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Para la visita de esta bodega tuvimos la fortuna de contar con un guía que sabía del tema, y no me refiero al común que te recitan un speech de memoria y en cuanto preguntas algo salen de su zona de confort sin saber por donde acabar o inventan un cuento chino. Y nada mejor que utilizar el término speech, ya que no tuvimos otra, más que hacer el tour con un grupo de turistas que hablaban inglés, norteamericanos en su mayoría. La idea era ir al monasterio de Montserrat y visitar una bodega, lástima que las de cava estén un poco más lejos. Luis, el guía, nos explicaba que el término catalán Mas es una finca de campo con algunos elementos: cuadra, lugar donde guardar leña y enseres etc. Copio la definición de Wikipedia: «En las regiones españolas de Cataluña, parte del Aragón oriental y Valencia, un mas es una explotación agraria de tipo tradicional, comprendidos las tierras, los edificios agrícolas y los de residencia. El término deriva del latín mansus, que significa permanecer».

Llegamos poco antes de comer, así que lo primero que hicimos fue pasar a un salón de muros de piedra caliza con vista a la propiedad, sin que se pudiera distinguir el viñedo. Pollo en alguna salsa espesa de vino tinto con una cama de puré de papa ¡Buenísimo…! Antes una crema (no anoté de qué iba, pero estaba sabrosa). Nos dieron un blanquito para refrescar el paladar, no recuerdo que tuviera etiqueta, aunque se trataba de un garnacha blanca: de color pajizo brillante, con aromas de hierba recién cortada, buen paso de boca de acidez comedida. El segundo vino fue un garnacha tinta de nariz tímida, mineral y fruta negra. Un poco diluido, pero resultón.

Hablemos de la bodega, estás tierras pertenecen a la trigésima sexta generación; al principio se dedicaban a la alfarería, motivo por el cual agregaron al logo de la bodega unos jarrones de barro. Tierras que con algún título nobiliario adquirido, les pertenecen desde el año 964. Ubicada en la D.O. Pla de Bages, a unos minutos bajando del monasterio de Montserrat. Una finca de 600 ha y 60 dedicadas al viñedo. Como es de esperar, en esta época del año los viñedos lucen como varas colgadas de las espalderas con sus troncos secos. Una temporada de sequía ha acabado con algunas de las vides plantadas, a tal grado de que han tenido que arrancarlas, suena alarmante sumado a la baja en el consumo de vino en la Unión Europea. Por lo menos es lo que se comenta en los medios. Después de comer caminamos por los viñedos. Nos detuvimos para observar un pago que por el costado izquierdo colinda con una arboleda y por el otro el río. Así que tuvieron que plantar las vides más separadas y con una buena exposición al viento para conservar las vides libres de hongos como el de podredumbre gris. Decía Luis muy convencido; no se trata de plantar las vides de cualquier manera, todo tiene una intención. La tierra es red clay para los norteamericanos del grupo, tierra rojiza podría ser, con una excelente regulación de agua. El último verano llegaron a los 45°C . Recuerdo haber visto plantas de romero alrededor del viñedo. En el pasado, a principios del XX, hubo muchos que abandonaron la vitivinicultura por la filoxera, ese pulgón que se come la raíz de la vid. En promedio cosechan 2 kg por planta, no sé si con desniete, que es lo más probable. A la orilla del viñedo vi un conjunto de cabañitas modernas, se trata de un concepto que han dado por llamar boutique. Muy cara la noche, según dijo Luis, además de que no se ven muy acogedoras por afuera, habrá que probar algún día.

A la izquierda el bosque, del costado derecho una fila de arboles a la orilla del río. Viñedo de cabernet franc conducción en espaldera

Más tarde llegamos a un edificio donde caminamos sobre un piso de vidrio templado encima de las cubas de acero inoxidable, en esos momentos vacías; la época del año más agitada, cuando se vendimia, fermenta el mosto y el enólogo corre de un lugar a otro ha pasado. Después pudimos observar un salón con varias barricas, una en especial me llamó la atención por su forma y su tamaño. Luis nos explicaba que esa geometría de la barrica y el tamaño son propicias para que el vino tenga una mejor crianza.

