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FERIACORTADORJAMONHay una buena cantidad de fiestas alrededor del mundo, pero sobre todo en Occidente, donde el vino, el pan (trigo) y el queso son los protagonistas. Por lo regular marca un ciclo anual ya que en muchos casos corresponde con la vendimia.

El fin de semana pasado viajé al estado de Querétaro, concretamente visité la Feria Nacional del Queso y el Vino que se realiza en Tequisquiapan, pueblo catalogado como mágico. Mucha gente lo visita cada fin de semana, los días de asueto y cuando pueden escapar del caos y la locura de la Ciudad de México para sumergirse  en uno de tantos lugares turísticos alrededor de la gran urbe. Tenía mucho tiempo de no visitarla y como es costumbre atrae a mucha gente, en muchos casos no muy entendida ni del queso ni del vino, sino que ven la oportunidad de emborracharse probando de aquí y de allá las muestras servidas en vasitos, mejor dicho, dedales de plástico. Recipientes que distan mucho de ser los ideales para catar un vino, además de que contaminan el ambiente. Dicho sea al entrar en uno de los primeros puestos vendían copas de cristal, por desgracia no se me ocurrió comprar una. Instrumento indispensable en la tarea de degustar los diferentes vinos que ofrecían en cada estante.

En realidad nada que destacar, algunos vendedores del otro lado del mostrador no cumplían con los mínimos requisitos para esta tarea. Estaban mal informados y con prisa. Después de un recorrido de menos de 45 minutos y con dos botellas de vino en la bolsa; un blanco y un tinto, decidí que era hora de retirarme para pasar a Viñedos La Redonda. Puedo destacar de la feria la gran cantidad de nuevas bodegas, un fenómeno que me impresiona cada vez que asisto a estos lugares.

Nótese la diferencia entre el grosor de uno y otro tallo...

Nótese la diferencia de grosor entre uno y otro tallo…

La Redonda, bodega que en poco tiempo se ha convertido en una de las favoritas de los mexicanos, pujante y esmerada. In situ podemos ver cierta rusticidad además de los remolinos de polvo que venían de los viñedos al comedor con olor a estiércol, algo que no acabo de entender pero que tampoco pregunté. La vid es una planta que le gusta la mala vida, terrenos pedregosos que en el caso de otros cultivos no sobreviven ni una semana. Gracias a sus raíces que van directo al fondo, es que obtienen la ORLANDIhumedad necesaria. Luego entonces para que fertilizarlos. En el caso que ese desagradable olor sea lo que me imagino, o será que tienen vacas lecheras… Me gustaría que alguien me lo explicara. Probamos con la comida el Orlandi cabernet tempranillo, bastante resultón, frutal y con un leve amargor del tanino aún muy presente. Además abrimos un espumoso rosado refrescante y vivaracho para que las mujeres disfrutaran una copa y refrescarse un poco la garganta en medio de un calor sahariano y un sol inclemente.

Ya en la noche de regreso a la ciudad de Querétaro, cenamos por segunda vez en Il Duomo, un restaurante italiano cuya decoración nos recuerda algún castillo perdido en la Toscana, guardadas las proporciones. Aunque para mi gusto bastante oscuro en la noche; tendrían que reconsiderar la iluminación. Lo mejor sin duda alguna es el esmerado servicio y  su cocina. La primera noche pedí merluza en una sutil salsa que me recuerda a la sidra y los espárragos, algo espesa, y digo que me recuerda porque no tenía ninguno de estos dos condimentos.

¡Vinazo...!

¡Vinazo…!

Uno de los mejores platillos de pescado que he probado, además con su cuchillo especial, que raras ocasiones suelen agregar a los cubiertos, tan bueno que repetí al día siguiente. El mejor vino del viaje también lo bebí en este lugar, un soberbio  Valpolicella Brigaldara 2016, y quiero destacar la hechura de este tinto, color rubí de capa baja, fluido y brillante. Aromas a trufa, fruta negra de la mejor calidad y notas mentoladas. En boca es limpio, sutil, profundo enamora a cada trago, como para comprar una cajita. Cada vez que pruebo vinos de este calibre me devuelven el ánimo para seguir buscando nuevos vinos en medio de un mar de mediocridades.

Así termino está reseña de un fin de semana largo e intenso. Abur.

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The Sutton Place Wine Merchant, en el 855 de la calle Burrard.

