostró la carta. Desde la entrada se anuncian más de cien vinos por copeo y más de 300 en total.

JM Gobillard & Fils Rose y Balsamique Foie-gras

JM Gobillard & Fils Rose y Balsamique Foie-gras

Su carta es más extensa que la de enfrente y la oferta de bocadillos es interesante. Se nota el esmero en la selección de vinos y la preparación de las viandas. Un poco de burbujas no estaría mal, así que escogí una copita de JM Gobillard & Fils Rosé, a 16 €. Seco hasta la médula, calizo y mineral. Un buen espumoso para maridar con un foie gras balsámico: crujiente pan en una cama de finas rebanadas de manzana y coronado con el foie gras, unas gotas de vinagre balsámico y aceite de oliva; todo-frío-y-exquisito. La carta esta enfocada a gustos algo sofisticados: «Red caviar», «Sevruga caviar» y para bolsillos más holgados «Beluga…». Tiempo para que al estilo español; mude de lugar para seguir disfrutando. Después de caminar por el costado norte del parque St. Stephen´s Green, según las indicaciones que me habían dado, seguí caminando por un buen trecho no sin antes, como es mi costumbre, perderme por algunos instantes hasta llegar a la puerta del famoso restaurante francés multi recomendado; L’Ecrivain. Para mi mala fortuna olvidé que estaba en Europa y que a las 2:45 estaba cerrado. Con un: I´am soo sorry, tuve que regresar al hotel para hacer tiempo y descansar un poco hasta que el reloj marcara las 6:00 de la tarde.

(continuará)

Entrada a los viñedos y la bodega (Chateau)

Navegando por el infinito océano de internet me encontré con un blog, que desde un principio me resultó familiar a pesar de visitarlo por primera vez y estar escrito en portugués: Copo de 3. La foto del autor, el contexto, los vinos que ha catado… Se trata de João Pedro de Carvalho, residente de Vila Viçosa, lugar donde lo conocí hace cinco años en compañía de mi buen amigo y siempre dispuesto anfitrión Antoliano Dávila. Ambos exploradores incansables de las bodegas sureñas de Portugal, enclavadas en la famosa región de Alentejo.
João desde aquel tiempo ya escribía en su blog sus descubrimientos y redescubrimientos por aquellas latitudes vitivinícolas. No cabe duda de que recordar es vivir, y tratándose de un viaje tan apasionante como tonificante, resulta inolvidable.
Hospedado en Badajoz, Extremadura, donde reside Antoliano. Cada mañana pasaba por mí para cruzar la frontera, de la cual ya quedan tan solo algunas huellas del pasado, como la antigua garita donde revisaban los documentos para entrar a Portugal. La Unión Europea ha traído grandes ventajas así como también algunos inconvenientes, como el caso reciente del hundimiento económico de Grecia, que ha arrastrado al euro y a los países miembros a situaciones delicadas. Pero por otro lado el libre tránsito es algo que envidiamos y anhelamos los americanos que hemos soñado con la unificación, aunque parece ser mucho más complicado.

João y Antoliano con el anfitrión en Zambujeiro

Visitamos varias bodegas, y en todas se respira un aire campirano y despreocupado, gente amable que recibe a sus visitantes con los brazos abiertos, lejos de las prácticas de mercadotecnia pura de los norteamericanos en Napa y Sonoma, que están prestos a vender sus vinos o recuerdos materializados en accesorios, gorras o camisetas.
Bodegas como: Heredad de Perdigao, y su excelente blanco; Terras De Monforte, vinificado con: Antao Vaz, Arinto y Verdelho, todas variedades autóctonas blancas, uno de los mejores blancos que he probado de esas tierras. Otras bodegas que vienen a mi memoria son: Quinta Do Mauro, Joao Portugal Ramos y Adega Seis Reis con su excelente Syrah.
Cómo olvidar aquella opípara comida en Elvas, en el famoso restaurante El Cristo. Un kilo de almejas y las porciones de bacalao «dorao» que desaparecieron de la mesa tan rápido como llegaron, regados con aquellas garrafas de Quinto Da Avela, vino verde fresco, ácido y frutal, ideal para la ocasión.
Al encontrar el blog de João Pedro me llegaron recuerdos repentinamente, como un destello y con la misma intensidad que hace cinco años. Blog que por supuesto recomiendo a quienes entienden algo de portugués y quienes no, también.

Haciendo varios cambios en el metro, llegamos a la estación de Tottenham Court Road, para visitar El Museo Británico. Uno de los grandes museos de Europa, con 250 años de historia. Nunca he estado más de dos horas en un museo, ya que al final se recorren los pasillos sin prestar mucha atención, debido a la saturación de los sentidos. No es recomendable. Así que tuvimos que escoger las salas de nuestro interés: Grecia, Roma, Egipto, los sumerios y un vistazo a México. Este museo tiene una de las colecciones más grandes de arte helénico, con frisos del Partenón, templo dedicado a Atenéa a mediados del siglo V aC. Sus arquitectos: Ictinos, Calícrates y el famoso escultor Fidias. Extensas colecciones que merecen la pena más de una visita. Además de su deslumbrante y gigantesco vestíbulo repleto de luz que da la bienvenida.

