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Entrada principal a L´Ecrivain

Entrada principal a L´Ecrivain

El buen tiempo en Dublín me ha sonreído y me ha permitido caminar a mis anchas por la zona de Trinity College, donde alguna vez estudió Oscar Wilde. Siguiendo ese rumbo por la calle Grafton hacia el sur, llegué el parque St. Stephen´s Green, dando vuelta al este para conocer Baggott Street. Sus veinte grados centígrados hacen más bulliciosa la ciudad y le dan vida y movimiento a las calles. Nada que ver con aquellas gélidas temperaturas de febrero, cuando es imposible caminar más de cinco cuadras sin entrar a algún establecimiento a calentarse un poco, o desplazarse en taxi.

Al filo de las 7:00 pm he llegado a la recepción de L´Ecrivain, una señorita joven, rubia y baja de estatura me recibió preguntándome: ¿tiene reservación?… Algo que siempre me ha puesto los pelos de punta, los pocos que me quedan. Reservaciones cuando el salón está vacío, a sabiendas que no se llenará nunca. No, no tengo reservación. Después de una pausa, respondió observando la agenda: puede disponer de la mesa hasta las 8:00 pm. Señorita son las siete… No señor, son las 6:00. Menos mal que estaba adelantado mi reloj por una hora. La espera había sido larga y mis ansias por conocer el lugar fueron más grandes que mi orgullo, así que me dejé llevar hasta la mesa. Lugar discreto, sobrio, rayando en la monotonía. Salón en la planta alta y un pequeño desván, coronado con un «mini split» para los calores veraniegos.

Puligny-Montrachet % Volnay...

Puligny-Montrachet & Volnay…

Después de echar un vistazo alrededor de mi mesa, comprobé que no había una sola mesa ocupada. Pedí la carta. Como me imaginé… los precios son un atentado al patrimonio. La carta de vinos raya en lo aburrido, botellas que esperaría de cualquier otro lugar donde no se han roto mucho la cabeza. Aunque tampoco puedo decir que no tuviera algunas cosas interesantes, mis expectativas eran muy altas.

Comencé con un champán, un burbujeante rosé, color piel de cebolla; Pierre Paillard Brut Rosé, nariz caliza, boca frutal, abocado, acidez justa. Siguiendo con el vino. Tenía antojo de un blanco entrado en años y un tinto joven, pero el copeo es muy limitado, así que me decidí por dos medias botellas: Joan-Louis Chavy, Puligny-Montrachet 1er Cru, Les Folatieres 2006. Vendimiado en un pago de poco más de una hectárea, con 14 meses de crianza en roble, 30% nuevo. Vino no muy viejo, pero si maduro, y un Volnay, Lombeline 2007. Para comer abrí con una entrada de «New Season Asparagus»: espárragos con huevo pochado, parmesano y trufa. El sabor del huevo domina el conjunto a tal grado que por mucho que traté de limpiarme la boca y beber agua, tuve que pedir cambio de copa. Este Puligny-Montrachet me recordó el dulce de cajeta; un vino maduro y profundo con un gran balance. Como segundo; «Roast Duck»: cocción perfecta, así como la combinación de la guarnición con una salsa exquisita. Este Volnay no niega su juventud, pero tampoco su equilibrio, a sus cuatro años ya deja ver sus notas térreas, trufa y cuero del más fino. Firme en boca, con esa extraordinaria acidez, propia de los buenos borgoñas. «Bocato di cardinale». Maridando perfectamente con las notas dulces de la salsa del pato.

Cocción perfecta...

Cocción perfecta…

Cuando no estoy seguro de qué tiendas de vino visitar, me ha dado buen resultado preguntar en los restaurantes donde sirven vino. Así que pregunté a uno de los meseros. Me dio una lista de tres lugares, todos muy cercanos. Haciendo hincapié en que visitara una tienda de quesos, Matthews Cheese Cellar, donde sirven el queso con una copita de vino, un lugar según él, muy agradable que vale la pena conocer.