Casi seis horas en el aire desde Ciudad de México para llegar a la principal ciudad del oeste canadiense, también dicen por ahí que es la más cara de América, y donde más asiáticos se dejan ver por todos lados, tanto visitantes como locales. Una ciudad cuyo crepúsculo llega después de las cuatro de la tarde en esta época del año, y cuyo clima lluvioso invita a estar cerca de la hoguera con una buena copa de amontillado.

Se percibe un cierto dejo europeo que por momentos parece uno estar caminando en  Barcelona, sin dejar por otro lado la sensación americana de sentirse empequeñecido por los grandes rascacielos. Al observar por las calles del centro una buena dotación de tiendas de vino, pensé que la oferta sería variada. Debo aclarar que sólo entré a una de ellas que estaba a unas cuadras del hotel. Se trata de The Sutton Place Wine Merchant, una tienda muy elegante que a pesar de sus grandes aparadores, apenas si dejan ver algunas cositas. Pero contaré lo que compré después de referirme a Whistler, mi primera escala. Fuera de mucha nieve acumulada en los puntiagudos techos y laderas de montaña convertidos en paisajes navideños, con sus amplias instalaciones para quienes aman el esquí, no ofrece mucho más a quienes no vamos precisamente a practicar este deporte. Con el espléndido paisaje por la ventana y un pint de Guiness en la mano, al calor de la chimenea las cortas tardes se vuelven inolvidables.

Restaurantes: nos habían recomendado Araxi Restaurant & Oyster Bar pero el día que nos enfilamos hacia allá, alrededor de las 8:30, nos advirtieron en la entrada que la cocina estaba por cerrar. Además de que sólo estábamos dispuestos a satisfacer el hambre con algo que valiera la pena, sin rebuscamientos, es decir no abundaba el espíritu aventurero de conocer nuevos establecimientos caminando a -9 C° sumado a los precios altos en las cartas. Nos enfilamos a otro lugar  dentro del mismo complejo de pequeñas tiendas y restaurantes frente al hotel Aave, donde nos hospedamos. Un lugar acogedor que más que un hotel parece un refugio de invierno; pequeño y confortable de techos inclinados y eternas chimeneas encendidas.  Pues decía que frente al hotel cruzando la calle fuimos a parar a The Old Spaghetti Factory un lugar comercial pero que no NOVASdecepciona a nadie, excepto por el servicio, aún tomando en cuenta lo abarrotado que estaba esa noche y que nuestra mesa era de diez personas. Una versión del Italianni’s en México. Cenamos pasta y ensalada con un Novas Gran Reserva de la bodega Santa Emiliana, que por ningún lado apareció la añada. Este chilenito orgánico de carmenere y cabernet sauvignon se portó a la altura e hizo su trabajo al maridar con la pasta. Bastante frutal y de buena acidez, creo que no hay mucho que agregar además de que su precio de 25 dólares canadienses en restaurante es bastante comedido. Un detalle que me llamó la atención fue que en las diferentes cartas de vinos que pasaron por mis manos en distintos establecimientos, no encontré una oferta decente de Icewine. Apenas si asomaba por un rincón el nombre de vidal: esa uva blanca híbrida que surge del cruce de la ugni blanc o trebiano italiana. Uva utilizada principalmente para la elaboración de brandy.  Pues dicho sea en esta ocasión no probé ninguno.

En la única tienda de vinos de los alrededores que en realidad era una vulgar liquor store, con anaqueles de vino californiano, australiano  y uno que otro europeo de medio pelo, encontré un Moselland Piesporter Michelsberg Riesling Kabinett 2016. Color amarillo verdoso, aroma a pera y durazno, boca sutil con un gusto cítrico y de final largo. Muy sabroso para beber una copita por las tardes en la habitación leyendo al  inglés católico Chesterton. También compré un Chenas Quartz 2014 de Domaine Piron un tinto que desde que lo descorché hizo alarde de su carácter animal: caza con pelo, almizcle, ahumados… con el tiempo fue moderando sus instintos animales, pero nunca perdió su carácter. Una noche visitamos un bistro que me pareció bastante cutre, aunque debo reconocer que la disposición del mesero y la comida eran sobresalientes, a tal grado que el vino pasó al anonimato, aunque me parece que fue  un malbec correcto, muy frutal que bañó un rico salmón en una salsa que nunca pude descifrar y que casi nunca pregunto de qué va, para no obtener respuestas confusas, como si me fuera a robar la receta… ¿Yo?

Ya de regreso a Vancouver debo enfatizar que el paisaje que se puede y debe  admirar durante las dos horas de camino, es precioso, con unos acantilados y agua a punto de la congelación y también nieve por doquier, ya sea en ríos, riachuelos y  lagos que nos remite a los recuerdos que llevamos muy hondo en la memoria de  cuentos navideños leídos antes de  la hora de dormir. Sobre todo para quienes vivimos en climas cálidos más cercanos al Ecuador.