Fuagrás de Pato

Después de la interesante visita al museo recorrimos a pie nuestro camino de regreso, haciendo una escala en el restaurante Bloomsbury St. Sobrio, refinado y excelente atención, nada común en Europa. Empecé con un paté de hígado de pato: presentación impecable, excelente textura y mejor sabor, seguido de un fresco salmón, a las brasas, rociado con un sancerre, aunque no he anotado nada más. Floral y sutil. Un refrescante y gratificante blanco. Al estar enfocando mi lente al plato de fuagrás para tomar una foto, se acercó preocupada la mesera ya que una de las rebanas de pan tostado estaba en posición horizontal, así que me sugirió que tomará otra foto con el pan en posición vertical. A esto le llamó celo y esmero al trabajo. Aunque no pude evitar dibujar una sonrisa en mi rostro.
Para ayudar a la digestión, nos dirigimos a la estación del Puente de Londres y recorriendo unas cuadras llegamos cerca del famoso Puente de La Torre. Estando muy próximas dos de las tiendas que me había recomendado Mr. Crimmin, el sumiller del Gaucho, aproveché y corrí a buscarlas mientras mi esposa y mi hija se quedaban charlando en un moderno café por la zona. Metida en un callejón medieval a un lado de King William Street, llegué a Bedales, una tienda pequeña donde se degusta y se compra vino, con algunas mesas dispuestas en la entrada y botelleros al fondo así como alrededor del pequeño local. En esa tarde tenían un acontecimiento privado por lo que no pude probar nada. Me imagino que el dueño es el mismo hombre que me atendió ese día. En realidad no es una tienda con un gran surtido, sobre todo tomando en cuenta mis expectativas, así que con el pretexto de que mi mujer me estaba buscando, salí rumbo a la segunda tienda, que se encuentra justo unas cuadras más adelante.

Interior de Vinopolis

Vinopolis moderna y muy grande, con un enorme wine bar al frente. Mucha luz, mucho espacio, pero poco surtido. Es sin duda una de las tiendas más grandes y al mismo tiempo menos surtidas que he conocido. Por lo menos en lo que respecta a los vinos que están en los anaqueles, ya que había varias personas tomando pedidos en otra habitación, así como el acostumbrado privado para el whisky. Un poco decepcionado y cabizbajo regresé caminando a marcha lenta a tomar un café con la familia. Quedaba sólo la mañana del día siguiente, así que tenía que jugarme la última carta.
Antes de abordar el metro de regreso al hotel, pasamos a beber una copa en Davy´s, un Pub desbordante de gente, gracias a una amable mesera pudimos pasar al comedor, ya que todas las mesas del bar estaban ocupadas. St. Ceran, Blanc de blancs brut para mi mujer, y un Broully Les Thibaults 2008. El primero de burbuja fina y con una buena dosis de azúcar residual para ser brut, mi esposa lo calificó como «acervezado», quizá por la levadura tan presente. El broully, bastante primario, más bien parecía un beaujolais común y corriente.

Berry Bros. & Rudd

Sin tiempo que perder, al otro día salí del hotel pasadas las ocho de la mañana rumbo a la estación de Green Park. Después de un café y un pan dulce, salí para volver a entrar a otra cafetería en otro de tantos callejones. Tenía que hacer tiempo hasta las diez, tiempo para otro cafecito de casi 2 £. La calle era fría y húmeda, con una molesta y típica llovizna londinense que empapaba mi chamarra, el paraguas lo había olvidado en el hotel. A las 10:05 salí de la cafetería para buscar la tienda. En contra esquina encontré Justerini & Brooks, crucé la calle de St James, y sacudiéndome las gotas de agua de las mangas, entré. Recibido en el vestíbulo por una refinada dama, cabello castaño, de aspecto intelectual, con una diadema; de esos aparatejos que llevan audífonos y micrófono integrado. Sentada frente a un monitor me dio la bienvenida, he inmediatamente me dijo que la venta de vinos era por caja. Después de un momento de silencio y al ver mi cara de sorpresa, replicó que unos metros más abajo se encontraba Berry Bros. & Rudd, tienda donde podía conseguir vinos por botella. Berry Bros & Rudd, era precisamente la tienda que estaba buscando, así que sin perder tiempo me despedí, no sin antes agradecerle la información. De camino me encontré tiendas muy interesantes: Lobb, de reparación de calzado, Truefitt & Hill tienda de brochas, espejos y otras monadas para afeitarse y para el baño, no podía faltar una tienda de puros y pipas, Davidoff. Se pueden apreciar sobre esta famosa calle algunas fachadas con influencia georgiana. Berry Bros. & Rudd es una tienda aún más antigua que el Museo Británico, con más de 300 años de vida, que se respiran en sus viejos pisos de madera además de algunos utensilios y botellas viejas, dignos de la colección de un museo. Al principio me recibió una elegante y espigada señorita, que al soltarle una avalancha de preguntas, como; ¿Qué champán artesanal me recomendaba…?, salió de la sala donde me encontraba buscando algunos vinos. En su lugar llegó Mathew Forster y comenzó una charla de varios minutos. Una de las cosas que me llamó más la atención, fue cuando me dijo que los Madeira podían abrirse, y tomarse varios días y hasta meses después sin ninguna repercusión negativa en el gusto.
Le pedí que me recomendara tres borgoñas tintos de alrededor de 35 £, y con otros tres blanquitos de otras regiones, completé mi cuota, cuota para poder manejar una cajita no muy grande ni pesada, ya que el camino era largo y el metro no es el mejor lugar para ir muy cargado.

