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Vista contrastante del risco y la mar, en Miraflores

Perú a pesar de no estar identificado como un país productor de vino a gran escala, es el primero en Sudamérica en haber tenido una vitivinicultura sistemática. Su baja producción y la nula promoción de sus vinos en particular, y la del vino en general, hacen que su consumo sea modesto. El pisco es la bebida nacional que se puede pedir hasta en las boticas, como llaman allí las farmacias, mismo término que usaban por estas latitudes antaño.

Francisco Pizarro, conquistador de estas tierras mandó plantar el primer viñedo en 1547. Perú cuenta con alrededor de 40,000 hectáreas con una producción de 127,000 hectolitros (2002) y sólo para contrastar, porque de otra manera no queda claro, México tiene una producción un millón de hectolitros ambos datos recogidos en The Oxford Companion of Wine. También mencionan que la vitivinicultura en Argentina se propagó desde Perú gracias a Nuñez de Prado en 1550. En 1888 el ataque de la filoxera hizo que se detuviera su desarrollo. La mayoría de sus viñedos se encuentra en la costa central alrededor de Pisco. Las variedades son: albillo, alicante, bouschet, barbera, cabernet sauvignon, grenache, malbec, moscatel, sauvignon blanc y torrontés, así como la uva de mesa negra corriente, importada de las Islas Canarias en el siglo XVII. Probablemente idéntica a la uva misión , quebranta y una variedad llamada borgoña que es en realidad isabella.

Así como he mencionado que el consumo de vino es modesto, no pudiendo probar por copeo algún blanquito de la región, debo reconocer que su gastronomía es rica y variada. Los mariscos son abundantes; el mundialmente conocido ceviche es exquisito en cualquiera de sus variantes. Mi esposa no dejó pasar un solo día sin pedirlo en la comida como entrada. Al cuy peruano, ese roedor de mediana talla, no pude hincarle el diente, no recuerdo haberlo visto en la carta de ningún restaurante. Después me aclaró una amable mesera, confirmado más tarde por un taxista, que el cuy no es muy común en Lima; es más bien un plato de provincia preparado de distintas formas dependiendo de la región. Será un buen pretexto para volver, así como la visita pendiente a Cuzco y a Pisco.

De camino al hotel, aprendimos la primera palabra local. Se había cubierto el parabrisas de una fina capa de gotitas de agua, a lo que el chofer nos dijo que era la garúa, la fina llovizna que por Lima es lo común, los chaparrones de mi ciudad no se dan por estas latitudes.

Hospedados en el distrito de San Isidro, teníamos muy cerca Miraflores, quizás el distrito más rico de Lima. Me pareció por momentos recorrer algunas calles de Polanco, rodeada de edificios cuya altura promedia los cincuenta metros, unos quince pisos.

Después de un reparador descanso de tres horas, un reconfortante baño, un café caliente y un desayuno sustancioso, el panorama cambia radicalmente. Huevos revueltos poco hechos al estilo gringo, lomo saltado y donde no podía faltar la papa, originaria de estas latitudes. Nuestra primera visita fue el centro, en el casco antiguo donde se ubica la catedral y la plaza de armas. Entramos al «museo» que les ha dado por llamarlo así, aunque se trata de capillas ubicadas en las naves laterales con alguna excavación arqueológica y poco más. Allí pudimos ver la tumba de Francisco Pizarro, conquistador de Lima.

A la salida y previendo que cenaríamos más tarde, nos sentamos en una mesa en El Museo Del Pisco a un lado de la catedral para comer algo ligero. Decididos con el ceviche pedimos un par, para nuestra desgracia se había acabado, así que optamos por una tortilla, pero aquí como en España, es de huevo y no muy hecha por dentro. Debo reconocer que no estaba nada mal, justo para aguantar los embates de las tripas hasta llegar a la cena. Por la noche llegué con mi esposa a celebrar un gran acontecimiento, escogimos o más bien nos recomendaron el restaurante Panchita. Un lugar acogedor con un servicio esmerado y excelente cocina. Allí probamos la causa de langostinos, un tipo suflé con capa de papá tan finamente preparado que alcanza la consistencia del huevo, pero que al ser frío no fue de nuestro total agrado. No faltó el ceviche criollo y limeño, uno más picante que el otro, sin llegar a los extremos. Había pedido una copita de blanco de la región, y la respuesta fue que no lo tenían por copeo, así que pedí un Montes chardonnay, con algo de madera, compacto, acidez comedida y sabroso. Total de la cuenta 365 soles, unos 90 dólares americanos, que para no haber pedido postre ni botella de vino, rayó en lo caro bajo los criterios mexicanos. La gente es muy amable y está dispuesta a que el turista se lleve la mejor impresión de Lima, y así fue, de eso no tengo la menor duda.

El Mercado, distrito de Miraflores

Al otro día visitamos Larcomar, un mall a la orilla del Pacífico y a un lado del JW Marriot . Al llegar caminando desconcierta un poco la entrada, ya que no se ve edificación alguna, más que una plancha de concreto con algunas jardineras. El mall está dispuesto debajo del nivel de la calle, y se recorre de arriba hacia abajo. Sus vistas dan a una playa rocosa poco visitada en esta época, a pesar de que empieza la primavera estaba nublado y con un poco de bruma. Después de recorrer algunas tiendas, ya conocidas en casi todo el orbe, de marcas que no importa el lugar que se visite, siempre se encuentran. Las que más llaman la atención son las que venden ropa de alpaca, baby alpaca y vicuña. Algunas prendas confeccionadas en este material me recuerdan la textura del cashmere o cachemira, así los precios también son elevados. En uno de tantos restaurantes y bares de la plaza bebí una copa de tinto anónima con una magnifica vista a la playa y una inigualable compañía.

Vieiras a la parmesana

Cuando apretó un poco el hambre nos dirigimos al norte, a un lugar que ya nos habían recomendado desde México: Pescados Capitales. Tomamos un taxi que nos dejó en la puerta. El lugar es amplio, con un contraste de luz y sombra que hace difícil ver los rostros al estar sentados en la frontera de la terraza y el interior a contraluz. Al no tener medias botellas, sumado a que mi mujer no estaba dispuesta a beber, tuve que conformarme con pedir el vino por copeo, el problema es que no había vino local más que por botella. Es un error no tratar de promover sus vinos, eso sí, en todos lados encontraran coctelería con pisco. Abrí boca con un sauvignon blanc español, perdón por no ser específico pero no me ocupé de anotar muchos detalles en este viaje. Un vino resultón que con unas vieiras a la parmesano maridó de maravilla. El segundo plato, o fondo, como le llaman por estas latitudes, fue un pescado a la maunier que podía ser: lenguado, un chita o un cachema. Me fui a lo seguro y pedí lenguado. Muy suave de textura y con la salsa espesa y consistente, pedí una copita de verdejo, algo floral y de buena acidez. El servicio fue lento para el segundo plato, la charla hizo que pareciera menos, aunque en la mesa de al lado una señora reclamó la tardanza de manera airada gritándole al mesero por no traer los cafés y el postre. El ceviche viene acompañado de camote amarillo, y choclo; se trata de un maíz de grano grande de color blanco, el hervor le da una consistencia suave. Antes de traer las entradas, acostumbran poner cancha serrana, una porción de maíz tostado y salado con un dejo a limón, así como en España las aceitunas o en México los cacahuates. El ceviche se sirve siempre sin tomate, lo que llaman sudado, la cebolla es siempre morada y el limón es tal como lo conocemos por tierras mexicas; pequeño, verde profundo y ácido. Nos tocaron varios días feriados, pero nadie supo informarnos qué celebraban, hasta que un taxista mencionó a José San Martín, libertador de Lima, aunque parece ser que esa fiesta, la de independencia es en julio.

Dentro de un recorrido en el distrito de Miraflores, en uno de esos autobuses de dos pisos, visitamos varios parques. Empezando el recorrido por unas ruinas de la cultura Lima, se trata de Guaca Pucllana, lo único que pudimos observar desde el camión fue una pared de blocks de arcilla color café claro y gente cribando la arena a un lado del macizo.

Faro de la Marina

Recorrimos la calle de Angamos, famosa batalla naval contra Chile en el año de 1879, cuya duración fue de poca más de una hora, y resultando vencedores los chilenos. El malecón de Miraflores que mide 5 km de largo, y 3 sectores: Marina, Cisneros y Reserva, ocupa el cuarto lugar de importancia en Hispanoamérica, antes destaca el de la Habana y dos en México: el de Mazatlán y el de Puerto Vallarta. En el recorrido encontramos varios parques.

Unas hermosas canchas de tenis a la orilla del mar, afirman la afición de los limeños a este deporte, al igual que casinos muy bien puestos, dejan ver el lado de las apuestas dentro de sus aficiones.

Llegamos al Mercado a comer pasadas las dos de la tarde. Instalados en una mesa impuesta por el mesero, ya que no pudimos sentarnos en una mesa para cuatro. Pedimos, mi esposa un ceviche y yo unas vieiras mixtas: una venía a la parmesana, una a la griega y otra estilo reyana. No sé por qué se me ocurrió, pero pedí una copa de garnacha tinta traída de Cataluña, seguida de un cava. El lugar muy ajetreado, con un ambiente informal. De segundo un pescado cabrío fileteado, con abundantes espinas, tuve que comer despacio y sacando aguijones de todas partes, nada que destacar, buena cocción, sabor sin enamorar.

El viernes, nuestro último día completo, después de una caminata por la avenida José Larco y hacer unas compras de último momento, nos dirigimos a Larcomar, para más tarde caminar rumbo al este, al restaurante Alfresco. Nos sentaron en un rincón maloliente y nos dejaron ahí más de diez minutos sin preguntarnos si queríamos algo de beber, acto seguido, nos levantamos de la mesa al unísono y salimos a tomar un taxi para dirigirnos a Pescados Capitales. Repetimos lugar, aunque cuando llegamos estaba abarrotado de gente en lista de espera, sumado a que queríamos una mesa adentro, y no en la terraza, nos debimos de armar de una buena dosis de paciencia. Algo que con frecuencia me sucede, es que la primera impresión de un lugar me deja mejor sabor de boca que las visitas sucesivas, y este fue el caso. Mi mujer pidió su acostumbrado ceviche, yo una plancha anconera, llevaba calamares, pescado, un par de vieiras a la griega, una en cada costado de la plancha y una cama de patatas. Debo decir que los calamares tenían buena cocción pero estaban escandalosamente salados, las vieiras suaves y jugosas y el pescado nada por qué suspirar. Había pedido una botella de blanco, local, un savignon blanc que nunca llegó, después de una espera de más de 15 minutos se presentó el mesero a ofrecerme otra botella: un moscatel que rechacé. De segundo pedí un pulpo al olivo que devoré.

Preparando pisco sour

Llegamos al hotel a reposar un par de horas y bajar al bar para una clase de pisco sour. Muy fácil de preparar, con buenos resultados: una porción de jarabe de limón, otra de clara de huevo, unas gotas de amargo de angostura y 3 porciones de pisco, este debe ser de uva quebranta, sugerido por la amable y risueña Gabriela, que nos hizo pasar una tarde muy agradable. Todo revuelto en cocteleras, y agregando unas gotas de angostura para quitarle el olor a huevo y un poco de hielo para volver a revolver durante un minuto, quitar los cubos de hielo y servir en copa.

A tragos cortos disfrutamos de los últimos rayos de sol de la tarde, donde la noche caía en las calles de una ciudad llena de movimiento y de gente amable. Por último y para no quedarme con las ganas de probar un vino peruano, pedí que Gabriela me sirviera una copita de malbec. Se trata de una marca muy conocida en Lima, Intipalka malbec 2023 del valle del Sol. Un varietal malbec 100%. Es la primera vez que leo en la contra-etiqueta «malbec , metabisulfito de potasio (SIN 224)». Con 13,0 % de alcohol. Valle Sol «Tierra privilegiada al pie de los Andes, a 500 msnm y más de 60 km de costa». El primer golpe es de bret, se limpia un poco en la copa después de unos minutos, dando fruta negra y hollejos. Es ligero en boca, de final amargo y acidez moderada. Primer vino que pruebo de estas latitudes, sin duda me faltó más de ese espíritu explorador vínico, que por lo regular me aflora, pero que en esta ocasión estaba un poco desconectado.

P.D. Por cierto, siempre me había preguntado, más no investigado hasta este viaje, por qué la fundaron con el nombre de Lima ¿Quizás porque se produce mucho ese cítrico…? No. Hay un río que atraviesa la ciudad que se llama Rímac, nace en las alturas del Ticlio (vertiente occidental de la cordillera de los Andes) y desemboca en el Pacífico. Los españoles fueron cambiando la palabra para que finalmente quedara castellanizada como Lima. Hasta donde he podido investigar.