De postre, al escuchar sobre quesos, pedí una tablita con un Capitelli de Anselmi, un vino de postre bastante plano y diluido si lo comparamos con otros, como por ejemplo un buen Sauternes o un Moscatel Málaga Jorge Ordoñez 2007, anunciado en la carta. Saciado por completo tanto por el lado de la comida como por el del vino, pedí la cuenta. Sin hacer conversiones tortuosas a dólares o a pesos, pagué y me retiré a mi hotel. Tenía sueño, necesitaba una siesta. Siesta que se prolongo más de la cuenta, cuando vi el reloj era demasiado tarde, aun con la hora extra que me habían regalado en L´Ecrivain… Al final reconozco que no se puede hacer todo en un solo día, por muy largo que éste sea. La única tienda de la lista que conocí fue Fallon & Byrne, curiosamente había sido la primera que había visitado ese día por la mañana. Quedarón en el tintero: The Corkscrew, en Grafton, y Matthews Cheese Cellar, esta última es la que más me pesa no haber visitado. Las menciono por si alguien visita estas tierras y tiene tiempo para el tour. Thorton´s me fue recomendado por su supuesta excelente relación calidad-precio. Este restaurante está casi justo frente a la entrada del parque Stephen´s Green, siguiendo al sur por la calle Grafton… Será para la próxima ocasión.

Mejor Wine Bar de Dublín Expedición…Puede ser la segunda acepción o la quinta del diccionario de la RAE, si tomamos en cuenta no precisamente la curia romana, sino la autoridad máxima en el hogar; encabezada por la mujer, dueña y señora de la casa. Lo más importante es que he sido dispensado por cinco noches y seis días para emprender una gran empresa al otro lado del charco. Teniendo un solo día libre en la capital de Irlanda, no había tiempo que perder. Ya había tenido la oportunidad de conocer Dublín y parte de su oferta gastronómica-vínica, pero nada mejor como explorarla solo, a mi propio ritmo, sin prisas y con la única intención de descubrir sitios que valgan la pena, relacionados con el buen comer y beber. A veces no tenemos un panorama completo si nos enfocamos a las recomendaciones de taxistas y conserjes de hotel. A veces sí. El caso es que cuando más de una persona recomienda un lugar, alguna gracia debe tener. Dublín es una ciudad pequeña con poco menos de medio millón de habitantes. Celosos de su pasado celta y optimistas en el futuro, guardan mucha similitud con los ingleses… aunque por favor, que no se enteren de lo que acabo de decir.

Siguiendo por la bulliciosa calle de Grafton hacia el sur antes de llegar al famoso parque St. Stephen´s Green, me metí en una calle, sin rumbo fijo, caminé unas cuantas cuadras para detenerme justo al otro lado de un wine bar que había visto anunciado en la sección amarilla unos minutos antes en el hotel. Olesya´s Wine Bar, número dieciocho de la calle Exchequer. Cuatro personas hacían reparaciones en la fachada y el lugar aún no estaba abierto, así que me metí justo enfrente en Fallon & Byrne para comprar una botellita de agua y echar un vistazo al lugar. Me recordó al HEB en versión europea donde se encuentra de todo un poco, en un sitio relativamente pequeño: fruta, legumbres, verduras, quesos, carnes frías, helados, pastelería y algo que no debe faltar… vinos. A la entrada bajando las escaleras se encuentra su propio wine bar, considerado el mejor de la ciudad en este año, según una pizarra dentro del local. También estaba cerrado aunque faltaba poco para que lo abrieran.
Una vez que abrieron bajé al sótano. Sus muros colindantes están cubiertos por botelleros con una selección modesta pero suficiente para entretenerse un rato, observando etiquetas. La verdad la carta no es para impresionar a nadie: 22 blancos, 30 tintos, 3 espumosos, 1 Sherry, 1 Jurancón dulce y un Oporto. Sin pensarlo mucho me decidí por un Freiheit Grüner Veltliner 2007. Color amarillo pálido, aromas de fruta entre pera y manzana verde, de boca vivaz, cítrica (limón) despidiéndose en el posgusto con mucho vigor. El día era largo, tanto por el verano; oscureciendo poco antes de las 11:00  y empezando a clarear a eso de las 4:30, como también por el ajetreo de conocer el mayor número de lugares interesantes en unas horas. Así que crucé la calle y entré a Olesya´s W.B., este lugar es acogedor, cuenta con apenas unas cuantas mesas, bien acondicionado y atendido ese día por un diligente joven que en seguida me mostró la carta. Desde la entrada se anuncian más de cien vinos por copeo y más de 300 en total.