MoutonniereLlegando al hotel mi estómago había dado ya varios conciertos de viento y percusiones… Así que sin perder tiempo nos lanzamos al único restaurante que había dentro del mismo: YEW (sea food & bar). Minimalista y de techos muy altos… Salmón en una cama parecido al cuscús fue lo primero que vi en la carta y un borgoñita que me guiñó el ojo. Dentro de la sección de «Sparkling» había cuatro: un prosecco, Luna Argenta, un rosé Summerhill Pyramid Winery de Okanagan Valley, después me enteré de que era canadiense (British Columbia), un Gruet Brut de Albuquerque y por último un vino con pedigrí: Pol Roger Cuvee de Reserve. Éste quizás sea el único pendiente que quedó en la lista. Me fui directo a los tintos y pedí un Roux Pére & Fils, La Moutonniére 2015, un borgoña de medio pelo, pero que no deja de ser un borgoña.  Muy juvenil, firme, frutal, dejando algo de fondo a tierra mojada, de excelente acidez, tanino mullido y de final  largo.

Hubo varias visitas a  museos, un día lluvioso me escapé a pie a la galería de arte que ostenta el quinto lugar en extensión de todo Canadá, fundada en 1931. Pude admirar varios retratos, muchos a lápiz otros carboncillo y la mayoría propiedad de la colección real del Reino Unido, entre muchas otras obras como retratos al oleo muy expresivos y con un manejo de la luz impresionante. Recomiendo también el acuario, y un jardín iluminado con millones de foquitos navideños, pero que sólo exhiben en diciembre y principios de enero. Siguiendo con nuestro recorrido vínico-culinario esa noche del jardín iluminado cenamos en Cáctus Café. Un lugar para jóvenes. A media luz pero con mucho ruido, apretado, la comida es buena y los precios un poco inflados. Pedí un salmón con salsa de Dijón que llevaba también alcaparras y cebolla caramelizada, muy bueno pero no tanto como el de YEW en el hotel Four Seasons. No dejé pasar una sola oportunidad para probar salmón en todos los restaurantes que lo incluían en la carta, cuando llegué con los análisis clínicos en mano y se los presente a mi cardiólogo, estuvo a punto de darme un aplauso. Parece mentira pero ese salmón subió el colesterol de alta densidad a 40 puntitos, que para quienes luchamos con mantenerlo alto es toda una proeza.

linguini de mariscos

Bocatto di cardinale

Una noche salimos del estacionamiento caminando de regreso al hotel y fuimos a dar milagrosamente a un restaurante muy concurrido y con muy buena pinta: Italian Kitchen. La carta es amplia y lo que pedí fue exquisito; un Seafood Linguini, que llevaba escalopas, langosta, langostinos, vino blanco, tomates asados, alcaparras y aceitunas sicilianas. Simplemente la mejor pasta de mariscos que he probado desde que tengo memoria, aunque yo sugeriría  una ración más generosa.

Otra de tantas frías mañanas, pero sin llover, me fui caminando hasta la tienda de vinos que estaba a un par de cuadras. The Sutton Place Wine Merchant. Cuando llegué a la puerta estaba cerrado y tuve que esperar unos minutos mientras daban las once. Momento para conversar con una vancouverita de mediana edad que me dijo en tono muy amable que se trataba de una tienda con buena selección y los encargados de la misma muy dispuestos. Ni una ni otra. Vinos alemanes sólo cuatro, borgoñas y algo más. Pero haciendo un minucioso recorrido por los estantes, sin la ayuda de las asistentes ya que sus respuestas eran frías y cortantes: ¿Do you carry Morgon from Marcell Lapierre…?  ¡No! Además de su rostro esculpido en  piedra… Raro en Vancouver donde nos recibieron casi siempre con una sonrisa. Al final, después de poco más media hora de búsqueda, compré cuatro botellitas interesantes que no encuentro ni de broma en México, con excepción del Gigondas. La lista es corta: empecé con otro Morgon que nunca he probado: Piron Morgon Cote du Py 2015, un Gigondas Chapoutier 2015, un Granit 30 Cornas 2015, un Côte-Rôtie 2014 y por último de cuatro filas de vino alemán, escogí un Dr Lossen spätlese riesling también de la misma añada. Al salir de la tienda ya estaba lloviendo. En un futuro habrá ocasión de ir comentando lo descorchado, después de un largo reposo en la cava.

