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Conde de los AndesEl domingo pasado fue de paella. Paella que yo mismo preparé. Un verdadero placer la cocina, desde el momento que salgo a comprar la materia prima, hasta que coloco la paella ya lista en la mesa. Como en España, México tiene muchas variantes, hay quienes hacen gala de su originalidad agregándole: chistorra, alcachofa, cangrejo, baby pulpo, salchichas…hasta un chorrito de Corona en el último hervor. Para mí también es una referencia muy concreta de por dónde vamos con la inflación, en cada ocasión que hago las compras para prepararla, se incrementan los precios, y me veo en la penosa necesidad de sacar de mi cartera un poco más de los devaluados pesos. Pero esos son temas económicos que no se antojan en  domingo.
Caminando por el pasillo de los vinos me sorprendió ver el legendario Conde de los Andes, con una nueva cara, muy reformadito, ha dejado atrás aquella vetusta etiqueta aunque todavía conserva la mallita dorada. Pero aún me sorprendió más su precio que no llega a los $180 pesos, algo así como 10 euros. Se trata del Gran Reserva 1999. Un vino que habla muy suave, es sutil, con una marcada acidez, al principio raya en lo plano, aunque también debo reconocer que estaba más frío de lo debido. Con algo de calor empiezan los aromas a tabaco rubio y cuero. Un vino correcto, que además maridó muy bien con la paella.

Brovia
Hablando de vinos pasados, pasados en el tiempo y no porque estuvieran picados o decrépitos, sino todo lo contrario. El jueves descorché un Brovia, Ca´ Mia 2006, un barolito que lo deja a uno muy satisfecho sin tener que hipotecar la casa. Además de que lo compré en EE.UU. otra razón por la que no tuve mucho que desembolsar. Ahora mismo presenta todos los síntomas de la juventud, muy vivaracho con una acidez estupenda, buena estructura, fruta roja en sazón, notas térreas de trufa y algo especiado a canela y pimienta negra. Afortunadamente guardo otra botella para dentro de unos añitos, para ver su evolución.

En otro orden de ideas les comento de un proyecto que me entusiasma mucho, y por otro lado me compromete a desempolvar algunos libros, para refrescar algunos conceptos que empiezo a olvidar. Me han propuesto coordinar junto con el sumiller mexicano Pedro Poncelis Brambila, un diplomado para la formación de «Sommelier». Y es que tener el amor que le tengo al vino y haber leído, probado y viajado, no me hace un pedagogo, aunque también reconozco que siempre me ha gustado la docencia, desde los diez años empecé con mi primera alumna, logrando enseñarle a leer. Tendré que sentarme y tener una larga charla con Pedro Poncelis, y así afinar y definir los detalles. A Pedro Poncelis, padre, ya que su hijo también es sumiller, lo conozco desde hace más de doce años, aunque no lo he vuelto a ver desde hace mucho tiempo. El diplomado consta de cuatro módulos, 41 sesiones de 4 horas, dando un total de 162 horas. Como pueden ver es bastante completo. Ya les contaré más adelante como van las cosas.

En el último número de la revista mexicana Catadores, la potada es muy sugerente, unas piernas femeninas bien torneadas saliendo de una copa de vino, con el título de «Vino y deseo femenino… Bebida afrodisíaca» . Su contenido es avalado por el hospital Santa María Nuova de CatadoresFlorencia, Italia. Ya se pueden imaginar los efectos del vino en las mujeres, así que el estudio es más que nada confirmatorio:

«El consumo entre una y dos copas de vino al día incrementan el apetito sexual femenino. Tras experimentar con 789 mujeres entre 18 y 50 años de edad» (…) «Este trabajo cuantificó el FSFI (female sexual function index o índice de la función sexual)»

Son muy claros al referirse sólo a cuestionarios, no piensen mal y quieran apuntarse a la nómina de investigadores masculinos…

Otra conclusión fue la de Manuel Mas, catedrático de Fisiología de la Universidad de La Laguna, España.

«Los países en donde hay un mayor consumo de vino per cápita son aquellos que dicen ser los más satisfechos sexualmente»

¿Será cierto…?

