Posts etiquetados ‘Burdeos’

Podría ser un buen título para un artículo de la revista Forbes o Robb Report anunciando las últimas añadas de Burdeos, y seleccionando aquellos que no rebasan los dos mil verdes. Los Burdeos y Borgoñas han pasado de ser vinos míticos a objetos de especulación: ventas a futuro, subastas, colecciones de rusos y de chinos millonarios… Y quienes salen perjudicados somos todos quienes disfrutamos descorchando y comentando experiencias alrededor de estos vinos. Hasta hace unos años era posible hacerse de un par de botellas por algo más de cien dólares. Lo digo por experiencia ya que en 1998 compré en Sherry-Lehmann (tienda en la ciudad de Nueva York no precisamente barata) un Haut Brion y un Lafite 90 y 91, aunque no me acuerdo qué añada corresponda a cuál. Añadas flojitas pero no dejan de ser interesantes en algunos chateaus. Y apenas rebasaron los cien verdes cada uno. Hoy no alcanza ni para comprar los segundones (Carruades Lafite y Le Clarence de Haut-Brion) que dicho sea, este último hay ocasiones que está mejor que su hermano mayor. 1998 tan cerca y tan lejos ¿Se acuerdan de la motocicleta BMW R1200 que salió en una película de James Bond? Ya se ve antigua… pero los vinos son menos profanos, mejoran con los años.

Bajo estas premisas, nuestros desafortunados hijos y nietos tendrán que hipotecar su casa para poder comprar la añada 2025, y si es declarada por el hijo de Robert Parker como la añada del siglo… Suele suceder, entonces tendrán que sumar uno de sus riñones y una córnea a la cuenta. O procurar de nuestra parte heredarles una buena dotación de vinos para que sepan lo que fueron los Burdeos de los setentas y ochentas, por no irnos más atrás. Aunque el gusanito de comprar una añada reciente siempre estará latente, si es que deciden beber vino y no se decantan por otras bebidas más espirituosas y mandan al carajo la colección completa. Además hay que añadir que los Burdeos salen al mercado bastante cerrados, y debemos guardarlos varias décadas para su maduración.

Para muestra de precios de locura, un botón:

Chateau Lafite 2010 de 398€ en Suiza (que suerte la de Daniel) hasta 1173.75€ en EE.UU.
Chateau Latour 2010 de 225.34 en Suiza, a 1567.39€ en EE.UU
Chateau Margaux 2010 de 190€ en Alemania a 1297.92€ en Suiza… ¿habrán invertido los precios).
Fuente: Vinopedia
Otra conclusión a la que he llegado, es que nuestro amigo Daniel P. W. se fue a Suiza por otras razones… 🙂

Los tres en la lista…

Fin de año es un buen momento para reflexionar sobre el camino andado y por qué no, de lo bebido y lo que se quedó en el tintero, en este caso en los botelleros. Esta reflexión viene a colación ya que hace un par de días un amigo me decía que todo lo que guarda en su bodega no está para beberse, sino hasta dentro de varios años. Refiriéndose a las añadas del 2000 al 2007 de bodegas de Burdeos con mucho prestigio. Además de que puso en duda la evolución a favor de algunos vinos que reposan en mi bodega desde hace algunos años. Mouton Rotschild 93, 98, 99… Vinos que por una o por otra razón guardo de manera casi obsesiva. Mouton ha cambiado en la hechura de sus vinos, por lo menos es lo que algunos críticos han dicho, entre ellos da fiel testimonio Jonathan Nossiter en su película Mondovino, donde aparece el imperio de Mouton Rotschild como una fábrica de sueños… Vinos a la medida del consumidor norteamericano.

No sé si sea momento de descorchar algunos vinos casi olvidados en sus botelleros, pero me parece que para algunos Burdeos y Borgoñas veinte años son apenas suficientes para que comience en su interior la magia de la madurez. Esa evolución que hace sublime una copa de vino en su mejor momento, complejidad y profundidad en su máxima expresión. Premio a la paciencia.

