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FiascoMis primeros recuerdos del vino me remontan a una alacena que tenía mi madre en casa. Allí guardaba mi padre algunas botellas de vino que pronto se convertían en vinagre ya que las guardaba paradas y con la mitad del corcho de fuera. Un desastre. Ni que decir de la temperatura y la humedad. Él no fue un enófilo ni mucho menos, sus encuentros con el vino eran muy casuales y rara era la ocasión que lo bebía sin combinarlo con alguna otra cosa. A pesar de todo, mi memoria olfativa me lleva a mis primeros encuentros con los riojas, que sin ninguna certeza, pudieron haber sido; Tondonia, Federico Paternina, Marqués de Riscal y Marqués de Cáceres, vinos que llevan mucho tiempo en México, y que han sido de la preferencia de los mexicanos y españoles residentes en este país.

Ya de adolescente, acostumbraba a pedir vino cuando salía a comer con alguna amiga. En las comidas formales nunca faltó una botella de vino. Antes de meterme al rollo de leer sobre este tema, bebía Siglo, de bodegas AGE, el de la malla tejida. En blancos siempre pedía Chablis, sin reparar en la bodega y mucho menos si era Petit, Premier Cru o Grand Cru. Cuando visitaba un restaurante italiano, era obligado el típico Chianti en su «fiasco» con su tejido de paja. ¡Qué tiempos!. Difícil de creer que añore esa época. No había prejuicios, no sabía que las copas debían ser de cristal poroso, delgado y sin bordes, con que tuviera una copa limpia a mano era suficiente. ¿Añadas? que cosa más ridícula. Temperatura de servicio… el tinto al tiempo y el blanco frío. Los mejores vinos eran los franceses, aunque todavía pienso lo mismo, en aquella época no reparaba en regiones ni apelaciones de origen.

Con el tiempo todo cambió, sobre todo cuando en un viaje a España decidí comprar un buen libro de vinos y aprender sobre el tema. En realidad fue un regalo de una buena amiga, ya que llegué a México con las manos vacías, pero le encargué el libro a mi amiga que se había quedado en España. «Manual de los Vinos de España, Ed. Everest, de Pedro Plasencia y Teclo Villalón, 1994″, hoy debo reconocer que es un libro muy ilustrativo y ameno, pero con algunos conceptos pasados de moda.

Pronto se convirtió en una obsesión y compraba más y más libros y recorría las tiendas de vino buscando nuevas botellas. Después de casarme empecé la construcción de mi cava. Un agujero en el jardín con las paredes aisladas con poliuretano. Cuando vi terminada mi obra, me sentí tan orgulloso como cuando los faraones terminaron las pirámides de Egipto. El problema fue llenarla, cosa que no sucedió sino hasta después de diez años. Una de las consecuencias de un pobre presupuesto. Por la misma época pertenecía a un club de vinos en México. Después de un par de años, me salí, y fundé mi propio Club. Hasta la fecha son más de ciento veinticinco catas, una por mes.

Qué tengo hoy. Una bola de prejuicios y un paladar poco conformista. ¿No estaba mejor antes?. Creo que la búsqueda del conocimiento y el goce, o la parte práctica es lo que nos lleva a grandes satisfacciones, pero hay un precio que pagar. Perdí por decirlo así: la inocencia, la candidez. Pero de ninguna manera piensen que estoy hablando de un estado superior de levitación, donde me codeo con los Dioses del Olimpo. Todo lo contrario, creo que tener tantas ideas, algunas bien estructuradas otras preconcebidas, hacen que ya no disfrute del vino como antaño. Para quienes nos gusta probar y leer sobre vinos, leer y probar nuevos vinos, sabemos de sobra que es un camino infinito, y que a medida que lo recorremos se hace más largo.

En este momento de ocio en sábado por la noche, me vino a la mente ese fugaz recorrido por los inicios de mi declarado amor por el vino. Lo comparto, aunque no estaría mal que me tomara unas vacaciones y olvidarme de todo lo que tenga que ver con el vino, incluyendo este blog, a pesar de que mucha gente (más de tres mil) me han hecho favor de leer alguna de las tonterías que acostumbro escribir. Sin embargo hay pocas personas dispuestas a comentar, y esto de alguna manera merma un poco mi incipiente vocación «blogera».

Foto extraída de flikr, autor: Marco Prete