Para la visita de esta bodega tuvimos la fortuna de contar con un guía que sabía del tema, y no me refiero al común que te recitan un speech de memoria y en cuanto preguntas algo salen de su zona de confort sin saber por donde acabar o inventan un cuento chino. Y nada mejor que utilizar el término speech, ya que no tuvimos otra, más que hacer el tour con un grupo de turistas que hablaban inglés, norteamericanos en su mayoría. La idea era ir al monasterio de Montserrat y visitar una bodega, lástima que las de cava estén un poco más lejos. Luis, el guía, nos explicaba que el término catalán Mas es una finca de campo con algunos elementos: cuadra, lugar donde guardar leña y enseres etc. Copio la definición de Wikipedia: «En las regiones españolas de Cataluña, parte del Aragón oriental y Valencia, un mas es una explotación agraria de tipo tradicional, comprendidos las tierras, los edificios agrícolas y los de residencia. El término deriva del latín mansus, que significa permanecer».

Llegamos poco antes de comer, así que lo primero que hicimos fue pasar a un salón de muros de piedra caliza con vista a la propiedad, sin que se pudiera distinguir el viñedo. Pollo en alguna salsa espesa de vino tinto con una cama de puré de papa ¡Buenísimo…! Antes una crema (no anoté de qué iba, pero estaba sabrosa). Nos dieron un blanquito para refrescar el paladar, no recuerdo que tuviera etiqueta, aunque se trataba de un garnacha blanca: de color pajizo brillante, con aromas de hierba recién cortada, buen paso de boca de acidez comedida. El segundo vino fue un garnacha tinta de nariz tímida, mineral y fruta negra. Un poco diluido, pero resultón.

Hablemos de la bodega, estás tierras pertenecen a la trigésima sexta generación; al principio se dedicaban a la alfarería, motivo por el cual agregaron al logo de la bodega unos jarrones de barro. Tierras que con algún título nobiliario adquirido, les pertenecen desde el año 964. Ubicada en la D.O. Pla de Bages, a unos minutos bajando del monasterio de Montserrat. Una finca de 600 ha y 60 dedicadas al viñedo. Como es de esperar, en esta época del año los viñedos lucen como varas colgadas de las espalderas con sus troncos secos. Una temporada de sequía ha acabado con algunas de las vides plantadas, a tal grado de que han tenido que arrancarlas, suena alarmante sumado a la baja en el consumo de vino en la Unión Europea. Por lo menos es lo que se comenta en los medios. Después de comer caminamos por los viñedos. Nos detuvimos para observar un pago que por el costado izquierdo colinda con una arboleda y por el otro el río. Así que tuvieron que plantar las vides más separadas y con una buena exposición al viento para conservar las vides libres de hongos como el de podredumbre gris. Decía Luis muy convencido; no se trata de plantar las vides de cualquier manera, todo tiene una intención. La tierra es red clay para los norteamericanos del grupo, tierra rojiza podría ser, con una excelente regulación de agua. El último verano llegaron a los 45°C . Recuerdo haber visto plantas de romero alrededor del viñedo. En el pasado, a principios del XX, hubo muchos que abandonaron la vitivinicultura por la filoxera, ese pulgón que se come la raíz de la vid. En promedio cosechan 2 kg por planta, no sé si con desniete, que es lo más probable. A la orilla del viñedo vi un conjunto de cabañitas modernas, se trata de un concepto que han dado por llamar boutique. Muy cara la noche, según dijo Luis, además de que no se ven muy acogedoras por afuera, habrá que probar algún día.

A la izquierda el bosque, del costado derecho una fila de arboles a la orilla del río. Viñedo de cabernet franc conducción en espaldera

Más tarde llegamos a un edificio donde caminamos sobre un piso de vidrio templado encima de las cubas de acero inoxidable, en esos momentos vacías; la época del año más agitada, cuando se vendimia, fermenta el mosto y el enólogo corre de un lugar a otro ha pasado. Después pudimos observar un salón con varias barricas, una en especial me llamó la atención por su forma y su tamaño. Luis nos explicaba que esa geometría de la barrica y el tamaño son propicias para que el vino tenga una mejor crianza.

Del otro lado nos mostró una máquina, parecida a las despalilladoras, se trata de una seleccionadora, con la novedad de que ésta clasifica el grano de la uva desechando las que no se ajusten a los parámetros que marque el enólogo. Debo confesar que es la primera vez que veo algo así. Se puede ver en la foto que no es muy grande y es muy parecida a una máquina despalilladora tradicional. Hace unos años me sorprendía que en las tolvas receptoras hubieran añadido imanes para limpiar de clavos y alambres los racimos que llegaban a la planta, cada vez más abandonan la intervención del hombre en el proceso. Su producción es de un 70% tintos, y de unas 130 mil botellas al año. El pasado con la severa sequía produjeron sólo 40 mil. La tienda como casi todas, ofrece desde botellas producto de la bodega hasta camisetas, gorras y todo tipo de accesorios. Me llamó la atención una botella de etiqueta roja, que no pude probar pero que me hubiera encantado traer a mi cava. Se trata de una tinto con una uva bastante rara: picapoll negre. Una uva en proceso de recuperación, ya que estaba casi desaparecida en la región. Autóctona de las regiones francesas del Laguedoc y de la Provenza. Cuyas características dan vinos ligeros, y con poca intensidad colorante, con buena acidez (según describen internet). Especial Picapoll 2019 de 60 € la botella. Parece que esta variedad la mezclan con todos sus vinos, incluyendo los blancos. No la probamos en la degustación que a continuación narraré, pero por alguna razón no la metí al carrito y pensé erróneamente que lo encontraría después. Había una caja con seis botellas de vino por 690 €, con una muy particular: una botella baja y panzona de un vino que en la etiqueta se puede leer «Orange Wine» quiero pensar que es del estilo de vino blanco macerado al extremo que hacen los italianos. Cuyo precio me pareció muy alto 230 €.

Pasamos a un cuarto de paredes circulares no muy grande, que utilizaban en la Edad Media para vinificar. Hasta que llegó la hora de probar algunas cositas de la bodega en otro salón más ad hoc y que a mis espaldas se encontraba una colección de barricas donde reposan algunos vinos exclusivos para el consumo de los dueños de la bodega. Empezamos con un blanco cuya etiqueta no indica nada, pero que en la contraetiqueta aparece: Les Barraques garnacha blanca y picapoll negre 2022. Un vino orgánico con 13 grados de alcohol. Amarillo pálido, manzana verde de acidez baja y un poco diluido. El segundo fue un tinto Bernat 2019 también de vitivinicultores ecológicos, marca muy claro en la etiqueta. A diferencia del otro ésta sí cuenta con bastante información. Huele a refresco de cola, zarzamora. En boca es muy redondo, buen tanino, acidez y alcohol, recuerdos de pastel de fruta. Para comprar una botellita. Por último probamos un tinto Ròmia 2019 cuya contraetiqueta trae una curiosa tabla del clima de la añada: «Climograma de L´anyada» que vendría a ser el tiempo que hizo, para ser más correctos. El primer golpe es madera, después barro, hollejos y fruta negra, y una nota a tocino, en boca es frutal de acidez comedida. Repetible. Precio 60 €. Me explicaba Luis que se cosechan las mejores uvas de aquí y de allá, pero no tiene un pago en particular, al estilo del Cirsion, el buque insignia de Roda.

Siento mucho no haber podido compartir una buena botellita con mi amigo Paco Higón, a quien aprecio y que infortunadamente las últimas dos visitas a España no he podido ver. No recordaba, a pesar de que he hecho ese trayecto, que Valencia está tan lejos, a 350 km, unas 4 horas de Barcelona. Será para la próxima, cuando venga exclusivamente a pasear por las bodegas cercanas a Valencia.

A manera de posdata, quiero decir que la tienda de vinos cerca del hotel es una tienda pequeña, pero tan cuidada que dan ganas de estar del otro lado del mostrador. Allí he comprado varios tintos que lleve para beber en la habitación y un Embruix de Vall Llach 2021 que llevo a México, ese gran vino de Porrera que siempre me ha dejado más que satisfecho. Aquí acabo la reseña de la visita a esta bodega, que me parece de lo más interesante, me gustaría volver para la vendimia de 2024, ver los racimos y el sol en todo su esplendor pero sin los 45°C del verano pasado ¡Abur!

La primera vez que pisé tierras catalanas fue por el año de 1988. Mis recuerdos son muy vagos: contaba con algo más de veinte años. Sería ocioso pensar en hacer alguna comparación de la Ciudad Condal de aquella época y la de hoy. Lo cierto es que muchos catalanes están convencidos de que los Juegos Olímpicos de 1992 inscribieron a esta ciudad dentro del panorama turístico. Ciudad fundada por romanos, y región norteña por donde desembarcó Publio Cornelio Escipión (Ampurias) en Hispania. Por la zona de las vías férreas a las afueras de la ciudad se construyó la Villa Olímpica del Pueblo Nuevo. Es la primera vez que visito Barcelona en compañía de mi hijo, entusiasta de la arquitectura y de todo lo que tiene que ver con el arte, la historia y la buena comida.

La Barceloneta, al fondo torre del hotel W.

Por otro lado, el pabellón de Alemania en Barcelona diseñado por Ludwig Mies Van Der Rohe en 1929, icono de la arquitectura, fue desmontado como suelen hacer en dichas ferias. Pero muchos años después, en 1986, fue reconstruido para deleite de miles de visitantes que hoy en día observan boquiabiertos dibujando sentados en el piso, y otros tantos orientales haciendo fotos en cada uno de sus rincones.

Sin duda alguna Barcelona es una ciudad con muchos atractivos, como las obras de Gaudí. Arquitecto a quien veneran y rinden culto a su memoria propios y extraños, catalanes o chinos, o por qué no paquistaníes, que dicho sea abundan por todos lados en la ciudad desde que se relajaron los controles de las aduanas.

La Sagrada Familia luce majestuosa desde algunas cuadras atrás, antes de llegar a verla de frente, desde el parque aledaño, en todo su esplendor. Debo confesar que, sin menoscabo de su impresionante fachada, me ha parecido una joya en su interior. Esos «letreros» alusivos a las Sagradas Escrituras no acaban de convencerme. Pero empecemos a caminar buscando las ofertas culinarias… Desde el barrio Gótico hasta Montjuic, del parque Güell a la Barceloneta o al monumento a Colón… No es un secreto que las grandes ciudades con aires cosmopolitas acaben por asfixiarme. Sobre todo si se trata de comer un buen entrante y segundo plato de buena calidad a precios comedidos en zonas difíciles; eminentemente turísticas; son sólo bares para una tapa a mediodía con una caña bien fría copeteada de espuma, o en este caso con un cava seco hasta el tuétano (brut nature).

Primera escala

Menú del día decente por menos de 15€ es cada vez más escaso. Con los efectos de tres comidas, con pequeñas raciones plastificadas, calentadas en microondas durante el servicio abordo del avión y semi-deshidratados nos han obligado a hacer la primera escala de manera urgente. Copita de tinto en vidrio y no en vaso de plástico. Parece que no he anotado nada de él en mi libreta, he puesto más atención a la tortilla y el pan con tomate que al vino, ¿será el hambre…? Después de la escala en los pits seguimos deambulando por la calle mientras comenzaba a caer la tarde. Compramos la obligada tarjeta del teléfono para estar en todo momento conectados, y poder buscar direcciones sin molestas interrupciones. Volvió el hambre y entramos a Varela en la plaza de Molina. Nos sentamos en una mesita con vista a las luces de la ciudad, que para ese momento ya casi daban las 8:00. Un Bru de Tardor 2022 un garnacha sin madera: limpio, térreo, con ciruela madura y excelente acidez, de lo mejor del Penedés que he probado. Después y cumpliendo mi propósito de beber un cavita en cada comida. Apenas pude ver la etiqueta de reojo: Torello ideal para limpiar el paladar. Seco, con notas de pan tostado… Jamón ibérico con un plato de sardinas al lado, no me pregunten si maridó con el tinto.

Después de recorrer a pie algunos kilómetros llegamos una mañana a la Aguja de Calatrava, que es en realidad una torre de comunicaciones de la compañía Telefónica; con sus 136 m a la punta, y grafiti en su base. Ese día comimos en el Suarna, situado en una esquina. Único lugar donde tuvimos que esperar mesa, pero valió la pena. Pedimos la comida corrida por 22€: paleta de ternera bañada con un cava muy planito, de burbuja grande, seco, diluido. Al pedir una copita de tinto, me arrimaron una botella de Coto Elosegi y la dejaron en la mesa, sin pena ni gloria, sólo para pasar la grasita de la paleta. Pero hizo trasladarme a la España de algunos años atrás. La última vez que estuve por aquí fue en 2004, nada menos que hace veinte años, donde no eran raras las botellas de vino esperando a los comensales reposando sobre la mesa, dispuestas a regar la comida del día. La tomabas, o mejor dicho por estas latitudes: la descorchabas o pasabas de largo, muchos la bebían como yo. He anotado en la libreta un Sinols Negre 2022, como pueden ver no pierdo oportunidad de consumir lo que estas tierras producen, suena lógico, lo es. Imaginémonos que sólo pidiera riojas o riberas… Sinols Negre de Emporda, tiene ese olor a licorella, a fruta negra madura, amplio en boca y con ese apretón amargo al final. He dicho que he anotado en la libreta este vino, pero no he anotado el lugar donde lo probé… cosas de la edad.