Así dejamos el Támesis atrás para estar todavía un par de días en Dublin, junto al Liffey. En la última cena del viaje, en Chesterfield pedí media botella de Fleurie Poncereau 2007 de un viejo conocido de Louis Jadot. Frutal y térreo a la vez. Maridó muy bien con unos rollitos crujientes de pato estilo oriental, y una fresca y deliciosa ensalada. Confirmé lo antes dicho; Chesterfield, tiene muy buena cocina.

Rollos de pato y Poncereau 2007

Tutton´s en Covent Garden

Hacía dos décadas que no visitaba Londres. Ese aire medieval de sus callejones, sus melancólicas vistas al Támesis y la elegancia de sus puentes y su parlamento, junto con su torre, el famoso Big Ben, la hacen de mis ciudades favoritas. El Ojo de Londres es una nueva atracción, por lo menos para mí, ya que se abrió al público nueve años después de mi última visita. Por esta ocasión no he podido subir, no ha sido la acrofobia lo que lo ha impedido, sino la mala costumbre de ir posponiendo las visitas hasta que es demasiado tarde. Londres goza de una vasta reputación en las artes, el conocimiento, la historia, tierra de anticuarios y de piratas convertidos en Sir, con un comercio intenso de vino que se remonta a varios siglos atrás. Como en casi todas las grandes metrópolis su transporte público también merece un reconocimiento, sin su eficiente metro me hubiera sido imposible hacer la mitad de las actividades que realicé. Desde la ventana de nuestra habitación podía ver la única pista del pequeño aeropuerto de «The London Airport». Del hotel a la estación de Royal Albert había un buen trecho de alrededor de un kilómetro, recorrido que se haría agradable en el mes de septiembre, pero no en febrero a menos de 0°C. Mil metros que se hacen una eternidad. Desde allí se puede ir a todas partes haciendo los cambios de estación necesarios.

Nuestra última parada fue Westminster, impresionante salir de la estación del metro para encontrarse con el Big Ben, que parece un gigante vigilando el nublado horizonte londinense. Cruzando el puente de Westminster, maniobra poco complicada con la cantidad de turistas cámara en mano sacando fotos hasta del piso de las aceras, comenzó a caer una ligera lluvia de aguanieve, para quien vive cerca del Ecuador era fácil imaginar que estaba nevando.
Después de echar un vistazo al Ojo de Londres y pasar frente al lujoso Marriot, tomamos un Leyland, que hoy en día cuenta con toda la tecnología, nada que ver con los antiguos taxis de la misma marca de los autobuses de doble piso y de la ciudad donde se construyen. Le pedimos al taxista que nos llevara a Covent Garden, a unas cuadras de allí, que de no haber sido por el frío y la lluvia hubiera resultado una sana y amena caminata de 25 minutos. El hambre apretaba, así que nos metimos al primer restaurante que encontramos, que por cierto abundan en esa zona. Tutton´s Brasserie es un lugar bullicioso, pero agradable, con las mesas pegadas unas a otras, inhibiendo un poco la intimidad. Varios pizarrones informan sobre la comida y el vino vigentes. A lo lejos distinguí con letras grandes; «Cremant de Bourgogne Rose«, nada mejor para abrir boca. Sin añada, si es que la tuviera, y sin haber preguntado la marca…Una grata sorpresa, el mejor espumoso del viaje: seco, mineral, fresas silvestres, de color salmón y buena burbuja. Siguiendo con el vino por copeo, pedí un Ca di Ponti, Nero de Avola 2008, planito, austero y más corto que un suspiro. Al comentarle al mesero mi fallida experiencia con el Ca di Ponti, le pedí un Valmoissime 2008, (pinot noir), pero me advirtió que éste sería aún más diluido. Sin darle mayor importancia a su comentario lo pedí. Un vino del montón con una arista alcohólica digna de un shyraz australiano. La materia prima de primera, pedí unas chuletas de cordero muy sabrosas; en su punto. De postre un Quinta Do Noval LVB, que de no haber sido por el color terracota, afirmaría que fue un vulgar rubí. Ahora aplaudo la costumbre en España, cuando el camarero trae a la mesa la botella para servir la copa frente al cliente.

