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Sorbete de mandarina y unas gotas sobrantes de Clos de La Barre 2006, a media luz...

Mi primer encuentro con Saramago fue; Ensayo sobre la ceguera, en su quinta edición, noviembre de 2000. Una novela que revela de manera cruda las inmundicias y la miseria humana. La mujer de las gafas, la esposa del doctor, el doctor… no existen nombres y las mayúsculas después de las comas dejan entrever las pausas, como si no le gustara poner puntos. El hombre duplicado es la otra novela que he leído del Nobel de Literatura 1998. Casualmente estoy por terminar Caín, cuando ayer me enteraba de su muerte. Hombre de Izquierda, siempre coherente con sus principios y leal a muchas causas alrededor del mundo, recuerdo haberlo visto por México, apoyando aunque sólo fuera en el discurso la causa del «Subcomandante Marcos». Su obra El Evangelio según Jesucristo fue duramente criticada en varios países incluido Portugal, al punto del auto exilio. Descanse en Paz.

El calor ha disminuido con las primeras tormentas, así que escogí un tinto. Habiendo más de una botella del fenomenal Monopole de Jadot Volnay, Clos de la Barre 2006…no lo pensé más y la saqué de su corto letargo. El 99 me dejó sorprendido, sin duda uno de los mejores que he probado. Sospeché que cuatro años no serían suficientes para disfrutarlo en su plenitud, pero quise correr el riesgo. Abrir Borgoñitas jóvenes no es tampoco una mala experiencia. La verdad es que estaba delicioso, se nota su juventud, pero está bebible y yo diría que disfrutable. Acidez firme, fruta a raudales, eso sí, de la buena, sin maquillajes defraudadores, se empiezan a percibir notas lejanas de tabaco rubio, con equilibrio y gran clase. La siguiente botella tendrá que esperar por lo menos cinco años. Maridó muy bien con un filete en salsa de camarones y mejillones, aunque pudiera parecer que la salsa es de sabor fuerte y textura cremosa, a mi me pareció muy delicada. Exquisita. Rematado con un sorbete de mandarina y un exprés.
Gran vino en su proceso de maduración, para despedir a Saramago. El domingo habrá que descorchar algo bueno, para disfrutar y celebrar el día del padre. Merecido o no, ya está decidido.

Les dejo con una frase de Saramago:

«Nuestra única defensa contra la muerte es el amor»

Por decreto, la sociedad vuelve a su aburrida rutina… fuera tapaboca. Los restaurantes, escuelas, estadios y cines ya abrieron sus puertas hace un par de semanas, pero hasta hace unos días se acabaron ciertas restricciones ridículas. Los capitalinos saben de lo que hablo: cines a su mínima capacidad con filas desocupadas, espacio de 2 metros entre mesa y mesa en restaurantes…Se acabó inclusive el vergonzoso bloqueo aéreo de algunos «países hermanos». La ignorancia es mucho peor que las epidemias. Hasta el momento han muerto menos de cien personas, bastante lamentable, pero nada exagerado si lo comparamos con los más de mil setecientos decesos debido a la influenza estacional, que nos pega cada invierno.
Observé durante la contingencia que mucha gente se tapaba sólo la boca… se habrán preguntado; pues no es así la cosa: tapa b-o-c-a. La «gripe española» que mató a más de 50 millones de cristianos, se agudizó debido a que la gente se tapaba la boca y dejaba la nariz fuera, que era por donde entraba el mortífero virus, como es el caso de muchos otros virus. Sólo quisiera hacer una breve recomendación lingüística a la Real Academia de La Lengua Española, o mejor conocida como RAE. Cambiar el nombre a cubrenariz y boca o cubrenaboca… lo que se les ocurra pero que incluya nuestras dos preciadas herramientas de la cara, y así mucha gente entendería mejor el procedimiento de colocación del odioso pero necesario pedazo de tela. Con ésto concluyo este negro y manoseado capítulo de la historia contemporánea de México.

Y por si fuera poco, ayer después de ver todo color gris, o mejor dicho negro azabache, terminé en medio de un «siniestro automovilístico» como le llaman las compañias aseguradoras a los choques de automóviles, sólo eso me faltaba. Gevry-Chambertin
En la noche decidí descorchar una botellita de Borgoña, pero los quesos, el jamón y el vino no estaban muy disfrutables que digamos. Y es que los quesos lo único de fresco que tenían era la temperatura del refrigerador de donde los saqué. El jamón parecía de plástico y el vino, pues el vino le faltaba vidrio. Louis Jadot es de mis preferidos y al ver en la etiqueta: Gevrey-Chambertin, Lavaux Saint-Jacques, apuesta segura. De lo que no me percaté, o no quise hacerlo, fue de la añada. Dos mil dos. Un infanticidio. El vino tenía un fondo frutal, a flor de piel sin ninguna otra capa aromática, acostumbrado al tabaco rubio curado, a los aromas térreos de trufa, tierra mojada de algunos borgoñas que le dan los años. Éste se mostró bastante callado, pero algo más preocupante fue su arista alcohólica que si bien tenía sus 13,5 grados, generalmente están muy bien integrados. El tiempo remediará esta situación, aunque por desgracia era la única botella que guardaba.

Peter Gabriel… ¿Por qué no?