El domingo hasta hace algunos años todo estaba cerrado a cal y canto, otra de las cosas que ha cambiado; han aprendido de los gringos que hay que espabilar y abrir las cortinas de los negocios. No todas, pero sí la mayoría de las tiendas del barrio Gótico están abiertas. El Corte Inglés de plaza Cataluña permanece cerrado el día del Señor. Nos metimos a L’ Escorial y pedí una copita de Segura Viudas Brut con abundante burbuja, color pajizo, bone dry, cítrica y firme. Repetible. Pasó bien la tortilla y el pan tomate; pan cristal del porosito. Parecería que nos pasamos a otro bar en poco tiempo, pero nos llevó una buena caminata bobeando por los aparadores lo que de este lado del charco no tenemos, o tenemos de manera limitada: Quesos artesanales, jamones colgados, panaderías puestas con todo esmero, bares a media luz repletos de gente en la barra, etc. Así llegamos a comer a Bar Brutale, un lugar pequeño pero muy acogedor, de mesas juntas una pegada a la otra donde parece no haber intimidad, pero que al poco de estar te acostumbras, y al final se te olvida. Parece ser que es una cadena internacional con una buena carta de bebidas y platillos. Probé un Parrellatxa 2022 vinificado con garnacha tinta, parellada y garnacha blanca, de la Conca de Barbera. Me han llamado siempre la atención los tintos con algo de uva blanca como los Côte Rôtie que se vinifican con una pizca de viogner. En el caso de Parelltxa: las blancas garnacha blanca y parellada con la garnacha tinta. Huele a caza con pelo, almizcle y un fondo térreo muy sabroso, de tanino mullido y excelente acidez. Bajó bien la paletilla con terrina y cuatro quesos.

Al otro día se nos ocurrió hacer una parada en la cafetería Picasso, en contraesquina de la Sagrada Familia. Mala idea aunque ya se sabe que en esos lugares a tiro de piedra de lugares santuario para turistas le sacan a uno los ojos. Cava Roger Flor Brut Nature: de burbuja fina y pero escasa, seco, cítrico; como para una cajita.

Recorrimos la calle rumbo a la Pedrera, aunque ya no recuerdo si fue el metro o autobús que nos acercó al sitio. Hicimos una escala antes para refrescar la garganta. Aunque en este caso no haya anotado, que no se trataba de la genial obra de Gaudí, sino de un restaurante del mismo nombre. Pedí una flauta de Juvé & Camps, rosé con algo de pinot noir. Color salmón, de burbuja fina y persistente, fresa, durazno pero le faltaba acidez; armazón al conjunto, aunque se bebe bien.

Ese mismo día comimos en uno de los restaurantes que están en la lista de los favoritos. Fuera del bullicio y alejado de los turistas. Casa Pepe con sus mesas con sombrilla en la calle y un recibidor con una gran barra, al lado están dispuestas dos piernas de jamón bellotero Cinco Jotas, listas para ser cortadas y llevadas en platos en forma espiral, como debe hacer un digno maestro jamonero, y en cuyo centro aparece la silueta de un cerdo pata negra una vez acabada la ración, en alusión a cómo podrán verse en un mes de estancia en España…

Quizás una advertencia de cómo podría acabar si sigo comiendo jamón.

Pedí un cava rosado que al ver la etiqueta me di cuenta que se trataba de un vino ecológico, fuera de ese detalle, que para mi no tiene la menor importancia, se trata de un cava de burbuja abundante, notas de piel de naranja, fresas, de buen ataque en boca y cítrico, no muy seco. Comí una rica ensalada de burratina (queso parecido al mozzarella) con tomates y lechugas bañados con vinagre balsámico y aceite extra virgen. Después una exquisita merluza, y a mí como eso del maridaje no me preocupa, al menos que sea muy explosivo, bebí un tinto Oinoz 2015. Un riojanito un poco áspero de entrada zarzamora y de buena acidez, en su conjunto repetible.

Esa textura que invita a devorar el plato para que aparezca el cerdito patanegra…

Para pedir jamón es necesario ver la pierna dispuesta en algún rincón del establecimiento, una forma de saber que tendrá ese color brillante y estará en su punto sin oxidarse y mucho menos sacada del refrigerador como hay quien acostumbra hacerlo. Dos platos, apenas para satisfacer el antojo.

Bellesguard con su torre dragón

El martes por la mañana subimos por una pendiente casi tan empinada como la ruta para llegar al parque Güell. En esta ocasión visitamos otra obra de Gaudí, abierta hace poco al público: Bellesguard o Bella Vista en castellano. La parte de arriba ha quedado inconclusa, detalles que Gaudí no hubiera permitido que quedara tan rústico, delatan el hecho. Me encantan los salones de fumar del siglo XIX, lugares acogedores que solía encargar la aristocracia a los arquitectos, para pasar largos ratos charlando. Un jardín con coníferas y piso de canto rodado, una banca semicircular cubierta con pedacería de mosaico blanco, cuya acústica sorprende: puede uno sentado, charlar de un extremo a otro sin levantar la voz.

El último día de enero descubrimos un bar que no era de cadena, como en el que acostumbrábamos a desayunar, doblando la esquina del hotel. Su cercanía hizo que fuéramos los primeros días. El contraste es palpable en la cafetería El pilar, en la calle de Balmes, nos sirvieron la mejor tortilla hasta ese momento, suave por dentro y en su punto por fuera. Dicho sea, mi primera compra fue una tapa para voltear la tortilla, elemento indispensable a la hora de cocinarla. Tortilla por la mañana que acompañada de un buen café con leche, para caminar por la calle hasta que dieran las once para meternos a un bar por un cava.

Continuará…

Casa Vicens fue la primera que diseñó y construyó Gaudí, por el año de 1885. Escondida en una estrecha calle, apenas asoma para invitarnos a recorrerla. Originalmente el terreno era mucho más grande, como se puede apreciar en una maqueta en uno de sus salones, pero la ciudad ha ido creciendo y ahogando está bella construcción. Rodeada de una verja de forja con motivos en forma de hoja de palmera, y varias fuentes exteriores. Tiene uno de los salones de fumadores más acogedores; de formas florales en el plafón. Pude imaginar a la gente sentada fumando, en medio de una charla acalorada sobre los temas más diversos. Sin duda es una de mis preferidas junto con la Bellesguard. Saliendo de allí caminamos calle abajo y no recuerdo si tomamos el metro, pero parece que fue el bus para llegar a otra zona: a la Barceloneta, la playa mediterránea. No había mucha gente y la que había deambulaba por la calle buscando restaurantes, que abundan en la zona, pero no es buena idea comer allí. Los propietarios y a veces los camareros salen al encuentro con el menú en mano, tratando a toda costa de convencer a los peatones de entrar y ocupar una mesa. Uno de ellos, de los pocos españoles que vi, comentó que casi todos eran restaurantes de la mafia paquistaní o india, y que él tenía la mejor paella… pasamos de largo, pero mi hijo insistió en que entráramos. Y así

fue, entramos en Portonovo, el dueño era el único español, los camareros apenas balbuceaban algunas palabras en castellano. Mal atendidos, aunque debo reconocer que la paella marinera no estaba mal. Pedí un vino blanco que resultó diluido, y un cavita; ambos anónimos. La comunicación con los camareros fue difusa y errática. Al pedir agua, dejó caer una botella de plástico en la mesa, sin servirla en un vaso con hielos como debe ser. Después salimos rumbo a la Torre Agbar, del arquitecto francés Jean Novel, de forma de lápiz labial, en el último piso hay un gran mirador de 360 grados, de donde se puede ver toda Barcelona. En la base de las ventanas había indicaciones de las calles y edificios principales para poder identificarlas.

Hay una tienda muy importante de vinos en La Diagonal, o por lo menos eso pensaba, se trata de una cadena con sede en Paris, La Vinia. Recuerdo haberla conocido en la zona de la Opera. Tiene, además de su infinita variedad de vinos, muestras de vinos todo el tiempo con gente enterada del tema, y hablando de la tienda de Paris, una sección donde se puede comer. Hay una en Madrid y había otra en Barcelona, en La Diagonal. Buscando en Google, mi hijo me llevó hasta donde parecía que se encontraba, me extrañaba no haber salido del barrio Gótico, pero para mi sorpresa me llevó a La Vinya del Seyor, ubicada en la Plaza Santa María, frente a la basílica de Santa María del Pi de estilo gótico, construida durante el siglo XIV. Lugar abarrotado en aquella primera ocasión, invitado por varios foreros que participaban en Verema.com. En esa ocasión bebí un par de copas, y el bullicio no me permitió apreciar en su justa dimensión este bar de vinos, de lo mejor en Barcelona, con una carta que denota el esmero de quien la diseñó. Pero esta vez estaba casi vacío así que nos sentamos en la barra y pedí un Fondillón. La mujer de la barra, una joven de ojos azules, se quedó muda por unos segundos, hasta que se acercó quien parecía ser el dueño, diciéndole que se trataba de un vino rancio de Alicante vinificado con monastrell. Se metieron al almacén y sacaron un Fondillón Reserva 1964. Después de servirme una copa, le sirvió un poco a ella para que supiera de qué se trataba, una excelente práctica para que el personal esté bien enterado de los vinos menos comunes.

Gran Fondillón Reserva 1964 D.O. Alicante

Por 12 € he bebido una joya, todo lo que pueda decir me quedaría corto. Color ocre con destellos dorados, turbio y espeso. Huele a avellanas, granos de café tostado, flan de caramelo, en boca el alcohol está muy bien integrado, un ataque terso pero firme, un paso de boca elegante con la acidez precisa y un final eterno ¡Quiero diez cajas…! Lástima que fue la única botella que había. Pregunté entonces si había alguna tienda donde pudiera conseguir algún Fondillón. La señorita de ojos azules me llevó personalmente unos metros arriba a Vila Vini Teca. Se trata de una tienda fundada en 1932 que tiene una enorme variedad de vinos. Pero ese Fondillón que acababa de disfrutar no figuraba en la lista, de hecho sólo tenían dos: Recóndita Armonía de Gutiérrez de la vega, añadas: 2010 y 2011 por 40 € cada uno, sin perder el tiempo escogí el 2010 y un Amontillado del Puerto de la bodega Lastau, Single Cask bota 1 / solera 1/3 / Saca Septiembre 2022 / con el nombre del Celler Master Sergio Martínez. Ya contaré el glorioso día que toque descorcharlo. Aprovechando que el dueño estaba dispuesto a contestar preguntas, charlamos largo rato, yo le pregunté sobre La Vinia, y su repuesta me desconcertó: me dijo que ya había cerrado. Algo que no podía creer… Al parecer el dueño original había muerto y su hija se había hecho cargo del consorcio. El caso es que ya no podré conocer La Vinia de Barcelona.

Otro lugar a destacar, aunque menos enfocado a la variedad del vino y sí más comercial, es El Xampanyet, fundado en 1929, conocido de muchos turistas. Con su letrero colgado en la entrada: Hay cervesa fresca de barril. El día que fuimos ya pasado del mediodía, tuvimos suerte de encontrar una mesa y dos sillas periqueras vacías. Llegamos con mucha hambre y pedimos un buen repertorio: Pallets cansalda, barquetes, pan con tomate (3 órdenes), patates escalibada, ancxoves, olivas mixtas calamares samfaina. Bañado con un cava rosado Albert i Noya rematando con dos copas de tinto El Veinat 2022, con tantos platos sobre la mesa no pude anotar en la libretita. La verdad es que todo estuvo delicioso.

Un viernes por la mañana salimos del hotel muy temprano para la estación del norte, donde nos subimos a un autobús que nos llevó por un tour al monasterio benedictino de Montserrat, construido en 1025, y que goza de unas vistas espectaculares. La niebla cubría al principio todo el valle, pero en la medida que fue despejándose pudimos observar los picos redondeados de la montaña; eso al acercarnos y también al alejarnos por una carretera distinta a la que habíamos llegado al santuario. La virgen de Montserrat morena por el supuesto humo de velas a la que estuvo expuesta, según nos contaba el guía, ya que originalmente lucía con la piel blanca. Una virgen muy pequeña físicamente pero grande en importancia para los catalanes. Pequeña si tomamos en cuenta el tamaño de la nave, donde apenas si se puede apreciar en el retablo.