Hay días malos y otros peores, esto en relación a la pertinaz lluvia que no cesó hasta la noche, pero que tampoco impidió que saliéramos del hotel con nuestros paraguas, guantes y gorros. Tomando en la estación de Victoria el Tour por la ciudad, teniendo la flexibilidad de bajar en los sitios de nuestra preferencia, bajamos en Picadilly. Después de que mi esposa hiciera unas compras en la tienda de National Geographic, nos dirigimos a comer a un lugar que nos había recomendado una atenta vendedora de origen sudamericano, no sin antes advertirme que era un lugar caro. Pero nos pico la curiosidad y entramos.

 Asador del Gaucho

Gaucho está en uno de los callejones que salen a Picadilly. De aspecto sobrio, recibidos por una elegante señorita encargada del guardarropa, y acompañados a nuestra mesa por otra no menos guapa británica. Ya me hacía sospechar que tendría que empeñar un riñón. Aunque al final no fue así. A un lado del asador, podíamos ver la preparación de los diferentes cortes, las paredes estaban tapizadas con pieles de ganado vacuno, al más puro estilo peluche… mis compatriotas entenderán la descripción. Lo primero que revisé fue la lista de vinos: ¡Argentinos!…¡t-o-d-o-s!. Yes sir… En un par de minutos llegó un amable sumiller, Jake Crimmin, cuyo atuendo distaba mucho del peto de cuero, el catavinos y las medallas. Con un sobrio traje y corbata me hizo varias recomendaciones. Porque no me trae un vinito artesanal, de esos que se venden por cientos y no miles de cajas, amablemente me dio a probar dos copas, pero ninguna me gusto. Con el dedo señalé un Ópalo 2007, malbec de Mauricio Lorca.

Picadilly Street

Al seguir conversando sobre el supuesto vino de baja producción, salió a relucir este blog. Con una sonrisa de complicidad me dio su tarjeta y me dijo que el también escribía en el propio: Diary of a sommelier. Recordando el poco éxito para encontrar tiendas de vino hasta el momento, le pedí que me diera una lista de ellas. De las cinco referencias, conocí tres, más una extra que no estaba en la lista, pero lo dejaré para la siguiente entrega. Como última petición, le solicité algún Oporto para el final, Port ?… Try Malamado 2005, is a port style. Acto seguido desapareció y no volvió a la mesa. Cuando pregunté por él para agradecer sus atenciones me dijeron que se había retirado. La carne, como era de suponerse estaba exquisita. Yo me decanté por unas costillas de carnero, con la cocción perfecta así como los condimentos más básicos, grasa en su más sublime expresión, al lado un buen plato de tomates frescos multicolores, rebanados y bañados en aceite de oliva extra virgen con sal gruesa. El malbec, me pareció correcto; flores secas, chocolate amargo, jugoso, aunque a buena temperatura dejaba ver su alta graduación alcohólica (14%). El Malamado, «port style» puro jarabe para la tos, una caricatura de oporto, una mala caricatura. (continuará)

Desde el avión

Como aficionado a la fotografía en cada viaje cargo mi cámara, así tuve la oportunidad en esa hermosa mañana de tomar unas fotos desde el avión, justo después de despegar de la Ciudad de México. En el oriente los majestuosos volcanes Iztlazihuatl y Popocatépetl con el Valle cubierto por un manto de nubes. Así que no es tan mala idea cargar con la camarita.

La primera escala fue en Atlanta, donde estuvimos poco más de tres horas en espera del vuelo que nos llevaría a Dublín. Uno de los mayores inconvenientes de los vuelos en conexión es llegar con mucho tiempo, o la angustia de no perder el vuelo por algún atraso, situación nada fuera de lo común. Sin ánimos suficientes para salir del aeropuerto, mi esposa y yo nos concretamos a dar un paseo por los duty free. Entramos al primer wine bar que apareció. One Flew South bar de vinos y sushi. Una copita de riesling de Washington para ella y un Domaine Pichot 2008 para mí. Pero no todos los Vovray brillan como los de Huet, este Pichot le falta nervio. Frutal, pero nada más que eso, desaparece tan rápido del paladar como de la memoria. The Magnificent Wine Co. 2008 de Washington, no me ha gustado empezando por el nombre, largo y raro para un vino. Herbáceo y con una sensación cítrica tan artificial como algunos caramelos baratos de mala calidad. Una vez en la sala de espera antes de abordar el avión, nos dispusimos a la hibernación para cruzar el Atlántico, también llevaba un libro que había comprado un par de meses atrás: Liquid Memory de Jonathan Nossiter.