Hace 40 años llegó a la luna el Apolo XI, uno de los capítulos más grandes de la historia de la humanidad… Hay quienes todavía lo dudan.

FiascoMis primeros recuerdos del vino me remontan a una alacena que tenía mi madre en casa. Allí guardaba mi padre algunas botellas de vino que pronto se convertían en vinagre ya que las guardaba paradas y con la mitad del corcho de fuera. Un desastre. Ni que decir de la temperatura y la humedad. Él no fue un enófilo ni mucho menos, sus encuentros con el vino eran muy casuales y rara era la ocasión que lo bebía sin combinarlo con alguna otra cosa. A pesar de todo, mi memoria olfativa me lleva a mis primeros encuentros con los riojas, que sin ninguna certeza, pudieron haber sido; Tondonia, Federico Paternina, Marqués de Riscal y Marqués de Cáceres, vinos que llevan mucho tiempo en México, y que han sido de la preferencia de los mexicanos y españoles residentes en este país.

Ya de adolescente, acostumbraba a pedir vino cuando salía a comer con alguna amiga. En las comidas formales nunca faltó una botella de vino. Antes de meterme al rollo de leer sobre este tema, bebía Siglo, de bodegas AGE, el de la malla tejida. En blancos siempre pedía Chablis, sin reparar en la bodega y mucho menos si era Petit, Premier Cru o Grand Cru. Cuando visitaba un restaurante italiano, era obligado el típico Chianti en su «fiasco» con su tejido de paja. ¡Qué tiempos!. Difícil de creer que añore esa época. No había prejuicios, no sabía que las copas debían ser de cristal poroso, delgado y sin bordes, con que tuviera una copa limpia a mano era suficiente. ¿Añadas? que cosa más ridícula. Temperatura de servicio… el tinto al tiempo y el blanco frío. Los mejores vinos eran los franceses, aunque todavía pienso lo mismo, en aquella época no reparaba en regiones ni apelaciones de origen.

Con el tiempo todo cambió, sobre todo cuando en un viaje a España decidí comprar un buen libro de vinos y aprender sobre el tema. En realidad fue un regalo de una buena amiga, ya que llegué a México con las manos vacías, pero le encargué el libro a mi amiga que se había quedado en España. «Manual de los Vinos de España, Ed. Everest, de Pedro Plasencia y Teclo Villalón, 1994″, hoy debo reconocer que es un libro muy ilustrativo y ameno, pero con algunos conceptos pasados de moda.

Pronto se convirtió en una obsesión y compraba más y más libros y recorría las tiendas de vino buscando nuevas botellas. Después de casarme empecé la construcción de mi cava. Un agujero en el jardín con las paredes aisladas con poliuretano. Cuando vi terminada mi obra, me sentí tan orgulloso como cuando los faraones terminaron las pirámides de Egipto. El problema fue llenarla, cosa que no sucedió sino hasta después de diez años. Una de las consecuencias de un pobre presupuesto. Por la misma época pertenecía a un club de vinos en México. Después de un par de años, me salí, y fundé mi propio Club. Hasta la fecha son más de ciento veinticinco catas, una por mes.

Qué tengo hoy. Una bola de prejuicios y un paladar poco conformista. ¿No estaba mejor antes?. Creo que la búsqueda del conocimiento y el goce, o la parte práctica es lo que nos lleva a grandes satisfacciones, pero hay un precio que pagar. Perdí por decirlo así: la inocencia, la candidez. Pero de ninguna manera piensen que estoy hablando de un estado superior de levitación, donde me codeo con los Dioses del Olimpo. Todo lo contrario, creo que tener tantas ideas, algunas bien estructuradas otras preconcebidas, hacen que ya no disfrute del vino como antaño. Para quienes nos gusta probar y leer sobre vinos, leer y probar nuevos vinos, sabemos de sobra que es un camino infinito, y que a medida que lo recorremos se hace más largo.