Del otro lado nos mostró una máquina, parecida a las despalilladoras, se trata de una seleccionadora, con la novedad de que ésta clasifica el grano de la uva desechando las que no se ajusten a los parámetros que marque el enólogo. Debo confesar que es la primera vez que veo algo así. Se puede ver en la foto que no es muy grande y es muy parecida a una máquina despalilladora tradicional. Hace unos años me sorprendía que en las tolvas receptoras hubieran añadido imanes para limpiar de clavos y alambres los racimos que llegaban a la planta, cada vez más abandonan la intervención del hombre en el proceso. Su producción es de un 70% tintos, y de unas 130 mil botellas al año. El pasado con la severa sequía produjeron sólo 40 mil. La tienda como casi todas, ofrece desde botellas producto de la bodega hasta camisetas, gorras y todo tipo de accesorios. Me llamó la atención una botella de etiqueta roja, que no pude probar pero que me hubiera encantado traer a mi cava. Se trata de una tinto con una uva bastante rara: picapoll negre. Una uva en proceso de recuperación, ya que estaba casi desaparecida en la región. Autóctona de las regiones francesas del Laguedoc y de la Provenza. Cuyas características dan vinos ligeros, y con poca intensidad colorante, con buena acidez (según describen internet). Especial Picapoll 2019 de 60 € la botella. Parece que esta variedad la mezclan con todos sus vinos, incluyendo los blancos. No la probamos en la degustación que a continuación narraré, pero por alguna razón no la metí al carrito y pensé erróneamente que lo encontraría después. Había una caja con seis botellas de vino por 690 €, con una muy particular: una botella baja y panzona de un vino que en la etiqueta se puede leer «Orange Wine» quiero pensar que es del estilo de vino blanco macerado al extremo que hacen los italianos. Cuyo precio me pareció muy alto 230 €.

Pasamos a un cuarto de paredes circulares no muy grande, que utilizaban en la Edad Media para vinificar. Hasta que llegó la hora de probar algunas cositas de la bodega en otro salón más ad hoc y que a mis espaldas se encontraba una colección de barricas donde reposan algunos vinos exclusivos para el consumo de los dueños de la bodega. Empezamos con un blanco cuya etiqueta no indica nada, pero que en la contraetiqueta aparece: Les Barraques garnacha blanca y picapoll negre 2022. Un vino orgánico con 13 grados de alcohol. Amarillo pálido, manzana verde de acidez baja y un poco diluido. El segundo fue un tinto Bernat 2019 también de vitivinicultores ecológicos, marca muy claro en la etiqueta. A diferencia del otro ésta sí cuenta con bastante información. Huele a refresco de cola, zarzamora. En boca es muy redondo, buen tanino, acidez y alcohol, recuerdos de pastel de fruta. Para comprar una botellita. Por último probamos un tinto Ròmia 2019 cuya contraetiqueta trae una curiosa tabla del clima de la añada: «Climograma de L´anyada» que vendría a ser el tiempo que hizo, para ser más correctos. El primer golpe es madera, después barro, hollejos y fruta negra, y una nota a tocino, en boca es frutal de acidez comedida. Repetible. Precio 60 €. Me explicaba Luis que se cosechan las mejores uvas de aquí y de allá, pero no tiene un pago en particular, al estilo del Cirsion, el buque insignia de Roda.

Siento mucho no haber podido compartir una buena botellita con mi amigo Paco Higón, a quien aprecio y que infortunadamente las últimas dos visitas a España no he podido ver. No recordaba, a pesar de que he hecho ese trayecto, que Valencia está tan lejos, a 350 km, unas 4 horas de Barcelona. Será para la próxima, cuando venga exclusivamente a pasear por las bodegas cercanas a Valencia.

A manera de posdata, quiero decir que la tienda de vinos cerca del hotel es una tienda pequeña, pero tan cuidada que dan ganas de estar del otro lado del mostrador. Allí he comprado varios tintos que lleve para beber en la habitación y un Embruix de Vall Llach 2021 que llevo a México, ese gran vino de Porrera que siempre me ha dejado más que satisfecho. Aquí acabo la reseña de la visita a esta bodega, que me parece de lo más interesante, me gustaría volver para la vendimia de 2024, ver los racimos y el sol en todo su esplendor pero sin los 45°C del verano pasado ¡Abur!

Bodega Dos Búhos

La noche del viernes después de 7 horas de camino, llegamos hambrientos y cansados al hermoso pueblo mágico de San Miguel de Allende. El concepto de las villas del hotel Rosewood es muy original; como si se tratara de una calle empedrada; a un lado y al otro se encuentra la entrada a cada una de ellas, que bien podrían figurar como mansiones. Cenamos esa noche en el hotel, aunque debo decir que no es extraño que estuviera vacío: los precios son para hipotecar una casa. La lista de vinos desequilibrada y con una oferta por copeo de 350 pesos en vinos cuyo precio no rebasa los $450, se podrán hacer una idea de los platillos en el menú. Después de la cena contemplamos en el claustro algunas obras de reconocidos artistas como el escultor Juan Soriano, fallecido en 2006, y cuyas obras suben de precio como la espuma. Al otro día, después de un reparador descanso, caminamos por la pintoresca calle Allende hasta la parroquia de San Miguel Arcángel.