Mercado callejero en Dublin

Después de siete horas y treinta y tres minutos salimos de esa lata de sardinas repleta de humanidad, así como de olores variopintos. Un gran alivio despedirse de la azafata y poner los pies en tierra firme, como quien cruza la meta de un maratón. Llegamos al hotel abordo de uno de esos famosos autobuses de dos pisos. Un remanso de paz a la orilla del Liffey (versión Irlandesa del Támesis, guardando su debida proporción) cerca de la estación de tren y de un museo que nunca se nos ocurrió visitar. Best Western Ashling es un hotel con un amplio, acogedor y elegante comedor, sus habitaciones son de buen tamaño para los estándares europeos, pero lo más destacable es su cocina. Si visitan Dublín deben comer en Chesterfield, nombre de su excelente restaurante. Su carta de vinos es como muchas otras, con vinos de Francia, España, Italia y algo de Chile. Nada que pueda levantar suspiros.
Después del desayuno dormimos desde las diez de la mañana hasta las 3:30 de la tarde, salimos a estirar las piernas a la orilla del río. A las cuatro cuadras sentíamos como se nos partía la cara con el gélido viento, así que nos metimos a una tienda Spar, que nunca falta en cada esquina. Al asomarme por las cervezas observé junto a la local y legendaria Guiness, una docena de Coronas, nuestras fieles embajadoras en todo el mundo. Acto seguido caminamos sin escalas a un coqueto café donde nos bebimos dos tacitas de capuchino cada uno, bien calientes y espolvoreados con canela para quitarnos el frío de los huesos y así poder enfilarnos de vuelta al hotel. Esa misma noche en Chesterfield he probado una de las mejores ensaladas en mucho tiempo, acompañada de un pint de Guiness. A cada trago tenía que limpiarme los bigotes. Definitivamente me volví fiel consumidor de esta deliciosa cerveza oscura. La ensalada estaba acompañada de semillas de girasol tostadas y un aderezo agridulce que resaltaba el fresco sabor de las lechugas y otras hojas no identificadas. Al otro día teníamos la misión más importante del viaje, visitar a un ser querido para que nos acompañara el resto del viaje. Después de visitar un hermoso suburbio de Dublín, un pueblo que se llama Bray, fuimos a comer con la nueva integrante del grupo a un restaurante a la orilla de la calle que da a la playa. Martello es un pequeño hotel y restaurante con más influencia norteamericana que británica, pero se come buena carne y mejores postres. No pensé encontrar por estas tierras el segundo vino de Chateau Musar, Hochar 2002, un tinto de taninos mullidos pero firme en su conjunto, que acompañó de maravilla la jugosa carne.

Hochar 2002

El sábado a medio día visitamos un restaurante mexicano en pleno centro de Dublin. Azteca es su nombre y como en muchos países fuera de México, el gran problema es surtirse de la materia prima necesaria.
En la calle de Grafton, corazón comercial del sur de Dublín, comimos en Belley´s una excelente pizza preparada en horno de leña. Una buena opción para quienes gustan de pizzas. La carta de vinos es muy modesta por no decir escasa, pedí un Chianti genérico con una arista alcohólica impresionante, el primer trago me supo a vodka sin hielo, el segundo fue peor…La copa se quedó en la mesa casi llena. Recomiendo que pidan un pint de Guiness, no falla.
Al otro día recorrimos la catedral de San Patricio, aquel santo que explicó la trinidad con un trébol y que se ha convertido en uno de los íconos de Irlanda, junto con su color verde. Paradójicamente en un país de mayoría católica, la catedral es anglicana. Casi a las puertas de los jardines junto a la catedral se encuentra Bill & Castle (Gastro Pub & Beer Hall) un pub muy comercialito donde pedí un rib eye dry aged, pasado de tueste, muy seco y sin sabor, acompañado con un Doppio Passo 2007 vinificado con primitivo, de Salento (Indicazione geografica tipica) mucho extracto poco nervio, fruta pacificada. Nada que valga la pena, ni el lugar, ni la comida ni el vino. Al otro día partíamos a Londres, pero lo dejaré para una segunda entrega. Por el momento Chesterfield y Guiness llevan la delantera.