JM Gobillard & Fils Rose y Balsamique Foie-gras

JM Gobillard & Fils Rose y Balsamique Foie-gras

Su carta es más extensa que la de enfrente y la oferta de bocadillos es interesante. Se nota el esmero en la selección de vinos y la preparación de las viandas. Un poco de burbujas no estaría mal, así que escogí una copita de JM Gobillard & Fils Rosé, a 16 €. Seco hasta la médula, calizo y mineral. Un buen espumoso para maridar con un foie gras balsámico: crujiente pan en una cama de finas rebanadas de manzana y coronado con el foie gras, unas gotas de vinagre balsámico y aceite de oliva; todo-frío-y-exquisito. La carta esta enfocada a gustos algo sofisticados: «Red caviar», «Sevruga caviar» y para bolsillos más holgados «Beluga…». Tiempo para que al estilo español; mude de lugar para seguir disfrutando. Después de caminar por el costado norte del parque St. Stephen´s Green, según las indicaciones que me habían dado, seguí caminando por un buen trecho no sin antes, como es mi costumbre, perderme por algunos instantes hasta llegar a la puerta del famoso restaurante francés multi recomendado; L’Ecrivain. Para mi mala fortuna olvidé que estaba en Europa y que a las 2:45 estaba cerrado. Con un: I´am soo sorry, tuve que regresar al hotel para hacer tiempo y descansar un poco hasta que el reloj marcara las 6:00 de la tarde.

(continuará)

Desde el avión

Como aficionado a la fotografía en cada viaje cargo mi cámara, así tuve la oportunidad en esa hermosa mañana de tomar unas fotos desde el avión, justo después de despegar de la Ciudad de México. En el oriente los majestuosos volcanes Iztlazihuatl y Popocatépetl con el Valle cubierto por un manto de nubes. Así que no es tan mala idea cargar con la camarita.

La primera escala fue en Atlanta, donde estuvimos poco más de tres horas en espera del vuelo que nos llevaría a Dublín. Uno de los mayores inconvenientes de los vuelos en conexión es llegar con mucho tiempo, o la angustia de no perder el vuelo por algún atraso, situación nada fuera de lo común. Sin ánimos suficientes para salir del aeropuerto, mi esposa y yo nos concretamos a dar un paseo por los duty free. Entramos al primer wine bar que apareció. One Flew South bar de vinos y sushi. Una copita de riesling de Washington para ella y un Domaine Pichot 2008 para mí. Pero no todos los Vovray brillan como los de Huet, este Pichot le falta nervio. Frutal, pero nada más que eso, desaparece tan rápido del paladar como de la memoria. The Magnificent Wine Co. 2008 de Washington, no me ha gustado empezando por el nombre, largo y raro para un vino. Herbáceo y con una sensación cítrica tan artificial como algunos caramelos baratos de mala calidad. Una vez en la sala de espera antes de abordar el avión, nos dispusimos a la hibernación para cruzar el Atlántico, también llevaba un libro que había comprado un par de meses atrás: Liquid Memory de Jonathan Nossiter.

