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Otro año más,  bajo un punto pesimista otro menos. El caso fue que nos reunimos ayer por la noche muy contentos a degustar algunos Pomerol y su vecino menor Lalande de Pomerol. Había reposando en mi bodega una botellita de Petrus añada 2001 desde hace 14 años (octubre 2005). Haciendo un poco de historia; la compré a finales de 2005 en San Antonio Texas, en una tienda con más facha de tienda de autoservicio que de vino, eso sí,  muy grande. Tienda donde francamente no había entrado, rumbo a Austin. Llevaba unas 6 o 7 botellas en fila cuando el dueño se acercó a hacerme plática. Aproveché para preguntarle si tenía alguna añada de Petrus en menos de mil dólares que me vendiera… Si la encuentra probablemente la pondré en el carrito. Y así fue. Hoy en día después de mis 55 primaveras estoy convencido de dos cosas: la primera es que todos tenemos tarde o temprano una cita con la Parca y la segunda es que disfrutar el vino sólo se puede hacer con buena compañía. Así que ofrecí mi botella a precio de ganga a mis amigos de Vino Por Placer que no tardaron en aceptar. Previo a la cata y con toda la intención de confundirlos tape las botellas con papel aluminio, y a cada vino le dedicaba un piropo, pero no contaba que el Petrus era el más viejo de los seis, así que su color y sedimentos fueron suficientes pruebas para delatarlo. Lejos de sus virtudes organolépticas, mis compañeros sacaran la conclusión de que se trataba del cuarto vino, aunque hubo quien dudo hasta el último momento. Y este fue el resultado:

El primero fue un Chateau Ferrand 2015 Fruto de las maniobras del mercenario de Michael Rolland que ha tenido a bien vivir de los consejos, a veces no tan sabios, que les «vende» a precio de oro a algunos productores no muy tradicionalistas. Se trata de un vino con cierta amalgama de piel fina y fruta roja, con un  final en boca amargo. Hay quienes encontraron algo de pimienta blanca, pero todos coincidimos en su final amargo.

Chateau De Sales 2011. Fruta negra con una notita de chocolate amargo, va de más a menos, final muy plano, nada que mueva sentimientos. Sin pena ni gloria.

Chateau Bertineau 2011. De Lalande de Pomerol. El de alcohol más alto (14) que viniendo de la manipulación  de Michael Rolland no es de extrañarse. Nariz cerrada al principio y después de mucho tiempo abre elegante, sin muchas concesiones, pero con gracia. No se trata de un vino sobre extraído ni de un vino tosco. Fruta negra, algo de especias, con otro final amargo. Repetible.

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Vinos de la Cata 234

El famoso cuarto de la noche; el tan esperado Chateau Petrus 2001. Huele a corcho, desde que lo descorché noté una capita verde, ¿demasiada humedad en bodega…? tal vez, pero un poco de aire fue suficiente para limpiarlo. Color tirando a marrón, brillante y fluido. Me gustaría hacer una lista de virtudes acerca de este vino que hay quienes dicen es el mejor merlot del mundo, pero no puedo. Cada añada, con algunas excepciones se mezcla con un 5% de cabernet franc. Redondo, algo de pastel de frutas, tanino mullido, todo en su lugar  pero nada que mueva a la lágrima que sale cuando algo de verdad emociona, tampoco bajaron los ángeles con sus arpas a cantarme al oído. Un vino que si me hubieran dicho que se pagaron 20 verdes lo hubiera creído sin problema alguno. Cada vez soy más escéptico de los vinos caros, o con los vinos que han hecho caros los nuevos ricos que habitan China y Rusia, cuando las bodegas muy complacidas  declaran la añada del siglo cada año. Este tal vez sea el último Petrus que beba en mi vida, a menos que un alma caritativa me invite una copa.  Pero no lo he dicho para levantar lástima ni para que se compadezcan de mí, porque si se trata de invitarme y dar la nota o subirse al nivel de la pedantería, está el Chateau Le Pin. Otro Pomerol  algo más escaso; ronda las 600 cajas anuales y que se produce en 2 hectáreas, ya se podrán imaginar el precio…

El quinto, y aquí se cumplió aquella sentencia de que no hay quinto malo, fue un delicioso Chateau Haut Surget 2016. Rebosante de juventud con unas notas nítidas de fruta de la mejor calidad: grosella, redondito, y quizás por encontrar un defecto; acidez justa. No sólo repetible, ya que para 500 devaluados pesos, me parece que voy por tres  botellas para estas fiestas.