En este momento de ocio en sábado por la noche, me vino a la mente ese fugaz recorrido por los inicios de mi declarado amor por el vino. Lo comparto, aunque no estaría mal que me tomara unas vacaciones y olvidarme de todo lo que tenga que ver con el vino, incluyendo este blog, a pesar de que mucha gente (más de tres mil) me han hecho favor de leer alguna de las tonterías que acostumbro escribir. Sin embargo hay pocas personas dispuestas a comentar, y esto de alguna manera merma un poco mi incipiente vocación «blogera».

Foto extraída de flikr, autor: Marco Prete

000200012A finales de la primera década del siglo XXl me pregunto si todavía hay bodegas abandonadas por viudas que alguna vez sus esposos en vida se esmeraron tanto en nutrir, y que por no tener descendientes muchas botellas permanecen en el olvido empolvándose, esperando la hora que alguien las descubra.
Hace más de ocho años un colega llegó a mi oficina para ensañarme unas botellitas que le habían dado como pago de una remodelación de una vieja casa. Se trataba de una viuda cuyo marido se dedicó a la importación de vinos, por lo que se supone la bodega no era nada despreciable. Al principio fui escéptico, pero ante su insistencia bajé a echarles un vistazo. Eran unas cuantas botellas en dudoso estado, aunque el nivel llegaba al hombro en la mayoría de las botellas. Entre todas destacaba un Monte Real 1969, las demás no valía la pena guardarlas. Quién iba a pensar que sólo se trataba de una minúscula muestra de una colección de vinos españoles, la mayoría riojanos y sólo unos cuantos de otros países. Mi primera observación fue que las metiera a un lugar fresco, de inmediato me llevó las botellas a casa para que las metiera en mi bodega. La segunda tanda fue todavía más interesante: Viña Albina Reserva 1954, 1956, Federico Paternina Gran Reserva 1928, Banda Roja 1969, Martínez Lacuesta Reserva Especial 1922, sólo me queda una botella de tres. La única que abrí nos hizo suspirar a más de uno esa noche, a la otra le salió un hongo en el corcho que hizo que se vaciara por completo. Entre los no españoles está un Moulin-a-vent 1966, quién se imaginaría que la gamay evolucionara por tanto tiempo. Todavía reposan en la oscuridad varias botellas de esa tanda.
Otra ocasión afortunada, fue cuando me llevó un amigo dos botellas de Y´Quem 1975. Pertenecían a su padre y que no sabía qué hacer con ellas, por fortuna me vendió una y la otra está esperando turno, aunque él no está muy convencido de vendérmela. La noche que descorchamos esa botella fue inolvidable, sin duda el mejor vino botrizado que he probado en mi vida.
No sé por qué relaciono viudas y herederos con posibles tesoros escondidos. El caso es que la madre de una amiga murió y poco después del entierro me pidió que revisara la cava de su difunta madre. Había de todo: champán con menos de la mitad de su contenido. ¿Ullage? un poco… Esto a pesar de que se trataba de una cava expresamente diseñada para guardar vino y no un lugar debajo de las escaleras. El caso es que se pudo rescatar muy poco, pero ese poco valía la pena: Marqués De Riscal 1947, Viña Tondonia 1913 o 14, no ha quedado claro lo de la añada, lo que sí apunta en la etiqueta con letra grande es: «Sexto año de Plantación», un vino escaso y sumamente raro, que quizás ya no se encuentre ni siquiera en la bodega. Como pago al tiempo que dediqué para seleccionar lo mejor que quedaba me regalaron esta última botella, que descorché junto con otras añadas muy viejas. Para mucha gente estos vinos no son más que un montón de cadáveres, acostumbrados a las bombas frutales o vinos menos hechos. La verdad es que el acercamiento a estos vinos debe ser despacio, sin prisas y recordando siempre que ha pasado mucho tiempo desde que salieron al mercado, en algunos casos la gente involucrada en su creación ha muerto. Es necesario ponerse en sintonía con estos viejos que tienen mucho que decir aunque sea susurrando. Como dice André Tchelistcheff, que me parece que ilustra genialmente el punto: «Tasting old wine is like making love to and old lady…it is possible… it can even be enjoyable, but it requires a little bit of imagination». La búsqueda es continúa, aunque el encuentro es por casualidad, pero como dije antes, cada vez las posibilidades son menores.