De regreso visitamos una bodega que está en las faldas de la montaña, pero será una entrada aparte, ya que tengo mucha información y vale la pena un apartado especial.

Continuará la última parte.

Fuente de mercurio, Fundación Miró

Colina abajo, de vuelta hacía Barcelona rumbo a Manresa, se puede ver la cordillera que forman los picos redondeados donde se enclava el santuario de Montserrat, de repente se pierden en el horizonte de espaldas al autobús, y así llegamos a la bodega Heretat Oller del Mas, una bodega muy interesante desde el origen de esas tierras que han sido propiedad de la familia desde finales del siglo X (964). Hay tanto que contar de esta bodega, que lo dejo para una entrada aparte. «En el Norte se come muy bien…» ¿Cuántas veces hemos oído esa frase? Sin embrago puedo decirles que hay de todo en la viña del Señor. Nunca he recomendado comer en las zonas más turísticas de la ciudad, por obvias razones: precios altos, lugares abarrotados de gente, descuido en el servicio (no siempre), comida adaptada a cánones comerciales etc. etc. Pero hay otros sitios donde no es tan obvio que pudiera salir algo mal. Fue el caso del Bar Galicia, en la Av del Paralelo 131. A pesar de que goza de varias estrellitas en Google fue de los peores lugares para comer. Pedí un caldo gallego que traía tres alubias pequeñitas, por arriba estaba caliente y al meter la cuchara más abajo estaba frío. Seña inconfundible de que habían calentado el plato en microondas, situación que comprobé más tarde, cuando no dejaban de meter platos servidos al microondas. Al pedirle al camarero una copita de vino tinto de la región, contestó sin ningún pudor que en Cataluña no se hacía buen vino, como sí se hace en Rioja y Ribera. No dejaba de tocarse la nariz y por supuesto no se lavaba las manos. Un desastre, aunque a mi hijo le gustaron los mini pulpos en una salsa espesa. Salimos a caminar para llegar al museo de la fundación Joan Miró, debimos subir al bus, pero la pendiente para llegar era infame. Las tres alubias se habían consumido en la quema de calorías con tanto esfuerzo. El museo es muy bonito, el techo formado por múltiples dovelas y entradas de luz cenital. La muestra vale la pena, aún para quienes no gustamos mucho del modernismo y del surrealismo de Picasso, ya no digamos del cubismo. Pero sin duda vale la pena, la muestra es extensa y muy bien expuesta. Refiriéndome al triunvirato Dalí (aunque no está en esta muestra) Picasso y Miró, aunque tampoco sea un crítico de arte, de más a menos me gustan en ese orden. Yo sé que me pueden decir que cada uno tuvo sus etapas y todo el contexto que los llevó a hacer lo que hicieron, yo sólo hablo de estética, nada más. Pasando a otras cosas quisiera hablar del tiempo, ya que no sufrimos de frío, resulta que entre la sequía y otros fenómenos meteorológicas, sobraba la ropa de invierno. Situación que afecta a una región cuyas costumbres están adaptadas al frío en estas fechas. Por ejemplo: la floración temprana de los almendros provocará que en algún momento que aparezca el frío, afecte la fruta, además de que mermará la cantidad además de la calidad. Otro problema que leí en los periódicos y vi por la TV, es el irracional bloqueo con tractores, de productos españoles en las carreteras que llevan a Paris. A tal grado que hay quienes se atrevían a derramar todo el vino de un camión cisterna procedente de España, sin que la policía francesa hiciera algo. A los pocos días comenzaron en Castilla y León a salir a las carreteras en sus tractores, bloqueando el tránsito. Algo huele mal en las regulaciones y la falta de apoyo en la Comunidad Económica Europea.

Mixtas y tarro con fuet
La chica de ojos azules

Volvimos a La Vinya del Senyor. En la carta de vinos aparecen dos medidas: 9 y 18 cl, en otros casos como la manzanilla: 7 y 14 cl. Comencé con una saca de invierno de manzanilla Solear, esto quiere decir que no está filtrada y es una muestra de invierno. Oro viejo, brillante. Huele a yodo, barro. En boca es amplio, almendras, con un punto calizo muy sabroso. Con una orden mixta de olivas fue de maravilla. Después me pusieron una copita de Llopart Brut Nature Reserva 8 € por 18cl. Firme y refrescante. Y cerré con un castaño dulce, que aunque no se asomaba a la profundidad del fondillón me recordó a un Pedro Ximénez joven, sin el olor a caucho. Huele a ciruela pasa, notas de granos de café, bastante dulce y de buena acidez. Pedí unas patatas con pimentón de la Vera, pero le hacía falta un chorrito de aceite de oliva para que el pimentón se integrara.

Gran selección de quesos artesanales de todas partes de Europa

Gran selección de quesos artesanales, bien conservados

Los últimos días descubrimos una fromagerie nombre que le dan los catalanes y franceses a un establecimiento donde venden quesos, de nombre Can Luc, bastante escondida para mi gusto. Pero no venden cualquier tipo de quesos; tiene una buena variedad y todos artesanales. Nos hicimos de varios durante las cuatro noches que cenamos en la habitación del hotel, a destacar: Un Zamorano de leche de oveja, curado, de textura granulosa, saladito y fuerte en el paladar. Un catalán de Tarragona: Serra Tormo, cremoso, persistente y untuoso. Con un Bruixola 2018. Se trata de un vino del Priorato que huele a barro, pimiento, fruta roja muy madura, en boca es equilibrado y de acidez exquisita. El pan también artesanal y comprado a la vuelta de Can Luc. 

Estive del Vasco del lado francés, un queso de oveja. Los quesos de oveja son muy comunes en Europa, más fáciles de digerir que los de leche de vaca. La leche de cabra sólo representa el 3% de la leche que se consume en Europa, y se emplea principalmente para la elaboración de quesos. La leche más consumida era la de oveja, hasta el siglo XIX, cuando se incorporaron las vacas frisonas (las de manchas negras y blancas) y crece el consumo de su leche, además de su alta producción, en algunos lugares alcanza los 20 mil litros anuales por vaca, aunque en promedio esta en 12 mil litros.

Probamos el Cantell, de Meresme, elaborado con leche de cabra. Parecido en textura y sabor al parmesano, aunque un poco más suave al paladar. Después de probar un buen queso artesanal con recuerdos de hierbas y pastos por donde suben a la montaña para alimentarse, es difícil volver a ver con los mismos ojos los quesos que venden empaquetados al alto vacío de grandes producciones, sumado al frío con el que se suelen comer, sin esperar a que tome la temperatura de la habitación… Pero no siempre están a la mano estos quesos artesanales, por desgracia.

Además de la exhibición de pinturas de la fundación Miró visitamos algunos museos más. La muestra en el Museo Nacional de Arte de Cataluña de la colección de Joaquín Cabot, me llamó la atención. Se trata de una de las colecciones privadas más grandes que he visto en mi vida, y hay todo tipo de objetos: monedas, sombreros, cerámica, bastones, abanicos, cajas de cerillos, sellos y un largo etc. Todo era propiedad del señor Cabot.

Tanto El Museo de Cera como el Acuario, los dejaría al final, en caso de que no haya algo mejor que hacer; me parecen dos sitios que se pueden visitar en casi todas las grandes ciudades, y aunque hay excepciones preferiría conocer otros lugares. Aún así los visitamos, entre las figuras del Museo de Cera, el parecido de Picasso, Dalí y Gandhi es asombroso.

Hablando de Modernismo visité El Palacio de la Música por recomendación de un amigo. Abierto al público para todos los visitantes. Un impresionante vitral en el centro del plafón decora la sala de conciertos, tiene un aforo de 500 personas. Construido entre 1905 y 1908, en plena efervescencia de este estilo y cuando la economía estaba en jauja. Vale la pena.

Un sitio dónde comer en el barrio gótico puede ser El Portalón, fundado en 1890, según cuentan. Se trata de un sitio informal, limpio, que le recuerda a los comensales a cada momento que están en una tasca bien iluminada y sin raros olores, donde comen y beben como Dios manda. Pedí un estofado de rabo de toro, un poco grasoso pero con excelente materia prima y una buena cocción, regado con un tinto afrutado que hizo que pasara de maravilla. Un tinto facilón de trago largo Terra de Pau (Costers del Segre), por 3.85 € la copa cumple con creces, con un poco de aire mejora. Saliendo invité a mi hijo a un helado, no hay que dejar pasar la oportunidad de probar un helado de nata italiano en los Helados Elisa, y aunque no soy de postres estaba para chuparse los dedos.

Una mañana leyendo el periódico, pensé que sería buena idea ir a un restaurante gallego, buscando pescado y mariscos. Al ver los mapas de Google me advirtió que había uno a menos de cuatro cuadras del hotel. Así que a la hora de la comida nos enfilamos hacia allá.

Present Restaurante. Es un local pequeño, con apenas cinco mesas de cuatro comensales cada una, magníficamente atendidos en la sala por Aranxa, quien después de servir el platillo, explicaba minuciosamente su contenido. Como podrán imaginarse es cocina petit. De esa que sabe a gloria pero en raciones de dedal. En este caso abrí con una crema de calabaza con un huevo tierno y alcaparras, y de segundo un bacalao en cama de pil pil de coliflor, combinada con el mismo colágeno del pescado, coliflor asada y una rama de berro de agua. No estoy muy acostumbrado al bacalao fresco, pero cada vez que tengo oportunidad lo pido. Maridó exquisitamente con un cava Gramona Brut Nature. De color amarillo pálido, burbuja muy fina y persistente, en boca manzana verde, y un golpe calizo de gis, cosquilleo del CO2 en boca muy presente. Después pedí una copa de tinto: Boyante 2022. Rioja, muy frutal, primer golpe a humo y hollejos de capa alta. De postre, tarta de queso con ralladura de limón. Excelente atención por parte de Aranxa, para volver.

El último día decidimos repetir en Casa Pepe, y como suele pasar nos gustó más la primera vez. Al pedir la carta nos dijeron que no tenían ya que era un restaurante charcutería. No recordamos si la primera visita nos habían dado carta… Abrí con el último cava en la comida del viaje: Rexach Baqués Reserva Brut Imperial, título rimbombante… He anotado que tenía abundante burbuja y de paladar seco. Seguí con un Ximénez-Spinola 2022, para acompañar un jamón Cinco Jotas recién cortado y puesto en la mesa. Amarillo pajizo brillante, primera nota en boca de un amontillado ligero, excelente paso y final eterno, de buen cuerpo, graso. Solomillo, butifarra y pimientos del piquillo; último día ¡ya nos pondremos a dieta! y para rematar con el mismo vino un queso alsaciano de pasta dura y saladito, al lado un manchego semi-curado y una ración de pan crujiente, aaah y lo último un café solo, como sólo lo hacen aquí. Quedará pendiente la crónica de la visita a la bodega. Nos vamos de regreso ¡Abur!

Hace tiempo escribí algunas entradas donde trataba varios temas a la vez, tituladas: Miscelánea y Peculiaridades Diversas, en ambas llegué hasta la quinta entrega. Pues bien, hoy vuelvo a escribir sobre varios asuntos que trataré de darles coherencia y siguiendo el hilo vuelvo con el título de Peculiaridades Diversas, en este caso la VI. Estando hurgando entre los papeles de mi oficina, con cierta nostalgia emigraré a la biblioteca de casa, encontré más de un centenar de tarjetas de presentación. Hoy es raro que alguien extienda su mano para ofrecernos la suya. Prefieren las redes sociales y el Air Drop para «transmitirnos» sus datos. La selección como dije antes, es amplia, desde direcciones y teléfonos locales hasta lugares tan alejados como Argentina y Francia, vivo en México, para quienes me leen en España que les quedan a un paso los franceses.

Leo en la primera tarjeta de presentación: Paseo de compras, dos números de teléfono celulares y un correo electrónico en la parte inferior, un taxi dibujado de costado y el nombre de Daniel Abrahim Chá. Un buen hombre que conocimos la primera mañana de nuestro viaje a Buenos Aires, recorriendo con mi esposa alguna bulliciosa calle cerca del hotel donde nos hospedamos. Después de nuestra tormentosa llegada la noche anterior, cuando abordamos un taxi del aeropuerto. El chofer; un tipo (el reverso de la moneda) nos quiso estafar contándonos una triste historia sobre su pequeña hija enferma y hospitalizada desde hacía mucho tiempo. Después de dar varias vueltas en círculo, sin que pudiéramos llegar al hotel y engordando la cuenta del taxímetro. Con una cara larga quería saber si podíamos cooperar con algunos dólares para el tratamiento médico de su criatura… Daniel, un uruguayo dispuesto a llevarnos hasta el último rincón de aquella ciudad porteña, aunque debo de reconocer que tenía algunas lagunas sobre los lugares más turísticos. Un día cerca de las doce nos llevó a un bar, pensando que se trataba de un museo. Otro día le hice una pregunta capciosa: ¿Conoce la tumba de Borges..? Sí debe estar en la Recoleta… Cuando en realidad estábamos a miles de kilómetros de distancia.