En el caso de los Mouton, las etiquetas tienen mucho que ver con mi impulso de conservarlas por más tiempo. Hace algunos años compré una botella de la añada 1993 en EE.UU. país donde la etiqueta original del boceto de Balthus no aparece. La etiqueta «original» es la de una joven acostada con el torso hacia el lado izquierdo. Pero alguien de manera hipócrita no dudo en censurar la imagen imprimiendo sólo el color beige del fondo. Otra etiqueta que me llama la atención es la añada de 2008, de Rufino Tamayo, titulada El Brindis por. Único pintor mexicano que aparece en el repertorio desde 1945 en las diferentes etiquetas de este famoso vino, Premier Cru desde 1973. La última botella, la de 1999, no tiene para mí ningún valor especial. Se trata de un cabrito dando una coz. Su autor es Raymond Savygnac, cartelista francés que murió en 2002. Al parecer una buena añada, así que comenzaré por esta última.

Latour 1993

Latour 1993

Para quienes disfrutamos del vino en todas sus expresiones, ya sean: espumosos, rosados, tintos, blancos, fortificados y de cosecha tardía… siempre habrá una ocasión para descorchar algo especial. Confieso tener el síndrome del French Poodle al cruzar una calle en horas pico. Incertidumbre a la hora de sacar una botella de la cava. No paro de dar vueltas pensando en cuál botella descorchar, síndrome que se agudiza al tratarse de las pocas botellas por las que he palmado más de lo que debería permitirse una persona sensata. Pues ayer fue uno de esos días. En lo personal me decanto más por Borgoña que por Burdeos, pero al echar un vistazo a la fila de los Borgoñas, me di cuenta de que quedaban ya muy pocas, no es que pudiera hacer una fiesta con las botellas de la fila de arriba, pero sí era mayor el número de Burdeos, así que me decidí por un Latour 93. Según Mr. Michael Broadbent; la cosecha la califica entre dos y tres estrellitas, de cinco, que equivalen a «not very good, but not bad» y «Good» respectivamente. En el caso específico de Latour; dice el propio Broadbent que la probó por primera vez en 1997, con Christian Le Sommer, en esa época el encargado del Chateau. «El vino seguía inmaduro; atractivo, nariz a cedro, seco» (…) todo finalizado con un «but good». Sus impresiones al probar otra botella seis meses después, han cambiado, lo describe menos profundo, más «dulce» y que se puede beber bien ahora, que me imagino fue el año 2000, última reseña de este libro (Michael Broadbent, Vintage Wine) editado en el año 2002.
Ahora viene mi veredicto. Algo que no puedo evitar a la hora de juzgar este tipo de vinos, es ser muy poco complaciente y algo duro, de antemano les digo que soy completamente subjetivo. Para mí fue una decepción, el alcohol no está integrado, aparecen notas muy interesantes ganadas en el tiempo dentro de la botella; caza con pelo, piel fina, ahumados y fruta roja, ciruela y cerezas, son esas notas de pimiento y mina de lapiz muy característico de la cabernet de esta región. En boca aparece esa arista de alcohol, y es que el mesero no ayudó en nada al cargarla como si fuera un bebe, menos mal que no tenía calentura, de otra forma la hubiera dejado como sopa. Dada la ocasión mi esposa y yo fuimos bastante generosos, otorgándole varios piropos, poco merecidos. Sin que hiciera corto circuito, tampoco maridó como esperaba con unos hongos Portobello, pero eso ya no fue culpa del vino, sino mía y del Chef que puso algo de vinagre al platillo. Todo en el marco de una romántica terraza en un restaurante.

Hablando de temperatura, ha quedado funcionando el motor eléctrico de mi bodega, cosa que me complace mucho, ya que esos tumbos en la temperatura al pasar de los 19°C a los 14°C no son nada recomendables. Aunque tampoco crean que soy muy quisquilloso. Hace tiempo que mi cava se mantiene a 17°C, o por lo menos eso creía. Entrando en cuestiones técnicas, los termómetros en su gran mayoría no están calibrados. Es una realidad en México, no sé en otros países. Calibrarlos puede costar el triple de lo que se paga por un termómetro. ¿Qué diferencia hace un grado?, ¿cuántos años viviré para poder ver madurar esos vinos que guardo con tanto celo? Son preguntas sensatas para gente insensata. Hay quienes gastan una fortuna en equipos de refrigeración con: motores auxiliares diesel, alarmas, monitoreo por computadora… Cuando no saben qué pasará después de que hereden a sus hijos y en el peor de los casos, ni siquiera hijos tienen a quien heredar esas botellas, que de seguro se las beberán en una borrachera con sus amigos. ¡Pero qué mal pensado soy…!. Por esta razón y por otras, hay que educar poco a poco esos paladares.