Hacía ya mucho tiempo que no visitaba una bodega, este fin de semana mi familia y yo, tuvimos la oportunidad de visitar una en las afueras de San Miguel de Allende, donde hay algunas otras como Tres Raíces. Dos Búhos es una bodega pequeña cuyos dueños se han esmerado en sacar adelante produciendo vinos muy interesantes y de buena hechura.

La cita era a las 5.00 pm. La entrada está repleta de nopales a un lado y al otro del camino de terracería. Había tiempo de hacer un recorrido a pie por las instalaciones antes de la cata-maridaje. En la entrada fuimos recibidos con un moscato y un cóctel. Me seguí de largo para sentarme debajo de una sombrilla y contemplar el paisaje. Por desgracia, para la gente romántica como yo, las vides estaban cubiertas con una malla plástica de color verde a manera de chaleco blindado contra las aves con gustos vitiviníferos. Más tarde llegó Eric, propietario de la bodega, quien nos brindó una copita de Vino Anaranjado cuya añada pasé de largo. Un moscato giallo* de maceración prolongada, obteniendo ese hermoso color casi ocre, velado y espeso. En nariz huele a piel de naranja con una nota especiada a mejorana. En boca es seco y de acidez comedida, se antoja con un buen queso maduro.

Vino Anaranjado de moscato giallo

Cada 15 minutos comenzaba un pequeño tour por el viñedo y la bodega a cargo de Diana González, cuya labor es muy importante, ya que junto con la madre del dueño son las responsables de la producción del vino. A eso le llamo producción matriarcal con buenos resultados, como lo pude comprobar más tarde.

Diana nos contó sobre el origen de Dos Búhos en el año 2006. Antes de esa fecha sus 6 hectáreas estaban plantadas con árboles frutales, pero al ver que la producción iba a la baja por razones de envejecimiento, optaron por plantar vides. Hoy cuentan con 12 hectáreas. Que dicho sea, y esto lo digo yo: la vid también produce menos racimos en la medida que envejece, con la diferencia de que mejora en concentración. Razón por la que muchas bodegas presumen sus vides «centenarias». Haciendo memoria: la producción comienza a los 4 años, sin embargo es de baja calidad. Después de los 7 podemos hablar de cierta estabilidad de la vid, y después de los 25 años se considera viña vieja (la mejor). Las vides que pudimos apreciar después de que Diana desvelara la fruta (de esa horrible maya) fue la tempranillo. Racimos a punto de la vendimia. Todos los presentes probamos algunos granos ya maduros. Las vides de tempranillo allí plantadas tienen 5 años de edad, con su tallo de poco más de 3 cm de grueso. Es sorprendente el resultado en vides tan jóvenes, como más tarde confirmé en la cena-maridaje. La savignon blanc junto con la tempranillo han sido las variedades con mejores resultados. Del otro lado está la chardonnay que no se ha adaptado de igual manera. La vendimia se realiza bajo parámetros de maduración (azúcar), recuerdo cuando Gonzalo Laínez (director comercial en América de Bodegas Roda) mencionaba aquella rústica maniobra con el pincel (parte del hollejo inserto en la uva) para saber si la uva estaba a punto debía pintar la palma de la mano. Esta rudimentaria prueba está referida sobre todo a la madurez fenólica. Hoy en día por lo regular se toman varias muestras en diferentes tramos del viñedo, la fruta recogida es llevada posteriormente a analizar con el refractómetro: de 19 a 21 grados brix para los blancos y 23 a 25 para los tintos. Por lo general en esta zona se vendimia entre los meses de julio y septiembre, tanto la tempranillo como la chardonnay.

El viñedo se encuentra a 2000 m sobre el nivel del mar, dominado por un suelo arcillo-limoso con gravas finas neovolcánicas y protegidos por la proximidad de Los Picachos (tal como reza en la contra-etiqueta).

En la bodega, y para ser más precisos en la sala de crianza, probamos en barrica un vino fortificado que Diana tuvo a bien llamar «oporto», aunque sabemos que sólo se trata de un vino fortificado. Introdujo la pipeta y nos dio una muestra en la copa. Se trata de un vino dulce, como es de suponer, ya que al cortar la fermentación el azúcar residual es bastante alta, así como también el grado de alcohol debido precisamente a que se corta con alcohol vínico. Aunque Diana no especificó cómo se vinifica, es así como se hace en Oporto y Jerez, en términos generales y dependiendo del fortificado que se trate. No es lo mismo un Ruby joven que un Tawny 40 años, un amontillado que un fino.

