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Castello de Amorosa, en Napa

En más de una ocasión he soñado tener un viñedo en una colina asoleada, con suficiente pendiente para drenar el agua y poder vendimiar sin mucho trabajo. Un viñedo pedregoso repleto de vides con una bonita vista hacia la bodega, y un olivo a la entrada.
Al final sólo un sueño donde todo es color de rosa, donde no tengo que preocuparme por la lluvia en plena floración, o de la sequía en el envero. Donde no hay molestos pájaros que se coman la fruta, ni «hongos grises» que echen a perder los racimos. Donde todas las decisiones tomadas en la bodega son las correctas, dando como resultado un gran vino que ya está vendido desde antes de salir de la bodega.

Qué distinta debe ser la realidad, la vida está llena de decisiones que tomar, y cada una de las elecciones tiene sus consecuencias. Cuando visito un viñedo y después la bodega, el enólogo se ve seguro y tranquilo, sonriente, pero pocas veces cruza por nuestros pensamientos la difícil tarea de dirigir la orquesta.
Nuestra voz crítica como consumidores analiza el final de una larga secuencia de capítulos que se desarrollan en diferentes espacios de tiempo dentro de ese mágico universo llamado; viñedo y bodega. No se puede restar importancia a ninguno de los dos, aun cuando la uva haya sido comprada a terceros.

Cuántas cosas tuvieron que pasar para que esa botella de vino llegue a nuestra mesa. Pero aún así estamos en nuestro pleno derecho de tirarla por el fregadero o escribir una nota amable, beberla a tragos cortos o dejarla en la copa, decidir si esa botella vale la pena volver a comprarla o no.
El consumo del vino se ha sofisticado en los últimos años. Ahora hay críticos y guías, conocedores y charlatanes. Una diversidad de copas y decantadores de distintas formas y precios, accesorios, revistas, enoturismo… Pero sobre todo un intenso comercio que provoca una competencia feroz y requiere que las bodegas echen a andar su imaginación para atraer clientes, donde el producto final pasa a un segundo lugar, y en todo caso es un diseño hecho a la medida de los críticos más influyentes. La forma de la botella, la etiqueta y la distribución del producto… Donde las guías y los puntos mueven al consumidor a pagar cientos de dólares por un vino de una bodega que hasta hace pocos años ni siquiera existía.

Creo que mejor seguiré soñando… me devuelvo a mi viñedo imaginario.