Seguimos en este mes con vinos mexicanos, en esta ocasión el valle de Guadalupe. La oferta se ha ampliado exponencialmente, sin duda beneficia al consumidor, aunque, como suele suceder deja confundidos a los consumidores: a mayor oferta menos certezas a la hora de las compras.
Saga Sauvignon blanc 2021 de la bodega Maglén Vinícola. Color amarillo pálido con destellos verdosos, primer golpe en nariz: piña verde y notas de hierba recién cortada, después de unos minutos en reposo aparece cera y paja mojada. En boca es tímido al principio, plano, falto de acidez y final mineral. Un vino desenfocado en boca.
El primer tinto: Saga Petit verdot 2018 con 13,8% de alcohol que se notan desde el primer trago. Un vino de capa alta. En nariz cerezas en licor, ciruela madura y una nota de heno. En boca tiene buena entrada, amargo y de taninos muy presentes sin lastimar la lengua. Sin pena ni gloria.
Saga Nebbiolo 2019. Huele a fruta negra, grosella y una nota especiada; pimienta blanca. Equilibrado aunque de tanino bastante limado.
Balché Siete 2009. Color ocre velado. Huele a refresco de cola, pacificados barro, y tierra mojada, le falta nervio. Me ha dejado boquiabierto el tiempo de crianza: 40 meses, no recuerdo haber visto tan prolongada crianza, por lo menos no en vinos mexicanos. Quizás trece años sean ya suficientes para empezar a bajar la colina. Nada que justifique su precio, ni siquiera esos 40 meses de crianza, que al final merman la fruta y si es madera nueva maquillan el vino. Francamente en 40 meses no sé que pueda pasar con el conjunto.
Duetto 2015 de Bodegas Santo Tomás. Con 12,5% de alcohol como se hacían antes los buenos vinos, sin tanto extracto ni sobre maduraciones excesivas. Nariz a pimienta negra con una notita mentolada muy sabrosa. Tanino, acidez y alcohol en armonía, aunque es evidente que le falta vidrio; 7 años no han sido suficientes, habla de un vino de larga guarda, otros 3 añitos quizás le vengan bien, aunque yo creo que decantado lo puede hacer más sedoso y profundo. Otro signo de que es un vino de larga guarda es su cocho, más largo que el promedio. Así llegamos al final, aunque aseguró que habrá más mexicanos la próxima cata.
En estos aciagos días donde una buena parte del mundo ve con pesimismo el futuro, y otra todavía se desplaza por la calle sin la más mínima preocupación. Yo estoy en casa, un rato leyendo y otro conviviendo con la familia. Son agradables momentos que parecen imposibles en circunstancias normales, o que por lo menos eso nos parecen dentro de la cotidianidad de nuestras agitadas vidas.
Ayer fue domingo y tenía ganas de sacar la mesa al jardín, poner las copas y despejar un poco nuestras trastornadas mentes con tanta información y desinformación acumulada que corre por las redes sociales. Un día soleado donde los pájaros no enterados de las tragedias humanas vuelan sin rumbo por los aires. Así que me metí a la cava, que dicho sea ya va por los 21.5°C y así se quedará, (aunque sea una aberración para los más ortodoxos) la economía no da para más, y siguiendo el hilo de arriba tiene pinta de que se pondrá peor. Decía que me introduje en la cava y echando un vistazo a los botelleros comprobé la dura crisis que ya se refleja en el número de botellas. De todas maneras siempre hay alguna botella para echar mano. Al fondo reposaban dos Duettos 1997 y 1999, el primero fue aquella maravillosa añada que salió de esa afortunada alianza entre Wente y Santo Tomas. Curiosa mezcla de uvas mexicanas y del valle de Livermore en California EE.UU. Su antigua gloria no volvió a repetirse en las añadas posteriores, una vez que se deshizo la alianza. 1999 fue la otra añada que sin llegar a ser como la de dos años atrás resultó un vino bastante complejo, de buena fruta, acidez y tanino, que ha llegado a la madurez con mucho señorío, sin una pizca de cansancio. He disfrutado mucho de este vino trago a trago, y si sumamos las ultimas siete semanas de rigurosa dieta para bajar 15 kilitos, resulta todavía más afortunado el deleite de un par de copas que bebí en la larga sobremesa.
A mis amigos y lectores de este espacio les deseo lo mejor, sobre todo a los españoles. No bajen la guardia, quédense en casa en la medida de lo posible. Y otra cosa: disfruten de buen vino, no dejen para mañana la copa que puedan beberse hoy.
