
Colina abajo, de vuelta hacía Barcelona rumbo a Manresa, se puede ver la cordillera que forman los picos redondeados donde se enclava el santuario de Montserrat, de repente se pierden en el horizonte de espaldas al autobús, y así llegamos a la bodega Heretat Oller del Mas, una bodega muy interesante desde el origen de esas tierras que han sido propiedad de la familia desde finales del siglo X (964). Hay tanto que contar de esta bodega, que lo dejo para una entrada aparte. «En el Norte se come muy bien…» ¿Cuántas veces hemos oído esa frase? Sin embrago puedo decirles que hay de todo en la viña del Señor. Nunca he recomendado comer en las zonas más turísticas de la ciudad, por obvias razones: precios altos, lugares abarrotados de gente, descuido en el servicio (no siempre), comida adaptada a cánones comerciales etc. etc. Pero hay otros sitios donde no es tan obvio que pudiera salir algo mal. Fue el caso del Bar Galicia, en la Av del Paralelo 131. A pesar de que goza de varias estrellitas en Google fue de los peores lugares para comer. Pedí un caldo gallego que traía tres alubias pequeñitas, por arriba estaba caliente y al meter la cuchara más abajo estaba frío. Seña inconfundible de que habían calentado el plato en microondas, situación que comprobé más tarde, cuando no dejaban de meter platos servidos al microondas. Al pedirle al camarero una copita de vino tinto de la región, contestó sin ningún pudor que en Cataluña no se hacía buen vino, como sí se hace en Rioja y Ribera. No dejaba de tocarse la nariz y por supuesto no se lavaba las manos. Un desastre, aunque a mi hijo le gustaron los mini pulpos en una salsa espesa. Salimos a caminar para llegar al museo de la fundación Joan Miró, debimos subir al bus, pero la pendiente para llegar era infame. Las tres alubias se habían consumido en la quema de calorías con tanto esfuerzo. El museo es muy bonito, el techo formado por múltiples dovelas y entradas de luz cenital. La muestra vale la pena, aún para quienes no gustamos mucho del modernismo y del surrealismo de Picasso, ya no digamos del cubismo. Pero sin duda vale la pena, la muestra es extensa y muy bien expuesta. Refiriéndome al triunvirato Dalí (aunque no está en esta muestra) Picasso y Miró, aunque tampoco sea un crítico de arte, de más a menos me gustan en ese orden. Yo sé que me pueden decir que cada uno tuvo sus etapas y todo el contexto que los llevó a hacer lo que hicieron, yo sólo hablo de estética, nada más. Pasando a otras cosas quisiera hablar del tiempo, ya que no sufrimos de frío, resulta que entre la sequía y otros fenómenos meteorológicas, sobraba la ropa de invierno. Situación que afecta a una región cuyas costumbres están adaptadas al frío en estas fechas. Por ejemplo: la floración temprana de los almendros provocará que en algún momento que aparezca el frío, afecte la fruta, además de que mermará la cantidad además de la calidad. Otro problema que leí en los periódicos y vi por la TV, es el irracional bloqueo con tractores, de productos españoles en las carreteras que llevan a Paris. A tal grado que hay quienes se atrevían a derramar todo el vino de un camión cisterna procedente de España, sin que la policía francesa hiciera algo. A los pocos días comenzaron en Castilla y León a salir a las carreteras en sus tractores, bloqueando el tránsito. Algo huele mal en las regulaciones y la falta de apoyo en la Comunidad Económica Europea.


Volvimos a La Vinya del Senyor. En la carta de vinos aparecen dos medidas: 9 y 18 cl, en otros casos como la manzanilla: 7 y 14 cl. Comencé con una saca de invierno de manzanilla Solear, esto quiere decir que no está filtrada y es una muestra de invierno. Oro viejo, brillante. Huele a yodo, barro. En boca es amplio, almendras, con un punto calizo muy sabroso. Con una orden mixta de olivas fue de maravilla. Después me pusieron una copita de Llopart Brut Nature Reserva 8 € por 18cl. Firme y refrescante. Y cerré con un castaño dulce, que aunque no se asomaba a la profundidad del fondillón me recordó a un Pedro Ximénez joven, sin el olor a caucho. Huele a ciruela pasa, notas de granos de café, bastante dulce y de buena acidez. Pedí unas patatas con pimentón de la Vera, pero le hacía falta un chorrito de aceite de oliva para que el pimentón se integrara.

Gran selección de quesos artesanales, bien conservados
Los últimos días descubrimos una fromagerie nombre que le dan los catalanes y franceses a un establecimiento donde venden quesos, de nombre Can Luc, bastante escondida para mi gusto. Pero no venden cualquier tipo de quesos; tiene una buena variedad y todos artesanales. Nos hicimos de varios durante las cuatro noches que cenamos en la habitación del hotel, a destacar: Un Zamorano de leche de oveja, curado, de textura granulosa, saladito y fuerte en el paladar. Un catalán de Tarragona: Serra Tormo, cremoso, persistente y untuoso. Con un Bruixola 2018. Se trata de un vino del Priorato que huele a barro, pimiento, fruta roja muy madura, en boca es equilibrado y de acidez exquisita. El pan también artesanal y comprado a la vuelta de Can Luc.