Spec´s Houston

Un par de horas antes de ir a Crush visitamos Spec´s una tienda con algunas cositas interesantes como Trimbach, Pierre Sparr, Hugel, alsacianos que nunca fallan. De Italia un Barolo fenomenal de Oddero. Al estar en un suburbio, se nota la gran diferencia con la tienda Spec´s en el centro de Houston.
En esta última la entrada no promete mucho; un supermercado común y corriente. Señoras con carritos, vinos al frente de cinco dólares… definitivamente no se trataba de una tienda especializada en vinos, ¿o sí…? Al dar vuelta en uno de los múltiples pasillos mi sorpresa fue mayúscula. Blancos de Borgoña por doquier: Montrachets, Meursault, Chablis… de muchas marcas precios y añadas, después seguí en todos y cada uno de los pasillos, llegando al del Valle del Loira, específicamente Sancerre con el famoso Silex de Didier Dagueneau, famoso productor fallecido el año pasado. Ya reposaba una botella en el carrito, cuando por un segundo me llegó la cordura y lo dejé en el mismo lugar donde lo tomé, 130 verdes son 130. No he dicho que no los valga, porque aunque no lo he probado he escuchado y leído excelentes comentarios, pero mis compras iban dirigidas a las mejores ofertas. Y no tardé en encontrarlas. Estiré la mano para meter en el carrito dos botellitas de uno de mis Borgoñas favoritos: el extraordinario Clos de La Barre 2006, un monopole de Drouhin, cuyo hermano del 99 me hizo disfrutar muchísimo. Por sólo $54 dólares, vale mucho la pena llevarse un par a casa. Un Domaine De Chevalier 2005, un Viña Caneiro 2007 de Ribera Sacra; cuya etiqueta no puede ser más ilustrativa; los escarpados viñedos en terrazas de la zona. Un Domaine des Ambuisières, «Cuvée de Silex,» Vouvray 2007 junto con un Un zinfandel de Dashe Cellars también 2007, estos dos últimos comprados en Cova Hand Selected Wines en la misma calle de Washigton, unos minutos antes. Debo decir que Cova es una tienda muy acogedora con una barra para degustar vinos y algunas viandas. Así completé mis cuatro botellas de rigor, ya que en la aduana sólo puedo pasar con 3 litros, aunque llevaba dos botellas más… Lo que ignoraba a mi regreso es que esta cantidad había sido modificada, para mi sorpresa ahora se pueden pasar 8 litros por persona. Jamás lo hubiera creído sino lo veo estampado en el papelito de la aduana.

Gewurtztraminer Alsaciano mmm…

El domingo hubo carne asada, de esa que me gusta, la añejada que con unos granos de sal gruesa y otros granos molidos de pimienta negra, son suficiente condimento para disfrutar de una exquisita carne.
Esa tarde empezamos con un Pierre Sparr de Gewurztraminer 2007 amarillo pajizo, brillante, espeso. Aromas intensos a jazmín, durazno, té verde y notas de flor de azahar. En boca es fresco, con recuerdos de toronja roja, abocado con notas minerales y un final amargo con recuerdos de agua tonic.

Paella mexicana en wok, made in USA…

El lunes prometí hacer una paella estilo mexicana; paella que se le agrega carne de cerdo, pollo, mariscos y todo lo que se encuentre en el camino. La materia prima no fue problema encontrarla, con excepción del chorizo, ya que el más parecido no lleva pimentón y sabe más a chorizo argentino. El problema fue encontrar la paella, (el recipiente) así que mi amigo Gabriel compró lo más parecido. Tenía más forma de Wok con tapa que de paella. La limitada superficie plana en contacto directo con el fuego, hizo que el arroz se quemara un poco en el fondo, así nos permitió probar un poco de socarrat.

Para la paella abrimos un Graff Riesling 2004 bastante mudo al principio, con fruta amarilla poco definida, dulce, de acidez justa y sin esa nota de queroseno de la riesling en su juventud. Seguido por el Oddero Vigna Rionda 98, un Barolo que de inmediato me transportó a un Viña Tondonia joven, aunque el Oddero huele a caja de puros, fruta roja y toffee, de final persistente. Un Barolo muy sabroso y muy clásico. Una de las mejores compras, fue sin duda el Viña Caneiro 2007, un mencía tan rústico como auténtico, bonito color rubí capa media, lo primero que da son lácteos, con un poco de aire llegan frutos rojos y refresco de cola de trago largo con un amargor y acidez que invitan al siguiente trago. Compraría dos cajitas, para beberlo diario.

Los días se me pasaron volando… desde aquí gracias a Gabriel y a Lupita por su hospitalidad.

De colinas escarpadas… Viña Caneiro 2007

Edificios cubiertos por neblina…

Unos días fuera de casa visitando buenos amigos, buenas tiendas de vino y restaurantes con una oferta interesante, en ese orden. Houston es una ciudad mediana que cuenta con mucha de la infraestructura de otras ciudades de su tamaño. Después de recibir una calurosa bienvenida nos dirigimos del aeropuerto rumbo a Woodlands, una ciudad satélite a 40 minutos de Houston. Lugar de residencia de mis cuates. Debido a que ya conocen mi afición, pasamos de camino a conocer 13 celsius ubicado en el centro, en el número 3000 de Caroline. Para nuestra mala fortuna estaba cerrado. Asomándome por el ventanal se veían mesas, una barra y varias botellas dispuestas detrás. Un bar de vinos, un bistro… no lo sé, pero tenía buena pinta.
Caminamos más que los infortunados mojados que cruzan la frontera, pero todo el recorrido por las múltiples vías subterráneas en el mismísimo centro de Houston. Ya que no soy afecto a la comida en el avión, si se le puede llamar comida, lo único que ha cambiado es que ahora la cobran y en billete verde. Así que lo primero que le hice saber a mis queridos amigos fue que tenía que comer algo, porque mi cuerpo bajaba peligrosamente sus niveles de azúcar. Una baguette de jamón y queso con sus «chips» y una Coca Cola añada 2009 fue suficiente para saciar mi apetito por unas horas.