Revisando algunas fotos de visitas a bodegas me encontré con una buena cantidad de marcas de fabricantes de barricas que quiero compartir, y como decían en los ochentas: una foto dice más que mil palabras… Y aunque no quisiera tomar al pie de la letra esta expresión, en esta ocasión creo que es elocuente.

En esta última foto del 2005 de Bodegas López Heredia Viña Tondonia podemos ver un tonel de gran capacidad, que permite un pulimiento lento del tanino. La bodega cuenta con sus propios toneleros que cambian las duelas maltratadas por el paso del tiempo, nunca barrica nueva.

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(Continuará…)

De todo un poco

Publicado: 10 enero, 2016 en Reflexiones, Viajes
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"Ready to go"La cultura norteamericana; sajona y de tintes hegemónicos ha permeado en distintas facetas de la sociedad alrededor del Mundo: cine, moda, tecnología, tendencias de consumo… Y como era de esperarse el vino no es ajeno a estas corrientes de usos y costumbres tan sofisticados y a la vez industrializados, donde el ser humano pierde su individualidad y camina por las calles como en aquel anuncio de Apple del año de 1984. En clara alusión al libro de Orwell

Confieso que nunca en mi vida había visto una copa de plástico con el vino dentro lista para beber; con tapa metalizada tipo papel aluminio y refrescada en hielo. Si todavía deambulan almas por el mundo escandalizadas por los tapones sintéticos, me imagino que encontrar un producto de estas características será motivo de infarto al miocardio. Digno de reflexión sobre el futuro del vino, sumado al cambio climático que parece evidente aunque los motivos de tal cambio no sean para muchos lo que proclaman a los cuatro vientos, incluido en esa lista a su servidor. Aunque ya estoy buscando algunos acres en Alaska para plantar syrah,  y otros tantos en California para plantar palmeras de cocos y dátiles. 🙂

19 Crimes and Naughty Divas...

19 Crimes and Naughty Divas…

Siguiendo en la sección de vinos, en el mismo establecimiento me encuentro con dos vinos que llaman mi atención. Uno de Australia «19 Crimes» y otro de no sé dónde rayos, cuyo nombre está dedicado a una noche de copas «Naughty Divas» algo así como noches pícaras. Probé el primero, en la contra-etiqueta explica lo que fue Australia antes de que la colonizaran los ingleses. Una cárcel donde más de la mitad de los convictos moría por el camino, ya que las condiciones en los barcos a finales del XVIII no eran las más adecuadas, además se trataba de gente non grata dentro de la sociedad inglesa; el trato hacia ellos dejaba mucho que desear. 19 Crimes hace referencia a esta difícil época en aquellas lejanas tierras. Un vino correcto, sobre-extraído, sin excesos. Repetible.

Por último un vino que lo he visto por los estantes aquí en México, pero que mi debilitada memoria no recuerda con tanta precisión si ya lo había probado, me parece que sí. Se trata del Gabbiano 2014. Un chianti que pedimos en un restaurante italiano en Orlando, que entraba dentro de los precios comedidos, casi treinta dólares en restaurante. Me ha dejado más que satisfecho. Frutal, de excelente acidez, pero sobre todo el conjunto lo hace un vino fácil de beber, con cierta personalidad. Un sangiovese muy bien logrado que en Walmart tiene un precio de 10 verdes. Huele a grosella, refresco de cola, regaliz, chocolate amargo, tanino maduro, final largo y amargo.

En ambos vinos no indican la añada… Parece una costumbre que comienza a arraigarse.

Cuántas veces he descorchado vinos en la habitación de un hotel, y es que la tentación de probar lo recién adquirido siempre me lleva a pedir una copita y un descorchador para abrir una botella recién adquirida en el viaje. Pues bien, esa experiencia no siempre disfrutable, no siempre grata, muchas veces por el vino y otras por las condiciones propias de hotel. Es decir, no es lo mismo probar un vino con una buena copa a buena temperatura de servicio y cómodamente sentado en una mesa en la terraza de mi casa, que dentro de una habitación por muy lujosa que sea. Apreciación muy personal.

