
Yo sin lentes, no pude corregir el énfasis de la cámara en el fondo.Por lo que la etiqueta ha quedado fuera de foco.
Después de descorchar tantos vinos anónimos, de los que no dejan huella, a los que llamo «inmemorables con causa». Encontrar algo que valga medianamente la pena, es grato. Y mira que me he vuelto menos quisquilloso que hasta hace unos años, cuando con extremo cuidado llevaba las botellas desde mi casa al restaurante (cuando en ocasiones especiales permitían el descorche) sin que se sacudieran por el camino. Encuentro cada día vinos más caros y con menos personalidad. Hace unas semanas después de revisar la carta, pedí un vino en un restaurante icónico de la ciudad de Cuernavaca, se trata de Las Mañanitas, un lugar de referencia para quienes han buscado desde siempre, un rincón tranquilo bañado por los rayos de sol, envuelto en un exuberante jardín donde pasean pavo reales y patos. Hoy puedo decir que parte de la magia se ha esfumado, sus dueños originales ya no están al frente, al igual que la cristalería, la loza y el mimo de los meseros. Tal como sucede con muchos vinos actuales; ha ido perdiendo su personalidad. Eso sí, la cuenta llega al final bastante abultada.
Pero hablando del vino en cuestión me pareció una buena elección, para la ocasión, a un
precio que no quita el hipo. Un merlot de trago largo. Albamar Merlot 2013. Un vino chileno, al parecer producido por una familia norteamericana: William Cole. Cuenta con 129 hectáreas en el Valle de Casablanca, a sólo 45 km del Océano Pacífico. La zona más fría de Chile, que hasta hace unos años se concentraba en vinos blancos, pero ha ido incursionando poco a poco en los tintos, con buenos resultados. Me gustaría saber cuál sería el resultado de la pinot noir, si es que alguien se ha animado ya a plantarla. Hablando de merlot chileno, probé otro, también en restaurante, que me gustó aún más. Un Antares cuya añada no anoté, posiblemente porque no la vi impresa, perdón por mi poca memoria. Huele a mermelada de arándanos, cerezas en licor y algo de pimienta blanca. En boca es frutal, de tanino discreto, acidez justa pero agradable en su conjunto. Aunque confieso que la copa donde me lo han puesto me gusta más. Estas copas con el fondo achatado se están poniendo de moda.
arece tarea fácil desmenuzar una copa de vino para saber: de qué uva se trata, el grado de madurez, su astringencia, azúcar residual… y todas esas cosas de las que se encargan los enólogos en el laboratorio, y los sumilleres en los concursos. Habría que matizar que los enólogos se encargan de muchas otras cosas en el viñedo, desde mucho antes de la vendimia, y de todas las labores dentro de una bodega. Decía que parece fácil, pero no lo es. Si a ésto le sumamos la falta de tipicidad por: la sobre-extracción de la fruta, la homogenización en los procesos, el cambio climático y otros menesteres…, la tarea se torna francamente imposible a la hora de pretender descifrar el origen del vino en cuestión. Esto mismo pretendí que hicieran mis compañeros de grupo, con resultados no muy halagüeños. Tenían que anotar: país, denominación de origen, variedad (es) y añada… ¡Casi nada!