Después de llegar, desempacar, saludar a sus hijos, y recibir un tour por los arbolados alrededores, tuvieron la brillante idea de invitarme en la noche a Crush, un wine bar muy concurrido por la zona. Se trata de un lugar de ambiente relajado, una cómoda barra y una terraza donde los edificios circundantes me hacen sentir bebiendo en la zona de Santa Fe en la Ciudad de México. Gente comedida dispuesta a resolver cualquier duda, su selección de vinos no es para echar tiros, pero se pueden pedir vinos de corte moderno a un precio razonable. Cinco personas: la pareja de mis amigos junto con la hermana de mi amiga, su esposo y un servidor. Empezamos en la barra con un Dr. Loosen 2008, si bien se trata de un vinito chaptalizado, en ese momento pasó muy bien. Punto Final 06, al cambiarnos a una mesa pedimos este malbec con fruta roja y tostados de buena nariz, pero sin personalidad, en boca se muestra corto. Monte Otón un garnacha ligero y con muchos lácteos. Como suele suceder el tiempo pasó volando y tuvimos que ahuecar, no sin antes tomar algunas fotos.

¡Benditas calorías!

Al otro día fuimos a Perry´s Steak House & Grille es un lugar para quienes la carne es su alimento primordial, caso de su servidor, aunque yo diría que hay muy pocas cosas comestibles que me desagraden. A media luz, con una colección de reconocimientos elegantemente enmarcados: «Wine Spectator Award of Excellence» del 2003 al 2009, todos en fila… Quienes leen este blog saben lo poco que me importan estos «awards», sobre todo después del escándalo de Milán. El caso es que estaban allí colgaditos. En cuanto a vinos, una buena cantidad de super tintos californianos. Pero mi elección fue un australiano; Yangarra 2006, una combinación de grenache, shiraz y mourvedre. Amplio, tostadito, frutal, de tanino presente, sin ir más lejos.
La carne es excelsa; suave, concentrada, marmoleada, con la cantidad justa de grasa, estos famosos steaks dry age, o carnes añejadas, son francamente deliciosos. Fueron dos buenas elecciones para salir de casa. Esta última me ha parecido un lugar excelente para satisfacer los instintos animales de comer, o mejor dicho devorar carne carne de primera calidad. Y debo decir que la entrada de hongos capeados y no sé que otra cosita, estuvieron deliciosos.
He dividido esta entrega en dos partes, la segunda se refiere también al hedonismo puro, pero de manera doméstica, o sea en casa, en casa de mis queridos anfitriones: una carne asada y buenos descorches.

Viñedo en el Valle de Guadalupe (Chateau Camou)

Viñedo en el Valle de Guadalupe (Chateau Camou)

Existen lugares que basta con conocerlos para no volver nunca más, no me refiero precisamente a los poco agraciados en cuanto a belleza, sino aquellos que por su lejanía, por su difícil acceso, inseguridad, malos recuerdos o simplemente por sus pocos atractivos, son para no volver a pisarlos. Tijuana y sus alrededores encajarían en esta categoría, en mi humilde opinión, y me refiero también a Ensenada y al Valle de Guadalupe. Aunque su oferta gastronómica es maravillosa; allí probé el mejor y más grande callo de hacha de toda mi cuarentona vida, así como un exquisito abulón, en el hotel Las Rosas en Ensenada, con una vista al mar privilegiada. He visitado La Vendimia de Baja California, la mejor tienda de vinos, en cuanto a oferta de vinos mexicanos en Tijuana. Y el Valle de Guadalupe con su polvoriento y rústico atractivo, que fuera de la altivez de algunos productores de impedir el paso mas que con cita previa, situación comprensible en Napa y Sonoma, lugares concurridísimos, y sólo en algunas bodegas y en determinada época del año, porque hay otras que ni siquiera las moscas se paran. Pero ayer cambiaron mis intenciones de no volver, al leer la sección del sr. Gerchman en su columna Buena Mesa. Nos cuenta de la ampliación de la carretera panorámica que comunica a Tijuana con el resto de la península en el tramo hacia Ensenada. Que si bien es cierto no tuve problemas de espacio cuando en el otro carril pasaban camiones a toda velocidad, tampoco es despreciable tener una vía más ancha, sobre todo para turistas distraídos. Otra cosa que me llamó la atención, es el hecho del nacimiento de nuevas bodegas, como ya lo he comentado en otra entrada, bodegas artesanales cuya producción no rebasa las cien cajas. Sería muy feliz recorriéndolas probando sus vinos y admirando el paisaje siempre grato de los viñedos, porque hay tres cosas que puedo admirar por largo rato: el mar, una hoguera y un viñedo. Todo esto sin necesidad de citas, ni tampoco poner cara de turista billetudo para que me permitan el paso. Así que Baja California vuelve a mi lista de viajes, aunque no está entre los prioritarios. Me faltaría primero recorrer algunos pueblos donde todavía practican el trueque, donde los mercados son verdaderos puentes al pasado, al pasado antes del virreinato, donde la gente llega a la plaza para ofrecer sus diferentes productos a cambio de otros, donde la materia prima está viva y no enlatada o en tetrapack, pueblos donde los aromas, colores y texturas despiertan los sentidos. Ayer platicaba de esto con mi amigo Carlos Font, o más bien él platicaba de su recién aventura en tierras poblanas, allá por la sierra de Tehuacán. Una experiencia que no tiene igual, y que sirve para abrir nuestros cegados ojos a las raíces más profundas de nuestra historia. Lugares que sin duda debo conocer.