Diana en la sala de crianza, en plena explicación del proceso

Los tintos fermentan en promedio durante 15 días y los blancos de una a dos semanas. La sala de crianza permanece a 15°C . El vino en contacto con la madera necesita de una estancia prolongada; en este caso hasta 24 meses para los tintos. Quienes me leen en este espacio sabrán que no soy muy afecto a crianzas tan largas, por lo menos no en todos los casos. Hay uvas que «aguantan» mejor la madera que otras y años donde la fruta no tiene una sobre-maduración, por lo general en años templados. El caso es que parece roble nuevo o de poco uso, pregunta que dejé en el aire.

Siguiendo en la sala de fermentación pude observar varias marcas de barricas. Recuerdo en Monte Real que tenían en una sala un surtido elenco de ellas para hacer pruebas y ver cuál era la de mejores resultados.

Cena maridaje

Empezamos con un rosado vinificado con garnacha tinta. Dos Búhos 2021. En la etiqueta hay poca información y la añada aparece en la contra-etiqueta escrita con bolígrafo. Seis meses de crianza sobre sus lías en tanques de acero inoxidable. Hicieron hincapié en que ningún vino se filtraba. La poca luz no me permitió ver el sedimento, si es que lo tenía. Este rosadito huele a grosella con notas de fresa, en boca tiene excelente acidez con un punto mineral muy sabroso, amplio en boca. Para comprar media caja. Maridaje: Burrata de Remos: gazpacho de fresa y tomate con pesto de estragón.

La música en vivo estuvo a cargo de un grupo cubano que hizo bailar hasta las propias columnas del salón. Difícil resistirse aunque yo lo hice desde mi lugar sentado, sólo movía las piernas.

Después llegaron unas croquetas de huitlacoche y queso de cabra con mayonesa de epazote. Bañado con el mismo vino.

Sirvieron un blanco Dos Búhos 2021 vinificado con chenin blanc. Aromas intensos a melocotón y lichi. En boca tiene un leve cosquilleo de CO2 que por su juventud no alcanzó a liberar, seco de final amargo; recuerdos de agua quina. Para comprar una caja. Con este vino desfiló un plato de pescado con salsa beurre blanc.

Hicieron su aparición los socorridos tintos con el primero de la noche: un monovarietal de tempranillo. Dos Búhos tempranillo 2018. Quizás el menos integrado de los que probé durante la visita. El primer golpe son hollejos, tierra mojada con notas de fruta negra y pimienta. En boca tiene buena acidez, tanino presente y final largo con una arista de alcohol a pesar de sus 13,5 grados que hoy en día no son nada. Maridaje con un short rib braseado con jus (salsa de extractos de carne y verduras). ¡Delicioso…!

El segundo y último tinto fue un ensamble (como les ha dado por llamar últimamente) de syrah y tempranillo, mezcla no muy común pero de buenos resultados. Me ha gustado más que el primero. Dos Búhos 2021. No aparece la crianza en barrica, pero sí que se hace hincapié en cada uno de los vinos, su proceso orgánico dentro de la bodega y el viñedo. En el platón colocado al centro de la mesa tenemos un chamorro de cerdo en su jugo con recado negro. Para ser franco ya no llegué a este plato, hay momentos en la vida en que el estómago empieza a reclamar los excesos del pasado. El vino me pareció más redondo que el anterior, con algo de fruta negra y de final largo. Repetible.

Para mi fortuna volvieron a servir el moscato de bienvenida, en el postre. Dos Búhos 2021. Huele a talco y pera, de acidez baja, por primera vez veo falta de nervio. Quizás para la tarta de quesos hubiera preferido algo con más acidez. Así culminó esa tarde-noche no sin antes anunciar la apertura del nuevo restaurante Casa Ayala. Nos despedimos y felicité a los anfitriones por sus tan bien logrados vinos. También hubiera querido probar el más preciado de la bodega: un aglianico** que había dicho el dueño que se trataba de un tinto soberbio, pero por alguna razón no apareció en toda la noche.

*Moscato giallo, es una uva blanca que se produce al norte de Italia de la familia del moscatel.

**Aglianico, uva del sur y centro de Italia con una extensión de 7,500 ha en el año 2000. De suelos volcánicos. Al parecer de origen griego.