Para quienes vivimos en México, sobre todo en el altiplano, estos últimos días han sido de mucho frío. Sé que para la gente que vive del otro lado del charco o más allá del Río Grande puede parecer exagerado. Trece o quince grados centígrados a las dos de la tarde en invierno, es el sueño de cualquier habitante del hemisferio norte. Pero para quienes no estamos acostumbrados a estas temperaturas, cuando el termómetro baja de los 22°C sacamos el abrigo y la bufanda. Además de que en los días invernales a medio día ya ha calentado lo suficiente como para despojarnos del exceso de ropa. Pero estos días no ha pasado nada de eso.
Así que me dispuse renunciar a mi dieta de «principios de año», como cada año lo hago, para preparar una fabada y sacar el amontillado. El amontillado: un Lastau llevaba algún tiempo descorchado. Color amarillo ocre, con sedimentos y algo turbio. En nariz había notas de volatilidad, frutos secos y maderas finas, cansino en el paladar, acidez justa y bastante notorio sus 18,5 grados de alcohol. Con todo y que no estaba en su plenitud, cayó muy bien al estómago.

Una buena dosis de calorías para el frío
Para la fabada descorché un Bosconia reserva 98, una vez más compruebo que este gran vino es mucho más interesante con una hora de aire. Al principio está un poco disperso; acidez, tanino… Con una horita de oxígeno se integran muy bien aromas y sabores, dando como resultado un vino de mucha estructura y complejidad. Aunque no dudo que en diez años mejore mucho más. Buen maridaje con la fabada que ha calentado y reconfortado el cuerpo.
Yo esperaría que este gélido temporal se vaya por donde llegó, al norte, con nuestros amigos que están más acostumbrados a tener la nariz y las orejas frías.