Esta última experiencia ha sido de las menos gratas. Llegué muy cansado, apenas con ánimos de acercarme a una de esas máquinas despachadoras de hielo, la botella estaba cubierta sólo a la cuarta parte por la estrechez del recipiente, acto seguido esperar unos minutos a que tomara la temperatura adecuada. En este caso tratándose de un blanco Chateau de la Ragotiére 2010 de la región de Muscadet, reposado en sus propias lías Sevre et Maine Surlie. Un vinito de 20 dólares que prometía. Mi cansancio era tan profundo que no pude ni siquiera descolgar el teléfono para que me mandaran una copita. Así que tomé un vaso y sin mayor protocolo me serví y lo probé. La apelación de origen muscadet lleva a mi mente a la mineralidad que puede llevarme a las mismas ostras del Atlántico, con las que marida de maravilla. En este caso fue desconcertante encontrarme con un vino floral con notas de pera y plátano, algo muy tropical para este vino. Al final en boca tiene algo de mineral, pero no del nivel de un buen muscadet.

Dos días no fueron suficientes para acabar con la botella, ni siquiera me ha remordido la conciencia el haberla dejado en la mesa, como quien abandona una prenda vieja y rota.

Grupo de manifestantes, muy cerca de lo que fue el WTC

El segundo vino que descorché en la habitación fue un tinto, otra recomendación del mismo vendedor. Domaine Navarre 2009 de la apelación de origen Saint-Chinan. Alguien se preguntará dónde queda eso… Está en Languedoc al sur de Francia entre Minervois y Faugéres. Sus tintas son: carignan, sustituida gradualmente por: syrah, grenache, llanoder pelut y mourvédre. Sus aromas dan lácteos al principio, después cuero y fruta negra. Boca frutal, de tanino maduro, buena acidez y cierta complejidad. Un buen vino que podría maridar con algún platillo al horno, quizá una pierna de cerdo con ciruelas, o hasta un pavo relleno con algo dulce. Un tinto repetible.

Un amigo que vivía en Nueva York me decía que para él era una garantía que ciertos importadores aparecieran en la contra-etiqueta, nombres como: Rosenthal Wine Merchant, Terry Theise Selection y Louis/Dressner Selection son compra más que segura, son vinos para disfrutar y comprar por cajas. Este último importador ha muerto hace poco, después de una valiente batalla contra un tumor cerebral. Pionero en la importación de vinos naturales a EE.UU. Así que me puse a revisar contra-etiquetas.

La «ardua» tarea de elegir entre tantos…

El último día me enfilé a la 52th entre Lexington y la 3rd donde se ubica Crush. Una tienda bastante más moderna que Chambers, más fría pero con una buena selección de vinos. Me limité a seis botellas, aunque pude haber metido ocho en una caja, seis litros es el límite que marcan en la aduana, pero no quise cargar más. Como sólo faltaban dos para completar la media docena y ya no había tiempo de descorches en el hotel, compré justamente dos borgoñas tintos que no pasaron de 60 dólares cada uno: La Pousse d´ Or Chambolle-Musigny y Savigny-les-Baune 1er Cru de Simon Bize & Fils, ambos 2009. Que no sé en cuanto tiempo descorcharé, pero que seguramente darán de qué hablar en este espacio.

Para mis compatriotas que se interesen en traer vino del extranjero, dice muy claro la ley:

Los pasajeros mayores de 18 años de edad pueden introducir un máximo de 20 cajetillas de cigarros, 25 puros o 200 gramos de tabaco, hasta tres litros de bebidas alcohólicas y seis litros de vino» (…)

Jasmin Cote-Rotie 2001

Por la tarde quisimos visitar el Museo de Arte Moderno, como era viernes la entrada era gratis, aunque hubiera preferido pagar ya que la cola era kilométrica. Después de revisar hasta donde llegaba tuvimos que cambiar de planes y fuimos a cenar a un restaurante que está al lado del museo, The Modern, recomendado por la vendedora de Crush.
Un lugar que desde la entrada hace gala de su minimalismo, y del buen gusto al confeccionar la carta de vinos. Dentro de su repertorio figuran medias botellas (375ml) un Lafite y un Haut Brion 2004. Una lista con una excelente selección de alsacianos. Yo me decidí por una copa de Billecart-Salmón Brut, 28 dólares bien valen la pena. Burbuja fina pero poco persistente, toques cítricos y de frutos secos, con un fondo a tiza muy elocuente, como dicen nuestros vecinos del norte bone-dry seco hasta la médula. Boca amplia confirmando frutos secos, largo y de excelente acidez. Con un plato de “PRALINES” OF FOIE GRAS TERRINE , que no era más que fuagrás encima de una capa gelatinosa, resaltando sus encantos. Me trajo buenos recuerdos encontrar por copeo el Jasmin 2001, Cote-Rotie, sí con «s» Jasmin. Un vino que probé por primera vez hace unos años, precisamente en esta encantadora ciudad. Un vino muy «animal»… caza , cuero, ahumados y unas notas de fondo muy bien fundidas entre lavanda, tocino y algo mentolado, una belleza cuyos taninos son suaves y envolventes. Final eterno. Con un platillo de CREEKSTONE FARM BEEF TENDERLOIN “MIGNONETTE” hizo un maridaje sublime, aunque la porción de carne era para bebes en su etapa de lactancia.
De postre una tablita de quesos y un Huet Vouvray Clos Du Bourg 2005, demi-sec. Un vino delicioso, como pocas veces se puede manifestar la chenin blanc, que junto con los quesos no había más que agregar. Confieso que algunos quesos ni si quiera sabía que existían. San Andrés, Cremont, Llandaff y Bayley Hazen… este último un queso maduro, pero sin llegar a saturar las papilas. Todos de maravilla, rematando con broche de oro.