Estive del Vasco del lado francés, un queso de oveja. Los quesos de oveja son muy comunes en Europa, más fáciles de digerir que los de leche de vaca. La leche de cabra sólo representa el 3% de la leche que se consume en Europa, y se emplea principalmente para la elaboración de quesos. La leche más consumida era la de oveja, hasta el siglo XIX, cuando se incorporaron las vacas frisonas (las de manchas negras y blancas) y crece el consumo de su leche, además de su alta producción, en algunos lugares alcanza los 20 mil litros anuales por vaca, aunque en promedio esta en 12 mil litros.
Probamos el Cantell, de Meresme, elaborado con leche de cabra. Parecido en textura y sabor al parmesano, aunque un poco más suave al paladar. Después de probar un buen queso artesanal con recuerdos de hierbas y pastos por donde suben a la montaña para alimentarse, es difícil volver a ver con los mismos ojos los quesos que venden empaquetados al alto vacío de grandes producciones, sumado al frío con el que se suelen comer, sin esperar a que tome la temperatura de la habitación… Pero no siempre están a la mano estos quesos artesanales, por desgracia.
Además de la exhibición de pinturas de la fundación Miró visitamos algunos museos más. La muestra en el Museo Nacional de Arte de Cataluña de la colección de Joaquín Cabot, me llamó la atención. Se trata de una de las colecciones privadas más grandes que he visto en mi vida, y hay todo tipo de objetos: monedas, sombreros, cerámica, bastones, abanicos, cajas de cerillos, sellos y un largo etc. Todo era propiedad del señor Cabot.
Tanto El Museo de Cera como el Acuario, los dejaría al final, en caso de que no haya algo mejor que hacer; me parecen dos sitios que se pueden visitar en casi todas las grandes ciudades, y aunque hay excepciones preferiría conocer otros lugares. Aún así los visitamos, entre las figuras del Museo de Cera, el parecido de Picasso, Dalí y Gandhi es asombroso.
Hablando de Modernismo visité El Palacio de la Música por recomendación de un amigo. Abierto al público para todos los visitantes. Un impresionante vitral en el centro del plafón decora la sala de conciertos, tiene un aforo de 500 personas. Construido entre 1905 y 1908, en plena efervescencia de este estilo y cuando la economía estaba en jauja. Vale la pena.

Un sitio dónde comer en el barrio gótico puede ser El Portalón, fundado en 1890, según cuentan. Se trata de un sitio informal, limpio, que le recuerda a los comensales a cada momento que están en una tasca bien iluminada y sin raros olores, donde comen y beben como Dios manda. Pedí un estofado de rabo de toro, un poco grasoso pero con excelente materia prima y una buena cocción, regado con un tinto afrutado que hizo que pasara de maravilla. Un tinto facilón de trago largo Terra de Pau (Costers del Segre), por 3.85 € la copa cumple con creces, con un poco de aire mejora. Saliendo invité a mi hijo a un helado, no hay que dejar pasar la oportunidad de probar un helado de nata italiano en los Helados Elisa, y aunque no soy de postres estaba para chuparse los dedos.
Una mañana leyendo el periódico, pensé que sería buena idea ir a un restaurante gallego, buscando pescado y mariscos. Al ver los mapas de Google me advirtió que había uno a menos de cuatro cuadras del hotel. Así que a la hora de la comida nos enfilamos hacia allá.

Present Restaurante. Es un local pequeño, con apenas cinco mesas de cuatro comensales cada una, magníficamente atendidos en la sala por Aranxa, quien después de servir el platillo, explicaba minuciosamente su contenido. Como podrán imaginarse es cocina petit. De esa que sabe a gloria pero en raciones de dedal. En este caso abrí con una crema de calabaza con un huevo tierno y alcaparras, y de segundo un bacalao en cama de pil pil de coliflor, combinada con el mismo colágeno del pescado, coliflor asada y una rama de berro de agua. No estoy muy acostumbrado al bacalao fresco, pero cada vez que tengo oportunidad lo pido. Maridó exquisitamente con un cava Gramona Brut Nature. De color amarillo pálido, burbuja muy fina y persistente, en boca manzana verde, y un golpe calizo de gis, cosquilleo del CO2 en boca muy presente. Después pedí una copa de tinto: Boyante 2022. Rioja, muy frutal, primer golpe a humo y hollejos de capa alta. De postre, tarta de queso con ralladura de limón. Excelente atención por parte de Aranxa, para volver.
El último día decidimos repetir en Casa Pepe, y como suele pasar nos gustó más la primera vez. Al pedir la carta nos dijeron que no tenían ya que era un restaurante charcutería. No recordamos si la primera visita nos habían dado carta… Abrí con el último cava en la comida del viaje: Rexach Baqués Reserva Brut Imperial, título rimbombante… He anotado que tenía abundante burbuja y de paladar seco. Seguí con un Ximénez-Spinola 2022, para acompañar un jamón Cinco Jotas recién cortado y puesto en la mesa. Amarillo pajizo brillante, primera nota en boca de un amontillado ligero, excelente paso y final eterno, de buen cuerpo, graso. Solomillo, butifarra y pimientos del piquillo; último día ¡ya nos pondremos a dieta! y para rematar con el mismo vino un queso alsaciano de pasta dura y saladito, al lado un manchego semi-curado y una ración de pan crujiente, aaah y lo último un café solo, como sólo lo hacen aquí. Quedará pendiente la crónica de la visita a la bodega. Nos vamos de regreso ¡Abur!


Lo platicas de tal forma que hasta parece que te voy acompañando y disfrutando todo lo que nos cuentas. Que buena narrativa, felicidades.
Alfonso:
No pudiste hacer un comentario más elogioso, así dan ganas de seguir escribiendo. Este blog ya no lo leen ni en mi casa, pero más allá de eso, es una forma de guardar los recuerdos ya que la memoria se va perdiendo con los años, que ya peino canas y bastantes.
Te comento que se borró tu comentario, el de la primera crónica. Y es que por querer acomodar las entradas del viaje en orden, y que no apareciera la tercera parte hasta arriba, hice unos malabares que resultaron, pero por alguna extraña razón se borraron los comentarios, para que no pienses que fui yo.
Un abrazo