La segunda tarjeta: Bodegas de los Reyes, Javier Hernández Zufía, gerente, calle de los Reyes 6. Una tienda de vinos en el corazón de Madrid. Entré una mañana solo, apenas pude ver al fondo que limpiaban afanosamente lo que quedaba de una cata multitudinaria de la noche anterior. De los vinos francamente no me acuerdo, pero no se trataba de los que encuentras en cualquier tienda.

Gabriel´s Wine & Spirits, Brian Tarver, 445 Walzem Rd. San Antonio Texas. Una extensa tienda de vinos y licores rumbo a Austin. Llevaba ya algunas botellas en el carrito cuando mr. Traver se acercó a romper el hielo. Por mi parte lo desafié diciéndole: If you have a Petrus for less than one thousand bucks, I will buy it… Ni tardo ni perezoso me trajo una 2001. Que dicho sea ya pasó a la historia en la cata 234. Hoy en día no podría comprarla por ese precio ni de broma. Y hablando de costos y precios… Acabo de leer en la página 87 de The World Atlas of Wine octava edición, de Hugh Johnson, que el costo de producción de un vino segundón de Burdeos (second growth) es de 16€. A pesar de que los «segundones» resulten muchas veces mejores que los premier cru es un negocio muy lucrativo, tomando en cuenta que hoy no bajan de 200 dólares, pongamos de ejemplo un Pichon Longueville o un Rauzan-Segla.

Caja de Ahorros del Mediterráneo, Antonio Tellez alias Bosconio. Hombre entusiasta, miembro de Verema.com al igual que yo por los inicios del año 2001, y a quien conocí tres años más tarde en la bella ciudad de Valencia. Una sabrosa charla como viejos amigos, degustando una docena de copitas, exquisitos platillos, eso sí de tamaño de dedales, y al final un puro cortado por la sumiller segundo lugar nacional de España.

Aunque aparezca en la tarjeta el nombre de Ana López Cano, Vinos Finos R. López Heredía Viña Tondonia S.A. Av. de Vizcaya 3, conocí en persona a la señora María José López Heredia. Aquí si quisiera extenderme, ya que el año anterior, 2004, había conocido la bodega pero no había tenido la fortuna de platicar con ella, tenía de visita a un grupo de esos que compran para importar varias cajas a su país. Fuimos atendidos muy amablemente en aquella ocasión pero no tuve el gusto de conocerla . Volví aquel verano de 2005 y no sólo la conocí, sino que coincidió con su aniversario. Para celebrarlo sacó de la bodega un Bosconia 1968. Agradeceré toda la vida su generosidad y aquellos bellos instantes que tuve la fortuna para charlar con ella y ser inmerecidamente obsequiado con un Bosconia y un Tondonia ambos añada 1964, año en que llegué a este caótico mundo. Todavía guardo el Bosconia para mis 60 años. Fue una tarde inolvidable.

Muy cerca de allí, en La Serna. Viñedos Del Contino, S.A. Jesús Madrazo Mateo, enólogo y parte toral de la bodega. Gran anfitrión y un buen amigo. Me acuerdo que observando pasmado el pago de Viña del Olivo, bautizado así por el majestuoso árbol que extiende sus ramas sobre algunas vides, le pregunté si podían reposar mis cenizas algún día al pie de ese olivo. Jesús me miró asombrado asintiendo. Pero yo en son de broma le dije que al final no sería buena idea que quienes compraran ese vino a partir de esa añada, se llevaran mis recuerdos en cada copa.

Berry Bros & Rudd, Wine & spirit merchants, Matthew Foster. Al leer los datos de esta tarjeta recuerdo que caminaba en medio del frío, era muy temprano y el avión salía de regreso en 4 horas. Así que caminando como dicen los ingleses down the street entré a la primera tienda. Todos sentados en sus estrechos escritorios con su diadema pendientes al teléfono. Más tarde me enteré de que se trataba de una comercializadora de vino por mayoreo. Así que seguí mi camino hasta llegar a una de las tiendas de vino más viejas de Londres, 325 aniversario hasta hace poco, más aún que el Museo Británico. No debe faltar la sección de whisky y el piso viejo de tablones de madera. Compré sino mal recuerdo un par de borgoñitas de medio pelo.

*Por cierto, unos días después de esta entrega, leyendo Churchill A drinking Life, un librito ameno y divertido sobre las andanzas de Sir Winston Leonard Spencer Churchill, me entero de que esta tienda era una de las que surtía de champán, y otras cositas al gran bebedor de Churchill.

Agricultura e Vinhos * Quinta Do Mouro, Miguel de Orduna Viegas Louro. En seguida vienen a mi mente varios recuerdos de aquel inolvidable viaje. Empecé en el congreso de Verema en Talavaera de la Reina, de allí me desplacé a Extremadura, cuyo anfitrión Antoliano Davila me llevó a conocer varias bodegas en Alentejo, Portugal. Quinta Do Mauro fue una de ellas. Día soleado y ambiente campirano, me llevé muy buenos recuerdos de esa visita, comimos en Elvas, en el famoso restaurante El Cristo un exquisito bacalao capeado, un kilo de almejas en mantequilla bañado con una garrafa de vino verde.

Joe Saglimbeni Fine Wines, 638 Rhapsody, San Antonio, TX 78216. Una tienda no muy grande, enclavada en una tranquila zona arbolada, en un vecindario de clase media. Esta tienda hasta hace poco era atendida por sus dos dueños, dos hermanos ya mayores: uno en la caja y el otro en los pasillos orientando a los clientes. Los pasillos estrechos con botelleros a ambos lados y parecidos al laberinto del Minotauro. Tienen una muy buena selección de vinos en general y champán y vinos de postre en particular. Un verdadero placer entrar y disfrutar de la selección de vinos a la vista, allí compré mi sacacorchos Laguiole de mango de cuerno negro.

Creo que habrá una segunda entrega, hay todavía muchas tarjetas que me traen buenos recuerdos. ¿Qué seríamos sin la memoria…? de la poca que aún conservo.

Bodega Dos Búhos

La noche del viernes después de 7 horas de camino, llegamos hambrientos y cansados al hermoso pueblo mágico de San Miguel de Allende. El concepto de las villas del hotel Rosewood es muy original; como si se tratara de una calle empedrada; a un lado y al otro se encuentra la entrada a cada una de ellas, que bien podrían figurar como mansiones. Cenamos esa noche en el hotel, aunque debo decir que no es extraño que estuviera vacío: los precios son para hipotecar una casa. La lista de vinos desequilibrada y con una oferta por copeo de 350 pesos en vinos cuyo precio no rebasa los $450, se podrán hacer una idea de los platillos en el menú. Después de la cena contemplamos en el claustro algunas obras de reconocidos artistas como el escultor Juan Soriano, fallecido en 2006, y cuyas obras suben de precio como la espuma. Al otro día, después de un reparador descanso, caminamos por la pintoresca calle Allende hasta la parroquia de San Miguel Arcángel.

Hacía ya mucho tiempo que no visitaba una bodega, este fin de semana mi familia y yo, tuvimos la oportunidad de visitar una en las afueras de San Miguel de Allende, donde hay algunas otras como Tres Raíces. Dos Búhos es una bodega pequeña cuyos dueños se han esmerado en sacar adelante produciendo vinos muy interesantes y de buena hechura.

La cita era a las 5.00 pm. La entrada está repleta de nopales a un lado y al otro del camino de terracería. Había tiempo de hacer un recorrido a pie por las instalaciones antes de la cata-maridaje. En la entrada fuimos recibidos con un moscato y un cóctel. Me seguí de largo para sentarme debajo de una sombrilla y contemplar el paisaje. Por desgracia, para la gente romántica como yo, las vides estaban cubiertas con una malla plástica de color verde a manera de chaleco blindado contra las aves con gustos vitiviníferos. Más tarde llegó Eric, propietario de la bodega, quien nos brindó una copita de Vino Anaranjado cuya añada pasé de largo. Un moscato giallo* de maceración prolongada, obteniendo ese hermoso color casi ocre, velado y espeso. En nariz huele a piel de naranja con una nota especiada a mejorana. En boca es seco y de acidez comedida, se antoja con un buen queso maduro.

Vino Anaranjado de moscato giallo

Cada 15 minutos comenzaba un pequeño tour por el viñedo y la bodega a cargo de Diana González, cuya labor es muy importante, ya que junto con la madre del dueño son las responsables de la producción del vino. A eso le llamo producción matriarcal con buenos resultados, como lo pude comprobar más tarde.

Diana nos contó sobre el origen de Dos Búhos en el año 2006. Antes de esa fecha sus 6 hectáreas estaban plantadas con árboles frutales, pero al ver que la producción iba a la baja por razones de envejecimiento, optaron por plantar vides. Hoy cuentan con 12 hectáreas. Que dicho sea, y esto lo digo yo: la vid también produce menos racimos en la medida que envejece, con la diferencia de que mejora en concentración. Razón por la que muchas bodegas presumen sus vides «centenarias». Haciendo memoria: la producción comienza a los 4 años, sin embargo es de baja calidad. Después de los 7 podemos hablar de cierta estabilidad de la vid, y después de los 25 años se considera viña vieja (la mejor). Las vides que pudimos apreciar después de que Diana desvelara la fruta (de esa horrible maya) fue la tempranillo. Racimos a punto de la vendimia. Todos los presentes probamos algunos granos ya maduros. Las vides de tempranillo allí plantadas tienen 5 años de edad, con su tallo de poco más de 3 cm de grueso. Es sorprendente el resultado en vides tan jóvenes, como más tarde confirmé en la cena-maridaje. La savignon blanc junto con la tempranillo han sido las variedades con mejores resultados. Del otro lado está la chardonnay que no se ha adaptado de igual manera. La vendimia se realiza bajo parámetros de maduración (azúcar), recuerdo cuando Gonzalo Laínez (director comercial en América de Bodegas Roda) mencionaba aquella rústica maniobra con el pincel (parte del hollejo inserto en la uva) para saber si la uva estaba a punto debía pintar la palma de la mano. Esta rudimentaria prueba está referida sobre todo a la madurez fenólica. Hoy en día por lo regular se toman varias muestras en diferentes tramos del viñedo, la fruta recogida es llevada posteriormente a analizar con el refractómetro: de 19 a 21 grados brix para los blancos y 23 a 25 para los tintos. Por lo general en esta zona se vendimia entre los meses de julio y septiembre, tanto la tempranillo como la chardonnay.

El viñedo se encuentra a 2000 m sobre el nivel del mar, dominado por un suelo arcillo-limoso con gravas finas neovolcánicas y protegidos por la proximidad de Los Picachos (tal como reza en la contra-etiqueta).

En la bodega, y para ser más precisos en la sala de crianza, probamos en barrica un vino fortificado que Diana tuvo a bien llamar «oporto», aunque sabemos que sólo se trata de un vino fortificado. Introdujo la pipeta y nos dio una muestra en la copa. Se trata de un vino dulce, como es de suponer, ya que al cortar la fermentación el azúcar residual es bastante alta, así como también el grado de alcohol debido precisamente a que se corta con alcohol vínico. Aunque Diana no especificó cómo se vinifica, es así como se hace en Oporto y Jerez, en términos generales y dependiendo del fortificado que se trate. No es lo mismo un Ruby joven que un Tawny 40 años, un amontillado que un fino.

Diana en la sala de crianza, en plena explicación del proceso

Los tintos fermentan en promedio durante 15 días y los blancos de una a dos semanas. La sala de crianza permanece a 15°C . El vino en contacto con la madera necesita de una estancia prolongada; en este caso hasta 24 meses para los tintos. Quienes me leen en este espacio sabrán que no soy muy afecto a crianzas tan largas, por lo menos no en todos los casos. Hay uvas que «aguantan» mejor la madera que otras y años donde la fruta no tiene una sobre-maduración, por lo general en años templados. El caso es que parece roble nuevo o de poco uso, pregunta que dejé en el aire.

Siguiendo en la sala de fermentación pude observar varias marcas de barricas. Recuerdo en Monte Real que tenían en una sala un surtido elenco de ellas para hacer pruebas y ver cuál era la de mejores resultados.