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Quiero felicitarlo por su reciente graduación como chef, espero que comparta sus mejores platillos, enhorabuena Carlos. Además de darle las gracias por los presentes que me trajo desde aquella maravillosa tierra; una vid, que aunque no es vitis vinífera haré de cuenta que lo es, y un manojo de ajos, ajos que asegura son los mejores del mundo, habrá que comprobarlo con algunos frescos camarones fritos en aceite de oliva o algunos pulpos tiernos, todo con una buena dosis de ajo bien picado y una copita de chardonnay fermentado en barrica, a quien no le parezca el maridaje, que me disculpe pero quien sufrirá las consecuencias seré yo.

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Por último quiero comentarles que ayer volví a creer en las hermosas cualidades de la cabernet franc. Descorché un espléndido Chinon, Marc Brédif 2006 que fue abriendo como una flor en presencia del sol, limpio de aromas: frambuesa, ciruela madura y notas de humo y heno, boca frutal, jugoso, largo y con una acidez extraordinaria, una de esas botellas que quisiera transformar en magnum, para seguir disfrutándolo durante toda la tarde. Apúntenlo, apúntenlo.

Aca 09Dicen que después de la tormenta viene la calma… Si de lluvia se trata no hay tal. Nada más reconfortante que romper con la rutina escapando unos días a la playa. No importa que cargue pesadas maletas, o que tenga que manejar un par de horas, siempre y cuando la carretera esté despejada, o que mis hijos pregunten cada cinco minutos, ¿ya vamos a llegar…? o que haya que registrarse a la entrada cuando el cerebro ya está en la alberca con una piña colada helada, o tenga que hacer cola para el bufé del desayuno… Se rompe la rutina para entrar a otra mucho más amena: desayunar con una buena taza de café y pan francés, embadurnarme de bloqueador, gracias a Dios ya existen los «continuous spray«, tumbarme panza arriba en la alberca, leer lo que no he podido, jugar con mis hijos, pedir una copita en la playa, aunque sea en vasos de plástico, el calorcito sienta bien, siempre y cuando se cuente con un buen equipo de aire acondicionado en la habitación.

Por fortuna nada es eterno, porque hasta las vacaciones pueden llegar a ser aburridas y fastidiosas.
palmeraMis recuerdos de Acapulco se remontan a la infancia, cuando todavía me podía peinar, ha sido un famoso destino turístico a nivel mundial. Han surgido otros como: Cancún, Huatulco, Los Cabos etc., pero Acapulco sigue ocupando un lugar especial en el corazón de muchos turistas, incluido su servidor. Nada que ver con el Acapulco de los años sesentas, hoy cuenta con una gran infraestructura. Conocí La Isla, ya ni siquiera tiene categoría de «Mall» sino que es un «Shopping Village». Un centro comercial moderno al aire libre con restaurantes y tiendas de lujo, ubicado en la zona diamante, uno de los fraccionamientos más caros. Para los despistados padres de familia, yo les sugiero que dejen olvidada su cartera en el hotel. Me lo van a agradecer.

Los vinos en la mayoría de los casos son más de lo mismo: chardonnays chilenos, savignon blanc de California y tintos españoles. El vino por copeo está en un promedio de $75.00 y la ración varía de un lugar a otro. En una escapada a Wal Mart, compré un Monte Xanic Chenin Colombard 2007, lo más decente que había en blancos por debajo de los diez dólares. Al no contar con los instrumentos adecuados, pedí en recepción un sacacorchos y dos copas. Un vino que a pesar de las copas regordetas y de cristal grueso, se manifestó muy floral y con notas de manzana y durazno, en boca me sorprendió su mineralidad.

Dolorosamente compruebo que el país está viviendo una de sus peores sequías en muchos años, no soy meteorólogo pero los acapulqueños y no precisamente en la costa, pedían más agua. En las playas la cosa cambia, viven del turismo y las lluvias no son del todo favorables para su economía, en el campo es diferente, aunque de regreso se veían los cerros bastante verdes. ¡Ojalá! que el próximo año no necesitemos importar más maíz y frijol de lo ya acostumbrado.

La última escala la hicimos en El Pescao un restaurante para gente que vive en el puerto, allí no se ven turistas pagando fortunas por una docena de camarones y un coco frío con ginebra. Comida sin rebuscamientos y de nombres llanos: Coctel de camarones, pescado frito, tacos de pescado, cerveza fría etc., Muy buena recomendación de mi cuñado. No es el mejor lugar para pedir vino, hasta en eso rompí la rutina.