El último Chateau Grand Moulinet 2014. Un vino apagado, sin fuerza que no gustó a nadie. Las notas de mis amigos: Chocolate, cereza, ciruela, y ligeramente astringente. Me parece que probaron un vino diferente o pecan de generosos.

Así concluyo, no sin antes agradecer a todos mis amigos su amistad y los buenos momentos que pasamos este año que está por concluir. Gracias Carlos por molestarte en llevar tan original y deliciosa lasaña de bacalao.

Leonardo D.Al contrario de la tan llevada y tan traída influenza… del mapa genómico mexicano se ha hablado muy poco, así que me parece justo reconocer este gran logro en la medicina moderna. Conocer la variabilidad genómica de los mexicanos es fruto de nueve años de intenso trabajo del grupo de investigadores encabezados por el Dr. Gerardo Jiménez, director del Instituto Nacional de Medicina Genómica, y también, gracias a diez mil voluntarios que se ofrecieron para dicho estudio. Explica el Dr. Jiménez: «El mapa son marcadores en el genoma que nos permiten acercarnos más y saber donde nos estamos moviendo para encontrar los genes asociados a una enfermedad». Logro alcanzado sólo en países como: EE.UU., Japón y el Reino Unido, así que es doble mérito.

Aunque ya es mucho pedir; ¡Ojalá! que el estudio también arrojara alguna luz, o algún indicio, sobre la razón por la que los mexicanos somos tan propensos a la pachanga, al desmadre y al sensacionalismo, y tan poco propensos a beber vino, y me refiero al producto fermentado de la uva. Ya que hay mucha gente que por estas latitudes le llama vino a todo producto alcohólico, inclusive a los destilados.

Por poner un ejemplo; Argentina tenía en 2005 un consumo percapita de 28,81 litros, cuando en México no llega a 400 ml. siendo muy optimistas. Estas cifras pueden explicar la difícil labor de nuestros bodegueros; enfrentados a un pobre mercado interno y a un feroz y competitivo mercado externo. En los últimos diez años el consumo ha ido en aumento, aunque sigue siendo una bebida elitista que ha estado fuera del alcance de las masas, un artículo de lujo. Con los precios que se mueven en la mayoría de los vinos mexicanos, no sorprende la actual situación. Vinos que rebasan los 70 dólares, que presumen de 18 meses en barrica nueva de roble francés, ganadores de medallas de oro y concursos internacionales, pero que no reflejan la tierra donde nacieron ni la uva con la que están hechos, ya que la madera los ahoga. Gracias al dúo de: Mr. Parker por sus puntos y a Michael Rolland por sus asesorías vitivinícolas. Los aires de «progreso» y «modernidad» también se respiran en tierras mexicanas, los vinos cada vez pierden más su caracter y sus precios se van por las nubes.
Deseo con toda el alma que la crisis económica y los elevados precios de la tonelería de: Seguin Moreau, RadouxRadoux, Mistral, Odysé, Nadalie, Francois Freres, Dureau…, haga entrar en cordura a los bodegueros, aunque sea a la fuerza, y permitan que los vinos sean más expresivos, y se vean en la imperiosa necesidad de usar barricas usadas y se quiten la modita de la barrica nueva al 100 y hasta el 200% . En el fondo, como en cualquier otro negocio, buscan altas utilidades, no creo que les preocupe la autenticidad de sus vinos o su propia identidad. Cuántos bodegueros se frotarán las manos, pensando en llegar algún día a vender como Yellow Tail o Concha y Toro.

Brindo por todos quienes descifraron el «genoma mexicano», por el sano consumo de vino, por la búsqueda del terroir en nuestros vinos nacionales y por el gran Frank Sinatra, que hoy cumple once años de haber partido.