La tecnología moderna me está rebasando, el siglo XXI ha llegado con una oleada de inventos que hasta hace poco sería imposible de concebir para nuestros padres. A mis ya bien entrados cuarenta y tantos, me siento a veces fuera de lugar. No tengo ipod, ni celular con cámara integrada, de no sé cuántos megapixeles, ni tampoco tengo lap top.
Recuerdo que recien llegados los ochentas, la televisión con control remoto inalámbrico apenas se asomaba, era el comienzo de las videocaseteras Betamax y el lanzamiento del Columbia era todo un acontecimiento digno de ver y disfrutar con toda la familia. En casa había un coche y un televisor, el tiempo pasaba más lento y la gente guardaba el vino para que evolucionara a favor por muchos años. Hoy la música se eschucha con minúsculos audífonos, girando un comando circular en un aparato más pequeño que la mano, con una capacidad infinita para guardar canciones, las grandes pantallas de plasma sustituyen las gordas y pesadas televisiones, el blue ray es lo actual y los taxis espaciales de la NASA se ven como piezas de museo. Obsoletas. Piden a gritos nuevas formas para el trasporte al espacio, los vinos se compran y se beben el mismo día.
Hay algo dentro de nosotros que nos hace disfrutar de lo viejo, lo retro, lo que llamamos ultimamente, vintage. Esos carteles publicitarios de antaño cargados de romantisismo y de arte, que nos trasportan a los tiempos donde la gente se detenía a observar una puesta de sol, se hacían largas sobremesas en cualquier día de la semana, cuando las cosas eran más sencillas y el sol brillaba y se podía disfrutar sin necesidad de ponerse bloqueadores del 40, 50 o 70.
Los anuncios de cigarros han desaparecido, tal parece que de unos años para acá ha habido un consenso mundial para acabar con la industria del tabaco. La época de Clark Gable con su cigarro en boca, ha pasado de glamorosa a la condena total.
La publicidad del vino en México nunca ha trascendido, los anuncios se pueden contar con los dedos de la mano. Sobre todo si se compara con las millonarias cantidades que gastan las empresas de cerveza, tequila, brandy, ron y refrescos. Quizá por ello llama más la atención cuando vemos algún anuncio de vino perdido en el océano de publicidad en un universo donde pocos se ocupan de la promoción del mismo. Al observar más de cerca la industria vitivinícola en México, podemos concluir que los dueños de las bodegas tienen que librar varios obstáculos para poder hacer de éste, un negocio rentable. La desmedida carga impositiva, la voraz competencia internacional y el bajo consumo nacional, los hacen verdaderos héroes. ¿Será por eso que abundan los vinos caros en nuestro país?. Como decía mi difunta madre: «En el pecado llevan la penitencia», al aumentar los precios se vuelven menos competitivos en el extranjero. Sin afán alguno de molestar a los nacionalistas; pienso que no hay mucha gente dispuesta a pagar esos precios por vinos sin tradición, sin historia como podrían hacerlo con algunos franceses, italianos y españoles. Es un panorama complicado. El tema de las medallas y los premios internacionales parece de mucho interés para los productores. Hoy leía en el periódico Reforma, de varios premios internacionales para muchas bodegas mexicanas como: L.A. Cetto, Santo Tomás, Casa Madero y otras muy recientes que empiezan su carrera en esto de las medallas. Luis Cetto director general de la casa del mismo nombre, explica la importancia de estos concursos: «La decisión de qué vinos participan en qué concursos radica en las oportunidades de mercado en el país donde se realiza el evento». Para mucha gente que no tiene la experiencia ni tampoco las herramientas para establecer un juicio de valor con respecto a lo que bebe, le es de mucha utilidad conocer vinos con medallas y reconocimientos. Para otros los precios altos tienen una relación directamente proporcional con la calidad y el goce del vino, sobre todo si pueden pagarlos, así que los vinos de bajo precio quedan descartados de manera automática. Limitándose de esa forma, perdiendo la oportunidad de encontrar esos vinos de excelente relación calidad precio, que no dejan agujeros en los bolsillos y sí dejan satisfecho el paladar. También puedo decirles que no ha habido ninguna campaña extraordinaria para la promoción del vino en nuestro país. No sé si ya sea hora de que despierten y usen la imaginación para que sus vinos sean consumidos por más gente, y no quede sólo en un puñado de personas de cierto poder adquisitivo.
Fotos extrídas de Flikr
Y ahora, un anuncio «vintage» claro, directo y sin copas ni efectos especiales…