No sé si he llegado tarde a este negocio, o quizá nunca ha habido suficiente demanda de bodegas de vino en este país, y en un año como éste, es muy probable que no me vea muy ocupado diseñándolas. La verdad es que más allá del hueco debajo de la escalera, pocas personas son las que procuran tener un lugar específico para guardar sus vinos por mucho tiempo para que evolucionen a favor, y puedan disfrutarlos plenamente. Hasta hace poco no existían en México las cavas eléctricas, fueron apareciendo por goteo, y hoy en día, no es que haya mucha oferta pero sí hay alguna variedad; desde las 12 botellas hasta más de 200. Para colecciones pequeñas y medianas, eso es mucho más práctico que cavar un agujero, aislarlo, mandar a hacer los botelleros con un carpintero; que prometerá tenerlos listos en una semana, aunque tarde un mes. Y una vez construida nuestra obra maestra, nos damos cuenta de que no da la temperatura ni la humedad adecuadas. Así que a poner más capas aislantes y comprar un equipo de refrigeración. Después de toda esta parafernalia pensamos que nos hemos gastado mucho dinero, sin saber, que llenar la bodega es aún más caro. Entonces es cuando el arquitecto diseñador de bodegas entra en acción y debe de resolver todas las vicisitudes para que el cliente sólo se enfrente a una persona y no a diez. Mejor aún, para que disfrute viendo al arquitecto como se retuerce mientras el cliente, sólo mueve la cabeza y amenaza con no pagar. Es una garantía contar con un servicio integral. ¿Pero estamos preparados en México para esto?. Aquí generalmente contratamos al «mil usos» para después quejarnos amargamente de la bazofia de trabajo entregado. Dentro de esta mentalidad tercermundista y por otro lado de economía obligada. Me decía un amigo alemán, que no entendía a los mexicanos, que todo lo queremos arreglar con un alambrito: el espejo del automóvil, una silla, la puerta… Y eso hace que la economía se estanque, ya que el consumo no tiene el mismo dinamismo como en otros países donde todo lo que no sirve se tira a la basura. Puede que tenga razón, pero este año de crisis, creo que me quedaré con el alambrito otro rato.
Tengo en la mesa de proyectos dos cavas: una de 1500 botellas y otra de 1000, ambas están esperando a que el cliente se decida. Para colmo se atraviesan dos semanas de vacaciones, donde todo mundo está pensando en viajar y beber, en vez de construir cavitas.
Aquí una muestra de las sensaciones causadas en una buena cena, y tener que levantarse para ir por una botella… Pero no es una botella cualquiera, es un Latour 57…