Mercado callejero en Dublin

Después de siete horas y treinta y tres minutos salimos de esa lata de sardinas repleta de humanidad, así como de olores variopintos. Un gran alivio despedirse de la azafata y poner los pies en tierra firme, como quien cruza la meta de un maratón. Llegamos al hotel abordo de uno de esos famosos autobuses de dos pisos. Un remanso de paz a la orilla del Liffey (versión Irlandesa del Támesis, guardando su debida proporción) cerca de la estación de tren y de un museo que nunca se nos ocurrió visitar. Best Western Ashling es un hotel con un amplio, acogedor y elegante comedor, sus habitaciones son de buen tamaño para los estándares europeos, pero lo más destacable es su cocina. Si visitan Dublín deben comer en Chesterfield, nombre de su excelente restaurante. Su carta de vinos es como muchas otras, con vinos de Francia, España, Italia y algo de Chile. Nada que pueda levantar suspiros.
Después del desayuno dormimos desde las diez de la mañana hasta las 3:30 de la tarde, salimos a estirar las piernas a la orilla del río. A las cuatro cuadras sentíamos como se nos partía la cara con el gélido viento, así que nos metimos a una tienda Spar, que nunca falta en cada esquina. Al asomarme por las cervezas observé junto a la local y legendaria Guiness, una docena de Coronas, nuestras fieles embajadoras en todo el mundo. Acto seguido caminamos sin escalas a un coqueto café donde nos bebimos dos tacitas de capuchino cada uno, bien calientes y espolvoreados con canela para quitarnos el frío de los huesos y así poder enfilarnos de vuelta al hotel. Esa misma noche en Chesterfield he probado una de las mejores ensaladas en mucho tiempo, acompañada de un pint de Guiness. A cada trago tenía que limpiarme los bigotes. Definitivamente me volví fiel consumidor de esta deliciosa cerveza oscura. La ensalada estaba acompañada de semillas de girasol tostadas y un aderezo agridulce que resaltaba el fresco sabor de las lechugas y otras hojas no identificadas. Al otro día teníamos la misión más importante del viaje, visitar a un ser querido para que nos acompañara el resto del viaje. Después de visitar un hermoso suburbio de Dublín, un pueblo que se llama Bray, fuimos a comer con la nueva integrante del grupo a un restaurante a la orilla de la calle que da a la playa. Martello es un pequeño hotel y restaurante con más influencia norteamericana que británica, pero se come buena carne y mejores postres. No pensé encontrar por estas tierras el segundo vino de Chateau Musar, Hochar 2002, un tinto de taninos mullidos pero firme en su conjunto, que acompañó de maravilla la jugosa carne.

Hochar 2002

El sábado a medio día visitamos un restaurante mexicano en pleno centro de Dublin. Azteca es su nombre y como en muchos países fuera de México, el gran problema es surtirse de la materia prima necesaria.
En la calle de Grafton, corazón comercial del sur de Dublín, comimos en Belley´s una excelente pizza preparada en horno de leña. Una buena opción para quienes gustan de pizzas. La carta de vinos es muy modesta por no decir escasa, pedí un Chianti genérico con una arista alcohólica impresionante, el primer trago me supo a vodka sin hielo, el segundo fue peor…La copa se quedó en la mesa casi llena. Recomiendo que pidan un pint de Guiness, no falla.
Al otro día recorrimos la catedral de San Patricio, aquel santo que explicó la trinidad con un trébol y que se ha convertido en uno de los íconos de Irlanda, junto con su color verde. Paradójicamente en un país de mayoría católica, la catedral es anglicana. Casi a las puertas de los jardines junto a la catedral se encuentra Bill & Castle (Gastro Pub & Beer Hall) un pub muy comercialito donde pedí un rib eye dry aged, pasado de tueste, muy seco y sin sabor, acompañado con un Doppio Passo 2007 vinificado con primitivo, de Salento (Indicazione geografica tipica) mucho extracto poco nervio, fruta pacificada. Nada que valga la pena, ni el lugar, ni la comida ni el vino. Al otro día partíamos a Londres, pero lo dejaré para una segunda entrega. Por el momento Chesterfield y Guiness llevan la delantera.