Cena maridaje

Empezamos con un rosado vinificado con garnacha tinta. Dos Búhos 2021. En la etiqueta hay poca información y la añada aparece en la contra-etiqueta escrita con bolígrafo. Seis meses de crianza sobre sus lías en tanques de acero inoxidable. Hicieron hincapié en que ningún vino se filtraba. La poca luz no me permitió ver el sedimento, si es que lo tenía. Este rosadito huele a grosella con notas de fresa, en boca tiene excelente acidez con un punto mineral muy sabroso, amplio en boca. Para comprar media caja. Maridaje: Burrata de Remos: gazpacho de fresa y tomate con pesto de estragón.

La música en vivo estuvo a cargo de un grupo cubano que hizo bailar hasta las propias columnas del salón. Difícil resistirse aunque yo lo hice desde mi lugar sentado, sólo movía las piernas.

Después llegaron unas croquetas de huitlacoche y queso de cabra con mayonesa de epazote. Bañado con el mismo vino.

Sirvieron un blanco Dos Búhos 2021 vinificado con chenin blanc. Aromas intensos a melocotón y lichi. En boca tiene un leve cosquilleo de CO2 que por su juventud no alcanzó a liberar, seco de final amargo; recuerdos de agua quina. Para comprar una caja. Con este vino desfiló un plato de pescado con salsa beurre blanc.

Hicieron su aparición los socorridos tintos con el primero de la noche: un monovarietal de tempranillo. Dos Búhos tempranillo 2018. Quizás el menos integrado de los que probé durante la visita. El primer golpe son hollejos, tierra mojada con notas de fruta negra y pimienta. En boca tiene buena acidez, tanino presente y final largo con una arista de alcohol a pesar de sus 13,5 grados que hoy en día no son nada. Maridaje con un short rib braseado con jus (salsa de extractos de carne y verduras). ¡Delicioso…!

El segundo y último tinto fue un ensamble (como les ha dado por llamar últimamente) de syrah y tempranillo, mezcla no muy común pero de buenos resultados. Me ha gustado más que el primero. Dos Búhos 2021. No aparece la crianza en barrica, pero sí que se hace hincapié en cada uno de los vinos, su proceso orgánico dentro de la bodega y el viñedo. En el platón colocado al centro de la mesa tenemos un chamorro de cerdo en su jugo con recado negro. Para ser franco ya no llegué a este plato, hay momentos en la vida en que el estómago empieza a reclamar los excesos del pasado. El vino me pareció más redondo que el anterior, con algo de fruta negra y de final largo. Repetible.

Para mi fortuna volvieron a servir el moscato de bienvenida, en el postre. Dos Búhos 2021. Huele a talco y pera, de acidez baja, por primera vez veo falta de nervio. Quizás para la tarta de quesos hubiera preferido algo con más acidez. Así culminó esa tarde-noche no sin antes anunciar la apertura del nuevo restaurante Casa Ayala. Nos despedimos y felicité a los anfitriones por sus tan bien logrados vinos. También hubiera querido probar el más preciado de la bodega: un aglianico** que había dicho el dueño que se trataba de un tinto soberbio, pero por alguna razón no apareció en toda la noche.

*Moscato giallo, es una uva blanca que se produce al norte de Italia de la familia del moscatel.

**Aglianico, uva del sur y centro de Italia con una extensión de 7,500 ha en el año 2000. De suelos volcánicos. Al parecer de origen griego.

El viacrucis para transitar entre aeropuertos cogestionados y largas colas no sólo es una constante, sino que además, se ha agudizado con la pandemia. Se suman a las exhaustivas revisiones la de los documentos que certifican la dosis completa de vacunación o los resultados negativos de la prueba covid. Para exigir la correcta colocación del cubrebocas las autoridades son más laxas, cuando debería ser sin duda la principal exigencia. Parece ser que hay gente dispuesta a perder la vida en caso de complicaciones respiratorias, antes que ponerse la telita con el elástico para cubrirse la boca y la nariz. Ejemplos muy claros los podemos encontrar en el metro, en el autobús, o en el tren… donde las normas se cumplen a medias o simplemente no se obliga a usarlo, como en Suiza. Así que a nadie sorprenda el sensible aumento de casos en Europa de aquí a principios del 2022. Precisamente en Montreux como base de nuestra estancia en Suiza, la situación del virus parece cosa del pasado remoto para muchos de sus habitantes, sobre todo turistas que caminan despreocupadamente por sus calles con una sonrisa desnuda en sus rostros. 

Río Aar afluente del Rin (Berna)

Llegamos a Montreux de noche, hambrientos y cansados del largo viaje, buscando un sitio donde cenar. Era alrededor de las 9:00 y nos fue negado el acceso a un restaurante italiano: Molino  ya que no portábamos el certificado de vacunación, obligatorio para entrar en cualquier restaurante, café o museo. Volvimos al hotel donde disfrutamos de unos escasos pero deliciosos ravioles rellenos de hongos silvestres maridados con una copita de pinot noir suizo cuyo nombre no anoté, pero que es digno del olvido. De no ser por el exquisito pan artesanal con granos de girasol del principio, nos hubiéramos quedado con hambre. 

Al otro día desayunamos de manera frugal, como acostumbran los europeos. Era mi cumpleaños y mi hija tenía una sorpresa muy especial. El libro sobre mi vida, obra escrita por ella, se abandonó a la escritura por largas horas para rememorar mi pasado. ¡Qué mejor regalo se puede pedir…! Además de que sus dotes de escritora saltan a la vista haciendo que volviera a vivir parte de mi infancia, a ese pasado repleto de recuerdos melancólicos que llevamos en la memoria. Un regalo que apreciaré el resto de mi vida y que leí con avidez hasta la última página en los primeros días del viaje. Después del desayuno nos dirigimos a la estación de tren para visitar Ginebra. Primera parada: cementerio de los Reyes.

Parafraseando a Borges en alguna de sus entrevistas: Alemanes, italianos y franceses han olvidado sus diferencias…  Estoy parcialmente de acuerdo, ya que al tomar el tren y llegar a los cantones alemanes como Berna, así como más al noreste en Zurich, el francés queda relegado en segundo término. La sobriedad de las calles junto con el carácter flemático de su gente hacen sentir al visitante como a un extraño,  habituados al romántico acento del idioma de Hugo y  Voltaire. Suiza ofrece tres países en uno: Zurich y Berna junto a los cantones de habla germana y los afrancesados en lo poco que queda del resto del país sin la influencia teutona. La parte italiana, el cantón de Tesino, puede ser el tercero en el que se respira otro ambiente bajo el nublado cielo suizo. Cantón que por cierto aún no conozco. 

Una de las visitas más esperadas para mi fue la del cementerio de los Reyes, para conocer la extraña lápida con motivos sajones del más grande escritor en lengua castellana del siglo XX, Jorge Luis Borges. A quien llevé flores para poder interrumpir su sueño y acompañarlo por un momento en su viaje a la Eternidad mientras observaba la rara inscripción representando a siete soldados en pie de guerra. Seguramente destacando el valor de los guerreros que tanto valoraba Borges en las sagas escandinavas. El cementerio es pequeño, reservado a gente ilustre, puede recorrerse caminando en muy poco tiempo. Un último vistazo a su tumba me hizo recordar aquella reflexión que algún día hizo el propio Borges sobre los muertos en uno de sus poemas: “Me conmueven las menudas sabidurías que en todo fallecimiento se pierden” así como también dijo en una entrevista:  “Con cada hombre mueren muchas cosas que se pierden para siempre”. Aunque su caso es distinto ya que permanecerá en la memoria de todas aquellas mentes sensibles que se den a la tarea de leer su magnífica obra.  

Ladera con viñedos rumbo a Ginebra (foto desde el tren)

Museos, plazas, catedrales góticas, callejones estrechos, vistas de montañas nevadas, laderas de viñedos desnudos, gente en bicicleta a pesar del frío invernal con el sol apenas asomándose; pero no lo suficiente como para tibiar el ambiente, paisajes que componen este bello país. Nuestra visita a museos fue nutrida y muy variada, aunque debo destacar algunos como el Alimentarium de la compañía Nestlé en Vevey. Un sitio cálido a la orilla del lago Lemán, donde han montado un gran museo en un moderno edificio. Al recorrer sus pasillos se disfruta de sus salas bien iluminadas y de información muy interesante en el país que inventó las barras de chocolate, ya que antes, en el siglo XVI se trataba de una bebida exótica, según cuentan en otra de las visitas obligadas: la fábrica de chocolates Cailler. Esta fábrica que exhibe una variedad inmensa de chocolates de múltiples formas, con envolturas de todos colores y tamaños, está ubicada muy cerca del pueblito de Gruyere. Para comer subimos una empinada colina que nos llevó a un burgo medieval; la plaza, la iglesia, el castillo y alrededor lo que fueron en su momento cuadras para refugio de animales y almacenamiento de grano y leña, hoy son restaurantes de fondue y tiendas de souvenirs. Entramos al que mejor pinta tenía, aunque los encargados no usaran cubrebocas. Quién iba a decirme que llegaría el tiempo en que los usaríamos tan desenfadadamente fuera del quirófano, por otro lado me cuesta trabajo asimilar que los dueños de un establecimiento no los usen. El fondue con una copita de blanco de buena acidez hizo excelente maridaje. No pude ver la botella, ni tampoco pregunté por la marca, simplemente acerqué la copa a la mesera y ella sirvió. Este tipo de despreocupaciones suelen suceder durante los viajes, cuando andamos en modo turista; distraídos. Para cuando salimos ya había oscurecido, no pudimos apreciar la iglesia ni el castillo con suficiente luz, y aunque nuestra intención era volver, nunca lo hicimos. Desde aquella cima me sentí como un caballero descendiendo de su corcel, oteando el panorama debajo del acantilado. Desde que leí El nombre de la rosa no he podido dejar de leer todo lo que tenga que ver con el medievo, ya están en mi lista de medievalistas algunos de los mejores: George Duby, Jackes de Woff, Johan Huizinga, Henri Pirenne, y la lista seguirá ampliándose. Como decía Solón: «Envejezco aprendiendo siempre muchas cosas» en este caso he abierto los ojos a un periodo de la historia al que debemos mucho de lo que hoy es la cultura occidental. Siguiendo el recorrido y hablando de castillos medievales, visitamos el castillo de Chillon, sorprende la facilidad con que se llega a la orilla del lago por las afueras de Montreux y por otro la cuidada restauración del edificio, otro de los lugares que hay que visitar. El castillo cuenta con su foso, su puente, en este caso fijo y una plaza interior, muestra de que se trata de un burgo donde el señor protegía a la gente que trabajaba sus tierras a cambio de protección contra intrusos y malhechores. Cuenta con una sala donde encadenaban y torturaban a los prisioneros. Recipientes de madera donde la gente llegaba a hacer sus necesidades fisiológicas, el más impresionante es uno ubicado sobre un precipicio que termina en un acantilado cerca del lago, algo que en muchas partes tristemente no ha cambiado; usar el agua para depositar nuestros desechos.

Del Rhone de la parte suiza

En Lausana recomiendo visitar el Comité Olímpico Internacional, cuyo museo vale mucho la pena. Se exhiben diferentes objetos relacionados con las olimpiadas y que en su momento usaron los distintos atletas durante la competencia. Videos y demás materiales. Así como recomiendo algunos museos, otros, será mejor que pasen de largo, como en el caso del departamento de Albert Einstein en Zurich. Para llegar hay que subir un montón de escaleras, una vez arriba es poco lo que hay que ver. En una sala atiborrada de cosas, entre ellas fotos y textos que fácilmente tardaría una hora o más en leer, poco didáctico y menos inspirador. Quizás si son admiradores de Eistein y están escribiendo un libro sobre su estancia en Zurich, valga la pena. La casa que sí vale la pena visitar es la de Charles Chaplin en Vevey, además de ser una mansión enorme con jardines de árboles majestuosos, que a principios de invierno se tornan amarillos, dorados y otros han mudado por completo su follaje, cómodas bancas y amplias estancias en su interior con figuras de cera; todo ello componen esta magnífica residencia que habitó junto con su ultima esposa y sus hijos después de que no fuera bien recibido en EE.UU, debido a su película Tiempos Modernos, criticada por sus tintes comunistas.

Encontré varias tiendas de vino en los alrededores de Montreaux, Vevey, Ginebra, Berna y la sobria ciudad de Zurich. La primera tienda donde compré vino fue en Ginebra, muy cerca de la estación de tren. Se trata de una tienda grande cuya selección de vinos no pude recorrer como hubiera querido por falta de tiempo. Uno de los vinos que compré fue un Rhone del lado suizo, del cantón de Valais.

Fleur Du Rhone 2020 pinot noir de Valais. Color grosella, brillante, nariz a ciruela de boca firme, tanino bastante rugoso. Un vinito sabroso para disfrutar con quesos maduras en la habitación por la noche, después de dar más de 14,000 pasos, según la vocecita de Siri.