FIN

Chambers Street Wines

Nueva York, una ciudad fascinante, cautivadora y cosmopolita para la mayoría de la gente, incluso para quienes preferimos los paisajes bucólicos y el aire fresco del campo por la mañana, sin dejar las comodidades de la civilización moderna: una buena cama, aire acondicionado, TV con cable y un baño amplio y muy limpio… aaah y deliciosos platillos regadas con un buen vino. Y aquí está la clave para muchos amantes de La Gran Manzana, donde se pueden encontrar todo tipo de lugares exóticos y no tanto, desde una pizza al horno de leña hasta carne de rinoceronte… Es cosa de tener un poco de imaginación y pedirlo, seguramente se te concederá.

La Meca del comercio del vino; tiendas como: Crush y Chambers Street Wines, entretenimiento puro revisando etiquetas, y con los 6 litros permitidos en la aduana la cosa pinta bien. Tan solo el inconveniente de cargar una pesada caja varias cuadras, pero no hay tiempo para que la lleven al hotel, además falta el traslado al aeropuerto y del aeropuerto a casa… Pero vale la pena.
La primera tienda está en la 52th entre Lexington y la 3rd, y la otra, más tradicional, está ubicada en el 148 de la calle del mismo nombre, a unas cuadras de la reconstruida y bulliciosa zona del WTC.

Ninguna tienda de vino podría tener prestigio sino fuera por lo que tiene dentro de sus cuatro paredes. El vino y la gente que lo promueve y vende. Bodegas, regiones y marcas que difícilmente se consiguen de este lado del Atlántico, sobre todo si tomamos en cuenta que además están todas juntas. En el 148 de Chambers Street. Lo primero que compré fue un Carema de Ferrando 2007, había dos etiquetas, compré el más económico. Un vino que probé por primera vez hace unos años en esta misma ciudad, un vino seductor de 37 dólares. Porque además de una selección abundante y muy cuidada, es una tienda cuyos precios son más que justos. Después metí al carrito dos maravillosos blancos: un Nikolaifhof Wachau 2010 y un Willi Schaefer Riesling Spätlese 2010 del Mosela, para después aceptar la recomendación de un vendedor muy amable cuyo nombre nunca pregunté, pero que me dijo: Si de algo interesante con burbujas se trata, mostrándome un montón de botellas. Al final decantándome por un vouvray brut, de Francois Pinon por pura curiosidad, ya que nunca lo he probado. Para esa noche en el hotel me llevé un rosado vinificado con tres uvas: gamay, grollean y cabernet franc. Vino que comentaré más adelante.

Camino al hotel tuve una urgente necesidad fisiológica, pero mi educación me impide meterme a un bar así como así. De manera disimulada me acerqué por una Coca Cola light. Cuando me di cuenta que había un Mosela por copeo, estiré el brazo. Heinz Eifel 09, un riesling kabinet que nadie me culparía si lo prefiero a la Coca Cola, misma que acabó en la coladera. Este riesling es un vino abocado, que huele a té verde y cera, sutil en boca con notas cítricas a limón.

KO 2010, vacía… duró poco

Para cenar mi hijo y yo estuvimos de acuerdo en sushi, así que bajamos al vestíbulo y preguntamos al concierge que por lo regular confunden el precio con la calidad, que no siempre es directamente proporcional. Nos señaló dos, y escogimos el más cercano: Megu, un restaurante sobrio, meseros amables sin llegar al apapacho, materia prima de buena calidad, sabroso pero excesivamente caro. Con un riesling cabinet, anónimo, y un shiraz, aún más anónimo tuve suficiente además de algunas tablas de sushi y platillos que cabían en un dedal, con una capa de trufa encima. Saldo 300 verdes y un sentimiento de haber sido timado. No hubo postre.

