Ayer por la tarde, después de un partido de tenis, cosa rara porque no acostumbro a jugarlo o más bien he jugado un par de veces en toda mi cuarentona vida, llegué a mi casa y me planté frente al monitor de la computadora. No acababa de acomodarme en la silla cuando leí la noticia de la muerte de Michael Jackson. Así es precisamente como corrió la noticia, ya que fue por internet donde se dio primero. Ni CNN, ni la BBC fueron tan rápidas como el internet. Ya a medio día había lamentado mucho la muerte de mi primer amor platónico, Farrah Fawcett. Quién no recuerda a esa rubia en los Ángeles de Charlie. Hubo una temporada en un pasado remoto, que me dediqué en cuerpo y alma a coleccionar todo lo relacionado con esta mujer; desde estampas hasta posters, pasando por botones y camisetas con su foto.
Michael Jackson, como todos los grandes, estuvo rodeado de una bola de escándalos y conflictos personales, como los tuvo en su tiempo, guardando las proporciones; Lennon, Elvis, Sinatra y pasándonos al producto nacional; Pedro Infante y el charro cantor; Jorge Negrete… Es parte de la naturaleza de los «ídolos» de las masas, conflictos en el caso de Michael, de índole muy oscura y deprabada. Aunque dudo que se repita el fenómeno Jackson. No lo digo por sus ventas, ni por sus Grammys, ni por sus innovaciones en la música, ni por los llamados «video clips», ni sus grandes escándalos de pederastia, cirugias plásticas ni tratamientos blanqueadores. Sino a la profusión de artistas y de programas en la televisión y en internet, es casi imposible pensar en fenómenos como el de «Siempre en Domingo» , hablando en plan local, cuando un artista lo veía la gran mayoría de televidentes en ese momento. Hoy los medios han dispersado esas masas y los programas de TV. no tienen la importancia ni la audiencia en términos absolutos como la tenían antes.
Dando un vertiginoso giro de 180 grados de la farándula, al vino. En más de una ocasión he leído y oído hablar de las bondades del corcho, la idea romántica que nos es tan difícil de desprender al
aceptar otro sistema de cierre para los vinos como; el plástico, vidrio y acero. Usar el sacarcorcho es parte del rito del vino, cualquier otra maniobra en la boca de una botella va en contra de las prácticas ortodoxas de este ritual. Hay quienes se resisten a comprar botellas con «corchos» sintéticos o tapones metálicos, algunos aluden que estos últimos causan cáncer. Lo cierto es que todavía son mayoría los vinos con corchos naturales. Dejando de lado las consideraciones estéticas y románticas, el corcho es un excelente material, impermeable a líquidos y a gases. Para mucha gente la micro-oxigenación es algo indiscutible, tan real que no admite ningún tipo de juicio. Para mí ésto ha sido motivo de búsqueda durante algunos años. No hay pruebas concluyentes que aseguren tal intercambio de gases. Las presiones que se necesitan para que un gas traspase un corcho no se dan en condiciones normales dentro de una bodega. Pero dejaré el tema para otra entrega.
Algo que parece la solución final al problema del TCA, son los corchos que produce la compañia Oeneo-Bouchage, como se puede ver en el video, con su nuevo corcho llamado Diam fabricado con aglomerado y expuesto a dióxido de carbono, que permiten no sólo la erradicación del TCA en el vino sino las variaciones de una botella a otra. Me imagino que se refieran a las variaciones que tienen que ver más con un defecto, que con cuestiones de la evolución natural de una botella a otra, de una misma añada, o inclusive variaciones en botellas de una misma caja. Hugel & Fils esa famosa bodega en Alsacia ha puesto en marcha la colocación de estos corchos en sus botellas. El tiempo les dirá si fue una buena inversión. Por lo pronto su aspecto es mucho mejor que el de los corchos de aglomerado actuales, que abundan en el mercado de vinos de bajo precio.
*Video M.J. restringido (youtube)