Otro vino destacable fue el Sólskin 2018 pinot noir AOC Argau con sus 15 por ciento de alcohol, bastante integrado aunque un poco rústico. También marida con quesos.

Para complacer el paladar de mi esposa compré un Chateau Bélingard 2016 semillon 70%, sauvignon blanc 15% y muscadelle 15% apelación de origen Monbazillac. Pajizo y brillante. En nariz: cera de abejas. De buena acidez, fluidez media. Entrada que amarga un poco, azúcar comedida. Un buen vino por 12 francos (CFH) la media botella. Con un queso brie va de maravilla, aunque puede que vaya mejor con algo más subido de tono como un queso azul.

En Berna compré un Albino 2020, Blanco di Merlot de la región de Tecino. Atendido por una señorita muy amable, que se esforzó por comprender el inglés, pensé que se había equivocado cuando me dijo que se trataba de un merlot blanco. Bastó la primera copa para desilusionarme, Nariz a espino blanco, hierba. En boca es seco, sin concesiones, plano, corto en acidez y final amargo, nada que enamore.

En Chateau de Chillon comimos fuera del castillo en una cafetería que a pesar de sus muros de vidrio y sus formas geométricas tan alejadas del medievo, no robaba protagonismo al paisaje. Una cafetería donde uno pasa recorriendo las viandas con la charola en las manos y va poniendo lo que apetezca en el camino, y al final se paga en la caja. Escogí una baguete en cuyo interior había una buena porción de queso brie y una embarradita de miel de abeja. El vino un tintito fresco y frutal cuyo cuartito de botella tuve necesidad de duplicarlo para poder hacer la sobremesa disfrutando de la vista al castillo junto al lago.

En Zúrich decidimos comer antes de que cerraran la cocina (13:00 h) entramos a Brasserie Schiller muy cerca de la Ópera, y a orillas del lago de Zúrich. Un lugar elegante, amplio con bonitas vistas, buena comida (sin que nos hiciera suspirar). De todos los vinos que probé tanto en la habitación del hotel por las noches como en los diferentes restaurantes, me decanto por uno que encontré en la carta y que no se vinifica junto a los Alpes suizos, aunque estaba obligado a probar lo que se hace in situ. Se trata de Mas Agnes, que me ha levantado dudas, ya que nunca vi la etiqueta y cuando lo busqué en internet, nunca di con él. Posiblemente se comercialice con ese nombre fuera de España, en pocos países. En la carta ponía: Mas Agnes, Garnacha, Samso Colección Privada Candrian Espanien 13 CHF 10cl. Un vino que me hizo rememorar aquellos suelos de pizarra (Llicorella) del Priorat, a mi amiga Dominic y su vino de Porrera Clos Dominic, que con tanto mimo vendimia en la escarpada ladera de su finca La Tena, esas garnachas de más de 25 años, de tronco leñoso, para más tarde vinificarlo. Mas Agnes de añada desconocida, se trata de un vino embriagador en el mejor sentido de la palabra, su entrada en boca es elegante, va seduciendo cada uno de los sentidos, todo en equilibrio, con una acidez exquisita, tanino firme y notas a pizarra, piel de Rusia, trufa y fruta negra de la mejor calidad. Hoy mismo voy a buscar una botellita.

Es momento de despedirme, si es que me acuerdo de otros episodios del viaje que valgan la pena, habrá una segunda parte.

Abur

El día que comí la deliciosa lubina al horno en La Chalana mi hija se despachó un arroz con gambas y lo acompañamos todo con  un Minius 2007. Un godello de la D.O. Monterrei, sus 13,5 de alcohol los tiene muy bien integrados, una acidez exquisita que va muy bien con el pescado y las gambas.

Antes de emprender mi periplo por España había bajado por Internet el libro La familia  del Prado del escritor Juan Eslava Galán, por tres buenas razones: la primera es que no lo pude conseguir editado en papel, la segunda es que es un escritor ilustrado que sabe mucho de historia (sobre todo la de España) y como andaba buscando algo para entender mejor el contexto de las pinturas del Prado y todo aquello que tiene que ver con las distintas dinastías de la corona española, pues me vino como anillo al dedo. Y el último es que me gusta viajar ligero y las tabletas o dispositivos electrónicos para leer son una maravilla. ¿Qué aprendí…? pues no merece la pena hacer un resumen del libro, ya hay muchos sitios en la red dedicados a eso. Pero sí quisiera destacar el grado de consanguinidad entre las casas reales europeas que han provocado entre otras: leucemia, prognatismo, tara… Si no,  que le pregunten a Carlos II quien cierra  la dinastía de los Austrias en España, y como dice el autor:

«Su autopsia desveló que no tenía el cadáver ni una gota de sangre; el corazón apareció del tamaño de un grano de pimienta; los pulmones corroídos; los intestinos putrefactos y gangrenados; un solo testículo, negro como el carbón y la cabeza llena de agua» (…) «producto final de docenas de cruzamientos consanguíneos a lo largo de unos cuantos siglos»

Así que el prognatismo de los Austrias cuyo representante más famoso es el emperador Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico (Carlos V) es un juego de niños a comparación de los padecimientos de su predecesor. Otro detalle que no rectificaron a pesar de tantos intentos es que «las sangrías» para lo único que servían era para debilitar aún más al enfermo. A pesar de ello se aferraban casi todos los  galenos de la corte en ponerlas en práctica a diestra y siniestra; llegando al extremo y como  último recurso, a colocar en la cama al lado del enfermo las momias de san Isidro y san Diego. Un libro muy ameno con una buena dosis de humor negro.

El domingo fuimos a misa a la Almudena, una de las catedrales más recientemente construidas si la comparamos con las románicas y góticas de algunas provincias. Construida apenas en el siglo XIX no deja de ser una catedral majestuosa, una misa aquí nos hace admirar aún más esta edificación: el coro, el enorme órgano, las voces retumbando por las amplias cúpulas y sus anchos muros… Indudablemente le da un aire místico a la ceremonia.

En  recorridos más mundanos invité a mi hija a dar un paseo por el Rastro, la verdad es que imaginaba encontrarme con objetos menos ordinarios, pero los puestos de ropa, bolsas, cinturones, hicieron sentirme como en cualquier otro mercado de pulgas con la ausencia de los artículos antiguos que pudieran encontrarse en  algunos lugares más interesantes. Con todo y eso nos desviamos unos pasos hacia un puesto de libros de viejo donde encontré al primer vistazo la primera edición de Judíos, Moros y Cristianos, de Camilo José Cela. Al preguntar por el precio la primera impresión fue que el anciano desdentado que lo vendía no tenía idea de lo que estaba pidiendo: 5€ me contestó, sin poner mucha atención. ¡Tres! le sugerí, pero cambiando de tono me respondió: ¡Es una primera edición…! No me quedó otra más que pagar y retirarme un poco avergonzado. Días más tarde en Alcalá 123 (Librería García Prieto) una señora muy amable encargada de una librería preciosa con joyas encuadernadas en pergamino del siglo XVIII, me comentó que Camilo José Cela no era un autor que se cotizara muy alto, por lo que esa primera edición podía rondar los 20€. No está nada mal, pero no se acercaba ni de lejos a mis sueños guajiros de poder venderlo  más tarde en un número con tres cifras.

No faltó aquello de: "Está prohibido hacer fotos, pero por tratarse de un visitante de tan lejos..."

No faltó aquello de: «Está prohibido hacer fotos, pero por tratarse de un visitante de lejos…»

Hablando de libros, tenía muchas ganas de conocer la Librería Bardón. «Librería para bibliófilos» anuncia en su sobria marquesina. Así que guiado por mi hija y ella gracias a Google maps llegamos en diez minutos a pie. El trato fue mucho más frío que en García Prieto, sin llegar a la descortesía. Una antesala cuyos muros están forrados de libros encuadernados en piel y pergamino, con sus lomos de vivos dorados. ¿Qué se les ofrece…? Al parecer había que ir al grano, así que no me quedó otra que decirles que tenía ganas de conocer su tan afamada librería. Con gesto flemático agradecieron secamente el piropo y siguieron en sus quehaceres, no sin antes ofrecernos ayuda para localizar alguna costosa edición decimonónica. ¿Alguna primera edición de García Márquez…? pregunté tímidamente. Bueno, tenemos muy pocos libros tan recientes, los que menos, se remontan al siglo XIX junto con algunos incunables. Sin embargo tenemos una tercera edición de Cien años de Soledad en algo así como 60€, si la memoria no me falla. Después de una pausa seguí admirando aquellos libros que seguramente algún día estuvieron en estantes de maderas preciosas de la biblioteca de algún letrado de antaño y que a la hora de su muerte su parentela corrió a vender, yéndose con la primera oferta por indecorosa que fuera. Otra librería que visité un par de veces fue La Casa del Libro, ubicada frente a la entrada de El Corte Inglés, aunque también visité la de Gran Vía 29, me gustó mucho más la de Calle del Maestro Victoria. Tres pisos para mi solo con un amplio surtido en historia y filosofía; dos temas que me han interesado desde hace unos años sin dejar atrás claro está el vino y la gastronomía. Con poco margen por el peso de las maletas compré sólo 4 libros, entre los que está una edición de Espasa-Calpe: Enciclopedia Culinaria La Cocina Completa de María Mestayer Echagüe, muy completa, yo diría completísima. Podría asegurar que es imposible preparar todas y cada una de las recetas en lo que me resta de vida, pero ya empecé. A mi llegada preparé un arroz  con cordero, que no es por nada, pero dejó a mi familia chupándose los dedos. Otra librería que me llamó la atención fue la de El Corte Inglés en la calle de Goya. Una librería con una gran cantidad de títulos para ser una cadena de tiendas departamentales, que sólo puede existir cuando la gente lee.

Muy cerca, Casa Escudero es una tienda de antigüedades, decoración y regalos, en Alcalá 76. Que al pasar no llaman la atención  sus aparadores, pero que en el fondo de la tienda tienen unas pinturas magníficas de autores de mediana talla. Con gusto hubiera traído a casa la pintura de un paisaje montañés con todo y un caserío que capta la serenidad de la vida en el campo. Con un precio superior a los 4000€ además de que es imposible enrollar por su estado, ya que se trata de un óleo viejo cuyo marco es parte imprescindible de su valor.

Pasadizo de San Gines

Pasadizo de San Ginés.

A la salida del hospital la estudiante de medicina, o sea mi hija, ya tenía hambre igual que un servidor, así que me llevó a un lugar que acababa de pasar de camino a donde yo la esperaba. La Tasca del Retiro. Un lugar limpio, bien iluminado y con comida sabrosa. Comida corrida por algo así como 15€ por persona, la verdad es que no abundan los chollos, y por menos de eso no hay mucho dónde escoger. Yo pedí merluza en salsa de tomate y la doctora pollo al azafrán. Vino me parece que escogí media botella de Cune crianza, que igual que en México, es un vino que no falla.

Ahora va de museos, además del obligado Museo del Prado, visité dos más no por falta de ganas sino de tiempo. El Museo de Historia de Madrid, ubicado en pleno centro a la salida del metro Tribunal. Es gratuito y vale la pena ver la enorme maqueta de Madrid escala 1:1250 siguiendo los planos de 1656.  Hay algunas pinturas pero la que más me ha gustado:  La muerte del Conde de Villamediana, cuyo autor debo confesar que no conocía, Manuel Castellano. Ese juego de sobras y luces del candil es simplemente impresionante, así como el gesto de cada uno de los personajes alrededor del conde. Tenía intenciones de ir al Museo Naval ubicado muy cerca de Cibeles pero siguiendo la banqueta del otro lado, y con la intención de llegar al Reina Sofía, me topé con el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Un museo espectacular que desde la entrada no puede uno imaginarse la cantidad de salas que ostenta. Pagué 13€ aunque pudieron haber sido 30€ con derecho a entrar al Reina Sofía y El del Prado. Así que como era mi ultimo día tuve que limitarme a uno solo. En un museo de estas dimensiones deberían  estar muy bien resueltas las circulaciones, así como las indicaciones del sentido a seguir. Pues a la mitad del recorrido me perdí, y tuvo que dar varias vueltas ya con las piernas y pies deshechos, el último día de visita no sería para menos. Empieza con una muestra de pintura sobre madera del siglo XI y XII hasta mediados del XX con obras de Dalí, Kandinsky Eduard Hopper esculturas de Rodín, y verdaderas maravillas de Monet,  Renoir, Rembrant, Rubens, Durero entre muchos otros clásicos. Todas en estricto sentido cronológico, si es que no se pierde uno antes en alguna sala, ya que cada una tiene un par de salidas y al estar la gente distraída es fácil perder el rumbo. Así concluyo con la visita a museos.

tapita

Tapita a las 11:00

El primer día cuando llegamos en metro del aeropuerto a la estación Príncipe Pío camino al piso de alquiler a orillas del Manzanares, en una colonia de nivel medio. Recorrido a pie de varias cuadras donde pasamos entre otros negocios;  Sidras Casa Mingo, casa fundada en 1888. Como nuestra llegada  había sido  alrededor de las 2:00 la gente comía plácidamente con una buena hogaza y botella de vino en la mesa. De inmediato comenzaron a dar un concierto mis tripas sin darme tregua. Pero no fue hasta el tercer o cuarto día que entramos ya muy tarde a cenar. Se trata de un menú fijo de pollo asado, jamón de cebo, tortilla, queso, chorizo, ensalada y poco más. Me recordó a los lugares de antaño donde se ofrecían buenas raciones a precios razonables. Queda uno satisfecho sin la idea de haber sido timado por las miserables raciones y por los precios de hipoteca. Pero hubiera sido mejor en la comida, ya que a estas alturas el estómago se vuelve perezoso después de las siete de la noche. Así que tuve que echar mano de la sal de uvas.