En el hotel descorché el rosadito, vinificado como dije antes, con tres uvas. KO 2010 de Sari Puzelat-Bonhomme un Vin de France. Genérico sin estirpe pero muy bien integrado, de color salmón, brillante, cítrico con un ligero cosquilleo y un final de lima con un fondo mineral, algo muy digno para acabar el día y olvidar el atraco recién perpetrado.

Continuará…

Apenas un bebé...

Como sacada de una película de James Bond, la torre-cava de más de 4 pisos de altura (12m) luce como un coloso en la entrada del restorán Aureole en el hotel Mandalay Bay, en Las Vegas. Aunque realmente su creación fue inspirada por la serie Misión Imposible, (quién puede olvidarse de su musiquita) las wine stewards o wine angels suben y bajan por medio de cables, escogiendo los vinos elegidos por los comensales. Construida en acero inoxidable, vidrio templado y Plexiglass en los nichos, da cobijo a casi diez mil botellas.

Con una tableta electrónica es fácil escoger un vino sin perderse en un mar de países, regiones, bodegas y uvas. En cuanto vi el Morgon de Lapierre en la pantalla no lo dudé un solo instante. Era una tarea pendiente, no por falta de interés sino de existencias en el mercado mexicano. Hace un año que su productor partió de lo terrenal, y la noticia hizo eco en el mundo del vino. Un año después puedo probar este vino biodinámico de la añada 2009 en una noche especial.
Lo primero que dijo el sumiller muy convencido, fue que debía decantarlo, y como yo soy muy obediente esperé a que terminara la maniobra. La verdad es que sí necesitaba bastante aire, con todo y la decantación este vino es una lápida, muy cerrado. Apenas en su infancia; es un gamay limpio, de lo más puro que he probado en mi vida, abre poco a poco, un vino enfocado sin distracciones, directo y puro, con fruta de la mejor calidad: moras, cerezas, frambuesa, regaliz, notas de bosque y lavanda. En boca es firme de una acidez exquisita y tanino firme, final laaargo. Una verdadera delicia, como para comprar un par de cajas y gozar de su encantadora evolución.

De poco servirá quejarse, pero me molesta que cubran las contra-etiquetas con información chatarra, cuando podrían pegarlas en otra parte, quizás en el fondo de la botella 🙂 (foto)

Otro ejemplo de información chatarra en contra-etiqueta

Morgon es uno de los diez crus, cuya evolución es más lenta, llegando a la madurez en varios años. Cuando le comentaba al sumiller que necesitaba cinco años más, movió la cabeza, asegurándome que le faltaban por lo menos quince. No lo dudo, ya que alguna vez probé un gamay de 1966, que si no estaba en su mejor momento, tampoco era un cadáver, para quienes piensen que la gamay es para vinos ligeros y de poca evolución. Les puedo asegurar que están en un error.

Así que con la primera entrada probé un blanco alemán spätlese cuya marca no recuerdo, y tampoco apunté, pero decía «off dry» que podría traducirlo a abocado, o por lo menos eso me pareció. Un vino de caracter floral bien maridado con un fuagrás, para después darle entrada a un atún sellado sobre cama de papas, que le vino de maravilla al Morgon, en honor a Mr. Lapierre. ¡Salud!

Para quienes quieran recordar tiempos pasados… y la monótona musiquita.

Vinos de La Redonda

Después de por lo menos diez años, he vuelto de visita a la Finca Doña Dolores (Freixenet), en tierras queretanas, pasando primero a la Vinícola La Redonda. Empresa que otrora surtía de uva a Casa Martell y la legendaria bodega de Vinos Hidalgo. Dentro de su repertorio encontramos una gran diversidad con la línea La Redonda de siete vinos; tres blancos, un rosado, dos tintos y un espumoso dulce. La línea Orlandi, también de siete vinos; un blanco, un rosado, dos tintos y tres espumosos. Por último su línea Sierra Gorda, dos tintos con la diferencia del roble, uno americano y el otro francés, además de un blanco. Con una altura sobre el nivel del mar de 1950 m sus viñedos se extienden poco más de 160 Ha, donde se encuentran plantadas las siguientes variedades: merlot, cabernet sauvignon, tempranillo, malbec, chenin blanc, trebbiano y sauvignon blanc.

