
Los tres en la lista…
Fin de año es un buen momento para reflexionar sobre el camino andado y por qué no, de lo bebido y lo que se quedó en el tintero, en este caso en los botelleros. Esta reflexión viene a colación ya que hace un par de días un amigo me decía que todo lo que guarda en su bodega no está para beberse, sino hasta dentro de varios años. Refiriéndose a las añadas del 2000 al 2007 de bodegas de Burdeos con mucho prestigio. Además de que puso en duda la evolución a favor de algunos vinos que reposan en mi bodega desde hace algunos años. Mouton Rotschild 93, 98, 99… Vinos que por una o por otra razón guardo de manera casi obsesiva. Mouton ha cambiado en la hechura de sus vinos, por lo menos es lo que algunos críticos han dicho, entre ellos da fiel testimonio Jonathan Nossiter en su película Mondovino, donde aparece el imperio de Mouton Rotschild como una fábrica de sueños… Vinos a la medida del consumidor norteamericano.
No sé si sea momento de descorchar algunos vinos casi olvidados en sus botelleros, pero me parece que para algunos Burdeos y Borgoñas veinte años son apenas suficientes para que comience en su interior la magia de la madurez. Esa evolución que hace sublime una copa de vino en su mejor momento, complejidad y profundidad en su máxima expresión. Premio a la paciencia.
En el caso de los Mouton, las etiquetas tienen mucho que ver con mi impulso de conservarlas por más tiempo. Hace algunos años compré una botella de la añada 1993 en EE.UU. país donde la etiqueta original del boceto de Balthus no aparece. La etiqueta «original» es la de una joven acostada con el torso hacia el lado izquierdo. Pero alguien de manera hipócrita no dudo en censurar la imagen imprimiendo sólo el color beige del fondo. Otra etiqueta que me llama la atención es la añada de 2008, de Rufino Tamayo, titulada El Brindis por. Único pintor mexicano que aparece en el repertorio desde 1945 en las diferentes etiquetas de este famoso vino, Premier Cru desde 1973. La última botella, la de 1999, no tiene para mí ningún valor especial. Se trata de un cabrito dando una coz. Su autor es Raymond Savygnac, cartelista francés que murió en 2002. Al parecer una buena añada, así que comenzaré por esta última.
Alguna vez escuché que el número total de marcas de vino era alrededor de un millón. Quien lo dude, puede contarlas y darnos la cifra exacta. Por mi parte, estoy conforme con esa cifra. En realidad es un dato irrelevante. Lo que sí puedo asegurarles es que no alcanza la vida entera para probar todos los vinos de todas las bodegas. Partiendo de este principio y entrando a la madurez y al buen juicio en este corto y a veces desdichado paso terrenal, pienso que ya no estoy para perder el tiempo explorando nuevas marcas sin tener alguna buena referencia. Aquellos tiempos en que casi llenaba el carrito con nuevos vinos ha quedado atrás. Es menos riesgoso y más aconsejable comprar aquellas botellas que me recomiendan algunos amigos con gustos similares, además de ser más barato en estos tiempos de crisis. Hay algunas etiquetas muy sugerentes por su forma, sus colores, su tipografía y por los datos contenidos. Aunque confieso que pocas veces he comprado un vino por el simple hecho de que me llame la atención su etiqueta. Con excepción de aquella botella de Mouton Rothschild 1993, cuya obra original del pintor francés Balthus, de una joven desnuda acostada hacia el lado izquierdo, fue censurada en EE.UU. y apareció en blanco, o mejor dicho en color beige. Esta botella la conservo en la cava y me gustaría conseguir la «versión europea» para tener ambas botellas
, diferentes pero de una misma añada. Otro caso es el Mouton 1998 donde aparece una pintura de Rufino Tamayo, «El Brindis por», primer Mouton con una obra de un pintor mexicano en su etiqueta. Para los amantes de esta bodega