Ahora que está tan de moda, no sólo en España, sino en muchos otros países occidentales como México darles maquilladamente  una cara moderna a los mercados tradicionales respetando algunos detalles de lo antiguo. Conocimos el mercado de San Miguel, que seguramente en el pasado remoto pasé de largo. Un sitio como todos los de su clase: abarrotado de gente joven de pie, buen ambiente quitando la caótica aglomeración de espíritus y humores, y de precios bastante abusivos. No es lugar para mi pero reconozco que a mi hija le encantó. Una vez que pides algo en la caja debes circular para no estorbar la vista de los iluminados aparadores. En el otro extremo está El Botín, el restaurante abierto más viejo del mundo. Pasamos por la calle de cuchilleros, pero además de que estaba cerrado, yo ya lo conocía y para ser franco no fue una experiencia que me hiciera levitar. Así que volvimos a La Chalana, esta vez me devoré un Xargo mariscado, nada mal, buena cocción y materia prima de primera, pero los mariscos que lo acompañaban bastante raquíticos. Me quedo con lo que probé la primera vez esa Lubina al Horno. Esta vez bañado por un tinto, otro vino resultón: media botella de Marqués de Cáceres.

Como pudieron observar no iba de muchas vivencias con vinos raros o joyitas que se suelen beber por estas tierras. No descorché un San Román o quizás un Contino, ni siquiera un jerez, pero como suele decirse la compañía hizo que lo poco bebido haya sido muy satisfactorio, y no se diga de algunos platillos como aquel pulpo a la gallega o la lubina al horno.

Por alguna extraña razón hay un momento en el viaje que me hace sentir cierta nostalgia, y es que ya van tres ocasiones con esta,  que no visito el norte; aquel pueblito que vio nacer a mi padre pero que además ya la poca familia que lo habita es muy probable que tenga muy pocas cosas en común. Tíos y primos ya han muertos casi todos, aunque no pasaran al olvido.

Aquí llega el final de mi reseña, guardando imborrables recuerdos de esta magnífica tierra.

Por catorce largos años había recordado, no sólo lo vivido en Madrid, sino sus alrededores. Con un espíritu bucólico que siempre me ha caracterizado, me han llamado infinitamente más la atención los pueblos y aldeas donde la mayoría de la gente se conoce y se respira aire puro. Poblaciones surcadas casi siempre por un río de mansas aguas y peces en la orilla sombreada por filas ininterrumpidas de chopos. Pero en esta ocasión el destino me ha dejado disfrutar esas tierras por sólo diez días, de ahí el título de la entrada. Apenas he salido a asomarme por Segovia y Ávila. Esta última rodeada por su gran muralla de finales del siglo XI y cuya altura rebasa los 12 metros, pero aun más impresionante es su recorrido intacto de 2.5 km y 3 m de espesor. Poseedora de La primera catedral gótica, cuyo ábside es parte de la muralla. Debo reconocer que no es de las más bellas, o por lo menos así me lo parece, simplemente la de Nuestra Señora de la Asunción y San Frutos de Segovia es mucho más bonita y majestuosa. Me da la impresión de que además ha tenido un esmerado trabajo de mantenimiento por la limpieza de la piedra. Segovia cuenta con la última catedral gótica de principios del XVI (1525). Con algunos detalles románicos a pesar de que para esa época ese estilo ya no pintaba en la arquitectura. Por otro lado su Alcázar al final del recorrido por la cuesta lo deja a uno sin aliento, rodeado de ese maravilloso paisaje castellano repleto de cereales y nubes que se esconden por el horizonte.

Pero hablemos un poco de vino y los manjares que se pueden encontrar en los bares de tapas y comedores, estos últimos, casi siempre ubicados al fondo o un piso debajo donde se respira un aire más tranquilo y formal. A grandes rasgos recorrí las calles madrileñas con poca curiosidad culinaria, acompañado de mi hija, llevado más por el hambre que por el antojo. Donde empezaban las tripas a dar un concierto, nos deteníamos a buscar dónde sentarnos y recargar baterías. Aunque ella ya había estado en estas tierras con poco menos de un año de edad, su «redescubrimiento» de Madrid fue algo que disfrute como si fuera mi primera visita. Aunque el espíritu hispanófilo que me acompaña me ha llevado a dar varios brincos al Atlántico en los últimos treinta años. El primer día hicimos un recorrido obligado para turistas con cámara fotográfica colgada al cuello y una gorra para cubrirnos del sol. Aunque ahora se goza de Google maps, fueron pocas ocasiones las que tuvimos que echar mano de esa increíble herramienta, con excepción de aquellas en las que queríamos llegar a lugares menos frecuentados por los turistas.

Llegamos a La Puerta del Sol donde  la foto con la Osa y el madroño así como en  la estatua ecuestre de Carlos III son los puntos más codiciados por los japoneses, a pesar de eso, pudimos sacar algunas impresiones. Antes habíamos entrado a una de mis tiendas favoritas: Casa Diego, donde en la última visita compré un cayado de madera parecido al tejo que aún conservo. Existe una variedad de sombrillas, abanicos, sombreros etc. que merece la pena visitarla. Rumbo al suroeste pasando por algunas pintorescas calles llegamos a la Plaza Mayor, lugar que como en muchas otras ciudades ha sido lugar de comercio, de corrida de toros, de ejecuciones en la Inquisición y que hoy los turistas disfrutan con una buena porción de calamares fritos y una caña. En algún punto del viaje invité a mi hija a sentarse en esta misma plaza  para disfrutar del café a media tarde. Pagué 7€ como necesario recordatorio para saber que la muchedumbre en estos lugares hacen que suban ofensivamente los precios. Por último tuve la pésima idea de parar en El Museo Del Jamón  en La Gran Vía, una de tantas sucursales, pero que ésta en especial me recuerda aquel día que entramos mi esposa y yo con mi hija en carriola, la pobre se quedó dormida con un trozo de pan en la mano mientras sus padres se atiborraban de jamón, pan y vino. Esta vez fue diferente: camareros apáticos, tapas hechas sin esmero y con materia prima de segunda. Una mesa al lado nuestro de una familia de norteamericanos se levantó después de esperar diez minutos a que el mesero se plantara a pedirles la orden. Hemos comido mucho mejor y más barato en varios lugares de alrededor.

Al Museo del Prado hay que ir por la mañana temprano con mente despejada, un par de zapatos cómodos, de preferencia tenis, bien hidratados y haciendo una planeación de no más de 2 horas por ronda para volver a cargar baterías pasando por la  cafetería por algo de comer y beber, además de reposar las piernas. Así fue cómo, para entrar, mi hija desde su celular compró los boletos y entramos en sólo 5 minutos después de haber intentado a la vieja usanza: formados en una enorme cola.  Luego de atravesar la sala vestibular cualquier ser humano con cierto grado de  sensibilidad se remonta al pasado. Mi plan era Goya y Velázquez sin menoscabo de Zurbarán, Murillo, Rubens, El Greco, pero confieso que mi objetivo quedó ampliamente saciado, sin que por esta razón no pudiéramos admirar por el camino la pintura italiana de los  siglos XIV al  XVIII: Rafael, Tiziano, Caravaggio… Como es de esperar la sala donde se exhibía «La maja vestida» y «La maja desnuda» estaba abarrotada por dos grupos de orientales con sus respectivas guías. Haciendo un esfuerzo extraordinario pude tener la suficiente paciencia para esperar a que se despejara y admirar de cerca las que sin duda son las pinturas de Goya más famosas. » Las meninas» fue otro cuadro que requirió de una dosis extra de paciencia. Este museo se puede visitar infinidad de veces, pero siempre se encontrarán motivos para quedar asombrado con las pinturas y esculturas realizadas por aquellos maestros virtuosos que rayan en lo imposible y de quienes quedan muy pocos de su categoría, a pesar de llegar a la friolera de 7 mil millones de habitantes en este caótico mundo. Saliendo del museo nos dispusimos a buscar un buen restaurante para cenar, le habíamos echado el ojo a uno que quedaba algunas cuadras de allí, pero durante el trayecto nos atrajo uno que está en la calle Cervantes número 28 para ser más precisos, a una cuadra del Paseo del Prado. Se trata de El Barril de las Letras, un lugar encantador cuya atmósfera invita a la sobremesa y  cuyos platillos y ambiente hacen que pase por alto pagar lo que se tenga que pagar. Y es que el pulpo a la gallega exquisitamente preparado bañado con un albariño, de Martín Kodax; nada qué suspirar pero guardando una acidez que va muy bien con los mariscos. Su cocina tiene una  tendencia a mariscos del norte: Galicia y País Vasco.

Sin estricto orden cronológico, otro día paramos a comer a Casa Parrondo, muy cerca de la Plaza de las Descalzas. Se trata aunque no parezca de primera, de dos locales uno frente a otro, con el mismo nombre aunque uno de ellos, el más apretado al que después de que nos levantaran de la mesa «porque ya había personas esperando…» salimos sin mayor explicación, sin darnos cuenta que el de enfrente era el mismo, aunque éste es un poco más amplio y limpio. Como traía ganas de cocido, me comí uno gallego. Bastante sabroso con media botella compartida con mi hija, de Piérola crianza 2015, bastante tánico pero resultón con la grasa. Había muchos lugares que se concretaban en dar a escoger dos: Ribera o Rioja, como si fuera así de sencillo… Es a lo que ha llevado la gran cantidad de vinos exportados a todo el mundo de estas dos regiones.

Cambiando de derroteros hacia lugares más turísticos visitamos el Palacio Real con todo y su vetusta cocina. Un museo en términos prácticos donde la actual corona española sólo va de vez en cuando a cenar, pero cuyos alimentos no se preparan en la anticuada cocina que nos mostraron; llena de utensilios de cobre y pinzas de acero, pasando por hornos, jarras, platos y copas de todas formas y tamaños. Hoy la cena se hace en otra parte del palacio, testigo a comienzos del XVIII de la primera dinastía de los Borbón con el recién estrenado rey Felipe V.

Con la media de vida para los hombres de 82,6 años de las más altas en Europa,  es fácil imaginar que la buena comida, el clima benigno en comparación con latitudes más septentrionales, y el buen humor de los españoles, hacen su vida más llevadera y longeva. A pesar de lo que pudiera pensarse a la hora de comer unas buenas lonchas de jamón veteado de la mejor calidad con un fino al lado. Además, aquellos años donde se respiraba el aroma a tabaco oscuro en los bares y que las colillas junto con el aserrín abundaban en las tascas y algunos bares, han quedado en el olvido. Hoy los fumadores deben salir a la calle a fumar, como en cualquier otra parte del mundo occidental, donde se ha dado una batalla muy dura en contra del tabaquismo.

Hay restaurantes que la mera casualidad hace que entremos en su comedor, y otros que son sugerencia, y que pocas veces fallan. Ese fue el caso de la recomendación de una amiga y su esposo que viven en Madrid. No se dejan llevar fácilmente por la ola turística. Se trata de un restaurante no muy vistoso, muy cerca de la Plaza de España. La Chalana, uno de mis favoritos este viaje, donde incluso repetimos. El primer día que lo visitamos pedí una soberbia lubina al horno, una delicia que se deshacía en la boca con un culín de sidra  para después pedir una copa de godello muy vivaracho. Yo siempre me había imaginado que la sidra a granel se escanciaba, pero el caso es que había unos despachadores en las paredes para servir un culín por 70 céntimos. Fue lo más parecido a aquellas sidras escanciadas con sabores salinos que refrescan y bajan la grasa mientras se le da una cucharada a un buen plato de  fabes con almejas.

Pero con tanto que he contado y tanto qué contar de estas experiencias se me ha abierto el apetito, así que lo dejaré para una segunda parte, ya que además todavía hay material de sobra.  ¡Abur!

(Continuará)