Había dos mesas con todos los vinos de la casa, por desgracia sólo se podían ver, no había muestras, ni siquiera estaban descorchados. Hay situaciones anti-comerciales que aún no logro entender, a cambio había catas en diferentes horarios, con duración de una hora que costaban alrededor de $150.00. Dadas las circunstancias me formé en una larga fila de sedientos por mi copita Crisa con el logo de la bodega, para que me sirvieran el Orlandi rosado seco, de cabernet sauvignon, único vino de muestra; color salmón, brillante y con una nariz corta, diluido y de acidez justa, con recuerdos de cítricos no muy definidos. Al no haber muestras, me jugué un volado y compré el merlot cabernet de la misma línea, Orlandi 2008. Un vino de 12,5 grados de alcohol, frutal, dominando la cabernet con leves notas de pimiento y ciruela madura, firme en boca y de buena acidez, final levemente amargo, se deja beber y marida muy bien con la pizza que sirven en el patio coronado de olivos. Aunque no hubo forma de que la pizza no saliera del horno un poco quemada de la pasta, la devolvimos una vez, pero para la segunda decidimos comer un poco, aunque estuviera tostada.

Viña Doña Dolores cabernet sauvignon-malbec 2008

Después de un corto recorrido a pie por los viñedos, subimos al coche y nos enfilamos a la Finca Doña Dolores. Una bodega mucho más hecha, cuya entrada es más ordenada, se llega a un claustro donde venden comida, por estas fiestas, además de la tienda donde ofrecen los distinto vinos de la casa y uno que otro souvenir. Viña Doña Dolores cabernet sauvignon malbec 2008, me pareció rústico, frutal y falto de nervio, otro vino de 12,5 de alcohol como los de antaño. Para ser franco, eso de andar entre la muchedumbre sin mucha libertad y haciendo colas para todo, no es lo mío, así que después de un rato nos regresamos al hotel. No creo que mi relato sea muy ilustrativo para quienes piensen venir a la vendimia, pero sí les puedo decir que por la cercanía a la Ciudad de México, vale la pena la visita, quizá no precisamente en estas fechas.

Me parece necesario agregar este apéndice a la entrada, ya que después de una semana de haber descorchado ambos vinos, el cabernet-malbec de Finca Doña Dolores ha mejorado mucho con el aire. He traido ambas botellas a casa en vista de que no he podido darles punto final in situ, y los resultados son sorprendentes. Finca Doña Dolores, es frutal, sedoso, aterciopelado, redondo, como para que en la siguiente oportunidad lo decante un par de horas antes del servicio, ya que la primera impresión fue muy distinta. En el caso del merlot-cabernet Orlandi, el oxígeno y/o el calor durante el transporte lo ha reducido a escombros, un vino cansino que ha estado mucho mejor cuando lo descorché en bodega.

Cada vez que tengo la oportunidad de viajar fuera de México aprovecho para hacerme de algunas botellitas de vino, tomando siempre en cuenta lo más atractivo del país que visito en cuestión. EE.UU. tanto por su cercanía como por su enorme oferta de vinos es uno de mis preferidos para llenar una cajita de seis y a veces hasta ocho botellas, depende de lo cargado que venga, mi presupuesto y la cantidad de botellas permitidas en la aduana. Para empacar las botellas siempre utilizo cajas, ya sea reforzadas, con poliuretano o envuelvo cada botella con las famosas burbujas de aire, ideales también para romper una por una en una tarde de ocio. Así que directamente documento la caja en el mostrador de la aerolínea y la recojo en la banda giratoria de mi destino final. Algo que me ha resultado muy práctico y que para muchos representa lo contrario, ya que siempre las quieren llevar cargando arriba del avión.
Después del 11 de septiembre de 2001; fecha que cambió por completo la concepción moderna de los viajes por avión. Las botellas de vidrio deben de meterse a la maleta, envueltas en ropa sucia o hacer las compras en el aeropuerto y cargar la bolsita del Duty Free para posarla a un lado de los pies o en el compartimiento de arriba, antes de que nuestro vecino ocupe ese lugar guardando un abrigo o un oso de peluche gigante o cualquier otra ocurrencia.

En mi último viaje hice algunas compras de vino de último momento en el aeropuerto. A la hora de pagar el par de botellas que escogí las metieron en una bolsa de plástico y la sellaron, de manera de que no pudiera abrirla… Ahora me pregunto: ¿Qué tan difícil es romper una bolsa de plástico…?  ¿Las botellas del duty free no son inastillables? ¿No podrían convertirse en una arma blanca…?
¿Alguien podría explicarme cuál es la diferencia entre las botellas que se compran fuera del aeropuerto en una tienda especializada de vinos y las que se compran en la tienda libre de impuestos…? Para que el tratamiento sea diferente.

Foto extraída de http://www.wn.com